Criptonomicon
Diluvio
A Goto Dengo le lleva como medio minuto vadear la estrecha entrada del túnel. Con los dedos de una mano toca la cubierta de piedra que tiene sobre la cabeza, palpando las heridas de la perforación. A su espalda puede oír a los cuatro miembros de su equipo adelantándose también, murmurando entre sí.
Sus dedos tocan un borde y se abren a un espacio vacío y oscuro; ahora está en el interior del túnel principal. Se pone en pie y se adelanta. Para él, la oscuridad perfecta le resulta acogedora y tranquilizante, en su interior siempre puede fingir que sigue siendo un muchacho, allá en Hokkaido.
Puede fingir que los últimos años de su vida no han pasado nunca.
Pero de hecho es un adulto atrapado en un agujero en Filipinas y rodeado de demonios. Abre la válvula de una lámpara de cabeza de acetileno y le da la vida. A partir de ese punto, es perfectamente capaz de moverse por el interior del Gólgota a ciegas, pero su equipo no lo es, y los deja muy atrás. Se golpea el dedo del pie de forma brutal contra un enorme lingote de oro que alguien, por descuido, ha dejado tendido sobre los raíles, y lanza una maldición.
—¿Va todo bien, teniente? —dice uno del equipo, a cincuenta metros a su espalda.
—Genial —dice Goto Dengo, en voz alta y clara—. Vosotros cuatro tened cuidado de no romperos los dedos de los pies con este lingote.
Ahora Wing, Rodolfo y sus hombres, que esperan más adelante, saben qué número de soldados nipones tienen que matar.
—¿Dónde están los últimos trabajadores? —grita uno de los soldados.
—En la bóveda de los tontos.
Les lleva varios minutos atravesar la bóveda principal porque está abarrotada de tesoros. El núcleo estrellado de la galaxia debe tener este aspecto. Suben por el pozo en el techo y llegan hasta el Salón de la Gloria.
Goto Dengo encuentra los cables desnudos que llevan hasta la bombilla eléctrica y los conecta a los terminales de la batería. Como el voltaje es incorrecto, la bombilla tiene el aspecto de una mandarina flotando sobre la tinta.
—Apagad las lámparas de cabeza —dice Goto Dengo—, para reservar combustible. Dejaré la mía encendida por si hay alguna interrupción de la corriente.
Saca un puñado de algodón blanco de una caja estéril. Es el objeto más blanco y limpio que ha visto en varios años. Lo rompe en pequeños tapones, como el padre Ferdinand rompiendo el pan para la misa, y los pasa a los hombres, que se los meten ritualmente en los oídos.
—No hay más tiempo para malgastar —aúlla—. El capitán Noda debe estar impacientándose.
—¡Señor! —dice uno de los hombres poniéndose firme y ofreciéndole un par de cables marcados como DEMOLICIÓN DEL TÚNEL
PRINCIPAL.
—Muy bien —dice Goto Dengo, y conecta los cables a un par de bornes en una caja interruptora de madera.
Le parece como si debiese decir algo ceremonioso, pero no se le ocurre nada. Hay nipones muriendo por todo el Pacífico sin que primero puedan lanzar un discurso.
Aprieta los dientes, cierra los ojos y le da al interruptor.
La onda expansiva atraviesa primero el suelo, golpeándoles la suela de los zapatos como una tabla. Un momento más tarde viene por el aire y les golpea como si fuese un muro de piedra en movimiento. Parece como si el algodón no sirviese para nada. Goto Dengo siente que sus ojos saltan en sus cuencas. Todos sus dientes se comportan como si los estuviesen arrancando de las encías con cinceles helados. Todo el aire sale de sus pulmones. Están vacíos por primera vez desde el momento en que nació. Como bebés recién nacidos, él y los otros hombres no pueden más que retorcerse y mirar a su alrededor aterrados hasta que los cuerpos recuerdan cómo volver a respirar.
