El glamour

Christopher Priest · Capítulo 13 de 62

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El glamour

Tercera Parte

I

El tablero que anunciaba las salidas indicaba que mi vuelo se había demorado, pero yo había pasado ya por el control de pasaportes y no había modo de escapar. Aunque era un lugar enorme con paneles de cristal, que miraban a las pistas, era también ruidoso, caluroso y opresivo. El salón estaba atestado, con grupos de turistas con destino a Benidorm, Faro, Atenas y Palma. Los bebés lloraban, los niños corrían jugando con energía y los anuncios de los vuelos llegaban por los altavoces a intervalos regulares.

Ya estaba lamentando no haber tomado el tren y el barco para Francia, pero era temporada alta y ya había viajado una vez en el transbordador en esta época del año. La rapidez de los viajes aéreos era siempre tentadora, aun en el caso de un viaje corto como el mío; no obstante, desde que había salido de casa esa mañana había estado pasando de una demora a otra: la travesía de Londres en el tren subterráneo con dos transbordos, el lento viaje hasta el aeropuerto de Gatwick con el vagón hacinado hasta las puertas, y ahora la espera del avión.

Inquieto, porque a pesar de haber volado más veces de las que puedo recordar, siempre siento cierta aprensión antes de un vuelo, y caminé por el salón tratando de distraerme. Examiné los libros y las revistas y compré un volumen en rústica; observé los juguetes y los regalos que estaban en venta; pasé lentamente delante de las mesas de información de las líneas aéreas: British Caledonian, British Airtours, Dan-Air, Iberia. No había dónde sentarse, no había nada que hacer excepto estar de pie o pasearse mirando a los otros pasajeros. Me divertí con un juego que a menudo había jugado antes en circunstancias similares, tratando de adivinar por qué viajaban, adónde iban, quiénes eran y quiénes volarían conmigo. Por una especie de don, a menudo era capaz de adivinarlo. Recuerdo la vez que viajé a Australia, cuando en el atestado salón de salida de Heathrow, distinguí a una mujer vestida con un traje de vivos colores. Cuatro días más tarde, en la calle Swanston, de Melbourne, la vi otra vez con el mismo traje.

Hoy, ocupado en el mismo juego ocioso, escogí a un hombre de edad mediana que llevaba dos enormes maletas, una mujer joven modestamente vestida con una chaqueta liviana y tejanos, y un hombre de negocios con un periódico financiero.

La demora terminó al fin, y en rápida sucesión se anunciaron tres vuelos. La multitud fue perdiendo densidad y la gente que había escogido aún estaba conmigo en el salón. El próximo vuelo era el mío y seguí a la multitud a través del portón y la rampa de abordaje. Mientras buscaba mi asiento, perdí de vista a los otros tres y los olvidé.

El vuelo era muy corto; el avión apenas había remontado cuando ya empezaba a aproximarse a Le Touquet. Media hora después de haber abandonado Gatwick habíamos llegado a la terminal. Nos hicieron avanzar cómodamente a través de Aduana e Inmigración, y yo fui a tomar mi tren; la mayor parte de los demás pasajeros se encaminó a la conexión con París. Mi viaje sería largo, de modo que antes de subir al tren compré unas provisiones: pan fresco, queso, un poco de carne asada, algo de fruta y una botella grande de Coca Cola.

Mi tren era local y se detenía en cada pequeña estación y apeadero de la línea. Cuando llegué a Lille, la estación de transbordo, ya estaba avanzada la tarde. Tenía que alcanzar el tren expreso a Basle, pero que era más lento todavía, y se detenía con mayor frecuencia. En la cuarta parada, un gran silencio descendió sobre el tren y la estación. Transcurrieron diez o quince minutos.

Estaba leyendo el libro que había comprado y tuve la impresión de que alguien que venía avanzando por el pasillo, se había detenido delante de mi compartimiento. Oí que la puerta corrediza se abría y alcé la cabeza. Era una mujer joven, de altura y constitución medianas, de pie junto a la puerta.

—Es usted inglés, ¿no es cierto? —me dijo.

—Sí.

Levanté mi libro para que pudiera verlo.

—Así me pareció. Lo vi en el otro tren, a Lille.

—¿Busca asiento? —le pregunté, porque yo mismo estaba ya aburrido de mi propia compañía.

