El glamour
Capítulo XVI
Nos quedamos en Little Haven tres días, luego seguimos por la costa hasta St David’s. Nos desgarraban las dudas, no sabíamos qué hacer; los dos deseábamos volver a Londres, y sin embargo nos desagradaba que las vacaciones terminasen. Todo lo que antes se había interpuesto entre nosotros se había desvanecido, y estábamos enamorados. Las palabras se intercambiaban con regularidad, pero el sentimiento era constante.
Cuando llegamos a St-David’s, la pequeña ciudad catedralicia estaba atestada de turistas y era difícil encontrar dónde alojarse. El sitio que finalmente encontramos estaba en una estrecha calle lateral, sin lugar para el coche. Yo subí a la habitación y tú llevaste el coche a un parque cercano. Tan pronto como entré en la habitación, Niall dijo:
—No has hecho lo que te dije que hicieras.
Me volví, horrorizada; él estaba todavía invisible.
—¡No te me acerques! —dije—. Gritaré si me tocas.
—Dijiste que le hablarías de mí.
—¿Dónde estás, Niall? Muéstrate.
—Sabes dónde estoy. ¿Por qué no le hablaste de mí?
—Sí que se lo —dije—. Lo sabe todo ahora.
—Oí lo que le dijiste. Estaba allí. Todavía no sabe nada de mí, lo que significo para ti.
—¡Tú no significas nada para mí! —dije—. Hemos terminado para siempre. ¡Después de lo que has hecho, jamás tendré nada que ver contigo!
—Te necesito, Susan. No puedo dejarte.
—¡Tendrás que hacerlo!
Atravesé rápidamente la habitación y abrí la puerta. Quería encontrarte enseguida, antes que Niall pudiera decir nada más. Oí que me seguía por el corredor, y eché a correr. Bajé deprisa las escaleras y crucé el pequeño vestíbulo del hotel esperando desesperadamente que hubieras regresado. Ya en la calle, Niall me tomó por el brazo. Se había hecho visible para mí.
Me sobrecogí al verlo. Una barba de una semana le sombreaba la cara; tenía el pelo en desorden y la ropa sucia. Nunca lo había visto así; Niall había sido siempre un hombre atildado. Me miraba con una salvaje desesperación; ya no confiaba en sí mismo. Verlo así de repente cambió algo en mí. Mientras acechaba invisible a mi alrededor era una amenaza oculta, un intruso, un violador… pero ahora que estaba aquí, parecía joven, asustado, casi patético.
—Por favor, Susan, tengo que hablar contigo —me dijo.
—No puedo. No hay más que decir.
—Sólo querría estar a solas contigo una hora. ¿No puedes hacerlo? ¿Sólo por un rato? Sé que ahora me odias, pero estoy desesperado por estar contigo otra vez.
—Richard está aquí, y no puedo dejarlo.
—Dile que quieres estar sola un rato. Él lo entenderá.
—¡No quiero hablar contigo! —dije.
—Por favor… ¿sólo para despedirnos?
Entonces te vi camino de regreso al hotel. Me viste y me saludaste con la mano. Al acercarte a mí, pensé qué esbelto y fuerte eras, tan confiado, tan distinto de Niall.
—¡Te verá! —le dije a Niall.
—No, él no.
Llegaste hasta nosotros.
—Tenemos todavía toda la tarde por delante. ¿Por qué no vamos a buscar una playa? Me gustaría nadar un poco.
—Díselo —dijo Niall.
—Creo que iré de compras un rato. Ve tú solo.
—Ha ocurrido algo, Sue… ¿qué es?
—Nada. No tengo ganas de estar en la playa.
—Muy bien. Lo dejamos para mañana. Iremos de compras.
Niall estaba detrás de nosotros con los hombros caídos.
—Me gustaría estar sola un rato —te dije.
—¿Qué pasa, Sue? —preguntaste—. No estabas así hace sólo un momento.
—No pasa nada malo. Me gustaría estar sola.
Hiciste un gesto desesperado.
—Si es así, buscaré una playa y me quedaré tendido hasta que tengas ganas de volver a verme.
Niall estaba mirando cuando te tomé el brazo y te besé con afecto la mejilla.
—No tardaré —dije.
—Te veré en el hotel, entonces.
Te alejaste de prisa, evidentemente enfadado conmigo. Estuve con Niall hasta que entraste en el hotel, luego me alejé, decidida. Niall me siguió. Salí de la ciudad y fui por los senderos campestres de alrededor, y sólo entonces empecé a andar más lentamente. Había estado visible desde que Niall me habló en la habitación y estaba decidida a seguir estándolo. Niall también permaneció visible, aunque sólo para mí.
Estuve con él el resto de la tarde hasta que empezó a anochecer.
Escuché todo lo que quería decirme. Dijo muchas cosas que ya le había oído: que todavía me amaba, que estaba solo, que tenía celos de ti. Dijo que tenía miedo de estar solo. Me endurecí contra esto y nada cambió.
Pero conversamos largo rato. Me enteré de ciertas cosas y entendí que yo había estado bloqueándolo desde hacía mucho. Dijo que lamentaba el pasado, y que él, como yo, quería abandonar el aislamiento de la invisibilidad. Quería un sitio permanente para vivir, y terminar con los continuos delitos mezquinos. Dijo que envidiaba la facilidad con que yo vendía mis dibujos, y que él escribía cada vez más. El mayor problema era encontrar trabajo. Irónicamente, estaba perdiendo confianza en su invisibilidad y no podía concentrarse para escribir si estaba en una casa habitada.