Uno de los hombres trajo una botella de sake, que se hizo añicos. Se pasan el fondo roto de la botella, y cada uno toma un sorbo de lo que queda.
Goto Dengo intenta sacarse los algodones de los oídos y descubre que la onda expansiva los ha metido tan adentro que no puede extraerlos. Se limita a gritar:
—Comprobad la hora. —Todos los hacen—. En dos horas, el capitán Noda volará el tapón en el fondo del lago y llenará las trampas de agua.
Mientras tanto, tenemos trabajo que hacer. Todos conocéis vuestra tarea...
¡A trabajar!
Todos dicen hai, se viran sobre los talones y se separan. Es la primera vez que Goto Dengo ha enviado hombres a morir. Pero en cualquier caso, ya estaban muertos, por lo que no sabe exactamente qué sentir.
Si todavía creyese en el emperador —si todavía creyese en la guerra—
no le daría mayor importancia. Pero si todavía creyese no haría lo que está a punto de hacer.
Es importante mantener la apariencia de que se trata de una operación normal, así que desciende a la cámara para realizar su siguiente tarea asignada: inspeccionar lo que solía ser la entrada principal. La bóveda está llena de una nube de polvo de roca que aprieta su tráquea como un puño agarrando una cuerda. Su lámpara de acetileno sólo consigue que el polvo reluzca, ofreciéndole una visibilidad de quizás unas seis pulgadas. Lo único que puede ver son los lingotes frente a su cara, que siguen brillando bajo una fina capa de polvo y humo. La onda expansiva ha trastornado lo que solían ser ordenados montones de cajas y lingotes y ha convertido el tesoro en un montón informe del que siguen cayendo avalanchas mientras buscan su ángulo de reposo. Un lingote de oro de 75 kilos se desliza montón abajo como una vagoneta desbocada, surgiendo de entre la nube de polvo, y tiene que dar un salto para apartarse. Del techo roto siguen cayendo trocitos de roca que le golpean el casco.
Se sube con cuidado al montón, respirando sobre lo que solía ser un tapón de algodón, hasta que puede ver lo que solía ser el túnel principal. La dinamita ha hecho lo que debía: ha convertido el techo del túnel en un billón de fragmentos. Caídos sobre el suelo, ocupan un volumen mayor que la misma masa de piedra cuando formaba una sola pieza. El túnel está lleno de toneladas de piedra suelta, hasta llegar a la misma entrada junto al río
Tojo, donde los hombres del capitán Noda trabajan ahora mismo, ocultando las pequeñas heridas tras rocas de río.
Siente más que oye una pequeña explosión, y sabe que algo va mal.
Nadie debería estar provocando explosiones ahora mismo.
Los movimientos en ese lugar son angustiosamente lentos, como en una pesadilla cuando intentas huir de un demonio. Le lleva tanto tiempo regresar al Salón de la Gloria que casi no tiene sentido hacerlo; lo que estuviese sucediendo ya ha terminado cuando llega.
Lo que ve al llegar es un grupo de tres hombres que le esperan: Wing, Rodolfo y el filipino llamado Bong.
—¿Los soldados?
—Muertos todos —dice Rodolfo rotundo, irritado por lo estúpido de la pregunta.
—¿Los otros?
—Uno de los soldados lanzó una granada. Se mató a sí mismo y a mis dos hombres —dice Wing.
—Otro soldado oyó la granada y tenía el cuchillo listo cuando Agustín fue a por él —dice Bong. Agita la cabeza con pena—. No creo que Agustín estuviese preparado para matar a un hombre. Vaciló.
Goto Dengo mira fijamente a Bong, fascinado: —¿Y tú?
Durante un momento Bong no comprende la pregunta. Luego le llega la iluminación.
—Oh, no, no vacilé, teniente Goto. En una ocasión un soldado nipón hizo daño a mi hermana, de una forma muy poco apropiada.
Goto Dengo permanece allí en silencio durante un rato, hasta que nota que los otros hombres le miran expectantes. Comprueba la hora. Le sobresalta comprobar que sólo ha pasado media hora desde que produjo la explosión.
