Criptonomicon
Phreaking
E l Dentista se ha ido, la puerta está atrancada, el teléfono desconectado de la pared. Randall Lawrence Waterhouse está tendido desnudo sobre las sábanas almidonadas de la cama tamaño extra grande. Tiene la cabeza apoyada sobre una almohada para poder mirar por entre el espacio de los pies el programa de noticias del servicio mundial de la BBC en la televisión. Tiene cerca una cerveza del minibar por valor de diez dólares.
Son las seis de la mañana en Estados Unidos, así que en lugar de ver un partido de baloncesto profesional se decidió por ese programa de la BBC, que está muy orientado a lo que sucede en el sur de Asia. Una larga y muy sombría historia sobre una plaga de langostas en la frontera entre India y Pakistán sigue a un segmento sobre un tifón que está a punto de llegar a Hong Kong. El rey de Tailandia está exigiendo a algunos de los miembros más corruptos del gobierno que literalmente se postren ante él. Las noticias asiáticas siempre tienen un ligero toque fantástico, pero todo es extremadamente serio, sin ironías o guiños por ninguna parte. Ahora está viendo una historia sobre una enfermedad del sistema nervioso que la gente de Nueva Guinea sufre como consecuencia de comer los cerebros de otras personas. La historia típica de caníbales. No es de extrañar que tantos norteamericanos vayan allí por negocios y jamás regresen a casa; es como meterse en las páginas de un cómic de aventuras.
Alguien llama a la puerta. Randy se levanta y se pone el albornoz de felpa del hotel. Mira por la mirilla, medio esperando ver a un pigmeo con una cerbatana, aunque no le importaría nada que se tratase de una seductora cortesana oriental. Pero no es más que Cantrell. Randy abre la puerta.
Cantrell ya tiene levantadas las manos, mostrando las palmas, en un gesto genial de «ya me callo».
—No te preocupes —dice Cantrell—. No he venido a hablar de negocios.
—En ese caso, no voy a romperte la botella de cerveza en la cabeza —
dice Randy. Cantrell se siente exactamente igual que Randy; con tantas cosas tempestuosas sucediendo hoy, la única forma de afrontarlas es no hablar de ellas. La mayor parte de la actividad de la mente se produce cuando el cerebro está pensando en algo totalmente diferente, por lo que en ocasiones debes buscar deliberadamente algo diferente en lo que pensar y de lo que hablar.
—Ven a mi habitación —dice Cantrell—. Pekka está aquí.
—¿El finlandés al que hicieron saltar por los aires?
—El mismo.
—¿Por qué está aquí?
—Porque no hay ninguna razón para no estar aquí. Después de que lo volasen adoptó un estilo de vida tecnonómada.
—Por tanto, no es más que una coincidencia, o...
—No —dice Cantrell—. Me está ayudando a ganar una apuesta.
—¿Qué apuesta?
—Hace unas semanas le estaba hablando a Tom Howard sobre el phreaking Van Eck. Tom dice que le parecía una estupidez. Me apostó diez acciones de Epiphyte a que no podría hacerlo fuera del laboratorio.
—¿Pekka es bueno en ese tipo de cosas?
En lugar de decir que sí, Cantrell adopta una expresión seria y dice:
—Pekka ha escrito un capítulo entero sobre ese tema para Criptonomicón. Pekka cree que sólo dominando las tecnologías que pudiesen usarse contra nosotros podremos defendernos.
Suena casi como una llamada a las armas. Randy tendría que ser un perdedor para regresar a la cama después de oír semejante historia, así que se vuelve y pisa los pantalones, que están arrojados cuan largos son donde los tiró después de volver del palacio del sultán. ¡El palacio del sultán! La televisión está emitiendo un programa sobre los piratas que navegan por las
aguas del mar del sur de China, haciendo que la tripulación de los cargueros se pasee por la tabla.
—Todo este continente es como un puto Disneylandia sin las medidas de seguridad —comenta Randy—. ¿Soy la única persona a la que le parece surrealista?
Cantrell sonríe, pero dice:
—Si empezamos a hablar de cosas surrealistas, acabaremos hablando sobre el día de hoy.
—Tienes razón —dice Randy—. Vamos.
Antes de que Pekka fuese conocido en Silicon Valley como el Finlandés al que Volaron, le conocían como el Chico del Chelo, porqué manifestaba una devoción casi autista por su violonchelo y se lo llevaba a todas partes, intentando siempre encajarlo en los portaequipajes. No era coincidencia que también fuese un tipo analógico cuya especialidad se remontaba a la radio.
Cuando la radio por paquetes comenzó a convertirse en una alternativa a enviar datos por cables, Pekka se trasladó a Menlo Park y se unió a una empresa emergente. Su empresa compraba el equipo en tiendas de ordenadores usados, y Pekka acabó consiguiendo un monitor de alta resolución y multisincronía de diecinueve pulgadas y bastante decente muy adecuado para sus ojos adaptables de veinticuatro años. Lo conectó a una torre Pentium ligeramente usada abarrotada de RAM.
