Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 62 de 106

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Criptonomicon

Tesoro

C omo si fuese un cliente de los menos reconocidos chefs de sushi de pez globo, Randy Waterhouse no se mueve del asiento asignado durante los noventa minutos posteriores a la salida del jumbo del Aeropuerto Internacional Nino y Aquino. Hay una lata de cerveza hundida en lo más hondo de su mano cerrada. Su brazo yace sobre el apoyo extra ancho de Business Class, como un trozo de carne a la brasa. No gira la cabeza y ni siquiera mueve los ojos para mirar por la ventanilla al norte de Luzón. Todo lo que hay ahí fuera es selva, lo que ahora mismo tiene dos conjuntos de connotaciones. Una es la del tipo escalofriante Tarzán/Stanley y Livingstone/«Horror, horror/nativos inquietos/los charlies están esperándonos ahí fuera. La segunda es la más moderna y racional del tipo Jacques Cousteau, reserva llena de hermosas especies amenazadas, pulmones del planeta. A Randy ya no le vale ninguna de las dos, que es por lo que a pesar del sopor de hibernar en que él se sumió en el mismo instante en que su culo impactó contra el asiento de cuero azul marino, siente un pequeño pinchazo de irritación cada vez que uno de los otros pasajeros, que miran por las ventanillas, pronuncia la palabra «selva». Para él, ahora no es más que una mierda llena de árboles, árboles durante millas y millas, subiendo colinitas y bajando las colinitas. Ahora le resulta fácil comprender la horrorosa franqueza y deseo directo de los habitantes del trópico por atravesar ese tipo de territorio montados en el más grande y más ancho bulldozer que puedan encontrar (las únicas partes de su cuerpo que se agitan durante la primera hora y media de vuelo son ciertos músculos faciales que hacen que su boca adopte un rictus irónico cuando se imagina

lo que Charlene opinaría de tal cosa —es simplemente demasiado perfecto

—: Randy se va a una Aventura Empresarial y regresa identificándose con la gente que destruye selvas tropicales). Randy quiere destruir la selva, toda ella. En realidad, sería más rápido emplear armas termonucleares, detonadas a la altura adecuada. Necesita racionalizar ese deseo. Lo hará, tan pronto como resuelva el problema de quedarse sin oxígeno planetario.

Para cuando se le ocurre llevarse la cerveza a los labios, el calor de su cuerpo ya la ha calentado, y su mano se ha puesto tan fría y rígida como un trozo de carne sin cocer. Ahora que lo piensa, todo su cuerpo ha entrado en una especie de descanso metabólico, y su cerebro tampoco es que vaya a muchas revoluciones por minuto. Se siente más o menos como cuando una de esas Ofensivas víricas, cada pocos años te saca durante una semana o dos de la tierra de los vivos. Es corno si tres cuartos de los recursos en nutrientes y energía de su cuerpo hubiesen sido desviados a la tarea de fabricar quintillones de virus. Frente a la ventanilla de Cambio de divisas del AINA, Randy hacía cola tras un chino que, justo antes de alejarse de la ventanilla con su dinero, descargó un Estornudo de potencia tan titánica que la onda de presión que salió de sus orificios nasales en carne viva hizo que la pared de vidrio a prueba de balas que le separaba del empleado se flexionase ligeramente, de forma que el reflejo del chino, Randy tras él, el vestíbulo del AINA y el túnel de pasajeros del exterior sufrieron una sutil distorsión. Los virus pudieron rebotar en el cristal, reflejados como la luz, y envolver a Randy. Así que quizá Randy sea el vector personal de la versión de este año de la gripe apodada como alguna ciudad asiática que anualmente recorre Estados Unidos, apenas precedida por el envío apresurado de vacunas contra la gripe. O quizá se trate del Ébola.

En realidad, se siente bien. Aparte del hecho de que sus mitocondrias hayan ido a la huelga, o que su tiroides parece estar fallando (¿puede que se lo haya extraído una organización secreta de traficantes clandestinos de órganos? Recuerda mentalmente buscar nuevas cicatrices la próxima vez que esté frente a un espejo) no parece estar experimentando ningún síntoma vírico.

Es un fenómeno postestrés. Es la primera vez que se relaja en un par de semanas. Ni una vez se ha sentado en un bar con una cerveza, o apoyado los pies sobre la mesa, ni se ha desmoronado frente al televisor como si fuese

un cadáver en descomposición. Ahora su cuerpo le dice que es hora de pagar por los excesos. No duerme; no se siente para nada soñoliento. En realidad, ha estado durmiendo bastante bien. Pero su cuerpo se niega a moverse durante una hora, y luego durante parte de otra hora, y en la medida que su cerebro funciona, no puede sino dar vueltas.

Pero hay algo que podría estar haciendo. Para eso se inventaron los portátiles, para que los ejecutivos importantes no se relajasen durante los vuelos largos. Está justo ahí, en el suelo frente a él. Sabe que debería cogerlo. Pero eso rompería el hechizo. Siente como si el agua se hubiese condensado sobre su piel y se hubiese congelado formando un caparazón que se quebrará tan pronto como mueva alguna parte de su cuerpo. Así es, comprende, exactamente como debe sentirse un ordenador portátil cuando está en modo de consumo reducido de energía.

Luego la azafata se planta frente a él sosteniéndole un menú frente a la cara y diciendo algo que le sacude como si fuese un aguijón eléctrico para ganado. Casi salta del asiento, tira un poco de cerveza y agarra el menú.

Antes de volver a caer en un semicoma, continúa con el movimiento y coge el portátil. El asiento a su lado está vacío y deja allí la cena mientras trabaja con el ordenador.

La gente a su alrededor está viendo la CNN, en directo, desde el Centro CNN en Atlanta, no grabada en cinta. Según la plétora de hojas de datos seudotécnicos metidas en el bolsillo frente a su asiento, Randy es la única persona que no los ha leído jamás, ese avión dispone de una antena que puede seguir un satélite de comunicaciones mientras atraviesa el Pacífico.

Más aún, va en doble sentido, de forma que incluso puedes transmitir correos. Randy invierte un poco de tiempo familiarizándose con las instrucciones, comprueba las tarifas como si realmente le importase una mierda el coste, y luego lo conecta al ano de su portátil. Abre el portátil y comprueba su correo. No hay mucho tráfico, porque todos en Epiphyte saben que está en tránsito.

Aún así, hay tres mensajes de Kia, la única empleada real de Epiphyte, la asistente administrativa de toda la compañía. Kia trabaja en una oficina totalmente alienada y alejada en el complejo de nidos de empresas de Springboard Capital en San Mateo. Hay algún tipo de legislación federal que obliga a las compañías emergentes de alta tecnología a no contratar

personal de apoyo cincuentón y regordete, como hacen las grandes compañías establecidas. Aquéllas deben contratar veinteañeras topológicamente destacables cuyos nombres deben sonar como nuevos modelos de coches. Como en su mayoría los hackers son hombres blancos, sus compañías son zonas desastrosas en lo que se refiere a diversidad, y por tanto toda la diversidad debe concentrarse en el empleado, o par de empleados, que no es hacker. En la parte del formulario federal de igualdad de oportunidades donde Randy se limitaría a marcar la casilla de CAUCASIANO, Kia tendría que adjuntar multitud de páginas donde se ramificaría su árbol genealógico durante diez o doce generaciones hasta encontrar un antepasado al que pudiese asignársele un grupo étnico específico sin desestimar otros, y esos grupos étnicos serían marchosos hasta lo intimidante —digamos, no sueco, sino lapón, no chino sino hakka, no español sino vasco. En lugar de hacer tal cosa, en su formulario de solicitud de empleo para Epiphyte se limitó a señalar «otro» y luego escribir TRANSÉTNICO. De hecho, Kia es trans en casi cualquier sistema de categorización humana, y donde no es trans es post.

