Criptonomicon
Diligencia
L os mapas del sureste asiático cubren las paredes, incluso las ventanas, lo que da un ambiente de bunker a la habitación de hotel de Avi.
Epiphyte Corp. se ha reunido para su primera reunión completa de accionistas en dos meses. Avi Halaby, Randy Waterhouse, Lom Howard, Eberhard Fóhr, John Cantrell y Beryl Hagen atestan la habitación y saquean el minibar en buscar de aperitivos y refrescos. Algunos están sentados en la cama. Eberhard está sentado en el suelo, descalzo y con las piernas cruzadas, con el portátil sobre una banqueta para los pies. Avi está de pie.
Cruza los brazos y se echa hacia atrás, con los ojos cerrados, apoyándose contra las puertas de madera de caoba en vías de extinción del centro de entretenimiento. Viste una camisa blanca reluciente y recién lavada, tan recién lavada y tan almidonada que todavía cruje cuando se mueve. Hasta hace quince minutos llevaba una camiseta que no se había quitado en cuarenta y ocho horas.
Randy piensa durante un minuto que Avi se ha quedado dormido en esa posición tan poco ortodoxa. Pero:
—Mirad el mapa —dice Avi de pronto con voz tranquila. Abre los ojos y los dirige al susodicho mapa, sin malgastar energía en volver la cabeza—.
Singapur, el extremo sur de Taiwán y la punta más al norte de Australia forman un triángulo.
—Avi —dice Eb con solemnidad—, tres puntos cualesquiera forman un triángulo. —En general, no esperan que Eberhard aligere las reuniones con muestras de humor, pero la risa recorre la habitación, y Avi sonríe… no tanto porque tenga gracia sino porque demuestra buena moral.
—¿Qué hay en medio del triángulo?
Todos vuelven a mirar. La respuesta correcta es «un punto en medio del mar de Sulú», pero está claro a dónde quiere llegar Avi.
—Nosotros —dice Randy.
—Correcto —dice Avi—. Kinakuta es el lugar ideal para servir de encrucijada electrónica. El lugar perfecto para conectar grandes routers.
—Estás hablando en jerga para accionistas —le advierte Randy.
Avi le ignora.
—Realmente tiene más sentido de esta forma.
—¿De qué forma? —pregunta Eb bruscamente.
—He sabido que allí hay otra gente del cable. Hay un grupo de Singapur y un consorcio de Australia y Nueva Zelanda. En otras palabras: nosotros éramos los únicos con conexión a la Cripta. Hoy creo que seremos uno de tres.
Tom Howard sonríe triunfante: trabaja en la Cripta y probablemente lo sabía antes que nadie. Randy y John Cantrell intercambian miradas.
Eb se sienta envarado.
—¿Cuánto hace que lo sabéis? —pregunta.
Randy ve que un gesto de molestia atraviesa la cara de Beryl. No le gusta que la interroguen.
—¿Nos excusaríais, a Eb y a mí, durante un minuto? —dice Randy poniéndose en pie.
El doctor Eberhard Fóhr primero parece sorprendido, luego se pone en pie y sigue a Randy fuera de la habitación.
—¿A dónde vamos?
—Deja el portátil —le dice Randy, escoltándole al pasillo—. Ven aquí.
—¿Por qué?
—La cosa es así —dice Randy, cerrando la puerta pero sin dejar que salte el cierre—. La gente como Avi y Beryl, que llevan mucho tiempo en los negocios, muestran una evidente preferencia por las conversaciones entre dos personas; como la que tú y yo mantenemos ahora mismo. No sólo eso, sino que muy rara vez apuntan las cosas.
—Explícamelo.
—Es una especie de manifestación de la teoría de la información. Mira, si sucede lo peor, y se produce algún tipo de acción legal…
—¿Acción legal? ¿De qué hablas?
Eb proviene de una pequeña ciudad en la frontera con Dinamarca. Su padre era profesor de matemáticas en un instituto, su madre profesora de inglés. Su apariencia probablemente lo convirtió en un marginado en su ciudad natal, pero al igual que mucha gente que todavía vive allí, cree que las cosas deben hacerse de forma clara, abierta y lógica.
—No pretendo alarmarte —dice Randy—, no intento sugerir que nada de eso esté sucediendo, o vaya a pasar pronto. Pero tal como funcionan las cosas en América ahora mismo, te sorprendería descubrir con qué facilidad las empresas mercantiles acaban en demandas. Cuando eso sucede, todos los documentos se hacen públicos. Por tanto, la gente como Avi y Beryl nunca ponen nada por escrito que no quieran que se vea ante un tribunal.
