Criptonomicon
Akihabara
M ientras el avión de Randy inicia la aproximación a Narita, un estrato bajo de nubes cubre el paisaje como un velo de seda.
Debe de ser Nipón: los únicos dos colores son el naranja de las maquinarias para mover tierra y el verde de la tierra que todavía no ha sido removida. Aparte de eso, todo viene en una escala de grises: aparcamientos grises divididos en rectángulos de líneas blancas, los rectángulos ocupados por coches blancos, negros o grises, perdiéndose en una niebla argentina bajo un cielo del color de una aleación aeronáutica. Nipón es tranquilizador, un buen destino para un hombre al que acaban de sacar de su celda y presentar ante un juez, que acaba de sufrir un castigo verbal y al que han llevado al aeropuerto y expulsado de Filipinas.
Los nipones tienen más aspecto de norteamericanos que los norteamericanos. La prosperidad de clase media es lapidaria; el flujo de dinero redondea y suaviza los bordes de una persona como hace el agua con las piedrecillas de río. La meta de todas esas personas parece ser volverse encantadores y nada amenazadores. Las chicas en especial son preciosas hasta lo insoportable, aunque quizá Randy lo cree así por el complejo enlace neurológico entre su cerebro y la Pequeña Prostatita. Los viejos, en lugar de tener aspecto de cansados y formidables, tienden a llevar zapatillas y gorras de béisbol. Cuero negro, tachuelas y esposas-usadas-como-accesorios son las marcas de las clases inferiores sin poder, la gente que acaba en las cárceles de Manila, y no las personas que en realidad controlan el mundo y lo aplastan todo a su paso.
—Las puertas están a punto de cerrarse. El autobús saldrá en cinco minutos.
En Nipón no sucede nada sin que una voz animada y sugerente de mujer te dé la oportunidad de sujetarte. Puede decir con toda seguridad que lo mismo no es cierto en Filipinas. Randy considera la idea de coger el bus hasta Tokio hasta recuperar la cordura y recordar que lleva en la cabeza las coordenadas precisas de una mina que probablemente no contiene menos de un millar de toneladas de oro. Llama a un taxi. De camino a la ciudad, pasa un accidente de tráfico: un camión cisterna ha atravesado la línea amarilla y ha volcado en el arcén. Pero en Nipón, incluso los accidentes de tráfico poseen la seria precisión de los antiguos rituales sintoístas. Policías de guantes blancos dirigen el tráfico, operarios de rescate vestidos para ir a la luna descienden de inmaculados furgones de emergencia. El taxi pasa por debajo de la bahía de Tokio por un túnel construido, hace tres décadas, por Goto Engineering.
Randy acaba en un gran hotel antiguo. «Antiguo» significa que la estructura física se construyó durante los años cincuenta, cuando los norteamericanos competían con los soviéticos en la construcción de los edificios más brutales de la era espacial empleando los materiales industriales más deprimentes. Y es fácil imaginarse a Ike y Mamie llegando a la puerta principal en un Lincoln Continental de cinco toneladas. Claro está, el interior ha sido reformado más veces de las que muchos hoteles limpian las alfombras, así que todo está perfecto. Randy siente el poderoso impulso de tenderse en la cama como un saco de mierda, pero está cansado de sentirse confinado. Y hay muchas personas con las que podría hablar por teléfono, pero ahora mismo siente una paranoia suprema con respecto al teléfono. Tendría que mantener cualquier conversación censurándose.
Hablar abiertamente y con libertad es un placer, hablar midiendo las palabras es trabajo, y a Randy no le apetece trabajar. Llama a sus padres para decirles que todo está bien, llama a Chester para darle las gracias.
Luego baja con el portátil y se sienta en medio del vestíbulo del hotel, que para los estándares de Tokio es ostentosamente grande; el valor de la tierra que hay debajo del vestíbulo probablemente excede al de Cape Cod.
Nadie podría ni acercársele con una antena Van Eck, e incluso si pudiesen hacerlo, habría muchas interferencias por los ordenadores de la recepción.
