Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 90 de 106

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Criptonomicon

Caída

S haftoe salta del aeroplano. Allí arriba el aire es tonificantemente frío, y el factor congelante del viento es asombroso. Es la primera vez en un año que no se siente asquerosamente caliente y sudoroso.

Algo le tira con fuerza titánica de la espalda: la línea estática, que todavía sigue conectada con el aeroplano. Dios no permita que se confíe a los soldados norteamericanos que tiren de sus propios cordones de apertura.

Se puede imaginar la reunión del estado mayor donde se les ocurrió la idea de la línea estática:

—Por amor de Dios, general, ¡son simplemente soldados rasos! Tan pronto como salten del aeroplano probablemente empiecen a pensar en sus novias, se tomaran un par de tragos de la petaca, se echarán una cabezadita, y antes de que se den cuenta ¡chocarán contra el suelo a cien millas por hora!

El paracaídas de la etapa inicial salta, recoge aire y luego destripa la mochila principal de un tirón. Se produce algo de flexión y golpes porque el cuerpo de Bobby Shaftoe tira hacia abajo de la nube desorganizada de seda, luego ésta se abre del todo, y queda colgando en el espacio su cuerpo oscuro formando una dianita perfecta en medio de un cielo blanco para beneficio de cualquier tirador nipón que esté en el suelo.

No es de extrañar que los paracaidistas se consideren dioses entre los hombres: disfrutan de una vista tan genial, mucho mejor que la de un pobre marine atrapado en la playa, que siempre mira colina arriba buscando fortines. Todo Luzón se extiende frente a él. Puede ver cien doscientas millas al norte, sobre una alfombra de vegetación tan densa como el fieltro,

hasta las montañas en el distante norte donde el general Yamashita, el León de Malaya, está escondido con cien mil soldados, cada uno de los cuales está dispuesto a atarse explosivos al cuerpo, atravesar las líneas por la noche, correr hasta estar en medio de una gran concentración de soldados norteamericanos y volarse por los aires en nombre del emperador. A estribor de Shaftoe está la bahía de Manila, e incluso desde esa distancia, unas treinta millas, puede ver cómo la jungla de pronto se hace más escasa y se vuelve marrón al acercarse a la orilla, como una hoja cortada que se estuviese muriendo desde el borde hacia dentro, eso sería lo que queda de la ciudad de Manila. La gruesa lengua de tierra de veinte millas de largo que se dirige hacia él debe ser Batan. Justo cerca de la punta hay una isla rocosa que tiene forma de renacuajo con cabeza verde y una esquelética cola marrón: Corregidor. Sale humo de muchos respiraderos de la isla, que en su mayoría ha sido reconquistada por los norteamericanos. Bastantes nipones prefirieron volarse por los aires en sus búnkeres subterráneos antes que rendirse. Ese acto heroico ha inspirado una buena idea a alguien en la cadena de mando del general.

A un par de millas de Corregidor, inmóvil sobre el agua, hay algo que tiene el aspecto de un acorazado absurdamente rechoncho y asimétrico, excepto que es mucho más grande. Está rodeado por cañoneras norteamericanas y fuerzas de desembarco anfibias. De una fuente en su tapa sale una larga voluta de humo rojo: una bomba de humo lanzada desde el avión de Shaftoe hace unos minutos, también con paracaídas. A medida que Shaftoe desciende, y el viento le empuja hacia la forma, puede ver el grano del cemento reforzado con el que está construida. Solía ser una roca seca en la bahía de Manila. Los españoles edificaron un fuerte en ella, los norteamericanos construyeron una cadena de emplazamientos de cañones sobre el fuerte, y cuando los nipos se presentaron la convirtieron por completo en una fortaleza sólida de cemento reforzado con muros de treinta pies de ancho, y en lo alto un par de torretas con cañones dobles de catorce pulgadas. Hace tiempo que se silenciaron esos cañones; Shaftoe puede ver largas grietas en los cañones, y cráteres, como salpicaduras congeladas sobre el acero. Aunque está cayendo en paracaídas sobre el tejado de una fortaleza nipona impenetrable llena hasta arriba de hombres que buscan desesperadamente una forma pintoresca de morir, Shaftoe está

perfectamente seguro; cada vez que un nipo saca el cañón de un rifle o un par de binoculares por alguna rendija, media docena de artilleros antiaéreos norteamericanos abren fuego contra él a bocajarro desde los buques cercanos.

