Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 82 de 106

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Criptonomicon

Glory

C on el torso desnudo, pintura de camuflaje, un cuchillo en la mano y una Colt 45 enfundado en el cinturón de sus pantalones caqui, Bobby Shaftoe se mueve como un jirón de niebla a través de la jungla. Se detiene cuando consigue una vista clara del camión del ejército ñipo, enmarcado entre los troncos velludos de un par de palmeras datileras. Una hilera de hormigas se arrastra sobre la piel de uno de sus pies, calzados con sandalias.

Las ignora.

Tiene todo el aspecto de tratarse de un alto para mear. Dos soldados nipones bajan del camión y hablan entre sí durante unos instantes.

Uno de ellos penetra en la jungla. El otro se apoya contra el guardabarros del camión y enciende un cigarrillo. La llama del extremo brilla con el mismo color que la luz del crepúsculo a su espalda. El que está en la jungla se baja los pantalones, se agacha y apoya la espalda contra un árbol para cagar.

En este momento son enormemente vulnerables. El contraste entre el brillo de la puesta de sol y la penumbra de la jungla los vuelve casi ciegos.

El que está cagando se encuentra indefenso y el que fuma parece exhausto.

Bobby Shaftoe se quita las sandalias. Sale de la jungla al camino que está detrás del camión, avanza sobre pies mordidos por las hormigas y se esconde tras el camión. Saca en silencio el arma del bolsillo de su cadera.

Sin apartar la vista de los pies del fumador, visibles bajo el chasis del camión, arranca la protección y la pega sobre la puerta trasera del vehículo.

Luego, para restregárselo, pega otra más. ¡Misión cumplida! ¡Toma ésta, Tojo!

Instantes después está de vuelta en la jungla, observando cómo el camión nipo se aleja, ahora con dos pegatinas rojas, azules y blancas en las que se puede leer: ¡VOLVERÉ! Bobby se felicita a sí mismo por otra misión con éxito.

Mucho después de que oscurezca, llega hasta el campamento Hukbalahap, en lo alto del volcán. Atraviesa el perímetro minado y hace mucho ruido mientras se acerca, para que el centinela Huk no le dispare en la oscuridad. Pero no tendría que haberse preocupado. La disciplina se ha desmoronado, están todos borrachos y emborrachándose aún más, por algo que han oído en la radio: MacArthur ha regresado. El general ha aterrizado en Leyte.

La respuesta de Bobby Shaftoe es preparar café muy cargado y hacérselo beber a su encargado de señales, Pedro. Mientras la magia de la cafeína empieza a actuar, Shaftoe coge un bloc de mensajes y lo que queda de un lápiz y escribe su idea por séptima vez: EXISTE OPORTUNIDAD

DE CONTACTAR Y ARMAR A ELEMENTOS FILIPINO-

AMERICANOS

EN

CONCEPCIÓN

STOP

ME

OFREZCO

VOLUNTARIO PARA ELLO STOP ESPERO INSTRUCCIONES STOP

FIRMADO SHAFTOE.

Consigue que Pedro lo cifre y lo envíe. Después, todo lo que puede hacer es esperar y rezar. Esta mierda de las pegatinas tiene que acabarse.

Mil veces ha estado tentado de desertar y marcharse por su cuenta a Concepción. Pero sólo porque esté en el quinto infierno con un puñado de Huks irregulares no significa que esté fuera del alcance de la disciplina militar. A los desertores todavía se les puede disparar o colgar y, a pesar de que él mismo fue un desertor en Suecia, Bobby Shaftoe cree que merecen ese trato.

Concepción se encuentra en las tierras bajas al norte de Manila. Desde lo alto de los montes Zambales incluso puedes ver la ciudad, entre los verdes campos de arroz. Esos terrenos todavía están totalmente bajo el control de los nipones. Pero cuando el general aterrice, probablemente lo hará al norte de ahí, en el golfo de Lingayen, lo mismo que hicieron los nipones en la invasión del 41, y entonces Concepción quedará justo en mitad de su ruta hacia Manila. Va a necesitar ojos allí.

