Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 92 de 106

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Esclavos

A ntes de arder, la gente huele de muchas formas diferentes, pero sólo de una después del fuego. Mientras los chicos del ejército de tierra guían a Waterhouse por entre la oscuridad, olisquea con cautela, con la esperanza de no tener que oler ese hedor.

En general huele a petróleo, diesel, acero caliente, el olor fuerte azufrado de la goma quemada y la munición explotada. Esos olores son extraordinariamente intensos. Llena los pulmones del tufo, lo expulsa. Y es entonces, claro, cuando recibe un airecillo de barbacoa y sabe que esa isla cubierta de cemento es, entre otras cosas, un crematorio.

Sigue a los chicos del ejército de tierra por entre túneles manchados de negro que atraviesan una matriz abigarrada de cemento, albañilería y roca sólida. Primero estuvieron las cuevas, abiertas en la piedra por la lluvia y las olas, luego agrandadas y racionalizadas por los españoles con cinceles, martillos y pólvora. Luego llegaron los norteamericanos con ladrillos y finalmente los nipones con cemento reforzado.

Mientras se abren camino por entre el laberinto, pasan por unos túneles que aparentemente actuaron como sopletes: las paredes han quedado completamente limpias, como si un torrente las hubiese recorrido durante un millón de años, con charcos plateados en el suelo allí donde las armas y los archivadores se fundieron. El calor almacenado sigue radiando de las paredes, sumándose al calor del clima filipino, haciéndoles sudar aún más, si tal cosa es posible.

Otros pasillos, otras salas, no fueron más que remansos en el río de fuego. Mirando por las puertas, Waterhouse puede ver libros que quedaron

chamuscados pero no ardieron, papel ennegrecido saltando de archivadores reventados...

—Un momento —dice. Su escolta se gira en el momento justo para verle agacharse y atravesar una puerta baja para entrar en una habitación pequeña en la que algo le ha llamado la atención.

Es un armario pesado de madera, ahora en su mayoría transmutado en carbón vegetal, por lo que da la impresión de que el armario ha desaparecido pero su sombra persiste. Alguien ya ha arrancado una de las puertas de las bisagras, permitiendo que confeti negro cubriese el suelo. El armario estaba lleno de tiras de papel, en su mayoría ahora quemadas, pero metiendo la mano en el montón de cenizas (¡lentamente!, todo está todavía caliente), Waterhouse saca un fajo intacto.

—¿Qué clase de dinero es ése? —pregunta el tipo del ejército de tierra.

Waterhouse saca un billete de arriba. La parte alta lleva impresos caracteres japoneses y una imagen grabada de Tojo. Le da la vuelta. Por detrás dice en inglés: DIEZ LIBRAS.

—Moneda australiana —dice Waterhouse.

—A mí no me parece australiana —dice el tipo del ejército de tierra mirando con furia a Tojo.

—Si los nipos hubiesen ganado... —dice Waterhouse y se encoge de hombros. Lanza el montón de billetes de diez libras al montón de cenizas de historia y se lleva al pasillo el que ha cogido. Siguiendo el techo han colgado una guirnalda de bombillas. La luz se refleja en el suelo sobre lo que parecen charcos de mercurio: los restos de pistolas, hebillas de cinturón, archivadores de acero y pomos de puertas, fundidos en el holocausto y ya solidificados.

La letra pequeña del billete dice: BANCO DE LA RESERVA IMPERIAL, MANILA.

—¡Señor! ¿Está bien? —dice el tipo del ejército de tierra.

Waterhouse se da cuenta de que lleva un rato pensando.

—Sigamos —dice, y se mete el billete en el bolsillo.

Estaba pensando si estaría bien llevarse parte de ese dinero consigo.

Está bien coger recuerdos, pero no saquear. Así que puede coger el dinero si no tiene valor, pero no si es dinero de verdad.

Ahora bien, alguien que no estuviese tan inclinado a considerarlo y meditarlo todo hasta la enésima potencia llegaría inmediatamente a la conclusión de que, después de todo, ese dinero no tiene el más mínimo valor porque los japoneses no ocuparon Australia y no lo harán jamás.

Por tanto, ese dinero no es más que un recuerdo, ¿no?

Probablemente. El dinero a todos los efectos carece de valor. Pero si Waterhouse encontrase un verdadero billete australiano de diez libras y leyese la letra pequeña, probablemente también llevaría el imprimátur de algún banco de la reserva.

Dos trozos de papel, cada uno afirmando valer diez libras, cada uno con aspecto oficial, cada uno portando el nombre de un banco. Uno de ellos un recuerdo sin valor y el otro moneda de curso legal para todas las deudas públicas y privadas. ¿Y eso?

Al final todo se reduce a que la gente confía en las promesas impresas en uno de esos trozos de papel pero no en las del otro. Creen que podrían llevar el verdadero billete australiano a un banco de Melbourne, ponerlo sobre el mostrador y recibir plata u oro —o al menos algo— a cambio.

La confianza da para mucho, pero en algún momento, si vas a mantener estable una moneda, debes demostrar su valor o callarte. En algún lugar debes tener un cargamento de oro. Más o menos cuando se producía la evacuación de Dunkerque, cuando los británicos aguardaban la invasión inminente de sus islas por parte de los alemanes, cogieron todas sus reservas de oro, las cargaron en algunos acorazados y barcos de pasaje y las enviaron al otro lado del Atlántico, a bancos en Toronto y Montreal. Eso les hubiese permitido mantener su moneda a flote incluso si los alemanes hubiesen conquistado Londres.