Y estaba convencido de que nadie leía los manuscritos que enviaba a los editores. Nunca utilizaba el correo a causa del miedo que compartía con la mayor parte de los invisibles: que desdeñaran la correspondencia, o la perdieran, siempre entregaba los manuscritos personalmente. Aun así, tenía la seguridad de que nadie los leía. Rara vez se los devolvían, y tenía que irrumpir en las oficinas si quería recuperarlos. A veces, dijo, los manuscritos estaban todavía en el sitio donde los había dejado. Habló con cinismo de su convicción de que aun cuando superara este obstáculo y la obra fuera publicada, nadie se daría cuenta de la existencia de los libros impresos ni los compraría.
Intenté averiguar qué estaba escribiendo, pero sólo dijo que eran cuentos cortos. Siempre había sido reservado acerca de lo que escribía, pero a mí me habría gustado leer algo. Prometió vagamente mostrarme un manuscrito algún día, aunque no lo presioné.
Niall no llegó a admitirlo, pero su ambición de ser escritor me pareció un síntoma de un problema más grave. Una y otra vez hablaba de sí mismo como una criatura perdida y solitaria y se comparaba desfavorablemente conmigo. En el pasado había despreciado mi deseo de normalidad, pero ahora tenía otra actitud. Temía perderme. Yo era su único vínculo con el mundo real; dijo que yo era como el perro guía de un hombre ciego. Necesitaba que yo lo ayudase a unirse al mundo. Ése era el verdadero motivo de que te temiera y te detestara: al perderme por ti, se perdería él.
Niall apelaba con gran fuerza a mi lealtad. Yo conocía la amarga verdad de lo que decía, y me di cuenta de que por fin estaba madurando. No pude endurecerme contra él al oír esto. No te estaba olvidando, pero estaba perdonando que se hubiera entrometido entre nosotros, quizá disculpándolo por no haber sido comprensivo. Guardé silencio cuando intentó que le prometiera que nunca más volvería a verte, pero luego dije que no veía por qué no podíamos seguir siendo amigos.
Tenía conciencia de cuánto tiempo había estado lejos de ti, de modo que me encaminé a la ciudad. El sol bajaba y había perdido casi todo su calor, y yo sabía que ya no te encontraría en la playa. Niall caminaba a mi lado, instándome a que te enfrentara tan pronto como te viese.
Topamos contigo inesperadamente mientras cruzábamos la plaza cerca de la catedral. Me viste antes que yo te viera, y mi primera reacción fue pensar que me habías visto con Niall. Me sentí confundida y actué como si fuera culpable.
—He estado buscándote —me dijiste—. ¿Dónde diablos has estado?
—Recorriendo las tiendas —dije penosamente, sabiendo qué pocas tiendas había en la ciudad—. ¿Y tú?
—Estuve tendido en la playa un rato y luego vine a buscarte.
Yo había mirado a Niall, convencida de que podías verlo. Niall dijo:
—No se da cuenta de que estoy aquí.
Tú tenías aspecto de enfado, y lo que yo deseaba era echarte los brazos al cuello y explicártelo todo y hacer las paces, pero Niall estaba allí con nosotros.
—Lo siento —dije débilmente.
—¿Qué querrías hacer? —preguntaste.
—No sé… lo que tú quieras.
—Muy bien. Decide tú. Evidentemente quieres que te deje tranquila.
—No dije eso.
Te marchaste sin mirar atrás. Empecé a seguirte, pero tus hombros tenían un aspecto tan decidido, que me di cuenta de que era mejor esperar. Me volví hacia Niall, pero había desaparecido.
—¡Niall! ¿Dónde estás?
—Estoy aquí. La voz sonaba a mi lado.
—Deja que te vea.
—Ahora no. Quieres estar con él.
—No es posible por el momento, gracias a ti. —Miré a mi alrededor, dándome cuenta de que a la gente que andaba por la calle le parecería que estaba allí hablando sola. Empecé a caminar, sabiendo que Niall se quedaría conmigo—. ¿No te das cuenta de lo que le estás haciendo? —le dije.
No hubo respuesta. Seguí andando, creyendo que Niall simplemente no había respondido, pero al cabo de unos segundos comprendí que se había marchado.
¿Por qué me había dejado de repente? Volví al sitio en que me había hablado por última vez, lo llamé. No oí nada.
Uno o dos peatones me estaban mirando con curiosidad; tenía que moverme. Había una parcela de hierbas en el centro de la plaza; me acerqué y me senté en un banco de madera. Caía la noche y el aire era tibio todavía. Me desagradaba profundamente que Niall me hubiera dejado de ese modo. Me confundía y hacía que me sintiera insegura, como en el tiempo en que se aferraba a mí. Me recordaba el espanto de sus intromisiones, el estado neurótico a que era capaz de llevarme.
Y lo que es todavía peor, ya me estaba preguntando si él había estado allí realmente. Esas súbitas manifestaciones eran las de un visitante, una voz venida del aire, conciencia de mi pasado.
Hasta que te conocí, Niall nunca había utilizado contra mí su invisibilidad profunda. ¿Por qué?
Si no es posible verlo, ¿está realmente allí?
Cuando se materializa desde ninguna parte, ¿qué es lo que yo creo ver?
Semejantes pensamientos están cerca de la locura que temo. Para quitármelos de la cabeza, dejé el centro de la pequeña ciudad y fui hacia el hotel. Quería verte cualquiera que fuese la circunstancia, y cualquiera que fuese el resultado. Sólo en ti había certidumbre y cordura.