Empieza a pedir bebidas, alternando entre cerveza rubia nipona brutalmente fría y té caliente, y escribe un memorando explicando más o menos lo que ha conseguido en el último mes. Escribe muy lentamente, porque ahora sus manos están prácticamente inmovilizadas debido al síndrome del túnel carpiano, y cualquier movimiento que se parezca remotamente a teclear le produce mucho dolor. Acaba pidiendo de gorra un lápiz en recepción y luego usa la goma para pulsar las teclas una a una. El memorando comienza con la palabra «carpiano» que es un código que ha desarrollado para explicar por qué el texto subsiguiente parece tan seco y carece de letras mayúsculas. Apenas ha conseguido terminar de teclearlo cuando se le acerca una jovencita devastadoramente mona y vibrante vestida con kimono que le informa de que en el Centro de Negocios hay un equipo de mecanógrafos dispuestos a ayudarle si así lo desea. Randy rechaza la oferta con toda su capacidad para la amabilidad, que probablemente no es suficiente. La Chica Kimono retrocede dando pequeños pasitos, inclinando y emitiendo hais truncados y subvocalizados. Randy vuelve a enredarse con la goma. Explica, todo lo conciso y claramente que puede, lo que ha estado haciendo, y lo que cree que pasa entre el general Wing y Enoch Root. Deja a la imaginación de todos el tema de qué coño pueda estar pasando con el Dentista.
Cuando termina, lo cifra y vuelve a la habitación a enviarlo. No puede soportar la limpieza de sus aposentos. Parece que las sábanas las sujetaron con mordazas metálicas sobre el colchón y luego las empaparon de almidón. Es la primera vez en más de un mes que a su nariz no llega la peste cálida y húmeda del gas de alcantarilla, ni que el olor amoniacal de la orina evaporada le irrite los ojos. En algún lugar de Nipón, un hombre vestido con un mono blanco y limpio permanece de pie en medio de una sala sosteniendo una gruesa manguera que vomita fibra de vidrio recién cortada mezclada con resina de poliéster en el interior de una forma llena de curvas; retirado el molde, el resultado es un baño como éste: una única superficie topológica atravesada como mucho en dos o tres lugares por desagües y boquillas. Mientras Randy envía el memorando por email, deja que el agua caliente llene la depresión más grande y suave de la superficie del baño. Luego se quita la ropa y se mete en ella. Nunca toma baños, pero
entre el mal olor que ahora parece cubrir su cuerpo y la palpitación de su Masa de Ardiente Amor nunca ha habido mejor ocasión que ahora.
Los últimos días fueron los peores. Cuando Randy terminó su proyecto, y mostró los resultados falsos en pantalla, esperaba que la puerta de la celda se abriese de inmediato. Que saldría caminando por las calles de Manila y que, para obtener puntos extras, Amy podría incluso estar esperándole. Pero no sucedió nada durante todo un día, y luego vino el letrado Alejandro y le dijo que podría ser posible un acuerdo, pero que requeriría trabajo. Y luego resultó que el acuerdo era bastante malo: Randy no iba a ser exonerado. Se le iba a deportar del país bajo la orden de no regresar. El letrado Alejandro nunca dijo que fuese un acuerdo especialmente bueno, pero algo en su expresión dejó claro que no tenía sentido quejarse; Se Había Tomado La Decisión en niveles que no eran accesibles.