En cualquier caso, Kia realiza un gran trabajo (es parte del acuerdo social implícito el que esa gente realice siempre un trabajo absolutamente fantástico) y le ha enviado un email a Randy notificándole que recientemente ha lidiado con tres llamadas transpacíficas de America Shaftoe, que desea conocer el paradero de Randy, sus planes, su estado mental y su pureza de espíritu. Kia ha informado a Amy que Randy está de camino a California y ha insinuado de alguna forma, o Amy lo ha descubierto de alguna forma, que el propósito de la visita NO ES DE

NEGOCIOS. Randy siente que en algún lugar se rompe un panel de vidrio sobre un botón de alarma neurológico. Tiene problemas. Es el castigo divino por haberse atrevido a quedarse quieto y no hacer nada durante noventa minutos. Usa su procesador de textos para escribir una nota explicándole a Amy que necesita arreglar papeleo para poder dar por cercenadas las últimas ramificaciones de su relación muerta, muerta, muerta con Charlene (que ya para empezar era una idea tan terrible que le hace quedarse despierto por las noches preguntándose por su juicio y su capacidad para vivir), y que debe ir a California para poder hacerlo. Envía

la nota por fax a Semper Marine en Manila y también al Glory IV en caso de que Amy esté en el mar.

A continuación hace algo que probablemente significa que está claramente loco. Se levanta y recorre el pasillo de Business Class con el pretexto de usar el baño y comprueba los asientos de los pasajeros cercanos, prestando atención especial a su equipaje, a lo que han metido en los compartimientos superiores, las bolsas bajo los asientos. Busca cualquier cosa que pueda contener una antena para phreaking van Eck. Es una actividad completamente inútil, porque una antena podría ocultarse en cualquier equipaje y nunca lo sabría. Más aún, un espía plantado en ese avión para vigilar su ordenador no estaría sentado sosteniendo una enorme antena y mirando un osciloscopio. Pero realizar la comprobación (como comprobar el ritmo de la transmisión de datos en vivo al satélite) es una especie de ritual vacío que le hace sentirse vagamente responsable y no un estúpido.

De regreso al asiento, lanza OrdoEmacs, que es un programa maravillosamente paranoico inventado por John Cantrell. Emacs en su forma normal es un procesador de textos de los hackers, un editor de textos que ofrece muy poco en lo que se refiere a posibilidades de formato pero que realiza muy bien el trabajo de editar texto llano. El hacker normal y criptográficamente paranoico crearía archivos empleando Emacs y los cifraría más tarde con Ordo. Pero si te olvidas de cifrarlos, o si roban el portátil antes de que puedas hacerlo, o el avión se estrella y mueres y el portátil es recuperado de entre los restos por un investigador asombrado pero concienzudo y cae en manos de las autoridades federales, podrán leer tus archivos. Ya puestos, es incluso posible encontrar restos fantasmales de viejos bits en los sectores del disco duro incluso después de haberlos sobrescrito con nuevos datos.

OrdoEmacs, al contrario, actúa exactamente como el Emacs normal excepto que lo cifra todo antes de escribirlo en el disco. En ningún momento OrdoEmacs deja el texto llano en el disco; el único lugar en el que existe como texto llano y legible es en los píxeles de la pantalla y en la RAM volátil del ordenador, de donde se desvanece en cuanto se desconecta la corriente. No sólo eso, sino que está acoplado con un salvapantallas que emplea la pequeña cámara CCD incorporada del portátil para comprobar si

estás realmente allí. No puede reconocer el rostro, pero sí puede distinguir si hay una forma vagamente humana sentada frente a él, y si esa forma vagamente humana desaparece, incluso durante una fracción de segundo, activará un salvapantallas que borrará la pantalla y congelará la máquina hasta que teclees una clave o verifiques biométricamente tu identidad empleando el reconocimiento de voz.

Randy abre una plantilla de documento usada para los comunicados internos de Epiphyte y comienza a presentar ciertos datos que a Avi, Beryl, John, Tom y Eb les resultarán novedosos, y sin duda interesantes.

MI VIAJE A LA SELVA

o

LOS TAMBORES DE LOS HUKS

o

CARGA CON ESTO

o

ME APRETÓ LOS HUEVOS

o

EL BICHO RARO SE HACE PROFESIONAL

una narración de aventura y descubrimiento en la majestuosa selva tropical del norte de Luzón por Randall Lawrence Waterhouse Mientras pisaba los pies de esa desconocida filipina de mediana edad durante una desastrosa incursión en el baile de salón, ella se me acercó y me susurró algunas cifras de latitud y longitud con muchos números de gran precisión, lo que daba a entender un error máximo de posición del orden del tamaño de un plato. ¡Dios, vaya si sentía curiosidad! La mujer en cuestión ofreció esas cifras como parte de un gambito/experimento mental conversacional relativo al valor inherente (en cuanto a dinero) de la información, tema que (¿coincidencia?) también nos interesa a nosotros, los directivos de Epiphyte(2) Corp. El análisis de mapas de alta resolución de Luzón indicó que la latitud y longitud en cuestión se encontraban en una región accidentada (vamos a adelantarnos y llamarla montañosa) a

unos 250 kilómetros de Manila. Para aquellos que no estén familiarizados con la historia de la Segunda Guerra Mundial, esa zona se encontraba en el perímetro final controlado por el general Yamashita, el Tigre de Malaya y conquistador de Singapur, al final de la guerra, cuando el general MacArthur lo expulsó, a él y aproximadamente a 105 de sus soldados, de las tierras bajas pobladas. Y no, no se trata de una nota histórica fundamentalmente irrelevante, como tendremos ocasión de comprobar.

Transmitidos dichos datos a un Douglas MacArthur Shaftoe (repasad mi informe de situación, extremadamente colorista y ameno, con respecto al reconocimiento para leer más material anecdótico relativo al mismo) que afirmó «alguien intenta enviarte un mensaje» (nota: todos los diálogos malos pertenecen a DMS) y me ofreció su ayuda con un vigor cercano a la agresividad más temible.

