Criptonomicon
Pontifex
C uando consigue llegar a la sala de embarque de Air Kinakuta, Randy ya ha olvidado cómo ha llegado al aeropuerto. Realmente no lo recuerda. ¿Paró un taxi? No parece muy probable, sobre todo en el centro de Los Altos. ¿Consiguió que le llevase algún hacker? No puede haber conducido él mismo el Acura, ya que los circuitos electrónicos del coche quedaron fritos por el disparo de la pistola de impulsos electromagnéticos.
Había sacado la documentación de la guantera y lo había vendido en un concesionario Ford, a unas tres manzanas, a cambio de cinco mil dólares en efectivo.
Ah, ya. El comercial de Ford le había acercado hasta el aeropuerto.
Siempre ha querido probar el truco de acercarse al mostrador de alguna exótica línea aérea extranjera y decir: —Un pasaje para el próximo vuelo a X.
Pero acaba de hacerlo y no ha sido tan genial ni romántico como esperaba. Más bien resultó desagradable, estresante y caro. Tuvo que comprar un billete de primera clase, que le costó la mayor parte de los cinco mil dólares. Pero ahora mismo no le apetece atormentarse por cómo está administrando sus finanzas, es decir, en un momento en que la suma total de sus activos es un número negativo que sólo puede expresarse empleando notación científica. Hay una alta probabilidad de que no haya conseguido borrar el disco duro de Tombstone antes de que la policía lo confiscase, y de que, por lo tanto, la demanda del Dentista tenga éxito.
De camino a la terminal se detiene y contempla un grupo de teléfonos durante un momento. Desea enormemente comunicarle a los Shaftoe los
últimos acontecimientos. Estaría bien si pudiesen, de algún modo, limpiar de tesoros el submarino hundido, lo más rápidamente posible, reduciendo su valor y, por tanto, el daño que el Dentista pueda infligirle a Epiphyte.
Los cálculos son muy simples. El Dentista tiene un modo de reclamar daños a Epiphyte. La suma de esos daños es x, donde x es lo que el Dentista, como accionista minoritario, habría obtenido como ganancias si Randy hubiese sido lo bastante responsable como para redactar un contrato mejor con Semper Marine. Si dicho contrato hubiese especificado un reparto a partes iguales, entonces x sería igual al cincuenta por ciento del valor efectivo de los restos del naufragio, multiplicado por la décima parte de Epiphyte propiedad del Dentista, menos un pequeño porcentaje por los impuestos y otros efectos de rozamiento del mundo real. O sea que si hay diez millones de dólares en los restos del naufragio, entonces x resulta ser alrededor de medio millón de pavos.
Para obtener el control de Epiphyte, el Dentista debe adquirir un cuarenta por ciento adicional de las acciones de la compañía. El precio de esas acciones (si estuviesen a la venta) sería simplemente 0,4 veces el valor de Epiphyte. Llamémosle y.
Si x > y, el Dentista gana. Ya que entonces el juez dirá:
—Usted, Epiphyte, le debe a este pobre y afligido accionista minoritario x dólares. Pero dada la alarmante situación de las finanzas de la compañía, veo que no tiene usted forma de conseguir esa cantidad de dinero. Por lo tanto la única forma de pagar la deuda es darle al demandante el único activo que usted posee en abundancia, o sea, sus asquerosas acciones. Y ya que el valor de toda la compañía es muy, muy próximo a cero, va a tener que darle casi todas las acciones.
Así que, ¿cómo conseguir que x < y? O bien reduciendo el valor de los restos del naufragio, sacando el oro de allí, o bien aumentando el valor de Epiphyte, mediante... exactamente ¿qué?
En otras circunstancias tal vez pudiesen sacar la compañía a Bolsa. Pero organizar una salida a Bolsa lleva meses. Y ningún inversor va a arriesgarse estando por medio la demanda legal del Dentista.
