Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 85 de 106

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Criptonomicon

Detención

K opi —le dice Randy a la asistenta de vuelo, y luego se lo piensa mejor, recordando que en esta ocasión está en tercera clase, y llegar hasta un lavabo podría no ser fácil. No es más que un pequeño 757 de Malaysian Air. La asistenta de vuelo percibe la indecisión en su rostro y titubea. El rostro de la azafata está enmarcado en un pañuelo llamativo vagamente islámico que es el intento más simbólico de modestia sexual que Randy haya visto jamás.

—Kopi nyahkafeina —dice Randy, y ella sonríe y le sirve del termo naranja. No es que ella no hable inglés, sino que Randy empieza a sentirse cómodo con el pidgin local. Sabe que no es más que el primer paso de un largo proceso que con el tiempo le convertirá en uno de esos alegres expatriados, fornidos y curtidos por el sol, que infestan los bares de aeropuerto y hoteles Shangri-La de la cuenca del Pacífico.

Por su ventanilla, la larga y esbelta isla de Palawan corre paralela a la ruta de vuelo. Un piloto paralizado por la niebla casi podría llegar desde Kinakuta hasta Manila siguiendo las playas de Palawan, pero en un día como hoy eso no tiene importancia. Esas playas descienden gradualmente hacia las aguas transparentes del mar meridional de China. Cuando estás allá abajo, plantado en la arena, mirando oblicuamente las olas, probablemente no tiene aspecto de ser gran cosa, pero desde aquí arriba puedes ver directamente a muchas brazas de profundidad, y así todas las islas, incluso las cabezas de coral, tienen faldas que empiezan en marrón oscuro y pardo y luego se funden en amarillo y finalmente en azul de piscina hasta con el tiempo convertirse en el azul profundo del océano.

Cada pequeña isla de coral y banco de arena tiene el aspecto de un ojo iridiscente en una pluma de pavo real.

Después de la conversación la noche pasada en la casa de Tom Howard, Randy durmió en la habitación de invitados y luego pasó la mayor parte del día en Kinakuta comprando un nuevo portátil, con un nuevo disco duro, y transfiriendo todos los datos del disco que recuperó en Los Altos al nuevo, cifrándolo todo en el proceso. Teniendo en cuenta todos los documentos corporativos aburridos e inútiles a los que ha sometido a cifrado de alta tecnología, no puede creer que llevase los documentos Aretusa en su disco duro, sin cifrar, durante varios días y pasando por varias fronteras nacionales. Eso sin mencionar las tarjetas ETC originales, que ahora residen en la caja fuerte del sótano de Tom Howard. Claro está, Aretusa ya está cifrado, pero se hizo en 1945, así que según los estándares modernos, bien se podía haber cifrado con un anillo decodificador sacado de una caja de cereales. O eso es lo que Randy en cierta forma espera. Otra cosa que hizo por la mañana fue descargar una copia de Criptonomicón del sitio ftp en el que vive en San Francisco. Randy nunca lo ha mirado con detalle, pero ha oído que contiene ejemplos de código, o al menos algoritmos, que podría emplear para atacar Aretusa. Con suerte, las últimas técnicas públicas para romper códigos contenidas en Criptonomicón podrían servir para la tecnología clasificada que Pontifex y sus colegas empleaban en la NSA treinta años atrás. Esas técnicas no funcionaron contra los mensajes Aretusa que intentaron descifrar, pero probablemente fue debido simplemente a que esos mensajes eran números aleatorios, no las interceptaciones reales.

Ahora que Randy tiene lo que sospecha que son los verdaderos mensajes, podría conseguir lo que Earl Comstock intentó y no pudo durante los años cincuenta.

Están volando cerca del terminator, no el asesino robot del cine, sino la línea entre la noche y el día por la que rota incesantemente nuestro planeta.

Mirando al este, Randy puede ver sobre el borde del mundo el lugar donde es de noche y las nubes sólo reflejan la fracción más roja de la luz solar, ocupando la oscuridad pero reluciendo con huraños fuegos contenidos como carbones entre las cenizas. El avión sigue en la Zona de día, y es seguido diligentemente por misteriosas barras de arcoiris, pequeños dobles espectrales, probablemente alguna nueva tecnología de seguimiento de la

NSA. Algunos de los ríos de Palawan corren azules directamente hacia el océano y algunos transportan enormes penachos de limo erosionado que se extienden al llegar al océanos y que las corrientes barren hacia la orilla. En Kinakuta hay menos deforestación que aquí, pero sólo porque en su lugar tienen petróleo. Todo estos países queman recursos a un ritmo fantástico para alimentar sus economías, apostando que podrán dar el salto al hiperespacio —presumiblemente, algún tipo de economía del conocimiento

— antes de que se les acabe la materia que vender y se conviertan en Haití.

