Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 31 de 106

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Criptonomicon

Huffduff

P lantan el mástil de huffduff incluso antes de tener un tejado sobre las nuevas instalaciones del Destacamento 2702, y levantan la antena huffduff incluso antes de tener electricidad para emplearla. Waterhouse hace todo lo que puede por fingir que le importa. Se lo hace saber a los operarios: grandes grupos de tanques enfrentándose en el desierto africano puede que sean gallardos y románticos, pero la verdadera batalla de esta guerra (ignorando, como siempre, el frente asiático) es la Batalla del Atlántico. No podemos ganar la Batalla del Atlántico sin hundir algunos submarinos, y no podemos hundirlos antes de haberlos encontrado, y precisamos de una forma mejor de encontrarlos que el método ya probado y seguro de dejar que nuestros convoyes pasen sobre ellos y se conviertan en pedacitos. Esa forma, caballeros, es poner en marcha esta antena tan pronto como sea humanamente posible.

Waterhouse no es un actor, pero cuando la segunda tormenta de hielo de la semana pasa por encima e infringe grandes daños a la antena, y debe permanecer despierto toda la noche para repararla a la luz de la lucifer galvánica, está bastante seguro de que los ha convencido. El personal del castillo trabaja hasta bien tarde para mantenerlo provisto de té y brandy, y los operarios le dedican a la mañana siguiente algunos emocionantes hurras cuando la antena reparada regresa a la parte alta del mástil. Todos están seguros de estar salvando vidas en el Atlántico Norte, y si supiesen la verdad probablemente le lincharían.

Esa historia del huffduff es ridículamente plausible. Es tan plausible que si Waterhouse estuviese trabajando para los alemanes tendría sus sospechas.

La antena es un modelo extremadamente direccional. Recibe una señal fuerte cuando se la orienta hacia la fuente y una señal débil en caso contrario. El operador espera a que un submarino empiece a transmitir y luego vira la antena de un lado a otro hasta obtener la lectura mayor; la dirección de la antena da el azimut de la fuente. Dos o más lecturas similares, obtenidas por diferentes estaciones huffduff, pueden combinarse para triangular el origen de la señal.

Para mantener las apariencias, la estación debe estar operativa veinticuatro horas al día lo que casi mata a Waterhouse durante las primeras semanas de 1943. El resto del Destacamento 2702 no se ha presentado como estaba previsto, así que, mientras tanto, es tarea de Waterhouse preservar la ilusión.

Todos a diez millas a la redonda —básicamente, toda la población civil de Qwghlm, o por decirlo de otra forma, toda la raza qwghlmiana— pueden ver la nueva antena huffduff elevándose sobre el mástil del castillo. No son personas estúpidas, y algunos de ellos, al menos, comprenderán que la maldita cosa no hace nada si siempre apunta en la misma dirección. Si no se mueve, no funciona. Y si no funciona, ¿qué coño pasa allá arriba en ese castillo?

Así que Waterhouse debe moverla. Vive en la capilla, durmiendo —

cuando duerme— en una hamaca colgada a una altura peligrosa por encima del suelo (ha descubierto que los «eskerries» son excelentes saltadores).

Si duerme durante el día, incluso un observador casual notará si la antena se mueve o no. No es bueno. Pero no puede dormir de noche, cuando los alemanes hacen rebotar en la ionosfera sus transmisiones entre los submarinos del Atlántico norte y las bases en Burdeos y Lorient porque un observador atento —digamos que un empleado insomne del castillo, o un espía alemán situado en las montañas con binoculares— sospechará qué la antena huffduff inmóvil no es más que una tapadera. Por lo tanto, Waterhouse intenta dividir la diferencia durmiendo algunas horas al anochecer y otras pocas al amanecer, un plan que no encaja muy bien con su cuerpo. Y cuando se despierta, no tiene absolutamente nada más que hacer que sentarse frente a la consola huffduff durante ocho o doce horas, viendo cómo el aliento sale de su boca, moviendo la antena, escuchando…

¡nada!

Estipula con total libertad que es un cabrón egoísta por sentirse mal consigo mismo cuando otros hombres vuelan en pedazos.

