Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 50 de 106

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Criptonomicon

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L e han metido en el hueco estrecho que queda entre el casco exterior perforado y el casco presurizado del submarino, por donde pasa agua oscura y glacial con la potencia de una manguera de incendios y le atormenta con escalofríos de malaria: los huesos cascan, las articulaciones se congelan, los músculos se llenan de nudos. Está encajado sin espacio libre entre dos superficies desiguales de acero duro, doblándole en formas que se supone que su cuerpo no debería doblarse, y castigándole cuando intenta moverse. Sobre su cuerpo empiezan a crecer los percebes: como piojos pero mayores y con más capacidad de penetrar en la carne. De alguna forma es capaz de seguir respirando, lo justo para permanecer con vida y saborear lo incómodo de la situación en la que se encuentra. Ha estado mucho tiempo respirando agua de mar fría, le ha despellejado los conductos respiratorios, y sospecha que el plancton o algo similar crece ahora en sus pulmones. Golpea el casco presurizado, pero el impacto no produce ningún ruido. Puede sentir el calor del interior, y le gustaría entrar para disfrutar de él. Al final sucede algo con la lógica de los sueños y encuentra una escotilla. La corriente saca a Shaftoe, dejándole suspendido en soledad en medio de un cosmos acuoso, y el submarino se aleja silbando y abandonándole. Ahora Shaftoe está perdido. No sabe distinguir arriba de abajo. Algo le golpea en la cabeza. Ve unas cosas negras con aspecto de bidones que se mueven inexorablemente por entre las aguas dejando rastros cometarios paralelos de burbujas. Cargas de profundidad.

Luego Shaftoe se despierta y comprende que no era más que su cuerpo deseando morfina. Durante un momento está seguro de que vuelve a estar

en Oakland y que el teniente Reagan se alza ante él, preparándose para la Fase 2 de la entrevista.

—Buenas noches, sargento Shaftoe —dice Reagan. Por alguna razón ha adoptado un fuerte acento alemán. Una broma. ¡Estos actores! Shaftoe huele carne, y otras cosas no tan apetitosas. Algo pesado, pero no especialmente duro, le golpea la cara. Luego se retira. Luego vuelve a golpearle.

—¿Su compañero es un buscador de morphium? —dice Beck. Enoch Root se muestra un poco sorprendido; sólo llevan ocho horas en el submarino.

—¿Ya se ha convertido en un incordio?

—Está semiconsciente —dice Beck—, y tiene mucho que decir sobre lagartos gigantes, entre otras cosas.

—Oh, eso es normal en él —dice Root ya aliviado—. ¿Qué le hace pensar que sea un buscador de morphium?

—La botella de morphium y la jeringuilla hipodérmica que tenía en el bolsillo —dice Beck con la ironía inexpresiva teutónica—, y las marcas de aguja en los brazos.

Root observa que el submarino es como un túnel taladrado en el mar y tapizado de aparatos. El camarote (si no es una palabra demasiado grandiosa) es de lejos el espacio abierto más grande que Root ha visto, lo que significa que puede estirar los brazos sin golpear a nadie o tirar sin querer un reloj o una lámpara. Incluso tiene un armario de madera, y ha sido aislado del pasillo por una cortina de cuero. Cuando le trajeron, pensó que era un armario de la limpieza. Pero al examinarlo con atención, comienza a comprender que es el lugar más agradable de todo el submarino: el camarote privado del capitán. Suposición que queda confirmada cuando Beck abre con llave un cajón y saca una botella de Armagnac.

—Conquistar Francia tiene sus privilegios —dice Beck.

—Sí —responde Root—, realmente sabéis cómo saquear un país.

El teniente Reagan ha vuelto, atacando a Bobby Shaftoe con un estetoscopio que parece haber sido conservado en un baño de nitrógeno líquido hasta el momento de usarse.

—Tose, tose, tose —dice continuamente. Al final aparta el instrumento.

Algo está jodiendo los tobillos de Shaftoe. Intenta apoyarse en el codo para echar un vistazo y se golpea la cara contra una tubería abrasadoramente caliente. Una vez que ha conseguido recuperarse, mira cuidadosamente al otro extremo de su cuerpo y ve allí abajo una puta ferretería. ¡Los cabrones le han puesto cadenas!

Se recuesta y un jamón colgante le golpea en la cara. Encima hay un firmamento de tuberías y cables. ¿Dónde lo ha visto antes? En el Dutch-Hammer, allí fue. Sólo que en este submarino las luces están encendidas, no parece que esté hundiéndose y está lleno de alemanes. Los alemanes se muestran tranquilos y relajados. Ninguno de ellos está sangrando o gritando. ¡Maldición! El navío se agita de un lado a otro, y una gigantesca Blutwurst le golpea en la barriga.

Comienza a prestar atención a lo que le rodea, intentando descubrir dónde está. No hay mucho que ver, excepto carne colgando. El camarote es una rodaja de seis pies de submarino, con una pasarela estrecha en el medio, cercado de literas. O quizá sean camastros. La que tiene justo enfrente está ocupada por un saco de lona sucio.

Que se jodan. ¿Dónde está la caja con las botellas púrpura?

—Es divertido leer las comunicaciones con Charlottenburg —le dice Beck a Root, cambiando de tema a los mensajes descifrados que hay sobre la mesa

—. Quizá las escribió ese judío Kafka.

—¿Y eso?

—Parece que no esperan que regresemos vivos a casa.

—¿Qué le hace pensar tal cosa? —dice Root, intentando no saborear demasiado el Armagnac.

Cuando se lo lleva a la nariz e inhala, el aroma casi aniquila la peste a orina, vómitos, comida podrida y diesel que baña hasta el nivel atómico

todo lo que contiene el submarino.

—Nos presionan para que enviemos información sobre los prisioneros.

Están muy interesados en vosotros —dice Beck.

—En otras palabras —dice Root con cuidado—, quieren que nos interrogues ahora mismo.

—Exacto.

—¿Y que envíes los resultados por radio?

