Criptonomicon
Peatón
R espete a los peatones, dicen las señales de tráfico en la zona metropolitana de Manila. Tan pronto como las vio, Randy supo que iba a tener problemas.
Durante las primeras dos semanas que pasó en Manila su trabajo consistía en pasear. Recorría la ciudad llevando un receptor GPS de mano, apuntando latitudes y longitudes. Cifraba los datos en su habitación de hotel y los enviaba por e-mail a Avi. Se convirtieron en parte de la propiedad intelectual de Epiphyte. Se habían convertido en activos. Ahora había conseguido unas oficinas. Randy se dirige hacia allí caminando, con obstinación. Sabe que la primera vez que coja un taxi, no volverá a caminar.
RESPETE A LOS PEATONES, decían las señales, pero los conductores, el espacio físico, las costumbres locales relativas al uso de terreno y la disposición misma del lugar conspiraban para tratar al peatón con el desprecio que tanto merece. Randy recibiría más respeto si fuese a trabajar subido en un saltador con una hélice en la cabeza. Todas las mañanas el botones le pregunta si quiere un taxi, y prácticamente se desmaya cuando dice que no. Todas las mañanas los taxistas dispuestos en fila frente al hotel, apoyados en los vehículos y filmando, le gritan: — ‹; Taxi? ¿Taxi?
Al rechazarlos, hacen entre ellos ingeniosos comentarios en tagalo y ríen descontroladamente.
Por si Randy todavía no ha captado el mensaje, un helicóptero nuevo rojo y blanco llega volando bajo sobre el Parque Rizal, gira un par de veces
como un perro preparándose para echarse, no lejos de unas palmeras, justo frente al hotel.
Randy ha adquirido el hábito de llegar a Intramuros cortando por el Parque Rizal. No es una ruta directa. La ruta directa pasa sobre tierra de nadie, una intersección vasta y peligrosa llena de chozas y ocupas (es peligrosa por los coches, no los ocupas). Si atraviesas el parque, sólo tienes que deshacerte de un montón de putas. Pero a estas alturas Randy es un experto en esa tarea. La putas no pueden concebir la idea de un hombre tan rico como para hospedarse en el Hotel Manila que voluntariamente camine por la ciudad cada día, y lo han dejado por loco. Se ha desplazado a la región de las cosas irracionales que simplemente es preciso aceptar, y en las Filipinas se trata de una región casi infinita.
Randy no conseguía comprender por qué todo olía siempre tan mal hasta que se tropezó con un enorme hueco rectangular en la acera y miró para ver el fluir de la masa maloliente de las aguas residuales. Las aceras no son más que las tapas de las alcantarillas. El acceso a las profundidades viene dado por losas de cemento con asas circulares que sobresalen. Los ocupas fabrican arneses de alambre que se introducen en las asas para facilitar el retirarlas y crear así letrinas públicas instantáneas.
Frecuentemente las losas llevan grabadas las iniciales, el nombre del equipo o el grafito de los caballeros que las fabricaron, y aunque su competencia y atención a los detalles varía, su esprit de corps está ajustado al nivel más alto.
Hay un número limitado de puertas que llevan a Intramuros. Randy debe esquivar un asedio diario de taxis tirados por caballos, algunos de los cuales no tienen nada mejor que hacer que seguirle por la calle durante un cuarto de hora diciéndole:
—¿Señor? ¿Señor? ¿Taxi? ¿Taxi?
Uno de ellos en particular es el capitalista más tenaz que Randy haya visto nunca. Cada vez que se coloca junto a Randy, una cuerda de orina surge del vientre de su caballo y choca contra el pavimento, silbando y formando espuma. Diminutos cometas de pis chocan contra los pantalones de Randy. Él siempre viste pantalones largos, independientemente de la temperatura.
Intramuros es un vecindario extrañamente tranquilo y perezoso. Se debe especialmente a que fue destruido durante la guerra, y todavía no lo han destruido. En su mayoría siguen siendo granjas de malas hierbas, lo que es muy extraño en medio de una vasta y abarrotada metrópoli.