Randy tiene una visión de sí mismo conduciendo a través de la jungla con una excavadora, levantando el enorme montón de lingotes de oro que encontró con Doug, llevándolo directamente a un banco y depositándolo en
la cuenta de Epiphyte. Eso lo arreglaría todo. La idea hizo que se estremeciese, mientras permanecía allí parado, en medio de la terminal internacional.
A su izquierda, pasa en tropel una especie de grupo o multitud cargada de mujeres y niños, y Randy oye algunas voces familiares. Su mente se ha aferrado como un calamar hambriento en torno a esa idea del oro-en-la-jungla, y para volver a la realidad durante unos segundos debe apartar los tentáculos, despegando las ventosas una a una. Finalmente se centra en el apresurado grupo y lo identifica como la familia de Avi: Devorah, un puñado de niños y las dos niñeras, sujetando pasaportes y billetes de El Al.
Los niños son pequeños y con tendencia a salir disparados de forma repentina, los adultos están tensos y poco dispuestos a dejar que se alejen, así que el movimiento del grupo a lo largo de la terminal presenta el aspecto general de una partida de sabuesos encaminándose hacia la dirección aproximada de la carne fresca. Es probable que Randy sea personalmente responsable de este éxodo y realmente preferiría esconderse en el lavabo de caballeros y desaparecer por el desagüe, pero tiene que decir algo. Así que alcanza a Devorah y la sorprende ofreciéndose a llevarle la bolsa con las cosas de los niños que tiene colgada al hombro. La cual resulta ser asombrosamente pesada: varios litros de zumo de manzana, estima, además de toda la infraestructura necesaria para enfrentarse a un ataque de asma, y tal vez unos cuantos lingotes de oro macizo por si se produce algún tipo de crisis civil a escala planetaria durante el viaje.
—Entonces... Uh... ¿os vais a Israel?
—El Al no vuela a Acapulco.
¡Paf! Devorah está en plena forma.
—¿Te dio Avi alguna explicación del por qué?
—¿Me lo estás preguntando? Asumía que precisamente tú lo sabrías —
le responde Devorah.
—Bueno, las cosas han sido, ciertamente, volátiles —dice Randy—. No sé si justifican el salir del país.
—Entonces ¿qué haces en el aeropuerto con un billete de Air Kinakuta asomando por el bolsillo?
—Oh, ya sabes... asuntos de negocios que deben resolverse.
—Pareces realmente deprimido. ¿Tienes algún problema? —le pregunta Devorah.
Randy suspira.
—Depende. ¿Y tú?
—¿Yo qué? ¿Si tengo un problema? ¿Por qué iba a tener un problema?
—Porque te han dado diez minutos para hacer las maletas y abandonar tu casa.
—Nos vamos a Israel, Randy. Eso no es abandonar nuestra casa. Es volver a casa. —O puede que diga «cambiar de casa». Sin una trascripción, Randy no puede estar seguro.
—Ya, pero sigue siendo una molestia...
—¿Comparado con qué?
—Comparado con quedarte en casa y vivir tu vida.
—Ésta es mi vida, Randy. —Con eso Devorah está dando por zanjado un tema delicado. Randy se imagina que está increíblemente molesta pero sujeta a algún acuerdo de confidencialidad y no divulgación emocional. Eso probablemente es mejor que las otras dos únicas alternativas que se le ocurren, que son (1) desmoronarse entre recriminaciones histéricas y (2) la serenidad beatífica. Es una actitud del tipo yo-me-ocupo-de-mis-asuntos, tú-ocúpate-de-los-tuyos, por-qué-te-metes. De repente, Randy se siente como un idiota por haberle cogido la bolsa a Devorah. Es evidente que ella simplemente se encuentra más allá del horror, preguntándose por qué el maldito Randy se afana como un maletero en ese momento crítico. Como si ella y las niñeras no fuesen capaces de arrastrar un saco por un pasillo.
¿Acaso se ha ofrecido ella, Devorah, recientemente a ayudar a Randy con algún programa? Y si realmente Randy no tiene nada mejor que hacer, ¿por qué no se comporta como un hombre, se ata granadas por todo el cuerpo y le da un gran abrazo al Dentista?