Randy está ojeando las secciones iniciales de Criptonomicón, pero nunca ha podido concentrarse en un avión. Las secciones iniciales son páginas robadas de los manuales militares de la Segunda Guerra Mundial.

Estaban clasificados hasta hace diez años, cuando uno de los amigos de Cantrell encontró copias en una biblioteca de Kentucky y se fue allí con un cargamento de monedas para fotocopiarlo todo. Eso hizo que el criptoanálisis público y civil llegase al nivel del gobierno en los años cuarenta. Las páginas fotocopiadas pasaron por un escáner y un programa de OCR y se convirtieron al formato HTML empleado para páginas web de forma que la gente pudiese añadir enlaces, anotaciones y correcciones sin alterar el texto original, lo que han hecho con entusiasmo, lo que está muy bien pero hace difícil leerlo. El texto original está compuesto con un tipo de letra deliberadamente apretado y de aspecto antiguo para que instantáneamente sea fácil distinguirlo de las anotaciones de la era cibernética. La introducción a Criptonomicón la escribió, probablemente antes de Pearl Harbor, un tipo llamado William Friedman, y está llena de aforismos que probablemente tienen como intención evitar que los rompecódigos neófitos se vuelen la cabeza con una granada después de pasar una larga semana luchando contra las cifras mecánicas más recientes de los nipones.

Aparentemente, no se reconoce lo suficiente el hecho de que el investigador científico trabaja el 50 por ciento de su tiempo según medios no racionales.

La intuición, al igual que un destello de luz, dura sólo un segundo. Por lo general, llega cuando a uno le atormenta un descifrado difícil y cuando uno repasa en la cabeza los infructuosos experimentos que ya

se han probado. De pronto, la luz llega y uno encuentra después de unos minutos lo que días anteriores de trabajo fueron incapaces de lograr.

Y el favorito de Randy,

Con respecto a la suerte, hay un viejo proverbio minero: «El oro está allí donde se lo encuentra.»

Hasta ahora bien, pero luego, con algunos golpes a la tecla de avance de página, Randy está mirando una rejilla interminable de letras aleatorias (alguna especie de método predigital para romper códigos) que el autor no hubiese añadido al documento si no ofreciese alguna lección útil al lector.

Randy es tristemente consciente de que hasta que no aprenda a leer esas rejillas no alcanzará el nivel de competencia de los criptoanalistas novatos de la Segunda Guerra Mundial. Los mensajes de ejemplo empleados son del tipo UN AVIÓN PERDIDO EN EL MAR y LAS TROPAS TIENEN

PROBLEMAS PARA MANTENER LA CONEXIÓN CON LA

INFANTERÍA CUARENTA Y CINCO STOP que a Randy le resultan algo antiguo y melodramático hasta que recuerda que el libro lo escribió gente que probablemente no tenía tal impresión, que vivía en una era anterior a que las cosas fuesen antiguas y melodramáticas, una época radicalmente diferente donde los aviones se perdían realmente y la gente de esos aviones nunca regresaba para ver a sus familiares y que las personas que sacaban el tema del melodramatismo en las conversaciones recibían compasión, se las apartaba o quizá se las sometía a psicoanálisis.

Randy se siente como un mierda cuando piensa en esas cosas. Piensa en Chester. ¿Es el 747 destrozado que cuelga de su techo un monumental acto de mal gusto o Chester está haciendo un Comentario con esa cosa? ¿Podría ser que el inadaptado de Chester sea en realidad un profundo pensador que ha trascendido la superficialidad y la falta de sinceridad de su tiempo?

Muchas personas serias han discutido eso mismo durante mucho tiempo, y es por eso que aparecen artículos sobre la casa de Chester en los lugares más inesperados. Randy se pregunta si alguna vez en su vida ha tenido una experiencia seria, una experiencia que valiese la pena reducir a un mensaje puntuado por un STOP en letras mayúsculas y pasarlo por un criptosistema.

Deben de haber volado ya sobre el punto del naufragio. En unos días, Randy dará la vuelta y regresará a medio camino de Kinakuta para contribuir lo que pueda a la tarea de sacar lingotes de oro. Sólo va a Manila para ocuparse de algunos asuntos, una especie de reunión urgente exigida por uno de los socios filipinos de Epiphyte. Lo que Randy vino a hacer a Manila, hace un año y medio, básicamente se dirige solo, y cuando exige su atención le parece terriblemente molesto.

