Criptonomicon
Chica
C ada vez es más difícil encontrar piso en Brisbane, que se ha convertido en una ciudad repleta de espías, Bletchley Park en Australia. Hay una oficina central, que se ha establecido en el Hipódromo de Ascot, y otra entidad en una zona diferente de la ciudad llamada Oficina de Inteligencia Aliada. Las personas que trabajan en la Oficina Central tienden a ser expertos matemáticos de rostro pálido. Por otra parte, las personas de la OIA a Waterhouse le recuerdan más a los tipos del Destacamento 2702: tensos, curtidos y taciturnos.
A media milla del Hipódromo de Ascot ve a uno de estos últimos salir de una casita de habitaciones de cuento de hadas, cargando a la espalda un petate de quinientas libras. El hombre va ataviado para un largo viaje. Una dama con aspecto de abuelita y delantal se encuentra en el porche, agitando una toallita de té en dirección al hombre. Es como la escena de una película; ni siquiera se te ocurriría que, a unas pocas horas de vuelo de allí, los hombres se están volviendo negros como el papel fotográfico en una bandeja de revelado mientras su carne viva se convierte en gas putrefacto cortesía de las bacterias clostridium.
Waterhouse no se detiene a estimar la probabilidad de que él, que necesita un sitio para vivir, resulta que aparece en el momento exacto en que una habitación queda libre. Los criptoanalistas aguardan los golpes de suerte y luego los explotan. Después de que el soldado se pierda doblando la esquina, llama a la puerta y se presenta a la dama. La señora McTeague dice (en la medida en que Waterhouse puede penetrar su acento) que a ella le gusta su aspecto. Suena claramente asombrada. Queda claro que la
improbabilidad de que Waterhouse aparezca justo cuando queda libre una habitación no es nada comparada con la improbabilidad de que a la señora McTeague le guste su aspecto. De tal suerte, Lawrence Pritchard Waterhouse se une a un grupo de élite de jóvenes (cuatro en total) cuyo aspecto es del agrado de la señora McTeague. Duermen, dos en cada habitación, en los dormitorios donde los vástagos de la señora McTeague empezaron siendo los más hermosos e inteligentes niños jamás nacidos para convertirse en los más excelentes adultos que caminan sobre la tierra excepto el rey de Inglaterra, el General y lord Mountbatten.
El nuevo compañero de habitación de Waterhouse está ahora mismo fuera de la ciudad, pero simplemente examinando sus efectos personales, Waterhouse estima que rema en kayak desde Australia a la base naval de Yokosuka, donde se deslizará al interior de un buque de guerra y matará en silencio a toda la tripulación con las manos desnudas antes de realizar una zambullida de nivel olímpico en la bahía, noquear algunos tiburones, volver a subir al kayak y regresar remando a Australia para tomarse una cerveza.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, conoce a los ocupantes de la otra habitación: un oficial naval británico pelirrojo que muestra todos los signos de trabajar en la Oficina Central, y un tipo llamado Hale, cuya nacionalidad es imposible de precisar porque no viste uniforme y está demasiado resacado para hablar.
Habiendo cumplido su misión (según lo que entendió del adlátere del General), ha encontrado un lugar para vivir, y arreglado sus asuntos personales, Waterhouse se pasa por el Hipódromo de Ascot y el prostíbulo adyacente con la intención de ser útil. En realidad, preferiría quedarse sentado en su habitación durante todo el día y trabajar en su nuevo proyecto, que consiste en diseñar una máquina de Turing de gran velocidad.
Pero es su obligación contribuir al esfuerzo bélico. Incluso si no fuese así, sospecha que si su nuevo compañero de cuarto regresase de su misión y se lo encontrase sentado todo el día dibujando circuitos, le daría tal paliza que a la señora McTeague dejaría de gustarle su aspecto.
Para decirlo con suavidad, la Oficina Central no es el tipo de lugar en el que puede entrar un extraño, mirar por todas partes y presentarse para que le den trabajo. Incluso lo de entrar es potencialmente fatal. Por suerte,
Waterhouse dispone de autorización Ultra Mega, que es la autorización más alta del mundo.
Por desgracia, esta categoría de secreto es tan secreta que su misma existencia es secreta, y por tanto no puede revelársela a nadie, a menos que encuentre a alguien más con autorización Ultra Mega. Sólo hay una docena de personas con autorización Ultra Mega en Brisbane. Ocho de ellos forman el escalafón más alto de la jerarquía de mando del General, tres trabajan en la Oficina Central y la otra es Waterhouse.