—Sí—dice Beck—. Pero en realidad debería concentrarme en que todos permaneciésemos con vida... pronto saldrá el sol y nos esperan muchos problemas. Recordaré que tu nave envió nuestras coordenadas antes de que la hundiésemos. Todos los aviones y barcos aliados nos estarán buscando.

—Por tanto, si coopero —dice Root—, podrás volver a concentrarte en salvaguardar nuestras vidas.

Beck intenta controlar una sonrisa. Su pequeña táctica era desde el principio torpe y evidente, y Root ya lo ha comprendido. Beck se siente, en todo caso, aún más incómodo que Root con respecto a ese rollo del interrogatorio.

—Supongamos que te cuento todo lo que sé —dice Root—. Si lo envías todo a Charlottenburg, la radio estará funcionando, en la superficie, durante horas. Huffduff nos localizará en unos segundos y todo bombardero y destructor en mil millas a la redonda te caerá encima.

—Caerá sobre nosotros —le corrige Beck.

—Sí. Así que si realmente quiero conservar la vida, será mejor que me calle —dice Root.

—¿Busca esto? —dice el alemán del estetoscopio, quien (según ha descubierto Shaftoe) no es un médico de verdad, sino simplemente el tipo que resulta estar al cargo de la caja de material médico. En todo caso, está sosteniendo el objeto. El objeto en sí.

—¡Deme eso! —dice Shaftoe, intentado agarrarla débilmente—. ¡Es mío!

—En realidad, es mío —dice el médico—. La suya está con el capitán.

Podría compartir parte de la mía si coopera.

—Jódase —dice Shaftoe.

—Muy bien —dice el médico—. La dejaré aquí. —Pone la jeringuilla llena de morfina en la litera opuesta y un nivel por debajo de la de Shaftoe, de forma que Shaftoe, mirando por entre un par de Knockwursts, pueda verla. Pero no pueda alcanzarla. Luego el médico se va.

—¿Por qué llevaba el sargento Shaftoe una botella alemana de morfina y una jeringuilla alemana? —pregunta Beck inquisitivo, intentando en la medida de lo posible que parezca una conversación y no un interrogatorio.

Pero el esfuerzo le supera y esa sonrisa intenta de nuevo tomar el control de sus labios. Es la sonrisa de un perro apaleado. A Root le parece algo alarmante, ya que Beck es el tipo encargado de mantener con vida a todos los que están en el submarino.

—No lo sabía —dice Root.

—La morfina está muy regulada —dice Beck—. Cada botella tiene un número. Ya hemos radiado los números de la botella del sargento Shaftoe a Charlottenburg, y pronto sabremos de dónde ha salido. Aunque es posible que no nos lo digan.

—Buen trabajo. Eso les mantendrá ocupados durante un tiempo. ¿Por qué no vuelve a comandar la nave? —sugiere Root.

—Nos encontramos en la calma antes de la tormenta —dice Beck—, y no tengo demasiado que hacer. Así que intento satisfacer mi curiosidad personal sobre vosotros.

—Estamos jodidos, ¿no? —dice una voz alemana.

—¿Eh? —dice Shaftoe.

—He dicho que estamos jodidos. ¡Habéis roto Enigma!

—¿Qué es Enigma?

—No te hagas el tonto —dice el alemán.

Shaftoe siente un picor en la nuca. Suena exactamente como algo que un alemán diría justo antes de iniciar la tortura.

Shaftoe compone su rostro con la expresión fría, de párpados caídos, y estúpida que emplea siempre que intenta irritar a un oficial. Se vuelve hacia el sonido de la voz, lo mejor que puede teniendo las piernas encadenadas.

Espera ver un oficial aquilino de la SS vestido con un uniforme negro, botas

militares, insignias de calaveras, fusta de montar, quizá jugueteando con un par de empulgueras entre los guantes negros.

En su lugar no ve a nadie. ¡Mierda! ¡Sigue alucinando!

Luego la bolsa marinera sucia comienza a moverse. Shaftoe parpadea y distingue una cabeza que sobresale de un extremo: rubia paja pero prematuramente medio calva, barba negra que contrasta, ojos verde pálidos como los de un gato. La vestimenta de lona del hombre no es exactamente una bolsa, sino un abrigo voluminoso. Tiene los brazos cruzados sobre el cuerpo.

—Oh, bien —murmura el alemán—. Sólo intentaba iniciar una conversación. —Vuelve la cabeza y se rasca la nariz acariciando el hocico contra una almohada durante un rato—. Puedes contarme cualquier secreto

—dice—. Comprende, ya he notificado a Dönitz que Enigma es basura. Y

no ha pasado nada. Excepto que me ha enviado un abrigo nuevo. —El hombre se da la vuelta, mostrando la espalda a Shaftoe. Las mangas del abrigo cosidas en los extremos y atadas entre ellas a la espalda—. Es más cómodo de lo que parece, los primeros dos días.

Un oficial aparta la cortina de cuero, asiente para disculparse y le pasa a Beck un mensaje recién descifrado. Beck lo lee, enarca las cejas y parpadea de cansancio.

Lo deja sobre la mesa y mira la pared durante quince segundos. Luego lo coge y lo vuelve a leer, con atención.

—Dice que no debo hacerte más preguntas.

—¿¡Qué!?

—Bajo ninguna circunstancia —dice Beck— debo sacarte más información.

—¿Qué coño significa eso?

—Probablemente que sabes algo que yo no estoy autorizado a saber —

responde Beck.

Ya hace como doscientos años desde que Bobby Shaftoe tuvo rastros de morfina en su cuerpo. Sin ella, no puede conocer el placer o incluso la

comodidad.

La jeringuilla brilla como una estrella fría en la litera de debajo del alemán loco con la camisa de fuerza. Preferiría que le arrancasen las uñas o similar.

Sabe que va a desmoronarse. Intenta pensar en una forma de desmoronarse que no ponga en peligro la vida de ningún marine.

—Podría llevarte la jeringuilla en los dientes —sugiere el hombre, que se ha presentado como Bischoff.

Shaftoe lo medita.

—¿A cambio de qué?

—Me cuentas si habéis descifrado Enigma.