—Asumo que te pondrás en contacto con Avi antes de despegar. ¿Le darías un mensaje? —comenta Randy.
—¿Cuál es el mensaje?
—Cero.
—¿Sólo eso?
—Sólo eso —contesta Randy.
Puede que Devorah no esté familiarizada con la costumbre de Randy y Avi de no malgastar el valioso ancho de banda, comunicándose en código binario, bit a bit, à la Paul Revere y la Old North Church. En esta ocasión,
«cero» significa que Randy no consiguió borrar todos los datos del disco duro de Tombstone.
La sala de espera de primera clase de Air Kinakuta, con su servicio de bar gratuito y un concepto de servicio marcadamente no-americano, atrae su atención. Randy la evita porque sabe qué si entra allí se hundirá directamente en un coma profundo y tendrán que subirlo a bordo del 747 en una carretilla elevadora. En lugar de eso pasea por el aeropuerto, aferrándose la cadera de forma espasmódica cada vez que vuelve a darse cuenta de que no lleva el portátil colgado de ella. Le está costando habituarse al hecho de que la mayor parte del portátil está dentro de un contenedor de basura en el concesionario Ford donde se desembarazó del Acura. Mientras esperaba a que su hombre volviese apresuradamente del banco con cinco de los grandes, usó los destornilladores de su equipo de herramientas multiuso de bolsillo para extraer el disco duro del portátil y luego tiró el resto.
Del techo de la terminal de salidas cuelgan enormes monitores de televisión, que muestran el Canal del Aeropuerto, un desfile de noticias breves todavía más penosamente superficiales que los habituales espacios de noticias de la televisión, mezcladas con abundante información meteorológica y bursátil. Randy se impresiona, aunque no está exactamente sorprendido, al ver escenas de los Adeptos al Secreto con sus sombreros negros ejercitando sus derechos de la Segunda Enmienda en las calles de Los Altos, de la barricada de Ordo precipitándose hacia la cámara, y la policía cayendo sobre ella con las armas en la mano. Se muestra una imagen de Paul Comstock mientras sube a una limusina, deteniéndose para decir algo, con aspecto saludable y engreído. La opinión convencional de los expertos en las noticias de televisión es que la imagen lo es todo, y si es así entonces éste es un gran triunfo para Ordo, que parece la víctima de criminales dictatoriales. Lo que no ayuda en nada a Epiphyte, ya que Ordo es, o debería ser, tan sólo un espectador. Se supone que se trata de un conflicto privado entre el Dentista y Epiphyte, y ahora se ha convertido en
un conflicto público entre Comstock y Ordo, y eso hace que Randy se sienta irritado y confuso.
Sigue adelante, se sube a su avión y comienza a comer caviar.
Normalmente no toma nada en los aviones, pero el caviar posee un toque de decadencia tipo tocando-mientras-arde-Roma que le sienta bien en estos momentos. Como es habitual en él, Randy lee realmente los folletos informativos colocados entre las revistas de líneas aéreas y las bolsas para los vómitos. Uno de ellos recalca el hecho de que los pasajeros de clase Sultán (como llaman a los pasajeros de primera clase) no sólo pueden hacer llamadas al exterior desde sus asientos sino que también pueden recibirlas.
Así que Randy marca el número del teléfono GSM de Douglas MacArthur Shaftoe. Es un número de teléfono de Australia, pero sonará en cualquier lugar del planeta. Ahora mismo son aproximadamente las seis a.m. en Filipinas, pero Doug debe estar despierto, y efectivamente responde al teléfono al segundo aviso. Por el sonido de cláxones y motores Randy deduce que está atascado en medio del tráfico de Manila, probablemente en la parte trasera de un taxi.
—Soy Randy, desde un avión —dice Randy—. Un avión de Air Kinakuta.
—¡Randy! Vaya, acabo de verte en la televisión —dice Doug. Es necesario un minuto para que esa idea penetre en su mente; Randy ha tomado un par de vodkas para limpiar el paladar del sabor del caviar.
