Criptonomicon
Meteoro
N o follas para nada como una chica inteligente —dice Bobby Shaftoe, con la voz apagada por el asombro.
La estufa de leña brilla en la esquina, aunque en Suecia, donde Shaftoe ha pasado los últimos seis meses, gracias a dios todavía es septiembre.
Julieta es oscura y flexible. Alarga un brazo largo desde la cama y busca un cigarrillo en la mesilla de noche.
—¿Podrías coger ese trapo? —dice Shaftoe, mirando un pañuelo del cuerpo de marines de Estados Unidos muy bien doblado que está junto a los cigarrillos. Su brazo es demasiado corto.
—¿Por qué? —Julieta habla un inglés genial, como todos los finlandeses.
Shaftoe suspira por la irritación y hunde la cara en el pelo negro. El golfo de Botnia se agita formando espuma allá abajo, como una radio mal sintonizada que emitiese información extraña.
Julieta es muy dada a plantear grandes preguntas.
—Simplemente no quiero mancharlo todo cuando ejecute la retirada, señora —dice.
Oye junto al oído el sonido del encendedor, una, dos, tres veces. A continuación, el pecho de Julieta lo levanta al llenarse de humo.
—Tómate tu tiempo —ronronea, las cuerdas vocales endulzadas por el alquitrán condensado—. ¿Qué vas a hacer con tanta prisa? ¿Ir a nadar?
¿Invadir Rusia?
En algún punto, al otro lado del golfo, está Finlandia. Allí hay rusos, y alemanes.
—Ves, sólo mencionando el ir a nadar mi polla se encoge —dice Shaftoe—. Así que va a acabar saliendo. Es inevitable. —Cree que ha pronunciado bien la última palabra.
—¿Y luego qué pasará? —pregunta Julieta.
—Tendremos una mancha de humedad.
—¿Y? Es natural. La gente ha estado durmiendo sobre manchas de humedad desde que existen las camas.
—Maldición —dice Shaftoe, y se lanza heroicamente en busca del pañuelo Semper Fi.
Julieta hunde las uñas en uno de los puntos sensibles que ha localizado durante la exhaustiva exploración cartográfica a la que ha sometido a su cuerpo. Shaftoe se retuerce en vano; todos los finlandeses son grandes atletas. Se sale. ¡Demasiado tarde! Tira la cartera al suelo cuando agarra el pañuelo, luego se aparta de Julieta y lo enrolla alrededor de sí mismo, una bandera en un mástil roto, la única bandera de rendición que jamás hará ondear Bobby Shaftoe.
Luego se queda tendido durante un rato, escuchando las olas, y los chasquidos de la madera en la estufa. Julieta se aparta de él y se acurruca en su lado de la cama, evitando la zona húmeda, aunque sea natural, y disfruta de su cigarrillo, aunque eso no lo sea.
Julieta huele a café. A Shaftoe le gusta acercar el hocico y oler su carne.
—El tiempo no está tan mal. El tío Otto debería estar de vuelta antes de la noche —dice ella. Mira perezosamente un mapa de Escandinavia. Suecia cuelga como un falo flácido y circuncidado. Finlandia destaca como un escroto debajo de ese país. Su frontera este, con Rusia, ya no conserva ningún parecido con la realidad. Esa frontera ilusoria está furiosamente marcada con marcas de lápiz, los golpes de los repetidos esfuerzos de Stalin por castrar Escandinavia, obsesivamente registrados y anotados por el tío de Julieta, que como todos los fineses es un experto esquiador, tirador perfecto y guerrero indomable.
Aún así se desprecian. Shaftoe opina que se debe a que al final encargaron la defensa de su país a los alemanes. Los finlandeses destacaron en el viejo y personalizado estilo al por menor de matar rusos, pero cuando
empezaron a acabárseles los fineses que enrolar, tuvieron que llamar a los alemanes, que son mucho más numerosos y que han perfeccionado un sistema al por mayor de exterminar rusos.
Julieta se mofa de esa teoría tan tonta: los fineses son un millón de veces más complejos de lo que Bobby Shaftoe podría llegar a entender.
Incluso si no hubiese estallado la guerra, habría un número infinito de razones para que estuviesen deprimidos todo el tiempo. Ni siquiera tiene sentido intentar explicarlo. Ella sólo puede ofrecerle vagas nociones de la psicología finlandesa follándoselo una vez cada par de semanas.
Lleva allí tendido demasiado tiempo. Pronto el semen que le queda en el tracto se endurecerá como el epoxi. Ese peligro le incita a la acción. Sale deslizándose de la cama, se estremece por el frío, salta las tablas heladas hasta llegar a la alfombra, y corre instintivamente hacia el calor de la estufa.
Julieta se pone de espaldas para mirarlo. Lo evalúa.
—Sé un hombre —dice—. Prepárame café.