Pero los japoneses tienen que jugar con las mismas reglas que todos los demás. Oh, claro, puedes obtener la sumisión de los pueblos conquistados asustándolos, pero no va muy bien ponerle a alguien un cuchillo al cuello y decir: «Quiero que creas que este trozo de papel vale diez libras esterlinas.»

Puede que diga que lo cree, pero no lo creerá de verdad. No actuará como si lo creyese. Y si la gente no actúa de esa forma, entonces no hay moneda, los trabajadores no reciben su paga (puedes esclavizarlos, pero sigues teniendo que pagar a los esclavistas), la economía deja de funcionar, y no puedes extraer los recursos naturales que, en primer lugar, te hicieron

conquistar el país. Básicamente, si vas a administrar una economía, debes tener una moneda. Cuando alguien entra en un banco con uno de tus billetes, debes poder darle oro a cambio.

Los nipones son unos maníacos planeándolo todo. Waterhouse lo sabe; ha estado leyendo sus mensajes descifrados durante doce, dieciocho horas al día durante un par de años, y sabe cómo piensan. Sabe, con tanta seguridad como sabe tocar una escala en re mayor, que los nipones deben haber meditado sobre el problema de respaldar su moneda imperial, no sólo para Australia, sino también en Nueva Zelanda, Nueva Guinea, Filipinas, Hong Kong, China, Indochina, Manchuria... ¿Cuánto oro y plata te haría falta para convencer a tantos seres humanos de que tu papel moneda vale algo en realidad? ¿Dónde lo guardarías?

El escolta le guía un par de niveles más abajo y finalmente hasta una sala sorprendentemente grande en lo más profundo. Si están en los intestinos de la isla, ése debe ser el apéndice vermiforme o algo así. Tiene forma de glóbulo, con las paredes en su mayoría lisas y acanaladas, cortadas por los escoplos allí donde consideraron conveniente agrandarla.

Las paredes siguen frías y también lo está el aire.

En esa sala hay mesas largas. Y al menos tres docenas de sillas vacías, así que Waterhouse al principio olisquea el aire con cuidado, temiendo oler a gente muerta. Pero no.

Vaya una cosa. Está en el centro de la roca. Sólo hay una forma de llegar hasta esa sala. No hay forma de obtener un buen tiro hasta ese sitio

—nada de efecto soplete—, aparentemente, nada de fuego. La habitación se libró. El aire es tan espeso como una salsa fría.

—Encontramos cuarenta muertos en esta sala —dice el escolta.

—¿De qué murieron?

—De asfixia.

—¿Oficiales?

—Un capitán japonés. El resto esclavos.

Antes de que empezase la guerra, para Lawrence Waterhouse el término

«esclavo» le era tan obsoleto como «tonelero» o «velero». Ahora que los nazis y los nipones han resucitado la esclavitud, lo oye continuamente. La guerra es extraña.

Desde que entró en la cámara sus ojos se han estado ajustando a la baja iluminación. Hay una única bombilla de 25 vatios para toda la sala y las paredes absorben casi toda la luz.

Puede ver cosas cuadradas sobre las mesas, una frente a cada silla.

Cuando entró pensó que eran hojas de papel; en realidad, algunas lo son.

Pero a medida que se acostumbra a la luz puede ver que en su mayoría son marcos vacíos, salpicados con patrones abstractos de puntos redondos.

Busca la linterna y le da al interruptor. En general, lo que consigue es crear un cono amarillo desdibujado de humo grasiento, que se agita pesado y perezoso frente a él. Avanza ahuyentando el humo y se inclina sobre la mesa.

Es un ábaco, las cuentas todavía congeladas en medio de un cálculo. A dos pies hay otro. Y luego otro.

Se vuelve para mirar al tipo del ejército de tierra.

—¿Cuál es el plural de ábaco?[29]

—¿Perdone, señor?

—¿Digamos que ábacos?

—Lo que usted diga, señor.

—¿Alguno de sus hombres ha tocado estos abacos?

Se produce una discusión agitada. El tipo del ejército de tierra debe conferenciar con varios soldados, enviar recaderos a entrevistar a otro y realizar un par de llamadas de teléfono. Es una buena señal; hay muchos hombres que simplemente hubiesen dicho «no, señor», o lo que creyesen que Waterhouse quería oír, y él no sabría si estaban diciendo la verdad. Este tipo parece entender que para Waterhouse es importante recibir una respuesta sincera.

Waterhouse recorre las filas de mesas con las manos cuidadosamente juntas a su espalda, mirando los ábacos. Junto a la mayoría de ellos hay una hoja de papel, o todo un cuaderno, con un lápiz a mano. Todo está cubierto de números. De vez en cuando ve un carácter chino.

—¿Alguno de vosotros vio los cuerpos de los esclavos? —le dice a uno de los soldados.

—Sí, señor. Ayudé a sacarlos.

—¿Parecían filipinos?

—No, señor. Parecían asiáticos normales.

—¿Chinos, coreanos o algo así?

—Sí, señor.

Después de unos minutos llega la respuesta: nadie admite haber tocado un abaco. Esta cámara fue la última zona de la fortaleza a la que llegaron los norteamericanos. Los cuerpos de los esclavos se encontraron en su mayoría apilados cerca de la puerta. El cuerpo del oficial nipón estaba en el fondo del montón. La puerta había sido cerrada desde dentro. Es una puerta metálica, y está ligeramente pandeada hacia fuera: el fuego de arriba sacó de golpe todo el aire de la habitación.

—Vale —dice Waterhouse—. Voy a volver arriba e informar a Brisbane.

Personalmente voy a desmontar esta sala como si fuese un arqueólogo.

Asegúrese de que no se toca nada. Especialmente los abacos.

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