Criptonomicon
Sultán
E l gran visir de Kinakuta les conduce a las oficinas de su jefe, el sultán, y les deja solos durante unos minutos en una esquina de la mesa de reuniones, que para su construcción requirió de la extinción de toda una especie de madera tropical. Después de eso, se produce una carrera entre los fundadores de Epiphyte Corp. para ver quién puede soltar el primer comentario ingenioso sobre el tamaño de la deducción fiscal por espacio de oficina en casa del sultán. Se encuentran en el Nuevo Palacio, tres alas del cual encierran los jardines exóticos del antiguo y magnífico Viejo Palacio.
La sala de reuniones tiene un techo de diez metros de alto. Las paredes que dan al jardín están fabricadas por entero de vidrio, así que el efecto es como mirar a un terrario que contiene un modelo del palacio del sultán. Randy nunca ha sabido demasiado de arquitectura, y el vocabulario le falla vilmente. Lo mejor que podría decir es que se trata de una especie de cruce entre el Taj Mahal y Angkor Wat.
Para llegar aquí han tenido que recorrer un largo bulevar de palmeras, entrar por un vestíbulo de mármol abovedado, someterse a un detector de metales y cacheo, sentarse un rato en una antesala tomando té, quitarse los zapatos, dejar que un sirviente con turbante armado con una jarra decorada les vertiese agua de rosas tibia sobre las manos y. a continuación, recorrer como media milla de suelos de mármol y alfombras orientales. Tanto pronto como se cierra la puerta tras el culo del gran visir, Avi dice:
—Huelo a timo.
—¿Timo? —se mofa Randy—. ¿Crees que se trata de una proyección?
¿Crees que la mesa está hecha de fórmica?
—Todo es real —admite Avi con amargura—. Pero cuando alguien te dedica un trato semejante es que intentan impresionarte.
—Yo estoy impresionado —dice Randy—. Lo admito. Estoy impresionado.
—Eso no es más que un eufemismo para, «estoy a punto de hacer algo estúpido» —dice Avi.
—¿Qué vamos a hacer? Ésta no es la clase de reunión donde en realidad se hace algo, ¿no?
—Si te refieres a si vamos a firmar contratos, si vamos a intercambiar dinero, entonces no, no vamos a hacer nada. Pero van a pasar muchas cosas.
La puerta vuelve a abrirse y el gran visir guía al interior a un grupo de nipones. Avi baja la voz:
—Limítate a recordar que, al terminar el día, nosotros volveremos al hotel y el sultán se quedará aquí y que para nosotros esto no será más que un recuerdo. El hecho de que el sultán tenga un jardín muy grande no tiene la más mínima importancia.
Randy empieza a mosquearse: es tan evidente que resulta insultante mencionarlo. Pero parte del mosqueo se debe a que sabe que Avi le conoce perfectamente. Avi siempre le dice que no sea un romántico. Pero Randy no estaría aquí, haciendo esto, si no fuese un romántico.
Lo que lleva a la pregunta, ¿por qué lo hace Avi? Quizá tenga ilusiones románticas propias, cuidadosamente ocultas. Quizá sea por eso que los sentimientos de Randy le resulten tan evidentes. Quizás Avi esté advirtiéndose a sí mismo tanto como a los miembros de Epiphyte Corp.
En realidad, el grupo nuevo no es de nipones, sino de chinos, muy probablemente de Taiwán. El gran visir les muestra los sitios asignados, que están tan apartados que pueden intercambiar disparos espontáneos con Epiphyte Corp., pero no mantener una conversación sin emplear megáfonos. Pasan un minuto más o menos fingiendo que les importan los jardines y el Viejo Palacio. Luego, un hombre de constitución compacta y fuerte de unos cincuenta años pivota hacia Epiphyte Corp. y se acerca a ellos, trayéndose a rastras a una bandada de asistentes. A Randy le recuerda una simulación de ordenador que vio en una ocasión de un agujero negro atravesando una galaxia, transportando un séquito de estrellas. Randy reconoce vagamente la cara del hombre: ha aparecido impresa en revistas
de negocios más de una vez, pero no lo suficiente para que Randy recuerde su nombre.
