Criptonomicon
Pasaje
C uando ha conseguido levantarse del suelo y los oídos han dejado de sonarle, Bischoff dice:
—Inmersión a setenta y cinco metros.
El indicador de profundidad dice veinte. En algún lugar, quizás a cien metros sobre sus cabezas, la tripulación de los bombarderos ha fijado las cargas de profundidad para estallar cuando se hayan hundido a una profundidad de veinte metros, así que veinte no es un buen lugar para estar.
Pero el indicador no se mueve, y Bischoff tiene que repetir la orden.
Todos los del submarino deben de estar sordos.
O eso o el V-Million ha sufrido daños en los planos de inmersión.
Bischoff aprieta el cráneo contra un mamparo y aunque sus oídos ya no funcionan tan bien, puede sentir el gimoteo de las turbinas. Al menos tienen potencia. Pueden moverse.
Pero los Catalinas se pueden mover más rápido.
Puedes decir lo que quieras de esos viejos y roñosos submarinos diesel, al menos disponen de cañones. Podrías salir a la superficie, ir a cubierta bajo el sol y el aire, y contraatacar. Pero en el V-Million, ese cohete nadador, la única arma es el secreto. En el Báltico, no hay problema. Pero está en el estrecho de Mindoro, que es un océano de cristal. El V-Million podría estar suspendido en el aire con los focos apuntándole.
Ahora empieza a moverse la aguja del indicador, llegando a los veinticinco metros. El suelo se aleja de los pies de Bischoff cuando el submarino se estremece debido a otra carga de profundidad. Pero por la forma en que se mueve sabe que esa última carga ha detonado demasiado
alta para producir daños importantes. Por hábito, mira al indicador que da la velocidad, y la anota junto con la hora: 1746. El sol debe estar cada vez más bajo en el cielo, la luz reflejándose en la parte alta de las olas, obligando a los pilotos de los Catalinas a mirar a través de una ventana de ruido brillante. Una hora más y el V-Million será completamente invisible. Luego, si Bischoff ha mantenido un registro cuidadoso de la velocidad y el rumbo, eso les indicará aproximadamente dónde se encuentran, y les permitirá recorrer el pasaje de Palawan durante la noche, o dirigirse al oeste hacia el mar meridional de China si eso parece ser la mejor idea. Pero en realidad lo que espera es encontrar una bonita cala pirata en la costa de Borneo, casarse con una bonita orangután y criar una familia.
El indicador de profundidad dice Tiefenmesser en esa anticuada letra gótica que a los nazis les gusta tanto. Messer significa calibrar o medir, pero también significa cuchillo. Das Messersitzt mir an der Kehle. Tengo el cuchillo en el cuello; me veo cara a cara con la muerte. Cuando tienes el cuchillo en el cuello, no quieres que se mueva como ahora mismo se está moviendo la aguja del Tiefenmesser. Cada movimiento del dial es otro metro de agua entre Bischoff y el sol y el aire.
—Me gustaría ser un Messerschmidt —murmura Bischoff. Un hombre que golpea Messers con un martillo, pero también una cosa hermosa que vuela.
—Verás la luz y volverás a respirar aire fresco, Günter —dice Rudolf von Hacklheber, un matemático civil que en realidad no debería estar en el puente de un submarino durante una batalla a muerte. Pero tampoco es que tenga otro sitio, así que ahí está.
Es agradable que Rudy diga tal cosa, una encantadora muestra de apoyo hacia Günter. Pero salvar la vida de todos los que se encuentran en el submarino y llevar a lugar seguro su carga de oro, depende ahora de la estabilidad emocional de Günter, y especialmente de su confianza. En ocasiones, si quieres vivir y respirar mañana debes sumergirte en las profundidades oscuras hoy mismo, y eso es un salto de fe —fe en tu submarino y tu tripulación— al lado de lo que las epifanías religiosas de los santos no son nada.
Así que la promesa de Rudy queda pronto olvidada, o al menos Bischoff la olvida pronto. Bischoff se siente más fuerte por haberla oído, y por cosas
similares que los miembros de su tripulación le dicen, y de sus sonrisas, gestos de apoyo y palmadas en el hombro, y las muestras de coraje e iniciativa, las reparaciones ingeniosas que realizan en las tuberías rotas y los motores cansados. La fuerza le da fe, y la fe le convierte en un buen capitán de submarinos. Algunos dirían el mejor que ha existido jamás. Pero Bischoff conoce a muchos otros, mejores que él, cuyos cuerpos quedaron atrapados en cápsulas de metal retorcido en el fondo del Atlántico norte.
El resultado es éste: el sol ha descendido, como se puede confiar cada día, incluso cuando eres un submarino perseguido. El V-Million ha abierto un túnel en el pasaje de Palawan, durante varias horas, a la velocidad totalmente desmedida de veintinueve nudos, cuatro veces la velocidad máxima que se le supone a un submarino.