DMS es enérgico y emprendedor hasta un punto que, de vez en cuando;, deja a ciertas personas (por ejemplo, a aquellos con ridículos temores ante la muerte y la tortura) en un estado de intranquilidad (véanse mis elucubraciones anteriores con respecto a la posibilidad de que OMS naciese con un cromosoma Y

redundante). El papel principal de Vuestro Seguro Servidor fue el siguiente: fuente de consejos repetidos y evidentemente irritantes de cautela, restricción, otras virtudes a las que OMS asigna poca prioridad, quien cita su longevidad (que inevitablemente excede a la de Vuestro Seguro Servidor ya que nació antes que yo), relaciones personales (oscuras, de alcance global, supuestamente con personas poderosas), prosperidad financiera (materias primas, por ejemplo, metales preciosos, distribuidas entre muchos lugares que DMS se negó a revelar) y (como as en la manga) la corpórea perfección de su novia (cuando sale al exterior debe llevar una sombrilla para evitar que su rostro haga que los pilotos de aeronaves comerciales provoquen un accidente al caer, atontados e inertes, sobre los controles), todo como prueba de que las ideas compartidas por Vuestro Seguro Servidor con respecto a cómo evitar la muerte, el desmembramiento, etc., no precisaban de mayor atención. Las únicas fichas para negociar de Vuestro Seguro

Servidor eran, apropiadamente y de forma muy irónica, la información: es decir, los dígitos finales de la latitud y longitud que no había revelado a DMS para evitar que se fuese solo a comprobarlo (nota: DMS es honrado hasta el final, y por tanto la preocupación no es que DMS pudiese robar o apropiarse de algo, sino que la situación se descontrolase, asumiendo que alguna vez estuviese bajo control).

Se trazaron planes para un viaje («misión» en la lengua de DMS) a dicha latitud y longitud. Se compraron baterías extras para el receptor GPS (véase hoja adjunta de gastos). Nos proveímos de agua, etc. Se contrató un jeepney. El concepto de jeepney es imposible de transmitir aquí por completo: un minibús, normalmente bautizado con el nombre de una estrella de pop, figura bíblica o concepto teológico abstracto, cuyo motor y estructura proviene de una compañía automovilística norteamericana o nipona pero cuya carrocería, asientos, tapicería e incrustaciones de decoración chillona es producto local de artesanos fogosos. Los jeepneys normalmente se fabrican fuera de Manila, en ciudades o barangays (barrios semiautónomos) especializados; el diseño, materiales, estilo, etc. de un jeepney reflejan su origen de igual forma a como se supone que un buen vino supuestamente revela el clima, suelo, etc.

de su territorio. El nuestro era (anómalamente) un jeepney perfectamente monocromático fabricado con puro acero inoxidable en un barangay especializado en la fabricación con acero inoxidable de San Pablo, sin (al contrario que los jeepney normales) ningún adorno en color, todo o era de color acero inoxidable o (donde se hacia uso de luces eléctricas) de un blanco puro halógeno de tono azulado que complementaba gratamente el tono de acero inoxidable. Los asientos traseros eran bancos de acero inoxidable con apoyos lumbares sorprendentemente ergonómicos. El nombre de nuestro jeepney era LA GRACIA DE DIOS. Los lectores de este memorando quedarán defraudados al saber que Bong-Bong Gad (sic), diseñador/dueño/chófer/propietario del vehículo, anticipó el inevitable comentario ingenioso «allí voy sólo por LA GRACIA DE

DIOS », soltándoselo él mismo a Vuestro Seguro Servidor mientras

le daba la mano (a los filipinos les encantan los apretones de mano largos, y el primero que inicia el final del apretón —normalmente el no filipino— se queda invariablemente con la sensación insistente de ser un montón de mierda). Vuestro Seguro Servidor, en una discreta conversación exclusiva con DMS, comentó la falta de vidrio de ventanas en la sección posterior (de pasajeros) de LA GRACIA DE DIOS como prueba ineludible de que carecía de aire acondicionado, una tecnología ampliamente extendida en las islas Filipinas. DMS manifestó su escepticismo ante la fibra moral de Vuestro Seguro Servidor, comenzando con una serie de preguntas inquisitivas destinadas a comprobar mi compromiso con la Misión, responsabilidad fiduciaria ante los accionistas de Epiphyte, nivel de vigor físico y mental, y nivel general de «seriedad» (ser «serio» es una especie de concepto paraguas que muestra una gran correlación con la capacidad para vivir, tener el privilegio de conocer a DMS, y salir con su hija. Esto me da la oportunidad de mencionar lo que generalmente no seria asunto de nadie más que mío propio pero que, ante las circunstancias, me veo obligado éticamente a revelar, es decir, que estoy locamente enamorado de la hija de OMS

y, aunque ella no manifiesta sentimientos semejantes con la misma intensidad, me encuentra lo suficientemente no-desagradable para cenar conmigo de vez en cuando. Se me acaba de ocurrir en este mismo momento que mi intento de una relación con la mujer en cuestión, de nombre America [ sic] , se podría clasificar en el contexto de la sociedad norteamericana moderna como ACOSO SEXUAL y que si consiguiese la deseada culminación podría clasificarse como ABUSO SEXUAL o VIOLACIÓN debido al «desequilibrio de poder»

entre ella y yo. A saber. Vuestro Seguro Servidor pertenece al equipo de administración de la corporación que ha contratado a Semper Marine para un gran trabajo y que les ha proporcionado una gran parte de sus beneficios durante el pasado año fiscal.

Cualquiera que crea que es necesario llamar a las autoridades federales para que me arresten al llegar a San Francisco, exponer mis fechorías, someterme a humillación pública y talleres obligatorios para aumentar mi conciencia, debería primero conocer a los Shaftoe y, al menos, mantener abierta la posibilidad de que la

destreza marcial de su padre en combinación con los sentimientos tradicionales de protección psicótica hacia su hija, añadido al hábito de la hija de llevar un enorme cuchillo de Palawan llamado kris, y en general la ferocidad física, buena forma y coraje de la hija que excede al de Vuestro Seguro Servidor, mitiga cualquier desequilibrio de poder, particularmente teniendo en cuenta que la mayor parte de nuestras interacciones se producen en lugares perfectamente adecuados para el homicidio y la eliminación discreta del cadáver.

En otras palabras, os revelo estos asuntos amorosos no como confesión de fechorías personales sino para clarificar en su totalidad una situación que podría influir en mi juicio con respecto a Semper Marine y, es concebible, llegar a tener un impacto negativo en el valor accionarial, o, mucho más plausible, podría ser CONSIDERADO de esa forma por los abogados de accionistas minoritarios que infestan nuestra industria como gusanos de guinea, y usado como pretexto para una acción legal).

Bien, de vuelta a lo importante. Vuestro Seguro Servidor afirmó con calma (creyendo que una afirmación vigorosa seria percibida por DMS como defensiva y por tanto una confesión tácita de falta de

«seriedad») que (1) un par de días de viaje en un vehículo abierto sin aire acondicionado por el interior de Filipinas sería como un día en la playa, un picnic, un paseo por el parque y un paseo de domingo todo en uno, y (2) más aún, aunque se tratase de la tortura más terrible, Vuestro Seguro Servidor la emprendería sin pensarlo dado que lo que está en juego para todos los implicados (incluidos los accionistas de Epiphyte) es muy importante y generalmente Serio. En retrospectiva, (1) y (2) en rápida sucesión parecían traicionar una especie de estrategia defensiva por parte de Vuestro Seguro Servidor, pero para entonces DMS se había aplacado, retiró formalmente todas las acusaciones anteriores con respecto a la fibra moral, etc., y divulgó que el uso de un jeepney era un golpe maestro por su (DMS) parte porque, allí a donde íbamos, un Mercedes con lunas tintadas o un Land Rover de cincuenta mil dólares, o (por extensión) cualquier vehículo con detalles extravagantes como asientos tapizados, lunas con vidrio, amortiguadores posteriores al

asesinato de Kennedy, etc., etc. sólo atraerían una atención indeseada hacia la Misión!

