Criptonomicon
Naufragio
A: root@eruditorum.org
De: randy@epiphyte.com
Asunto: respuesta
Que seas un proveedor al por menor de filosofía que resulta tener compañeros en el negocio de la vigilancia es simplemente una coincidencia demasiado grande para que pueda aceptarla.
Así que no voy a decirte por qué.
Pero, en caso de que estés preocupado, déjame asegurarte que tenemos nuestras razones para construir la Cripta. Y no es sólo por ganar dinero, aunque eso será muy bueno para nuestros accionistas. ¿Creíste que no éramos más que un montón de fanáticos de los ordenadores que se han topado con este asunto y que nos sobrepasa? No es así.
PS. ¿Qué has querido decir con eso de «tontear con nuevos sistemas criptográficos como hobby»? Dame un ejemplo.
Randall Lawrence Waterhouse
Coordenadas actuales en el espacio físico, recién sacadas de la tarjeta GPS de mi portátil:
8 grados, 52,33 minutos latitud norte 117 grados, 42,75 minutos longitud este.
Lugar geográfico más cercano: Palawan, Filipinas.
A: randy@epiphyte.com
De: root@eruditorum.org
Asunto: Re: respuesta
Randy,
Gracias por tu nota extrañamente a la defensiva. Me alegro mucho de que tengáis una buena razón. Nunca pensé lo contrario. Claro está, no debes sentirte obligado a compartirla conmigo.
Que tenga amigos en el mundo de la inteligencia electrónica no es una coincidencia tan grande como tú afirmas.
¿Cómo acabaste siendo uno de los fundadores de la Cripta?
Siendo bueno en ciencia y matemática.
¿Cómo acabaste siendo bueno en ciencia y matemática?
Alzándote sobre los hombros de los que vinieron antes que tú.
¿Quiénes eran esas personas?
Solíamos llamarlos filósofos naturales.
De igual forma, mis amigos en el negocio de la vigilancia deben sus habilidades a la aplicación práctica de la filosofía. Son lo suficientemente inteligentes para comprenderlo y dar crédito a quien se lo merece.
P.S. Has olvidado emplear la dirección «enano@siblings. net». ¿Debo asumir que fue deliberado?
P.P.S. Dices que quieren un ejemplo de un sistema criptográfico novedoso en que esté trabajando. Suena a prueba. Tú y yo sabemos, Randy, que la historia de la criptografía está salpicada con los restos de criptosistemas inventados por diletantes que fueron pronto derribados por los rompecódigos. Probablemente sospechas que no conozco la historia, que no soy más que otro diletante arrogante.
De forma muy inteligente, me pides que me ponga al descubierto, de forma que tú y Cantrell, y sus amigos igualmente preparados, me podáis cortar el cuello. Me estás probando para descubrir mi nivel.
Muy bien. En unos días te enviaré otro mensaje. De cualquier forma, me encantaría que los Adeptos al Secreto se enfrentasen a mi método.
En un bote de casco estrecho y doble estabilizador en el mar del sur de China, America Shaftoe permanece a horcajadas sobre una bancada, el cuerpo apuntando directamente al sol, a pesar de los bandazos, como si estuviese estabilizada por un giroscopio. Viste un chaleco de inmersión sin mangas que muestra hombros fuertes y muy bronceados, la piel de un marrón nogal está grabada con un par de tatuajes negros y adornada por brillantes gotas de agua. El mango de un enorme cuchillo sobresale proyectado de una funda al hombro. La hoja es la de un cuchillo corriente de inmersión pero el mango es de un kris, una elaborada arma tradicional de Palawan. Un turista puede comprar un kris en la tienda libre de impuestos del AINA, pero éste en particular parece ser menos espectacular pero más trabajado que los fabricados para turistas, y está gastado por el uso.
América lleva al cuello una cadena de oro de la que cuelga una perla negra y retorcida. Acaba de salir del agua sosteniendo entre los dientes un destornillador de joyero. Tiene la boca abierta para respirar, dejando al descubierto dientes torcidos de un blanco brillante y sin empastes. Durante ese breve momento se encuentra en su elemento, completamente absorta en lo que hace, totalmente inconsciente de sí misma. En ese momento Randy cree que la comprende: por qué pasa la mayor parte de su tiempo viviendo allí, por qué no se molestó en ir a la universidad, por qué dejó atrás a la familia de su madre, que la crió, con amor, en Chicago, para trabajar con su padre, el indisciplinado veterano que había abandonado el hogar cuando America tenía nueve años.
