El glamour

Christopher Priest · Capítulo 36 de 62

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El glamour

Capítulo V

Niall era diferente de todos los otros invisibles que yo había conocido. La nube en que vivía era una densa pantalla contra el mundo, totalmente imperceptible para nadie que no fuera otro invisible. Estaba más metido en el glamour que ninguno de los otros, más alejado de la realidad; un delgado espectro en una comunidad de fantasmas.

Pero este aislamiento era también una peculiaridad de Niall. Al contrario, la mayoría de los invisibles nunca lamentaba no tener identidad.

Fue el único invisible que encontré físicamente atractivo. Era sano, guapo, elegante. Se encontraba cómodo en su cuerpo, y las enfermedades le preocupaban tan poco como a mí. La ropa que llevaba era siempre la más moderna y de colores más floridos. Fumaba cigarrillos Gauloise y viajaba ligero de equipaje; al glam corriente la salud le preocupaba demasiado, no fumaba, e iban de un lado a otro cargados de cosas. Niall era gracioso, abierto, grosero con la gente que le desagradaba, lleno de ideas y ambiciones y completamente amoral, Mientras que a mí y a algunos otros glams nos molestaba el carácter parasitario de nuestra vida, Niall veía en la invisibilidad una ocasión de libertad, una extensión de las capacidades normales.

Algo más que encontraba atractivo y diferente en él era que estaba haciendo algo. Niall quería ser escritor. Era el único invisible que robaba libros. Frecuentaba bibliotecas y librerías donde robaba o tomaba prestados por un tiempo volúmenes de poesía, novelas, biografías literarias, crónicas de viajes. Estaba siempre leyendo y a veces me leía en voz alta. Los libros eran lo único en que no parecía amoral: cuando terminaba uno, lo dejaba donde pudieran encontrarlo o lo devolvía. La Biblioteca Paddington era la que más frecuentaba, devolviendo puntualmente lo que había tomado prestado y a veces sintiéndose culpable, si había tardado demasiado en devolverlo.

Cuando no leía, estaba escribiendo. Llenaba lentamente innumerables libretas de notas con letra ornada y llamativa. No me permitía ver lo que había escrito ni tampoco me lo mostraba, pero me impresionaba verlo trabajar.

Éste era Niall cuando lo conocí, y me hechizó de inmediato. Era unos meses más joven que yo, pero también más inteligente, más excitante, más experimentado, más estimulante que nadie que yo hubiera conocido. Cuando terminé la escuela de arte y obtuve mi diploma, ya no tenía dudas acerca de lo que quería hacer. El glamour se había convertido para mí en un santuario protector.

La mera excitación de estar con Niall desvaneció todas mis dudas. La irresponsabilidad lo enaltecía todo; yo lo admiraba, y trataba de impresionarlo siendo como él. Cada cual estimulaba en el otro lo peor de sí mismo; la amoralidad era la promesa de una vida mejor.

Me comprometí por completo con el mundo de los glam. No vivíamos en ningún sitio, y nos mudábamos de un dormitorio a otro: descansábamos en el cuarto vacío de alguna casa o íbamos a una tienda o un hotel.

Comíamos bien, sólo alimentos frescos y si los necesitábamos los robábamos. Cuando queríamos alimentos cocinados, íbamos a las cocinas de los hoteles o los restaurantes. Nos poníamos toda la ropa nueva que nos gustaba, y nunca teníamos frío ni hambre.

Fue Niall quien me enseñó cómo irrumpir en los bancos o robar en las oficinas públicas, pero nunca necesitábamos mucho dinero. Robar un banco era siempre un desafío; nos divertía entrar en la zona reservada al personal a la vista de todo el mundo, sacar un puñado de billetes de algún cajón, y romperlos allí mismo.

A veces robábamos sólo unas pocas monedas, o un billete o dos, sólo para probar que podíamos hacerlo. Nunca estábamos callados durante un robo; conversábamos, a veces reíamos en voz alta o cantábamos felices por haber pasado inadvertidos.

Al evocar todo esto, ahora me siento culpable. Yo me dejaba impresionar fácilmente, y Niall estaba despertando en mí el último estremecimiento de la inmadurez.