También instaló Finux, un sistema operativo UNIX gratuito creado por finlandeses, casi como forma de proclamar al resto del mundo «somos así de raros», y que distribuyeron a todo el mundo por la Red. Por supuesto, Finux era tan fantásticamente potente y flexible que te permitía, entre otras cosas, controlar la circuitería de vídeo de la máquina hasta el enésimo grado y elegir diferentes frecuencias de escáner y relojes de píxel, si te gustaban esas cosas. A Pekka definitivamente le gustaban y, como muchos maníacos del Finux, programó su máquina para que dibujase, si así lo decidía él, un montón de píxeles diminutos (que mostraban mucha información pero eran difíciles de ver) o, alternativamente, menos píxeles más grandes (que tendía a usar después de hackear durante veinticuatro horas seguidas y perder el tono del músculo ocular), o varias otras posibilidades intermedias. Cada vez
que cambiaba de una opción a otra, la pantalla del monitor se volvía negra durante un segundo y se oía un golpe metálico audible en su interior cuando el cristal vibrador se ajustaba a un rango de frecuencias diferentes.
Una noche, a las tres de la madrugada, Pekka hizo exactamente eso, e inmediatamente después de que la pantalla se pusiese negra e hiciese el ruido metálico, le explotó en la cara. La parte delantera del tubo de imagen estaba fabricada de vidrio pesado (así debía ser, para soportar el vacío interno) que se fragmentó y penetró en el rostro, cuello y parte superior del cuerpo de Pekka. El mismo fósforo que había estado reluciendo bajo el rayo de electrones unos momentos antes, trasmitiendo información a los ojos de Pekka, estaba ahora físicamente incrustado en su carne. Un trozo de vidrio le atravesó uno de los ojos y penetró en su cerebro. Otro más le desgarró la laringe, y otro pasó volando a un lado de su cabeza y le arrancó un trozo perfectamente triangular de la oreja izquierda.
Pekka, en otras palabras, fue la primera víctima del Digibomber. Casi muere desangrado allí mismo, y sus compañeros eutropianos revolotearon alrededor de su cama de hospital durante días con tanques de freón, listos para entrar en acción en caso de que falleciese. Pero no murió, y recibió aún más publicidad porque su compañía emergente no tenía seguro médico.
Después de que los periódicos locales se hiciesen eco de cómo ese pobre inocente de la tierra de la medicina socializada no había tenido la previsión suficiente para contratar un seguro médico, un millonario de la alta tecnología donó dinero para pagar sus facturas médicas y equiparle con una laringe computerizada como la de Stephen Hawking.
Y ahora allí está Pekka, sentando en la habitación de hotel de Cantrell.
El chelo está en una esquina, sucio alrededor del puente por el polvo de colofonia. Está mirando una pared vacía a la que ha pegado con cinta adhesiva un montón de cables formando bucles y giros precisos. Éstos llevan hasta una placa de circuito casera que a su vez está conectada al portátil.
—Hola Randy, felicidades por tu éxito —dice una voz generada por ordenador tan pronto como se cierra la puerta tras Randy y Cantrell. Es un saludo que Pekka evidentemente ha tecleado hace un tiempo, anticipándose a la llegada. Nada de lo que sucede le parece especialmente extraño a
Randy excepto el hecho de que Pekka parece pensar que Epiphyte ha conseguido algún éxito.
—¿Cómo vamos? —pregunta Cantrell.
Pekka teclea una respuesta. Luego hace bocina con la mano en la oreja mutilada mientras usa la otra mano para activar el generador de voz:
—Se ducha. —En realidad, era imposible no oír el sonido de las cañerías—. Su portátil emite.
—Oh —dice Randy—. ¿La habitación de Tom Howard es la de al lado?
—Justo al otro lado de la pared —dice Cantrell—. La solicité específicamente, para poder ganar esta apuesta. Esa habitación es la imagen especular de ésta, así que su ordenador está a unas pulgadas de distancia, justo al otro lado de la pared. Condiciones perfectas para el phreaking Van Eck.
—Pekka, ¿estás recibiendo ahora mismo señales de su ordenador? —
pregunta Randy.
Pekka asiente, teclea y dispara.
—Ajusto. Calibro. —El dispositivo de entrada para el generador de voz es un teclado de una sola mano que lleva atado al muslo. Le pone la mano derecha encima y realiza movimientos a tientas. Momentos más tarde surge el habla—. Necesito Cantrell.
—Perdóname —dice Cantrell, y va a lado de Pekka. Randy le mira por encima del hombro durante un rato, comprendiendo vagamente lo que hacen.
Si pones una hoja de papel en blanco sobre una lápida y le pasas la punta de un lápiz por encima, obtienes una línea horizontal, oscura en algunos lugares y tenue en otros, y sin demasiado sentido. Si vas bajando por la página a intervalos cortos, la anchura de una línea de lápiz, y repites el proceso, comienza a aparecer una imagen. El proceso de ir recorriendo la página en una serie de trazos horizontales es lo que un cerebrín llamaría escaneo de barrido, o simplemente barrido. Con un monitor de vídeo convencional —un tubo de rayos catódicos— el rayo de electrones rastrea moviéndose físicamente hacia abajo por el vidrio como sesenta u ochenta veces por segundo. En el caso de una pantalla de portátil, no hay escaneo físico; los píxeles individuales se apagan y encienden directamente. Pero aún así se produce el rastreo; lo que se escanea y se pone de manifiesto en
la pantalla es una región de la memoria del ordenador llamado buffer de pantalla. El contenido del buffer de pantalla debe pegarse en la pantalla sesenta u ochenta veces por segundo o (1) la pantalla parpadea y (2) la imagen se mueve bruscamente.
