Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 94 de 106

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Criptonomicon

El sótano

E n ese momento de la historia (abril de 1945) la palabra para describir a una persona que se sienta y realiza operaciones aritméticas es

«computador». Waterhouse acaba de encontrar toda una sala llena de computadores muertos. Cualquiera que tuviese la cabeza en su sitio —

cualquiera que no fuese Waterhouse y algunos de sus extraños amigos de Bletchley Park, como Turing— habría mirado esos computadores y habría dado por supuesto que eran el departamento de contabilidad, o algo similar, y que cada esclavo de la sala sumaba cifras de forma independiente.

Waterhouse debe permanecer con todas sus fuerzas abierto a esa idea, porque es muy evidente. Pero desde el comienzo ha tenido una hipótesis propia, mucho más interesante y peculiar. Consiste en que los esclavos actuaban, colectivamente, como engranajes de una máquina de computación mayor, cada uno realizando una pequeña porción de un cálculo complejo: recibiendo números de otro computador, realizando algunas operaciones, produciendo nuevos números y pasándoselos a otro computador.

La Oficina Central es capaz de identificar a cinco de los esclavos muertos. Venían de lugares como Saigón, Singapur, Manila y Java, pero tenían en común ser de etnia china y tenderos. Aparentemente, los nipones habían extendido una red muy amplia para cazar usuarios expertos del ábaco y los habían reunido, desde todos los puntos de la Esfera de Co-Prosperidad, en esa isla de la bahía de Manila.

Lawrence Waterhouse localiza por su cuenta un computador entre las ruinas de Manila, un tal señor Gu, cuyo pequeño negocio de

importación/exportación quedó destruido por la guerra (es difícil mantener semejante negocio cuando te encuentras en una isla y cada barco que entra o sale es hundido por los norteamericanos). Waterhouse le muestra al señor Gu fotografías de los ábacos tal como los dejaron los computadores muertos. El señor Gu le dice qué números hay codificados en las posiciones de las cuentas, así como le da a Waterhouse un curso de un par de días sobre técnicas básicas de ábaco. Lo que aprende de importancia en esas clases no son en realidad unas habilidades con el ábaco sino la asombrosa velocidad y precisión con la que computadores como el señor Gu pueden realizar cálculos.

En este punto, Waterhouse ha reducido el problema a datos puros. La mitad de ellos se encuentran en su memoria y la otra mitad está disperso sobre su mesa. Los datos incluyen todos los fragmentos de papel que los computadores dejaron atrás. No es realmente difícil conectar los números en los trozos de papel con los números dejados en los ábacos y compilar así una imagen congelada instantánea de los cálculos que se realizaban en esa sala cuando llegó el Apocalipsis, o al menos según los estándares de dificultad que se aplican en tiempo de guerra, cuando, por ejemplo, desembarcar varios miles de hombres y toneladas de equipo en una isla remota y arrebatársela a tropas japonesas suicidas y muy bien armadas con la pérdida de sólo unas docenas de vidas se considera fácil.

A partir de esa imagen es posible (aunque la aproximación es difícil) generalizar y descubrir el algoritmo matemático subyacente que generó los números en los ábacos. Waterhouse se familiariza con la letra de alguno de los computadores, y demuestra que algunos trozos de papel pasaban de un computador a otro pero algunos trozos no. Algunos de los computadores tenían a su disposición tablas logarítmicas, que es una pista muy importante con respecto a lo que hacían. De tal forma, es capaz de dibujar un mapa de la sala, con la posición de cada computador identificada con un número, y una red de flechas interconectando los computadores que representa el flujo de papel y datos. Eso le ayuda a visualizar el cálculo colectivo como un todo, y a reconstruir lo que sucedía en esa cámara subterránea.

Durante semanas avanza pasito a pasito, y luego una noche, una bombilla se enciende en la mente de Lawrence Waterhouse, y sabe, de forma preconsciente, que está a punto de conseguirlo. Trabaja durante

veinticuatro horas. Para entonces ha obtenido muchas pruebas que apoyan, y ninguna que contradiga, la hipótesis de que esos cálculos eran una variación de la función zeta. Duerme seis horas, se levanta, trabaja durante otras treinta. Para entonces ha constatado que se trata de alguna especie de función zeta, y ha conseguido descubrir alguna de sus constantes y términos. Ya casi lo ha conseguido. Duerme durante doce horas, se levanta, pasea por Manila para despejarse la cabeza y vuelve al trabajo, y se pelea con él durante treinta y seis horas. Ésta es la parte divertida, cuando porciones del puzzle, cuidadosamente montadas con las piezas, empiezan de pronto a encajar entre sí, y toda la imagen empieza a cobrar sentido.