—Oh. —Shaftoe se siente aliviado; temía que Bischoff le exigiese una mamada—. ¿Ésa es la máquina de códigos de la que me ha hablado? —Él y Bischoff han tenido mucho tiempo para charlar.

—Ésa.

Shaftoe está desesperado. Pero también está muy irritable, lo que ahora le sirve muy bien.

—¿Espera que crea que no es más que un tipo loco que siente curiosidad con respecto a Enigma y no un oficial naval alemán que se ha puesto una camisa de fuerza para engañarme?

Bischoff se exaspera.

—¡Ya te he dicho que le he contado a Dönitz que Enigma es basura!

¡Así que si me cuentas que es basura, eso no tendrá mayor importancia!

—Déjame preguntarte algo —dice Root.

—¿Sí? —dice Beck, realizando el esfuerzo visible de alzar las cejas y aparentar que le importa.

—¿Qué le has contado a Charlottenburg acerca de nosotros?

—Nombres, rangos, números, circunstancias de la captura.

—Pero eso se lo dijiste ayer.

—Correcto.

—¿Qué les has dicho recientemente?

—Nada. Excepto el número de serie de la botella de morfina.

—¿Y cuánto tiempo ha pasado desde ese momento hasta que te han ordenado dejar de extraer información?

—Como cuarenta y cinco minutos —dice Beck—. Por tanto, sí, me gustaría mucho preguntarte de dónde salió la botella. Pero iría contra las órdenes.

—Podría considerar responder a su pregunta con respecto a Enigma —dice Shaftoe— si me dice si este cacharro transporta oro.

Bischoff frunce el ceño; está sufriendo problemas de traducción.

—¿Te refieres a dinero? ¿ Geld?

—No. Oro. El metal amarillo tan caro.

—Quizá un poco —dice Bischoff.

—Nada de calderilla —dice Shaftoe—. Toneladas y toneladas.

—No. Los submarinos no transportan toneladas de oro —contesta Bischoff categórico.

—Lamento que haya dicho eso, Bischoff. Pensaba que habíamos empezado nuestra relación con buen pie. Y ahora va y me miente... ¡cabrón!

Para sorpresa de Shaftoe, y su creciente irritación, Bischoff piensa que es hilarante que lo llamen cabrón.

—¿Por qué cojones iba a mentirte? ¡Por amor de dios, Shaftoe! ¡Desde que habéis roto Enigma y habéis montado radares en todo lo que se mueve, virtualmente habéis hundido todo submarino que hemos botado! ¿Por qué iba la Kriegsmarine a cargar oro en una nave que sabe condenada?

—¿Por qué no se lo pregunta al tipo que lo cargó en el U-553?

—¡Ja! ¡Eso sólo demuestra que eres un mentiroso! —dice Bischoff—.

Al U-553 lo hundieron hace un año, durante un ataque a un convoy.

—No fue así. Subí a bordo no hace dos meses —replica Shaftoe—, en la costa de Qwghlm. Estaba repleto de oro.

—Gilipolleces —dice Bischoff—. ¿Qué llevaba pintado en la torrecilla?

—Un oso polar sosteniendo una jarra de cerveza.

Un largo silencio.

—¿Quiere saber más? Fui al camarote del capitán —dice Shaftoe—, y había una foto suya con otros tipos, y ahora que lo pienso, uno de ellos se

parecía a usted.

—¿Qué hacíamos?

—Todos llevaban trajes de baño. ¡Y una puta sentada en las rodillas! —

grita Shaftoe—. A menos que fuesen sus esposas... ¡en cuyo caso lamento que su esposa sea una puta!

—¡Oh, jo, jo, jo, jo, jo! —dice Bischoff. Se tiende de espaldas y mira las tuberías durante un rato, meditando sobre la información, y luego continúa—: ¡Jo, jo, jo, jo, jo, jo, jo!

—¿Qué, he revelado algún secreto? Que se jodan usted y su madre si así fue —dice Shaftoe.

—¡Beck!—grita Bischoff— . Achtung!

—¿Qué hace?—pregunta Shaftoe.

—Conseguirte morfina.

—Oh. Gracias.

Media hora más tarde, se presenta el hombre al mando. Bastante puntual considerando lo que es habitual en los oficiales. Él y Bischoff hablan en alemán durante un rato. Shaftoe oye varias veces la palabra morphium. Al final, el hombre al mando llama al médico, quien clava la aguja en el brazo de Shaftoe y le inyecta como la mitad.

—¿Tiene algo que decir? —le pregunta el capitán a Shaftoe. Parece un tipo agradable. Ahora todos le parecen tipos agradables.

Primero, Shaftoe se dirige a Bischoff.

—¡Señor! ¡Lamento haber usado un lenguaje tan fuerte con usted, señor!

—No importa —contesta Bischoff—, como has dicho, era una puta.

El hombre al mando se aclara la garganta con impaciencia.

—Sí. Me estaba preguntando —dice Shaftoe volviéndose hacia el capitán—, ¿tienen oro en este submarino?

—¿El metal amarillo?

—Sí. En lingotes.

El capitán sigue perplejo. Shaftoe comienza a sentir una cierta satisfacción maliciosa. Jugar con las cabezas de los oficiales no es tan agradable como tener el cerebro saturado de opiáceos muy refinados, pero valdrá por el momento.

—Pensaba que todos los submarinos lo llevaban —dice.

Beck despide al médico. Luego él y Bischoff hablan un rato en alemán sobre Shaftoe. En medio de la conversación, Beck le lanza una bomba a Bischoff. Bischoff queda atónito, y durante un momento se niega a creerlo, y Beck sigue diciéndole que es cierto. Luego Bischoff vuelve a otra vez al jo-jo-jo.

—Él no puede hacerte preguntas —dice Bischoff—. Órdenes de Berlín.

¡Jo, jo! Pero yo sí puedo.

—Dispare —dice Shaftoe.

—Háblanos del oro.

—Denme más morfina.

Beck vuelve a llamar al médico, y el médico le da el resto de la jeringuilla. Shaftoe jamás se ha sentido mejor. ¡Qué negocio tan cojonudo!

Recibe morfina de los alemanes a cambio de contarles secretos militares alemanes.