—Tenemos una hora y media hasta que se llenen las trampas de agua. Si para entonces no estamos en la Burbuja, quedaremos atrapados, sin posibilidad de escape —dice Goto Dengo.
—Vamos allí y esperamos —sugiere Wing, en shanghainés. —No. El capitán Noda está fuera, a la escucha, esperando más explosiones —dice Goto Dengo, también en chino; luego, en inglés, para los filipinos—.
Tendremos que detonar las cargas de demolición en el momento preciso o Nodasan sospechará.
—Quien las haga detonar quedará atrapado para siempre en esta cámara
—dice Rodolfo, haciendo un gesto a su alrededor para indicar todo el Salón de la Gloria.
—No las detonaremos desde aquí—dice Goto Dengo, levantando la tapa de una caja. En su interior hay varios rollos de cable telefónico. Les pasa los rollos a Rodolfo, Wing y Bongo. Éstos comprenden y comienzan a unir los nuevos cables a los que terminan allí.
Retroceden a través del Gólgota por fases, cargando baterías y desenrollando los cables, dinamitando una a una las secciones de túneles que quedan a su espalda. Mientras lo van haciendo, Rodolfo, Wing y Bong van comprendiendo ciertos aspectos extraños del túnel. Por primera vez les resulta totalmente evidente que Goto Dengo ha diseñado todo el complejo para servir a dos propósitos totalmente contradictorios. Para un ingeniero nipo leal como el capitán Noda parece ser, exactamente, lo que ordenó que se construyese: una bóveda rodeada de trampas. Pero para los cuatro hombres encerrados en su interior, el Gólgota tiene una segunda función. Es una máquina de huida. A medida que el propósito de ciertas salas, túneles y otros detalles va quedando claro, se yerguen, parpadean y se vuelven para mirar a Goto Dengo con la misma expresión del soldado que semanas atrás descubrió el Buda en el Mercedes.
Su destino es la Burbuja, un nicho que Goto Dengo les hizo cavar en la piedra durante el último par de meses. Afirmaba, ante cualquiera que le preguntase, que era un embalse de agua, puesto ahí para incrementar la mortalidad de una de las trampas. Es un pozo vertical ancho, de cuatro metros de diámetro, que comienza en lo alto de un túnel periférico y se eleva durante unos metros, y acaba de pronto. Todavía tiene escaleras pegadas a sus paredes, y trepando por ellas se puede llegar a un saliente de roca lo suficientemente amplio para sentarse. Wing y sus hombres ya han dejado allí agua y cajas de galletas.
Para cuando se sientan en lo alto de la Burbuja, todos ellos están maravillados por Goto Dengo y dispuestos a hacer lo que diga. Él lo siente.
Eso le llena de tristeza desconsoladora.
Tienen quince minutos de espera. Los otros los pasan bebiendo agua y dando mordiscos a las galletas. Goto Dengo los ocupa en recriminarse.
—Soy un despreciable gusano —dice—, un traidor, un montón asqueroso de mierda de perro, ni siquiera digno de limpiar las letrinas de los verdaderos soldados de Nipón. Estoy falto... totalmente separado de la nación a la que he traicionado. Ahora pertenezco a la parte del mundo que odia Nipón... y que, por tanto, me odia a mí... pero a la vez soy objeto de odio de los míos. Me quedaré aquí y moriré.
—Estás vivo —dice Rodolfo—. Y salvaste nuestras vidas. Y eres rico.
—¿Rico?
Wing, Rodolfo y Bong se miran confundidos.
—¡Sí, claro! —dice Bong.
Goto Dengo sigue con aspecto de no entender. Suponiendo que la explosión le ha dejado sordo o tonto, Bong mete la mano en sus pantalones y saca una bolsita hecha a mano, la abre y muestra un par de buenos puñados de diamantes. Wing y Rodolfo no parecen impresionados.
