Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 77 de 106

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Criptonomicon

El mayor número de cigarrillos

Para: randy@epiphyte.com

De: cantrell@epiphyte.com

Asunto: Transformación Pontifex: veredicto preliminar

Randy envié la transformación Pontifex a la lista de correo de los Adeptos al Secreto tan pronto como tú me la enviaste a mí. asi que lleva dando vueltas por ahí durante un par de semanas. Varias personas muy inteligentes la han analizado buscando puntos débiles y no han encontrado ningún fallo evidente. Todos están de acuerdo en que los pasos concretos de esta transformación son un poquito extraños, y se preguntan a quién se le ocurrieron y cómo, pero eso no es extraño en el caso de los buenos criptosistemas. Por tanto, el veredicto por ahora es que root@eruditorum.org sabe lo que se hace, dejando de lado su extraña fijación con el número 54.

-Cantrell

—Andrew Loeb —dice Avi.

Él y Randy están soportando una especie de marcha forzada por la playa de Pacifica; Randy no está seguro de por qué. Una y otra vez, a Randy le sorprende el vigor físico de Avi. Avi tiene aspecto de estar deteriorándose debido a una vaga enfermedad inventada como elemento de la trama por un guionista. Es como alto, pero eso simplemente le hace parecer más peligrosamente demacrado. Su cuerpo delgado es una conexión tenue entre unos pies enormes y una cabeza inmensa; tiene el perfil de un montón de plastilina de la que alguien ha tirado hasta que la parte de en medio no es más que un hilito. Pero puede recorrer una playa como si fuese un marine.

Después de todo, es enero, y según el canal meteorológico hay una corriente de vapor de agua, con su origen en una tormenta tropical a medio camino entre Nipón y Nueva Guinea, que atraviesa directamente el Pacífico y vira violentamente a la izquierda como aquí. Las olas que golpean la

orilla, no muy lejos, son tan grandes que Randy tiene que mirar ligeramente hacia arriba para ver sus crestas.

Le ha estado hablando a Avi sobre Chester, y Avi ha empleado la oportunidad (eso opina Randy) como pretexto para recordar los viejos días en Seattle. Es raro que Avi haga algo así; tiende a ser muy disciplinado con que las conversaciones sean de negocios o personales, pero nunca los dos temas a la vez.

—Nunca olvidaré —dice Randy—, subir a la azotea del edificio de Andrew para hablarle sobre el software, pensando para mis adentros «vaya, es genial», y verle volverse loco lenta y gradualmente ante mis ojos. Casi podría hacerte creer en las posesiones demoníacas.

—Bueno, aparentemente su padre cree en ellas —dice Avi—. Era su padre, ¿no?

—Ha pasado mucho tiempo. Sí, creo que su madre era la hippie, quien lo tenía en la comunidad, y luego su padre lo sacó de allí, por la fuerza; en realidad, envió a esos paramilitares del norte de Idaho a hacer el trabajo.

Literalmente sacaron a Andrew metido dentro de una saca... y luego le sometieron a todo tipo de terapia de recuerdos reprimidos para demostrar que habían abusado de él durante rituales satánicos.

Eso provoca el interés de Avi.

—¿Crees que su padre estaba metido en asuntos de milicias?

—Sólo le vi una vez. Durante la demanda. Me tomó declaración. No era más que un abogado de zapatos blancos de Orange County, en un gran bufete con un montón de asiáticos, judíos y armenios. Por lo que asumo que empleó a los tipos de las naciones arias porque eran convenientes y fáciles de contratar.

Avi asiente, considerándolo aparentemente como una hipótesis satisfactoria.

—Así que probablemente no era un nazi. ¿Creía en los abusos durante un ritual satánico?

—Lo dudo —dice Randy—. Aunque después de pasar algo de tiempo con Andrew yo lo consideré muy plausible. ¿Tenemos que hablar de esto?

Me da escalofríos —dice Randy—. Me deprime.

—Hace poco descubrí qué fue de Andrew —dice Avi.

—Vi su web hace un tiempo.

—Estoy hablando de actividades muy recientes.

—Déjame adivinar. ¿Suicidio?