A continuación, America se vuelve para observar el bote que se aproxima, y ve que Randy la mira. Gira los ojos y la máscara cae una vez más sobre su rostro. Le dice algo a los filipinos en cuclillas a su alrededor y
dos de ellos se ponen en marcha, correteando por los postes de los estabilizadores, como artistas de circo, para quedarse de pie en el pontón del estabilizador.
Extienden los brazos como si fuesen amortiguadores para facilitar el contacto entre la barcaza—que Doug Shaftoe ha bautizado con entusiasmo Recuerdo de Mekong— y el mucho más largo y estrecho pamboat, abierto y con estabilizadores.
Uno de los otros filipinos planta el pie desnudo en lo alto del pequeño generador portátil Honda y tira del cordón, los tendones y los músculos nervudos sobresaliendo del brazo y la espalda como si fuesen otros tantos cordones. El generador se pone en marcha instantáneamente, con un zumbido casi inaudible. Es buen material, una de las mejoras introducidas por Semper Marine como parte de su contrato con Epiphyte y FiliTel.
Ahora lo emplean, con toda eficacia, para defraudar al Dentista.
—Se encuentra a ciento cincuenta y cuatro metros por debajo de esa boya —dice Doug Shaftoe, señalando un bote de un galón de leche que flota en el agua—. En cierta forma, tuvo suerte.
—¿Suerte? —Randy baja gateando del bote y descansa su peso sobre el estabilizador, hundiéndolo de forma que el agua templada le llega a las rodillas. Extendiendo los brazos como un artista de la cuerda floja, recorre el tramo para llegar a la canoa que hay en el centro.
—Suerte para nosotros —se corrige Shaftoe—. Nos encontramos en la falda de una montaña submarina. La depresión de Palawan está cerca. —
Sigue a Randy, pero sin tanta vacilación y movimiento de brazos—. Si se hubiese hundido allí, la profundidad sería tal que sería difícil llegar a él, y la presión lo hubiese aplastado. Pero a doscientos metros no hay mucha implosión. —Al llegar al casco del bote, hace un gesto dramático entrechocando las manos.
—¿Nos importaría? —pregunta Randy—. El oro y la plata no implotan.
—Si el casco está intacto, sacar el material es muchísimo más fácil —
dice Doug Shaftoe.
Amy ha desaparecido bajo la cubierta del pamboat. Randy y Doug la siguen hasta la sombra, y se la encuentran sentada con las piernas cruzadas sobre una caja de fibra de vidrio que está cubierta de pegatinas de equipaje
del aeropuerto. Tiene la cara metida en lo alto de una pirámide de goma negra cuya base es la pantalla de un resistente tubo de rayos catódicos.
—¿Cómo va el negocio del cable? —murmura. Hace meses, dejó siquiera de intentar ocultar el desprecio que le produce el aburrido trabajo de tender cables. Las apariencias son asuntos delicados que, al igual que las casas de papier-mâché, es preciso mantener con energía o se disuelven.
Otro ejemplo: hace un tiempo, Randy dejó de fingir que no estaba completamente fascinado por Amy Shaftoe. No es exactamente lo mismo que estar enamorado de ella, pero son sentimientos con muchos rasgos en común. Siempre ha sentido una extraña y enfermiza fascinación por las mujeres que fuman y beben mucho. Amy no hace ninguna de esas dos cosas, pero su absoluta indiferencia con respecto a las precauciones modernas sobre el cáncer de piel la sitúa en la misma categoría: personas demasiado ocupadas viviendo sus vidas como para preocuparse en extender la esperanza de vida.
En cualquier caso, siente la desesperada necesidad de saber cuál es el sueño de Amy. Durante un tiempo pensó que era buscar tesoros en el mar de la China meridional. Es algo de lo que claramente disfruta, pero él no está seguro de que la satisfaga del todo.