Bischoff empieza a interrogar a Shaftoe en profundidad, mientras Beck observa. Shaftoe cuenta toda la historia del U-553 como tres veces.

Bischoff está fascinado, Beck parece triste y asustado.

Cuando Shaftoe menciona que las barras de oro tenían caracteres chinos, tanto Beck como Bischoff quedan desconcertados. Se les enciende el rostro, como si hubiesen sido iluminados por un proyector Leigh en medio de una noche cerrada. Beck comienza a sorber, como si estuviese resfriado, y Shaftoe se asombra al darse cuenta de que en realidad está llorando. Llora lágrimas de vergüenza. Pero Bischoff sigue fascinado y concentrado.

Luego un oficial entra para darle un mensaje a Beck. Es evidente que el oficial está asombrado y muerto de miedo. Mira continuamente no a Beck, sino a Bischoff.

Beck se controla y lee el mensaje. Bischoff se sienta en la litera, pone la barbilla sobre el hombro de Beck y lee al mismo tiempo. Tienen el aspecto de un monstruo de feria de dos cabezas que no se ha bañado desde la administración Hoover. Ninguno de ellos habla al menos durante un minuto. Bischoff guarda silencio porque sus engranajes mentales giran tan rápido como el giroscopio de un torpedo. Beck guarda silencio porque está a punto de desmayarse. En el exterior del camarote, Shaftoe oye la noticia,

la que sea, viajar por toda la longitud del submarino a la velocidad del sonido. Algunos hombres gritan de rabia, otros lloran, otros ríen histéricos.

Shaftoe se imagina que se ha perdido o ganado una importante batalla.

Quizá Hitler haya sido asesinado. Quizá Berlín ha sido saqueada.

Ahora Beck está claramente aterrorizado.

Entra el médico. Adopta una firme postura militar, la primera vez que Shaftoe ha visto tal formalidad en el submarino. Se dirige brevemente a Beck en alemán. Beck asiente continuamente mientras el médico habla.

Luego ayuda al doctor a sacar a Bischoff de la camisa de fuerza.

Bischoff se muestra un poco rígido, un poco inestable, pero se recupera con rapidez. Es más bajo que la media, con una constitución fuerte y una cintura delgada, y cuando salta de la litera al suelo Shaftoe piensa en un jaguar bajando de un árbol. Le da la mano vigorosamente al médico, y también al deprimido Beck. Luego abre la escotilla que lleva a la sala de control. La mitad de la tripulación abarrota la pasarela, contemplando la puerta, y cuando ve a Bischoff, el éxtasis recorre sus caras y se producen gritos de júbilo. Bischoff acepta la mano de todos ellos, abriéndose paso hasta la sala de control como un político por entre una multitud que le adora. Beck se va por la otra salida y se pierde entre los motores.

Shaftoe no tiene ni idea de lo que pasa hasta que Root se presenta media hora más tarde. Root coge el mensaje del suelo y lo lee. Su aspecto perpetuamente perplejo, normalmente tan molesto, en esta ocasión le sienta muy bien.

—Es un mensaje a todas las naves en el mar desde el centro naval supremo alemán, Tirpitzufer, Berlín. Dice que el U-691, el submarino en el que nos encontramos, Bobby, ha sido abordado y capturado por comandos aliados, y que ya ha atacado y hundido un nodriza en el Atlántico. Ahora parece que se dirige hacia la Europa continental, donde presumiblemente intentará infiltrarse en bases navales alemanas y hundir más barcos. Se ordena a todas las fuerzas aéreas y navales que si localizan al U-691 lo destruyan.

—Mierda —dice Shaftoe.

—Estamos en el submarino equivocado en el momento equivocado —

dice Root.

—¿Qué pasa con ese personaje, Bischoff?

—Lo apartaron del mando hace un tiempo. Ahora ha vuelto.

—¿Ese maniaco controla el submarino?

—Es el capitán —dice Root.

—Bien, ¿a dónde lo lleva?

—No creo que ni él mismo lo sepa.

Bischoff va a su camarote y se sirve un trago de Armagnac. Luego se dirige a la sala de cartas que siempre ha preferido por encima de su camarote. La sala de cartas es el único lugar civilizado en todo el submarino. Por ejemplo, tiene un hermoso sextante en el interior de una caja de madera pulida. Allí convergen desde toda la nave tubos de comunicación y, aunque nadie habla en ellos directamente, puede oír fragmentos de conversación, el clamor distante de los motores, el barajar de un mazo de cartas, el silbido de los huevos frescos sobre la plancha. ¡Huevos frescos! Gracias a dios que pudieron llegar al nodriza antes de que lo hundiesen.

Extiende un mapa pequeño que representa todo el Atlántico Norte, dividido en una rejilla con letras y números para cazar convoyes. Debería mirar el sur del mapa, que es donde se encuentran ahora. Pero se siente atraído, insistentemente, hacia el norte, hacia el archipiélago de Qwghlm.

Lo ponemos en el centro de un reloj. De tal forma, Gran Bretaña está a las cinco y seis en punto, e Irlanda a las siete. Noruega está al este, a las tres en punto. Dinamarca está justo al sur de Noruega, a las cuatro en punto, y en la base de Dinamarca, donde conecta con Alemania, se encuentra Wilhelmshaven. Francia, hogar de tantos submarinos, está muy, muy lejos hacia el sur, completamente fuera del mapa.

Un submarino que fuese desde mar abierto a un puerto seguro en la Fortaleza Europa se limitaría a dirigirse a los puertos franceses en el golfo de Vizcaya; el más probable, Lorient. Llegar al mar al norte de Alemania y a los puertos bálticos sería un viaje mucho más largo, complicado y peligroso.

Los submarinos tendrían que encontrar una forma de dar la vuelta a Gran Bretaña. Al sur, tendrían que atravesar el canal de la Mancha, que (dejando de lado que es un cuello de botella repleto de radares británicos) ha sido convertido en un laberinto de barcos de bloqueo hundidos y campos

de minas por esos aguafiestas de la Marina Real. Hay mucho más espacio al norte.