—No.

—Asesino en serie.

—No.

—¿Lo metieron en chirona por acechar a alguien?

—No está muerto ni en prisión —dice Avi.

—Hum. ¿Tiene algo que ver con su mente colmena?

—No. ¿Sabes que fue a la facultad de derecho?

—Sí. ¿Está relacionado con su carrera legal?

—Sí.

—Bien, si Andrew Loeb practica el derecho, debe ser de una forma realmente molesta y socialmente no constructiva. Probablemente algo relacionado con demandar a la gente casi sin pretexto.

—Excelente —dice Avi—. Ahora ya estás tibio.

Vale, no me lo digas, déjame pensar —dice Randy—. ¿Ejerce en California?

—Sí.

—Oh, bien, entonces ya lo tengo.

—¿Sí?

Sí. Andrew Loeb sería uno de esos tíos que preparan demandas de accionistas minoritarios contra empresas de alta tecnología. Avi sonríe con los labios muy apretados y asiente.

—Sería perfecto —sigue diciendo Randy—. Porque sería un verdadero creyente. No se le ocurriría pensar que se está portando como un gilipollas.

Real, sincera y verdaderamente creería estar representando a esa clase de accionistas de los que la gente que dirige la compañía ha abusado durante un ritual satánico. Trabajaría treinta y seis horas seguidas desenterrando mierda sobre ellos. Recuerdos corporativos reprimidos. Ningún truco sería demasiado sucio, porque estaría del lado de los buenos. Sólo dormiría y comería por prescripción médica.

—Veo que le llegaste a conocer increíblemente bien —dice Avi.

—¡Guau! Bien, ¿a quién está demandando en estos momentos?

—A nosotros —dice Avi.

Ahora se produce una parada de unos cinco minutos en la conversación, y en la marcha, y posiblemente también en alguno de los procesos neurológicos de Randy. El mapa de color de su visión se jode por completo: todo adopta un tono amarillo y púrpura. Como si tuviese los dedos pegajosos de alguien alrededor del cuello, modulando el flujo de sangre en sus carótidas al mínimo necesario para mantener la vida. Cuando Randy finalmente regresa a la conciencia total, lo primero que hace es mirarse los zapatos, porque está convencido por alguna razón de que se ha hundido en la arena húmeda hasta las rodillas. Pero sus zapatos apenas dejan marca sobre la arena bien compactada. Una gran ola se desmorona en una hoja de espuma que recorre la playa y se divide alrededor de sus pies.

—Gollum —dice Randy.

—¿Es eso una emisión lingüística o alguna especie de acto fisiológico?

—pregunta Avi.

—Gollum. Andrew es Gollum.

—Bien, Gollum nos demanda.

—¿A nosotros, como en tú y yo? —pregunta. Le lleva a Randy como un minuto entero hacer que la lengua emita esas palabras—. ¿Nos demanda por la compañía de juegos?

Avi ríe.

—¡Es posible! —dice Randy—. Chester me contó que la compañía de juegos tiene ahora más o menos el tamaño de Microsoft.

—Andrew Loeb ha presentado una demanda de accionistas minoritarios contra la junta directiva de Epiphyte(2) Corporation —dice Avi.

El cuerpo de Randy ya ha tenido tiempo de presentar toda una reacción de lucha o huye, parte de su legado genético como magnífico cabrón. Debió de haber sido muy útil cuando los tigres dientes de sable intentaban abrirse paso en las cuevas de sus ancestros, pero no hace nada de bien en las circunstancias actuales.

—¿En nombre de quién?

—Oh, vamos, Randy. No hay tantos candidatos.

—¿Springboard Capital?

—Tú mismo me has dicho que el padre de Andrew era un abogado de zapatos blancos de Orange County. Bien, hablando arquetípicapiente,

¿dónde pondría un tipo como ése el dinero de su jubilación?

—Oh, mierda.