—He estado reajustando de nuevo la orientación de las aletas de inmersión —explica—. No creo que esas barras de presión estuviesen muy bien diseñadas. —Saca la cabeza de la capucha de goma negra y dirige a Randy una mirada rápida, haciéndole responsable por las limitaciones de todos los ingenieros—. Espero que ahora vaya sin dispararse por todas partes.
—¿Estás lista? —le pregunta su padre.
—En cuanto lo estés tú —responde ella, devolviéndole la pelota.
Doug se pone en cuclillas y sale de debajo de la cubierta. Randy le sigue, deseoso de ver en persona el ROV.
Se encuentra en el agua junto al casco central del pamboat: un torpedo amarillo rechoncho con una burbuja de vidrio por nariz, mantenido en su lugar por un tripulante filipino que se inclina sobre la borda para agarrarlo con las dos manos. Pares de alas atrofiadas están montadas en morro y cola, cada ala sosteniendo una hélice en miniatura montada en el interior de una
cubierta de protección. A Randy le recuerda a un dirigible sin la góndola exterior.
Al notar el interés de Randy, Doug Shaftoe se agacha junto al torpedo para señalar los rasgos importantes.
—Es de flotación neutral, así que cuando lo tenemos así, lo sostenemos sobre un soporte de espuma, que ahora le quitaremos. —Comienza a tirar de algunos cordones, y del casco del Vehículo de Operación Remota se separan segmentos de espuma moldeada. Se hunde aún más en el agua, casi llevándose con él al marinero, quien lo suelta, manteniendo los brazos extendidos para evitar que les golpee con el vaivén—. Notarás que no está conectado con un cordón umbilical —dice Doug—. Normalmente, en un ROV es obligatorio. El cordón es necesario por tres razones.
Randy sonríe, porque sabe que Doug Shaftoe va a enumerar las tres razones. Randy casi no ha tenido contacto con los militares, pero está descubriendo que se lleva asombrosamente bien con ellos. Su característica es la necesidad compulsiva que tienen de educar continuamente a todos los que les rodean. Randy no precisa saber nada sobre el ROV pero, de todas formas, Doug Shaftoe va a ofrecerle un curso rápido. Randy supone que, cuando te encuentras en medio de una guerra, el conocimiento práctico es algo que vale la pena transmitir.
—Uno —dice Douglas MacArthur Shaftoe—, como fuente de energía del ROV. Pero este ROV dispone de su propia fuente de energía; un motor de plato distribuidor de oxígeno/gas natural, adaptado de la tecnología de torpedos y parte de nuestro dividendo de paz —(otra cosa que a Randy le gusta de los militares: su dominio del humor irónico)—, que genera suficiente electricidad para mover todas las hélices. Dos, para la comunicación y el control. Pero esta unidad emplea láseres verdes y azules para comunicarse con la consola de control que Amy está manejando. Tres, para la recuperación de emergencia en caso de un fallo total del sistema.
Pero si esta unidad falla, se supone que es lo suficientemente inteligente para inflar una vejiga y flotar hasta la superficie donde activará una luz estroboscópica para que podamos recuperarla.
—Vaya —dice Randy—, ¿no es increíblemente cara?
—Es increíblemente cara —dice Douglas MacArthur Shaftoe—, pero el tipo que dirige la compañía es un viejo amigo mío, estuvimos juntos en la
Academia Naval, y me lo presta cuando tengo necesidades perentorias.
—¿Sabe tu amigo cuáles son tus necesidades perentorias en este caso?
—No lo sabe exactamente —dice Doug Shaftoe, ligeramente ofendido
—, pero asumo que tampoco es un estúpido.
—¡Listo! —grita Amy Shaftoe, sonando bastante impaciente.
Su padre da un buen vistazo a cada uno de los impulsores por turnos.