Si Randy fuese algo más que un hacker, ahora tendría que dar un paso al frente y encargarse de los asuntos de protocolo. Sufriría mucho estrés y odiaría el proceso. Pero, gracias a Dios, toda esa mierda pasa directamente a Avi, que se adelanta para presentarse ante los taiwaneses. Se dan las manos y comienzan la rutina de intercambiar tarjetas. Pero el chino mira más allá de Avi, comprobando a los otros miembros de Epiphyte. Como Randy no le convence, se dirige a Eberhard Fóhr.
—¿Quién es Cantrell? —dice.
John está apoyado contra la ventana, muy probablemente intentando deducir la ecuación paramétrica que generó los pétalos de la planta carnívora de ocho pies de alto. Se gira para presentarse:
—John Cantrell.
—Harvard Li. ¿No recibió mis correos?
¡Harvard Li! Ahora Randy empieza a reconocerle. Fundador de la Harvard Computer Company, una empresa de tamaño medio, fabricante de clónicos de Taiwán.
John sonríe.
—Recibí como veinte mensajes de correo de un desconocido que decía ser Harvard Li.
—¡Eran míos! No comprendo qué quiere decir con que soy un desconocido. —Harvard Li es extremadamente enérgico, pero tampoco se muestra cabreado. Randy comprende que pertenece a esa raza de hombres que no tiene necesidad de recordarse que debe olvidar el romanticismo antes de un reunión.
—Odio el correo electrónico —dice John.
Harvard Li le mira a los ojos durante un rato.
—¿Qué quiere decir?
—La idea es buena. La ejecución muy pobre. La gente no mantiene ninguna medida de seguridad. Llega un mensaje que dice ser de Harvard Li y creen que realmente viene de Harvard Li. Pero el mensaje no es más que una estructura de puntos magnetizados en un disco duro. Cualquiera podría falsificarlo.
—Ah. Emplea el algoritmo de firma electrónica.
John lo medita con cuidado.
—No respondo a ningún mensaje de correo electrónico que no venga con firma digital. El algoritmo de firma digital se refiere a una técnica para firmarlos. Es una buena técnica, pero podría ser mejor.
Harvard Li comienza a asentir como a medio camino de la respuesta de John, reconociendo que tiene razón.
—¿Hay algún problema estructural? ¿O le preocupa la longitud de clave de quinientos doce bits? ¿Sería aceptable con una clave de mil veinticuatro bits?
Como tres frases después, la conversación entre Cantrell y Li pasa más allá del horizonte del conocimiento criptográfico de Randy, y su cerebro se desconecta. ¡Harvard Li es un loco de la criptografía! La ha estudiado personalmente; no sólo pagándole a los lacayos para que lean los libros y le pasen notas, sino recorriendo personalmente las ecuaciones, enfrentándose a las matemáticas.
La sonrisa de Lom Howard es amplia. Eberhard parece divertirse como nunca, y Beryl contiene una sonrisa. Randy intenta desesperadamente entender el chiste. A vi nota la confusión en el rostro de Randy, se pone de espaldas a los taiwaneses y frota el pulgar y los dedos: dinero.
Oh, sí. Tenía que ser algo relacionado con el dinero.
Harvard Li produjo algunos millones de PCs clónicos a principios de los noventa y los cargó con Windows, Word y Excel… pero de alguna forma consiguió olvidar firmarle un cheque a Microsoft. Hace como un año, Microsoft le dio una buena patada ante los tribunales y ganó una compensación inmensa. Harvard argumentó que estaba en la ruina: no tiene ni un penique a su nombre. Microsoft ha estado intentando demostrar que todavía tiene algunos millardos escondidos por ahí.
Está claro que Harvard Li ha estado pensando duramente sobre dónde meter dinero para que gente como Microsoft no pueda encontrarlo. Hay muchos métodos clásicos: la cuenta bancaria en Suiza, la corporación falsa, el gran proyecto inmobiliario en el interior de lo más profundo de China, barras de oro en una cámara acorazada. Esos trucos podrían salir bien con el gobierno medio, pero Microsoft es diez veces más inteligente, un centenar de veces más agresiva y no hay ninguna regla que la detenga. A Randy le
produce algo de repelús imaginarse en la situación de Harvard Li: perseguido a lo largo y ancho del planeta por los avanzadísimos perros de presa de Microsoft.