Más aún, se puede interrogar a cualquiera, bajo juramento, para que testifique sobre lo sucedido. De ahí que las conversaciones entre dos personas, como ésta, sean mejor.
—La palabra de una persona contra la de otra. Lo comprendo.
—Sé que sí.
—Pero en cualquier caso, se nos tendría que haber comunicado de forma discreta.
—La razón por la que Avi y Beryl no dijeron nada hasta ahora es que querían resolver el problema cara a cara, en conversaciones de dos personas. En otras palabras, lo hicieron para protegernos… no para ocultarnos nada. Ahora nos están comunicando la noticias formalmente.
Eberhard ya no se muestra receloso. Ahora está molesto, lo que es peor.
Como muchos tecnólogos, puede volverse escandaloso cuando decide que los demás no están actuando con lógica. Randy levanta las manos, mostrando las palmas, en señal de rendición.
—Estipulo que no tiene ningún sentido —dice Randy.
Eb mira con furia a distancia, sin calmarse.
—¿Estarás de acuerdo conmigo en que el mundo está lleno de gente irracional y situaciones ridículas?
—Jaaa… —dice Eb a la defensiva.
—Si tú y yo vamos a programar y la gente va a pagarnos por ello, deben contratarnos, ¿no?
Eb lo medita con cuidado.
—Sí.
—Eso significa lidiar con esas personas, por desagradable que pueda ser, a cierto nivel. Y aceptar un montón de tonterías, como abogados, relaciones públicas y personal de mercadotecnia. Y si tú y yo intentásemos hablar con ellos nos volveríamos locos. ¿Cierto?
—Es muy probable que sí.
—Por tanto, es bueno que gente como Avi y Beryl hayan llegado a existir, porque ellos son nuestro interfaz —a la cabeza de Randy viene una imagen de la Guerra Fría. Alarga ambas manos y agarra el aire—. Como esas cajas con guantes que usan para manejar el plutonio. ¿Comprendes?
Eberhard asiente. Una señal prometedora.
—Pero eso no implica que vaya a ser como programar ordenadores.
Ellos sólo pueden filtrar y suavizar la naturaleza irracional del mundo que hay más allá, por lo que Avi y Beryl puede que sigan haciendo cosas que parecen un poco estúpidas.
Los ojos de Eb han ido adoptando un aire cada vez más remoto.
—Sería interesante estudiarlo como un problema en teoría de la información —anuncia—. ¿Cómo podrían fluir los datos entre los nodos internos de una red —Randy sabe que Eb quiere decir «personas en una pequeña corporación»— pero sin existir para las personas del exterior?
—¿Qué quieres decir sin existir?
—¿Cómo podría ordenar un juez que se presentase un documento que, desde su sistema de referencia, jamás ha existido?
—¿Hablas de cifrarlo?
Eb parece ligeramente dolorido por la simplicidad de Randy.
—Eso ya lo estamos haciendo. Pero aún así, alguien podría demostrar que un documento, de cierto tamaño, ha sido enviado a cierta hora, a cierta dirección.
—Análisis de tráfico.
—Sí. Pero ¿y si se satura? ¿Por qué no podríamos llenar el disco duro de bytes aleatorios de forma que un archivo individual fuese indiscernible?
Su misma existencia estaría oculta en el ruido, como un tigre rayado entre la hierba alta. Y podríamos enviarnos flujos de ruido aleatorio de unos a otros.
—Sería muy caro.
Eberhard agita la mano para quitarle importancia.
—El ancho de banda es barato.
—Es más un artículo de fe que un hecho —dice Randy—, pero podría ser cierto en el futuro.
—Pero viviremos el resto de nuestras vidas en el futuro, Randy, por lo que bien podríamos iniciar el programa ahora.
—Bien —dice Randy—, ¿podemos seguir con esta conversación más tarde?
—Claro.
Vuelven a entrar en la habitación. Tom, que es el que lleva aquí más tiempo, está diciendo:
—Los de cinco pies de largo, con las manchas de un marrón amarillento sobre fondo azul verdoso son inofensivos y son geniales animales de compañía. Los de seis pies, con manchas de un amarillo marrón sobre fondo turquesa te matan de un mordisco, en diez minutos, a menos que te suicides antes para escapar al dolor intolerable.
Es la forma de hacer saber a Randy y Eb que no han estado hablando de negocios mientras estaban fuera.
—Vale —dice Avi—, el resultado es que la Cripta va a ser potencialmente mucho mayor de lo que habíamos pensado al principio, lo que es una buena noticia. Pero hay otro tema que debemos tratar. —Avi conoce a Randy de siempre, y sabe que no se molestará en realidad por lo que viene a continuación.