La forma en que el ordenador te habla no es controlando la pantalla directamente sino más bien manipulando los bits contenidos en ese buffer, con la seguridad de saber que otros subsistemas en el interior de la máquina se encargan del trabajo rutinario de mandar la información a la pantalla física. Sesenta u ochenta veces por segundo, el sistema de vídeo dice
¡mierda!, es hora de refrescar la pantalla, y va al comienzo del buffer de pantalla —que, recuerda, no es más que una zona en particular de la memoria— y lee los primeros bytes, que indican el color que se supone debe tener el píxel en la esquina superior izquierda de la pantalla. Esa información se envía a lo que sea que actualiza la pantalla, ya sea un rayo de electrones o un sistema de portátil para controlar directamente los píxeles. Se leen los siguientes bytes, normalmente los del píxel a la derecha del primero, y así hasta llegar al extremo derecho de la pantalla. Eso dibuja la primera línea de la lápida.
Como ya se ha llegado al extremo derecho de la pantalla, ya no quedan más píxeles en esa dirección. Está implícito que los siguientes bytes a leer de la memoria corresponderán al píxel más a la izquierda en la segunda línea de barrido contando desde arriba. Si se trata de una pantalla de rayos catódicos, se nos produce ahora un pequeño problema de tiempos ya que el rayo de electrones se encuentra ahora en el extremo derecho de la pantalla y se le pide que dibuje un píxel en el extremo izquierdo. Debe retroceder. Eso lleva un poco de tiempo; no demasiado, pero sí mucho más que el intervalo de tiempo entre dibujar dos píxeles que se encuentran mejilla con mejilla.
Esa pausa se conoce como intervalo de barrido horizontal. Se produce uno al final de cada línea hasta que el barrido ha llegado al último píxel en la esquina inferior derecha de la pantalla y ha completado un dibujo de la lápida. Pero ya es hora de empezar de nuevo, y por lo tanto el rayo de electrones (si lo hay) debe saltar en diagonal hasta el píxel de la esquina superior izquierda. Eso también lleva un poco de tiempo y se llama intervalo de barrido vertical.
Esos problemas surgen de limitaciones físicas inherentes al barrido de rayos de electrones por el espacio en un tubo de rayos catódicos, y básicamente desaparecen en el caso de una pantalla de portátil como la que Tom Howard ha situado a unas pulgadas frente a Pekka, al otro lado de la pared.
Pero la temporización de vídeo de la pantalla del portátil sigue el modelo de la de una pantalla de tubo de rayos catódicos. (Esto se debe simplemente a que la vieja tecnología es conocida universalmente por aquellos que necesitan comprenderla, y funciona bien, y se han creado y probado todo tipo de tecnologías y programas para funcionar dentro de ese esquema, y por qué jugar con el éxito, especialmente cuando tus márgenes de beneficios son tan pequeños que sólo se pueden detectar empleando técnicas de la mecánica cuántica, y cualquier fallo de compatibilidad con la tecnología anterior enviará a tu compañía directamente al sumidero.) En el portátil de Tom, cada segundo está dividido en setenta y cinco partes perfectamente regulares durante las que se realiza un dibujo completo de la lápida seguido de un intervalo de barrido vertical. Randy puede seguir la conversación entre Pekka y Cantrell lo suficiente para comprender que ya han conseguido deducir, analizando la señal que atraviesa la pared, que Tom Howard tiene configurada la pantalla para ofrecer 768 líneas y 1.024 píxeles por cada línea. Por cada píxel, se leen cuatro bytes del buffer de vídeo y se envían a la pantalla. (Tom está empleando la definición de color más alta posible para la pantalla, lo que significa que se requiere un byte para representar cada una de las intensidades de azul, verde y rojo y otro que básicamente sobra, pero se deja por ahí porque a los ordenadores les gustan las potencias de dos, y ahora los ordenadores son tan ridículamente rápidos y potentes que, aunque todo está sucediendo siguiendo un horario que para un ser humano sería agresivo, los bytes extras no afectan en nada.) Cada byte son ocho dígitos binarios o bits, y por tanto, 1.024 veces por línea, se leen 4 X 8 = 32 bits del buffer de pantalla.
Sin saberlo Tom, su ordenador está colocado justo al lado de una antena.
Los cables que Pekka pegó a la pared pueden leer las ondas electromagnéticas que radian continuamente los circuitos del ordenador.
El portátil de Tom se vende como ordenador no como estación de radio, por lo que podría parecer raro que estuviese emitiendo cosas. En realidad, es un efecto secundario de que los ordenadores sean bichos binarios, lo que significa que todas las comunicaciones chip-a-chip, subsistema-a-subsistema, que se producen en el interior de la máquina —todo lo que se mueve por esas tiras planas de cables o en las pequeñas trazas metálicas en las placas de circuito— consisten en transiciones de cero a uno y de uno a cero.
La forma de representar bits en un ordenador es cambiar el voltaje del cable entre cero y cinco voltios. En los textos de informática esas transiciones se representan siempre como una onda cuadrada perfecta, lo que significa que a V=0 tienes una línea perfectamente plana, que representan un cero binario, y luego realiza un cambio perfecto en ángulo recto y salta verticalmente a V=5 y luego ejecuta otro giro en ángulo recto y permanece en cinco voltios y hasta el momento de regresar a cero, y así continuamente.