Ahora mismo podría encargarse con toda facilidad del problema con la Masa de Ardiente Amor, pero se sorprende a sí mismo decidiendo no hacerlo. Podría ser perversidad; no está seguro. El último mes y medio de celibato total, aliviado exclusivamente por emisiones nocturnas a intervalos de más o menos dos semanas, le ha situado definitivamente en un espacio mental donde nunca había estado antes, ni siquiera se había acercado a él, ni siquiera había oído rumores sobre su existencia. Cuando estaba en la cárcel tuvo que desarrollar una feroz disciplina mental para no distraerse pensando en el sexo. Después de un tiempo se le dio alarmantemente bien. Es una solución muy antinatural al problema mente/cuerpo, básicamente la antítesis de toda filosofía de los sesenta y setenta que hubiese absorbido de sus mayores de la Generación del Baby Boom. Es el tipo de cosas que asocia con tipos duros e impresionantes: espartanos, Victorianos y héroes militares norteamericanos de mediados del siglo XX. Ha convertido a Randy en una especie de tipo duro en lo que a programación se refiere y, mientras tanto, sospecha, le ha colocado en un espacio mental mucho más intenso y apasionado de lo que hubiese experimentado antes con respecto a las cosas del corazón. No lo sabrá con seguridad hasta que no se encuentre cara a cara con Amy, lo que parece que va a llevar su tiempo porque acaban de echarle a patadas del país donde ella vive y trabaja. Simplemente como experimento, ha decidido mantener por ahora las manos apartadas de su cuerpo. Si eso le pone un poco más tenso y volátil en comparación con su
personalidad patológicamente sosegada de la Costa Oeste, pues será una pena. Una de las cosas agradables de encontrarse en Asia es que la gente tensa y volátil encaja perfectamente. No es como si alguien se hubiese muerto por estar cachondo.
Así que sale inmaculado del baño y se envuelve en una túnica vestal de color blanco. Su celda de Manila no tenía espejo. Sabía que probablemente estaba perdiendo peso, pero no es hasta salir del baño que se da un vistazo en el espejo y comprende cuánto. Por primera vez desde que era un adolescente, tiene cintura, lo que convierte un albornoz blanco en una prenda cuasipráctica.
Apenas se reconoce. Antes del comienzo de su Tercera Aventura Empresarial había asumido que, alcanzando ya los treinta y tantos, ya había descubierto quién era, y que seguiría siendo así por siempre, excepto con un cuerpo cada vez más deteriorado y un valor neto mayor. No se imaginaba que fuese posible cambiar tanto, y se pregunta dónde acabará ese proceso.
Pero no es más que un momento anómalo de reflexión. Agita la cabeza y regresa con su vida.
Los nipones tienen, y han tenido siempre, una maravillosa habilidad con las imágenes gráficas, queda claro en los mangas y animes, pero alcanza su mayor expresividad en los ideogramas de seguridad. Flameantes llamas rojas, edificios que se parten y caen mientras la tierra se abre a sus pies, una figura que huye recortada en el marco de una puerta, suspendida en el destello estroboscópico de una detonación. El material escrito que acompaña a esas imágenes es, por supuesto, incomprensible para Randy, así que su mente racional no tiene nada en que centrarse; los aterradores ideogramas resplandecen con fuerza, fragmentos de pesadilla surgiendo de las paredes, y en los cajones de la mesa de su habitación, en cuanto baja la guardia por un momento. Lo que puede leer no es exactamente tranquilizador. Intentando dormir, se queda tendido en la cama, comprobando mentalmente la localización de la linterna de emergencia y un par de zapatillas gratuitas (demasiado pequeñas) que con buen sentido le han dejado para que pueda salir corriendo del hotel en llamas que se derrumba, cuando el siguiente temblor de 8.0 saque las ventanas de sus marcos, sin convertirse los pies en pescado picado. Mira fijamente el techo, que está repleto de equipos de seguridad cuyos LED forman una reluciente
constelación roja, una figura agachada conocida por los antiguos griegos como Ganímedes, el Copero Analmente Receptivo, y para los nipones como Hideo, el Valiente Asistente en Caso de Desastre inclinado para comprobar si hay algo blando bajo ese montón de cemento. Todo ello le deja en un estado de terror puro. Se levanta a las cinco de la mañana, coge dos cápsulas de Japanese Snacks del minibar y abandona el hotel, siguiendo una de las dos rutas de salida de emergencia que ha memorizado. Inicia un vagabundeo, pensando que estaría bien perderse. Lo de perderse lo consigue en unos treinta segundos. Debería haber traído su GPS, y haber apuntado la latitud y la longitud del hotel.