Todos los ojos se dirigen hacia Randy, y Beryl toma el hilo. Se ha asignado a sí misma el papel de preocuparse por los sentimientos de los demás, ya que el resto de las personas de la firma están claramente poco cualificadas para la tarea, y habla en tono de lamento.
—El trabajo que Randy ha estado realizando en Filipinas, un trabajo muy bueno, ya no tiene importancia crítica para las actividades de la compañía.
—Lo acepto —dice Randy—. Eh, al menos tengo mi primer bronceado en diez años.
Todos parecen sentirse aliviados de inmediato al comprobar que Randy no se cabrea. Tom, como es típico, llega pronto al fondo del asunto:
—¿Podemos romper nuestra relación con el Dentista? ¿Un corte limpio?
El ritmo de la conversación se pierde de pronto. Como un fallo eléctrico en una discoteca.
—No lo sabemos —dice al fin Avi—. Hemos mirado los contratos. Pero los escribieron los abogados del Dentista.
—¿No son abogados algunos de sus socios? —pregunta Cantrell.
Avi se encoge de hombros impaciente, como si eso no fuese todo.
—Sus socios. Sus inversores. Sus vecinos, amigos, compañeros de golf.
Probablemente su fontanero también sea abogado.
—Lo importante es que es famoso por sus demandas —dice Randy.
—El otro problema potencial —dice Beryl— es que si encontrásemos una forma de deshacer el acuerdo con AVCLA, perderíamos entonces el flujo de capital a corto plazo que esperamos de la red filipina. Las ramificaciones de ese hecho podrían ser peores de lo esperado.
—¡Maldición! —dice Randy—, me lo temía.
—¿Cuáles son las ramificaciones? —dice Tom, centrándose, como siempre, en lo importante.
—Tendríamos que conseguir más dinero para cubrir la falta —dice Avi
—. Lo que diluiría el valor de las acciones.
—¿Diluirlo en cuánto? —pregunta John.
—Por debajo del cincuenta por ciento.
Esa cifra mágica desencadena una epidemia de suspiros, gemidos y movimientos en los asientos por parte de los responsables de Epiphyte Corp., que colectivamente poseen el cincuenta por ciento de las acciones de la compañía. Mientras exploran las ramificaciones en sus cabezas, comienzan a mirar fijamente a Randy.
Al fin, Randy se pone en pie y despliega las manos como si quisiese contenerlos.
—Vale, vale, vale —dice—. ¿Dónde nos deja eso? El plan de negocios afirma, una y otra vez, que la red de Filipinas es razonable por sí misma… y
que podemos convertirla en un negocio independiente en cualquier momento y ganar dinero. Por lo que sabemos, sigue siendo cierto, ¿no?
Avi lo medita antes de emitir el comunicado cuidadosamente preparado.
—Tan cierto como lo ha sido siempre.
Esa declaración obtiene una risita y una serie de aplausos sarcásticos por parte de los otros. ¡Qué listo eres Avi! ¿Qué haríamos sin ti?
—Vale —dice Randy—. Así que si nos quedamos con el Dentista, aunque ahora el proyecto para nosotros sea irrelevante, es de esperar que ganemos dinero suficiente para no tener que vender más acciones.
Podremos retener el control de la compañía. Por otra parte, si rompemos nuestra relación con AVCLA, los socios del Dentista nos cubrirán de demandas… lo que pueden hacer virtualmente sin coste, o riesgo. Nos enfangamos en los tribunales de Los Angeles. Tendremos que volver, testificar y hacer declaraciones. Gastaremos toneladas de dinero en abogados.
—E incluso podríamos perder —dice Avi.
Todos ríen.
—Así que debemos quedarnos —concluye Randy—. Tenemos que trabajar con el Dentista queramos o no.
Nadie dice nada.
No es que estén en desacuerdo con Randy; al contrario. Es que Randy ha sido el encargado de los asientos de Filipinas, y el que acabará manejando la desafortunada situación. Recibirá en persona toda la fuerza del impacto. Es mejor que se ofrezca voluntario a que se le tenga que obligar. Ahora se está ofreciendo voluntario, alto y claro, en toda una actuación. Los demás actores del conjunto son Avi, Beryl, Tom, John y Eb.
La audiencia está compuesta por los accionistas minoritarios de Epiphyte Corp., el Dentista y los diversos jueces todavía por asignar. Es una actuación que nunca se hará pública a menos que se presente una demanda contra ellos y los suba a todos al estrado para que la cuenten bajo juramento.
John decide hundir un poco más la paleta.
—La financiación de AVCLA en Filipinas es especulativa, ¿no?
