Criptonomicon
Navidad 1944
G oto Dengo destacó a Wing a los ojos del teniente Mori y sus tropas, y dejó bien claro que no debían atravesar el torso de Wing con sus bayonetas y agitar las hojas entre sus órganos vitales a menos que tuviesen una razón excepcionalmente buena, como suprimir una rebelión en toda regla. La mismas características que hacen de Wing un elemento valioso para Goto Dengo le hacen también el más probable candidato para liderar un intento de huida.
Tan pronto como el general y sus ayudantes se han ido de Bundok, Goto Dengo va en busca de Wing, quien está supervisando la perforación del pozo diagonal hacia el lago Yamamoto. Es uno de esos tipos que dirigen con el ejemplo así que está metido en la pared de roca, trabajando con las perforadoras, al final de unos centenares de metros de túnel tan estrecho que debe moverse a cuatro patas. Goto Dengo debe ir en persona al final del túnel en el Gólgota y enviar un mensajero a su interior, armado con un casco oxidado para protegerse de los pedruscos que caen de la pared de roca.
Wing aparece quince minutos más tarde, negro por el polvo de roca que se ha condensado sobre su piel llena de sudor, rojo allí donde la piel ha quedado raída o cortada por las piedras. Dedica unos minutos a sacar metódicamente el polvo acumulado en los pulmones. De vez en cuando, enrolla la lengua como una cerbatana y lanza un chorro de flema contra la pared y clínicamente la observa correr hacia el suelo. Goto Dengo permanece cortésmente a un lado. Esos chinos tienen todo un sistema de
creencias médicas centrado en la flema y trabajar en las minas les da mucho de qué hablar.
—¿No es buena la ventilación? —dice Goto Dengo. El snanghainés de los prostíbulos no le ha dado ciertos términos técnicos como «ventilación», así que Wing le ha enseñado el vocabulario.
Wing hace una mueca.
—Quiero terminar el túnel. No quiero hacer más pozos de ventilación.
¡Son una pérdida de tiempo!
La única forma de evitar que los trabajadores en la pared de roca se asfixien es perforar a intervalos periódicos pozos verticales de ventilación que vayan de la superficie hasta el pozo diagonal. Le han estado dedicando tanto esfuerzo a esos pozos de ventilación como al pozo diagonal en sí, y tenían la esperanza de no tener que perforar ninguno más.
— ¿ Cuánto queda? —pregunta Goto Dengo, mientras Wing da por terminado otro paroxismo.
Wing levanta la vista pensativo. Tiene en la cabeza un mapa del Gólgota mejor que el de su diseñador.
—Cincuenta metros.
El diseñador no puede resistir sonreír.
—¿Eso es todo? Excelente.
—Ahora vamos deprisa —dice Wing con orgullo, con los dientes destellando momentáneamente en blanco bajo la lámpara. Luego parece recordar que es un trabajador esclavo en un campo de exterminio v los dientes desaparecen—. Iríamos más rápidos si horadásemos en línea recta.
Wing alude al hecho de que la diagonal al lago Yamamoto tiene en el plano esta forma. Pero Goto Dengo, sin cambiar el plano, ha ordenado que se la perfore de esta otra forma:
Esas curvas incrementan bastante la longitud del túnel. Además, los restos tienden a acumularse en la sección occidental más plana y es preciso sacarlos a mano.
La únicas personas que conocen la existencia de esas curvas son él, Wing y la cuadrilla de Wing. La única persona que comprende la verdadera razón de su existencia es Goto Dengo.
—No perfores en línea recta. Sigue haciéndolo como he dicho.
—Sí.
—Además, necesitarás un nuevo pozo de ventilación.
—¡Otro pozo de ventilación! No... —protesta Wing.
Ya es bastante terrible tener que horadar los pozos de ventilación, con sus difíciles zigzags, que aparecen en los planos.