—Listo —responde. Un momento más tarde, algo comienza a retumbar dentro del ROV, y un hilillo de burbujas sale de un orificio en la cola, y luego las hélices comienzan a dar vueltas. Giran en los extremos de las alas raquíticas hasta mirar hacia abajo, lanzando fuentes al aire, y el ROV se hunde con rapidez. Las fuentes se reducen y se convierten en ligeros flujos hacia arriba en la superficie del mar. Visto a través de la desigual superficie del agua, el ROV es una mancha amarilla. Se acorta cuando la nariz del vehículo se hunde, y desaparece con rapidez a medida que las hélices lo sumergen—. Siempre me deja sin aliento ver algo que cuesta tanto ir a dios sabe dónde —dice Doug Shaftoe con aire meditativo.
El agua alrededor del bote comienza a emitir una especie de luz atroz y enfermiza, como la radiación en una película de terror de bajo presupuesto.
—¡Vaya! ¿Los láseres? —dice Randy.
—Montada en el fondo del casco hay una pequeña bóveda —dice Doug
—. Atraviesa con facilidad incluso el agua más turbia.
—¿Qué ancho de banda se puede transmitir?
—Amy ve ahora mismo una imagen monocroma bastante decente en la pequeña pantalla, si a eso te refieres. Todo es digital. Todo por paquetes. De forma que si parte de los datos no llega, la imagen se vuelve un poco mala, pero no perdemos totalmente el contacto visual.
—Genial.
—Sí, es genial —le dice Doug Shaftoe—. Vayamos a ver la tele.
Se agachan bajo la cubierta. Doug enciende un pequeño televisor portátil Sony, un duro modelo a prueba de agua en una caja de plástico amarillo, y conecta el cable de entrada en un conector libre del equipo de Amy. Lo conecta y comienza a ver un poco de lo que Amy ve. No tienen el beneficio de la capucha negra que Amy está usando, por lo que el brillo del
sol borra todos los detalles menos una línea recta y blanca que sale del centro oscuro de la imagen y se expande hacia el borde. Se mueve.
—Estoy siguiendo la línea de la boya —explica Amy—. Algo aburrido.
El reloj calculadora de Randy lanza dos pitidos. Comprueba la hora; son las tres de la tarde.
—¿Randy? —dice Amy con voz de terciopelo.
—¿sí?
—¿Podrías decirme la raíz cuadrada de tres mil ochocientos veintitrés?
—¿Para qué la quieres?
—Hazlo.
Randy levanta la muñeca para poder ver la pantalla digital del reloj, saca un lápiz del bolsillo y usa el borrador para pulsar los diminutos botoncitos. Oye un sonido cortante y metálico, pero no le presta atención.
Algo frío y suave se mete bajo la muñeca.
—Estate quieto —dice Amy. Ésta se muerde el labio y tira. El reloj cae y acaba en su mano izquierda con la correa de vinilo perfectamente cortada.
Sostiene el kris en la mano derecha, el borde de la hoja todavía decorado con algunos pelos del brazo de Randy—. Mm. Sesenta y uno coma ocho tres cero cuatro. Suponía que sería mayor. —Lanza el reloj por encima del hombro y desaparece en el mar de la China meridional—. Las raíces cuadradas son complicadas.
—¡Amy, estás perdiendo la cuerda! —dice impaciente su padre, completamente concentrado en la pantalla de televisión.
Amy vuelve a introducir el kris en la vaina, le sonríe a Randy con dulzura y mete de nuevo la cara en el equipo. Randy se queda sin habla durante un rato.
La pregunta de si es lesbiana o no se está volviendo con rapidez algo más que académica. Realiza un rápido repaso mental de todas las lesbianas que ha conocido. Normalmente son urbanitas razonables con trabajos de nueve a cinco y peinados razonables. En otras palabras, son iguales que la mayoría que la gente que Randy conoce. Amy es escandalosamente exótica, demasiado parecida a la imagen que tendría un director de cine salido de cómo debe ser una lesbiana. Así que quizás haya esperanza.
—Si vas a mirar a mi hija de esa forma —dice Doug Shaftoe—, será mejor que empieces a practicar los bailes de salón.
—¿Me está mirando? Nunca me entero cuando tengo la cabeza metida en este cacharro —dice Amy.
—Estaba enamorado de su reloj. Ahora ya no tiene objeto al que demostrar su afecto —dice Doug—. Por tanto, ¡a prepararse para lo bueno!
Randy sabe cuando alguien intenta ponerle nervioso.