Con el paso del tiempo, ya no me deslumbró tanto. Al fin y al cabo ya no era tan original; mucha gente del mundo duro vestía también de colores brillantes, llevaba peinados exóticos, fumaba cigarrillos franceses. Niall era diferente sólo en relación con los otros invisibles, y éstos ya no me importaban. El interés que tenía por los libros y por ser escritor era todavía admirable, y seguía pareciéndome atractivo. Cuando lo conocí mejor, comprobé que la mayor parte de lo que en él me interesaba era una apariencia superficial.

Aun así, nuestra temeraria vida como invisibles se prolongó unos tres años. Todo esto me viene ahora a la memoria emborronando lo que querría llamar una escapada de adolescencia. Pero todavía recuerdo aquel sentimiento embriagador; qué listos y superiores nos creíamos. Era una vida ideal: todo lo que queríamos estaba literalmente a nuestro alcance, y no había nadie que pudiera acusamos.

También estaban ocurriendo cambios internos en mí. El contacto con Niall me fortalecía. Aprendí a trasladarme a la visibilidad, sin mucho esfuerzo, y fue esto al fin lo que empezó a estropear nuestra relación.

Niall detestaba que yo estuviera visible. Tenía entonces una ventaja sobre él. Siempre se daba cuenta cuando yo había cambiado; decía que yo estaba arriesgándome, que podrían descubrimos. En realidad en esos momentos detestaba la condición de glam, y sus desafíos no eran más que una fachada. Tenía celos de mí; mi capacidad de trasladarme al mundo real me permitía librarme de él.

O ése era el modo en que él lo veía. La paradoja consistía en que esa misma fuerza precisamente me venía de él. Necesitaba estar cerca de él para obtener la normalidad que yo siempre había deseado y que él tanto temía, pero en esas ocasiones lo que yo ganaba era siempre una mayor dependencia.

Otras necesidades estaban saliendo a la superficie. A medida que me hacía mayor, empecé a tener más conciencia acerca del dinero y de los artículos que robábamos. En un supermercado ocurrió un incidente que fue definitivo: mientras nos marchábamos, vi una caja registradora abierta llena de dinero y siguiendo un impulso cogí un puñado de billetes de cinco libras. Unos días después supe que la mujer que atendía la caja había perdido el empleo y comprendí entonces por primera vez que estaba perjudicando a otras personas. Este descubrimiento me volvió a la sobriedad, que al fin lo cambió todo.

Aunque de manera más sutil, estaba necesitando un estilo de vida ordinario: quería la dignidad de un verdadero trabajo, saber que me ganaba aquello con que vivía. Quería pagar por abrirme camino en el mundo, comprar ropas y comida, pagar las entradas de cine, pagar por viajar en autobuses y trenes. Por sobre todo quería instalarme, encontrar un sitio que pudiera llamar mi hogar, un lugar que fuera mío.

Nada de esto era posible si no podía dejar la invisibilidad durante largos períodos. El obstáculo más importante era la vida desarraigada que yo vivía con Niall.

De pronto estos deseos tuvieron un objeto. Quería ir a casa, ver a mis padres y a mi hermana, pasearme por los sitios que recordaba mejor. Había permanecido alejada de casa demasiado tiempo, desde que conocí a Niall. Mi único contacto había sido alguna carta esporádica a mis padres, que Niall había considerado una ruptura de nuestro pacto de invisibilidad. En los últimos doce meses sólo había escrito a casa una vez.

Estaba haciéndome mayor, por fin, y esto me alejaba de Niall. Quería algo más de lo que él me daba; no podía pasarme el resto de mi vida en las sombras.

Niall percibió el cambio y entendió que yo trataba de romper con él.

Llegamos a un acuerdo acerca de mis padres y un fin de semana fuimos a verlos juntos. No alcanzo a imaginar qué pensaba conseguir con esta visita; sentía en mis entrañas que sólo podía conducimos a un auténtico desastre.