Dando por supuesto que la historia de Shaftoe sea cierta —y algo de verdad debe de tener, o de dónde si no habría sacado la botella de morfina

—, entonces debería haber sido una cuestión razonablemente simple para el U-553 rodear Gran Bretaña por la ruta norte. Pero los submarinos casi siempre sufren problemas mecánicos de algún tipo, sobre todo si llevan mucho tiempo en el mar. Eso haría que un capitán se mantuviese cerca de la costa, en lugar de ir por mar abierto, donde no habría esperanza de sobrevivir si los motores fallaban por completo. Durante el último par de años, los submarinos maltrechos han quedado abandonados en las costas de Irlanda e Islandia.

Pero supongamos que un submarino maltrecho y pegado a la costa pasase cerca de la base de la Marina Real en Qwghlm justo cuando otro realizaba una incursión allí, como afirmaba Shaftoe. En ese caso, la red barredera de destructores y aeroplanos enviada para capturar al submarino incursor hubiese podido también capturar al U-553, sobre todo si su habilidad para maniobrar estuviese comprometida.

Hay dos elementos poco plausibles en la historia de Shaftoe. Uno, que un submarino estuviese transportando un tesoro en oro sólido, pos, que un submarino se dirigiese a puertos alemanes en lugar de a uno de los puertos franceses.

Pero los dos juntos son más plausibles que cada uno por separado. Un submarino que transportase tanto oro tendría muy buenas razones para ir directamente a la Patria. Alguna persona en muy buena posición quería mantener el oro en secreto. No sólo secreto para el enemigo, sino secreto también para los alemanes.

¿Por qué están los japoneses entregando oro a los alemanes? Los alemanes deben estar dándoles a cambio algo que necesitan: materiales estratégicos, planes para nuevas armas, consejos, algo similar.

Compone un mensaje:

¡Dönitz!

Soy Bischoff. Vuelvo a tener el mando. Gracias por las agradables vacaciones. Ahora me siento renovado.

Qué poco civilizado por su parte el ordenar que nos hundan. Debe tratarse de un malentendido. ¿Podríamos discutirlo cara a cara?

Un oso polar borracho me contó algunas cosas fascinantes. Quizá emita la información dentro de más o menos una hora. Como de todas formas no confío en Enigma, no me molestaré en cifrarla.

Respetuosamente suyo.

Bischoff

Una bandada de blancas Uves migra hacia el norte desde Gibraltar atravesando un mar soleado. En el ápice de cada V hay una mota como una liendre. Las motas son barcos, transportando megatoneladas de basura bélica, y millares de soldados desde el norte de África (donde sus servicios ya no son necesarios) de vuelta a Gran Bretaña. Ése es el aspecto que tiene para los pilotos de los aviones sobre el golfo de Vizcaya.

Todos esos pilotos y todos esos aviones son ingleses o norteamericanos, ahora esa zona es de ellos y la han convertido en un crisol para tripulaciones de submarinos.

La mayoría de las Uves dibujan rumbos paralelos hacia el norte, pero algunas giran y viran incesantemente: son destructores, dando vueltas literalmente alrededor de los transportes, buscando tenaces.

Esas latas protegerán los convoyes; los pilotos de los aviones que intentan encontrar el U-691 pueden por tanto buscar en otra parte.

El potente sol produce sombras frente a cada barco; los ojos de los vigías, los iris convertidos en puntos y mirando al resplandor marítimo, no pueden penetrar en la sombra más de lo que pueden penetrar en la madera.

Si pudiesen, quizá notarían que uno de los grandes transportes de la fila delantera tiene un accesorio peculiar: una cañería que sobresale del agua verticalmente justo frente y a un lado de proa. En realidad, es un conjunto de cañerías, una absorbiendo aire, otra emitiendo humos de diesel, otra transmitiendo un flujo de información en forma de luz reflejada por prismas. Sigue el flujo de datos unas pocas yardas al interior del agua y llegarás al nervio óptico del Kapitänleutnant Günter Bischoff. Éste a continuación lleva hasta su cerebro, que en este momento está muy activo.

En la era del sónar, el submarino de Bischoff era una rata en un sótano infinito, oscuro y abarrotado, escondiéndose de un hombre que no tiene ni lámpara ni linterna: sólo dos rocas que lanzan una chispa cuando las golpeaba. Bischoff hundió muchos barcos en esos días.

Un buen día, cuando se encontraba en la superficie, intentando atravesar el Caribe, de la nada apareció un Catalina. Apareció en un cielo azul y despejado y Bischoff tuvo tiempo de sobra para sumergirse. El Catalina lanzó algunas cargas de profundidad y se alejó; debía estar al final de su autonomía.

Dos días más tarde, cayó un frente de nubes, cubriendo el cielo, y Bischoff cometió el error de relajarse. Otro Catalina los encontró: éste empleó las nubes para ocultar su aproximación, esperó hasta que el U-691

atravesase una zona de mar iluminada por el sol y luego cayó en picado, centrando su propia sombra sobre el puente del submarino. Por suerte, Bischoff disponía de un sistema de vigía antisolar doble de sector. Era una forma de expresar, en jerga, que en un momento determinado, sobre el puente había dos hombres apestosos, sin camisa, sin afeitar y quemados por el sol, que proyectaban sombras sobre los osos usando las manos. Uno de los hombres dijo algo en un tono de voz inquisitivo, lo que sirvió para alertar a Bischoff. A continuación, un cohete destrozó a los dos vigías. El fuego de artillería y los cohetes hirieron a cinco hombres más de Bischoff antes de que éste pudiese ordenar que el submarino descendiese.

Al día siguiente, el frente había cubierto el cielo de nubes bajas de un color gris azulado de un extremo del horizonte hasta el otro. El U-691

estaba muy lejos de tierra. Aún así, Bischoff hizo que Holz, su maquinista jefe, llevase al submarino a profundidad de periscopio. Bischoff examinó el horizonte con toda meticulosidad. Satisfecho de que se encontraban perfectamente a solas, hizo que Holz los llevase a la superficie.

Encendieron el motor diesel y dirigieron el barco hacia el este. Había terminado la misión, el submarino estaba dañado, era hora de regresar a casa.