Goto Dengo aparta la vista abatido. Él no ha salvado más tesoro que la vida de estos hombres. Pero no es por eso por lo que se siente tan mal.
Había esperado que al ser salvados se comportarían con nobleza y no pensarían en el tesoro. Pero quizá fuese esperar demasiado.
Un golpe distante los levanta ligeramente del saliente. Goto Dengo siente una sensación extraña en la cabeza: la presión de aire comienza a aumentar. La columna de aire atrapada en el túnel diagonal comienza a comprimirse por el pistón de agua que viene del lago. El capitán Noda ha dinamitado el tapón.
Goto Dengo está tan emocionado que se olvida de morirse.
Es un ingeniero, atrapado en el interior de una de sus propias máquinas.
La máquina se diseñó para mantenerlo con vida y nunca sabrá si funciona correctamente a menos que funcione correctamente. Después de que haya logrado esa satisfacción, supone, siempre podrá suicidarse con calma.
Se cierra la nariz con los dedos, aprieta los labios y empieza a bombear aire a las trompas de Eustaquio, equilibrando la presión. Los otros siguen su ejemplo.
Todas las trampas del Gólgota son básicamente iguales. Todas derivan su poder mortal de la presión de agua comunicada a este nivel desde el
fondo del lago Yamamoto. En varios lugares del complejo se han construido paredes falsas, diseñadas para que las rompan ladrones codiciosos o para desmoronarse por sí mismas cuando los ladrones excavasen la arena que las sostienen. A continuación entrará agua con fuerza explosiva y probablemente los aplastará antes de que tengan la oportunidad de ahogarse.
Al final del Gólgota, el túnel diagonal se divide una y otra vez, como un río que se divide en afluentes. Goto Dengo lo explicó para los oficiales que venían de inspección relacionándolo con la fontanería en el interior de un hotel moderno, que recibe desde una única tubería presurizada por una lejana torre de agua, pero que se divide en muchas tuberías diferentes para llevar agua presurizada a grifos dispersos por toda la estructura.
El Gólgota bulle, silba y protesta a medida que su sistema ramificado se presuriza a causa del diluvio iniciado por la carga de dinamita del capitán Noda. Las burbujas de aire atrapadas en los extremos de esas tuberías buscan una forma de escapar: algunas salen por entre las grietas de las paredes y otras burbujean hacia el túnel diagonal. La superficie del lago Yamamoto debe estar hirviendo como un caldero, y allí debe encontrarse el capitán Noda, contemplando cómo el aire huye del Gólgota, sonriendo de satisfacción. En momentos, los suelos de los túneles quedan oscurecidos por lagunas bulliciosas de agua sucia, y las cubas y vagonetas abandonadas comienzan a elevarse, agitándose como corchos y entrechocando.
Pero sin embargo la mayor parte del aire atrapado en el Gólgota no sale burbujeando por el lago Yamamoto. La mayor parte se eleva hacia la Burbuja, porque así es como lo planeó Goto Dengo. Sabe que está funcionando porque sus oídos comienzan a estallar.
Finalmente el agua se eleva por la propia Burbuja, pero lo hace lentamente, porque la presión de aire contenido se ha vuelto muy alta. A medida que el agua sube, incrementa aún más la presión de la burbuja de aire en la que están atrapados Goto Dengo y los otros. La presión del aire va aumentando hasta que iguala la presión del agua. Luego se alcanza el equilibrio y el agua no puede ascender más. Otro tipo de equilibrio se está alcanzando en sus cuerpos, a medida que el aire comprimido inunda sus pechos y el nitrógeno de ese aire comienza a penetrar en las membranas de sus pulmones y a disolverse en su sangre.