Varios kilómetros hacia el sur, en dirección al aeropuerto, entre hermosas construcciones suburbanas, se encuentra Makati. Sería el lugar lógico para la central de Epiphyte Corp. Tiene un par de gigantescos hoteles de cinco estrellas en cada calle, torres de oficinas de aspecto limpio y genial, y modernos bloques de apartamentos. Pero Avi, haciendo gala de su perverso sentido de la propiedad inmobiliaria, ha decidido rechazar todas esas ventajas a favor de lo que ha descrito por teléfono como textura.
—No me gusta comprar o alquilar propiedades cuando los precios están llegando al máximo —dijo.
Comprender las motivaciones de Avi es como pelar una cebolla con un palillo. Randy sabe que hay más de lo que parece: quizá se gane un favor, o esté correspondiendo a un favor, de su casero. Quizás ha estado leyendo a algún gurú de la administración que aconseja a los jóvenes empresarios que se sumerjan en la cultura local. No es que Avi haya tenido jamás demasiado aprecio por los gurús. La última hipótesis de Randy es que todo está relacionado con las líneas de visión; las latitudes y las longitudes.
En ocasiones Randy. camina por lo alto de la muralla española.
Alrededor de la calle Victoria, donde MacArthur tuvo el cuartel general antes de la guerra. Es tan ancha como una calle de cuatro carriles. Los amantes se acurrucan en los huecos trapezoidales para los cañones y abren los paraguas para conseguir intimidad. Bajo él, hacia la izquierda, está el foso, tan ancho como un par de calles, prácticamente seco. Los ocupas han construido chozas en su interior. En las partes que siguen sumergidas, cavan buscando cangrejos en el lodo o lanzan redes improvisadas entre los lotos púrpuras y magenta.
A la derecha está Intramuros. Unos pocos edificios sobresalen sobre un revoltijo confuso de piedras desparramadas. Hay antiguos cañones españoles, medio enterrados, salpicados por el lugar. Los tendederos y las antenas de televisión se mezclan con las enredaderas y el cableado eléctrico improvisado. Los postes eléctricos sobresalen en ángulos extraños, como las ramas altas que pueden caer en cualquier momento en un bosque
quemado, algunos casi completamente ocultos por las burbujas de vidrio de los contadores eléctricos. Cada doce metros aproximadamente, sin causa aparente, humea un montón de basura.
Al pasar frente a la catedral, los niños le siguen, gimoteando y pidiendo lastimeros hasta que pone algunos pesos en sus manos. Entonces sonríen y a continuación lanzan un alegre:
—¡Gracias! —en un inglés con perfecto acento de centro comercial americano.
Los mendigos de Manila no parecen tomarse su trabajo demasiado en serio, porque incluso ellos han sido infectados por el hongo cultural de la ironía y parece que siempre están reteniendo una sonrisa, como si no pudiesen creerse que estén haciendo algo tan trillado.
No comprenden que él está trabajando. No importa.
Randy siempre ha tenido ideas más rápido de lo que puede usarlas. Pasó los primeros treinta años de su vida dejándose llevar por cualquier idea que le resultase atractiva en ese momento, descartándola en cuanto aparecía otra mejor.
Ahora vuelve a trabajar para una compañía, y siente la responsabilidad de usar su tiempo de forma productiva. Las buenas ideas le vienen tan rápido como siempre, pero debe mantener la vista fija en la pelota. Si la idea no es pertinente para Epiphyte, debe apuntarla y olvidarse de ella de momento. Si es pertinente, debe resistirse a la idea de sumergirse en ella y pensar: «¿Se le habrá ocurrido esa idea a alguien antes?, ¿es posible simplemente comprar la tecnología?, ¿puede delegar el trabajo a un programador contratado en Estados Unidos?»