—Sí—prosigue Doug—, puse la CNN cuando me desperté y te vi sentado en lo alto de un coche tecleando. ¿Qué sucede?
—¡Nada! ¡Nada en absoluto! —contesta Randy. Se imagina que se trata de un gran golpe de suerte. Ahora que Doug le ha visto en la CNN estará más dispuesto a tomar medidas extremadamente dramáticas basándose en la pura paranoia. Randy bebe un trago de vodka y dice:
—¡Guau! El servicio de la clase Sultán es genial. En cualquier caso, si buscas sobre Ordo en Internet verás que esa estupidez no tiene nada que ver con nosotros. Nada.
—Es curioso, porque Comstock niega que se hayan tomado medidas contra Ordo —dice Doug. Al hablar de negativas oficiales por parte del gobierno de Estados Unidos, los veteranos de guerra de Vietnam como Doug son capaces de conseguir una ironía que es casi tan sutil como tener
cables de arranque automotrices conectados directamente a tus empastes, pero mucho más divertida. El vodka llega casi hasta la mitad de la nariz de Randy antes de que consiga controlarlo—. Dicen que se trata tan sólo de un antiguo pleito civil sin importancia —dice Doug, ahora con un tono inocente y suave como un pétalo.
—El que Ordo sea un proveedor de material que el gobierno odia y teme es tan sólo una coincidencia —conjetura Randy.
—Exacto.
—Bien, entonces seguro que no hay nada de que preocuparse aparte de nuestros problemas con el Dentista —dice Randy.
—¿Cuáles son esos problemas, Randy?
—Se produjeron en mitad de la noche, según tu horario. Seguro que tendrás unos cuantos faxes interesantes esperándote esta mañana.
—Bien, entonces puede que deba echarles una miradita —dice Doug Shaftoe.
—Puede que te llame cuando llegue a Kinakuta —dice Randy.
—Que tengas un buen vuelo, Randall.
—Que tengas un buen día, Douglas.
Randy devuelve el teléfono a su soporte en el brazo del asiento y se prepara para hundirse en un bien merecido coma aéreo. Pero cinco minutos después suena el teléfono. Resulta tan desorientador el que a uno le suene el teléfono en un avión que durante unos segundos no sabe qué hacer. Cuando por fin comprende lo que sucede, tiene que consultar el folleto de instrucciones para descubrir cómo responder.
Cuando consigue encenderlo y lo tiene al oído, una voz dice:
—¿Eso es lo que entiendes por sutil? ¿Crees que tú y Doug Shaftoe sois las únicas personas del mundo que saben que los pasajeros de clase Sultán pueden recibir llamadas desde el exterior?
Randy está seguro de que nunca ha oído esa voz con anterioridad. Es la voz de un hombre viejo. No se trata de una voz cansada o quebrada por la edad, sino de una voz que se ha ido desgastando suavemente, como los escalones de una catedral.
—Hum, ¿quién es?
—¿Me equivoco al pensar que deseas que el señor Shaftoe busque un teléfono público y te devuelva la llamada?
—¿Quién es usted, por favor?
—¿Crees que será más seguro que su GSM? En realidad no lo es.
La persona que habla hace pausas con frecuencia, antes, durante y después de las frases, como si hubiese pasado mucho tiempo a solas y tuviese dificultades para seguir el ritmo de una conversación.
—De acuerdo —dice Randy—. Sabe quién soy y a quién estaba llamando. Así que obviamente me vigila. No trabaja para el Dentista, supongo. Eso nos deja a... ¿quién?, ¿el gobierno de Estados Unidos?, ¿la NSA?, ¿es eso?
El hombre ríe.
—Por lo general, los chicos de Fort Meade no se molestan en contactar con las personas a las que intervienen el teléfono. —La voz tiene una nitidez poco norteamericana, ligeramente del norte de Europa—. En tu caso la NSA podría hacer una excepción, cierto; en la época en que estuve allí eran grandes admiradores del trabajo de tu abuelo. De hecho, les gustaba tanto que lo robaron.