Harvard Li necesita dinero electrónico. No esa tontería que la gente usa para comprar camisetas en la red sin tener que dar números de tarjetas de crédito. Necesita algo realmente eficaz y cabrón, sostenido por una criptografía potente, almacenado en un refugio de datos fuera de las fronteras, y lo necesita para ayer. Así que no hay nada más lógico que el hecho de que envíe muchos mensajes de correo electrónico a John Cantrell.
Tom Howard se le acerca sigilosamente.
—La pregunta es: ¿es sólo Harvard Li o cree haber descubierto un nuevo mercado?
—Es muy probable que ambas cosas —es la suposición de Randy—.
Probablemente conoce a algunas otras personas a las que les gustaría tener un banco privado.
—Los misiles —dice Tom.
—Sí. —China ha estado mandando últimamente algunos misiles balísticos a Taiwán, como en el Salvaje Oeste cuando el malo dispara a los pies del bueno para hacerle bailar—. Ha habido asedios de bancos en Taipei.
—En cierta forma —dice Tom—, esos tipos son miles de veces más inteligentes que nosotros, porque nunca han tenido una moneda de la que depender. —El y Randy miran a John Cantrell, que ya tiene los brazos cruzados sobre el pecho y ofrece una disquisición sobre la función Totient de Euler mientras Harvard Li asiente atentamente y sus empollones de servicio toman notas frenéticas en cuadernos. Avi está muy alejado, mirando el Viejo Palacio, mientras contempla en su mente las ramificaciones de todo esto: florecen, se extienden y se enroscan unas alrededor de otras como si se tratase de un jardín tropical enloquecido.
Otras delegaciones entran en la sala siguiendo al visir y reclaman porciones de la mesa. El Dentista viene con sus Nornas, Furias, Higienistas o como se llamen. Hay un grupo de blancos que hablan con acento australiano. Exceptuándolos, todos los demás son asiáticos. Algunos hablan entre ellos y otros levantan las cabeza y observan la conversación entre Harvard Li y John Cantrell. Randy los va repasando por turnos: Asiáticos
de Malos Trajes y Asiáticos de Buenos Trajes. Los primeros exhiben cortes militares, piel manchada de nicotina y parecen asesinos. Visten trajes malos no porque no puedan permitirse los buenos, sino porque no les importa un rábano. Vienen de China. Los Asiáticos de Buenos Trajes tienen cortes de pelo de mantenimiento elevado, gafas de París, piel limpia, sonrisas fáciles.
En su mayoría vienen de Nipón.
—Quiero intercambiar claves, ahora mismo, para que podamos enviarnos correos —dice Li, y le hace un gesto a un ayudante, quien corre al borde de la mesa y abre un portátil—. Algo algo Ordo —dice Li en cantones. El asistente apunta y pulsa.
Cantrell mira sin expresión a la mesa. Se agacha para mirarla por debajo. Se acerca y palpa con la mano bajo el borde.
Randy se inclina para dar un vistazo. Se trata de una de esas mesas de reuniones de alta tecnología con líneas eléctricas y de comunicación integradas, de forma que los visitantes puedan conectar los portátiles sin tener que tender cables por todas partes y pelearse por los enchufes. La superficie debe estar llena de conductos. No hay ningún cable visible que la conecte con el mundo. Las conexiones deben viajar por las patas y meterse en el suelo hueco. John sonríe, se vuelve a Li y niega con la cabeza:
—Normalmente diría que bien —dice—, pero en el caso de un cliente con sus exigencias de seguridad, no estamos en un lugar aceptable para intercambiar claves.
—No planeo utilizar el teléfono —dice Li—, podemos intercambiarlas en floppies.
John golpea la mesa.
—No importa. Haga que alguien de su personal busque sobre Phreaking van Eck. Con «p—h», no «f» —le dice al asistente que está tomando nota.