Dos horas más tarde, un avión descendió desde la capa de nubes y les arrojó un delgado huevo negro. Bischoff se encontraba en el puente, disfrutando del aire fresco, y tuvo la presencia de ánimo para gritar algo sobre medidas evasivas en el tubo de comunicación. Metzger, el timonel,

viró instantáneamente a estribor. La bomba se hundió en el agua exactamente allí donde había estado la cubierta del U-691.

Siguió en la misma vena hasta que el U-691 se encontraba aún más lejos de tierra. Cuando al final llegaron cojeando hasta la base en Lorient, Bischoff le contó a sus superiores la historia en tono de asombro supersticioso, y al final le informaron de que el enemigo tenía algo nuevo llamado radar.

Bischoff lo estudió y leyó los informes de inteligencia: ¡los Aliados incluso lo estaban instalando en aviones! ¡Podían ver tu periscopio!

Su submarino ya no es una rata en un sótano a oscuras. Ahora es un tábano sin alas arrastrándose sobre un mantel inmaculado bajo la luz torrencial del sol de la tarde.

Dönitz, bendito sea, intenta construir nuevos submarinos que puedan permanecer sumergidos todo el tiempo. Pero debe suplicar por cada tonelada de acero y por los servicios de cada ingeniero. Mientras tanto, está esa solución provisional, el schnorkel, que no es más que fontanería: una cañería que sobresale del agua y te permite avanzar por diesel, justo bajo la superficie. Incluso el schnorkel se ve en el radar, pero de forma menos brillante. Cada vez que el U-691 sube a la superficie durante más de una hora, Holz se pone a trabajar en el schnorkel, soldando trozos nuevos, arrancando antiguos, envolviéndolo en goma o algún otro material del que tiene la esperanza que absorba el radar. Los ingenieros que instalaron el schnorkel en Lorient hace seis meses no lo reconocerían, porque ha cambiado, como las musarañas evolucionando en tigres. Si Bischoff consigue llevar el U-691 a puerto seguro, otros podrán aprender de las innovaciones de Holz, y los pocos submarinos que no han sido hundidos podrán sacar algún beneficio de sus experimentos.

¡Para! Así debe ser como mueren los oficiales, y llevan a la muerte a sus hombres: pasan más tiempo repasando el pasado que planeando el futuro.

Que Bischoff piense en todas esas cosas no es más que masturbación. Debe concentrarse.

No tiene que preocuparse demasiado de que los alemanes vayan a hundirle. Tan pronto como envió a Dönitz el mensaje amenazando con emitir la información sobre el oro, Dönitz rectificó su orden general de

hundir el U-691. Pero queda la posibilidad de que algún barco recibiese la primera orden pero no la segunda, así que todavía debe andarse con ojo.

Como si importase. Apenas queda Marina Alemana para hundirle. En lugar de eso, puede preocuparse de ser atacado por los Aliados. Estarán extremadamente irritados cuando descubran que lleva siguiendo ese convoy durante dos días enteros. Bischoff ya está bastante irritado él mismo: es un convoy rápido que se protege haciendo zigzag, y si el U-691 no hace zigzag siguiendo perfectamente al barco que tiene por encima, o será aplastado o se quedará fuera de su sombra y será descubierto. Tal cosa ejerce mucha presión sobre el capitán y la tripulación, y añade un gran consumo a las provisiones de bencedrina. ¡Pero han cubierto quinientas millas! Pronto, el fatal golfo de Vizcaya quedará atrás, Bretaña estará a estribor, y Bischoff podrá elegir: quedarse en el canal de la Mancha, lo que sería un suicidio; dirigirse al norte entre Gran Bretaña e Irlanda, lo que sería un suicidio; o dirigirse al oeste para bordear Irlanda, lo que sería un suicidio.

Claro está, siempre queda Francia, que es territorio amigo, pero se trata de una sirena a cuya llamada es preciso resistirse con todas las fuerzas. Para Bischoff no es suficiente encallar el submarino en alguna playa olvidada de dios; quiere regresar a una base de verdad. Pero los cielos sobre las bases de verdad están infestados de Catalinas, iluminando el mar con la luz satánica de sus radares. Es mucho más inteligente hacerles creer que se dirige a un puerto francés y luego dirigirse a un puerto alemán.

O al menos eso pensaba hace dos días. Ahora empiezan a pesarle las complejidades del plan.

La sombra del barco que tienen encima de pronto parece más larga y más profunda. Por tanto, o la rotación de la Tierra acaba de acelerar tremendamente, trasladando el sol a un ángulo diferente, o el barco ha virado hacia ellos.

—Todo a estribor —dice Bischoff con calma. Su voz se traslada por el tubo hasta el hombre que controla el timón—. ¿Hay algo en la radio?

—Nada —dice el Funkmaat.

Es extraño; normalmente, cuando los barcos zigzaguean, se coordinan por radio. Bischoff va moviendo el periscopio y observa el transporte, todavía intentado meterse entre ellos. Comprueba su rumbo; ¡el cabrón ha virado nada menos que noventa grados!

—Nos han visto —dice Bischoff—. Nos sumergiremos en un momento.

—Pero antes de perder la habilidad de emplear el periscopio, realiza un giro de más de trescientos sesenta grados, simplemente para verificar que su mapa mental del convoy es exacto. Lo es, más o menos; ahí está el destructor, justo donde creía que estaba. Mantiene fijo el periscopio, e indica la posición del blanco. El Torpedomaat repite los dígitos mientras los marca en el computador de blanco: lo último en tecnología analógica. El ordenador realiza algunos de sus cálculos y ajusta los giroscopios de un par de torpedos. Bischoff dice: fuego, fuego, inmersión. Sucede casi con la misma rapidez. El coro de martillos diesel, que desde hace un par de días le ha ido volviendo loco sutilmente, es reemplazado por un silencio atronador.

Ahora van con baterías.

Como ha sido siempre, y lo seguirá siendo durante al menos medio siglo más, las baterías son una mierda. El convoy parece acelerar mientras la velocidad del U-691 cae hasta un bamboleo patético. Ahora mismo, el destructor puede avanzar cinco veces más rápido que ellos. Bischoff odia esta parte.