Todo empezó a salir mal desde el primer momento. Nunca había visto de cerca cómo reacciona la gente normal delante de un invisible. Que se tratara de mis padres, para quienes yo misma era en parte una extraña, añadía al caso una difícil complejidad. Yo permanecí visible durante todo el tiempo que duró la visita, cosa que logré sin mayor esfuerzo porque Niall estaba presente. Niall, en cambio, pasó inadvertido. Enseguida tuve que enfrentarme con tres problemas diferentes de modo simultáneo. Quería comportarme con mis padres de manera natural, sentirme cómoda con ellos, contarles algo de mi vida en Londres sin revelarles la verdad. Sabía que no podían ver que Niall estaba conmigo; y Niall, que en ese momento no me interesaba, empezó a comportarse de mala manera.

El problema era Niall. Sin la menor consideración aprovechaba que no supieran que estaba allí. Cuando mis padres me preguntaban cómo vivía, quiénes eran mis amigos, qué trabajo estaba haciendo y yo intentaba contestarles con las amables mentiras que utilizaba en mis cartas, Niall, junto a mí, hablaba al mismo tiempo que yo, dando las respuestas (sin que nadie lo escuchase) que él creía adecuadas. Cuando por la noche nos sentábamos a mirar televisión, un Niall aburrido, empezaba a tocarme el cuerpo para distraerme. Fuimos a visitar a mi hermana para que yo pudiera conocer a su nuevo marido, pero Niall, que iba junto a mí en el asiento posterior, silbaba con fuerza y hablaba al mismo tiempo que mis padres. Al fin consiguió que me enfureciera, pero no pude poner remedio a la situación. En ningún momento durante todo el fin de semana llegué a olvidar que Niall se encontraba allí con nosotros; robaba cigarrillos y bebidas, bostezaba aburrido cada vez que mi padre decía algo, se paseaba por todas partes, usaba el inodoro y no tiraba de la cadena, discutía cualquier sugerencia de lo que podríamos hacer o a quién podríamos ver… En suma, intentó recordarme por cualquier medio que él era el verdadero centro de mi vida.

¿Cómo es posible que mis padres no advirtieran la presencia de Niall? Yo me sentía extraña y perturbada. Aun dejando de lado el abominable comportamiento de Niall, me parecía imposible que no llegaran a verlo. Sin embargo, a mí me saludaron y a él no; sólo hablaban conmigo, sólo a mí me miraban; a la hora de las comidas no había un sitio para él en la mesa; prepararon la única cama de mi antigua habitación; ni siquiera en el atestado coche de mi padre notaron que estaba con nosotros. Yo intentaba que la situación no se me escapara de las manos; había una flagrante contradicción entre lo que ocurría y la reacción de mis padres. Sabía cómo habían respondido a mi propia invisibilidad en los viejos días, con una cierta ambigüedad. Pero esto era distinto: Niall estaba allí decididamente, aunque de algún modo ellos no lo supieran. Aun así, estoy convencida de que en algún nivel más probando tenían conciencia de Niall. Aquella presencia invisible creaba un vacío, un nexo silencioso que duró todo el fin de semana.

En un momento llegué a pensar que mi vida en Londres era una rebelión contra el ámbito en que había nacido. Mi padre me parecía aburrido y demasiado formal; mi madre remilgadamente interesada por detalles que no venían a cuento. Los quería aún, pero no eran capaces de ver que me estaba haciendo mayor, que ya no era, ni volvería a serlo nunca, la hija pequeña que ellos habían conocido unos pocos años atrás. Niall influía en mí, por supuesto, y sus sardónicas interjecciones, que sólo yo oía, eran un contrapunto continuo de lo que yo pensaba.

A medida que la visita avanzaba, yo iba sintiéndome cada vez más sola, separada de mis padres por desinteligencias, alejada de Niall por su comportamiento. Habíamos planeado quedarnos tres noches, pero después de la terrible pelea que tuve el sábado con Niall invisibles y juntos en la habitación, gritándonos dentro de nuestras nubes protectoras, sentí que la tensión era insoportable. Por la mañana mis padres me llevaron nos llevaron a la estación en coche, y allí nos dijimos adiós. Mi padre estaba rígido y pálido, mi madre lloriqueaba. Niall sonreía pensando que al fin regresábamos a nuestra vida invisible en Londres.

Pero ya nada sería lo mismo. Muy pronto, después de llegar a Londres, abandoné a Niall. Me hice visible y entré en el mundo real. Por fin escapaba de Niall, y procuré que nunca volviera a encontrarme.