Camina despacio, en parte porque en caso contrario sufriría una insolación y caería muerto en el arroyo. Peor aún, podría caerse por una abertura a un torrente de basura, o rozar los cables eléctricos de los ocupas, que cuelgan sobre su cabeza como áspides pacientes. Los peligros constantes de electrocución total por arriba y de ahogarse en mierda líquida por abajo le obligan a mirar continuamente de arriba abajo además de un lado a otro. Randy nunca se ha sentido más atrapado entre un cielo caprichoso y peligroso y un submundo infernal. El país está tan macerado en religión como la India, pero aquí es catolicismo.
En el extremo norte de Intramuros hay un pequeño distrito comercial.
Está encajado entre la catedral de Manila y el Fuerte Santiago, que los españoles construyeron para controlar la desembocadura del río Pasig. Está claro que es un distrito comercial porque hay servicio telefónico. Como en otras Economías Asiáticas en Rápida Expansión, no es fácil decidir si se trata de un cableado pirata o de una instalación oficial increíblemente mal realizada. Son el ejemplo perfecto de por qué el diseño incremental es malo.
En algunos sitios el conjunto de cables es tan grueso que Randy probablemente no podría abarcarlos con ambos brazos. El peso y la tensión han empezado a tirar de los postes, especialmente en las curvas de las calles, donde los cables dan la vuelta a las esquinas y ejercen una fuerza neta lateral sobre el poste.
Todos los edificios han sido construidos de la forma más barata posible: cemento vertido en moldes de madera sobre rejillas formadas por barras de metal atadas a mano. Son mazacotes, grises y por completo indistinguibles unos de otros. Un par de edificios más altos, veinte o treinta pisos, se alzan sobre el distrito desde una intersección cercana, con el viento y los pájaros circulando por entre las ventanas rotas. Fueron gravemente dañados en un terremoto durante los años ochenta y todavía no los han arreglado.
Pasa junto a un restaurante con una rechoncha fortaleza de cemento enfrente, con las salidas recubiertas de rejas de acero ennegrecido y las tuberías oxidadas, que sirven de ventilación al generador diesel oculto en su interior, sobresaliendo de la parte superior.
En el exterior han pintado un orgulloso NADA DE APAGONES
PARCIALES. Detrás hay un edificio de oficinas posterior a la guerra, de cuatro pisos de altura, con un fajo especialmente grueso de cables telefónicos surgiendo de él. La parte baja de la fachada tiene atornillado el logo de un banco. Hay un aparcamiento enfrente. Las dos plazas que quedan frente a la entrada principal están bloqueadas por carteles pintados a mano: RESERVADO PARA VEHÍCULO BLINDADO Y RESERVADO
PARA EL DIRECTOR DEL BANCO. Un par de guardas están apostados frente a la entrada sujetando los mangos de madera de rifles antidisturbios, armas con aspecto de armatoste y la apariencia caricaturesca de accesorios de figuras de acción. Uno de los guardas se encuentra detrás de una
plataforma blindada que ostenta un cartel: POR FAVOR ENTREGUE LAS
PISTOLAS/ARMAS AL GUARDA
Randy intercambia un saludo con el guarda y entra en el vestíbulo del edificio, donde hace tanto calor como fuera. Rodea el banco e ignora el poco fiable ascensor, atraviesa una puerta de acero que le conduce hasta una escalera estrecha. Hoy está a oscuras. El sistema eléctrico del edificio es un conjunto de remiendos: varios sistemas diferentes que coexisten en el mismo espacio, controlados por paneles diferentes, algunos con generador y otros sin él. Por tanto, los apagones se inician y concluyen en fases. En algún punto de lo alto de la escalera se oye el canto de los pájaros, que compite con las alarmas de coches que se disparan en el exterior.
Epiphyte Corp. tiene alquilado el piso más alto del edificio, aunque por el momento él es la única persona que trabaja allí. Gracias a Dios; el aire acondicionado sí ha estado funcionando. El dinero que pagaron por su propio generador ha valido la pena. Desactiva el sistema de alarma, va a la nevera y saca dos botellas de agua de un litro. Su regla de oro, después de caminar, es beber agua hasta que empieza a orinar de nuevo. Sólo después de eso puede pensar en otras actividades.