Se trata del ideal platónico de cómo se supone que debe operar la circuitería de un ordenador, pero los ingenieros deben construir los circuitos reales en el mugriento mundo analógico. Los trozos de metal y silicio no pueden manifestar el comportamiento platónico ideal que aparece en los libros de texto. Los circuitos pueden saltar abruptamente, muy abruptamente, de cero a cinco voltios, pero si los examinas en un osciloscopio, puedes ver que la onda no es perfectamente cuadrada. En lugar de ésos obtienes algo similar a:
A las ondas pequeñas se las conoce como oscilaciones transitorias; esas transiciones entre dígitos binarios golpean a los circuitos como un badajo a la campana. El voltaje salta, pero después de saltar oscila durante un rato alrededor del nuevo valor. Cuando tienes un voltaje oscilante en un conductor, como en este caso, eso implica que hay ondas electromagnéticas propagándose por el espacio.
En consecuencia, cada cable en un ordenador en funcionamiento es como un diminuto emisor de radio. Las señales que emite dependen por completo de los detalles de lo que sucede en el interior de la máquina.
Como hay muchos cables, y los detalles exactos de lo que hacen son impredecibles, es difícil para cualquiera que vigile las transmisiones decidir qué sucede. Gran parte de lo que sale de la máquina es totalmente irrelevante desde el punto de vista de la vigilancia. Pero hay un conjunto de señales que es (1) totalmente predecible y (2) exactamente lo que Pekka quiere ver, y es el flujo de bytes que se lee desde el buffer de pantalla y que se envía al hardware de pantalla. Entre todo el ruido aleatorio que viene de la máquina, los tictac de los intervalos de barrido horizontal y vertical destacan con tanta claridad como el sonido de los tambores en medio de una jungla llena de ruidos. Ahora que Pekka ha conseguido centrarse en el pulso, debería poder pillar las emisiones del cable que conecta el buffer de pantalla al hardware de vídeo, y traducirla de nuevo a una serie de unos y ceros que pueda representarse en su propia pantalla. Podrán ver exactamente lo que Tom Howard ve, por medio de la técnica de vigilancia llamada phreaking Van Eck.
Eso es lo que Randy sabe. En lo que se refiere a los detalles, Cantrell y Pekka están muy por encima de él y, después de un minuto, pierde interés.
Se sienta en la cama de Cantrell, que es el único sitio libre para sentarse, y descubre un pequeño ordenador de mano sobre la mesa de noche. Ya está funcionando y conectado al mundo por medio de un cable telefónico.
Randy ha oído hablar de este producto. Se supone que es un primer intento de un ordenador de red, por lo que siempre que está encendido está ejecutando un navegador Web; el navegador Web es el interfaz.
—¿Puedo navegar?—pregunta Randy.
Y Cantrell dice:
—Sí —sin ni siquiera darse la vuelta.
Randy visita uno de los grandes buscadores, lo que lleva unos minutos porque la máquina debe establecer primero una conexión a la Red. Luego busca documentos Web que contengan los términos ([Andy O Andrew]
Loeb) Y «mente colmena». Como es habitual, el buscador le devuelve decenas de miles de documentos. Pero a Randy no le resulta difícil elegir los que resultan ser relevantes.
DEBIDO A QUE STRI 9303 ES UN MIEMBRO BIEN CONSIDERADO DE LA ASOCIACIÓN LEGAL DE
CALIFORNIA
STRI 11A4 ha experimentado sentimientos ambivalentes con respecto al hecho de que STRI 9E03 (en la medida en que él/ella ha sido construido/a, por parte de la sociedad atomizada, como un organismo individual) es abogado. Sin duda, los sentimientos conflictivos de STRI 11A4 son normales y naturales. Una parte de STRI 11A4 desprecia a los abogados y al sistema legal en general, como síntoma del estadio final de la enfermedad terminal de la sociedad atomizada. Otra parte comprende que la enfermedad puede mejorar la salud del pool memético si mata a un organismo que es demasiado viejo o no apto para seguir propagando su memetipo. No hay que llevarse a engaño: el sistema legal en su forma actual es el peor sistema inimaginable para que una sociedad resuelva sus disputas. Es horriblemente caro en dinero y en el talento intelectual que se malgasta siguiéndolo como carrera. Pero parte de STRI 11A4 cree que los fines de STRI 11A4 pueden llegar a cumplirse volviendo las características más tóxicas del sistema legal contra el podrido cuerpo político de la sociedad atomizada y acelerar de esa forma su caída.
Randy pincha en STRI 9E03 y obtiene:
STRI 9E03 es el STRI que STRI 11A4 denota por la trama de bits elegida arbitrariamente que, construida como entero, es 9E03 (en notación hexadecimal).
Pinche aquí para saber más sobre el sistema de designadores de trama de bits empleado por STRI 11A4 para reemplazar el sistema obsoleto de nomenclatura de
«lenguajes naturales». Pinche aquí si desea que el designador STRI 9E03 sea reemplazado automáticamente por un designador convencional (nombre) mientras navegue por este sitio.
Pincha.
Desde este momento, la expresión STRI 9E03 será reemplazada por la expresión Andrew Loeb. Advertencia: consideramos tal nomenclatura fundamentalmente inválida y no recomendamos su uso, pero la ofrecemos como un servicio para los que visitan por primera vez este sitio Web y que no estén acostumbrados a pensar en términos de STRIs.
Pincha.
Ha pinchado en Andrew Loeb que es el designador asignado por la sociedad atomizada al memoma de STRI 9E03...
Pincha.