—¿Qué te resultaba tan desagradable de mi reloj? ¿La alarma?
—El conjunto en sí era bastante molesto —dice Amy—, pero la alarma es lo que me ha puesto psicótica.
—Deberías haberme dicho algo. Como soy un verdadero tecnófilo, sé cómo desconectarla.
—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?
—Me gusta saber la hora.
—¿Por qué? ¿Tienes un pastel en el horno?
—La gente de diligencia exigible del Dentista se me subirá encima.
Doug cambia de posición y hace un gesto de curiosidad con la cara.
—Ya lo has mencionado antes. ¿Qué es diligencia exigible?
—Más o menos va así. Alfred tiene algo de dinero que desea invertir.
—¿Quién es Alfred?
—Una persona hipotética cuyo nombre comienza por A.
—No comprendo.
—En el mundo de la criptografía, cuando explicas un protocolo criptográfico, empleas gente hipotética. Alice, Bob, Carol, Dave, Evan, Fred, Greg, y demás.
—Vale.
—Alfred invierte su dinero en una compañía administrada por Barney.
Cuando digo «administrada» quiero decir que Barney tiene la responsabilidad final sobre lo que la compañía hace. Por tanto, quizá en este caso Barney sea el presidente del consejo de administración. Ha sido elegido, por Alfred, Alice, Agnes, Andrew y los demás inversores, para encargarse de la compañía. Él y los otros directores contratan directivos corporativos; como Chuck, que actúa de presidente. Chuck y los otros directores contratan a Drew para administrar una de las divisiones de la
compañía. Drew contrata a Edgar, el ingeniero, y así sucesivamente. Por tanto, en términos militares, hay toda una cadena de mando que se extiende hasta los tipos en las trincheras, como Edgar.
—Y Barney es el hombre en lo alto de la cadena de mando —dice Doug.
—Exacto. Por tanto, como un general, es el responsable último de todo lo que pasa en los niveles inferiores. Alfred ha confiado personalmente su dinero a Barney. Barney está obligado legalmente a ejercitar la diligencia exigible asegurándose de que el dinero se gasta de forma responsable. Si Barney no demuestra la diligencia exigible, se encuentra con graves problemas legales.
—Ah.
—Sí. Es algo que hace que Barney preste atención. Los abogados de Alfred pueden presentarse en cualquier momento y exigir pruebas de que se está ejerciendo la diligencia exigible. Barney tiene que andar de puntillas, para asegurarse de estar cubierto en todo momento.
—¿En este caso Barney es el Dentista?
—Sí. Alfred, Agnes y todos los otros son las personas en su club de inversión, la mitad de los odontólogos del condado de Orange.
—Y tú eres Edgar el ingeniero.
—No, tú eres Edgar el ingeniero. Yo soy un directivo corporativo de Epiphyte. Soy más bien como Chuck o Drew.
Amy interviene.
—Pero ¿qué podría hacerte el Dentista? No trabajas para él.
—Lamento decir que ése ya no es el caso, desde ayer.
Eso atrae la atención de los Shaftoe.
—El Dentista posee ahora el diez por ciento de Epiphyte.
—¿Cómo ha sucedido tal cosa? Según lo último que supe —dice Doug acusador—, ese hijo de puta os estaba demandando.
—Nos demandaba —dice Randy—, porque nos quería. Nuestras acciones no estaban a la venta, y no planeábamos tener una oferta pública en un futuro cercano, así que la única forma que tenía de entrar era chantajearnos con una demanda.
—¡Dijiste que era una demanda ficticia! —exclama Amy, la única persona de los presentes que se está molestando en manifestar, o sentir, indignación moral.
—Lo era. Pero nos hubiese costado tanto ir a juicio que nos hubiésemos arruinado. Por otra parte, cuando nos ofrecimos a venderle algunas acciones, retiró la demanda. Recibimos algo de su dinero, cosa que siempre viene bien.
—Pero ahora eres responsable ante su personal de diligencia exigible.
—Sí. Mientras hablamos están en el barco del cable; han llegado esta mañana en una lancha.
—¿Qué creen que estás haciendo?