Waterhouse se pasea por el centro nervioso en el viejo prostíbulo. El lugar está rodeado por miembros retirados de la Guardia Territorial Australiana ataviados con garbosos sombreros asimétricos y armados con trabucos. Al contrario que con la señora McTeague, a ellos no les gusta su aspecto. Por otra parte, están habituados a ese tipo de cosas: chicos listos de muy lejos que se presentan a la puerta con largas y, al final, aburridas historias sobre cómo los militares han jodido sus órdenes, los metieron en el barco equivocado, los enviaron al lugar equivocado, les infectaron con enfermedades tropicales, lanzaron sus pertenencias por la borda y los abandonaron a su suerte. No le disparan, pero no le dejan entrar.
Se queda colgando por ahí y se convierte en un incordio durante un par de días hasta que finalmente reconoce a, y es reconocido por, Abraham Sinkov. Sinkov es un importante criptoanalista norteamericano; ayudó a Schoen a romper índigo. Él y Waterhouse se han cruzado un par de veces, y aunque no son amigos per se, sus mentes trabajan de la misma forma. Eso los convierte en amigos en una familia extraña que sólo tiene unos pocos cientos de miembros, dispersos por el mundo. En cierta forma, es una autorización más rara aún, más difícil de conseguir y más misteriosa que Ultra Mega. Sinkov le prepara un nuevo conjunto de documentos, dándole una autorización muy alta, pero no tan alta que no pueda revelarla.
A Waterhouse le dan un paseo. Hombres sin camisa en barracones metálicos, convertidos en agobiantes debido a los tubos al rojo vivo de las radios. Pescan del aire los mensajes del ejército nipón y se los pasan a una legión de jóvenes australianas que perforan los mensajes en tarjetas ETC.
Hay un cuadro militar de oficiales norteamericanos compuesto enteramente por todo un departamento de la Electrical Till Corporation. Un día, a principios de 1942, guardaron sus camisas blancas y trajes azules
entre bolas de naftalina, se pusieron los trajes del ejército y se metieron en un barco con dirección a Brisbane. Su jefe es un tipo llamado teniente coronel Comstock, y ha conseguido automatizar todo el proceso de desciframiento de códigos. Las tarjetas perforadas por las australianas llegan a la sala de máquinas apiladas en lingotes y se hacen pasar por las máquinas. Los textos descifrados salen por una impresora de línea al otro extremo y se llevan a otro barracón donde nisei[24] norteamericanos, y algunos blancos que hablan nipones, los traducen.
Un Waterhouse es lo último que necesitan esos tipos. Comienza a comprender lo que el mayor le dijo el otro día: han superado la línea. Los códigos se han roto.
Lo que le recuerda a Turing. Desde que Alan regresó de Nueva York, se ha estado distanciando de Bletchley Park. Se ha trasladado a otra instalación, un centro de radio llamado Hanslope en el norte de Buckinghamshire, un lugar de cemento reforzado, cables, antenas, y de atmósfera más formalmente militar.
En su momento, Waterhouse no podía comprender por qué Alan querría apartarse de Bletchley. Pero ahora sabe cómo debió de sentirse Alan cuando convirtieron el desciframiento en un proceso totalmente mecánico, industrializando Bletchley Park. Debió de sentir que se había ganado la batalla y con ella la guerra. El resto podría parecer una conquista gloriosa a gente como el General, pero para Turing, y ahora para Waterhouse, parece simplemente un tedioso proceso de limpieza militar. Es emocionante descubrir los electrones y construir las ecuaciones que gobiernan su movimiento; es aburrido usar esos principios para diseñar abrelatas eléctricos. Desde este punto en adelante, todo son abrelatas.
Sinkov le suministra a Waterhouse un escritorio en el prostíbulo y comienza a pasarle mensajes que la Oficina Central no ha podido descifrar.
Hay todavía docenas de códigos nipones menos importantes que quedan por romper. Quizá, rompiendo uno o dos, y enseñándole a las máquinas ETC
cómo leerlos, Waterhouse pueda acortar la guerra por un día, o salvar una vida. Es una tarea noble a la que se enfrenta de buena gana, pero que en esencia no es diferente a ser un carnicero del ejército de Tierra que salva vidas manteniendo limpios los cuchillos, o un inspector de salvavidas de la Marina.
Waterhouse rompe esos poco importantes códigos nipones uno tras otro.
Un mes incluso vuela a Nueva Guinea, donde submarinistas de la Marina están recuperando libros de códigos de un submarino nipón hundido. Vive en la selva durante dos semanas, intentando no morir, volver a Brisbane, y dar a esos libros de códigos recuperados un uso adecuado pero aburrido.
