Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 98 de 106

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Criptonomicon

Goto-sama

A vi se encuentra con Randy en el vestíbulo del hotel. Se ha cargado con un maletín cuadrado y pasado de moda que tira de su delgado cuerpo hacia un lado, haciéndole adoptar la curva asintótica de un árbol joven al viento. Él y Randy toman un taxi para ir a Alguna Otra Parte de Tokio —Randy no puede siquiera empezar a entender cómo está dispuesta la ciudad—, penetran en el vestíbulo de un rascacielos y cogen el ascensor para subir tanto que a Randy le estallan los oídos. Cuando se abren las puertas, un maître d' está allí de pie anticipándose a su llegada con una sonrisa radiante y una inclinación. Les guía hasta una sala donde esperan cuatro hombres: un par de jóvenes adláteres, Goto Furudenendu y un caballero mayor. Randy esperaba encontrarse con una de esas personas mayores gráciles y traslúcidas de Nipón, pero Goto Dengo es un tipo grande con el pelo blanco y cortado con una maquinilla, algo encorvado y derruido por la edad, lo que sólo consigue hacerle parecer más compacto y sólido. A primera vista parece más un herrero de pueblo retirado, o quizá un sargento en el ejército de un señor feudal, que un ejecutivo empresarial, y sin embargo en cinco o diez segundos esa impresión queda tragada por un buen traje, buenos modales y el hecho de que Randy sabe quién es en realidad.

Es el único de ellos que no sonríe de oreja a oreja: aparentemente, cuando llegas a cierta edad se te permite atravesar con la mirada los cráneos de los demás. De esa forma típica de muchas personas mayores, parece vagamente sorprendido de que se hayan presentado.

Aun así, se apoya sobre un enorme bastón retorcido y les da la mano con firmeza. Su hijo Furudenendu le ofrece una mano para ayudarle a

levantarse y él la rechaza con una mirada de ultraje fingido, esa transacción parece haber sido muy bien ensayada. Se produce un intercambio de charla intrascendente que pasa muy por encima de la cabeza de Randy. A continuación los dos adláteres se alejan, como una escolta de cazas que ya no fuese necesaria, y el maître d' guía a Randy, Avi y Goto père et fils a través de un restaurante vacío —veinte o treinta mesas con manteles blancos y cristalería— hasta una mesa en una esquina, donde esperan los camareros para retirarles las sillas. El edificio pertenece a la escuela arquitectónica de todo-una-pared-de-vidrio por lo que las ventanas van de suelo a techo, ofreciendo, a través de una cortina de gotas de lluvia, una visión del Tokio nocturno que se extiende hasta el horizonte. Les entregan menús, impresos sólo en francés. A Randy y Avi les dan menús de chicas, sin precios. Goto Dengo se apropia de la lista de vinos, y la examina durante unos buenos diez minutos antes de elegir a regañadientes un blanco de California y un tinto de Borgoña. Mientras tanto, Furudenendu les entretiene charlando tranquilamente sobre la Cripta.

Randy no puede dejar de mirar Tokio por un lado y el restaurante vacío por el otro. Es como si hubiesen escogido el escenario específicamente para recordarles que la economía nipona derrapa desde hace unos años, una situación que la crisis monetaria asiática no ha hecho más que empeorar.

Medio espera ver a los ejecutivos cayendo ventana abajo.

Avi se aventura a preguntar por varios túneles y otras obras de ingeniería pasmosamente vastas que resulta que ha visto por Tokio y si Goto Engineering ha tenido algo que ver con ellas. Eso al menos consigue que el patriarca aparte momentáneamente la vista de la lista de vinos, pero el hijo responde a las preguntas, comentando que sí, que su compañía tuvo su pequeño papel en esas empresas. Randy supone que no es la operación más fácil del mundo conseguir que un amigo personal del fallecido general del Ejército de Tierra Douglas MacArthur hable de cosas intrascendentes; no es como si pudieses preguntarle si ha visto el último episodio de Star Trek: más anomalías espacio-temporales. Lo único que pueden hacer es agarrarse a Furudenendu y dejarle llevar las riendas. Goto Dengo se aclara la garganta como si fuese el motor de un gran equipo para remover terrenos que empieza a ponerse en marcha, y recomienda la ternera de Kobe. El sommelier regresa con los vinos y Goto Dengo le interroga en una mezcla