America Shaftoe se quedó en Manila para mantener el contacto con la Misión por radio y (supongo) pedir un ataque con napalm si nos metíamos en líos. Bong-Bong Gad y su hijo mayor/socio comercial (de aproximadamente 12 años) Fidel ocuparon el asiento delantero. DMS y Vuestro Seguro Servidor compartimos la sección posterior (de pasajeros) con tres misteriosas y cuidadosamente empaquetadas bolsas militares verdes; aproximadamente 100 kilos de agua potable contenida en botellas de plástico; y dos caballeros asiáticos de unos treinta o cuarenta años que exhibían la estereotípica inescrutabilidad/impasibilidad/dignidad, etc., etc., durante las primeras cuatro horas del viaje, que pasaron simplemente intentando ir desde el centro de Manila hasta las afueras norte de la misma. La nacionalidad de la pareja no era evidente de inmediato. Muchos filipinos son, racialmente, casi chinos puros aunque sus familias lleven siglos viviendo allí. Quizás eso explicase los muy marcados rasgos asiáticos de nuestros compañeros de viaje y (debía asumir) socios comerciales.

El proverbial hielo se rompió a consecuencia del incidente con un camión de cerdos que se produjo en una autopista de cuatro carriles, reducidos a dos debido a obras de construcción, que llevaba al norte. La observación casual de los cerdos filipinos sugiere que sus inmensas orejas rosas del tamaño de un periódico tienen como función el intercambio de calor como, por ejemplo, las lenguas de los perros. Se transportan en vehículos que consisten en una gran jaula montada sobre la superficie de un camión recto (en oposición a semiarticulado). La construcción de tales vehículos parece comprometer los recursos locales hasta el punto de que sólo son económicamente viables cuando se alcanza en todo momento el número máximo concebible de puercos en cautividad. Se produce una acumulación de calor. Los cochinos se adaptan luchando por alcanzar el perímetro de la jaula y dejando colgar las orejas por el lado del camión para que se agiten al viento con el movimiento del mismo.

Puede imaginarse sin mayor descripción la apariencia de semejante vehículo al aproximarse a él por detrás. Los lectores que dediquen unos momentos a considerar el tema de los excrementos no precisan que se les recalque lo que vuela, salta, chorrea, etc. de tal vehículo. El Incidente del Camión de Cerdos fue una graciosa demostración de la hidrodinámica aplicada, aunque como el agua realmente

no

intervenía

quizás

«excretodinámica»

o

«escatodinámica» seria más apropiado. LA GRACIA DE DIOS

llevaba varias millas siguiendo a un camión de cerdos representativo con la esperanza de adelantarlo. La cantidad total de radiación calorífica en exceso emitida por esa gran, masa de orejas rosas agitándose hizo que varias de nuestras botellas de agua potable llegasen al punto de ebullición y estallasen. Bong-Bong Gad mantuvo una respetable distancia debido al peligro de los excrementos, lo que de ninguna forma simplificaba el problema de adelantarlo. La tensión aumentó hasta un nivel palpable y Bong-Bong fue sometido a un torrente creciente de gritos bien intencionados y consejos sobre conducción no solicitados por parte de la zona de pasajeros, especialmente de DMS, que veía la persistente presencia de un camión de cerdos en la trayectoria planeada como una afrenta personal y, por tanto, un desafio que había que superar con todo el ánimo, espíritu y otras cualidades que se sabe DMS posee en abundancia.

Después de un rato, Bong-Bong realizó su movimiento, empleando una mano para manejar el volante y otra para compartir entre las responsabilidades igualmente importantes de cambiar marcha y pulsar la bocina. Al ponerse al lado del camión de cerdos (que estaba a mi lado del jeepney) el camión hizo un eslalon hacia nosotros como si evitase algún peligro de la carretera ya fuese real o imaginado. La bocina principal de LA GRACIA DE DIOS

aparentemente no se oía en el camión, posiblemente porque competía con el ancho de banda de audio con un gran número de puercos que manifestaban su incomodidad en el mismo rango de frecuencia. Con un aplomo que normalmente sólo se ve en ancianos mayordomos ingleses, Bong-Bong alargó la mano de la

bocina/marchas y agarró una brillante cadena de acero inoxidable que colgaba del techo con un crucifijo en un extremo y tiró de ella, energizando los sistemas de bocina secundarios, terciarios y cuaternarios: un trio de bocinas de acero inoxidable del tamaño de tubas montado en el techo de LA GRACIA DE DIOS y que colectivamente absorbían tanta potencia que la velocidad del vehículo se redujo (estimo yo) en diez kilómetros/hora cuando su energía se desvió a la producción de decibelios. Una franja semihiperbólica de cultivos agrícolas fue aplastada por el impacto sónico y, a cientos de millas al norte, el gobierno de Taiwán, todavía resonándoles sus oídos colectivos, presentó una protesta diplomática ante el gobierno de Filipinas. Delfines y ballenas muertas llegaron durante días a las costas de Luzón, y operadores de sónar de submarinos norteamericanos de paso fueron enviados a un retiro anticipado con la sangre manándoles de los oídos.

Aterrorizados por ese sonido, todos los cerdos (supongo) vaciaron sus intestinos justo cuando el chófer del camión de cerdos se apartó de nosotros violentamente. Ciertos asuntos de física de primer año relativos a la conservación de la cantidad de movimiento exigían que yo me bañase en lo que había sido contenido de intestino de puerco para poder aumentar el valor accionarial.

Evidentemente, se trataba de lo más divertido que los dos caballeros de aspecto asiático hubiesen visto jamás, y los dejó indefensos durante varios minutos. Uno de ellos incluso tuvo arcadas de reírse tanto (la primera vez en que la falta de ventanas del vehículo fue de utilidad). El otro alargó la mano y se presentó como un tal Jean Nguyen. El equivalente a John y no a Jean. Jean Nguyen me miró expectante después de decirme su nombre, como también lo hizo OMS, como si esperasen que comprendiese un chiste más que evidente. Quizá como estaba preocupado por asuntos higiénicos no lo pillé, y me comentaron que cuando «Jean»

se pronuncia como «John» y «Nguyen» se pronuncia como lo destrozan muchos norteamericanos, el nombre suena vagamente como «John Wayne», que es como se me animó a dirigirme a ese Jean Nguyen a partir de ese momento. En retrospectiva me parece

que se me daba la oportunidad de reírme un poco a costa de Jean Nguyen y de tal forma equilibrar la balanza, de forma pequeña pero simbólicamente importante, por el incidente de la mierda de cerdo.