Los norteamericanos habrán trazado un pequeño círculo alrededor del punto del océano donde se vio por última vez al misterioso submarino. Pero la velocidad del V-Million es cuatro veces la que creen. El verdadero círculo es cuatro veces mayor que el que han dibujado. Los yanquis no esperarán que salgan a la superficie donde están ahora.
Pero deben subir a la superficie porque el V-Million no se fabricó para correr a veintinueve nudos indefinidamente; quema combustible, y peróxido de hidrógeno, a un ritmo absurdo cuando giran las dos turbinas de seis mil caballos. Hay combustible de sobra. Pero se queda sin peróxido de hidrógeno alrededor de la medianoche. Tiene unas ridículas baterías, y motores eléctricos, que apenas son suficientes para llevarlo a la superficie.
Pero a continuación debe respirar aire durante un rato y moverse con los diesel.
Por tanto, el V-Million, y algunos miembros de la tripulación, disfrutan de un poco de aire fresco. Bischoff no, porque está encargándose de nuevas complejidades que se han producido en la sala de máquinas. Probablemente ese hecho le salva la vida, porque no sabe que les disparan hasta que oye los tiros golpear el casco exterior.
A continuación es la vieja maniobra, la inmersión rápida, que era tan emocionante en su juventud cuando practicaba en el Báltico, y que ahora le resulta tan tediosa. Mirando por la escotilla durante un momento puede ver una estrella solitaria antes de que su visión del cielo quede bloqueada por un tripulante mutilado al que envían abajo.
Sólo cinco minutos después la carga de profundidad obtiene un acierto directo en la popa del V-Million y produce un agujero tanto en el casco exterior como en el interior. El suelo se inclina bajo los pies de Bischoff y empiezan a estallarle los oídos. En un submarino, ambos fenómenos son malos presagios. Puedes oír cómo se cierran las escotillas a medida que la tripulación intenta detener el avance del agua hacia la proa; cada una sella el destino de quien estuviese al otro lado. Pero de todas formas, todos están muertos, ahora no es más que una cuestión de tiempo. Esas escotillas no están diseñadas para soportar cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez atmósferas de presión. Ceden, la presión se incrementa de súbito cuando la burbuja de aire en la parte frontal del V-Million se reduce de golpe a la mitad, luego se reduce a la mitad de nuevo, y una vez más. Cada onda de presión se manifiesta como un aplastamiento del tórax de Bischoff, sacándole todo el aire de los pulmones.
Como la proa está apuntando directamente hacia arriba, como una aguja en un indicador, no hay suelo sobre el que sostenerse, y cada vez que un mamparo cede, y el nivel de agua se eleva hacia proa, eso les deja de pronto sumergidos, con pulmones aplastados y vacíos, y deben nadar hacia arriba para encontrar de nuevo la burbuja de aire.
Pero finalmente la popa destrozada del submarino se hunde en el fondo marino y el V-Million se asienta, la cabina más adelante gira a su alrededor, y causa un tremendo sonido de piedras aplastadas cuando el coral queda destrozado por el casco que cae. Y luego todo ha terminado. Günter Bischoff y Rudolf von Hacklheber están juntos en una confortable y segura burbuja de aire comprimido, todo el aire que solía contener el V-Million reducido ahora a un volumen del tamaño de un coche. Está oscuro.
Oye cómo Rudy abre los cierres de su maletín de aluminio.
—No enciendas un fósforo —dice Bischoff—. El aire está comprimido, arderá como una bengala.
—Eso sería terrible —dice Rudy, y en su lugar enciende una linterna.
La luz aparece y de inmediato se oscurece, se vuelve marrón y se reduce a una diminuta chispa roja: los restos relucientes del filamento de la bombilla.
—La bombilla ha estallado —le explica Bischoff—. Pero al menos he podido ver tu cara con esa estúpida expresión.
—Tú también has tenido mejor aspecto —dice Rudy. Bischoff puede oírle cerrando el maletín, asegurando los cierres—. ¿Crees que mi maletín flotará aquí eternamente?
—Con el tiempo el casco de presión se corroerá. El aire escapará formando burbujitas que se transformarán en nebulosas giratorias de aire rancio a medida que se acerquen a la superficie. El nivel del agua se elevará y apretara el maletín contra lo que quede de la parte superior del casco de presión, y se llenará de agua. Pero quizá quede todavía una burbuja de aire en una esquina del maletín.
—Estaba pensando dejar una nota dentro.
—Si lo haces, mejor que la dirijas al gobierno de Estados Unidos.
—¿Qué crees, Departamento de Marina?
—Departamento de Espionaje. ¿Cómo lo llaman? El OSS.