de niponés y francés durante un rato, hasta que una película de sudor empieza a formarse en la frente del sommelier. Prueba los vinos con mucho cuidado. La tensión es explosiva mientras los hace girar en su boca, mirando al infinito. El sommelier parece genuinamente asombrado, por no mencionar que parece aliviado, cuando los acepta los dos. El subtexto parece ser que ser el anfitrión de una cena realmente de primera clase es un desafío administrativo nada trivial, y que a Goto Dengo no deberían molestarle con chácharas sociales mientras se encarga de esas responsabilidades.

En ese momento se dispara la paranoia de Randy: ¿es posible que Goto-sama haya reservado todo el restaurante por esta noche para tener algo de intimidad? ¿Eran los dos adláteres meros asistentes con maletines anormalmente grandes o eran personal de seguridad examinando el restaurante en busca de dispositivos de vigilancia? Una vez más, en el subtexto, el mensaje parece ser que Randy y Avi no deberían dejar que sus jóvenes cabecitas se preocupasen por esos detalles. Goto Dengo está sentado justo bajo una luz directa del techo. El pelo le sobresale perpendicular de la cabeza, como si fuese un punto erizado de vectores normales, radiando halogénicamente. En las manos y la cara porta un número formidable de cicatrices, y de pronto Randy comprende que debe haber estado en la guerra. Lo que debería ser perfectamente evidente considerando su edad.

Goto Dengo pregunta cómo Randy y Avi se metieron en sus trabajos actuales, y cómo formaron su sociedad. Es una pregunta razonable, pero les obliga a explicar el concepto en sí de los juegos de rol fantásticos. Si Randy hubiese sabido que tal cosa iba a suceder, se habría tirado por la ventana en lugar de tomar asiento. Pero Goto Dengo se lo toma con mucha tranquilidad e instantáneamente lo relaciona con los últimos adelantos en la industria de juegos nipona, que ha estado realizando su desplazamiento gradual de paradigma de los juegos de plataforma a los de rol con narrativa; para cuando Goto Dengo ha terminado consigue hacerles sentir no como colgados de segunda sino como genios visionarios que se adelantaron diez años a su tiempo. Eso más o menos obliga a Avi (que está llevando la conversación) a preguntar a Goto Dengo cómo llegó a su trabajo. Los dos Goto intentan desestimar la pregunta riéndose, al estilo de cómo podría ser

que un par de jóvenes visionarios norteamericanos pioneros en Dragones y Mazmorras estuviesen interesados en algo tan trivial como el hecho de que Goto Dengo con sus propias manos reconstruyera el Nipón de la posguerra, pero después de que Avi muestre algo de persistencia, el patriarca finalmente se encoge de hombros y dice algo relativo a que su papá se dedicaba a las minas y que por tanto él siempre tuvo cierta habilidad para excavar agujeros en el suelo. Su inglés comenzó siendo mínimo y ha estado mejorando a medida que avanza la noche, como si lentamente estuviese activando bancos de memoria sustanciales así como capacidad de procesamiento, vigilando su activación como si fuesen amplificadores de tubo.

Llega la cena, y por tanto todos deben comer durante un rato y agradecerle a Goto-sama su excelente recomendación. Avi se vuelve algo temerario y le pregunta al viejo si podría entretenerles con algún recuerdo de Douglas MacArthur. Goto Dengo sonríe burlón, como si le hubiesen arrancado algún secreto y se limita a decir:

—Conocí al General en Filipinas.

Así de simple, ya ha llevado la conversación al tema del que todos quieren hablar. El pulso y la respiración de Randy se aceleran en un buen veinticinco por ciento y todos sus sentidos se afinan, casi como si se le hubiesen aclarado los oídos, y pierde el apetito. Todos los demás también parecen estar sentados un poco más rectos, agitándose ligeramente en las sillas.