La latitud y la longitud del Gólgota están expresadas, en las interceptaciones Aretusa, en grados, minutos, segundos y décimas de segundo de latitud y longitud. Un minuto es una milla náutica, un segundo es como cien pies. En la segunda cifra, los números del Gólgota sólo tienen un dígito después de la coma decimal, lo que implica una precisión de diez pies. Un receptor GPS te puede dar esa precisión. Randy no está tan seguro con respecto a los sextantes que los topógrafos nipones presumiblemente usaron durante la guerra. Antes de irse, apuntó los números en un trozo de papel, pero cortó los segundos y los expresó de la forma «XX grados y veinte minutos y medio», dando a entender una precisión de algunos miles de pies. Luego inventó otras ubicaciones en los alrededores, pero a millas de distancia y las añadió a la lista, con la ubicación real como número dos en la lista. Encima escribió: «¿Quién es dueño de estas parcelas de tierra?»
o, en criptojerga, QUIEN ESDUE ÑODEE etc., y luego pasó toda una tarde casi increíblemente tediosa sincronizando los dos mazos de cartas y cifrando todo el mensaje con el algoritmo Solitario. Dio a Enoch Root el texto cifrado y el mazo de cartas sin usar, luego mojó el texto llano en algo de grasa sobrante de la cena y colocó el papel en el desagüe. En una hora, una rata había venido a comérselo.
Vaga durante todo el día. Al principio, la situación es fría y deprimente y piensa que va a rendirse pronto, pero luego se mete en el espíritu y aprende a comer: te acercas a un caballero en una esquina que vende bolas de pulpo fritas y emites ruidos neolíticos y sostienes yenes, hasta que te encuentras con comida en la mano. Luego te la comes.
Por medio de una especie de instinto guía de un fanático de la informática, va a dar con Akihabara, el distrito electrónico, y pasa un rato vagando por entre las tiendas mirando todos los productos electrónicos de consumo que se venderán en Estados Unidos dentro de un año. Allí se encuentra cuando suena su teléfono GSM.
—¿Hola?
—Soy yo. Estoy de pie tras una línea amarilla muy gruesa.
—¿Qué aeropuerto?
—Narita.
—Encantado de oírlo. Dile al chófer que te lleve a Mr. Donut en Akihabara.
Randy está allí una hora más tarde, ojeando un épico manga del grueso de una guía telefónica, cuando Avi entra. El protocolo implícito de saludos Randy/Avi les indica que deben abrazarse en ese momento, así que lo hacen, para asombro de sus colegas comedores de donuts que normalmente se conforman con una inclinación. El Mr. Donut es un negocio de tres pisos encajado en una franja inmueble de aproximadamente el mismo tamaño que una escalera en espiral y está repleto de gente que cursó inglés obligatorio en sus excelentes y muy competitivas escuelas. Además, Randy emitió la hora y posición de la reunión por radio hace una hora. Así que mientras permanecen allí, Randy y Avi hablan de cosas relativamente inocuas. Luego salen a pasear. Avi sabe cómo moverse por ese vecindario. Guía a Randy por una puerta para entrar en nerdvana.
—Mucha gente —le explica Avi— no sabe que la palabra que normalmente se deletrea y escribe como «nirvana» puede transliterarse de forma más exacta como «nirdvana» o, podría argumentarse, «nerdvana».
Esto es el nerdvana. [30] El núcleo alrededor del cual se forma Akihabara.
Aquí es a donde vienen a buscar los que necesitan los pasocon otaku.
— ¿Pasocon otaku?
—Fanáticos de los ordenadores personales —dice Avi—. Pero como en otras muchas cosas, los nipones lo llevan a unos extremos que apenas podemos imaginar.
El lugar está dispuesto casi exactamente como un mercado asiático de comida: es un laberinto de pasillos estrechos que serpentean por entre casetas diminutas, apenas mayores que una cabina de teléfonos, donde los
tenderos exhiben su mercancía. Lo primero que ven es un puesto de cables: al menos un centenar de rollos de diferentes tipos y anchos de cable cubiertos de aislamientos plásticos de llamativos colores.
—¡Qué apropiado! —dice Avi, admirando el muestrario—, tenemos que hablar de cables. —Ni que decir tiene que ese lugar es genial para mantener una conversación: los caminos entre los puestos son tan estrechos que tienen que andar en fila india. Nadie puede seguirles, o acercárseles, sin que sea ridiculamente descarado. Un conjunto de soldadores se alzan perversamente, dándole a uno de los puestos el aspecto de una tienda de artes marciales. Apilados formando pirámides hay potenciómetros del tamaño de una lata de café.