Puede comprender que la forma moderna de pensar, aplicada al Criptonomicón, no va a ayudarle demasiado con la meta de descifrar los mensajes Aretusa. Los autores originales de Criptonomicón tenían que descifrar y leer esos malditos mensajes para poder salvar las vidas de sus compatriotas. Pero los comentaristas modernos no tienen interés per se en leer los mensajes de otras personas; sólo prestan atención al tema porque aspiran a crear nuevos criptosistemas que la NSA o la nueva OIRTD no puedan romper. La Cámara Negra. Los expertos en criptografía no se fiarían de un criptosistema hasta que no lo hubiesen atacado, y no pueden atacarlo hasta no conocer las técnicas criptoanalíticas básicas, de ahí la exigencia de un documento como la versión moderna y anotada de Criptonomicón. Pero sus ataques normalmente no van más allá de demostrar las vulnerabilidades de un sistema en abstracto. Todo lo que desean es poder decir que en teoría este sistema podría atacarse de la siguiente manera porque desde el punto de vista de la teoría formal de números pertenece a tal y tal clase de problemas, y esos problemas como grupo exigen tantos ciclos de procesador para ser atacados. Y todo eso encaja muy bien con la forma moderna de pensar sobre cosas en que lo único que precisas, para poder obtener cierta sensación de logro personal y ganarte el elogio de tus iguales, es demostrar la habilidad de encajar nuevos ejemplos de cosas en los agujeros intelectuales adecuados.

Pero el espacio que hay entre demostrar la vulnerabilidad de un criptosistema en abstracto y romper efectivamente un montón de mensajes escritos con ese criptosistema es tan amplio y profundo como el abismo que hay entre poder criticar una película (por ejemplo, clasificándola en un género o movimiento en particular) y ser capaz de salir al mundo con una cámara de cine y un montón de película y rodar una. Sobre esas cosas Criptonomicón no tiene nada que decir hasta llegar a sus estratos más

profundos y antiguos. Algunos de los cuales, sospecha Randy, son obra de su abuelo.

La azafata jefe habla por el intercomunicador y dice algo en varios idiomas. Cada transición a una nueva lengua viene acompañada de un conato de confusión que recorre toda la cabina de pasaje: primero son los pasajeros angloparlantes los que empiezan a preguntarse unos a otros qué se ha dicho en la versión inglesa y están a punto de dejarlo por imposible cuando termina la versión cantonesa y son los pasajeros chinos los que empiezan a preguntar qué se ha dicho. La versión malaya no produce ninguna reacción porque en realidad nadie habla malayo, excepto quizá Randy cuando pide café. Presumiblemente el mensaje está relacionado con el hecho de que el avión esté a punto de aterrizar. Manila se extiende en la oscuridad, grandes zonas de la ciudad se apagan y encienden a medida que segmentos diferentes de la red eléctrica se enfrentan a su particular lucha entre el mantenimiento y la sobrecarga. En su mente, Randy ya está sentado frente al televisor con un cuenco de Cap'n Crunch. Quizás haya algún sitio en el AINA donde pueda comprar un brik de leche helada, de forma que, de camino a casa, ni siquiera tenga que parar en un 24 Jam.

Las azafatas de Malaysian Air le ofrecen grandes sonrisas a la salida; como saben los expatriados tecnócratas que se mueven por el mundo, la gente de la industria de la hospitalidad cree que es adorable, o fingen creerlo, el que intentes usar alguna lengua —cualquiera— aparte del inglés, y te recordarán por tu intento. Pronto está en el interior del viejo AINA, que dispone casi de un sistema de aire acondicionado. Hay todo un grupo de chicas ataviadas con chubasqueros reunidas cerca de la cinta de equipaje y que hablan como cotorras bajo una señal que dice MUERTE A LOS

TRAFICANTES DE DROGAS. Las maletas tardan un montón en aparecer; Randy no hubiese facturado el equipaje si no fuese porque había comprado muchos libros, y otros recuerdos, en su viaje, algunos recuperados de la casa destrozada y otros heredados del baúl de su abuelo. Y en Kinakuta compró un equipo de inmersión nuevo al que espera dar uso muy pronto.

Finalmente se tuvo que comprar una de esas enormes bolsas como petates con ruedas para poder llevarlo todo. Randy disfruta mirando a las chicas, aparentemente un equipo de hockey de instituto o universitario de viaje.

Para ellas, incluso esperar que la cinta de equipaje se ponga en marcha es

una gran aventura, llena de emociones y escalofríos; por ejemplo, cuando la cinta se pone en marcha durante unos momentos y luego vuelve a pararse.