...memoma es el conjunto de todos las memes que definen la realidad física de un STRI basado en el carbono. Las memes pueden dividirse en dos grandes categorías: genéticas y semánticas. Las memes genéticas son simplemente genes (ADN) y se propagan a través de la reproducción biológica normal. Las memes semánticas son ideas (ideologías, religiones, modas, etc.) y se propagan por medio de la comunicación.
Pincha.
La parte genética del memoma de Andrew Loeb comparte un 99% de su contenido con el conjunto de datos producido por el Proyecto Genoma Humano. Eso no debería considerarse un apoyo al concepto de especiación (es decir, que el continuo de formas vivas basadas en el carbono puede o debe dividirse arbitrariamente en especies paradigmáticas) en general, o la teoría de que hay una especie llamada
«Homo sapiens» en particular.
La parte semántica del memoma de Andrew Loeb sigue inevitablemente contaminada por muchas memes virales primitivas, pero están siendo gradual y constantemente suplantadas por nuevas memes semánticas generadas ab initio por medio de procesos racionales.
Pincha.
STRI significa Sub-Totalidad Relativamente Independiente. Puede emplearse para referirse a cualquier entidad que, desde un punto de vista, parezca poseer una frontera clara que la separe del mundo (como las células en el cuerpo) pero que, en un sentido más profundo, esté inextricablemente conectada con una totalidad mayor (como las células en el cuerpo). Por ejemplo, las entidades biológicas tradicionalmente conocidas como «seres humanos» no son más que Sub-Totalidades Relativamente Independientes del organismo social en el que se encuentran incrustadas.
Una disertación escrita bajo el nombre de Andrew Loeb, al que ahora se designa como STRI 9E03, indica que incluso en esas partes de STRI 0577 que tienen climas moderados y agua y alimento abundante, la vida de un organismo del tipo designado, en el viejo sistema memético, como «Homo sapiens», hubiese estado ocupada principalmente con intentos de comer otros STRIs. Esa visión limitada impediría la
formación de sistemas meméticos semánticos avanzados (a saber, civilización como se construye tradicionalmente ese término). STRIs de este tipo sólo pueden obtener niveles altos de funcionamiento en tanto que estén inmersos en una sociedad más amplia, siendo su punto final evolutivo más lógico una mente colmena.
Pincha.
Una mente colmena es una organización social de STRIs capaces de procesar memes semánticas («pensar»). Podrían estar basados en el carbono o en el silicio. STRIs que entran en una mente colmena renuncian a sus identidades independientes (que en cualquier caso son meras ilusiones). A propósitos de conveniencia, a los constituyentes de la mente colmena se les asignan designadores de trama binaria.
Pincha.
Un designador de trama de binaria es una serie aleatoria de bits empleada para identificar de forma única un STRI. Por ejemplo, al organismo designado tradicionalmente como Tierra (Terra, Gaia) se le ha asignado el designador 0577.
Este sitio Web es administrado por 11A4, que es una mente colmena. STRI 11A4
asigna designadores de trama binaria con un generador de números seudo-aleatorios.
Esto se aparta de la práctica empleada por esa soidisant «mente colmena» que se autodenomina como Proyecto de Mente Colmena del Área Este de la Bahia, pero que se designa (en el sistema de STRI 11A4) como STRI E772. Esta «mente colmena» fue el resultado de la división de la «Mente Colmena Uno» (designada en el sistema STRI 11A4 como STRI 4032) en varias «mentes colmenas» más pequeñas (el Proyecto de Mente Colmena del Área Este de la Bahía, la Mente Colmena de San Francisco, Mente Colmena 1A, la Mente Colmena Reorganizada de San Francisco y la Mente Colmena Universal) como resultado de una contradicción irreconciliable entre varias memes semánticas diferentes que competían por el espacio mental. Una de esas memes semánticas afirmaba que los designadores de trama binaria deberían asignarse en orden numérico, de forma que (por ejemplo) Mente Colmena Uno sería designada como STRI 0001 y así sucesivamente. Otra meme afirmaba que los números deberían organizarse en orden de importancia, de forma que (por ejemplo) la STRI convencionalmente conocida como el planeta Tierra sería STRI 0001. Otra meme semántica estaba de acuerdo con esta última pero disentía en si el recuento debería empezar con 0000 o 0001. Entre los bandos 0000 y 0001, había desacuerdo sobre a qué STRI deberla asignársele el primer número: algunos afirmaban que la Tierra era la primera y más importante STRI, otro que algún sistema mayor (el sistema solar, el Universo, Dios) era en algún sentido más inclusivo y fundamental.
La máquina tiene un interfaz de correo electrónico. Randy lo usa.
A: root@eruditorum.org
De: enano@siblings.net
Asunto: Re(2) ¿Por qué?
Vi el sitio web. Estoy dispuesto a estipular que no eres STRI 9E03. Sospecho que eres el Dentista, que anhela un intercambio sincero de puntos de vista. Para ello, el correo electrónico anónimo y firmado digitalmente es el único método seguro.
Si quieres que crea que no eres el Dentista, ofréceme una explicación plausible para tu pregunta respecto a por qué estamos construyendo la Cripta.
Sinceramente
INICIO DE BLOQUE DE FIRMA ORDO
(etc.)
FINAL DE BLOQUE DE FIRMA ORDO
—Tenemos algo —dice Cantrell—. ¿Estás haciendo algo?