Pero Goto Dengo les ha indicado en varias ocasiones a Wing y su cuadrilla que empiecen a trabajar en varios «pozos de ventilación»
adicionales, antes de cambiar de opinión y decirles que abandonen el trabajo, con este resultado:
—Esos nuevos pozos de ventilación se perforarán de arriba abajo —
dice Goto Dengo.
—¡No! —dice Wing, todavía totalmente pasmado. Es una locura absoluta, porque si perforas un pozo vertical desde arriba hacia abajo, tienes que sacar los escombros del agujero. Si lo haces al revés, los restos caen por sí solos y es fácil deshacerse de ellos.
—Tendréis más ayuda. Trabajadores filipinos.
Wing parece anonadado. Está todavía más aislado del mundo que Goto Dengo. Debe inferir el avance de la guerra a partir de insinuaciones exasperantemente indirectas. Él y sus trabajadores rellenan las pistas dispersas con teorías complejas. Esas teorías están tan asombrosamente equivocadas que Goto Dengo se reiría en voz alta si no simpatizase tanto con ellos. Ni él ni el capitán Noda sabían que MacArthur había tomado tierra en Leyte, o que la Marina Imperial había sido derrotada, hasta que el general se lo dijo.
Una de las cosas en la que Wing y sus hombres han acertado es que Bundok emplea trabajadores importados para mantener el secreto. Si alguno de los trabajadores chinos consigue escapar, se encontrará en una isla, muy lejos de casa, entre gente que no habla su lengua y que, además, no le tiene demasiado aprecio. El hecho de que pronto lleguen trabajadores filipinos les da mucho en qué pensar. Permanecerán despiertos toda la noche, susurrando entre ellos, intentando reconstruir sus teorías.
—No necesitamos más trabajadores. Casi hemos terminado —dice Wing, sintiendo una nueva herida en su orgullo.
Goto Dengo se golpea a sí mismo en ambos hombros empleando los dedos índices, sugiriendo charreteras. Sólo le lleva un momento a Wing comprender que se refiere al general, y luego adopta un intenso aire conspiratorio y da un paso al frente.
—Órdenes —dice Goto Dengo—. Cavamos muchos pozos de ventilación.
Wing no era un minero cuando llegó a Bundok, pero ahora sí lo es. Está perplejo. Como debe ser.
—¿Pozos de ventilación? ¿Adónde?
—A ningún sitio —dice Goto Dengo.
El rostro de Wing sigue en blanco. Cree que el mal shanghainés de Goto Dengo impide la comprensión. Pero Goto Dengo sabe que Wing lo comprenderá pronto, alguna noche durante los terribles momentos de preocupación que siempre preceden al sueño.
Y luego encabezará la rebelión, y los hombres del teniente Mori están esperándoles; abrirán fuego con los morteros, detonarán las minas, emplearán las ametralladoras, barriendo los campos de fuego cuidadosamente preparados. Ninguno de ellos sobrevivirá.
Goto Dengo no quiere tal cosa. Así que alarga la mano y golpea el hombro de Wing.
—Te daré instrucciones. Haremos un pozo especial.
Luego se da la vuelta y se marcha; tiene medidas que tomar. Sabe que Wing lo hará todo a tiempo para salvarse a sí mismo.
Llegan los prisioneros filipinos, en columnas que han degenerado en madejas harapientas, moviéndose sobre pies descalzos, dejando un rastro húmedo y rojo sobre el camino. Los empujan las botas y bayonetas de las tropas del ejército nipón, que tienen un aspecto casi tan desolador. Cuando Goto Dengo les ve entrar tambaleándose en el campamento, comprende que deben haber estado de pie continuamente desde que el general dio la orden, dos días atrás. El general prometió quinientos nuevos trabajadores; en realidad llegan poco menos de trescientos, y del hecho de que ninguno de ellos venga en camilla —una imposibilidad estadística considerando las condiciones físicas medias— Goto Dengo asume que los otros doscientos
deben haberse caído o desmayado durante el trayecto y fueron ejecutados allí mismo.