Pero al fin se pone en marcha de verdad, y aparece toda una fila de bolsas de gimnasia idénticas, de colores que hacen juego con los uniformes de las chicas, y en medio de ellas está la de Randy. La levanta de la cinta y comprueba los pequeños candados de combinación: uno en la cremallera del compartimiento principal y otro en el bolsillo más pequeño al extremo de la bolsa. Hay un bolsillo diminuto en la parte superior de la bolsa que no tiene ninguna función práctica que Randy pueda concebir; no lo usó y por tanto no le puso candado.

Tira del asa telescópica de la bolsa, la pone sobre las ruedas y se dirige a aduanas. Por el camino se mezcla con el grupo de jugadoras de hockey, a las que la operación de aduanas les parece excitante e hilarante, lo que a él le resulta ligeramente vergonzoso hasta que ellas empiezan a sentir que su propia hilaridad es hilarante. Sólo hay algunas filas de aduanas abiertas, y hay una especie de director de tráfico que envía a la gente a un lado o a otro: envía a las chicas a la fila verde y luego, inevitablemente, desvía a Randy hacia la roja.

Mirando más allá de la fila, Randy puede ver el área al otro lado donde la gente espera para recibir a los pasajeros. Allí hay una mujer con un bonito vestido. Es Amy. Randy se detiene por completo para apreciarla mejor. Tiene un aspecto fantástico. Se pregunta si es totalmente presuntuoso por su parte suponer que Amy se puso el vestido exclusivamente porque sabía que a Randy le gustaría verla con él puesto. Sea presuntuoso o no, eso es lo que piensa, y casi le hace desear desmayarse. No quiere adelantar acontecimientos, pero quizás esta noche le espere algo mejor que un cuenco de Cap'n Crunch.

Randy avanza. Quiere echar a correr e ir directamente a por Amy, lo que sería una mala idea. Pero no es problema. La expectación nunca ha matado a nadie. En realidad la expectación puede ser muy agradable. ¿Qué dijo Avi? «En ocasiones desear es mejor que tener.» Randy está bastante seguro de que tener a Amy no le defraudaría, pero desearla tampoco está tan mal.

Lleva por delante la bolsa del portátil y arrastra a su espalda la bolsa grande, reduciendo velocidad gradualmente hasta detenerse para que no siga avanzando por su propio impulso y le rompa las rodillas. Está la

habitual larga mesa metálica de acero inoxidable y tras ella el aburrido caballero con forma de boca de incendios que le dice:

—¿Nacionalidad? ¿Aeropuerto de embarque? —por millonésima vez en su vida.

Randy entrega sus documentos y contesta a las preguntas mientras se inclina para colocar la bolsa sobre la mesa.

—Retire los candados, por favor —dice el inspector de aduanas. Randy se inclina y entrecierra los ojos para intentar alinear las ruedecillas en la combinación correcta. Mientras lo hace, oye como el inspector de aduanas se mueve junto a su cabeza y abre el diminuto bolsillo vacío en lo alto de la bolsa. Se produce un crujido.

—¿Qué es esto? —pregunta el inspector—. ¿Señor? ¿Señor?

—Sí, ¿qué es? —dice Randy, poniéndose recto y mirando al inspector a los ojos.

Como un modelo en un documental publicitario, el inspector sostiene una pequeña bolsa Ziploc junto a su cabeza y la señala con la otra mano.

Tras él se abre una puerta y sale gente. La bolsa Ziploc está parcialmente llena de azúcar, o algo —quizás azúcar glas— y enrollada para darle forma de cigarrillo.

—¿Qué es esto, señor?—repite el inspector.

Randy se encoge de hombros.

—¿Cómo voy a saberlo? ¿De dónde ha salido?

—De su bolsa, señor —dice el inspector, y señala el bolsillito.

—No. Ese bolsillo estaba vacío —dice Randy.

—¿Es ésta su bolsa, señor? —dice el inspector, alargando una mano para mirar la pegatina de equipaje que cuelga del asa. A su espalda se ha formado una buena multitud, indistinta para Randy, quien comprensiblemente se concentra en el inspector.

—Espero que sí... acabo de abrir los candados —dice Randy. El inspector se vuelve y hace un gesto a las personas que tiene a su espalda, que se mueven en masa hacia la luz. Visten uniformes y muchos de ellos llevan pistola. Muy pronto, algunas de ellas están a su espalda. De hecho, le rodean. Randy mira hacia Amy, pero ve un par de zapatos abandonados:

ella corre descalza hacia un montón de teléfonos públicos. Probablemente nunca la vuelva a ver con un vestido.

Se pregunta si será mala idea, desde un punto de vista estrictamente práctico, pedir un abogado tan pronto.

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