—Les he dicho que el sónar Sidescan había revelado algunos defectos en la ruta del cable que era preciso evaluar.
—Mucha rutina.
—Sí. Es fácil manipular a la gente de diligencia exigible. Tienes que actuar de forma muy diligente. Se lo tragan.
—Ya hemos llegado —dice Amy, y tira del joystick, girando el cuerpo para dejar clara la maniobra.
Doug y Randy miran la pantalla de televisión. Está completamente a oscuras. Dígitos en la parte baja indican que la cabezada es de cinco grados y el balanceo de ocho, lo que significa que el ROV está casi horizontal. La cifra de guiñada cambia con rapidez, lo que significa que el ROV rota alrededor de su eje vertical como un coche coleando.
—Debería aparecer alrededor de los cincuenta grados —murmura Amy.
La cifra de guiñada se reduce, bajando de los cien grados, noventa, ochenta. Alrededor de los setenta grados, algo aparece en el borde de la pantalla. Tiene el aspecto de un pan de azúcar en forma de pelota de rugby multicolor surgiendo del fondo marino. Amy palpa los controles un par de veces y la rotación va deteniéndose. El pan de azúcar se desliza hasta el centro de la pantalla y luego se detiene.
—Fijando giroscopios —dice Amy, dándole a un botón—. Hacia delante. —El pan de azúcar aumenta, crece despacio. El ROV se va acercando, con la dirección estabilizada automáticamente por sus giroscopios incorporados.
—Dirígelo hacia estribor —dice Doug—. Quiero tener un ángulo diferente. —Presta algo de atención al vídeo que se supone que lo está grabando todo.
Amy deja que el joystick vuelva a la posición neutral, y ejecuta una serie de movimientos que hace que pierdan la imagen del naufragio durante un minuto. Lo único que pueden ver son formaciones coralinas que pasan bajo las cámaras del ROV. Luego lo gira hacia la izquierda y aparece de nuevo: la misma forma de proyectil. Pero desde ese ángulo, pueden ver que realmente sobresale del fondo marino en un ángulo de cuarenta y cinco grados.
—Parece el morro de un avión. Un bombardero —dice Randy—. Como un B-29.
Doug agita la cabeza.
—Los bombarderos tenían que tener una sección transversal circular porque iban presurizados. Esa cosa no tiene una sección circular. Es más elíptica.
—Pero no veo las barandas, armas, y...
—Basura que un submarino clásico alemán hubiese tenido colgando.
Ésta forma es mucho más hidrodinámica —dice Doug. Grita algo en tagalo a uno de los tripulantes en el Glory IV.
—Parece tener una costra —dice Randy.
—Habrá muchas cosas creciendo en él —dice Doug—, pero todavía es reconocible. No se produjo una implosión catastrófica.
Un tripulante corre sobre el pamboat portando un viejo libro de imágenes tomado de la pequeña pero idiosincrásica biblioteca del Glory IV: una historia ilustrada de los submarinos alemanes. Doug pasa los primeros tres cuartos del libro y se detiene en la fotografía de un submarino cuyas líneas parecen asombrosamente familiares.
—Dios, parece el submarino amarillo de los Beatles —dice Randy.
Amy saca la cabeza del visor y lo aparta para mirar.
—Excepto que no es amarillo —dice Doug—. Es de la nueva generación. Hitler habría podido ganar la guerra si hubiese podido fabricar unas docenas como éste. —Pasa unas páginas. Hay imágenes de submarinos similares pero mucho mayores.
Un diagrama de la sección transversal muestra un casco externo de paredes delgadas y forma elíptica que rodea un casco interior perfectamente circular y de paredes gruesas.
—El círculo es el casco presurizado. Se mantenía siempre a una atmósfera y lleno de aire, para la tripulación. En el exterior, un casco exterior, liso e hidrodinámico, con espacio para tanques de combustible y peróxido de hidrógeno.
—¿Llevaba su propio oxidante? ¿Como un cohete?
—Claro... para correr sumergido. Cualquier intersticio del casco exterior estaría lleno de agua de mar, presurizada para igualar la presión externa del océano, para evitar que colapsara.