—Nada que no esté deseoso de abandonar —contesta Randy, dejando el ordenador de mano. Se levanta de la cama y se coloca detrás de Pekka. La pantalla del ordenador de Pekka muestra varias ventanas, de las que la mayor y principal es la imagen de otra pantalla de ordenador. En su interior hay más ventanas e iconos: un escritorio. Resulta ser un escritorio de Windows NT, lo que no deja de ser asombroso y (para Randy) extraño porque el ordenador de Pekka no está ejecutando Windows NT, está ejecutando Finux. Sobre el escritorio Windows NT se mueve un cursor, dándole a los menús y pinchando en cosas. Pero Pekka no está moviendo la mano. El cursor cae sobre el icono de Microsoft Word, que cambia de color y se expande hasta formar una ventana.
Esta copia de Microsoft Word está registrada a nombre de THOMAS HOWARD.
—¡Lo conseguiste! —dice Randy.
—Vemos lo que ve Tom —dice Pekka.
Se abre una nueva ventana de documento, y comienzan a aparecer palabras.
Nota personal: ¡vemos «Cartas a Penthouse», imprime esto!
La verdad, no creo que los sibaritas del sexo busquen a los estudiantes universitarios de cualquier sexo por sus grandes habilidades folladoras. Pensamos demasiado. Todo hay que expresarlo verbalmente. Un persona que cree que follar es un discurso sexual está claro que no va a ser muy buena en el catre.
Las medias me ponen. Tienen que ser negras, preferiblemente con costuras por detrás. Cuando tenía trece años robé algunos panties negros de un supermercado para poder jugar con ellos. Al salir de la tienda con las L'eggs en la mochila me retumbaba el corazón, pero la emoción del crimen no fue nada comparada con abrir el paquete y sacarlas, pasármelas por mis mejillas adolescentes con pelusillas.
Incluso intenté ponérmelas, pero tenia un aspecto grotesco —con mis piernas peludas— y no me provocó ningún placer. No quería ponérmelas. Quería que otra persona se las pusiese. Ese día me masturbé cuatro veces.
Cuando lo consideraba, me molestaba muchísimo. Yo era un chico listo. Se supone que los chicos listos son racionales.
Por tanto, en la universidad, me inventé una racionalización. En la universidad no había demasiadas mujeres, pero en ocasiones iba a la ciudad y observaba a las oficinistas bien vestidas pasear por la calle en la hora del almuerzo y realizaba observaciones científicas sobre sus piernas. Aprecié que cuando la media se estiraba para cubrir ciertas zonas de la pierna, como el músculo de la pantorrilla, se volvía más pálida, como un globo de colores se hace más pálido al hincharse. De igual forma, era más oscura en ciertas zonas como el tobillo. Eso hacía que la pantorrilla pareciese tener mejor forma y que el tobillo pareciese más esbelto. Las piernas, como un todo, parecían más saludables, lo que implicaba que en el lugar donde se unían se podía encontrar ADN de mejor calidad.
Q.E.D. Lo que me pasaba con las medias negras era una adaptación extremadamente racional. Simplemente demostraba lo inteligente que era, qué racionales eran
incluso las partes irracionales de mi cerebro. El sexo no podía controlarme, no había que temerlo.
Se trataba de una explicación esencialmente estúpida, pero hoy en día la mayoría de la gente educada sostiene opiniones esencialmente estúpidas hasta los treinta y tantos, por lo que esa idea me acompañó durante mucho tiempo. Probablemente mi esposa Virginia tenía una racionalización igualmente egoísta para sus propias necesidades sexuales, necesidades de las que no supe durante muchos años. Por tanto, no es sorprendente que nuestra vida sexual antes del matrimonio fuese mediocre. Ninguno de los dos, claro está, admitía que fuese mediocre. Si yo lo hubiese admitido, habría tenido que admitir que lo era porque a Virginia no le gustaba llevar medias, y por aquella época estaba demasiado preocupado con ser un Tipo Sensible de la Nueva Era para admitir semejante herejía. Amaba a Virginia por su mente. ¿Cómo podría ser tan superficial, tan insensible, tan perverso como para rechazarla porque no le gustaba cubrirse las piernas con finos tubos de nylon?
Como empollón gordinflón, debía sentirme afortunado de tenerla.
Cuando llevábamos cinco años de matrimonio, asistí a la feria informática Comdex como presidente de una pequeña compañía emergente de alta tecnología. Ya era algo menos gordinflón y algo menos empollón. Conocí a una chica de marketing de una gran cadena de distribución de software. Llevaba puestas medias completamente negras. Acabamos follando en la habitación de mi hotel. Fue la mejor experiencia sexual de mi vida. Volví a casa desconcertado y avergonzado. Después de aquello, mi vida sexual con Virginia fue bastante deprimente. Tuvimos relaciones sexuales como una docena de veces durante los siguiente dos años.
La abuela de Virginia murió y regresamos a la parte norte del estado de Nueva York para el funeral. Virginia tuvo que ponerse un vestido, lo que implicaba afeitarse las piernas y ponerse medias, algo que sólo había hecho un puñado de veces durante nuestro matrimonio. Prácticamente me caí de boca al verla, y durante todo el funeral tuve que sufrir una tremenda y dolorosa erección, mientras intentaba buscar la forma de quedarme a solas con ella.
Aclaremos, Abuelita vivía sola en una casa enorme y vieja sobre una colina hasta hacía un par de meses cuando se cayó y se rompió la cadera, y fue trasladada a una residencia. Todos sus hijos, nietos y bisnietos se reunieron para el funeral, y esa casa se convirtió en el lugar central de reunión. Era un bonito lugar lleno de viejos muebles, pero, en sus años de declive, Abuelita se había convertido en una urraca compulsiva, por lo que había montones de periódicos y correo acumulado por todas partes. Al final tuvimos que llevarnos varios camiones cargados de basura.