Bundok está misteriosamente aprovisionado de combustible y comida, y se asegura de que tanto los prisioneros como las tropas coman bien, y les da un día de descanso.
Luego los pone a trabajar. Goto Dengo lleva ya tiempo suficiente mandando hombres y encuentra inmediatamente a los mejores. Hay un tipo sin dientes y de ojos saltones llamado Rodolfo con pelo gris hierro y un gran quiste en la mejilla, brazos demasiado largos, manos como garfios y pies de dedos separados que le recuerda a los nativos con los que vivió en Nueva Guinea. Sus ojos no tienen ningún color específico, parece como si los hubiesen creado combinando fragmentos de ojos de otras personas, brillos grises, azules, castaños y negros combinados. Rodolfo es bien consciente de que no tiene dientes y cuando habla siempre sostiene una de sus enormes garras prensiles sobre la boca. En cuanto se acerca Goto Dengo o cualquier otra figura de autoridad, todos los jóvenes filipinos apartan la vista y miran a Rodolfo, quien se adelanta, se cubre la boca y fija su extraña y alarmante mirada sobre el visitante.
—Forma a tus hombres en media docena de escuadrones y da a cada escuadrón un nombre y un líder. Asegúrate de que cada hombre conoce el nombre de su escuadrón y su líder —dice Goto Dengo en voz muy alta. Al menos alguno de los otros filipinos debe hablar inglés.
Luego se inclina y dice en voz más baja—. Quédate con algunos de los hombres más fuertes y mejores.
Rodolfo parpadea, se pone rígido, retrocede, retira la mano de la boca y la usa para lanzar un saludo. Su mano es como un toldo que lanza una sombra sobre todo su rostro y pecho. Es evidente que ha aprendido el saludo de los norteamericanos. Se gira sobre los talones.
—Rodolfo.
Rodolfo vuelve a darse la vuelta, con aspecto tan irritado que Goto Dengo debe contener la risa.
—MacArthur está en Leyte.
El pecho de Rodolfo se hincha como un globo meteorológico y gana como unas tres pulgadas de estatura, pero la expresión de su rostro no varía.
La noticia recorre el campamento filipino como un rayo en busca del suelo. La táctica tiene el efecto deseable de darle a los filipinos una razón para seguir viviendo; de pronto muestran gran energía y vigor. Un suministro de perforadoras y compresores de aire muy gastados han llegado sobre carros tirados por carabaos, evidentemente traídos de otros sitios similares a Bundok que hay en Luzón. Los filipinos, expertos en la combustión interna, canibalizan algunos compresores para arreglar otros.
Mientras tanto, las perforadoras pasan al escuadrón de Rodolfo, que las lleva a lo alto de la cresta entre los ríos y comienza a perforar los nuevos
«pozos de ventilación» mientras los chinos de Wing dan los últimos toques al complejo en las entrañas del Gólgota.
El ejército nipón se limitó a coger directamente de la carretera los carros que trajeron el equipo, junto con sus conductores —en su mayoría chicos de granja— y les asignaron allí mismo el trabajo. Evidentemente, los chicos de granja no pueden abandonar Bundok. Los carabaos más débiles son sacrificados para conseguir carne, y los más fuertes se asignan a trabajar en el Gólgota, y los conductores se asimilan a la fuerza laboral. Uno de ellos es un chico llamado Juan de enorme cabeza redonda y un conjunto de rasgos claramente chino. Resulta ser trilingüe, hablando inglés, tagalo y cantonés.
Puede comunicarse en una especie de pidgin con Wing y los otros chinos, empleando con frecuencia un dedo para dibujar caracteres chinos sobre la palma de la mano. Juan es pequeño, tiene buena salud y posee una especie de agilidad cuidadosa que Goto Dengo opina podría ser útil en lo que está por venir, así que se convierte en miembro de la cuadrilla especial.
Hay que inspeccionar la fontanería sumergida en el lago Yamamoto.