—No, lo reservé en Londres. Mi equipaje está en el otro compartimiento. El problema es que no hablo muy bien el francés y hay allí una familia que me habla sin parar. No quiero ser grosera, pero…

—Uno se pone nervioso al cabo de un rato, ¿no es eso?

El tren se sacudió y se detuvo otra vez. En algún sitio, debajo, se oyó el ronroneo de un generador. Fuera, en la plataforma, dos hombres vestidos con el uniforme de SNCF pasaron lentamente delante de la ventanilla.

—¿Tendría inconveniente en que lo acompañara un rato? —le preguntó ella.

—Claro que no. Me complacería.

Ella cerró la puerta corrediza y se sentó en el asiento junto a la ventanilla frente al mío. Llevaba un abultado bolso de lona que puso en el asiento próximo.

—¡Yo la he visto antes! —dije—. ¿No estaba en el avión…? Quiero decir, ¿no viene de Gatwick?

—Sí… Yo también lo vi a usted.

—¡Esta mañana! —Me reí sorprendido, porque de pronto recordé que había estado mirándola en el aeropuerto.

—¿Adónde va usted? —preguntó ella.

—Espero llegar a Nancy esta noche.

—Qué coincidencia… también yo.

—Probablemente sólo me quedaré allí un día o dos. ¿Y usted? ¿Va a visitar algún amigo?

—No, estoy sola. Pensé que quizá iría a ver a cierta gente en el sur, pero ni siquiera saben que estoy en Francia.

Tenía cabellos castaños, lacios, una cara pálida, manos finas y (me pareció) entre veintiséis y veintiocho años. Me gustaba que estuviera allí, conmigo, en parte porque aliviaba mí propio aburrimiento, pero sobre todo porque era tan agradable y estaba tan dispuesta a conversar conmigo… Parecía interesarse en mí y yo no dejaba de hablar.

—¿No sabe si hay un coche restaurante? —preguntó—. No he comido nada desde el desayuno.

—Traje comida en abundancia —dije—. La invitaré con mucho gusto. Yo ya había comido algo y tenía intención de guardar el resto para más tarde, pero abrí el bolso y se lo pasé. Saqué una manzana y ella se comió el resto.

Mientras conversábamos, el tren se había puesto en marcha y ya nos trasladábamos por un campo chato y sin interés. El sol brillaba a través de la ventanilla y como no se podía abrir, dentro hacía calor. Cuando ella llegó tenía puesta la chaqueta que había observado antes, pero ahora se la quitó y la puso en la rejilla de arriba. Mientras me daba la espalda, no pude evitar observarla apreciativamente. Era delgada, algo huesuda de hombros, pero tenía un cuerpo atractivo. Noté las líneas blancas del sostén, visibles bajo la blusa. Yo estaba teniendo pensamientos vagamente eróticos, y me preguntaba dónde planearía pasar la noche, si le agradaría tener un compañero de viaje no sólo durante esta jornada en tren. Encontrar a alguien semejante el primer día era casi demasiado bueno para ser cierto. Había planeado pasar las vacaciones solo, pero no como principio.

Mientras terminaba la comida, seguimos conversando, y por fin intercambiamos nombres: el suyo era Sue. Vivía en Londres, no precisamente cerca de mí, pero en la misma zona. Había un pub en Highgate que ambos conocíamos y que habíamos frecuentado en distintas ocasiones. Dijo que era una ilustradora que trabajaba de manera independiente, que había asistido a una escuela de arte de Londres, pero que había nacido en Cheschire. Por supuesto, yo hablé de mí, de algunos de los temas de mi profesión, de por qué había abandonado el trabajo y qué me proponía hacer después. Estábamos recíprocamente muy interesados; por cierto, no recordaba en los últimos tiempos a nadie con quien hubiera podido conversar tan libremente en un tiempo tan corto. Me escuchaba con atención, inclinada hacia adelante, sobre el espacio que separaba nuestros asientos, con la cabeza algo inclinada, de modo que parecía mirar el asiento junto a mí. Intenté cambiar de tema varias veces; contestaba a las preguntas directas, pero, por lo demás, no parecía que quisiera hablar de sí misma.

No dejaba de preguntarme: ¿por qué está sola? La encontraba atractiva y me era difícil creer que no tuviera un novio en alguna parte, quizá uno de esos amigos que según dijo visitaría en el sur.