Luego, al sentir que Li precisa un resumen rápido, dice—: Pueden conocer el estado de su ordenador escuchando las ligeras emisiones de radio que salen de los chips.
—Ahhhhh —dice Li, e intercambia miradas cargadas de sentido con sus asistentes, como si eso hubiese dado respuesta a algo que les hubiese estado dando la coña durante meses.
Alguien comienza a gritar a pleno pulmón al otro extremo de la sala, no por donde entraron los invitados, sino el otro. Es un tipo vestido de forma
similar al gran visir, pero no tan recargada. En cierto momento cambia al inglés, el mismo dialecto del inglés empleado por los asistentes de vuelo de las líneas aéreas extranjeras, que les han dicho tantas veces a los pasajeros que inserten la lengüeta de metal en la hebilla que les sale de la boca en una única confusión flemosa. Hombrecitos kinakutas vestidos con buenos trajes comienzan a entrar en la habitación. Toman asientos alrededor de la parte principal de la mesa, que es lo suficientemente amplia para servir como escenario de la Ultima Cena. En la posición de Jesús hay un sillón especialmente grande. Es lo que obtendrías si te dirigieses a un diseñador finés con la cabeza, afeitada y gafas sin montura y doble doctorado en semiótica e ingeniería civil, le firmases un cheque en blanco y le pidieses que te diseñase un trono. Detrás hay otra mesa para los lacayos. De fondo, toneladas de obras de arte sin precio: un friso erosionado, amputado de alguna ruina de la jungla.
Todos los invitados gravitan instintivamente hacia sus posiciones alrededor de la mesa, y se quedan de pie. El gran visir los mira fijamente por turnos. Un hombre pequeño se desliza en la habitación, mira con expresión vacía el suelo frente a él, aparentemente sin haberse dado cuenta de que hay más personas presentes. Tiene el pelo lacado contra el cráneo, y su apariencia corpulenta queda minimizada por la magia de Savile Row. Se acomoda sobre el trono, lo que parece una brutal violación de la etiqueta hasta que Randy comprende que se trata del sultán.
De pronto, todos se han sentado. Randy retira su silla y se sienta en ella.
Las profundidades de cuero lo absorben como el guante de un receptor a la pelota. Está a punto de sacar el portátil, pero en este entorno tanto una bolsa de nylon como el ordenador de plástico quedan algo horteras. Además, debe resistirse a la tendencia estúpida de tomar notas continuamente. El mismo Avi ha dicho que no va a pasar nada en la reunión; todo lo importante va a ir en el subtexto. Además, está el asunto del phreaking Van Eck, que Cantrell probablemente mencionó sólo para volver paranoico a Harvard, pero que también ha afectado a Randy. Opta por un cuaderno de papel milimetrado —la respuesta de los ingenieros al cuaderno corriente— y un bonito bolígrafo desechable.
El sultán manifiesta un acento de Oxford con algunos rastros de ajo y pimienta roja entre los dientes. Habla durante unos quince minutos.
La sala contiene unas docenas de cuerpos vivos, cada uno de ellos un gran saco de intestinos y fluidos tan comprimidos que saltarían unos metros si los rajasen. Cada uno de ellos está construido alrededor de una armadura de 206 huesos conectados entre sí por uniones con tendencia a fallar, dadas a crujidos, chirridos y taponazos desagradables cuando ya no se encuentran en sus mejores condiciones. La estructura está rodeadas de filetes que laten, inflados con sacos de aire apretados, y atravesados por un alcantarillado gordiano lleno de ácido burbujeante y gas comprimido y rebosando de enzimas y disolventes asquerosos producidos por muchas pepitas oscuras de carne programada genéticamente enhebradas a toda su longitud. Por todo ese dédalo descuidado se obliga a pasar, por medio de convulsiones en serie, a masas de comida en disolución, para que se transforme en gas, líquido y materia sólida que debe evacuarse periódicamente al exterior para evitar que su dueño muera por intoxicación. Cámaras esféricas llenas de gelatina giran en cuencas engrasadas con mucosidades. Falanges infinitas de cilios rechazan partículas invasoras, envolviéndolas en una sustancia viscosa para su posterior eliminación. En cada cuerpo, un músculo central se debate en un eterno torrente circular de salsa presurizada. Y sin embargo, a pesar de todo esto, ninguno de los cuerpos produce ni el más mínimo sonido durante el discurso del sultán. Es una maravilla que sólo puede explicarse por el poder del cerebro sobre el cuerpo y, a su vez, del condicionamiento cultural sobre el cerebro.