—No hay mayor halago, supongo.
—Deberías ser multimillonario, Randy. Gracias a Dios, no lo eres.
—¿Por qué lo dice?
—Oh, porque entonces serías un hombre extremadamente inteligente que nunca se ve en situación de tomar decisiones difíciles, que nunca necesita ejercitar su mente. Es un estado mucho peor que ser un imbécil.
—¿Trabajó mi abuelo para usted en la NSA? —No aceptó. Dijo que tenía una oferta mejor. Así que mientras construía ordenadores cada vez mejores para solucionar el desafío Harvard-Waterhouse de búsqueda de factores primos, mis amigos de la NSA le observaban, y aprendían.
—Y usted hizo lo mismo.
—¿Yo? Oh, no, yo apenas sé manejar un soldador. Yo me dedicaba a vigilar a la NSA mientras ellos vigilaban a tu abuelo.
—En beneficio de... ¿quién? No me lo diga... ¿eruditorum.org?
—Bien hecho, Randy.
—¿Cómo debería llamarte...? ¿Root? ¿Pontifex?
—Pontifex es una bonita palabra.
—Cierto —dice Randy—. La comprobé, buscando pistas en la etimología... es una antigua palabra latina que significa «sacerdote».
—Los católicos llaman al Papa «Pontifex Maximus», o pontífice, para abreviar —dice Pontifex amistosamente—. Pero los paganos la empleaban también para referirse a sus sacerdotes, y los judíos a sus rabinos... es tan ecuménica.
—Pero el significado literal es «constructor de puentes», así que es un buen nombre para un criptosistema —añade Randy.
—O para mí, espero —dice Pontifex secamente—. Me alegro de que lo veas así, Randy. Mucha gente consideraría a un criptosistema como un muro, más que un puente.
—Bien, caray. Es agradable conocerte telefónicamente, Pontifex.
—El placer es mutuo.
—Últimamente has estado muy silencioso por correo electrónico.
—No quería asustarte. Me temía que si seguía molestándote pensarías que estaba haciendo proselitismo.
—En absoluto. Por cierto... los que saben piensan que tu criptosistema es extravagante, pero bueno.
—No tiene nada de extravagante, cuando lo entiendes —dice Pontifex educadamente.
—Bien, hum, ¿a qué se debe esta llamada? Obviamente tus amigos siguen vigilándome por cuenta de... ¿quién, exactamente?
—Ni siquiera lo sé —dice Pontifex—. Pero sé que intentas romper Aretusa.
Randy tampoco recuerda haber pronunciado nunca la palabra
«Aretusa». Estaba impresa en los envoltorios de los bloques de tarjetas ETC
que pasaba por el lector de tarjetas de Chester. Ahora recuerda una caja que estaba dentro del viejo camión de su abuelo, que ponía Desafío Harvard-Waterhouse de búsqueda de factores primos, con fecha de principios de los cincuenta. Eso al menos le proporciona una fecha que poder colgarle a Pontifex.
—Estuviste en la NSA a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta —dice Randy—. Seguro que debes haber trabajado con Harvest.
—Harvest había sido un superordenador descodificador legendario, tres décadas por delante de su tiempo, construido por ingenieros ETC que trabajaban contratados por la NSA.
—Ya te lo dije —dice Pontifex—. El trabajo de tu abuelo nos resultó muy útil.
—Chester tenía a un ingeniero ETC retirado trabajando en su equipo de tarjetas —dice Randy—. Me ayudó a leer las tarjetas Aretusa. Vio los envoltorios. Es amigo tuyo. Te llamó.
Pontifex se ríe en voz baja.
—Entre los de nuestro grupito, es difícil encontrar una palabra con más recuerdos asociados a ella que Aretusa. Casi se cae al suelo cuando la vio.
Me llamó desde el teléfono de su barco, Randy.
