El glamour
Capítulo VII
Tan pronto como encontré un sitio donde alojarme en St-Tropez, fui a recorrer el pueblo y descubrí que me gustaba. Perversamente lo que me gustaba era lo mismo que me había disgustado en Niza. La gente era la misma, desplegando riqueza, glamour y hedonismo. Pero en cambio, St-Tropez era pequeño y de una arquitectura poco atractiva, y se me ocurrió que al terminar la temporada el sitio recuperaría su identidad. Era también mucho más cosmopolita, y había gente que aparentemente acampaba o dormía en las afueras, y todos los días bajaba al pueblo.
Fui a la oficina Hertz donde alquilé un coche por tres días, que era el tiempo que pensaba permanecer allí. Tuve suerte: a pesar de la demanda, aún había un coche disponible. Pagué el depósito, firmé el formulario. La chica de Hertz tenía una tarjeta con un nombre prendido en la blusa: Danièle.
Lo que al fin habíamos acordado con Sue era que yo la esperaría todas las tardes a las seis en Sénéquier, el gran café al aire libre que daba directamente al puerto. Pasé por allí la primera tarde, pero, claro está, no había ni rastro de ella.
Al día siguiente no pensé en Sue muy a menudo. Sentía que ella me estaba dejando sin fuerzas, y me consagré a la menos fatigosa actividad de tenderme en la playa y nadar un rato de vez en cuando. A la noche fui a Sénéquier, pero ella no apareció.
Bajé de nuevo a la playa al día siguiente, pero algo más prevenido. Bien cubierto de un aceite protector y sentado bajo una sombrilla alquilada, me pasé el día mirando a la gente y pensando inevitablemente en Sue. Ella había despertado en mí una necesidad física inmediata, y ahora no se encontraba conmigo.
Estaba rodeado de desnudez femenina: por todas partes había pechos que miraban al sol. El día antes apenas lo había notado, pero ahora echaba de menos a Susan, pensando que estaría con Niall. No me era posible no tener en cuenta a esas núbiles francesas, alemanas, inglesas, suizas, con sus bikinis cache-sexe y sus pechos tostados. Ninguna de ellas podía reemplazar a Sue, pero todas me recordaban lo que yo estaba echando de menos. Sin embargo, la ironía era que la semidesnudez, supuestamente una forma de vulnerabilidad, creaba en realidad una nueva especie de barrera. Era imposible iniciar una conversación con alguien que no era más que apariencia corporal.
Esa noche esperé nuevamente a Sue en Sénéquier, deseando que apareciera. La quería más que nunca, pero por fin tuve que marcharme.
Tenía un día y una noche más en St-Tropez, y a la mañana decidí matar el tiempo de modo diferente. La playa era demasiado perturbadora. Pasé la mañana en el pueblo, paseando lentamente por las boutiques y las tiendas de souvenirs, los comercios de productos de piel y los talleres de artesanía. Recorrí el puerto, mirando con envidia los yates, sus tripulaciones y sus afortunados propietarios. Después del almuerzo caminé a lo largo de la costa en otra dirección, alejándome del centro del poblado, trepando por las rocas y caminando a lo largo de un rompeolas de cemento.
En el extremo del rompeolas salté a la arena y seguí andando. La muchedumbre era menos densa aquí, pero el aspecto de la playa no me pareció agradable: los árboles echaban sombra sobre parte de la arena. Pasé junto a un cartel: Plage Privée. Más allá todo cambiaba.
Era la playa menos concurrida que había visto en St-Tropez, y la más decorosa. No había aquí despliegue de cuerpos desnudos. Mucha gente disfrutaba del sol y algunos nadaban, pero hasta donde yo podía ver, no había mujeres con los pechos al aire ni hombres con taparrabos mínimos. Los niños jugaban, un espectáculo que no había visto en otro sitio, y no había restaurantes o bares al aire libre, ni sombrillas o toallas de playa, ni vendedores de revistas o fotógrafos.
Atravesé la playa andando lentamente, sintiéndome extravagante con mis pantalones de tela de algodón, mi camiseta y mis sandalias; pero nadie me prestaba atención. Pasé junto a varios grupos de gente, casi todos de mediana edad. Habían traído a la playa comida de picnic, envases cerrados al vacío y unos calentadores Primus con fuego de parafina. Muchos de los hombres llevaban camisa con las mangas arremangadas y pantalones de franela gris o pantalones cortos de color caqui. Estaban sentados en sillas de cubierta, con una pipa entre los dientes, y algunos leían periódicos ingleses. La mayor parte de las mujeres vestía ropa de verano, y las que tomaban baños de sol estaban casi siempre sentadas en lugar de tendidas y llevaban sencillos trajes de baño de una sola pieza.