Su anfitrión intenta mostrarse apropiadamente sultánico: ofreciendo visión y dirección sin verse atrapado en las arenas movedizas de la administración. La visión básica (o eso parece al principio) es que Kinakuta ha sido siempre un cruce de caminos, un lugar de encuentro de culturas: los malayos originales. Foote y su dinastía de sultanes blancos. Los filipinos con sus gobernadores españoles, americanos y nipones al este. Musulmanes al oeste. Anglos al sur. Numerosas culturas del sureste asiático al norte. Los chinos por todas partes, como siempre. Los nipones cuando se encuentran de ánimo aventurero, y (por lo que pudiese valer) las tribus neolíticas que habitan el interior de la isla.
Por tanto, nada más natural que los kinakuteses del presente tiendan gruesos cables de fibra óptica en todas direcciones, se conecten a todas las
compañías de telecomunicaciones internacionales más importantes a su alcance, y se conviertan en un bazar digital.
Todos los invitados asienten con seriedad ante la inteligencia del sultán, su magistral habilidad para combinar las tradiciones antiguas de su país con la tecnología moderna.
Pero no se trata más que de una analogía superficial, confiesa el sultán.
Todos asienten algo más vigorosamente que antes: es cierto, todo lo que el sultán acaba de decir no son más que gilipolleces. Varias personas toman notas, no sea que pierdan el hilo de lo que dice.
Después de todo, dice el sultán, la posición física ya no importa en un mundo digitalizado e interconectado. El ciberespacio no conoce fronteras.
Todos asienten con energía excepto, por un lado, John Cantrell, y, por el otro, los chinos de aspecto feroz.
Pero eh, sigue diciendo el sultán, ¡no son más que cantos de ciberanimadoras tontas! ¡Qué gilipollez! ¡Claro que importa la posición geográfica y las fronteras! En ese momento la habitación queda sumida en la penumbra a medida que la luz que penetra por las ventanas queda reducida por alguna especie de mecanismo en el mismo vidrio: persianas de cristal líquido, o algo similar. Bajan pantallas previamente ocultas en ranuras ingeniosamente colocadas en el techo. Esa diversión salva las vértebras cervicales de muchos presentes que están a punto de asentir aún con mayor fuerza ante el último giro del sultán. Mierda, ¿la situación física importa o no importa en el ciberespacio? ¿De qué estamos hablando? ¡No estamos en una asociación de debate de Oxford! ¡Al grano!
El sultán arremete con algunos gráficos: un mapa del mundo en una de esas proyecciones políticamente correctas que hacen que América y Europa parezcan arrecifes bloqueados por el hielo del gran Ártico. Superpuestas al mapa hay líneas rectas, cada una uniendo dos ciudades importantes. La red de líneas se vuelve más y más densa a medida que habla el sultán, obscureciendo casi por completo las masas terrestres y también los océanos.
Esa, les explica el sultán, es la visión convencional de Internet: una red descentralizada que conecta cada lugar con todos los demás, sin cuellos de botella o, si te parece mejor el término, embudos.
¡Siguen siendo gilipolleces! Aparece un nuevo gráfico: el mismo mapa, diferente estructura de líneas. Ahora tenemos redes entre países, en
ocasiones entre continentes. Pero entre países, y especialmente entre continentes, sólo hay unas pocas líneas. No se parece en nada a una red.
Randy mira a Cantrell, que asiente ligeramente.
—Muchos partisanos de la Red están convencidos de que la Red es robusta porque sus líneas de comunicación están distribuidas por igual por todo el planeta. De hecho, como puede verse en ese gráfico, casi todo el tráfico web intercontinental pasa por un número pequeño de embudos.