Como preveía, la orden llega un par de días después: ENCONTRARSE

CON TARPON PUNTO VERDE 5 NOVIEMBRE STOP LLEVAR

TRANSMISOR CONCEPCIÓN STOP ESPERAR NUEVAS ÓRDENES

STOP.

Tarpon es el submarino que les ha estado trayendo munición, suministros médicos, pegatinas con VOLVERÉ, cartones de cigarrillos norteamericanos con VOLVERÉ en cada paquete, cajas de cerillas VOLVERÉ, posavasos VOLVERÉ y condones VOLVERÉ. Shaftoe ha estado amontonando los condones porque sabe que no se conseguirán con facilidad en un país católico. Se imagina que cuando encuentre a Gloria necesitará una tonelada de condones a la semana.

Tres días después, él y una patrulla de Huks están a la espera de reunirse con Tarpon en «Punto Verde», el nombre clave de una pequeña cueva en la costa oeste de Luzón, justo bajo el monte Pinatubo, no muy lejos de la bahía de Subic, en dirección norte. El submarino aparece en torno a medianoche, moviéndose con los motores eléctricos, para no hacer ningún ruido, y los Huks se acercan en botes de goma y canoas y bajan la carga.

Como estaba previsto, el transmisor está allí. Y esta vez no hay ninguna de esas malditas pegatinas ni cajas de cerillas. El cargamento consiste en munición y unos cuantos hombres: algunos comandos filipino-norteamericanos que vienen de reunirse con el jefe de inteligencia de MacArthur y un par de norteamericanos, los chicos de avanzadilla de MacArthur.

Durante los días siguientes, Shaftoe y unos cuantos Huks escogidos suben el transmisor por una de las laderas de los montes Zambales y lo bajan por otra. Se detienen cuando finalmente las colinas ceden paso a los arrozales. La carretera principal norte-sur, que sube desde Manila hasta el golfo de Lingayen, se encuentra directamente frente a ellos.

Al cabo de varios días de escaramuzas y escaqueos, consiguen cargar el transmisor en un carro y cubrirlo de estiércol. Enganchan el carro a un patético carabao, que les presta un granjero leal pero pobre, y comienzan a atravesar la zona controlada por los nipones, en dirección a Concepción: Llegados a ese punto tienen que separarse, ya que no hay forma de que los ojos azules de Shaftoe puedan viajar al descubierto. Dos Huks, fingiendo ser granjeros, se hacen cargo del carro con estiércol, mientras

Shaftoe comienza su recorrido campo a través, viajando de noche, durmiendo en zanjas o en las casas de simpatizantes de confianza.

Le lleva semana y media recorrer los cincuenta kilómetros, pero con paciencia y perseverancia llega a Concepción a tiempo y llama a la puerta de su contacto local en torno a medianoche. El contacto es un prominente ciudadano local, el director del único banco de la ciudad. El señor Calagua se queda asombrado de ver a un norteamericano ante su puerta trasera. Su sorpresa le indica a Shaftoe que algo debe haber salido mal, los chicos con el transmisor deberían haber llegado hace una semana. Pero el director le dice que no ha aparecido nadie, aunque se han oído rumores de que los nipones pillaron a unos chicos intentando pasar contrabando en un carro y los ejecutaron en el acto.

Así que Shaftoe se queda aislado en Concepción, sin forma de recibir órdenes ni de enviar mensajes. Lo siente por los chicos que han muerto, pero en cierto modo no es una situación tan mala para él. El único motivo por el que quería estar en Concepción es que la familia Altamira procede de allí. La mitad de los granjeros locales están emparentados de algún modo con Glory.

Shaftoe se introduce en los establos de Calagua e improvisa una cama.