—Exacto. Bob Loeb, el padre de Andrew, se metió en la AVCLA en sus inicios. Él y el Dentista llevan enviándose tarjetas de Navidad desde hace veinte años. Por tanto, cuando el hijo idiota de Bob se graduó en la facultad de derecho, Bob Loeb, sabiendo muy bien que su hijo estaba demasiado loco para que lo aceptasen en otro sitio, llamó al doctor Hubert Kepler, y Andrew ha estado trabajando para él desde entonces.

—¡Mierda! ¡Mierda! —dice Randy—. Todo estos años. Pedaleando en agua.

—¿Cómo es eso?

—Ese periodo en Seattle, durante la demanda, fue una jodida pesadilla.

Salí de él completamente arruinado, sin casa, sin nada excepto una novia y conocimientos de UNIX.

—Bien, ya es algo —dice Avi—. Normalmente esos dos elementos se excluyen mutuamente.

—Cállate —dice Randy—. Intento angustiarme.

—Bien, opino que angustiarse es tan fundamentalmente patético que bordea lo gracioso —dice Avi—. Pero no importa, adelante.

—Ahora, después de tantos años, después de tanto trabajo, estoy donde empecé. No tengo un duro. Sólo que en esta ocasión estrictamente no tengo novia.

—Bien —dice Avi—, para empezar, yo diría que aspirar a tener a Amy es en realidad mejor que tener a Charlene.

—¡Ay! Eres un hombre cruel.

—En ocasiones desear es mejor que tener.

—Bien, eso son buenas noticias —dice Randy con alegría—, porque...

—Mira a Chester. ¿Preferirías ser Chester o ser tú?

—Vale, vale.

—Además, posees un buen montón de acciones en Epiphyte, que creo sinceramente que valen algo.

—Bien, eso depende de la demanda, ¿no? —dice Randy—. ¿Has llegado a ver algunos de los documentos?

—Claro que sí—dice Avi, molesto—. Soy presidente y CEO de la puta corporación.

—Bien, ¿cuál es el fundamento? ¿Cuál es el pretexto para la demanda?

—Aparentemente, el Dentista está convencido de que Semper Marine se ha topado con un buen montón de oro hundido, como efecto secundario directo del trabajo que realizaban para nosotros.

—¿Lo sabe o lo sospecha?

—Bien —dice Avi—, leyendo entre líneas, creo que sólo lo sospecha.

¿Por qué lo preguntas?

—No importa por ahora... pero ¿también va tras Semper Marine?

—¡No! Eso desestimaría la demanda que presenta contra Epiphyte.

—¿Qué quieres decir?

—Su argumento es que si la administración de Epiphyte hubiese sido competente, si hubiésemos ejercido la diligencia exigible, entonces habríamos firmando un contrato mucho más minucioso con Semper Marine.

—Tenemos un contrato con Semper Marine.

—Sí —dice Avi—, y Andrew Loeb lo considera poco más que un acuerdo verbal sellado con un apretón de manos. Afirma que deberíamos haber pasado las negociaciones a un bufete de abogados importantes con experiencia en las leyes marítimas y de rescate. Que tal firma legal hubiese anticipado la posibilidad de que el análisis por sónar realizado por Semper Marine revelase algún resto sumergido.

—¡Oh, Dios mío!

Avi adopta una expresión de paciencia forzada.

—Andrew ha presentado, como prueba, copias de contratos reales entre otras compañías en circunstancias similares, que tienen tales cláusulas.

Argumenta que es prácticamente lo normal, Randy.

—Es decir, que fue una terrible negligencia no ponerlas en el contrato con Semper.

—Exacto. Ahora bien, la demanda de Andrew no puede prosperar a menos que haya perjuicio real. ¿Puedes estimar el perjuicio en este caso?

—Si hubiésemos firmado un contrato mejor, entonces Epiphyte poseería una parte de lo recuperado en el submarino. Tal y como está, nosotros, y los accionistas, no recibimos nada. Lo que constituye un perjuicio evidente.

—El propio Andrew Loeb no lo hubiese expresado mejor.

—Bien, ¿qué esperan que hagamos? No es como si la corporación tuviese los bolsillos llenos de pasta. No podemos ofrecerles una compensación económica.

—Oh, Randy, no es eso. No es como si el Dentista necesitase nuestra cajita llena de dinero. Es un asunto de control.