—¿Pasó mucho tiempo en ese país? —pregunta Avi.

—Oh, sí. Mucho tiempo. Cien años —dice Goto Dengo, con una sonrisa bastante helada. Hace una pausa, dándoles a todos la oportunidad de prestar atención y ponerse incómodos, y luego continúa—: Mi hijo me dice que quieren cavar una tumba allí.

—Un agujero —se aventura a decir Randy, después de mucha incomodidad.

—Perdónenme. Mi inglés está oxidado —dice Goto Dengo, sin demasiada convicción.

Avi dice:

—Lo que tenemos en mente sería una excavación muy importante para lo que es habitual para nosotros. Pero probablemente no para ustedes.

Goto Dengo ríe.

—Eso depende de las circunstancias. Permisos. Transporte. La Cripta era una gran excavación, pero fue fácil, porque el Sultán la apoyaba.

—Debo dejar claro que el trabajo que estamos considerando está todavía en una fase muy preliminar —dice Avi—. Lamento decir que no puedo ofrecerle buena información sobre los asuntos logísticos.

Goto Dengo está a punto de dejar los ojos en blanco.

—Comprendo. —Con un movimiento desdeñoso de la mano—. Esta noche no hablaremos de esas cosas.

Eso causa una pausa realmente incómoda, mientras Randy y Avi se preguntan: «Entonces, ¿de qué coño vamos a hablar?»

—Muy bien —dice Avi, como lanzando sin fuerzas la pelota más o menos en dirección a Goto Dengo.

Furudenendu interviene.

—Hay muchas personas cavando agujeros en Filipinas —explica con una mirada de complicidad.

—¡Ah! —dice Randy—. ¡He conocido a algunas de las personas de las que habla! —Eso produce un estallido generalizado de risas en toda la mesa, que no son menos sinceras por ser tensas.

—Entonces comprenden —dice Furudenendu— que estudiaríamos con mucho cuidado una empresa conjunta. —Randy puede traducirlo con facilidad a: «Participaremos en vuestra búsqueda del tesoro de dibujos animados cuando se congele el infierno.»

—¡Por favor! —dice Randy—. Goto Engineering es una compañía prestigiosa. De alto nivel. Tiene cosas mejores que hacer que arriesgarse con una empresa conjunta. Nunca propondríamos tal cosa. Pagaríamos por sus servicios por adelantado.

—¡Ah! —Los Goto se miran el uno al otro—. ¿Tienen un nuevo inversor? —«Sabemos que estáis arruinados.»

Avi sonríe.

—Tenemos nuevos recursos. —Eso deja perplejos a los Goto—. Si me permite —dice Avi. Levanta la cartera del suelo y se la coloca en el regazo, abre los pestillos y mete las dos manos. A continuación realiza una

maniobra que, en un gimnasio de culturismo, se consideraría levantamiento de pesas, y saca a la luz un bloque de oro sólido.

Los rostros de Goto Dengo y Goto Furudenendu se transforman en piedra. Avi levanta el lingote durante unos momentos y luego lo devuelve a la cartera.

En su momento, Furudenendu separa la silla un par de centímetros de la mesa y gira ligeramente hacia su padre, básicamente excusándose de la conversación. Goto Dengo come y bebe con calma, y en silencio, durante unos quince o veinte minutos muy largos. Finalmente, mira al otro lado de la mesa en dirección a Randy y dice:

—¿Dónde quieren excavar?

—El lugar se encuentra en las montañas al sur de la laguna de Bay...

—Sí, eso ya se lo han dicho a mi hijo. Pero es una zona muy grande de boondocks. Allí se han abierto muchos agujeros. Todos sin éxito.

—Nosotros tenemos mejor información.

—¿Algún viejo filipino les ha vendido sus memorias?

—Mejor aún —dice Randy—. Tenemos una latitud y una longitud.

—¿Con qué precisión?

—Décimas de segundo.