—El destructor está realizando acciones de evasión —dice el hombre de sonido.

—¿Tuvimos tiempo de recibir el informe meteorológico? —pregunta.

—Frente de tormentas por la noche. Tiempo horrible mañana.

—Veamos si podemos permanecer vivos hasta que llegue la tormenta—

dice Bischoff—. Luego dirigiremos este cubo de mierda directamente al centro del Canal, metiéndolo directamente en el culo gordo de Winston Churchill, y si morimos, moriremos como hombres.

Un clamor terrible se propaga por el agua y atraviesa el casco. Los hombres lanzan vítores sombríos; acaban de hundir otro barco. ¡Genial!

—Creo que era el destructor —dice el hombre de sonido, como si no pudiese creer su suerte.

—Esos torpedos buscadores son unos cabrones —dice Bischoff—, eso cuando no se dan la vuelta y te buscan a ti.

Un destructor menos, quedan tres. Si hunden otro más, tienen una posibilidad de escapar de los otros dos. Pero es casi imposible escapar de tres destructores.

—No hay momento como el presente —dice—. ¡Profundidad de periscopio! Veamos qué coño pasa mientras los tenemos nerviosos.

Es así: uno de los destructores se hunde y otro se dirige a él para ayudarle. Los otros dos convergen a donde el U-691 se encontraba hace treinta segundos, pero se ven entorpecidos al tener que avanzar por entre el convoy. Casi inmediatamente comienzan a disparar. Bischoff lanza un ataque de torpedos hacia el destructor de ayuda. Ahora mismo hay agua saltando alrededor de todo el submarino por los disparos de los otros. Hace otro giro de trescientos sesenta grados, fijando en su mente la imagen del convoy.

—¡Inmersión! —dice.

Luego se le ocurre una idea mejor.

—¡Olvidad eso último! Superficie y velocidad máxima.

Cualquier otra tripulación de submarino le cortaría la garganta ahora mismo y luego se rendiría. Pero esos tipos ni vacilan; o le quieren de verdad o todos han decidido que van a morir de todas formas.

Se producen veinte segundos de terror puro. El U-691 corre por la superficie, ladeándose como un Messerschmidt mientras a su alrededor las bombas golpean el agua. Los miembros de la tripulación salen corriendo por las escotillas, con el aspecto de residentes de un campo de prisioneros bajo el sol brillante, intentando no deslizarse por la cubierta mientras se inclina de un lado a otro, sumergiéndose para fijar las líneas de seguridad a los cables antes de que las trombas de agua los saquen de sus zapatos. Ya operan las armas.

De pronto hay un enorme barco de transporte entre ellos y los dos destructores. Estarán seguros durante un minuto. Bischoff se encuentra en la torrecilla. Se mueve a popa y mira al otro destructor, que da vueltas como un loco intentando deshacerse de los torpedos.

Cuando salen de la seguridad del transporte, Bischoff comprueba que su mapa mental del convoy era más o menos exacto. Da más órdenes al timón y a los motores. Antes de que los dos destructores tengan oportunidad de volver a disparar, Bischoff ha conseguido colocarse entre ellos y un transporte de tropas: un trasatlántico decrépito cubierto por una capa apresurada de camuflaje de guerra. Ahora no pueden dispararle sin hacer volar por los aires a sus propias tropas. Pero él sí que puede disparar.

Cuando los hombres de Bischoff ven el trasatlántico y miran a los destructores impotentes, comienzan a cantar: una cancioncilla de felicitación de cervecería.

El U-691 está cargado de armas, debido a las amenazas aéreas. La tripulación de Bischoff abre fuego contra los destructores con todas las armas pequeñas y medianas, dando así a la tripulación de cañones de cubierta una oportunidad de prepararse y disparar. A esa distancia, el peligro está en que el proyectil atraviese el casco del destructor y salga por el otro lado, sin detonar. Debes ser paciente, tomarte tu tiempo, apuntar a los motores. La tripulación de Bischoff lo sabe.

El cañón de cubierta produce un sonido de explosión capaz de romper el cráneo; el proyectil roza el agua, da en el destructor más cercano justo en las calderas. El destructor no estalla, pero sí se detiene de pronto. Disparan un poco más al otro destructor y consiguen acabar con uno de sus cañones y uno de sus lanzadores de cargas de profundidad. Luego los vigías ven aviones que vienen hacia ellos, y es hora de sumergirse. Bischoff realiza una última observación de periscopio antes de sumergirse, y se sorprende al ver que el destructor que intentaba evadir los torpedos lo ha conseguido; aparentemente dos de ellos han dado la vuelta y han alcanzado barcos de transporte.

Descienden directamente a los ciento sesenta metros. Los destructores les lanzan cargas de profundidad durante ocho horas. Bischoff duerme un poco. Cuando despierta, las cargas de profundidad estallan por todas partes y todo va bien. Ahora mismo allá arriba debería haber oscuridad y una tormenta: mal tiempo para los Catalinas. Escapa a los destructores (en resumen) haciendo cosas inteligentes que ha aprendido por las malas. El submarino es tan delgado como una aguja de tejer, y cuando lo enfilas directamente hacia o en contra de la fuente de un ping, casi no produce reflexión. Lo único que necesitas es un mapa mental claro de dónde te encuentras con respecto a los destructores.

Después de una hora más, los destructores se rinden y se van. Bischoff lleva el U-691 a profundidad de superficie y lo apunta directamente al centro del Canal de la Mancha, como estaba anunciado. También emplea el periscopio para verificar que el tiempo es, como estaba anunciado, terrible.

Esos cabrones tienen un alfiler rojo bien grande marcando en un mapa su última posición conocida, de la que han informado esos destructores.

Alrededor de ese alfiler, a medida que pasan las horas, dibujarán círculos de radios cada vez mayores, espirales crecientes que encierran el conjunto de puntos del océano donde podría encontrarse ahora mismo el U-691, basándose en sus suposiciones sobre la velocidad. Las millas cuadradas que deben buscarse se incrementarán con el cuadrado del radio.