—Correcto —dice Avi con autoridad, actuando directamente para los hipotéticos jurados del futuro—. En los viejos días, los que tendían cable
vendían primero la capacidad para conseguir el capital. AVCLA lo hace con su propio capital. Cuando esté terminado, lo poseerán en todo, y venderán la capacidad al mayor postor.
—No todo es dinero de AVCLA… no son tan ricos —dice Beryl—. Han conseguido mucha pasta de NOHGI.
—¿Qué es? —pregunta Eb.
—Nigata Overseas Holding Group Inc. —dicen al unísono tres personas.
Eb parece desconcertado.
—NOHGI tendió el cable profundo de Taiwán a Luzón —dice Randy.
—En todo caso —dice John—, lo que quiero decir es que el Dentista está cableando Filipinas como estaba previsto y se encuentra muy expuesto.
Cualquier cosa que retrase la terminación de ese sistema va a causarle enormes problemas. Eso hace necesario que cumplamos con nuestras obligaciones.
John está diciendo al hipotético jurado en Dentista vs. Epiphyte Corp.:
«Respetamos escrupulosamente los términos de nuestro contrato con AVCLA.»
Pero eso no va a sonar tan bien al hipotético jurado de la otra demanda hipotética por parte de los accionistas minoritarios, Springboard vs.
Epiphyte Corp. Por tanto, Avi se apresura a añadir:
—Como creo que ya hemos establecido, después de una cuidadosa discusión de las cuestiones, cumplir nuestras obligaciones con el Dentista es parte ineludible de nuestra obligación para nuestros propios accionistas.
Esos dos objetivos están interrelacionados.
Beryl pone los ojos en blanco y lanza un profundo suspiro de alivio.
—Por tanto, cableemos Filipinas —dice Randy.
Avi se dirige a él en tono formal, como si descansase las manos, en este mismo instante, sobre una Biblia de hotel:
—Randy, ¿crees que los recursos que se te han asignado son suficientes para cumplir nuestras obligaciones contractuales con el Dentista?
—Debemos reunimos para ese asunto —dice Randy.
—¿Puede esperar hasta pasado mañana? —pregunta Avi.
—Claro. ¿Por qué no?
—Tengo que ir al baño —dice Avi.
Es la señal que Avi y Randy han empleado muchas veces en el pasado.
Avi se pone en pie y va al baño. Un momento más tarde, dice Randy:
—Ahora que lo pienso… —Y le sigue.
Se sorprende al encontrarse a Avi meando. Por impulso, Randy se baja la cremallera y comienza a mear a su lado. No se le ocurre lo excepcional del hecho hasta que ya lo está haciendo.
—¿Qué pasa? —pregunta Randy.
—Bajé al vestíbulo esta mañana para cambiar dinero —dice Avi—, ¿y adivina quién entró en el hotel, recién llegado del aeropuerto?
—Oh, mierda —dice Randy.
—El Dentista en persona.
—¿Sin yate?
—El yate viene siguiéndole.
—¿Venía alguien con él?
—No, pero puede que más tarde.
—¿Por qué está aquí?
—Puede que se haya enterado.
—Dios. Es la última persona a la que me gustaría encontrarme mañana.
—¿Por qué? ¿Hay algún problema?
—Nada que pueda indicar explícitamente —dice Randy—. Nada dramático.
—¿Nada que, si se hiciese público más tarde, te hiciese parecer negligente?
—No lo creo —dice Randy—. Simplemente el asunto de Filipinas es complicado y debemos hablar de ello.
—Bien, por el amor de Dios —dice Avi—, si te encuentras con el Dentista mañana, no digas nada sobre el trabajo. Que sea sólo una charla social.
—Muy bien —dice Randy, y se sube la cremallera. Pero en lo que realmente piensa es: ¿por qué malgasté todos esos años en el mundo académico cuando podía haber estado haciendo mierda genial como ésta Que luego le recuerda algo:
—Oh, sí. Recibí un correo extraño.
Avi dice inmediatamente:
—¿De Andy?
—¿Cómo lo has adivinado?
—Has dicho que era extraño. ¿Realmente has recibido un correo suyo?
—Realmente no sé de quién era. Probablemente no sea de Andy. No era extraño en ese sentido.
—¿ Respondiste?
—No. Pero sí lo hizo enano@tsiblings.net.
—¿Quién es ese? Siblings.net era el sistema que solías administrar, ¿no?
—Sí. Sigo conservando algunos privilegios. Creé una nueva cuenta, con el nombre enano, con la que no se me puede relacionar. Le envíe un correo anónimo al tipo diciéndole que hasta que él me demuestre lo contrario, asumo que es un antiguo enemigo mío.
—O uno nuevo.
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