Eso produce otra pausa. Furudenendu intenta decir algo en nipones, pero su padre le corta con brusquedad. Goto Dengo termina la cena y cruza el tenedor y el cuchillo sobre el plato. Un camarero se presenta cinco segundos más tarde para retirar la mesa. Goto Dengo le dice algo que le envía volando de vuelta a la cocina. Ahora tienen esencialmente todo un piso del rascacielos para ellos solos. Goto Dengo le dice algo a su hijo, quien se saca una pluma y dos tarjetas. Furudenendu le pasa la pluma y una tarjeta a su padre, y la otra tarjeta a Randy.

—Juguemos a un juego —dice Goto Dengo—. ¿Tiene una pluma?

—Sí —dice Randy.

—Voy a escribir una latitud y una longitud —dice Goto Dengo—, pero sólo los segundos. Sin grados ni minutos. Sólo la parte de los segundos.

¿Comprende?

—Sí.

—La información es inútil por sí misma. ¿Está de acuerdo?

—Sí.

—Entonces no hay riesgo en que usted escriba lo mismo.

—Cierto.

—Luego intercambiaremos las tarjetas. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—Muy bien.

Goto Dengo empieza a escribir. Randy se saca una pluma del bolsillo y apunta segundos y décimas de segundo: latitud 35,2, longitud 59,0. Cuando termina, Goto Dengo le está mirando expectante. Randy levanta su tarjeta, con los números hacia abajo, y Goto Dengo levanta la suya. Se las intercambian con las ligeras inclinaciones obligatorias en estas tierras.

Randy se coloca la tarjeta de Goto-sama en la palma y la inclina hacia la luz. Dice:

35,2/59,0

Nadie dice nada durante diez minutos. Es una indicación de lo atónito que está Randy el que no se da cuenta, durante un buen rato, que Goto Dengo está tan atónito como él. Avi y Furudenendu son las únicas personas en la mesa cuyas mentes todavía funcionan, y pasan el rato mirándose inciertos el uno al otro, sin que ninguno de los dos comprenda realmente lo que está pasando.

Finalmente Avi dice algo que Randy no oye. Le da un codazo con fuerza a Randy y lo repite:

—Voy al baño.

Randy le ve irse, cuenta hasta diez y dice:

—Perdónenme. —Sigue a Avi hasta el baño de hombres: piedra negra pulida, toallas gruesas y blancas, Avi de pie con los brazos cruzados.

—Él lo sabe —dice Randy.

—No me lo creo.

Randy se encoge de hombros.

—¿Qué puedo decir? Lo sabe.

—Si él lo sabe, todo el mundo lo sabe. Nuestra seguridad falló en algún lugar del proceso.

—No lo sabe todo el mundo —dice Randy—. Si todo el mundo lo supiese, allá abajo se habría desatado el infierno, y Enoch nos lo habría

hecho saber.

—Entonces, ¿cómo puede saberlo?

—Avi —dice Randy—, él debe de ser el que lo enterró.

Avi parece indignado.

—¿Estás de coña?

—¿Tienes una teoría mejor?

—Pensaba que todos los que participaron murieron.

—Sería justo decir que él es un superviviente. ¿No estarías de acuerdo?

Diez minutos más tarde regresan a la mesa. Goto Dengo ha permitido que el personal del restaurante regrese, y han traído los menús de postres.

Curiosamente, el viejo ha vuelto al modo de charla insustancial, y Randy supone que está intentando deducir cómo coño sabe Randy lo que sabe.

Randy comenta, de pasada, que su abuelo era criptoanalista en Manila en 1945. Goto Dengo suspira, visiblemente, con alivio y se alegra un poco. Se produce más conversación sin sentido hasta que se sirve el café post-prandial, en cuyo momento el patriarca se inclina para hacer un comentario.

—Antes de beber... ¡miren!

Randy y Avi miran las tazas. Hay una extraña capa reluciente flotando sobre el café.

—Es oro —explica Furudenendu. Los dos Goto ríen—. Durante los ochenta, cuando Nipón tenía tanto dinero, estaba de moda: café con polvo de oro. Ahora ha pasado de moda. Demasiado ostentoso. Pero adelante, beban.