Habiendo resuelto esa cuestión, ¿qué va a hacer para permanecer cuerdo? Tiene la rutina perfectamente fijada: dejar la antena apuntando más o menos al oeste durante un rato, luego moverla de un lado a otro en arcos cada vez más pequeños, fingiendo centrarse en un submarino, luego dejarla fija durante un rato y hacer gimnasia para calentarse. Ha cambiado el uniforme por una vestimenta tejida con la cálida lana de Qwghlm. De vez en cuando, a intervalos totalmente impredecibles, miembros del personal del castillo caen sobre él con un tazón de sopa, un servicio de té o simplemente para ver qué hace y decirle lo buen hombre que es. Una vez al día, escribe un galimatías —sus supuestos resultados— y lo envía a la base naval.

Divide su tiempo entre pensar en el sexo y pensar en matemáticas. Lo primero se inmiscuye continuamente en lo segundo. Es peor aún cuando la cincuentona regordeta llamada Blanche, que ha estado trayéndole la comida, enferma de hidropesía, fiebres, gota, cólicos o cualquier otro malestar shakespeariano es reemplazada por Margaret, que tiene como unos veinte años y es bastante atractiva.

Margaret realmente le altera el cerebro. Cuando se vuelve realmente intolerable, va a la letrina (para que el personal no le interrumpa en un momento inoportuno) y ejecuta un Cambio Manual. Pero si hay algo que descubrió en Hawái es que un Cambio Manual por desgracia no es igual que la experiencia real. El efecto pasa demasiado pronto.

Mientras espera a que se pase el efecto, consigue realizar mucha matemática de calidad. Alan le dio algunas notas sobre redundancia y entropía, en relación con la investigación de cifrado de voz que está realizando en Nueva York. Waterhouse repasa las notas y descubre algunos temas interesantes que por desgracia no puede enviar a Alan sin violar tanto el sentido común como gran cantidad de procedimientos de seguridad.

Terminado eso, presta atención a la criptología pura y dura. Pasó tiempo suficiente en Bletchley Park como para darse cuenta de lo poco que realmente comprende de ese arte.

Los submarinos usan demasiado la radio y toda la Marina Alemana lo sabe. Sus expertos en seguridad han estado dando la lata a sus oficiales para

mejorar la seguridad y, al final, lo hicieron introduciendo la versión de cuatro rotores de la máquina Enigma, que ha traído loco a Bletchley Park cerca de un año…

Margaret debe recorrer el castillo por el exterior para traerle la comida a Waterhouse, y para cuando llega aquí, ya tiene las mejillas rosaditas. El vapor que sale de su boca flota a su alrededor como un velo de seda…

¡Deja eso, Lawrence! El tema de la clase de hoy es la Enigma de cuatro rotores de la Marina alemana, conocida por ellos como Tritón y para los aliados como Tiburón. Se comenzó a usar el 2 de febrero del año pasado (1942), y no fue hasta la recuperación del submarino alemán U-559

embarrancado el 30 de octubre que Bletchley Park tuvo material suficiente para romper el código. Hace un par de semanas, el 13 de diciembre, Bletchley Park reventó por fin Tiburón y, una vez más, las comunicaciones internas de la Marina alemana fueron de nuevo un libro abierto para los aliados.

Lo primero que habían descubierto, como resultado, era que los alemanes habían roto completamente nuestros códigos mercantes, y que durante todo el año habían sabido exactamente dónde encontrar los convoyes.

Lawrence Pritchard Waterhouse había recibido toda esa información en los últimos días, vía los totalmente seguros cuadernos de uso único.

Bletchley se lo cuenta porque plantea una pregunta de teoría de la información, que es su departamento y su problema. La pregunta es: ¿con qué rapidez podemos reemplazar los códigos mercantes reventados sin hacerle saber a los alemanes que hemos roto Tiburón?

Waterhouse no tiene que pensar demasiado para llegar a la conclusión de que la situación es demasiado importante para andarse con juegos. La única forma de resolverla es montar un incidente de algún tipo que explicase a los alemanes por qué hemos perdido toda nuestra fe en los códigos mercantes y por qué vamos a cambiarlos. Escribe un mensaje a tal efecto, y comienza a cifrarlo con el cuaderno de uso único que comparte con Chattan.

—¿Va todo bien?

Waterhouse se pone en pie y se gira de golpe, con el corazón desbocado.