Se produce un tremendo alboroto cuando un pequeño bote a gran velocidad sale de una cueva en la costa de la isla y se dirige directamente hacia un transporte norteamericano. Un centenar de cañones abren fuego simultáneamente. Fragmentos supersónicos de metal se estrellan contra el agua alrededor del botecito, tonelada tras tonelada. Cada fragmento produce una salpicadura. Todas las salpicaduras se combinan para producir una erupción volcánica irregular de agua blanca centrada en el botecito. Bobby Shaftoe se lleva los dedos a los oídos. Estallan dos mil libras de explosivo potente colocadas en la parte delantera del botecito. La onda de choque recorre la superficie del agua, un anillo blanco como la nieve que se expande con velocidad sobrenatural. Golpea a Bobby Shaftoe como una pelota de béisbol en el puente de la nariz. Durante un momento se olvida de dirigir el paracaídas, y confía en que los vientos le lleven al lugar correcto.

La bomba de humo se lanzó como demostración de la idea de que un hombre en paracaídas podría llegar a aterrizar sobre el tejado de la fortaleza. Bobby Shaftoe es, evidentemente, la prueba final e irrefutable de esa proposición. Al acercarse, y cuando comienza a aclarársele la cabeza después de la explosión, Shaftoe comprueba que la bomba de humo nunca llegó al tejado: su pequeño paracaídas se enredó en un brezo de antenas que crece en lo alto.

¡Todo tipo de jodidas antenas! Incluso durante sus días en Shanghai, Shaftoe tenía una sensación extraña con respecto a las antenas. Esos listillos de la estación Alfa, en la pequeña choza de madera del tejado con antenas sobresaliendo, no eran soldados, ni marineros, ni marines en el sentido normal del término. Corregidor estaba cubierta de antenas antes de que llegasen los nipos y la tomasen. Y allí adonde Shaftoe iba durante su periodo en el Destacamento 2702 había antenas.

Va a pasar unos momentos concentrándose mucho en esas antenas, así que gira la cabeza un momento para comprobar la posición de la barcaza de desembarco norteamericana, la nave que el bote suicida nipón aspiraba a destruir. Está exactamente donde se supone que debe estar, a medio camino

entre la fuerza circundante de naves militares y el muro escarpado de cuarenta pies de la fortaleza. Incluso si Shaftoe no conociese el plan, podría, mirándola, identificar la nave como una barcaza de desembarco (Mark 3), una caja de zapatos de cincuenta pies de largo diseñada para escupir un tanque de tamaño medio sobre una playa. Tiene varias ametralladoras de calibre cincuenta que obedientemente machacan varios blancos en la muralla de la fortaleza que Shaftoe no puede ver. Desde su punto de vista, en lo alto puede ver algo que los nipones no aprecian: la barcaza de desembarco no lleva un tanque, en el sentido de un vehículo con ruedas de oruga con una torreta. En lugar de eso, lleva un tanque en el sentido de un contenedor con tuberías y mangueras, y otras cosas pegadas.

Los nipos de la fortaleza prueban a disparar a la barcaza de desembarco que se aproxima, pero el único blanco a tiro es la portezuela frontal, un trozo de metal que puede bajar para convertirse en una rampa y que se diseñó, increíblemente, con la suposición de que nipos condenados invertirían mucho tiempo en intentar abrirle agujeros con diversos proyectiles. Así que los defensores no están consiguiendo nada. Los artilleros antiaéreos de otros barcos han empezado a barrer con locura las murallas de la fortaleza, haciendo que los nipones lo tengan difícil para sacar la cabeza y los cañones. Shaftoe aprecia fragmentos de las antenas saltando y rebotando sobre el tejado de la fortaleza, una ráfaga ocasional de trazadoras, y espera que los hombres de los barcos tengan la presencia mental suficiente para contener el fuego antes de que aterrice, lo que sucederá en unos segundos.

Shaftoe comprende que su concepto mental sobre la naturaleza de la misión, tal como la repasó con los oficiales en la barcaza de desembarco, no tiene la más mínima relación con la realidad. Shaftoe ha experimentado ese fenómeno no menos de cinco mil veces en el curso de la Segunda Guerra Mundial; uno pensaría que ya no se sorprendería. Las antenas, que parecían raquíticas y poco importantes en las fotos de reconocimiento, son de hecho obras de ingeniería considerables. O lo eran hasta que fueron desingenierizadas por el fuego naval que silenció esos grandes cañones.