—Háblame de los cables —dice Randy.
—No necesito decirte lo mucho que nosotros dependemos de los cables submarinos —dice Avi.
—¿Con «nosotros» te refieres a la Cripta o a la sociedad en general?
—A ambas. Evidentemente, la Cripta no podría funcionar sin una conexión al mundo exterior. Pero Internet y todo lo demás dependen de los cables de la misma forma.
Un pasocon otaku vestido con una guerrera, sosteniendo un cuenco de plástico como carrito de la compra, se inclina sobre una muestra de relucientes rollos toroidales de cobre que parecen haber sido pulidos a mano por el dueño en persona. Puntos de luz halógenos del tamaño de dedos, montados encima del muestrario, resaltan la perfección geométrica.
—¿Y?
—Y los cables son vulnerables.
Pasan junto a un puesto especializado en clavijas, con un apartado dedicado a las pinzas cocodrilo, dispuestas en rosetas coloridas alrededor de discos de cartón.
—Esos cables solían ser propiedad de las PTAs. Que básicamente eran propiedad de los gobiernos. Así que básicamente hacían lo que el gobierno les decía que hiciesen. Pero los nuevos cables de hoy en día son propiedad, y están controlados, por corporaciones que no escuchan a nadie excepto a sus inversores. Eso pone a ciertos gobiernos en una posición que no les gusta mucho.
—Vale —dice Randy—, antes tenían control final sobre el flujo de información entre países al dirigir las PTTs que tendían los cables.
—Sí.
—Y ahora no.
—Exacto. Se ha producido una gran transferencia de poder bajo sus narices sin que pudiesen preverla. —Avi se detiene frente a un puesto que vende LED de todos los colores del chicle, reunidos en diminutas cajitas como si fuesen frutas tropicales en cajas, o sobresaliendo de cubos de poliuretano como si fuesen hongos psicodélicos. Avi está haciendo grandes gestos de transferencia de poder con las manos, pero para la mente cada vez más distorsionada de Randy tiene el aspecto de un hombre que mueve lingotes de oro de un montón a otro. Al otro lado del pasillo, les observan los ojos muertos de un centenar de cámaras de vídeo en miniatura. Avi sigue hablando—: Y como ya hemos hablado muchas veces, hay muchas razones para que gobiernos diferentes deseen controlar el flujo de información. China podría querer instituir una censura política, mientras que Estados Unidos podría querer regular la transferencia de dinero electrónico para poder seguir recaudando impuestos. En los viejos días podían hacerlo en la medida que eran dueños de los cables.
—Pero ahora ya no pueden —dice Randy.
—Ahora ya no pueden, y el cambio se produjo con gran rapidez, o al menos así se lo parecía a un gobierno con un metabolismo intelectual retardado, y ahora se han quedado muy atrás, y están asustados y cabreados, y empiezan a contraatacar.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Cómo están contraatacando?
Un vendedor de interruptores de palanca pasa un trapo sobre filas y columnas de mercadería de acero inoxidable. La punta del trapo rompe la barrera del sonido y provoca un pequeño estallido sónico que hace saltar una molécula de polvo de la superficie de un interruptor. Todos les ignoran cortésmente.
—¿Sabes cuánto cuesta hoy en día el tiempo de desconexión de un cable de última generación?
—Claro que lo sé —dice Randy—. Puede llegar a cientos de miles de dólares por minuto.
—Exacto. Y se requieren al menos un par de días para reparar un cable roto. Un par de días. Una única rotura en un cable puede costar a la compañía propietaria decenas e incluso centenares de millones de dólares en ingresos perdidos.
—Pero eso no ha importado nunca demasiado —dice Randy—. Ahora los cables se tienden muy profundos. Allí donde sólo están expuestos al océano profundo.
—Sí... donde sólo una entidad con los recursos navales de un gobierno importante puede cortarlos.
—¡Oh, mierda!
—Tal es el nuevo equilibro de poder, Randy.