Randy y Avi lo hacen... algo nerviosos. El polvo de oro les cubre la lengua, luego cae por la garganta.

—Díganme lo que opinan —exige Goto Dengo.

—Es estúpido —dice Randy.

—Sí. —Goto Dengo asiente solemne—. Es estúpido. Así que díganme:

¿por qué quieren extraer más?

—Somos hombres de negocios —dice Avi—. Ganamos dinero. El oro vale dinero.

—El oro es el cadáver del valor —dice Goto Dengo.

—No comprendo.

—Si desea comprender, ¡mire por la ventana! —dice el patriarca, y agita el bastón en un arco que incluye la mitad de Tokio—. Hace cincuenta años no había más que llamas. ¡Ahora hay luz! ¿Comprende? Los líderes de Nipón eran estúpidos. ¡Se llevaron todo el oro de Tokio y lo enterraron en agujeros en las Filipinas! Porque creían que el general entraría en Tokio y lo robaría. Pero al general no le importaba el oro. Él comprendía que el verdadero oro está aquí... —se señala la cabeza— en la inteligencia de la gente, y aquí... —alarga las manos— en el trabajo que realizan.

Deshacernos de nuestro oro fue lo mejor que pudo pasarle a Nipón. Nos hizo ricos. Recibir ese oro fue lo peor que pudo pasarle a Filipinas. Les hizo pobres.

—Entonces, saquémoslo de Filipinas —dice Avi—, para que ellos también puedan tener la oportunidad de hacerse ricos.

—¡Ah! Ahora sí que habla con sentido —dice Goto Dengo—. Entonces,

¿van a sacar el oro y arrojarlo al mar?

—No —dice Avi, con una risa nerviosa.

Goto Dengo arquea las cejas.

—Oh. Por tanto, ¿desea hacerse rico como parte de la operación?

En ese momento Avi hace algo que Randy nunca le ha visto hacer, ni siquiera jamás le ha visto cerca de ese estado: se cabrea. No tira la mesa o alza la voz. Pero la cara se le pone roja, los músculos de su cabeza sobresalen al forzar los dientes, y respira con fuerza por la nariz durante un rato. Los Goto parecen bastante impresionados, y nadie dice nada durante mucho tiempo, dándole a Avi la oportunidad de recuperar la compostura.

Parece que Avi es incapaz de decir nada, así que finalmente se saca la cartera del bolsillo y busca en ella hasta encontrar una fotografía en blanco y negro, que saca de la funda de plástico y se la da a Goto Dengo. Es un retrato familiar: padre, madre, cuatro niños, todo de aspecto centroeuropeo y de mediados del siglo XX.

—Mi tío abuelo —dice Avi—, y su familia. Varsovia, 1937. Sus dientes están en ese agujero. ¡Usted enterró los dientes de mi abuelo!

Goto Dengo mira a Avi a los ojos, ni furioso ni a la defensiva.

Simplemente triste. Y eso parece surtir efecto en Avi, quien se ablanda, exhala por fin y rompe el contacto visual.

—Sé que probablemente no tuvo elección —dice Avi—. Pero eso es lo que hizo. Nunca le conocí, o a cualquiera de mis otros parientes que murieron en el Shoah. Pero con alegría arrojaría hasta la última onza de oro en el océano sólo por darles un entierro decente. Eso es lo que haré si ésa es su condición. Pero lo que realmente planeaba hacer era usar el oro para asegurarme de que nada similar volviese a suceder nunca.

Goto Dengo cavila durante un rato, mirando hierático las luces de Tokio. Luego recoge el bastón del borde de la mesa, lo clava en el suelo y se pone en pie. Se vuelve hacia Avi, se pone recto y luego se inclina. Es la inclinación más profunda que Randy haya visto nunca. Finalmente se vuelve a poner recto y retoma su asiento.

La tensión se ha roto. Todos están relajados, por no decir agotados.

—El general Wing está muy cerca de encontrar el Gólgota —dice Randy, después de que haya pasado un intervalo decente—. Es él o nosotros.

—En ese caso, nosotros —dice Goto Dengo.

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