Todo se reduce a una ecuación escrita en una hoja de papel. El simple hecho de mirarla le hace sentir extrañamente nostálgico, porque es el mismo tipo de ecuación con la que solía trabajar en Princeton con Alan y Rudy.

Otra pausa para dormir, porque debe estar alerta para completarlo.

Completarlo consiste en lo siguiente: desciende al sótano de un edificio en Manila. El edificio se ha convertido en el cuartel general de inteligencia de señales del Ejército de Tierra de Estados Unidos. Él es una de la media docena de personas sobre la superficie del planeta a las que se permite entrar en esa habitación en particular. La habitación ocupa como una cuarta parte de la superficie del sótano, y en realidad comparte el sótano con otras habitaciones, algunas de las cuales son más grandes, y algunas de las cuales sirven de oficinas a hombres con graduaciones más altas que la que Waterhouse lleva en su uniforme. Pero hay algunos aspectos extraños relacionados con la habitación de Waterhouse.

(1) En todo momento, no hay menos de tres marines de Estados Unidos merodeando directamente frente a la puerta, llevando escopetas de repetición y otras armas optimizadas para destrozar el cuerpo humano a distancias cortas y en el interior.

(2) A la habitación llegan muchos cables eléctricos; dispone de su propio panel de fusibles separado del sistema eléctrico del edificio.

(3) La habitación emite unos ruidos cuasimusicales amortiguados pero ensordecedores.

(4) A la habitación se la llama el Sótano, aunque es sólo parte del sótano. Cuando alguien escribe «el Sótano», lo hace con mayúscula.

Cuando alguien (digamos que el teniente coronel Earl Comstock) va a verbalizar el nombre, se detiene en medio de la frase de forma que las palabras que lo preceden choquen entre sí como un tren en colisión. De hecho, encajará «el Sótano» entre un par de cesuras de un segundo de largo.

Durante la primera, arqueará las cejas y simultáneamente fruncirá los labios, alterando las proporciones de su rostro de forma que se alargue en la dimensión vertical, y sus ojos mirarán de lado en caso de que algunos espías nipones hayan conseguido de alguna forma escapar al Apocalipsis reciente y hayan encontrado la forma de esconderse justo en los bordes de su visión periférica. Luego dirá «el» y luego añadirá «Sótano», extendiendo la s y articulando perfectamente la t. Y luego vendrá la otra cesura durante la que inclinará la cabeza hacia el interlocutor y le dedicará una mirada formal y valorativa, aparentemente exigiendo alguna especie de reconocimiento verbal o gestual por parte del interlocutor de que algo tremendamente importante ha sido transmitido. Y luego seguirá con lo que sea que estuviese diciendo.

Waterhouse saluda a los marines, uno de los cuales le abre la puerta.

Pasó una cosa realmente graciosa poco después de que se montase el Sótano, cuando sólo era un montón de cajones de madera y varios segmentos de tubería de treinta y dos pies de largo, y los electricistas todavía estaban instalando las líneas de corriente: el teniente coronel Earl Comstock intentó entrar en el Sótano para inspeccionarlo. Pero debido a un error administrativo, el nombre del teniente coronel Earl Comstock no estaba en la lista, lo que dio lugar a una diferencia de opinión que llevó a que uno de los marines sacase su Colt 45, le quitase el seguro, cargase, pusiese el cañón justo en el centro del muslo derecho de Comstock y luego recordase alguna de las espectaculares heridas de fémur de las que había sido testigo presencial en lugares como Tarawa, y en general intentó ayudar a Comstock a visualizar cómo sería su vida, tanto a corto como a largo plazo, si un trozo grande de plomo atravesase un hueso tan importante. Para sorpresa de todos, Comstock salió contentísimo del encuentro, casi encantado, y desde entonces no había dejado de relatar el incidente.

Evidentemente, ahora su nombre está en la lista.

El Sótano está lleno de máquinas de tarjetas ETC y varios equipos sin logotipo corporativo, en la medida que fueron diseñados y en su mayoría

construidos por Lawrence Pritchard Waterhouse en Brisbane. Cuando todas esas cosas se conectan entre sí de la forma correcta, forman un Computador Digital. Como un órgano de tubo, un Computador Digital no es tanto una máquina como una metamáquina que se puede transformar en un gran número de máquinas diferentes alterando su configuración interna. Ahora mismo, Lawrence Pritchard Waterhouse es el único tipo en todo el mundo que comprende el Computador Digital lo suficientemente bien para realizar la alteración, aunque esté entrenando a un par de hombres de la ETC, del equipo de Comstock, para que sepan hacerlo por sí mismos. En el día en cuestión, está convirtiendo el Computador Digital en una máquina para calcular la función zeta que cree que forma el núcleo del criptosistema llamado Azur o Tetraodóntido.