—Quiere una participación mayoritaria en Epiphyte.

—Sí. ¡Lo que es bueno!

Randy echa la cabeza atrás y ríe.

—El Dentista puede tener cualquier compañía que desee —dice Avi—, pero quiere Epiphyte. ¿Por qué? Porque somos unos cabrones, Randy.

Tenemos el contrato de la Cripta. Tenemos el talento. La perspectiva de dirigir el primer refugio de datos real del mundo, y crear la primera moneda digital del mundo, es tremendamente emocionante.

—Bien, no sabría decirte lo emocionado que estoy yo.

—No deberías olvidar nunca la posición fundamentalmente fuerte en que nos encontramos. Somos como la chica más guapa del mundo. Y todo este mal comportamiento por parte del Dentista no es más que su forma de mostrar que quiere aparearse con nosotros.

—Y controlarnos.

—Sí. Estoy seguro de que ha ordenado a Andrew producir un resultado en que se nos encuentre negligentes, y por tanto responsables de los daños.

Y luego, mirando nuestros libros, el tribunal descubrirá que los daños exceden nuestra capacidad para pagar. En ese punto, el Dentista magnánimamente se ofrecerá a aceptar el pago en acciones de Epiphyte.

—Lo que a todos les parecerá justicia poética porque también le permitirá controlar la compañía y asegurarse de que se administre adecuadamente.

Avi asiente.

—Por eso no se enfrenta a Semper Marine. Porque si les saca algo a ellos, hace que su queja contra nosotros deje de tener sentido.

—Exacto. Aunque esto no le impide demandarles a ellos más tarde, después de que a nosotros nos saque lo que quiere.

—Por tanto... ¡Jesús! Esto es perverso —dice Randy—. Cualquier elemento de valor que los Shaftoe sacan del naufragio nos mete en mayores problemas.

—Cada céntimo que ganan los Shaftoe es un céntimo de perjuicio que hemos infligido a nuestros accionistas.

—Me pregunto si podemos hacer que los Shaftoe interrumpan la operación de recuperación.

—Andrew Loeb no tiene nada contra nosotros —dice Avi—, a menos que pueda demostrar que el contenido del naufragio tiene algún valor. Si los Shaftoe siguen sacando cosas, eso es fácil. Si dejan de sacar cosas a la superficie, entonces Andrew tendrá que establecer el valor del naufragio por algún otro medio.

Randy sonríe.

—Sería muy difícil que lo hiciese, Avi. Los Shaftoe no saben lo que hay allá abajo. Probablemente Andrew no tenga las coordenadas del naufragio.

—En la demanda se mencionan longitud y latitud.

—¡Mierda! ¿Con cuántas cifras decimales?

—No lo recuerdo. La precisión no saltó y me golpeó en los ojos.

—¿Cómo demonios descubrió el Dentista lo del naufragio? Doug ha intentado mantenerlo en secreto. Y sabe algunas cosas sobre el secreto de las operaciones.

—Tú mismo me contaste —dice Avi— que los Shaftoe llevaron a una productora de televisión alemana. Eso no me suena a secreto.

—Pero lo es. Trajeron a la mujer desde Manila en avión, la llevaron a bordo del Glory IV. Le permitieron llevar sólo el equipaje mínimo.

Repasaron sus cosas para verificar que no llevaba un GPS. La llevaron al mar meridional de China y navegaron en círculos para que ni siquiera pudiese orientarse a ojo. Luego la llevaron allí.

—He estado en el Glory. Tiene receptores GPS por todas partes.

—No, no le permitieron verlos. No hay forma en que un tipo como Doug Shaftoe jodiese algo así.

—Bien —dice Avi—, en cualquier caso, los alemanes no son la fuente más plausible de la fuga. ¿Te acuerdas de los Bolobolos?

—El sindicato del crimen filipino que solía tener a Victoria Vigo, la mujer del Dentista. Probablemente establecieron la relación entre ella y Kepler. Por tanto, presumiblemente, todavía tienen influencia sobre el Dentista.