Ha sudado demasiado para sentarse. Debe seguir moviéndose para que el aire frío y seco fluya alrededor de su cuerpo. Se sacude el sudor de la barba mientras realiza una órbita por el suelo, mirando por la ventanas y comprobando las líneas de visión. Se saca una espantosa cartera de nylon del bolsillo y la deja colgar del cinturón para que la piel que había debajo se seque. Contiene su pasaporte, una tarjeta de crédito sin usar, diez billetes de cien dólares nuevos y un disco con la clave de cifrado de 4096 bits.
Al norte puede examinar las zonas verdes y murallas del Fuerte Santiago, donde se afana una falange de turistas nipones, preservando su diversión con precisión forense. Al otro lado del río está Quiapo, una zona urbanizada: altos edificios de apartamentos y oficinas con nombres corporativos grabados en los pisos más altos y con antenas de satélite en los tejados.
Todavía reacio a quedarse quieto, Randy pasea por la oficina en el sentido de las agujas del reloj. Intramuros está rodeado de un anillo de
verde, su antiguo foso. Él mismo acaba de atravesar su borde oeste. El este está tachonado de imponentes edificios neoclásicos que albergan a varios ministerios gubernamentales. El edificio de Correos y Telecomunicaciones se encuentra en la orilla del Pasig, en un vértice del río del que irradian hacia Quiapo tres puentes muy próximos entre sí. Más allá de las inmensas estructuras recientes situadas sobre el río, Quiapo y el vecindario cercano de San Miguel son un conjunto de gigantescos establecimientos: una estación de tren, una vieja prisión, muchas universidades y Malacanang Palace, que está subiendo río arriba por el Pasig.
De vuelta a este lado del río. Intramuros está al frente (iglesias y catedrales rodeadas de tierra dormida), instituciones gubernamentales y edificios universitarios más o menos en el centro, y, más allá, una extensión aparentemente infinita de una ciudad de edificios bajos y mucho humo. A varios kilómetros al sur se encuentra la reluciente ciudad de negocios de Makati, construida alrededor de un cuadrado en el que se cruzan dos enormes carreteras en ángulo agudo, un eco de la intersección de pistas de aterrizaje del AINA un poco más al sur. A partir de Makati se extiende una ciudad esmeralda de grandes casas situadas sobre grandes jardines: allí viven los embajadores y los presidentes de las corporaciones. Siguiendo con el paseo en el sentido de las agujas del reloj puede recorrer el Boulevard Roxas, subiendo hacia él desde el rompeolas, definido por una línea de altas palmeras. La bahía de Manila está abarrotada de barcos pesados, grandes buques de carga que llenan el agua como troncos en una explotación forestal. El puerto de contenedores está debajo de él hacia el oeste: una malla de almacenes sobre terreno expropiado que es tan plana, y tan natural, como una lámina de tablero aglomerado.
Al mirar más allá de las grúas y los contenedores, en dirección oeste sobre la bahía, apenas puede distinguir la silueta montañosa de la península de Batan, a unos 65 kilómetros de distancia. Siguiendo esa silueta negra hacia el sur —siguiendo la ruta tomada por los nipones en 1942— casi puede distinguir un bulto en el extremo sur. Debe ser la ísla de Corregidor.
Es la primera vez que consigue verla; hoy la atmósfera está desacostumbradamente limpia.
Un fragmento trivial de historia flota hasta la superficie de su cerebro fundido. El galeón de Acapulco. La señal de fuego en Corregidor.
Marca el número GSM de Avi. Avi, en algún lugar del mundo, contesta.
Por lo que se oye, parece que está en un taxi, en uno de esos países en los que dar bocinazos todavía es un derecho inalienable.
—¿Qué tienes en mente, Randy?
—Líneas de visión—dice Randy.
—¡Caramba! —espeta Avi, como si una pelota de goma le hubiese golpeado en el estómago—. Te has dado cuenta.
OceanofPDF.com