—¿Por qué lo dices?
—Sabían dónde estábamos, Rudy. Los Catalinas nos esperaban.
—Quizá nos encontraron por radar.
—Ya tomé en cuenta los radares. Esos aviones llegaron más rápido.
¿Comprendes lo que significa?
—Dime.
—Significa que los que nos perseguían sabían lo rápido que podía ir el V-Million.
—Ah... así que por eso piensas en espías.
—Le di a Bobby los planos, Rudy.
—¿Los planos del V-Million?
—Sí... para que pudiese ganarse el perdón de los norteamericanos.
—Bien, en retrospectiva quizá no debiste haberlo hecho. Pero no te lo reprocho, Günter. Fue un gesto magnífico.
—Ahora vendrá y nos encontrarán.
—Quieres decir, después de que estemos muertos.
—Sí. Todo el plan ha quedado arruinado. Bien, fue una bonita conspiración mientras duró. Quizás Enoch Root demuestre un poco adaptabilidad.
—¿De verdad crees que los espías vendrán a recorrer estos restos?
—¿Quién sabe? —dice Bischoff—. ¿Por qué te preocupas?
—Tengo las coordenadas del Gólgota en el maletín —dice Rudy—.
Pero sé que no están escritas en ningún otro lugar del V-Million.
—Lo sabes porque fuiste tú el que descifró el mensaje.
—Sí. Quizá debería quemar ahora el mensaje.
—Nos mataría —dice Bischoff—, pero al menos moriríamos con algo de luz y calor.
—En unas horas estarás en una playa de arena fina tomando el sol, Günter.
—¡Déjalo ya!
—Hice una promesa que tengo que mantener —dice Rudy. Se produce un movimiento en el agua, el ajetreo de unos pies agitándose y hundiéndose bajo la superficie.
—¿Rudy? ¿Rudy? —dice Bischoff. Pero está solo en una bóveda oscura de silencio.
Un minuto más tarde una mano le tira del talón. Rudy le trepa por el cuerpo como si fuese una escala, saca la cabeza a la superficie y traga aire.
Pero es aire del bueno, dieciséis veces más oxígeno en una única bocanada.
Se siente mejor de inmediato. Bischoff le sostiene mientras se calma.
—La escotilla está abierta —dice Rudy—. Vi cómo entraba luz. ¡Ha salido el sol, Günter! —¡Entonces, vamos!
—Ve tú. Yo me quedaré a quemar el mensaje. —Rudy vuelve a abrir el maletín, rebuscando con las manos entre los papeles, sacando algo, cerrándolo de nuevo. Bischoff no puede moverse.
—Encenderé el fósforo en treinta segundos —dice Rudy. Bischoff se lanza en la oscuridad hacia la voz de Rudy y envuelve sus brazos a su alrededor.
—Encontraré a los otros —dice Bischoff—. Les diré que algún puto espía norteamericano nos sigue la pista. Y llegaremos primero al oro, y lo mantendremos lejos de sus manos.
—¡Ve! —grita Rudy—. Ahora quiero que todo suceda con rapidez.
Bischoff le besa una vez en cada mejilla y se sumerge. Frente a él hay una luz verde azulada que no llega de ninguna dirección en particular.
Rudy nadó hasta la escotilla, la abrió y volvió a nadar hacia dentro, y casi estaba muerto al regresar.
Bischoff tiene que dar con la escotilla y nadar hasta la superficie. Sabe que será imposible. Pero luego una luz mucho más brillante y cálida penetra en el interior del V-Million. Bischoff se detiene, mira atrás y ve el extremo superior del casco de presión convertido en una bóveda de fuego naranja, la silueta de un hombre centrada en él, líneas de soldaduras y remaches alejándose de ese centro como meridianos sobre un globo. Hay tanta luz como si fuese de día. Se vuelve y nada con facilidad por el pasillo, hasta llegar a la sala de control, y encuentra la escotilla: un disco de luz cian.
Hay un salvavidas fijado contra lo que es ahora el techo de la sala. Lo agarra y consigue llevarlo hasta el centro, luego lo mete antes que él por la escotilla y sale por ella pataleando.
Hay corales a todo su alrededor, y es hermoso. Le gustaría quedarse y echar un vistazo, pero tiene responsabilidades en la superficie. Se mantiene agarrado al salvavidas, y aunque no siente que se mueve, ve cómo los corales se alejan. Hay una cosa enorme y gris tendida entre ellos, burbujeando y sangrando, y cada vez se hace más pequeña, como un cohete que se perdiese en el cielo.
Mira el agua que le corre por la cara. Los dos brazos de Bischoff están sobre su cabeza, agarrándose al borde del salvavidas, y a través suyo ve un disco de luz solar, más brillante y rojo a medida que asciende.
Empiezan a dolerle las rodillas.
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