—¿Por qué? ¿Por qué era tan importante Aretusa?
—¡Porque pasamos diez años de nuestras vidas intentando descifrar el maldito código! ¡Y fracasamos!
—Debe haber sido realmente frustrante —dice Randy—. Todavía pareces enfadado.
—Estoy enfadado con Comstock.
—No te referirás a...
—No me refiero al fiscal general, Paul Comstock. Sino a su padre. Earl Comstock.
—¿Cómo? ¿El tipo que Doug Shaftoe tiró del telesilla? ¿El de Vietnam?
—¡No, no! Quiero decir, sí. Earl Comstock fue en gran parte responsable de nuestra política sobre Vietnam. Y Doug Shaftoe consiguió sus quince minutos de fama tirándole de un telesilla en, creo, 1979. Pero toda esa estupidez de Vietnam fue sólo una coda a su verdadero trabajo.
—Que fue...
—Earl Comstock, a quien tu abuelo informaba en Brisbane durante la Segunda Guerra Mundial, fue uno de los fundadores de la NSA. Y fue mi jefe desde 1949 hasta 1960 aproximadamente. Estaba obsesionado con Aretusa.
—¿Por qué?
—Estaba convencido de que se trataba de un código comunista. Y que si conseguíamos romperlo podría servirnos para descifrar algunos códigos
soviéticos posteriores que nos estaban creando dificultades. Lo que era ridículo. Pero él lo creía, o pretendía creerlo, así que estuvimos años rompiéndonos la cabeza con Aretusa. Hombres resistentes sufrieron crisis nerviosas. Hombres brillantes llegaron a la conclusión de que eran estúpidos. Al final resultó que todo era una broma.
—¿Una broma? ¿A qué te refieres?
—Pasamos esos fragmentos por Harvest hacia delante y hacia atrás.
Solíamos bromear diciendo que las luces se debilitaban en Washington y Baltimore cuando trabajábamos en Aretusa. Todavía me sé de memoria los grupos iniciales, AADAA FGTAA y lo que sigue. ¡Esas dobles aes! La gente escribía tesis sobre su significado. Al final llegamos a la conclusión de que eran pura coincidencia. Inventamos todo un nuevo sistema de criptoanálisis para estudiarlos, escribimos nuevos volúmenes del Criptonomicón. Los datos eran casi aleatorios. Buscar pautas en ellos era como intentar leer un libro que hubiese sido quemado y cuyas cenizas se hubiesen mezclado con el hormigón de la presa Hoover. Nunca conseguimos nada que valiese la pena.
«Después de unos diez años comenzamos a utilizarlo como inocentada para los nuevos reclutas. Por aquel entonces la NSA se estaba haciendo inmensamente grande, contratábamos a todos los más brillantes prodigios matemáticos de Estados Unidos, y cuando nos encontrábamos con alguno especialmente engreído le poníamos en el proyecto Aretusa para enviarle el mensaje de que no era tan listo como pensaba. Les bajamos los humos a muchos chicos con ese jeroglífico. Pero entonces, en torno a 1959, llegó ese chico, el más inteligente que habíamos visto, y lo descifró.
—Bien, asumo que no me has llamado sólo para mantenerme en suspenso —dice Randy—. ¿Qué es lo que descubrió?
—Descubrió que los fragmentos de Aretusa no representaban en absoluto mensajes codificados. Eran simplemente el resultado de una particular función matemática, una función zeta de Riemann, que tiene muchos usos, uno de ellos servir como generador de números aleatorios en algunos criptosistemas. Demostró que si iniciabas esta función de una forma específica, y luego le dabas, como entrada, una secuencia de números concreta, el resultado sería la secuencia exacta que estaba en esos
fragmentos. Así que eso era todo lo que contenía. Y casi acaba con la carrera de Comstock..
—¿Por qué?
—En parte por la insensata cantidad de dinero y recursos que había invertido en el proyecto Aretusa. Pero principalmente porque la secuencia de entrada, la semilla para el generador de números aleatorios, era el nombre del jefe. C-O-M-S-T-O-C-K.