Doug coloca el libro bajo el monitor de televisión y lo gira para comparar las líneas de un submarino con la forma en la pantalla. Ésta última es escabrosa y llena de coral y otros materiales, pero las similitudes son más que evidentes.
—Me pregunto por qué no está tendido en el fondo del océano —dice Randy.
Doug coge una botella de plástico, que está casi llena, y la arroja por la borda. Flota al revés.
—¿Por qué no está plana, Randy?
—Porque en el otro extremo hay una burbuja de aire atrapada —dice Randy con bochorno.
—Sufrió daños en popa. La proa se elevó. Se produjo un colapso parcial. El agua de mar, penetrando por la rotura de popa, obligó al aire a concentrarse en la proa. La profundidad es de ciento cincuenta y cuatro metros, Randy. Eso son quince atmósferas de presión. ¿Qué te dice la ley de Boyle?
—Que el volumen del aire se habrá reducido en un factor de quince.
—Bingo. De pronto catorce quinceavas partes del submarino están llenas de agua, y la quinceava parte restante es una bolsa de aire, capaz de sostener la vida por poco tiempo. La mayor parte de la tripulación está muerta, se hundió con rapidez y chocó contra el fondo, rompiendo la parte de atrás y dejando la sección de proa apuntando hacia arriba, como la vemos. Si quedaba alguien con vida en la burbuja, tuvo una muerte lenta y larga. Que Dios tenga piedad de sus almas.
En otras circunstancias, la referencia religiosa hubiese puesto incómodo a Randy, pero aquí parece apropiada. Piensa lo que quieras de las personas religiosas, siempre tienen algo que decir en momentos como ése. ¿Qué se le ocurriría a un ateo? Sí, los organismos que habitaban ese submarino perdieron las funciones neuronales superiores y con el tiempo se convirtieron en trozos de carne descompuesta. ¿Y qué?
—Nos acercamos a la torrecilla —dice Amy. Según el libro, el submarino no va a tener una de esas tradicionales y largas torres verticales: sólo un bulto bajo. Amy pilota el ROV muy cerca del submarino, y una vez más lo detiene y lo gira. El casco aparece en la pantalla como una abigarrada montaña de corales, completamente irreconocible como objeto de fabricación humana... hasta que algo oscuro entra en la pantalla. Se transforma en un agujero perfectamente circular. De él sale una anguila y ataca con furia a la cámara, llenando la pantalla con sus dientes y gaznate.
Cuando se aleja nadando, cerca del agujero se ve una puerta de escotilla en forma de bóveda colgando de goznes.
—Alguien abrió la escotilla —dice Amy.
—Dios mío —dice Douglas MacArthur Shaftoe—. Dios mío. —Se aparta del televisor como si ya no pudiese soportar la imagen. Sale de la cubierta y se pone de pie, mirando el mar—. Alguien salió de ese submarino.
Amy sigue fascinada, y es una con el joystick, como un quinceañero con un videojuego. Randy se frota el extraño sitio vacío en la muñeca y mira la pantalla, pero ahora ya no ve nada excepto la abertura circular perfecta.
Después de un minuto más o menos, va a unirse a Doug, quien, como siguiendo un rito, enciende un puro.
—Es un buen momento para fumar —masculla—. ¿Quieres uno?
—Claro. Gracias. —Randy saca una herramienta plegable multipropósito y corta el extremo del puro, un cubano de aspecto muy impresionante—. ¿Por qué dices que es un buen momento para fumar?
—Para fijarlo en la memoria. Para señalarlo. —Doug aparta la vista del horizonte y mira a Randy inquisitivo, casi implorándole que comprenda—.
Éste es uno de los momentos más importantes de tu vida. Nada volverá a ser igual. Puede que nos hagamos ricos. Puede que muramos. Puede que
sólo tengamos una aventura, o aprendamos algo. Pero hemos cambiado.
Estamos cerca de un fuego digno de Heráclito, sintiendo su calor en la cara.
—Saca una cerilla de seguridad encendida entre las manos como un mago y la sostiene frente a los ojos de Randy, y Randy enciende el puro, mirando la llama.
—Bien, se lo dedicamos —dice Randy.
—Y se lo dedicamos también a quién fuese que saliese —contesta Doug.
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