Descendí hasta el borde del agua y me quedé cerca de un grupo de niños que se salpicaban y se perseguían entre sí. Más allá, unas cabezas protegidas por gorras de baño, aparecían y desaparecían entre las olas. Un hombre se puso de pie y salió vadeando del mar. Llevaba pantalones cortos y camiseta. Al pasar a mi lado se quitó las gafas y se sacudió el agua dejando un reguero sobre la arena blanquecina. Me sonrió y siguió andando playa adentro. Cerca de la costa estaba anclado un transatlántico.
Más allá, un esquiador acuático se irguió sobre su cable, elevándose detrás de una lancha con motor fuera de borda. Seguí adelante abandonando la playa privada y llegué a otra donde unos cobertizos con techo de paja se alineaban en la arena. Debajo o tendidos al sol, había una multitud de mujeres bañistas que mostraban los pechos con complacido abandono. Esta vez fui por la playa hasta un bar al aire libre y pedí un vaso de zumo de naranja caro como una extorsión. Me encontraba ahora a cierta distancia del pueblo, de modo que abandoné la playa y volví sobre mis pasos a lo largo del camino.
Era todavía temprano por la tarde, de modo que regresé a la playa de antes. Me acomodé para mirar placentera, aunque inocentemente, a las chicas. Transcurrió una hora.
Entonces observé a alguien que andaba por la playa, con un aspecto muy diferente: llevaba vestido y yo no era el único hombre que la miraba. Tenía puestos unos tejanos muy ajustados y una blusa blanca transparente; su aspecto era aplomado y sereno bajo un ancho sombrero que la protegía del sol. Al acercarse, la reconocí: era Danièle, de la oficina Hertz. Llegó a unos pocos metros de donde yo me encontraba; luego se quitó el sombrero y se sacudió la melena. Mientras la observaba, se quitó también los tejanos y la blusa, y fue con calma hacia el mar. Cuando salió, se puso la blusa sobre el cuerpo mojado, pero no los tejanos, y se tendió en la arena.
Me acerqué para hablarle, y al cabo de un rato convinimos en que nos encontraríamos para cenar esa noche.
Fui a Sénéquier a las seis para buscar a Sue. Si hubiera aparecido, habría abandonado mi cita con Danièle sin el menor escrúpulo. Pero Danièle me había dado una cierta seguridad interior. Ésta no sería una nueva velada solitaria, y si Sue no aparecía, mi orgullo estaba a salvo. Me sentía culpable por haber invitado a Danièle, y también por mis motivos, y me dije que la responsable era Sue. Pensaba que estaba con Niall, la especie de escritor, el rival, el manipulador; y también que si Sue aparecía de pronto, todo volvería a enderezarse.
Esperé mucho más después de pasada la hora, y reconocí finalmente que no aparecería.
Fui de Sénéquier a una boutique en la que había estado más temprano y que vendía una amplia gama de tarjetas postales. Sintiendo todavía que quería vengarme de Sue, elegí una tarjeta. La imagen era una vista de preguerra de St-Tropez, antes de la comercialización. Los pescadores enmendaban sus redes en el muro del puerto, y las únicas embarcaciones a la vista eran botes de pesca. Detrás, donde ahora la gente rondaba en un flujo incesante y se alzaba el elegante Sénéquier, había antes un patio estrecho con un almacén de madera.
Llevé la tarjeta postal a mi habitación y antes de cambiar de ropa, me senté en la cama y puse en la postal la dirección del apartamento de Sue, en Londres. «Me gustaría que estuvieras aquí», escribí sardónicamente, y en lugar de firmarla dibujé una X.
Unos minutos más tarde, mientras iba a encontrarme con Danièle, despaché la tarjeta.
Danièle me llevó a un restaurante llamado La Grotto Fraîche, el único, —dijo—, que permanecía abierto todo el año, y que era frecuentado por los habitantes del lugar. Después fuimos al piso que compartía con otras tres chicas. La habitación de Danièle estaba junto a la sala, donde dos de las otras chicas miraban la televisión. Mientras hacíamos el amor, oía la televisión a través de la pared, y de vez en cuando, la voz de las chicas. Cuando terminamos sólo pensé en Sue, y lo lamenté todo. Danièle advirtió que yo estaba triste, pero no indagó nada. Se puso una bata de andar por casa y me preparó un café con brandy. No tardé en volver andando al hotel.
Vi a Danièle otra vez a la mañana siguiente cuando fui en busca del Renault. Llevaba el uniforme de Hertz; se mostró amistosa, brillante, sin remordimientos. Antes que me marchara intercambiamos doble beso en las mejillas.