—Estás de broma.
—Teníamos la prueba frente a nosotros. Era impecable desde un punto de vista matemático. Así que, o bien el propio Comstock había generado los fragmentos de Aretusa, y había sido lo bastante estúpido como para utilizar su propio nombre como semilla, y créeme, realmente era esa clase de tipo, o bien alguien le había gastado una inmensa broma.
—¿Qué es lo que crees tú que sucedió?
—Bueno, en primer lugar nunca divulgó dónde había conseguido esos fragmentos, así que era difícil formarse una hipótesis. Yo me inclino por la teoría de la broma, porque era el tipo de hombre que hace que sus subordinados sientan la necesidad de burlarse de él. Pero al final dio lo mismo. Lo expulsaron de la NSA cuando tenía cuarenta y seis años. El típico hombre gris, un veterano de guerra, un tecnócrata con indemnización de alta seguridad y un montón de contactos en las altas esferas. De ahí pasó casi directamente al Consejo de Seguridad Nacional de Kennedy, y el resto es historia.
—¡Guau! —exclama Randy, admirado—. ¡Menudo gilipollas!
—Sí —afirma Pontifex—. Y ahora su hijo... bueno, no me hagas empezar a hablar de su hijo.
Mientras la voz de Pontifex se apaga, Randy pregunta:
—Entonces, ¿por qué motivo me llamas?
Pontifex tarda unos segundos en responder, como si él mismo estuviese lidiando con la pregunta. Aunque Randy duda que ése sea el motivo de su silencio. «Alguien intenta enviarte un mensaje.»
—Supongo que me siento consternado ante la sola idea de más jóvenes brillantes estrellándose contra Aretusa. Hasta que recibí esa llamada desde un barco en el lago Washington, había pensado que se trataba de un asunto muerto y enterrado.
—¿Pero por qué debía importarte?
—Ya te han estafado una fortuna en patentes informáticas —dice Pontifex—. No sería justo.
—Entonces se trata de compasión.
—Además, como ya te dije, el trabajo de mi amigo consiste en mantenerte bajo vigilancia. Va a oír casi cada palabra que pronuncies durante los próximos meses, o al menos leerá las transcripciones. El que tú y Cantrell y los demás os pasaseis todo ese tiempo lamentándoos sobre Aretusa sería más de lo que podría soportar. Un espantoso dejà vu.
Intolerablemente kafkiano. Así que, por favor, dejadlo correr.
—Bien, gracias por el aviso.
—De nada, Randy. Y ¿puedo darte un consejo?
—Eso es lo que se supone que hace Pontifex.
—Antes de nada una advertencia: llevo un tiempo fuera de circulación.
No se me ha pegado esa reticencia posmoderna a hacer juicios de valor.
—De acuerdo, estoy preparado.
—Mi consejo: intenta construir la mejor Cripta que te sea posible.
Tus clientes, o algunos de ellos, en todo caso, son, a todos los efectos prácticos, primitivos. Te harán rico o te matarán, como si hubiesen salido directamente de una nota a pie de página de un libro de Joseph Campbell.
—¿Te refieres a los típicos capos de la droga colombianos?
—Sí, pero también hablo de ciertos hombres blancos, vestidos con traje.
Basta una generación para revertir al estado salvaje.
—Bueno, proporcionamos los más avanzados servicios criptográficos a todos nuestros clientes, incluso a los que llevan huesos en la nariz.
—¡Excelente! Y ahora, por mucho que me desagrade despedirme con algo tan sombrío, debo decirte adiós.
Randy cuelga y el teléfono vuelve a sonar casi inmediatamente.
—¿Te has vuelto importante de repente? —dice Doug Shaftoe—. Te llamo al avión y el teléfono da señal de ocupado.
—Tengo una historia curiosa que contarte —contesta Randy—. Sobre un tipo con el que tropezaste una vez mientras esquiabas. Pero lamentablemente tendrá que esperar.
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