Lo acomodarían en un cuarto de invitados si lo pidiese, pero les dice que los establos son más seguros, si le cogen al menos los Calagua podrán alegar que lo ignoraban. Recupera fuerzas durante uno o dos días sobre un montón de paja y luego empieza a intentar conseguir alguna información sobre los Altamira. No puede salir a husmear él mismo, pero los Calagua conocen a todo el mundo en la ciudad, y saben en quién se puede confiar. Así que difunden las preguntas y en un par de días la información regresa.

El señor Calagua se la expone, mientras comparten unos vasos de bourbon en su despacho. Abrumado por la culpa por el hecho de que su honorable huésped esté durmiendo sobre un montón de paja en una dependencia aneja, le ofrece bourbon continuamente, lo que a Bobby Shaftoe le parece perfecto.

—Parte de la información es fiable, parte es... eh... poco probable —

dice el señor Calagua—. Ésta es la parte fiable. En primer lugar, su suposición era correcta. Cuando los nipones se apoderaron de Manila

muchos miembros de la familia Altamira volvieron a esta zona para refugiarse en casa de parientes. Creyeron que sería más seguro.

—¿Me está diciendo que Glory se encuentra aquí?

—No —dice con tristeza el señor Calagua—. No se encuentra aquí.

Pero sin duda estaba aquí el 13 de septiembre de 1942.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque dio a luz un niño ese día; el certificado de nacimiento está en los archivos del ayuntamiento. Douglas MacArthur Shaftoe.

—Vaya, que me folien por delante y por detrás —dice Shaftoe.

Mentalmente empieza a calcular fechas.

—Muchos de los Altamira que se refugiaron aquí han vuelto a la ciudad desde entonces, supuestamente para conseguir trabajo. Pero algunos también actúan como ojos y oídos para la resistencia.

—Sabía que harían lo correcto —dice Shaftoe.

El señor Calagua sonríe prudentemente.

—Manila está llena de personas que pretenden ser los ojos y los oídos de la resistencia. Resulta fácil ser los ojos y oídos. Es más difícil ser los puños y los pies. Pero algunos Altamira también luchan, se han ido a las montañas para unirse a los Huks.

—¿Qué montañas? No me tropecé con ninguno de ellos en los Zambales.

—Al sur de Manila y la laguna de Bay hay muchos volcanes y jungla espesa. Allí es donde está luchando parte de la familia de Glory.

—¿Es allí donde está Glory? ¿Y el bebé? ¿O están en la ciudad?

El señor Calagua se pone nervioso.

—Ésta es la parte que puede ser poco probable. Se dice que Glory es una heroína famosa en la lucha contra los nipones.

—¿Intenta decirme que está muerta? Si está muerta, dígamelo sin más.

—No, no me han dicho que haya muerto. Pero es una heroína. Eso es seguro.

Al día siguiente, la malaria de Bobby Shaftoe regresa y le mantiene tumbado durante una semana aproximadamente. Los Calagua lo trasladan a la casa y traen al médico del pueblo para que cuide de él. Es el mismo médico que atendió el parto de Douglas MacArthur Shaftoe dos años antes.

Cuando se siente algo más fuerte se encamina hacia el sur. Le lleva tres semanas alcanzar las afueras del norte de Manila, subiéndose a trenes y camiones, o vadeando campos de arroz en medio de la noche. Mata a dos soldados nipones sigilosamente y a otros tres en un tiroteo en un cruce. En cada ocasión tiene que ocultarse durante unos días para evitar que lo capturen. Pero consigue llegar a Manila.

No puede dirigirse al centro de la ciudad; aparte de ser una auténtica estupidez sólo le retrasaría. En lugar de eso la rodea, con el apoyo de la creciente red de la resistencia. Lo pasan de un barangay a otro, rodeando las afueras de Manila, hasta que alcanza la llanura costera entre la laguna de Bay y la bahía de Manila.

Al sur de este punto no hay nada excepto unas cuantas millas de arrozales y después las montañas volcánicas donde los Altamira se están ganando un nombre como guerrilleros. Durante el viaje ha oído mil rumores sobre ellos. La mayoría claramente falsos, gente contándole lo que obviamente desea oír. Pero ha escuchado varias veces fragmentos de información sobre Glory que parecen genuinos.