Entonces, un día, lo aburrido de su trabajo se vuelve irrelevante.
Ese día, regresa a la casa de huéspedes de la señora McTeague por la noche, se mete en la habitación y se encuentra con un hombre inmenso durmiendo en la litera superior. Por todas partes hay esparcido un montón de ropa y equipo, emitiendo un pestazo sulfuroso.
El hombre duerme durante dos días y luego una mañana llega tarde a desayunar, mirando al resto de la habitación con ojos amarillos debido a la quinina. Se presenta como Smith. Su acento extrañamente familiar no es más fácil de comprender por el hecho de que sus dientes castañeteen violentamente. Cosa que no parece molestarle especialmente. Se sienta y se coloca una servilleta de hilo irlandés sobre las rodillas con una mano rígida y desollada. La señora McTeague se preocupa hasta tal punto por él que el resto de los hombres de la mesa deben resistir el impulso de darle un porrazo a la pobre mujer. Le sirve té con mucha leche y azúcar. Toma unos sorbos, luego se disculpa y va al baño, donde vomita decididamente y con buenas maneras. Regresa, se come un huevo cocido sostenido por una huevera de porcelana, se pone verde, se reclina en la silla y cierra los ojos como durante diez minutos.
Cuando Waterhouse regresa esa tarde de trabajar, entra a ciegas en el salón y se encuentra a la señora McTeague bebiendo el té con una joven dama.
El nombre de la joven dama es Mary Smith; es la prima del compañero de habitación de Waterhouse, que está arriba, estremeciéndose y sudando acostado en la litera.
Mary se pone en pie para las presentaciones, lo que técnicamente no es necesario; pero es una chica del interior del país y no le interesan los refinamientos decadentes. Es una chica pequeña vestida de uniforme.
Es la única mujer que Waterhouse haya visto jamás. En realidad, es el único otro ser humano en el universo, y cuando se pone en pie para darle la mano, la visión periférica de Waterhouse deja de funcionar como si hubiese
entrado en un túnel. Cortinas negras convergen sobre un ciclorama plateado, reduciendo su cosmos a un rayo vertical de un glorioso arco de carbono, un pilar de luz, un círculo de luz celestial que rodea a esa mujer.
La señora McTeague, conociendo el paño, le pide que se siente.
Mary es una personita diminuta, de piel blanca y pelirroja que sufre a menudo ataques de timidez. Cuando sucede tal cosa, aparta la mirada y traga, y cuando traga hay cierta cuerda en su cuello blanco, rodeando la concavidad de hombro a oreja, que destaca durante un momento. Destaca tanto sobre su vulnerabilidad y sobre la piel blanca de su cuello, que no es blanco en el sentido de palidez enfermiza sino de otra forma que Waterhouse no hubiese podido comprender hasta hace poco: es decir, por su pequeño salto a Nueva Guinea, donde todo o está muerto y en descomposición, o es brillante y amenazador, o discreto e invisible.
Waterhouse sabe que algo tan tierno y traslúcido es demasiado vulnerable y tentador para defenderse en este mundo de destructores en violenta competición, que sólo puede sostenerse durante un momento (y menos aún durante años) por la fuerza vital de su interior. En el Pacífico sur, donde las fuerzas de la Muerte son tan poderosas, le deja vagamente intimidado. Su piel, tan carente de marcas y tan limpia como el agua, es un muestrario extravagante de vibrante potencia animal. Desea lamerla con su lengua. La curva completa de su cuello, desde la clavícula hasta el lóbulo de la oreja, sería un soporte perfecto para su cara.
Ella ve que él la sigue mirando y vuelve a tragar. El cordón se flexiona, extendiendo por un momento la piel viva de su cuello, y luego se relaja, dejando exclusivamente suavidad y calma. Ella podría haberle hundido la cabeza con una piedra y atarle el pene con un dispositivo de enganche. El efecto debe de ser calculado. Pero aparentemente no se lo ha aplicado a nadie más, o habría una banda de oro alrededor de su pálido dedo anular.
Mary Smith comienza a sentirse molesta con él. Se lleva la taza de té a los labios. Se ha vuelto, de forma que la luz roza su cuello de otra forma, y en esta ocasión cuando traga puede ver como se eleva la nuez de Adán.
Luego desciende como un martinete sobre lo que queda del poco juicio de Lawrence.
Arriba se oye un ruido; su primo acaba de recuperar la conciencia.
—Discúlpenme —dice ella, y desaparece, dejando sólo como recuerdo la porcelana de McTeague.
OceanofPDF.com