—Ahora esperamos —dice Goto Dengo, y apaga la lámpara de acetileno, dejándolos en la oscuridad—. Siempre que no encendamos las lámparas, hay aire suficiente en esta cámara para mantenernos con vida durante varios días. El capitán Noda y sus hombres pasarán al menos ese tiempo poniendo en orden Bundok, borrando todo rastro de nuestro trabajo, y suicidándose. Así que debemos esperar o sus hombres nos matarán cuando nos presentemos en la orilla del lago Yamamoto. Me gustaría pasar ese tiempo educándoos en el tema de la enfermedad de descompresión, también conocida como apoplejía por cambio de presión.
Dos días más tarde, detonan una última carga de dinamita relativamente pequeña, abriendo un agujero en la pared de la Burbuja que es lo suficientemente grande para permitir pasar a un hombre. Al otro lado, comienza el túnel diagonal del lago Yamamoto.
Rodolfo es el que está más aterrado de todos, así que le envían el primero. Luego va Bong, y a continuación Wing. Finalmente, Goto Dengo deja atrás el aire enrarecido y usado de la Burbuja. En unos momentos se han abierto paso al túnel diagonal ascendente. Comienzan a nadar en medio de una oscuridad total. Durante el camino van sintiendo con la mano la parte alta del túnel, buscando la abertura del primer pozo vertical. Se supone que Rodolfo debe detenerse cuando lo encuentre, pero los otros también deben estar alerta en caso de que Rodolfo falle.
Chocan unos contra otros en la oscuridad como un tren que se detiene.
Rodolfo se ha parado, con suerte, habrá encontrado el primer pozo vertical.
Wing finalmente se adelanta y Goto Dengo se mete directamente por el pozo vertical para llegar al fin a un bulbo en lo alto donde hay atrapada una burbuja de aire. El bulbo tiene apenas el tamaño justo para acomodar cuatro hombres. Allí hacen una pausa, formando todos juntos un conjunto de cuerpos, jadeando a medida que exhalan el aire lleno de nitrógeno y dióxido de carbono del que han estado viviendo los últimos sesenta segundos, y respiran para llenar los pulmones con aire fresco. Goto Dengo siente que le saltan los oídos al rebajarse la presión.
Sólo han cubierto una pequeña fracción de los cuatrocientos cincuenta metros que separan horizontalmente el Gólgota del lago. Pero ya han
cubierto la mitad del centenar de metros verticales. Es decir, la presión del aire que respiran en esa cámara es la mitad que en la Burbuja.
Goto Dengo no es un buceador, y sabe muy poco sobre medicina de buceo. Pero su padre hablaba de cómo se solían emplear campanas neumáticas para enviar trabajadores bajo el agua, para construir o extraer cosas. Así es como supo de la enfermedad de descompresión, y también como descubrió la regla práctica según la cual la mayoría de los hombres no sufrirán sus síntomas si pasan una descompresión durante un rato a la mitad de la presión de aire original. Si se detienen y respiran durante un rato, el nitrógeno saldrá de sus tejidos. Una vez hecho, la presión de aire debe reducirse de nuevo a la mitad.
En la Burbuja, la presión de aire era de unas nueve o diez atmósferas.
Aquí, en la primera cámara, es más o menos de cinco. Pero no hay mucho aire en ésta, lo justo para permitirles respirar durante quince o veinte minutos, sacar el nitrógeno de sus tejidos y llenar los pulmones para el siguiente periodo de natación.
—Vale —dice Goto Dengo—, vamos. —Encuentra a Rodolfo en la oscuridad y le da una palmada de ánimo. Rodolfo respira profundamente en serie para prepararse, y Goto Dengo recita los números que todos se saben de memoria—. Veinte brazadas en línea recta. Luego el túnel se dobla hacia arriba. Cuarenta brazadas en una subida inclinada. Donde el túnel vuelve a doblarse vais directamente a la siguiente cámara de aire.
Rodolfo asiente, se persigna y luego da una voltereta en el agua y se sumerge. A continuación Bong, luego Wing y finalmente Goto Dengo.