Mi incapacidad para explotar tal oportunidad dejó a todos sintiéndose ligeramente incómodos, como si todavía me debiesen una. El otro caballero se presentó como Jackie Woo. Hablaba inglés con un traqueteo vagamente de las Indias Orientales, lo que me llevó' a encasillarlo, inicialmente, como un nativo de la península malaya de ascendencia china, por ejemplo, de Singapur a Penang.

El primer día de viaje nos llevó a través de la llanura central de Luzón (arroz y caña de azúcar) hasta la ciudad de San Juan al pie de la prolongación sur de la Cordillera Central (árboles y bichos).

Para entonces ya era de noche y, para mi alivio, ni OMS ni Bong-Bong estaban deseosos de aventurarse en las torcidas carreteras de la Cordillera en plena oscuridad. Nos alojamos en una casa de huéspedes. En este punto, habiendo dedicado mucho tiempo a la descripción detallada del incidente del camión de cerdos eludiré diversos detalles relativos a San Juan, sus habitantes (pertenecientes a varias ramas taxonómicas que no había encontrado hasta esa noche), la naturaleza edificante del carácter de los alojamientos, en particular su caprichoso sistema de fontanería que daba crédito de la imaginación, pero no del conocimiento hidrostático, de su anónimo creador. Era el tipo de hotel que hace que los viajeros se sientan deseosos de empezar pronto y de forma explosiva a la mañana siguiente, cosa que hicimos.

Una nota sobre las propiedades físicas del espacio, tal y como la perciben los seres humanos aprisionados en cuerpos de capacidades físicas limitadas. Hace tiempo que he notado que el espacio parece ser más comprimido, más intrincado, más GRANDE

físicamente en algunos lugares que en otros. Atravesar una distancia de tres o cuatro millas en la zona de monte bajo totalmente abierta del área central del Estado de Washington es una cuestión fácil, y lleva menos de una hora a pie, y sólo unos minutos si dispones de un vehículo. Cubrir la misma distancia en Manhattan

lleva mucho más tiempo. No es sólo que el espacio en Manhattan esté obstruido físicamente (aunque definitivamente lo está) sino que hay una especie de impacto psicológico que altera la forma en que percibes y experimentas las distancias. No puedes ver muy lejos, y lo que ves está lleno de gente, edificios, bienes, vehículos, y otras cosas que le lleva a tu cerebro algo de tiempo en clasificar, procesar. Incluso si tuvieses una especie de alfombra mágica que te permitiese deslizarte por encima de todas las obstrucciones físicas, la distancia parecería mucho mayor, y llevaría más tiempo cubrirla, simplemente porque tu mente tendría que tratar con muchas más cosas.

Lo mismo es cierto de un ambiente similar a una selva en oposición a una llanura. Atravesar el espacio físico es básicamente una batalla continua contra cientos de combatientes diferentes cada uno de los cuales es, para el viajero, una obstrucción, un peligro, o ambas cosas. Por ejemplo, no importa cuál de ellos predomine en un área dada de diez metros cuadrados, aún así estás jodido, en lo que se refiere a atravesar los diez metros cuadrados. Hay carreteras que atraviesan la selva, pero incluso cuando están en buenas condiciones parecen más cuellos de botella que vectores de movimiento,

y

nunca

están

en

buenas

condiciones:

desprendimientos, árboles caídos, enormes agujeros en el camino y similares las bloquean cada pocos centenares de metros. Aquí también actúa el mismo mecanismo de percepción: no puedes ver más que unos pocos metros en una dirección dada, y lo que ves está lleno de elementos visuales, algunos de los cuales, como las mariposas, son (vale, vale) hermosos. Mi razón para mencionarlo es que sé que cualquiera que lea esto probablemente tiene múltiples mapas de Luzón pegados en la pared o en el ordenador, lo que, al consultarlos, hará que parezca como si estuviésemos metidos en un área insignificantemente pequeña, cubriendo una distancia minúscula. Pero debéis intentar no pensar de tal forma y en su lugar imaginar que Luzón es en efecto tan grande como, digamos, Estados Unidos al oeste del Mississippi. En términos de tiempo que se precisa para recorrer el lugar, es al menos así de grande.

Lo menciono no debido al impulso de lloriquear y convenceros de lo duro que he estado trabajando, sino porque hasta que no comprendáis ese detalle central respecto al tamaño a efectos prácticos enorme de esta parte del mundo, seréis completamente incapaces de creer los hechos pasmosos a cuya revelación lentamente me acerco.

Fuimos a las montañas. Alrededor del mediodía, encontramos nuestro primer bloqueo militar. La distancia cubierta desde San Juan era patética desde el punto de vista cartográfico pero, en términos de molestias inesperadas superadas creativamente, decisiones extremadamente difíciles tomadas y pozos de desesperación escalados usando las uñas emocionales, debería ser considerada un logro magnifico a la par con cualquier día de la expedición de Lewis y Clark, (excluyendo, claro, días anómalos como su primer encuentro con Ursus horribilis y su épico paso por la cordillera Bitterroot). El bloqueo se había establecido al estilo informal de los filipinos: un hombre con uniforme militar (desecho del ejército norteamericano) de pie junto a la carretera fumando y haciendo señas. Nos encontrábamos en uno de los raros puntos anchos de la carretera, un lugar donde vehículos que jugaban al gallina podían echarse a un lado de forma abyecta. Cuatro miembros del ejército (más tarde encasillados por el conocedor de los rangos DMS como un teniente primero, un sargento y dos soldados rasos) se habían ocultado en un vehículo estilo Humvee con antenas absurdamente sujetas al parachoques. Los soldados, armados con M-16, se levantaron con rigidez del reposo y adoptaron posiciones flanqueando LA GRACIA DE DIOS por detrás, manteniendo las armas vagamente apuntando al suelo, como si estuviesen más preocupados de las amenazas entomológicas que de nuestra pequeña banda de viajeros. El sargento estaba armado con lo que al principio me pareció una porra en forma de L fabricada con trozos tomados del pasillo de fontanería de una ferretería y pintados de negro, pero un examen más cuidadoso mostró que era un subfusil.

Dicho sargento se aproximó a la portezuela de Bong-Bong Gad.

y conversó con él en tagalo. El teniente sólo iba armado con armas

cortas y supervisó la operación desde una zona de sombra cerca del Humvee, aparentemente prefiriendo una actitud de liderazgo de manos libres en lugar de preocuparse de todos los pequeños detalles. La inspección se limitó a que el sargento mirase a través de las ventanas sin vidrio de LA GRACIA DE DIOS y a intercambiar saludos campechanos con DMS (evidentemente, Jean Nguyen y Jackie Woo hablaban todavía menos tagalo que Vuestro Seguro Servidor). Luego se nos permitió proseguir, aunque aprecié que el teniente iniciaba inmediatamente una transmisión de radio. «El sargento dice que hay Nada Excelentes Personas por aquí», me explicó Bong-Bong Gad, empleando un recatado eufemismo local para el NEP, o Nuevo Ejército Popular, una organización guerrillera supuestamente

revolucionaria

pero

evidentemente

algo

incompetente que descendía en linea directa de los hukbalahaps, o huks, los luchadores que se resistieron a la ocupación nipona (pero sin demasiado entusiasmo) durante la Segunda Guerra Mundial.