Es Margaret, de pie tras el velo de su propio aliento, un abrigo de lana gris sobre el uniforme de sirvienta, sosteniendo una bandeja de té y bollos con manoplas también de lana gris. Las únicas partes de su anatomía que no están envueltas en lana son sus tobillos y la cara. Los primeros están muy bien formados; Margaret lleva tacones altos sin problemas. La cara ha sido expuesta a los rayos directos del sol y recuerda a pétalos de rosa desparramados sobre crema cuajada de Devonshire.

—¡Oh! ¡Deje que lo coja! —suelta Waterhouse, y se lanza hacia delante con un movimiento espasmódico nacido de la pasión mezclada con la hipotermia. Al tomar la bandeja de sus manos, inadvertidamente tira de una de las manoplas, que caen al suelo—. ¡Lo siento! —dice, comprendiendo que jamás ha visto sus manos. Tiene esmalte rojo en las uñas de la mano ofendida, que se lleva a la boca y sobre la que sopla. Sus grandes ojos verdes le miran llenos de expectación plácida.

—Disculpe —dice Waterhouse.

—¿Va todo bien? —repite.

—¡Sí! ¿Por qué no iba a ir?

—La antena —dice Margaret—. Lleva más de una hora sin moverse.

Waterhouse está tan confundido que apenas puede mantenerse en pie.

Margaret sigue respirando a través de sus dedos lacados, por lo que Waterhouse sólo puede verle los ojos verdes, que ahora se mueven y destellan con malicia. Lanza una mirada a la hamaca.

—Dormido en el trabajo, ¿no?

El primer impulso de Waterhouse es negarlo y explicar la verdad, que es que estaba pensando en el sexo y la criptografía y se olvidó de mover la antena. Pero a continuación comprende que Margaret le ha ofrecido una excusa mejor.

—Culpable de los cargos —dice—. Anoche me quedé despierto hasta tarde.

—El té le mantendrá alerta —dice Margaret. A continuación vuelve a mirar a la hamaca. Vuelve a ponerse las manoplas—. ¿Qué tal es?

—¿Qué tal es qué?

—Dormir en una de esas cosas. ¿Es cómodo?

—Mucho.

—¿Puedo probar a ver qué tal es?

—Ah. Bueno, es muy difícil subirse… a esa altura.

—Usted lo consigue, ¿no? —le desafía. Waterhouse se siente enrojecer.

Margaret se acerca a la hamaca y de un golpe se quita los tacones.

Waterhouse hace un rictus al ver los pies desnudos sobre el suelo de piedra, que no ha estado tibio desde que los corsarios sarracenos quemaron el castillo. Los dedos de los pies también están pintados de rojo—. No me importa —dice Margaret—, soy hija de un granjero. Venga, ¡ayúdeme!

Waterhouse ha perdido todo control que hubiese podido tener de la situación y de sí mismo. Siente la lengua como si estuviese formada por tejidos eréctiles. Así que se acerca, se agacha y forma un estribo con las manos. Ella planta el pie y se lanza a la hamaca, despareciendo con un gritito y una risita entre la gran masa de mantas de lana gris. La hamaca se agita de un lado a otros en el centro de la capilla, como un incensario dispensando un ligero aroma a lavanda. Se agita una vez, dos. Se agita cinco veces, diez veces, veinte. Margaret permanece en silencio e inmóvil.

Waterhouse sigue como si tuviese los pies plantados en cemento. Por primera vez desde hace semanas no sabe exactamente qué va a suceder a continuación, y la pérdida de control le deja aturdido e indefenso.

—Es maravilloso —dice ella. Con voz de ensueño. Luego, al fin, se mueve. Waterhouse ve su carita mirándole por un borde, envuelta en la lana gris de una manta—. ¡Ooh! —grita, y vuelve a tenderse de espaldas. El movimiento súbito produce un balanceo excéntrico al movimiento rítmico de la hamaca.

—¿Qué pasa? —pregunta Waterhouse con desesperación.

—¡Tengo miedo de las alturas! —exclama—. Lo lamento, Lawrence, debí habértelo advertido. ¿Está bien si te llamo Lawrence? —Suena como si fuese a sentirse terriblemente herida si él dijese que no. ¿Y cómo podría Lawrence herir los sentimientos de una muchachita hermosa, descalza y acrofóbica, indefensa en una hamaca?