—Yo lo expresaría de forma diferente. Yo diría que probablemente tienen una larga relación con el Dentista que fluye en ambos sentidos. Y

pienso que, de alguna forma, supieron de la operación de rescate. Quizás un jefazo Bolobolo oyó por casualidad algo en el hotel de la productora de televisión. Quizás alguien de más bajo nivel ha estado vigilando a los Shaftoe, anotando el equipo especial que están llevándose.

Randy asiente.

—Eso podría ser. Supuestamente, los Bolobolos tienen una importante presencia en el AINA. Se darían cuenta de la entrada de algo como un ROV

submarino enviado urgentemente a Douglas MacArthur Shaftoe. Así que me lo creo.

—Vale.

—Pero eso no les daría ni longitud ni latitud.

—Te apuesto la mitad de mis valiosas acciones en Epiphyte Corp.

que para eso emplearon SPOT.

—¿SPOT? Oh. Me suena. ¿Un satélite fotográfico francés?

—Sí. Puedes comprar tiempo en SPOT por una cifra muy razonable. Y

tiene resolución suficiente para distinguir el Glory IV de, digamos, un barco mercante o un petrolero. Así que lo único que debían hacer era esperar a que sus espías del puerto les dijesen que el Glory había zarpado, cargado para una labor de recuperación, y luego usar SPOT para localizarlo.

—¿Cuánta precisión en longitud y latitud ofrece SPOT? —pregunta Randy.

—Muy buena pregunta. Haré que alguien lo compruebe —dice Avi.

—Si es menos de un centenar de metros, entonces Andrew puede encontrar los restos simplemente enviando alguien allí. Si es mucho más, tendrá que ir y hacer una exploración propia por sonar.

—A menos que consigan una orden judicial para que revelemos esa información —dice Avi.

—Me gustaría ver a Andrew Loeb enfrentándose al sistema legal de Filipinas.

—No estás en Filipinas, ¿recuerdas?

Randy traga y emite un sonido que vuelve a sonar como Gollum.

—¿Tienes información sobre los restos en tu portátil?

—Si es así, está cifrada.

—Así que se limitará a exigir tu clave de cifrado.

—¿Qué pasa si me olvido de la clave?

—Entonces será una prueba más de tu incompetencia.

—Aun así, es mejor que...

—¿Qué hay de los correos? —pregunta Avi—. ¿Has enviado alguna vez la posición del naufragio en un correo? ¿La has puesto en un archivo?

—Probablemente. Pero todo está cifrado.

Eso no parece aliviar la tensión súbita en el rostro de Avi.

—¿Por qué lo preguntas? —dice Randy.

—Porque —dice Avi, girando la cara más o menos en dirección a Los Altos—. De pronto pienso en Tombstone.

—Por el que pasan todos nuestros correos —dice Randy.

—En cuyos discos duros se almacenan todos nuestros archivos —dice Avi.

—Que está situado en el estado de California, dentro del rango de acción de una orden judicial.

—Supongamos que nos enviabas copias a todos del mismo mensaje de correo —dice Avi—. El software de Cantrell, ejecutándose en Tombstone, hubiese creado copias múltiples de ese mensaje cifrándolas por separado con la clave pública del receptor. Esas copias se hubiesen enviado a los receptores. La mayoría de los cuales conservan sus viejos mensajes de correo en Tombstone.

Randy asiente.

—De forma que si Andrew puede reclamar Tombstone, encontraría todas esas copias e insistiría en que tú, Beryl, Tom, John y Eb entregaseis vuestras claves privadas. Y si todos vosotros afirmaseis haberlas olvidado, entonces quedará claro que estáis mintiendo.

—Desacato al tribunal para toda la banda —dice Avi.

—El mayor número de cigarrillos —dice Randy. Es una contracción de la frase «Podríamos acabar en la cárcel casados con el tipo con el mayor número de cigarrillos», que Avi acuñó durante los primeros problemas legales relacionados con Andrew y que había tenido ocasión de repetir en muchas ocasiones ya reducida a sus cinco palabras rudimentarias. Oírlas salir de su propia boca lleva a Randy a unos años atrás, y le llena con un espíritu de nostalgia rebelde. Aunque se sentiría mucho más rebelde si hubiese ganado aquel caso.