Dicen que tiene un hijo pequeño y sano, que vive en un apartamento en el vecindario Malate de Manila, al cuidado de unos parientes mientras su madre sirve en la guerra.

Dicen que está utilizando sus conocimientos de enfermería, actuando como una especie de Florence Nightingale para los Huks.

Dicen que actúa como correo para las fuerzas filipino-norteamericanas, que nadie la supera cuando se trata de atravesar los controles nipones llevando mensajes secretos y otro tipo de contrabando.

A esto último Shaftoe no le encuentra mucho sentido. ¿Qué es, una enfermera o un correo? Puede que la hayan confundido con otra persona. O

puede que sea ambas cosas, puede que esté pasando medicinas por los controles.

Cuanto más se aleja hacia el sur más información recibe. Los mismos rumores y anécdotas surgen una y otra vez, difiriendo sólo en pequeños detalles. Se encuentra con media docena de personas que están absolutamente seguros de que Glory está más al sur, trabajando como correo para una brigada de guerrilleros Huks en los montes que están sobre Calamba.

Pasa el día de Navidad en la cabaña de un pescador en las orillas del gran lago, la laguna de Bay. Está lleno de mosquitos. Allí le golpea otro brote de malaria; pasa un par de semanas delirando por la fiebre, teniendo extravagantes pesadillas sobre Glory.

Finalmente consigue recuperarse lo bastante para volver a moverse, y se sube a un bote que va hasta Calamba. Los volcanes negros que se dibujan en lo alto resultan una vista grata. Tienen un aspecto agradable y frío, y le recuerdan al territorio ancestral de los Shaftoe. Según la leyenda familiar, los primeros Shaftoe que llegaron a América trabajaron como sirvientes contratados en los campos de tabaco y algodón, alzando los ojos anhelantes hacia las frías montañas mientras se encorvaban en los sofocantes campos.

En cuanto pudieron marcharse lo hicieron, y se dirigieron hacia lo alto. Las montañas de Luzón atraían a Shaftoe del mismo modo, alejándole de las tierras bajas de la malaria, llevándole hacia Glory. Su viaje casi había terminado.

Pero se queda atascado en Calamba, forzado a ocultarse en un cobertizo, cuando los soldados de las fuerzas aéreas niponas que se encuentran en la ciudad empiezan a agruparse preparando algún tipo de movimiento. Esos Huks de las montañas se lo han estado poniendo difícil, y los nipones están enfureciéndose y volviéndose crueles.

El cabecilla de los Huks locales envía finalmente un emisario a informarse de la historia de Shaftoe. El emisario se marcha y pasan varios días. Finalmente, un teniente filipino-norteamericano regresa con dos buenas noticias: los norteamericanos han aterrizado en masa en el golfo de Lingayen y Glory está viva y colabora con los Huks a tan sólo unos kilómetros de allí.

—Ayúdeme a salir de esta ciudad —ruega Shaftoe—. Sáqueme en un bote por el lago y déjeme en el campo, desde allí podré seguir.

—¿Seguir adónde?—dice el teniente, haciéndose el tonto.

—¡A las tierras altas! ¡A unirme a esos Huks!

—Le matarían. El terreno está minado. Los Huks están extremadamente alerta.

—Pero...

—¿Por qué no va en dirección contraria? —pregunta el teniente—. Vaya a Manila.

—¿Por qué iba a ir allí?

—Su hijo se encuentra allí. Y allí es donde hace falta. Pronto la gran batalla se librará en Manila.

—De acuerdo —dice Shaftoe—. Iré a Manila. Pero antes quiero ver a Glory.

—Ah —dice el teniente, como si finalmente se hubiese encendido una luz—. Dice que quiere ver a Glory.

—No me limito a decirlo. Quiero ver a Glory.

El teniente exhala una nube de humo de cigarrillo y sacude la cabeza.