Luego atravesamos una distancia equivalente, en términos de Miedo, Incertidumbre y Duda, a un día más de la expedición de Lewis y Clark, una conveniente unidad de distancia, peligro, pérdida de peso por perspiración, mal control del esfínter, deseos de estar en casa, exasperación y coste emocional que a partir de ahora abreviaré como LYC. así que después de 1 LYC llegamos a otro bloqueo similar al primero excepto que aquí había un camión de tropas en adición al Humvee, algunas tiendas montadas y un pozo de letrina, cuyo olor y apariencia sugería una presencia militar larga en la zona. Un soldado desafortunado tuvo que meterse bajo LA GRACIA DE DIOS con una linterna, para inspeccionar la parte baja.

Se sacaron las tres bolsas y su contenido se esparció. Debo mencionar que al unirme a la expedición en Manila, OMS había repasado mi bolsa con un nivel de curiosidad molesto en su momento. Se negó a permitirme llevar ciertos elementos (como medicinas) y transfirió el resto de los elementos a bolsas Ziploc transparentes que se colocaron en los petates. Ahora quedaban claros los méritos de ese enfoque modular ya que facilitaba especialmente la inspección de nuestro cargamento: se sostenían

los petates abiertos sobre lonas extendidas en el suelo y el contenido se inspeccionaba a la vista a través de las bolsas transparentes del interior, en ocasiones al tacto para comprobar algunas inhomogeneidades. Algunas de esas bolsas contenían cartones de tabaco norteamericanos que, como era de esperar, no regresaron a los petates. La mayoría de mis suministros, ordenados por DMS, de pilas AA alcalinas, que yo había considerado radicalmente desproporcionada con respecto a la demanda esperada, también se desvanecieron en ese momento. Se nos permitió el paso y aproximadamente a 0,5 LYC (en su mayoría ocasionado por la necesidad de eliminar árboles caídos) llegamos a un poblado que surgió aparentemente de la nada en un valle de la selva, a horcajadas sobre un rio. Esa noche dormí como un muerto en una casa de huéspedes asombrosamente decente. Me desperté a la mañana siguiente y vi por la ventana una gran multitud de ciudadanos arremolinándose en la calle vestidos con sus mejores gorras y camisetas de basketball norteamericano. Descendí las escaleras para descubrir a DMS en el comedor, flanqueado estratégicamente por Jean Nguyen y Jackie Woo, en otras mesas en esquinas de la sala, vistiendo chaquetas climáticamente inapropiadas y proyectando en general el aura de cabrones hijos de puta equipados con armas ocultas con los que no hay que meterse.

No deseando interferir en el psicodrama, Vuestro Seguro Servidor tomó asiento en otra mesa más, bien lejos de los caminos posibles de las balas, acepté café de mano del propietario, rechacé las exquisiteces locales, negocié (véase informe de gastos) el préstamo de un tazón y una cuchara, desayuné Cap'n Crunch con leche UHT caliente sacada del petate (anteriormente empaquetada en un Ziploc que cuando quedó completamente cargado adoptó la forma distintiva de almohada de una pepita de Cap'n Crunch, sólo que mayor). Los ruidos explosivos de mascar las pepitas hicieron que Vuestro Seguro Servidor se sintiese llamativo y occidental. Jean Nguyen y Jackie Woo habían rechazado todas las bebidas excepto el té, para proyectar mejor la imagen de vigilancia y capacidad para la violencia instantánea. DMS comía una tortilla del diámetro

aproximado de un Huía Hop y se encontraba enfrascado en una conversación tras otra con los de la zona, que entraban uno a uno por la puerta principal del edificio con el permiso del propietario y se les permitía presentar su caso ante DMS como si fuese un magistrado nómada. Entre dos de esas entrevistas, DMS notó mi presencia en la sala y me indicó que me uniese a él. Trasladé mi infraestructura de Cap'n Crunch a una zona de la mesa no ocupada por la tortilla y me senté allí durante el siguiente par de docenas de entrevistas, que se realizaron en una mezcla de inglés y tagalo. La multitud en la calle se redujo gradualmente a medida que los visitantes eran entrevistados y despachados por DMS.

El tema de las entrevistas pudo ser deducido por Vuestro Seguro Servidor al reconocer la palabra ocasional en inglés y adoptando una aproximación básicamente intuitiva al reconocimiento de estructuras que no se presta aquí a la explicación racional. La mayoría de las palabras claves comunes: Nipón, los Nipones, la Guerra, Oro, Tesoro, Excavación, Yamashita, Ejecuciones en Masa.

El tono emocional de esas conversaciones consistía en un escepticismo amable pero extremo por parte de DMS, mientras se enfrentaba a la necesidad desesperada de los entrevistados de ser creídos. Al final, por lo que pude discernir, DMS no creyó a ninguno de ellos. 0 se volvían escandalosos y había que indicarles la salida (mirando con cautela a Jean Nguyen y Jackie Woo) o adoptaban una expresión herida y ofendida. A DMS le divertían los primeros y le disgustaban los últimos. Vuestro Seguro Servidor meditó en silencio sobre lo inapropiado de su propia presencia en el cuadro y recordó con agrado la comodidad predecible del hogar. Después de que se completase el desayuno y las entrevistas, DMS divulgó, en respuesta a mis preguntas, que llevaba en el lo dos horas antes de mi llegaba y que la formación de tal multitud se produce espontáneamente ante las puertas de cualquier establecimiento en el que se aloje en Filipinas debido a su reputación de buscador de tesoros. La evitó en San Juan porque va allí con frecuencia y ya ha entrevistado a todos los habitantes de la región con historias de oro de guerra nipón, y ha descubierto que el 99,9% de ellas carecen de

credibilidad; la investigación del 0,1% restante en ocasiones produce resultados lucrativos.

Fidel Gad lavó y abrillantó LA GRACIA DE DIOS en un magnífico gesto de indiferencia ante los elementos de la selva Atravesamos el rio. Entre los pobladores eran evidentes las variaciones raciales de rostros y fisionomías. Filipinas había sido ocupada por oleadas superpuestas de inmigrantes prehistóricos, cada una de ellas racial y lingüísticamente incompatible con la anterior; ese hecho, en combinación con el fenómeno de intrincación espacial, que creo que ya he descrito con suficiente detalle, conforma un mosaico de diferentes grupos étnicos. La bifurcación fluvial alrededor de la cual se había formado este pueblo era punto de encuentro de territorios no oficiales de tres culturas diferentes. El reclamo de luces brillantes, o incluso luces apagadas y parpadeantes, había hecho que miles de seres bajasen de las montañas en recientes generaciones para establecer varios barangays distintos. Los entrevistados de esa mañana eran inmigrantes de las montañas, o sus hijos o nietos, que afirmaban tener conocimiento de primera mano sobre los emplazamientos de los tesoros de Yamashita, o haberlo oído de sus más recientes antepasados.