—No puedes decirme en serio que los gobiernos están amenazando con...
—Los chinos ya lo han hecho. Cortaron un cable más viejo, un cable de fibra óptica de primera generación, que unía Corea con Nipón. El cable no era demasiado importante... lo hicieron sólo como disparo de advertencia.
¿Y cuál es la regla que siguen los gobiernos con respecto a ponerse a cortar cables submarinos?
—Que es como la guerra nuclear —dice Randy—. Muy fácil de iniciar.
Devastadora en los resultados. Así que nadie lo hace.
—Pero si los chinos han cortado un cable, entonces otros gobiernos con gran interés en reducir el flujo de información podrían plantearse: «Eh, los chinos lo han hecho, debemos demostrar que podemos responder de la misma forma.»
—¿Está sucediendo tal cosa?
—¡No, no, no! —dice Avi. Se han detenido frente al mayor muestrario de tenacillas curvas que Randy haya visto jamás—. No son más que posturitas. No están dirigidas a los otros gobiernos sino más bien a los emprendedores que poseen y operan los cables. La luz se hace en la mente de Randy.
—Como el Dentista.
—El Dentista ha metido más dinero en cables submarinos de financiación privada que casi cualquier otro. Tenía una participación minoritaria en ese cable que los chinos cortaron entre Corea y Nipón. Así que está atrapado como una rata. No tenía elección, no tenía más elección que hacer lo que le dijeron.
—¿Y quién da las órdenes?
—Estoy seguro de que los chinos están muy implicados... su gobierno no tiene ningún tipo de mecanismo interno de control, así que están más dispuestos a hacer algo claramente irregular.
—Y evidentemente son los que más tienen que perder con el flujo incontrolado de información.
—Sí. Pero poseo el cinismo suficiente para sospechar que otros muchos gobiernos vienen justo detrás.
—Si tal cosa es cierta —dice Randy—, entonces estamos jodidos. Tarde o temprano estallará una guerra de corte de cables. Seccionarán todos los cables. Final de la historia.
—El mundo ya no se mueve de semejante forma, Randy. Los gobiernos se reúnen y negocian. Como hicieron en Bruselas justo antes de Navidad.
Llegan a acuerdos. La guerra no estalla. Normalmente no.
—Entonces... ¿hay un acuerdo?
Avi se encoge de hombros.
—Por lo que puedo intuir, se ha alcanzado un equilibrio entre la gente que posee fuerzas navales, es decir, la gente que tiene la capacidad de cortar cables impunemente, y la gente que posee y opera los cables. Cada lado teme lo que el otro puede hacer. Así que han alcanzado un acuerdo entre caballeros. Su encarnación burocrática es la OIRTD.
—Y el Dentista está metido.
—Precisamente.
—Así que quizás el asalto a Ordo vino dictado al final por el gobierno.
—Dudo mucho que Comstock lo ordenase —dice Avi—. Creo que se trataba del Dentista demostrando su lealtad.
—¿Qué hay de la Cripta? ¿El Sultán es parte de ese acuerdo?
Avi se encoge de hombros.
—Pragasu no suelta prenda. Le conté lo que te acabo de decir. Dibujé mi teoría de lo que estaba pasando. Puso cara de diversión tolerante. Ni la confirmó ni la negó. Pero me dio razones para creer que la Cripta sigue en marcha y que se pondrá en marcha en la fecha prevista.
—Me resulta difícil de creer —dice Randy—. Da la impresión de que la Cripta es su peor pesadilla.
—¿La peor pesadilla de quién?
—De cualquier gobierno que tenga que recaudar impuestos.
—Randy, los gobiernos siempre encontrarán una forma de recaudar impuestos. Si al final se produce lo peor, Hacienda se limitará a basarlo todo en impuestos sobre la propiedad... no puedes esconder un bien inmueble en el ciberespacio. Pero ten en cuenta qué el gobierno de Estados Unidos es sólo una parte de todo el asunto... los chinos también son muy importantes.