—Estoy intentando decidir si Andrew podría saber de la existencia de Tombstone —dice Avi.

El y Randy han estado siguiendo sus propias pisadas en dirección a la casa de Avi. Randy nota que su paso es ahora más apresurado.

—¿Por qué no? El personal de diligencia exigible del Dentista se nos ha metido por el culo desde que le dimos su parte.

—Detecto algo de resentimiento en tu voz, Randy.

—En absoluto.

—Quizá no estés de acuerdo con mi decisión de resolver la primera demanda por rotura de contrato dándole al Dentista algunas acciones de Epiphyte.

—Fue un día triste. Pero no había otra forma de salir de la situación.

—Vale.

—Si fuese a sentirme resentido por eso, Avi, entonces tú deberías estar resentido conmigo por no haber firmado un contrato mejor con Semper Marine.

—Ah, ¡pero sí que lo hiciste! Un acuerdo verbal. Diez por ciento. ¿No?

—Cierto. Hablemos de Tombstone.

—Tombstone está en un armario que subarrendamos a Novus Ordo Seclorum Systems —dice Avi—. Sé que los chicos de diligencia exigible nunca han estado en Ordo.

—Entonces pagamos alquiler a Ordo. Habrán visto los cheques.

—Un cantidad de dinero trivial. Por espacio de almacenamiento.

—El ordenador es una caja Finux. Un montón de basura donado que ejecuta software gratuito. Por ahí no hay rastro de dinero —dice Randy—.

¿Qué hay de la línea T1?

—Tendrían que ser conscientes de la línea T1 —dice Avi—. Es simultáneamente más cara y más interesante que alquilar algo de espacio de almacenamiento. Y genera un sendero burocrático de una milla de largo.

—¿Pero sabrían adónde va?

—No tendrías más que ir a la compañía telefónica y preguntar dónde termina.

—¿Qué les daría? La dirección de un edificio de oficinas en Los Altos

—dice Randy—. En ese edificio hay como cinco oficinas.

—Pero si fuesen listos, y me temo que Andrew tiene su propio tipo de inteligencia, se darían cuenta que una de esas oficinas la tiene en alquiler Novus Ordo Seclorum Systems Inc., nombre muy evidente que también aparece en los cheques de alquiler.

—Y Ordo recibiría de inmediato su propia citación —dice Randy—.

Por cierto, ¿cuándo tuviste noticias de la demanda?

—Recibí la llamada a primera hora de la mañana. Tú seguías durmiendo. No puedo creer que vinieses directamente desde Seattle sin parar. Hay como unas mil millas.

—Intentaba emular a los primos de Amy.

—Los describiste como «jovencitos».

—Pero no creo que los jovencitos sean como son por su edad. Es porque no tienen nada que perder. Tienen simultáneamente mucho tiempo entre manos y sin embargo se muestran impacientes por empezar con sus vidas.

—¿Más o menos como estás tú ahora?

—Exactamente donde me encuentro ahora mismo.

—Incluyendo lo de estar cachondo.

—Sí. Pero hay formas de tratar con eso.

—No me mires así —dice Avi—. Yo no me masturbo.

—¿Nunca?

—Nunca. Lo dejé formalmente. Hice una promesa.

—¿Incluso cuando estás de viaje durante un mes?

—Incluso entonces.

—¿Por qué demonios ibas a hacer tal cosa, Avi?

—Aumenta mi devoción por Devorah. Hace que el sexo sea mejor. Me da un incentivo para regresar a casa.

—Bien, es muy conmovedor —dice Randy—, e incluso podría ser una buena idea.

—Estoy seguro de que lo es.

—Pero es más masoquista de lo que estoy dispuesto a soportar en este momento de mi vida.

—¿Por qué? ¿Temes que te lance a algún...?

—¿Comportamiento irracional? Estoy seguro.

—Y con eso —dice Avi— te refieres a comprometerte con Amy de alguna forma.