Goto Dengo hace que Rodolfo pregunte si hay algún hombre que haya trabajado de pescador de perlas. Rápidamente encuentra uno, un tipo ágil de aspecto frágil nativo de Palawan llamado Agustín. Agustín está débil por la disentería, pero parece animarse junto al agua, y después de un par de días de descanso ya se está sumergiendo al fondo del lago Yamamoto sin ningún problema. Se convierte en otro de los elegidos de Rodolfo.
En realidad, hay demasiados filipinos para el número de herramientas y agujeros disponibles, así que inicialmente el trabajo marcha con rapidez a medida que los líderes de escuadrón van rotando hombres descansados.
Luego, una noche, como a las dos de la mañana, un sonido desconocido
reverbera por toda la jungla, viniendo desde las tierras bajas donde el río Tojo serpentea por entre campos de caña y arrozales.
Es el sonido de vehículos. En gran número. Como hace meses que los nipones no tienen combustible, la primera idea de Goto Dengo es que debe tratarse de MacArthur.
Se echa un uniforme por encima y corre hacia la entrada principal de Bundok con los otros oficiales. Allí hacen cola docenas de camiones y algunos automóviles, con los motores en marcha y los faros apagados.
Cuando oye una voz nipona saliendo del coche guía, se le hunde el corazón.
Hace tiempo que dejó de sentirse mal por desear ser rescatado por el general Douglas MacArthur.
Sobre los camiones van muchos soldados. Cuando sale el sol, Goto Dengo saborea la extraña y curiosa visión de soldados nipones descansados, saludables y bien alimentados. Van armados con ametralladoras ligeras y pesadas. Tienen el aspecto de los soldados nipones de 1937, cuando recorrían el norte de China. A Goto Dengo le produce un extraño sentimiento de nostalgia recordar una época en que una terrible derrota no era inminente, cuando no iban a perderlo todo de forma horrible. Llega a formársele un nudo en la garganta y empieza a gotearle la nariz.
Luego se recupera, al comprender que por fin ha llegado el gran día. La parte de él que sigue siendo un leal soldado del emperador tiene el deber de asegurarse de que un material de guerra vital, que acaba de llegar, se almacene en la gran bóveda del Gólgota. La parte de él que ya no es un leal soldado tiene todavía muchas cosas que hacer.
En una guerra, por mucho que te prepares y practiques, cuando llega de verdad el gran día no puedes encontrarte el culo con ambas manos. Este día no es una excepción. Pero después de algunas horas de caos, las cosas se ordenan y la gente aprende lo que debe hacer. Los camiones más pesados no pueden recorrer la carretera desigual que Goto Dengo ha construido ribera arriba por el río Tojo, pero sí pueden hacerlo un par de camiones pequeños, y ésos se convierten en los transportes. De tal forma, los camiones pesados entran, uno a uno, en una zona muy protegida y con grandes alambradas —bien oculta a los aviones de observación de MacArthur— que se construyó hace meses. Los filipinos entran en enjambre en esos camiones y descargan las cajas, que son pequeñas, pero
evidentemente muy pesadas. Mientras tanto, los camiones más pequeños llevan las cajas por la carretera del río Tojo hasta la entrada del Gólgota, donde se las descarga en vagonetas de mano y se las lleva por el túnel hasta la bóveda principal. Siguiendo instrucciones de los mandos, Goto Dengo se asegura de que una de cada veinte cajas se desvía a la cámara de los tontos.
A partir de ese punto, la descarga procede automáticamente, y Goto Dengo dedica la mayor parte de esos días a supervisar las últimas fases de las excavaciones. Los nuevos pozos de ventilación avanzan tal y como están previsto, y sólo necesita comprobarlos una vez al día. La diagonal ahora está a sólo unos metros del fondo del lago Yamamoto. El agua ha empezado a filtrarse por entre las pequeñas grietas de la roca del fondo y gotea por el pozo diagonal hasta el Gólgota, donde se acumula en un sumidero que a su vez se escurre al Tojo. Otros metros más de cortar y llegarán al pequeño túnel que Wing y sus hombres crearon hace muchos meses, excavando hacia abajo en lo que luego se convertiría en el fondo del lago.