Después de pasar como un 1,5 LYC por entre la selva (carreteras, inclinaciones y condiciones que se deterioraban con rapidez) encontramos otro bloqueo militar que se había situado (para mí de forma increíble) en un paso sobre una loma, mirando a algunas terrazas de arroz que (de forma aún más increíble) habían sido creadas a partir de terrenos esencialmente verticales miles de años atrás por los antepasados, evidentemente asombrosamente tenaces, de los habitantes locales. Allí nos registraron. Un sargento de delgado bigote me apretó durante un rato los testículos, cuyos motivos no parecían ser sexuales, sino que me miraba simultáneamente a los ojos, esperando una mirada de sumisión o indefensión en el rostro del dueño de los testículos en cuestión. A los otros se les sometió al mismo tratamiento y probablemente lo soportaron con bastante más estoicismo que Vuestro Seguro Servidor. No se encontraron armas letales pegadas a nuestros

escrotos, pero (¡sorpresa!) se descubrió que Jean («John Wayne») Nguyen y Jackie Woo estaban armados hasta los dientes, y DMS

algo menos. En esta parte es cuando Vuestro Seguro Servidor esperaba recibir un disparo en la base del cuello arrodillado frente a una tumba, pero irónicamente las autoridades parecían más interesadas en mis suministros de Cap'n Crunch que en las armas de mis camaradas. El capitán encargado del puesto y DMS

negociaron en la intimidad de una tienda. DMS surgió con una cartera más ligera y permiso total para seguir con la condición de que (1) se donasen todos los suministros de Cap'n Crunch a los oficiales y (2) que a nuestro regreso se realizase un inventario completo de armas y munición para compararlo con el de hoy como forma de asegurarse de que no pasábamos armas de contrabando a las Nada Excelentes Personas.

Nos aguardaban tres días de viaje atrozmente lento, que comprendían quizá otros 10 LYC. Según el mapa y el GPS, circunnavegábamos un grupo de volcanes activos que con frecuencia escupían lahars (avalanchas de lodo) que, cuando chocan con los surcos en la selva que aqui he llamado carreteras, producen problemas logísticos que entran ampliamente en el reino de lo absurdo. Atravesamos poblados enteros enterrados y abandonados. Del lodo gris surgían en ángulos las agujas de las iglesias, sostenidas por el mismo flujo que las había derribado. Del lodo sobresalían cráneos de cabras, perros, etc., allí donde se había endurecido como cemento alrededor de animales vivos. Cada noche dormíamos en pequeños asentamientos después de ganarnos a los pobladores locales con regalos de penicilina (que los filipinos emplean como la aspirina), pilas, encendedores desechables y cualquier otra cosa que los soldados de los bloqueos nos hubiesen dejado. Dormíamos en los bancos, suelo, techos o asientos delanteros de LA GRACIA DE DIOS, bajo redecillas contra los mosquitos.

Finalmente, cuando mi GPS demostró que estábamos a menos de diez kilómetros de nuestro misterioso destino, un habitante local nos solicitó que esperásemos en un pueblecito cercano. Allí

permanecimos durante un día y una noche leyendo (DMS siempre lleva un cajón lleno de techno-thrillers) hasta que, al amanecer, se nos acercó un trio de hombres jóvenes y bajos, uno de los cuales llevaba un AK-47. Él y sus hermanos subieron al techo de LA GRACIA DE DIOS y penetramos por un camino de la selva tan estrecho que hubiese podido considerarse un sendero. A un par de kilómetros llegamos a un punto donde pasábamos más tiempo empujando el jeepney que subidos a él. Poco después dejamos a Bong-Bong y Fidel junto a una de las bolsas petate mientras nosotros cuatro nos turnábamos para cargar con las otras dos.

Consulté el GPS y verifiqué que aunque durante un tiempo (de forma alarmante) nos hablamos alejado del Destino ahora volvíamos a acercarnos. Nos encontrábamos a ocho mil m(etros) y nos acercábamos a un ritmo que variaba entre quinientos y mil metros por hora, dependiendo de si nos movíamos colina arriba o colina abajo. Era alrededor del mediodía. Aquellos de vosotros incluso con rudimentarias habilidades matemáticas habréis anticipado que a la puesta del sol todavía nos encontrábamos a varios miles de metros de distancia.

Los tres filipinos —nuestros guías, guardianes, captores o lo que fuesen— vestían las camisetas obligatorias que hacen que hoy en día sea tan fácil menospreciar las diferencias culturales. Pero todavía no habían alcanzado la transetnicidad. Mientras que en el poblado iban en chanclas, en la selva iban descalzos (he tenido pares de zapatos menos duraderos que los callos de sus pies).

Hablaban una lengua que aparentemente no tenia nada en común con el tagalo que yo hubiese oído («tagalo» es el antiguo nombre; el gobierno obliga a la gente a llamarlo «filipino», como si quisiese dar a entender en algún sentido un lenguaje común para el archipiélago que, como demostraban esos tipos, no existía). DMS tenia que hablar con ellos en inglés. En un momento dado le dio a uno de ellos un bolígrafo desechable y se les iluminó el rostro. Luego tuvimos que conseguir dos más para sus compañeros. Navidad, vamos. El progreso se detuvo durante varios minutos mientras se maravillaban ante el útil mecanismo de los bolígrafos y escribían en

la palma de la mano. En otras palabras, no vestían las camisetas norteamericanas como los norteamericanos sino con el mismo espíritu con que la Reina de Inglaterra llevaba el exótico diamante Koh-I-Noor en su corona. Una vez más me sentí superado por esa sensación de ya-no-está-en-Kansas.

Caminamos con dificultad bajo la inevitable tormenta de la tarde y nos seguimos moviendo hasta la noche. DMS sacó de los petates raciones del ejército listas para comer, que habían caducado hacía sólo dos semanas. A los filipinos les resultaron casi tan geniales como los bolígrafos, y guardaron las bandejas desechables de aluminio para usarlas luego como material para tejados. Iniciamos de nuevo la difícil marcha. Salió la luna, lo que resultaba una suerte.

Me caí y me golpeé con los árboles un par de veces, lo que al final fue para bien, porque me colocó en un estado de ligera conmoción, abotargando el dolor y estimulando mi adrenalina. En cierto punto, nuestros guías no parecían saber a dónde dirigirse. Busqué la posición con el GPS (usando la función de iluminación nocturna de la pantalla) y comprobé que nos encontrábamos a cincuenta metros del destino, un error casi demasiado pequeño para el GPS. En cualquier caso, nos indicó más o menos en qué dirección movernos, y anduvimos entre los árboles unos momentos más. Los guías se volvieron muy animados y alegres; al final ya estaban orientados, sabían dónde estábamos. Choqué con algo pesado, frío e inamovible que casi me rompe la rodilla. Me agaché a tocarlo, esperando encontrar un saliente de roca, pero en lugar de eso palpé algo liso y metálico. Parecía un montón de unidades menores, quizá comparable en tamaño a barras de pan.

—¿Es esto lo que buscamos? —pregunté. DMS encendió una linterna a pilas y envió el rayo en mi dirección.

Quedé inmediatamente cegado por un montón de lingotes de oro que me llegaba hasta el muslo, de como metro y medio de ancho, en medio de la selva, sin señal y sin protección.