—Sé que crees haberme golpeado en los cojones retóricamente —dice Randy—, pero tu premisa es totalmente errónea. Pero por amor de Dios, ni siquiera estoy seguro de que sea heterosexual. Sería una locura dejar que una lesbiana tuviese el control de mis funciones eyaculatorias.

—Si fuese una lesbiana, de forma exclusiva, a estas alturas hubiese tenido la decencia básica de decírtelo —dice Avi—. Mi idea de Amy es que se deja llevar por su instinto, y ahora mismo su instinto es que tú simplemente no tienes el nivel de pasión que probablemente una mujer como ella querría ver como prerrequisito para comprometerse.

—Mientras que, si dejase de masturbarme, me convertiría en tal maníaco alocado que ella confiaría en mí.

—Exacto. Así exactamente piensan las mujeres —dice Avi.

—¿No tienes una especie de regla que te impide mezclar las conversaciones personales con las de negocio?

—Esencialmente, ésta es una conversación de negocios que trata sobre tu estado mental, y tu nivel actual de desesperación, y qué nuevas opciones podrías tener a tu alcance —dice Avi.

Caminan durante cinco minutos sin decir nada.

Randy dice:

—Tengo la sensación de que ahora vamos a hablar sobre cómo alterar pruebas.

—Es interesante que lo menciones. ¿Qué opinas tú?

—Estoy en contra —dice Randy—. Pero para derrotar a Andrew Loeb, haría cualquier cosa.

—El mayor número de cigarrillos —señala Avi.

—Primero, tenemos que decidir si es necesario —dice Randy—. Si Andrew Loeb ya sabe dónde está el naufragio, ¿para qué molestarse?

—Estoy de acuerdo. Pero si sólo tiene una idea vaga —dice Avi—, entonces Tombstone se vuelve quizá muy importante... si la información está almacenada en Tombstone.

—Lo está con casi toda seguridad —dice Randy—. Por mi firma GPS.

Sé que al menos envié un mensaje desde el Glory mientras estaba anclado directamente sobre el naufragio. La latitud y la longitud estarán justo ahí.

—Bien, si es así, podría ser muy importante —dice Avi—. Porque si Andrew consigue las coordenadas exactas del naufragio, puede enviar submarinistas para hacer un inventario con algunas cifras reales que pueda usar en la demanda. Lo puede hacer muy rápido. Y si esas cifras superan como la mitad del valor de Epiphyte, lo que francamente no sería muy difícil, entonces nos convertiremos en siervos de la gleba del Dentista.

—Avi, está lleno de putos lingotes de oro —dice Randy.

—¿Lo está?

—Sí. Amy me lo dijo.

Es el turno de Avi de detenerse y tragar un poco.

—Lo lamento, debí haberlo mencionado antes —dice Randy—, pero no sabía hasta ahora que fuese importante.

—¿Cómo lo supo Amy?

—Hace dos noches, antes de subirse al avión en Sea Tac, la ayudé a comprobar su correo. Su padre le había enviado un mensaje indicando que habían encontrado en el submarino cierto número de platos intactos de la Kriegsmarine. Era un código preestablecido para lingotes de oro.

—Dijiste «lleno de putos lingotes de oro». ¿Podrías traducirlo en números, como dólares o así?

—Avi, ¿a quién coño le importa? Podemos admitir que si Andrew Loeb descubre lo mismo estamos acabados.

—¡Guau! —dice Avi—. Por tanto, en este caso, una persona hipotética que no tuviese reparos en alterar las pruebas tendría un buen motivo.

—O lo haces o te joden —admite Randy.