Shaftoe coge la tetera de hierro de la cabaña, un artefacto que podría servir de ancla si se presentase la oportunidad. Se pone una manta sobre los hombros y sale al exterior. Se detiene al borde del malecón, sabiendo que el embarcadero desnudo no hará bien a sus pies descalzos, y mea sobre la playa. El arco amarillo se vela por el vapor que huele a café. Entrecierra los ojos y mira al otro lado del golfo y ve a un remolcador tirando de una línea de troncos por la costa, y un par de velas, pero no las del tío Otto.
Tras la cabaña hay un tubo vertical alimentado por una fuente en la colina. Shaftoe llena la tetera, coge unos trozos de madera y vuelve adentro, maniobrando entre ladrillos apilados de paquetes de java y cajas de munición para el subfusil Suomi. Pone la tetera sobre la estufa y la alimenta con madera.
—Usas demasiada madera —dice Julieta—. El tío Otto se dará cuenta.
—Cortaré más —dice Shaftoe—. Todo este puto país está lleno de madera.
—Estarás cortando madera todo el día si el tío Otto se enfada contigo.
—Por tanto, ¿está bien que me acueste con la sobrina de Otto, pero quemar un par de palitos de madera para hacer café es razón para molerme a palos?
—Moler —dice Julieta—. Café molido.
Todo el país de Finlandia (según cuenta Otto) ha caído bajo la noche eterna de la desesperación existencial y la depresión suicida. Se han agotado los antídotos habituales: la autoflagelación con ramas de abedul remojadas, el humor mordaz, el beber durante una semana. Lo único que ahora puede salvar a Finlandia es el café. Por desgracia, el gobierno de ese país ha sido tan miope que ha incrementado exageradamente los impuestos de aduanas. Supuestamente está destinado a pagar por matar rusos, y para reasentar a los cientos de miles de fineses que han tenido que recoger e irse cada vez que Stalin, en una embestida borracha, o Hitler, en un ataque psicótico, atacan un mapa con un lápiz rojo. El único efecto es que el café sea más difícil de conseguir. Según Otto, Finlandia es una nación de zombis improductivos, excepto en las zonas penetradas por la red de distribución de los traficantes de café. Los finlandeses generalmente desconocen el concepto de la buena suerte, pero sin embargo tienen la suerte de vivir, separados sólo por el golfo de Botnia, justo enfrente de un país neutral y razonablemente próspero famoso por su café.
Con esos datos, no es preciso explicar en demasía la existencia de una pequeña colonia finlandesa en Norrsbruck. Lo único que falta es músculo para cargar el café en el bote, y para descargar lo que sea que Otto traiga de vuelta. Se necesita: un tontorrón musculado sin papeles deseoso de recibir como pago en especie aquello que Otto pueda conseguir.
El sargento Bobby Shaftoe, Cuerpo de Marines de Estados Unidos, pone algunos granos en el molinillo y comienza a darle a la manivela. Una nevisca negra comienza a acumularse en la parte de abajo. Ha aprendido a hacerlo al estilo sueco, empleando un huevo para asentar el café molido.
Cortar madera, follarse a Julieta, moler café, follarse a Julieta, mear en la playa, follarse a Julieta, cargar y descargar el queche de Otto. Más o menos eso es todo lo que Bobby Shaftoe ha hecho durante el último medio año. En Suecia ha encontrado el ojo tranquilo y gris verdoso del huracán de sangre que es el mundo.
Julieta Kivistik es el misterio central. No viven una aventura amorosa; viven una serie de aventuras amorosas. Al comienzo de cada aventura, ni siquiera se hablan, ni siquiera se conocen. Shaftoe no es más que un trotamundos que carga para su tío. Al final de cada aventura están en la
cama follando. En medio, se producen entre una o tres semanas de maniobras tácticas, falsos comienzos y arduos flirteos de ataque y retirada.
Aparte de eso, cada aventura es completamente diferente, como una relación completamente nueva entre dos personas del todo distintas. Es una locura. Probablemente porque Julieta está loca, mucho más loca que Bobby Shaftoe. Pero no hay razón por la que Bobby Shaftoe, aquí y ahora, no se haya vuelto completamente loco.
Hierve el café, hace el truco con el huevo, y le sirve una taza a Julieta.
No es más que una cortesía: su aventura acaba de terminar y la siguiente todavía no ha comenzado.
Cuando le lleva la taza, ella está sentada en la cama, fumándose otro cigarrillo, y (como cualquier mujer) limpiándole la cartera, que es algo que él no ha hecho desde, bien, desde que la fabricó, hace diez años, en Oconomowoc, para cumplir los requisitos de la medalla del mérito de trabajo con piel. Julieta ha sacado el contenido y lo va repasando como si fuese un libro. En gran parte ha quedado destrozado por el agua de mar.
Pero está mirando, analíticamente, una fotografía de Glory.
—¡Dame eso!—dice, y se la quita.
Si ella fuese su amante, intentaría jugar a no dársela, habría tonterías y quizá más sexo al final. Pero ahora es una extraña y le deja coger la cartera.
Le observa dejar el café, como si fuese un camarero.
—Tienes novia... ¿dónde? ¿En México?
—Manila —responde Bobby Shaftoe—, si sigue viva.