DMS se acercó, se sentó encima y encendió un puro. Después de un rato, contamos las barras y las medimos. Tenían sección trapezoidal, de unos 10 centímetros de ancho y 10 de alto, y como

unos 40 centímetros de longitud. Eso nos permitió estimar su masa en unos 75 kilos cada una, lo que da unas 2.400 onzas troy. Como el oro normalmente se mide en onzas troy y no en kilogramos (!) voy a estimar sin fundamento que se suponía que esos lingotes debían pesar unas 2.500 onzas troy cada uno. Con el precio actual (400

dólares por onza troy) eso da que cada lingote vale un millón de dólares. Hay 5 capas de lingotes en el montón, y cada capa consiste en 24 lingotes; por tanto el valor del montón es de 120 millones de dólares. Tanto la estimación de masa y la estimación de valor asumen que los lingotes son de oro puro. Tomé una copia del sello de uno de los lingotes, que era el del Banco de Singapur. Cada lingote estaba marcado con un número de serie único y copié todos los que pude.

Luego regresamos a Manila. Durante todo el camino, intentaba imaginarme la logística de llevar uno solo de esos lingotes de oro desde la selva hasta el banco más cercano, donde podría convertirse en algo útil, como dinero.

Hagamos aquí la transición al formato de preguntas y repuestas .

P: Randy, tengo la sensación de que ahora mismo vas a dar los detalles de todos los posibles inconvenientes de mover ese montón de oro por tierra, así que dejémonos de tonterías y hablemos de helicópteros.

R: No hay lugar para hacer aterrizar un helicóptero. El terreno es extremadamente accidentado. El lugar lo suficientemente plano más cercano está a un kilómetro de distancia. Habría que despejarlo. En Vietnam eso se conseguía usando bombas de demolición, pero posiblemente no sea una opción en este caso. Habría que talar árboles, creando un vacío en la selva muy evidente desde el cielo.

P: ¿A quién le importa si es evidente? ¿Quién va a verlo desde el aire?

R: Como debería ser evidente por mi relato, la gente que controla ese oro tiene contactos en Manila. Podemos asumir que la zona la sobrevuela regularmente la Fuerza Aérea de Filipinas, y se mantiene vigilada por radar.

P: ¿Qué seria preciso para llevar los lingotes hasta la carretera decente más cercana?

R: Habría que llevarlos por el sendero que he descrito. Cada lingote pesa tanto como un hombre adulto.

P: ¿No podrían cortase en trozos más pequeños?

R: DMS considera muy improbable que el propietario actual lo permita.

P: ¿Hay alguna posibilidad de hacer pasar el oro por los puntos de control militares?

R: Evidentemente, no en el caso de un transporte masivo. El oro pesa en total unas diez toneladas, y sería preciso un camión que no podría pasar por la mayoría de los caminos que vimos. No es posible ocultar a los inspectores de los puntos de control diez toneladas de oro.

P: ¿Qué hay de pasar los lingotes uno a uno?

R: Sigue siendo difícil. Podría ser posible llevar los lingotes hasta un punto intermedio, fundirlo o cortarlo y de alguna forma ocultarlo en la estructura del jeepney u otro vehículo, y luego llevar el vehículo hasta Manila y extraer el oro. Esa operación debería repetirse un centenar de veces. Llevar el mismo vehículo por esos puntos de control un centenar de veces (o incluso dos) les resultaría, como mínimo, extraño. Incluso si fuese posible, queda el asunto del pago.

P: ¿Qué es el asunto de pago?

R: Evidentemente, la gente que controla el oro quiere cobrar por él. Pagarles con más oro o gemas preciosas seria ridículo. No tienen cuentas bancarias. Habría que pagarles en pesos filipinos. Cualquier cosa superior a un billete de quinientos pesos es inútil en esa zona.

Un billete de 500 pesos vale unos 20 dólares, así que sería necesario traer seis millones de billetes a la selva para realizar la transacción. Basándome en algunos cálculos rudimentarios que he realizado utilizando un calibrador y el contenido de mi cartera, el montón de billetes de 500 pesos tendría (por favor, esperad mientras cambio mi calculadora al modo de «notación científica») unas 25.000 pulgadas de alto. O, si preferís el sistema métrico, algo

así como dos tercios de un kilómetros. Si los apiláis hasta un metro de alto, necesitaríais como seiscientos o setecientos montones, que bien apretados ocuparían un área de unos tres metros de lado.

Básicamente hablamos de un enorme camión de transporte lleno de dinero. Habría que transportarlos al interior de la selva, y evidentemente fundirlo y meterlo en el interior de la estructura del camión no es una opción.

P: Como parece que aquí el gran obstáculo son los militares,

¿por qué no llegar a un acuerdo con ellos? Que se queden con un buen margen a cambio de no molestarnos.

R: Porque el dinero iría al NEP, que lo usaría para comprar armas y matar militares.

P: Debe de haber una forma de usar el valor de este oro como palanca para iniciar una operación de extracción.

R: El oro no tiene valor para un banco hasta no haber sido aquilatado. Hasta entonces, no es más que una polaroid borrosa de un montón de objetos amarillos en lo que parece ser la selva. Para poder realizar un ensayo habría que ir a la selva, encontrar el oro, sacar una muestra y llevarla de vuelta a una gran ciudad. Pero eso no demuestra nada. Incluso si los promotores potenciales creyesen que el ensayo realmente salió de la selva (es decir, no cambiamos las muestras por el camino) todo lo que sabrían es la pureza de un extremo de uno de los lingotes del montón. Básicamente, no es posible obtener una valoración total de ese oro hasta que no se lleve toda la pila a una bóveda donde se pueda aquilatar sistemáticamente.

P: ¿Se podría llevar el oro a algún banco local y luego venderlo con descuento de forma que la carga de transportarlo caiga sobre otros hombros?

R: DMS relata la historia de una transacción similar, en una ciudad provincial al norte de Luzón, que quedó interrumpida cuando empresarios locales volaron literalmente una de las paredes del banco usando dinamita, entraron y se llevaron tanto el oro como el dinero que iba a usarse para pagar por el oro DMS asegura que antes preferiría cortarse él mismo la garganta que entrar en un

banco de pueblo con cualquier cosa que valga más de unas decenas de miles de dólares.

P: Entonces, ¿la situación es básicamente imposible?

R: Es básicamente imposible.

P: Entonces, ¿qué sentido tiene toda esta discusión?

R: Volvemos a lo primero que DMS dijo. Era para mandarnos un mensaje.

P: ¿Qué mensaje?

R: Que no vale la pena tener dinero si no puedes gastarlo. Que mucha gente tiene mucho dinero que apenas puede gastar. Y que si podemos darles una forma de gastarlo, por medio de la Cripta, esas personas se sentirían muy felices, y en consecuencia, si la jodemos se quedarán muy tristes, y que tanto si se sienten felices como tristes estarán más que deseosos de compartir esas emociones con nosotros, los accionistas y directivos de Epiphyte Corp.

Y ahora os voy a enviar esto a todos vosotros por correo electrónico y luego llamaré a la azafata y le pediré todas las bebidas alcohólicas que me merezco. Salud.

- R

Randall Lawrence Waterhouse

Coordenadas actuales en el espacio físico, recién sacadas de la tarjeta GPS del portátil:

27 grados, 14,95 minutos latitud norte 143 grados, 17,44 minutos longitud este

Punto geográfico más cercano: Islas Bonin

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