Normalmente esos embudos son controlados y vigilados por gobiernos locales. Por tanto, está claro que cualquier aplicación de Internet que desee mantenerse al margen de la interferencia gubernamental está condenada desde el principio por lo que es un problema estructural fundamental.
«… mantenerse al margen de la interferencia gubernamental.» Randy no puede creer lo que oye. Si el sultán fuese un hacker desaliñado que estuviese hablando a una sala llena de criptoanarquistas sería una cosa. Pero el sultán es el gobierno, por el amor de dios, y la sala está llena de miembros con carné del establishment.
¡Como esos chinos de aspecto temible! ¿Quién coño son? Nadie podría convencer a Randy de que de algún modo no están relacionados con el gobierno chino.
—Los cuellos de botella no son más que una de las barreras estructurales para la creación de un ciberespacio libre, soberano e independiente de la situación geográfica —sigue diciendo el sultán con total alegría.
«¿Soberano?»
—El otro es el conjunto heterogéneo de leyes, y en realidad de sistemas legales, para tratar la intimidad, la libre expresión y las telecomunicaciones.
Aparece otro gráfico. Cada país de un color, tono y dibujo según un esquema de complejidad amenazadora. Una compleja leyenda al fondo intenta bastante tontamente explicarla. Migraña instantánea. Ésa es, por supuesto, la idea.
—La política de cualquier sistema legal con respecto a la intimidad es, normalmente, el resultado de cambios pequeños producidos durante siglos por tribunales y cuerpos legislativos —dice el sultán—. Con todos los respetos, sólo una parte pequeña es relevante para las preocupaciones modernas de intimidad.
Vuelve la luz, el sol entra alegre por los ventanales, las pantallas desaparecen silenciosas en el techo y todos se sorprenden ligeramente al ver que el sultán está en pie. Se aproxima a un tablero de Go enorme y (por supuesto) recargado y de aspecto caro, cubierto con una serie compleja de piedras blancas y negras.
—Quizá pueda hacer una analogía con el Go, aunque el ajedrez nos valdría igual. Dada nuestra historia, los kinakuteses estamos bien versados en ambos juegos. Al comienzo del juego, las piezas están dispuestas de una forma que es simple y fácil de comprender. Pero el juego progresa. Los jugadores toman pequeñas decisiones, turno a turno, cada decisión razonablemente simple por sí misma, y realizada por buenas razones que incluso un novato puede comprender. Pero después de muchos turnos, la estructura desarrolla tal complejidad que sólo las mejores mentes, o los mejores ordenadores, pueden comprenderla. —El sultán mira pensativo el tablero de Go mientras habla. Levanta la vista y comienza a establecer contacto visual por toda la sala—. La analogía está clara. Nuestras políticas relativas a la libertad de expresión, telecomunicaciones y criptografía han evolucionado a través de una serie de decisiones simples y racionales. Pero hoy en día son tan complejas que nadie puede comprenderlas, incluso en un único país, por no decir nada de todos los países en su conjunto.
El sultán hace una pausa y camina meditabundo alrededor del tablero de Go. A estas alturas los invitados han renunciado en su mayoría a los asentimientos obsequiosos y las notas. Ahora nadie es táctico, todos escuchan con genuino interés, preguntándose qué va a decir a continuación.
No dice nada. En lugar de eso, pasa un brazo sobre el tablero y, con un movimiento rápido, barre todas las piedras. Llueven sobre la alfombra, se deslizan sobre la piedra pulida, traquetean sobre la mesa.
Se produce un silencio de unos quince segundos. El sultán se muestra pétreo. Luego, de pronto, se alegra.
—Es hora de empezar de nuevo —dice—. Algo muy difícil de hacer en un gran país, donde las leyes las escriben cuerpos legislativos, las interpretan los jueces atados por viejos precedentes. Pero estamos en el sultanato de Kinakuta y yo soy el sultán y yo digo que aquí la ley debe ser muy simple: libertad total de información. Por la presente, abdico todos los poderes gubernamentales sobre el flujo de datos a través y dentro de mis
fronteras. Bajo ninguna circunstancia ninguna parte de este gobierno fisgará en el flujo de información, o empleará su poder para restringir tal flujo. Esta es la nueva ley de Kinakuta. Les invito, caballeros, a hacer lo que puedan con ella. Gracias.