En otros aspectos, Abuelita había sido bastante organizada y había dejado como recuerdo un testamento muy específico. Y cada uno de sus descendientes sabía perfectamente qué muebles, platos, alfombras y otros elementos curiosos se iba a llevar a casa. Tenía muchas posesiones, pero también muchos descendientes, de forma que el botín quedó extremadamente fragmentado. Virginia acabó con un tocador negro de nogal que estaba almacenado en un dormitorio sin uso. Subimos a echarle un vistazo y acabé follándomela allí. Yo estaba de pie con los pantalones ligeros de mi traje oscuro alrededor de los tobillos mientras ella estaba sentada sobre ese tocador con las piernas alrededor de mí y sus talones cubiertos por las medias negras hundiéndoseme en las nalgas. Fue el mejor polvo que hubiésemos echado. Por suerte abajo había mucha gente comiendo, bebiendo y hablando o hubiesen oído sus gemidos y gritos.
Al final le conté lo de las medias. Me sentí bien. Había estado leyendo un montón sobre el desarrollo cerebral y acabado aceptando mi manía por las medias. Parece que a cierta edad, entre los dos y los cinco años, la mente cuaja. La parte responsable del sexo adopta una estructura que te acompaña durante el resto de tu vida. Todos los gays con los que he hablado me han dicho que sabían que eran gays, o al menos diferentes, años antes de empezar a pensar en el sexo, y todos ellos estaban de acuerdo en que la homosexualidad no podía convertirse en heterosexualidad, o viceversa, por mucho que lo intentases.
La parte del cerebro que se encarga del sexo con frecuencia se cruza con otra, algo aparentemente irrelevante a esa edad. Así es como la gente pilla la orientación hacia la dominación o la sumisión sexual, o cuando muchos tipos pillan
perversiones específicas —digamos, goma, plumas, o zapatos. Algunos tienen la mala suerte de calentarse con niños pequeños, y esos tipos esencialmente están condenados desde ese momento, no hay nada que hacer más que castrarlos o encerrarlos. Ninguna terapia puede despervertizar un cerebro una vez pervertizado.
Por tanto, considerándolo todo, no me había salido tan mal la mano cuando me tocó la carta de sentirme excitado por las medias negras. Le conté todo esto a Virginia en el viaje de regreso a casa. Me sorprendió la calma con la que lo aceptó. Era demasiado imbécil para darme cuenta de que ella estaba pensando en cómo se aplicaba a su caso.
Después de llegar a casa, salió valientemente y se compró algunas medias que intentaba ponerse en ocasiones. No era fácil. Las medias implican todo un estilo de vida. Quedan estúpidas con vaqueros y zapatillas. Una mujer con medias tiene que llevar vestido o falda, y no sólo una falda de tela vaquera, sino algo mejor, más formal. También debe llevar el tipo de zapatos que Virginia no tenía ni le gustaba llevar. Las medias no son muy compatibles con ir en bicicleta al trabajo.
Ni siquiera eran realmente compatibles con nuestra casa. Durante nuestros días frugales como estudiantes habíamos acumulado muchos muebles comprados en Goodwill, o los habíamos fabricado con tableros. Esos muebles resultaron que estaban llenos de salientes que una persona con vaqueros no notaba pero que destrozarían un par de medias en un momento. De igual forma, la vivienda a medio terminar y los coches viejos tenían muchos bordes agudos que eran la muerte de las medias. Por otra parte, cuando fuimos por nuestro aniversario a Londres, trasladándonos en taxis negros, hospedándonos en hoteles bonitos y comiendo en buenos restaurantes, pasamos toda una semana moviéndonos en un mundo perfectamente ajustado a las medias. El viaje nos demostró los cambios radicales que tendríamos que realizar en nuestras circunstancias para que ella pudiese llevarlas de forma rutinaria.
Por tanto, se gastó mucho dinero en medias como muestra de buenas intenciones.
Tuvimos buen sexo, aunque yo parecía disfrutarlo más que Virginia. Nunca alcanzó la asombrosa intensidad animal que había mostrado en la casa de Abuelita durante el funeral. El roce redujo con rapidez su reserva de medias, y la inconveniencia en sí le impidió renovarla, por lo que en un año estábamos de vuelta en la casilla número uno.
Pero otras cosas iban cambiando. Gané mucho dinero con las acciones, y nos compramos una casa nueva en las colinas. Contratamos una agencia de mudanzas para llevar nuestro mobiliario basura a la casa, donde parecía mucho más lastimoso. El nuevo trabajo de Virginia la obligaba a ir en coche. Yo no pensaba que nuestra vieja chatarra fuese segura, así que le compré un Lexus bonito con asientos de cuero y alfombrillas de lana, carente por completo de salientes. Pronto, llegaron los niños y cambié mi viejo camión por un monovolumen.