—No, no quiere —dice sin entonación.

—¿Cómo?

—No quiere ver a Glory.

—¿Cómo puede decir eso? ¿Está completamente loco?

El rostro del teniente se vuelve inexpresivo.

—Muy bien —dice—. Haré algunas indagaciones. Puede que Glory venga y le visite.

—Eso es una locura. Es demasiado peligroso.

El teniente se ríe.

—No, no lo entiende —dice—. Es usted un hombre blanco en una ciudad de provincias en Filipinas ocupada por nipones hambrientos y enloquecidos. Es imposible que pueda asomar el rostro. Imposible. Glory, en cambio, puede moverse libremente.

—Dijo que estaban realizando inspecciones casi en cada manzana.

—No molestarán a Glory.

—Los nipones alguna vez... ya sabe. ¿Molestan a las mujeres?

—Ah. Le preocupa que violen a Glory. —El teniente da otra larga calada al cigarrillo—. Puedo asegurarle que eso no sucederá. —Se pone en pie, cansado de la conversación—. Espere aquí —dice—. Reúna fuerzas para la batalla de Manila.

Sale, dejando a Shaftoe más frustrado que nunca.

Dos días después, el dueño del cobertizo, que habla muy poco inglés, despierta a Shaftoe antes del amanecer. Conduce a Shaftoe a un pequeño bote, le lleva remando hasta el lago y luego durante un kilómetro orilla arriba, hasta un banco de arena. Está amaneciendo sobre el lado opuesto del

lago, iluminando las nubes. Es como si el mayor depósito de gasóleo del mundo estuviese ardiendo en un cielo dividido en amplios trapezoides por las estelas lineales de los aviones norteamericanos patrullando al amanecer.

Glory está paseando sobre el banco de arena. No puede verle el rostro porque está envuelta en un pañuelo de seda, pero reconocería la forma de su cuerpo en cualquier lugar. Camina de un lado a otro junto a la orilla, dejando que el agua cálida del lago le acaricie los pies desnudos. Está disfrutando del amanecer, mantiene la espalda vuelta hacia Shaftoe para deleitarse en él. Vaya un flirteo. A Shaftoe se le pone dura como un remo.

Palpa el bolsillo trasero de sus pantalones para asegurarse de que está bien aprovisionado de condones VOLVERÉ. Va a ser complicado acostarse con Glory en un banco de arena con ese viejo allí mismo, pero tal vez pueda pagarle al tipo para que se aleje y haga un poco de ejercicio durante una hora.

El tipo sigue mirando por encima de su hombro para calcular la distancia hasta el banco. Cuando están aproximadamente a un tiro de piedra, se sienta y guarda los remos. Avanzan junto a la orilla durante unos metros y luego se detienen.

—¿Qué está haciendo? —pregunta Shaftoe. Luego suspira— . ¿ Quiere dinero? —Hace un gesto frotándose el pulgar contra la punta de los dedos

—. ¿Eh? ¿Es eso?

Pero el hombre simplemente le contempla, con la expresión más dura e inexpresiva que Shaftoe haya visto en cien campos de batalla por todo el mundo. Espera a que Shaftoe se calle, luego hace un gesto con la cabeza en dirección a Glory.

Shaftoe alza la vista hacia Glory, al mismo tiempo que ella se gira para mirarle. Alza unas manos deformes, completamente envueltas en largas tiras de tela, como las de una momia, y aparta el pañuelo de su rostro.

O de lo que solía ser un rostro. Ahora es tan sólo la parte frontal de su cráneo.

Bobby Shaftoe toma aliento, y deja escapar un grito que probablemente puede oírse en el centro de Manila.

El barquero dirige una mirada ansiosa hacia la ciudad, luego se pone en pie, bloqueando la vista de Shaftoe mientras éste intenta recuperar el

aliento. Tiene uno de los remos en la mano. Shaftoe comienza a emitir otro grito cuando el remo le golpea a un lado de la cabeza.

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