Este recorrido es muy largo. Los últimos quince metros son un ascenso vertical hacia la cámara de aire. Goto Dengo había esperado que la flotabilidad natural de sus cuerpos lo hiciese más fácil, incluso si estuviesen a punto de ahogarse. Pero mientras patalea por el estrecho pozo, empujando frenéticamente los pies de Wing, quien está por encima y no va tan rápido como le gustaría, siente pánico creciente en sus pulmones. Finalmente comprende que debe luchar contra el impulso de contener el aliento, que sus pulmones están llenos de aire a una presión mucho mayor que el agua que le rodea, y que si no deja salir algo de ese aire le estallará el pecho. Por tanto, contra su instinto de reservar el precioso aire lo deja burbujear por su boca. Espera que las burbujas pasen frente a la cara de los otros hombres y
eso les transmita la idea. Pero poco después de hacerlo, todos dejan de moverse.
Durante quizás unos diez segundos, Goto Dengo está atrapado en la oscuridad total de un agujero vertical en la roca lleno de agua y que no es mucho más ancho que su propio cuerpo. De todas las cosas que ha experimentado en la guerra, ésta es la peor. Pero justo cuando se rinde y se prepara para morir, comienzan a moverse de nuevo. Todos están medio muertos cuando llegan a la cámara.
Si los cálculos de Goto Dengo eran correctos, la presión ahí no debería ser mayor de dos o tres atmósferas. Pero empieza a dudar de esos cálculos.
Cuando ha tomado aire suficiente para recuperar totalmente la conciencia, nota un dolor extremo en sus rodillas, y está claro por los ruidos que hacen los demás que sufren de igual forma.
—Esta vez esperamos todo lo que podamos —dice.
El siguiente es más corto, pero es más difícil por el dolor en las rodillas.
Una vez más Rodolfo va el primero. Pero cuando Goto Dengo se eleva en la siguiente cámara de aire, como atmósfera y media sobre lo normal, sólo están Bong y Wing.
—Rodolfo perdió la abertura —dice Bong—. Creo que fue demasiado lejos... ¡por el pozo de ventilación!
Goto Dengo asiente. A sólo unos metros de donde entraron en este pasaje hay un pozo de ventilación que va hasta la superficie. Tiene una desviación lateral en medio que Goto puso allí para que cuando el capitán Noda lo llenase de escombros (cosa que presumiblemente ya ha hecho), el túnel diagonal —la ruta de escape— no se bloquease. Si Rodolfo subió por ese pozo, se encontró con un callejón sin salida, sin burbuja de aire en la parte alta.
Goto Dengo no tiene que decirle a los demás que Rodolfo está muerto.
Bong se persigna y recita una oración. Luego se quedan un poco más y se aprovechan del aire que Rodolfo debería estar compartiendo. El dolor en las rodillas de Goto Dengo se hace más intenso, pero se estabiliza después de un rato.
—Desde aquí, sólo hay pequeños cambios en altitud, no hay mucha necesidad de descompresión. En general nadamos para ganar distancia —
dice. Todavía les quedan más de trescientos metros horizontales,
interrumpidos por cuatro pozos de aire más. El último ejerce como un pozo de ventilación legítimo.
Así que desde allí no es más que nadar y descansar, nadar y descansar, hasta que finalmente las paredes del túnel se separan y se encuentran en el lago Yamamoto.
Goto Dengo rompe la superficie y no hace nada durante un buen rato excepto flotar en el agua y respirar aire limpio. Es de noche, y por primera vez en un año Bundok está en calma, excepto por el sonido de Bong, de rodillas en la orilla del lago, persignándose y murmurando plegarias todo lo rápido que puede mover los labios.
Wing ya se ha ido, sin decir siquiera adiós. Eso afecta a Goto Dengo hasta que comprende lo que significa: él, también, es libre de irse. Por lo que al mundo respecta, está muerto, y han desaparecido sus obligaciones.
Por primera vez en su vida, puede hacer lo que quiera.
Nada hasta la orilla, se pone en pie y empieza a caminar. Le duelen las rodillas. No puede creer que haya superado tantas cosas y que su único problema sean unas rodillas doloridas.
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