La función exige ciertas entradas. Una de ellas es la fecha. Azur es un sistema para generar secuencias de uso único que cambian cada día, y pruebas circunstanciales encontradas en la sala de los esclavos muertos le indican que, en el momento de sus muertes, trabajaban en la secuencia para el 6 de agosto de 1945, que se encuentra cuatro meses en el futuro.

Waterhouse la apunta al estilo europeo (primero el día del mes, luego el mes) como 06081945, y luego corta el cero inicial para obtener 6.081.945, una cantidad pura, un entero, carente de coma digital, error de redondeo, o cualquiera de los otros compromisos que resultan tan detestables a cualquiera que practique la teoría de números. Lo emplea como una de las entradas de la función zeta. La función zeta requiere también otras entradas más, que la persona que diseñó este criptosistema (presumiblemente Rudy) tenía libertad para elegir. Conjeturar qué entradas empleó Rudy había ocupado gran parte de la mente de Waterhouse durante la última semana.

Mete los números que ha supuesto, que es una cuestión de convertirlos a notación binaria y luego encarnarlos físicamente en unos y ceros en una fila ordenada de interruptores de acero inoxidable: abajo para cero, arriba para uno.

Finalmente se atavía con los protectores acústicos de un artillero y deja que el Computador Digital realice las cuentas. La habitación se calienta mucho. Un tubo de vacío arde y otro también. Waterhouse los reemplaza.

Eso es fácil porque el teniente coronel Comstock ha puesto a su disposición un suministro básicamente infinito, una hazaña bastante extraordinaria

durante la guerra. Los filamentos de todos los tubos brillan en rojo y emiten un calor palpable desde el otro lado de la habitación. El olor a aceite caliente se eleva desde las rejillas de ventilación de las máquinas de tarjetas ETC. El montón de tarjetas en blanco en la bandeja de entrada se acorta misteriosamente a medida que se desvanecen en el interior de la máquina.

Las tarjetas caen en el cesto de salida. Waterhouse las coge y las mira. El corazón le palpita con mucha fuerza.

Vuelve a hacerse el silencio. Las tarjetas tienen números, nada más.

Resulta que son exactamente los mismos números que quedaron congelados en ciertos ábacos de la sala de computadores esclavos.

Lawrence Pritchard Waterhouse acaba de demoler otro criptosistema del enemigo: Azur/Tetraodóntido puede ahora mostrarse como una cabeza disecada en la pared del Sótano. Y efectivamente, mirando esos números siente la misma desilusión que debe sentir un cazador de grandes animales después de haber perseguido a una bestia legendaria por medio continente africano y al final consigue derribarla metiéndole plomo en el corazón, se acerca al cadáver y descubre que después de todo no es más que un montón enorme y desagradable de carne. Un cadáver sucio y cubierto de moscas.

¿No hay más? ¿Por qué no resolvió este código hace ya mucho tiempo?

Ahora se pueden descifrar todas las antiguas interceptaciones Azur/Tetraodóntido. Las tendrá que leer en persona y resultarán ser la charla inane usual de grandes burocracias intentando conquistar el mundo.

Francamente, ya no le importa. Quiere salir de aquí lo antes posible, casarse, tocar el órgano y programar su Computador Digital y, con suerte, conseguir que alguien la pague un sueldo por hacer una cosa o la otra. Pero Mary está en Brisbane y la guerra todavía no ha terminado —ni siquiera hemos todavía podido invadir Nipón, por amor de Dios, y conquistarlo va a llevar una eternidad, con todas esas valientes mujeres niponas y sus niños entrenándose en los estadios de fútbol armadas con palos de bambú acabados en punta— y probablemente llegará 1955 antes de que consiga que los militares le licencien. La guerra todavía no ha terminado, y mientras dure necesitarán que siga metido en el Sótano haciendo exactamente lo que acaba de hacer.

Aretusa. Todavía no ha roto Aretusa. ¡Ése sí que es un criptosistema!

Está demasiado cansado. Ahora mismo no puede romper Aretusa.

Lo que realmente necesita es alguien con quien hablar. No sobre nada en particular. Simplemente hablar. Pero sólo hay media docena de personas en el planeta con las que realmente puede hablar, y ninguna de ellas está en Filipinas. Por suerte, hay largos cables de cobre que recorren el fondo de los océanos y que han convertido en irrelevante la posición geográfica, siempre que tengas la autorización adecuada. Waterhouse la tiene. Se pone en pie, abandona el Sótano y se va a charlar con su amigo Alan.

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