Julieta asiente, completamente impasible. Ni siente celos de Glory, ni le preocupa la suerte de Glory a manos de los nipones. Lo que sucede en Filipinas no puede ser peor que lo que ha visto en Finlandia.
¿Y qué podrían preocuparle, en todo caso, las pasadas relaciones románticas del estibador de su tío, el joven como se llame?
Shaftoe se pone los calzoncillos, los pantalones de lana, la camisa y un suéter.
—Voy a la ciudad —dice—. Dile a Otto que estaré de vuelta para descargar.
Julieta no dice nada.
Como un último gesto amable, Shaftoe se detiene en la puerta, mete la mano tras el montón de cajas, saca uno de los subfusiles Suomi[23] y lo examina: limpio, cargado, listo para la acción, como lo estaba hace una hora, la última vez que lo examinó. Lo vuelve a poner en su sitio, se gira, mira a Julieta a los ojos durante un momento. Luego sale y cierra la puerta.
Tras él, puede oír los pies delcazos sobre el suelo frío, y el sonido satisfactorio de los pasadores de la puerta al cerrarse.
Se enfunda un par de botas altas de goma y luego comienza a recorrer la playa hacia el sur. Las botas pertenecen a Otto y son un par de números demasiado grandes. Le hacen sentirse como un muchachito, metiendo los pies en los charcos de Wisconsin. Eso es lo que debería estar haciendo un chico de su edad: trabajar, de forma dura y honrada, en un trabajo fácil.
Besar chicas. Ir a la ciudad para comprar tabaco y quizá algo de cerveza. La idea de volar por ahí en el interior de aviones de guerra muy armados y emplear armas modernas para matar a cientos de maniacos homicidas extranjeros le parece ahora anticuada e inapropiada.
Reduce la marcha cada centenar de yardas para mirar un tambor de acero, o cualquier otro resto de guerra, arrastrado por las olas, medio enterrado en la arena, marcado crípticamente en cirílico, finés o alemán. Le recuerdan a los bidones nipones en la playa de Guadalcanal.
Luna alza mar,
No a muertos en la playa
Que las olas entierran.
Se malgastan muchas cosas en la guerra, no sólo cosas que vienen en cajas y bidones. Como sucede a menudo, por ejemplo, se pide a los hombres que mueran de buena gana para que otros puedan vivir. Shaftoe aprendió en Guadalcanal que nunca sabes cuándo van a tornarse las circunstancias. Puedes entrar en batalla con el plan más simple, claro e inteligente jamás concebido, ingeniado por oficiales marines entrenados en Anápolis y endurecidos en la batalla, y apoyado en una tonelada de trabajo de inteligencia. Pero diez segundos después de que se apriete el primer gatillo, pasan cosas por todas partes, las personas corren como locas. El plan de batalla que era el producto de un genio hace un minuto, de pronto parece tan ingenuo como tus poemas de instituto. La gente muere. Algunos
hombres porque resulta que les ha caído encima una bomba, pero sorprendentemente, a menudo mueren porque se lo han ordenado.
Fue así con el U-691. Todo ese asunto del vapor de Trinidad probablemente fue, en algún momento, un brillante plan (quizá de Waterhouse). Pero todo salió mal, y algún comandante aliado dio la orden de que Shaftoe y Root, junto con toda la tripulación del U-691, debían morir.
Debió haber muerto en la playa de Guadalcanal junto con sus compañeros, y no fue así. Todo lo sucedido entre ese momento y el U-691
fue una especie de bono de vida extra. Tuvo una oportunidad de volver a casa y ver a su familia, parecida a la de Jesús tras la Resurrección.
Ahora Bobby Shaftoe está muerto con toda seguridad. Por eso recorre la playa tan lentamente, y se toma tanto interés fraternal por esos elementos, porque Bobby Shaftoe también es un cadáver arrojado por la marea en la playa de Suecia.
Piensa en eso cuando ve la Aparición Celestial.
Allí el cielo es como un cubo recién galvanizado invertido sobre el mundo para bloquear la inconveniente luz del sol; si alguien enciende un cigarrillo a media milla de distancia, brilla como una nova. Con esos niveles, la Aparición Celestial parece toda una galaxia cayendo de su órbita para rascar la superficie del mundo. Casi podrías confundirla con un avión, excepto que no produce el sonido habitual. Esa cosa emite un gemido agudo, y una larga cola de fuego. Además, va demasiado rápido para ser un avión. Surca el cielo sobre el golfo de Botnia y atraviesa la costa un par de millas al norte de la cabaña de Otto, perdiendo altitud gradualmente y reduciendo velocidad. Pero al reducir velocidad, las llamas florecen y se adueñan del cuerpo negro de la cosa, que se parece a la mecha arrugada y rizada al pie de la llama de una vela.
Desaparece tras los árboles. Por allí, todo desaparece tarde o temprano tras los árboles. De esos árboles surge una bola de fuego, y Bobby Shaftoe dice:
—Mil uno, mil dos, mil tres, mil cuatro, mil cinco, mil seis, mil siete. —
Y luego se detiene, al oír la explosión. Se da la vuelta y se dirige a Norrsbruck, yendo ahora más rápido.
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