Ahora son unos restos sobre los que será particularmente desagradable caer en paracaídas. Las antenas estaban hechas, y ahora lo están los restos, de todo tipo de mierdas diferentes: palos de caoba filipina, fuertes columnas de

bambú, racimos de acero soldado. Los trozos más comunes son los que llaman la atención de un paracaidista: largas cosas metálicas puntiagudas, y millas y millas de cable de sujeción, convertido en un brezo, algunos trozos tan tensos como para cortar la cabeza de un marine descendente y algunos sueltos y enredados con afilados extremos flotantes.

Shaftoe comprende que ese montón no es sólo un emplazamiento para cañones; es un cuartel nipo de inteligencia.

—¡Waterhouse, hijo de la gran puta! —aúlla Shaftoe. Por lo que sabe, Waterhouse sigue en Europa. Pero comprende, al ponerse las manos sobre los ojos como protección y caer sobre una pesadilla, que Waterhouse debe de tener algo que ver con todo esto.

Bobby Shaftoe ha aterrizado. Intenta moverse y los restos se mueven con él; es uno con ellos.

Abre los ojos con cuidado. Su cabeza está envuelta en una maraña de cable pesado, un cable de sujeción que se rompió por la tensión y se enrolló a su alrededor.

Mirando por entre las vueltas de cable, ve cómo tres tubos de un cuarto de pulgada sobresalen de su torso. Otro le ha atravesado el muslo, y otro más el antebrazo. También está bastante seguro de tener una pierna rota.

Se queda tendido durante un rato, escuchando los sonidos de los cañones a su alrededor.

Hay trabajo que es preciso hacer. Sólo puede pensar en el muchacho.

Con la mano libre busca el cortaalambres y comienza a liberarse de la maraña.

El cortaalambres apenas puede encajarse sobre los tubos de metal de la antena. Busca tras él, encuentra los lugares donde los tubos se clavan en su espalda y los corta, tijeretazo, tijeretazo, tijeretazo. Corta el tubo que le ha empalado el brazo. Se inclina hacia adelante y corta el que le atraviesa la pierna. Luego saca los tubos de su cuerpo y los deja caer sobre el cemento, plin, plin, plin, plin, plin. A lo que sigue un montón de sangre.

Ni siquiera intenta caminar. Se limita a arrastrarse sobre el tejado de cemento de la fortaleza. El sol ha calentado el cemento y la sensación es agradable. No puede ver la barcaza de desembarco, pero puede ver algunas de las antenas que lleva en lo alto y sabe que ya está en posición.

La cuerda debería estar allí. Shaftoe se apoya sobre los codos y mira.

Perfecto, allí está, una cuerda de cáñamo (¡pues claro!) atada a un arpeo, una punta del arpeo alojada en el cráter de un proyectil cerca del borde del tejado.

Finalmente llega allí y comienza a tirar de la cuerda. Cierra los ojos, pero intenta no dormirse. Sigue tirando, y finalmente siente algo grande y grueso entre las manos: la manguera.

Ya casi está. Tendido de espaldas, agarrando el extremo de la manguera sobre el pecho, gira la cabeza de un lado a otro hasta que puede ver la salida de aire que eligieron en las fotos de reconocimiento. Antes tenía una hoja de metal que la cubría, pero hace tiempo que desapareció, y ahora no es más que un agujero de metal en el tejado con unos trozos desiguales de metal a su alrededor. Se arrastra hasta ella y mete el extremo de la manguera.

Alguien debe estar viéndole desde los barcos, porque la manguera se pone rígida, como una serpiente que ha decidido actuar, y entre las manos Bobby Shaftoe puede sentir el combustible que corre por ella. Diez mil galones de ese líquido. Directamente a la fortaleza. Puede oír a los nipos allá abajo, cantando canciones roncas. A estas alturas ya habrán comprendido lo que está a punto de suceder. El general MacArthur va a darles exactamente lo que han estado pidiendo en sus oraciones.

En ese punto, se supone que Bobby Shaftoe debe hacer rappel por la cuerda hasta la barcaza de desembarco, pero sabe que no va a suceder.

Ahora nadie puede llegar hasta él, nadie puede ayudarle. Cuando el combustible deja de correr por la manguera, invoca toda la concentración que le queda. Finge, por última vez, que en realidad le importa. Saca la anilla de seguridad de una granada blanca de fósforo, deja que salte por el tejado y se agite con alegría. Puede sentirla despertar en su mano, el silbido animal de la espoleta en el interior. La arroja por el conducto de aire: una tubería circular que baja directamente, un disco negro en el centro de un campo de gris sombrío, como las cenizas de una bandera nipona.

Luego, en un impulso, se arroja detrás.

Semper fidelis

Luz blanca en la noche

Caigo hacia el sol

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