Dejan de hablar durante un rato porque tienen que esquivar coches en la Autopista de la Costa del Pacífico, y mantienen este acuerdo tácito de que no ser atropellados por vehículos rápidos exige toda la atención. Acaban atravesando corriendo un par de carriles para explotar una pausa fortuita en el tráfico que viene del norte. En ese momento, ninguno de ellos se siente particularmente inclinado a seguir dando un paseo, así que atraviesan corriendo el aparcamiento del supermercado local y penetran en el valle con cala lleno de árboles donde Avi tiene su casa. Regresan directamente a la casa, y luego Avi apunta al techo, que es su forma de decir que será mejor asumir que en la casa hay micrófonos. Avi se acerca al contestador, que parpadea, y saca la cinta de mensajes entrantes. Se la mete en el bolsillo y atraviesa el cuarto de estar de la casa, ignorando las miradas heladas de una de las niñeras israelíes, a la que no le gusta que lleve zapatos dentro de la casa. Avi coge del suelo una caja de plástico de color chillón. Tiene asa, y esquinas redondeadas, y grandes botones brillantes, y un micrófono que cuelga tras ella en un cordón amarillo. Avi atraviesa las puertas del patio sin reducir el paso, con el micrófono saltando tras él al final del cable helicoidal. Randy le sigue fuera, atravesando la franja de hierba muerta, y hasta un bosquecillo de cipreses. Siguen andando hasta llegar a una pequeña hondonada que les oculta de la calle. Entonces Avi se agacha y hace salir una cinta del cantante para niños Raffi de la grabadora de juguete y mete la cinta de mensajes entrantes, la rebobina y le da al play.

—¿Hola, Avi? ¿Soy Dave? ¿Llamo de Novus Ordo Seclorum Systems?

¿Soy, eh, el presidente, te acuerdas? ¿Tiene un ordenador en el armario de cables? ¿Bien, he tenido unas visitas? ¿Tipos con trajes? ¿Y han dicho que querían ver ese ordenador? ¿Y que si se lo entregaba se portarían genial conmigo? ¿Pero que si no lo hacía volverían con una orden judicial y policías y que revolverían todo esto de arriba abajo y luego se lo llevarían?

¿Por tanto, ahora nos hacemos los tontos? Por favor, llámame.

—La máquina decía que había dos mensajes —dice Avi.

—¿Hola, Avi? ¿Soy Dave otra vez? Hacerse el tonto no funcionó y ahora les he dicho que se vayan a tomar por culo. El jefe de los trajes está furioso con nosotros. Me llamó. Mantuvimos una discusión muy tensa en el McDonald's al otro lado de la calle. Me dijo que estamos siendo estúpidos.

Que cuando vengan y lo revuelvan todo buscando Tombstone eso joderá totalmente las operaciones corporativas de Ordo y provocará importantes pérdidas a nuestros accionistas. Dijo que probablemente sería motivo para una demanda de los accionistas minoritarios contra mí y que él estaría encantado en presentarla. No le he dicho todavía que Ordo sólo tiene cinco accionistas y que todos trabajan aquí. El encargado del McDonald's nos pidió que nos fuésemos porque estábamos alterando los Happy Meals de algunos crios. Yo actué asustado y le dije que iría a comprobar lo que habría que hacer para retirar Tombstone. En lugar de eso, te estoy llamando. Hal, Rick y Carrie están subiendo todo el contenido de nuestros propios sistemas a un lugar remoto, de forma que cuando los policías vengan y lo rompan todo no se pierda nada. Por favor, llámame. Adiós.

—¡Cielos! —dice Randy—. Me siento como un mierda por haber echado algo así sobre Dave y su gente.

—Para ellos será una publicidad genial —dice Avi—. Estoy seguro de que en estos momentos Dave tiene a media docena de equipos de televisión plantados en el McDonald's, poniéndose cerca de la locura con café de treinta y dos onzas.

—Bien... ¿qué crees que debemos hacer?

—Es adecuado y justo que yo vaya allí —dice Avi.

—Sabes, podríamos simplemente rendirnos. Contarle al Dentista lo del acuerdo del diez por ciento.

—Randy, métete esto en la cabeza. Al Dentista le importa una mierda el submarino. Al Dentista le importa una mierda el submarino.

—Al Dentista le importa una mierda el submarino —dice Randy.

—Por tanto, voy a reemplazar esta cinta —dice Avi, sacándola de la máquina—, y empezaré a conducir muy, muy rápido.

—Bien, voy a hacer lo que mi conciencia me indica que haga —dice Randy.

—El mayor número de cigarrillos —dice Avi.

—No voy a hacerlo desde aquí—dice Randy—. Voy a hacerlo desde el Sultanato de Kinakuta.

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