Remontar el canal mientras estén sumergidos no saldrá bien, se encontrarán con los barcos de bloqueo que los británicos han hundido para evitar que los submarinos realicen precisamente esa maniobra. La superficie es el único camino, y también es mucho más rápido. Eso trae el tema de los aviones. Los aviones no buscan el submarino en sí, que es diminuto y oscuro, sino su estela, que es blanca y se extiende durante millas sobre aguas tranquilas. Esta noche el U-691 no dejará estela; o más bien, sí lo hará, pero quedará perdida en un ruido caótico de mucha mayor intensidad.

Bischoff decide que en ese momento es más importante recorrer la distancia que ser sutil, así que lo lleva hasta la superficie y le da al máximo de la válvula reguladora. Eso quemará combustible de forma enloquecida, pero el U-691 tiene un alcance de once mil millas.

En algún momento alrededor del mediodía del día siguiente, el U-691, abriéndose paso a golpes por entre una tormenta asesina, atraviesa el estrecho de Dover y llega al mar del Norte. Debe de estar iluminando hasta la última pantalla de radar de Europa, pero los aviones no pueden hacer mucho con ese tiempo.

—El prisionero Shaftoe desea hablar con usted —dice Beck, que vuelve a ser el segundo al mando, como si nada hubiese cambiado nunca. La guerra enseña a los hombres a olvidar. Bischoff asiente.

Shaftoe entra en la sala de control, acompañado de Root, que aparentemente ejercerá de traductor, guía espiritual y/u observador irónico.

—Sé un lugar al que podemos dirigirnos —dice Shaftoe.

Bischoff está anonadado. Lleva días sin pensar realmente a dónde van.

El concepto de tener una meta coherente casi está más allá de su comprensión.

—Es... —tantea Bischoff— conmovedor que esté interesado.

Shaftoe se encoge de hombros.

—He oído que está hundido en mierda con Dönitz.

—No tanto como parecía —dice Bischoff, percibiendo de inmediato la sabiduría popular de la metáfora de corral norteamericana—. La profundidad es la misma, pero ahora estoy cabeza arriba en lugar de cabeza abajo.

Shaftoe ríe encantado. Ahora son todos colegas.

—¿Tienes cartas de Suecia?

A Bischoff le parece una idea buena pero imbécil. Buscar refugio temporal en un país neutral: genial. Pero es mucho más probable que estrellen el submarino contra una piedra.

—Allí hay una bahía, junto a una pequeña ciudad —dice Shaftoe—.

Conocemos las profundidades.

—¿Y cómo es eso?

—Porque las medimos nosotros mismos, hace un par de meses, con una piedra atada a una cuerda.

—¿Fue antes o después de abordar el misterioso submarino lleno de oro? —pregunta Bischoff.

—Justo antes.

—¿Estaría metiéndome donde no me llaman si preguntará qué hacían un marine raider y un capellán de ANZAC en Suecia, un país neutral, realizando reconocimientos batimétricos?

Shaftoe no parece opinar que sea meterse donde no le llaman. La morfina le ha puesto de muy buen humor. Cuenta otra historia. En esta ocasión se inicia en la costa de Noruega (es deliberadamente vago sobre cómo llegó allí) y va de cómo Shaftoe llevó a Enoch Root y a una docena más o menos de hombres, incluido uno con una grave herida de hacha en la pierna (Bischoff arquea las cejas) atravesando Noruega sobre esquís, matando a derecha e izquierda a los alemanes que les perseguían, hasta llegar a Suecia. Después, la historia se atasca durante un rato porque ya no hay más alemanes que matar, y Shaftoe, presintiendo que la atención de Bischoff comienza a vagar, intenta inyectar algo de tensión en la narración describiendo el progreso de la gangrena por la pierna del oficial que tuvo un desafortunado encuentro con el hacha (de quien, por lo que Bischoff puede comprender, se sospechaba que era un espía alemán). Shaftoe anima continuamente a Root para que intervenga y cuente la historia de cómo

Root realizó varias amputaciones consecutivas en la pierna del oficial, hasta llegar a la misma pelvis. Justo cuando Bischoff comienza a sentirse preocupado por ese pobre cabrón con la pierna gangrenosa, la historia toma otro rumbo: llegan hasta un pequeño pueblecito pesquero en el golfo de Botnia. El oficial gangrenoso acaba en manos del médico del pueblo.

Shaftoe y sus camaradas se esconden en el bosque y establecen lo que suena como una relación nerviosa con un contrabandista local y su flexible hija. Y

ahora queda claro que Shaftoe ha llegado hasta su parte favorita de la historia, que es esa chica finlandesa. Y es bien cierto, hasta ese punto la narrativa ha sido tan tosca, ruda y funcional como el interior de un submarino. Pero ahora se relaja, comienza a sonreír y se vuelve casi poético, hasta el punto de que algunos miembros de la tripulación de Bischoff, que hablan un poquito de inglés, comienzan a gandulear allí donde pueden oír. Esencialmente, la historia pierde el rumbo completamente, y aunque es material entretenido, parece no dirigirse a ninguna parte. Bischoff le interrumpe finalmente con:

—¿Qué hay del tipo con la pierna enferma?

Shaftoe frunce el ceño y se muerde el labio.

—Oh, sí —dice al fin—, murió.

—La piedra en una cuerda—interviene Root—. ¿Recuerdas? Por eso contabas la historia.

—Oh, sí —dice Shaftoe—, vinieron a recogernos con un pequeño submarino. Así es como llegamos a Qwghlm y vimos el submarino alemán con el oro. Pero antes de que pudiesen entrar en el puerto tenían que disponer de una carta. Por tanto, el teniente Root y yo salimos en un puto bote de remos con la piedra y la cuerda y realizamos la carta.

—¿Y todavía tienen encima la carta? —pregunta Bischoff escéptico.

—No —responde Shaftoe, con cierta frialdad alocada que en un hombre menos carismático sería totalmente exasperante—. Pero el teniente se acuerda. Es muy bueno recordando cifras. ¿No es así, señor?

Enoch se encoge de hombros con modestia.

—Donde me crié, memorizar los dígitos de pi era lo más parecido que teníamos al entretenimiento.

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