Aún así, no pude decidirme a empezar a gastar dinero en muebles hasta que empezó a dolerme la espalda y comprendí que era por el viejo colchón Goodwill de veinte años en el que dormíamos Virginia y yo. Teníamos que comprar una cama nueva. Como lo que estaba en juego era mi espalda, fui yo el que salió de compras. Antes preferiría apagar cigarrillos con la lengua que ir de compras. La idea de ir a todas las tiendas importantes de muebles de la zona, comparando camas, me hacia desear morirme. Lo único que quería era ir a un sitio, comprar una cama y acabar con el problema. Pero no quería una cama de mierda de la que me cansase en un año, o un colchón barato que en cinco años me volviese a destrozar la espalda.
así que fui directamente a mi Gomer Bolstrood Home Gallery local. Había oído a la gente hablar sobre los muebles de Gomer Bolstrood. Las mujeres en particular parecían referirse a ellos en tono religioso. Se decía que su fábrica estaba en una ciudad de Nueva Inglaterra donde llevaban trescientos años. Se decía que los rizos de nogal y roble de los cepillos de Gomer Bolstrood habían sido usados como yesca bajo las piras de las brujas convictas. Gomer Bolstrood era la respuesta a una pregunta que me había estado reconcomiendo desde el funeral de Abuelita, es decir: ¿de dónde sale todo ese mobiliario de abuela de alta calidad? En todas las familias, los jóvenes van a la casa de la abuela por Acción de Gracias, o cualquier otra visita obligatoria, y admiran el genial mobiliario antiguo, preguntándose qué elemento se llevarán a casa cuando la vieja acabe en el hoyo.
Algunas personas se impacientan y van a las ferias estatales o a tiendas de antigüedades para comprarlos.
Pero si el suministro de mobiliario de alta calidad, viejo y digno de dejar a la familia es fijo, entonces ¿de dónde saldrán las abuelas del futuro? Podía imaginar una situación, a medio siglo en el futuro, cuando mis descendientes y los de Virginia riñesen por ese tocador de nogal negro, mientras hacían venir un camión para arrojar a la basura el resto de nuestras cosas. A medida que crece la población, y la reserva de muebles permanece constante, esas cosas son inevitables. Debe haber una fuente de nuevos muebles dignos de una abuela, o los Estados Unidos del mañana acabará sentada en cojines de vinilo que van perdiendo las bolitas de espuma por el suelo.
La respuesta es Gomer Bolstrood, y los precios son altos. Cada silla y mesa Gomer Bolstrood debería venir en una cajita forrada de fieltro, como si fuese una joya.
Pero en aquella época era rico e impaciente. Así que conduje hasta Bolstrood y atravesé la puerta como un poseso, sólo para que me detuviese una recepcionista.
Me sentí hortera con mis vaqueros y tenis blancos. Probablemente ella ya había visto a muchos millonarios de la alta tecnología atravesar esas puertas, y se lo tomó con mucha calma. Antes de que me diese cuenta, una mujer de mediana edad había surgido del fondo de la tienda y se había convertido en mi asesora de diseño personal. Se llamaba Margaret.
—¿Dónde están las camas? —pregunté.
Se puso rígida y me informó que aquél no era el tipo de lugar adonde podías ir a una Sala de Camas y ver filas y filas de camas alineadas como cerdos rollizos en una carnicería. Una Gomer Bolstrood Home Design Gallery consistía en una serie de habitaciones exquisitamente decoradas, algunas de las cuales efectivamente eran dormitorios y contenían camas. Una vez que se aclararon las cosas, Margaret me mostró los dormitorios.
Mientras me guiaba de una habitación a otra, no pude evitar darme cuenta de que llevaba medias negras con lo que parecían perfectas costuras en la parte de atrás.
Durante un rato me sentí incómodo por mis sentimientos eróticos hacia Margaret.
Tuve que resistirme al impulso de decir «véndame la cama más grande y cara que tengan». Margaret me mostró camas de estilos diferentes. Los nombres de los estilos no me decían nada. Algunos parecían modernos y otros parecían antiguos.
Señalé una muy grande de cuatro postes altos que tenía el aspecto de mueble de abuela y dije: —Me llevaré una de esas.
Se produjo un retraso de tres meses mientras la cama era tallada a mano por artesanos de Nueva Inglaterra que trabajaban por el mismo sueldo que los fontaneros y los psicoterapeutas. Luego acabó en mi casa, donde fue montada por técnicos vestidos con monos blancos, como los tipos que trabajan en las plantas de semiconductores. Virginia volvió a casa del trabajo. Vestía una falda vaquera, calcetines gruesos de lana y zapatos Birkenstocks. Los chicos seguían en la escuela. Hicimos el amor en la cama. Supongo que me porté bien. Realmente no podía mantener una erección y acabé con la cabeza metida entre sus muslos llenos de pelos. Incluso con los oídos bloqueados por sus cuádriceps, pude oírla gemir y gritar. Cerca del final tuvo una convulsión erótica, y casi me rompió el cuello.
Su clímax duró unos dos o tres minutos. Fue en ese momento cuando comprendí que Virginia no podía llegar al orgasmo a menos que estuviese cerca —preferiblemente encima— de algún mueble antiguo y de gran valor que le perteneciese.
La ventana que contiene la imagen del escritorio de Tom Howard desaparece. Pekka la ha enviado a la nada.
—No podía soportarlo más —dice, con la voz seria generada electrónicamente.
—Predigo un ménage à trois... Tom, su mujer y Margaret haciéndolo en una cama en la tienda de muebles después del cierre —dice Cantrell
meditándolo.
—¿Se trata de Tom? ¿O es un personaje ficticio de Tom? —pregunta Pekka.
—¿Significa esto que has ganado la apuesta? —pregunta Randy.
—Sólo si puedo descubrir la forma de cobrarla —dice Cantrell.
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