—Por favor. Claro —dice. Pero sabe perfectamente que la pelota sigue en su campo y le toca hablar—. ¿Puedo ser de ayuda?

—Te lo agradecería tanto —dice Margaret.

—¿Le parecería bien bajar apoyándose en mis hombros o algo así? —

intenta Waterhouse.

—Realmente tengo demasiado miedo —responde ella.

Sólo queda una salida.

—Bien. ¿Le molestaría si subiese a ayudarla?

—¡Sería tan heroico por tu parte! —dice ella—. Me sentiría tan inexpresablemente agradecida.

—Bien, entonces…

—¡Pero insisto en que primero complete sus obligaciones!

—¿Perdone'?

—Lawrence —dice Margaret—, cuando baje de esta hamaca iré a la cocina a limpiar el suelo, que la verdad, ya está más que limpio. Tú, por otra parte, tienes un trabajo importante… ¡un trabajo que podría salvar la vida de cientos de hombres en algún convoy del Atlántico norte! Y sé que has sido muy malo durmiéndote en el trabajo. Me niego a permitirte que me ayudes hasta que te hayas corregido.

—Muy bien —dice Waterhouse—, no me deja alternativa. El deber es lo primero. —Cuadra los hombros, gira sobre los talones y marcha de vuelta al escritorio. Los eskerries ya han dado cuenta de los bollos de Margaret, pero se sirve algo de té. Luego sigue cifrando las instrucciones para Chattan: SÓLO LA FUERZA BRUTA SERÁ EFECTIVA PONGA LIBRO DE CÓDIGOS EN BARCO INSERTE BARCO EN MURMANSK

CONVOY ESPERE A QUE NIEBLA CUBRA NORUEGA.

Le lleva un rato cifrarla con un cuaderno de uso único. Lawrence puede hacer aritmética mod 25 dormido, pero hacerla con una erección es un asunto completamente diferente.

—¿Lawrence? ¿Qué haces? —pregunta Margaret desde el nido de la hamaca, que, en la imaginación de Lawrence, cada minuto es más cálido y acogedor.

Mira furtivamente a sus zapatos de tacón alto.

—Preparando el informe —responde Lawrence—. No tiene demasiado sentido realizar observaciones si no las envío.

—Cierto —responde Margaret pensativa.

Es un momento excelente para aprovisionar la patética estufa de hierro de la capilla. Mete unas pocas paletas del precioso carbón, sus hojas de

trabajo, y la página del cuaderno de uso único que acaba de emplear para realizar el cifrado.

—Esto debería dar un poco de calor —dice.

—Oh, maravilloso —dice Margaret—. Estoy temblando.

Lawrence lo reconoce como una indicación para que inicie una operación de rescate. Unos quince segundos después está en la hamaca junto a Margaret. Para gran sorpresa de ninguno de ellos dos, la hamaca es estrecha e incómoda. Se producen algunos movimientos que terminan con Lawrence tendido de espaldas y Margaret encima, con sus muslos entre los suyos.

Ella se escandaliza al descubrir la erección. Aparentemente avergonzada al no haber anticipado sus necesidades.

—¡Pobrecito!—exclama—. ¡Claro! ¡Cómo he podido ser tan tonta!

Debes haberte sentido muy solo aquí —le besa las mejillas, lo que está bien, porque él está demasiado aturdido para moverse—. Un valiente guerrero merece todo el apoyo que los civiles podamos darle —dice ella, moviendo una mano para abrirle la bragueta.

A continuación, se pone la lana gris sobre la cabeza y se hunde en busca de una nueva posición. Lawrence Pritchard Waterhouse queda aún más aturdido por lo que sucede a continuación. Mira el techo de la capilla con sus ojos entrecerrados y agradece a Dios por haberle enviado lo que evidentemente es una espía alemana y un ángel de misericordia, todo junto en un adorable envoltorio.

Cuando acaba, vuelve a abrir los ojos y respira profundamente el aire frío del Atlántico. Ve todo lo que le rodea con una claridad nueva. Está claro que Margaret va a hacer maravillas con su productividad en el frente criptológico… si consigue que ella continúe viniendo.

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