El sultán se da la vuelta y deja la sala entre una ovación solemne. Éstas son las reglas, chicos. Ahora, corred y jugad.
El doctor Mohammed Pragasu, el ministro de Información de Kinakuta, se levanta ahora de su silla (que, naturalmente, se encuentra a la derecha del trono del sultán) y toma la palabra. Su acento es casi tan americano como británico el del sultán; estudió en Berkeley y obtuvo el doctorado en Stanford. Randy conoce a varias personas que trabajaron y estudiaron con él durante esos años. Según ellos, Pragasu raramente se presentaba a trabajar vistiendo algo que no fuese una camiseta y unos vaqueros, y mostraba un gran apetito por la cerveza y la pizza como cualquier otro no Mohammed. Nadie tenía ni idea de que era primo segundo del sultán, ni de que, por sí mismo, valía algunos centenares de millones.
Pero eso fue hace diez años. En la historia reciente, en sus tratos con Epiphyte Corp., se ha presentado mejor vestido, con mejor comportamiento, pero estudiadamente informal: tuteo, por favor. Al doctor Pragasu le gusta que le llamen Prag. Todas las reuniones han comenzado con un intercambio desinhibido de los chistes más recientes. Luego Prag pregunta por sus antiguos compañeros de estudios, que en su mayoría ahora trabajan en Silicon Valley. Pide consejo sobre las últimas y más codiciadas acciones tecnológicas, rememora durante unos minutos la época salvaje que pasó en California, y luego a los negocios.
Hasta ahora, ninguno de ellos ha visto a Prag en su verdadero elemento.
Es algo difícil mantener el rostro serio, como si un viejo compañero de colegio hubiese alquilado un traje, falsificado un carné de identidad y ahora estuviese bromeando en una estirada reunión de negocios. Pero el porte del doctor Pragasu es tan solemne que resulta impresionante, tendiendo a lo opresivo.
Los chinos al otro lado de la mesa parecen el monte Rushmore maoísta; es imposible imaginar que alguno de ellos haya sonreído alguna vez. Están recibiendo una traducción directa de lo que se dice a través de auriculares,
conectados a través de la mesa misteriosa a una sala de calderas llena de intérpretes.
La atención de Randy vaga. La charla de Prag le resulta aburrida porque está repasando aspectos técnicos que él ya conoce al dedillo, apoyadas en analogías simples pensadas para tener algo de sentido al ser traducidas al mandarín, cantones, nipones, o lo que sea. Randy comienza a mirar al resto de la mesa.
Hay una delegación de filipinos. Uno de ellos, un gordo de unos cincuenta años, le resulta terriblemente familiar. Como es habitual.
Randy no recuerda su nombre. Y hay otro tipo que llega tarde, solo, y es guiado hasta una silla solitaria en el extremo más alejado: puede que sea filipino con un montón de sangre española, pero es más probable que sea latinoamericano o europeo del sur o, simplemente, un norteamericano cuyos antepasados vinieren de esos lugares. En cualquier caso, apenas se ha sentado en la silla cuando saca un móvil, marca un número muy largo y comienza una conversación tensa en voz baja. Continuamente mira al resto de la mesa, examinando cada delegación, para lanzar luego breves descripciones al móvil. Parece perplejo de estar aquí. Ninguno de los que le ven puede dejar de notar su sigilo. Ninguno de los que lo notan pueden evitar preguntarse cómo adquirió ese sigilo. Pero al mismo tiempo, posee un aura hosca que Randy no nota hasta que sus ojos negros miran a los de Randy como los cañones gemelos de una derringer. Randy devuelve la mirada, demasiado perplejo y estúpido para apartar la vista, y una especie de información desconocida pasa del hombre del móvil hasta él por los rayos gemelos de luz negra que salen de los ojos del hombre.
Randy comprende que él y el resto de Epiphyte(2) Corp. han caído entre ladrones.
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