—¡Wing! —suelta Randy. Él y Avi se encogen de miedo y miran a su alrededor. Los pasocon otaku no les prestan atención. Un hombre que vende cables de los colores del arco iris les mira con curiosidad cortés y luego aparta la vista. Salen del bazar y llegan a la calle. Ha empezado a llover.
Una docena de jóvenes casi idénticas ataviadas con minifaldas y tacones altos marchan en formación de uve por el centro de la calle portando enormes paraguas con el rostro de un personaje de videojuego.
—Wing busca oro en Bundok—dice Randy—. Cree que sabe dónde está el Gólgota. Si lo encuentra, va a necesitar un banco muy especial.
—No es el único tipo del mundo que necesita un banco especial —dice
—. Durante muchos años, Suiza ha hecho buenos negocios con los gobiernos o con personas relacionadas con gobiernos. ¿Por qué Hitler no invadió Suiza? Porque los nazis no hubiesen podido mantenerse sin ella.
Así que la Cripta definitivamente ocupa un nicho ecológico.
—Vale —dice Randy—, así que permitirán que la Cripta siga existiendo.
—Tiene que existir. El mundo la necesita —dice Avi—. Y nosotros la necesitaremos, cuando excavemos el Gólgota.
De pronto Avi adopta una expresión traviesa; tiene aspecto de acabar de perder diez años de edad. El espectáculo hace que Randy se ría con ganas, la primera vez que se ha reído de verdad en un par de meses. Su humor
acaba de sufrir un cambio sísmico, ahora el mundo entero parece un lugar diferente.
—No es suficiente saber dónde está. Enoch Root dice que el oro está enterrado en minas profundas, en medio de la roca más dura. Así que no vamos a poder sacar el oro sin poner en marcha una operación de ingeniería bastante importante.
—¿Qué crees que hago en Tokio? —dice Avi—. Vamos, volvamos al hotel.
Mientras Avi va a recepción, Randy recoge sus mensajes en el mostrador principal y se encuentra con un sobre de Federal Express esperándole. Si lo abrieron por el camino, los que lo hicieron ocultaron muy bien el rastro. Contiene un mensaje cifrado a mano de Enoch Root, quien evidentemente ha encontrado la forma de que le dejasen salir del trullo con sus escrúpulos intactos. Está formado por varias líneas de letras mayúsculas aparentemente aleatorias, en grupos de cinco.
Desde que salió de la cárcel, Randy ha estado cargando con un mazo de cartas: la clave preasignada que descifrará este mensaje. La idea de varias horas de solitario parecen menos agradables en Tokio que en la cárcel, y sabe que le llevará al menos ese tiempo descifrar un mensaje tan largo. Pero ya ha programado su ordenador para jugar al Solitario según las reglas de Enoch, y ya ha metido la clave expresada en el mazo de cartas que Enoch le dio, y lo tiene almacenado en un disco que lleva pegado con un elástico al forro del bolsillo. Así que él y Avi suben a la habitación de Avi, deteniéndose por el camino para recoger el portátil de Randy, y mientras Avi mira sus mensajes, Randy teclea el texto cifrado y hace que lo descifre.
—El mensaje de Enoch dice que la tierra sobre el Gólgota es propiedad de la Iglesia —masculla Randy—, pero que para llegar hasta allí es preciso pasar por territorio propiedad de Wing y algunos filipinos.
Avi no parece oírle. Tiene los ojos fijos en un mensaje.
—¿Qué pasa? —pregunta Randy.
—Un pequeño cambio de planes para esta noche. Espero que tengas un traje realmente bueno.
—No sabía que tuviésemos planes para esta noche.
—Íbamos a reunimos con Goto Furudenendu —dice Avi—. Supuse que serían los tipos adecuados a los que encargarles que hiciesen un gran
agujero en el suelo.
—Me parece bien —dice Randy—. ¿Cuál es el cambio de planes?
—El viejo viene desde su retiro en Hokkaido. Quiere invitarnos a cenar.
—¿El viejo?
—El fundador de la compañía, el padre de Goto Furudenendu —dice Avi—. Protegido de Douglas MacArthur. Multi-multi-multi-millonario.
Compañero de golf y confidente de primeros ministros. Un tío mayor llamado Goto Dengo.
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