El tema no surgió. Yo tenía una amiga llamada Anette en la que no pensaba demasiado. En parte, la razón de mi viaje era que Anette se encontraba en Canadá, de visita en casa de su hermano, y yo me había quedado solo en Londres. Pero no estábamos muy comprometidos y nuestra amistad era casual; a veces dormíamos juntos, a veces no. Yo había tenido una vida moderadamente promiscua, a menudo ausente de casa semanas enteras, durmiendo con mujeres que apenas conocía.

Sue y yo no hablamos entonces de otra gente. Al fin y al cabo no nos conocíamos, nos encontrábamos de paso en un tren, y nada justificaba nuestra reticencia. Aun así, nos sentíamos cómodos e intercambiamos algunas confidencias menores, opiniones, bromas. Yo tenía un deseo continuo de tocarla, de que se sentara a mi lado, y si me hubiera atrevido me habría sentado al lado de ella. Me sentía tímido, pero también excitado, y cuanto más hablábamos, más evidente era que evitábamos hablar de otra gente.

Cuando el tren por fin estaba aproximándose a Longuyon, le dije:

—Creo que aquí cambiamos de tren.

—¡Dios mío, he olvidado mi equipaje! Está en el otro compartimiento. —Se puso de pie abruptamente—. ¿Nos encontramos en la plataforma? —dijo—. No sé bien qué tren tomar para ir a Nancy.

—Tampoco yo. —Ella estaba abriendo la puerta que daba al corredor—. No olvide la chaqueta. —Se la alcancé—. La encontraré afuera.

El tren comenzó a frenar casi tan pronto como ella salió. Saqué mi maleta de la rejilla y salí al corredor. Otros pasajeros cambiaban también de tren y las puertas estaban bloqueadas. Cuando el tren se detuvo, hubo un apretón de cuerpos, pero una vez que estuve en la plataforma, puse la maleta en el suelo y fui en busca de Sue. Las puertas del tren se cerraron de golpe y la mayor parte de la gente empezó a alejarse. Hubo un silencio.

Entonces, de manera abrupta, una puerta se abrió bruscamente, y una mujer regordeta de edad mediana, con un pañuelo en la cabeza, bajó a la plataforma. Llevaba una caja que depositó en el suelo. Se volvió hacia el tren y sacó un segundo bolso. Sue la siguió. Tenía un aspecto desolado. Hubo una breve conversación unilateral, completada por un beso picoteado en ambas mejillas. La mujer subió al tren cerrando la puerta. Me acerqué a Sue para ayudarla con el equipaje; me estaba sonriendo.

Una hora más tarde estábamos en el tren local rumbo a Nancy. Nos sentamos juntos; el cansancio y el tedio del viaje nos procuraban una especie de fatigada familiaridad. Podía sentir la ligera presión de su brazo contra el mío, pero la separación había interrumpido la impetuosidad del primer momento.

Cuando el tren llegó era de noche. Pedimos en la oficina de turismo que nos recomendaran un hotel barato, no lejos de la estación. Luego salimos a la carretera con nuestro equipaje. Cuando encontramos el sitio, Sue se detuvo de manera bastante abrupta y dejó las maletas en el suelo.

—Richard, hay algo de lo que no hemos hablado —dijo.

—¿De qué se trata? —pregunté—, aunque yo lo sabía.

—No quiero que haya malos entendidos acerca de esta noche.

—No estaba suponiendo nada —dije.

—Lo sé, pero aquí estamos, acabamos de conocernos y aunque ha sido muy agradable…

Dejó de mirarme y observó la acera de enfrente. Había mucho tránsito en la ciudad y gente que paseaba al sol tibio de la tarde.

—¿Quiere buscar otro hotel? —pregunté.

—No, claro que no. Pero debemos tener cuartos separados. No hemos hablado de esto, pero voy a encontrarme con alguien cuando llegue a St Raphael. Un amigo.

—Está bien —dije—, lamentando haber dejado que fuera ella quien abordara el tema. Cuanto más tiempo transcurriera sin mencionarlo, más evidentes serían nuestros sobrentendidos.

El hotel disponía de una habitación para cada uno, y fuera del ascensor, nos preparamos para separamos.

Sue dijo:

—Tomaré una ducha y luego me recostaré un rato. ¿Y usted? ¿Se propone salir a cenar?

—Todavía no. También yo estoy cansado.

—¿Cenamos juntos?

—Si quiere…

—Sabe que sí. Llamaré a su puerta dentro de una hora.