El mismo Wing está ocupado esos días. Él, Rodolfo y su cuadrilla especial están completando los preparativos finales. Rodolfo y compañía está perforando desde la parte alta de la cresta, abriendo lo que parece otro pozo de ventilación. Wing y compañía están justo debajo, ocupados en un complejo proyecto de fontanería subterránea.
Goto Dengo ha perdido por completo la idea de qué día es. Pero unos cuatro días después de la llegada de los camiones, obtiene una pista. Los filipinos se ponen espontáneamente a cantar sobre sus cuencos de arroz.
Goto Dengo reconoce vagamente la tonada; ocasionalmente se la oyó cantar a los marines norteamericanos en Shanghai.
¿Qué niño es
El que duerme sobre
El regazo de María?
Los filipinos cantan esa canción y otras, en inglés, español y latín, durante toda la noche. Después de calentar los pulmones cantan asombrosamente bien, ocasionalmente iniciando una armonía en dos y tres partes. Al principio, los guardias del teniente Mori se ponen nerviosos con
el dedo en el gatillo, creyendo que se trata de una señal para un asalto en masa. Goto Dengo no quiere ver su trabajo arruinado por una masacre, así que les explica que se trata de una cuestión religiosa, una celebración pacífica.
Esa noche llega otro convoy y se hace salir bruscamente a los trabajadores para descargarlo. Trabajan con alegría, cantando villancicos y bromeando sobre Santa Claus.
Todo el campamento permanece despierto hasta bien pasado el amanecer descargando camiones. De todas formas, Bundok se ha convertido gradualmente en un lugar nocturno, para evitar las miradas de los aviones de observación. Goto Dengo está pensando en irse al catre cuando una descarga de sonidos agudos y claros rompe en el campamento del río Tojo. Como no hay mucha munición disponible, casi nadie dispara ya armas de fuego y casi no reconoce el sonido de la Nambu. Luego salta a la plataforma de un camión y le dice al conductor que se dirija corriente arriba. El tiroteo se ha apagado con la misma rapidez con la que empezó.
Bajo las ruedas lisas del camión, el río se ha vuelto opaco y de un rojo brillante.
Como dos docenas de cuerpos yacen en el agua frente a la entrada del Gólgota. A su alrededor están los soldados nipones, metidos hasta las pantorrillas en el agua roja, con las armas al hombro. Un sargento se pasea con una bayoneta, atravesando las entrañas de los filipinos que todavía se mueven.
—¿Qué pasa? —dice Goto Dengo. Nadie responde. Pero tampoco nadie le dispara; se le permitirá deducirlo por sí mismo.
Está claro que los trabajadores estaban descargando otro camión pequeño, que sigue aparcado al final de la carretera. Descansando bajo el portón trasero hay un cajón de madera que aparentemente cayó" al suelo. El contenido pesado ha hecho estallar el cajón y se ha dispersado por sobre el desigual conglomerado de rocas, cemento y residuos mineros que allí forma la ribera.
Goto Dengo se acerca y mira. Puede verlo con toda claridad, pero de alguna forma no puede absorber el concepto hasta no tenerlo en las manos.
Se inclina, pone los dedos alrededor de un ladrillo frío en el fondo del río y lo saca del agua. Es un reluciente lingote de un metal amarillo,
increíblemente pesado, estampado con palabras en inglés: BANCO DE
SINGAPUR.
Tras él se produce una refriega. El sargento permanece en guardia mientras dos de sus hombres sacan al conductor filipino de la cabina del camión en el que ha venido Goto Dengo. Con calma —con aspecto casi de aburrimiento— el sargento atraviesa al conductor con la bayoneta. Los hombres lo dejan caer en el agua roja y desaparece.
—Feliz Navidad —suelta uno de los soldados. Todos ríen, excepto Goto Dengo.
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