Criptonomicon
Hostilidades
M ientras las furgonetas, taxis y limusinas llegan al aparcamiento del emplazamiento del Ministerio de Información, los miembros de Epiphyte Corp. son recibidos por sonrientes y amables vírgenes niponas que llevan, y soportan, relucientes cascos de Goto Engineering. Son como las ocho de la mañana, y en lo alto de la montaña la temperatura todavía es soportable, aunque húmeda. Todos se arremolinan frente a la entrada de la caverna, llevando los cascos en las manos, porque ninguno quiere ser el primero en ponérselo y quedar como un estúpido. Algunos de los ejecutivos nipones más jóvenes juguetean con ellos hasta la hilaridad. El doctor Mohammed Pragasu circula. Lleva un casco auténticamente usado y gastado que hace girar ausente alrededor de un dedo mientras pasa de un grupo a otro.
—¿Alguien le ha preguntado a Prag qué coño pasa? —dice Eb. No suele decir palabrotas en inglés, por lo que resulta gracioso cuando lo hace.
El único miembro de Epiphyte Corp. que no muestra al menos una sonrisa es John Cantrell, que parece distante y tenso desde ayer.
(—Una cosa es escribir una disertación sobre técnicas matemáticas en criptografía —dijo de camino a la Cripta, cuando alguien le preguntó qué le pasaba—. Y otra muy diferente arriesgar miles de millones de dólares de Dinero de Otras Personas.
—Necesitamos una nueva categoría —dijo Randy—. El Dinero de Otras Personas Malas.
—Hablando de lo cual... —empezó a decir Tom, pero Avi lo cortó mirando fijamente a la nuca del chófer.)
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Asunto: Re (3) ¿Por qué?
Randy,
Me pides que justifique mi interés en por qué estáis construyendo la Cripta.
Mi interés es una muestra de mi profesión. Es, en cierto sentido, lo que hago para vivir.
Continúas asumiendo que soy alguien que conoces. Hoy crees que soy el Dentista, ayer pensabas que era Andrew Loeb. Este juego de suposiciones se volverá rápidamente tedioso para ambos, así que por favor, créeme si te digo que nunca nos hemos visto.
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(etc.)
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Asunto: Re (4) ¿Por qué?
Maldición, después de que dijeses que lo hacías para vivir, iba a suponer que eras Geb, u otro del grupo de mi ex novia.
¿Por qué no me dices tu nombre?
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(etc.)
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Asunto: Re(5) ¿Por qué?
Randy,
Ya te he dicho mi nombre, y no significa nada para ti. 0 más bien, te has equivocado en su significado. Los nombres tienen esos problemas.
La mejor forma de conocer a alguien es mantener una conversación con él.
Es interesante que asumas que soy un académico.
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(etc.)
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Asunto: Re(6) ¿Por qué?
¡Pillado!
No especifiqué quién era Geb. Y sin embargo sabias que él y mi ex novia son académicos. Si (como afirmas) no te conozco, entonces ¿cómo conoces esos detalles sobre mí?
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(etc.)
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Todos se vuelven para mirar a Prag, quien parece que hoy tiene problemas con su visión periférica.
—Prag nos está evitando —responde Avi—. Lo que significa que será imposible hablar con él hasta después de que acabe todo este rollo.
Tom se acerca a Avi, cerrando aún más el círculo corporativo.
—¿El investigador en Hong Kong?
—Obtuvo algunas identificaciones, investigó a otros —dice Avi—.
Básicamente, el caballero filipino de gran cuerpo es el administrador de Marcos. Responsable de mantener los famosos miles de millones lejos de las manos del gobierno filipino. El chico de Taiwán, no Harvard Li sino el otro, es un abogado cuya familia tiene profundas conexiones con Japón, que se remontan a cuando Taiwán era parte de su imperio. En diversas ocasiones ha ocupado alrededor de media docena de puestos gubernamentales, en su mayoría relacionados con las finanzas y el comercio; ahora es una especie de arregla todo que realiza trabajos para todo tipo de altos miembros del gobierno taiwanés.
—¿Qué hay de ese tipo chino espantoso?
Avi levanta las cejas y lanza un suspiro antes de contestar.
—Es un general del Ejército de Liberación Popular. El equivalente a un general de cuatro estrellas. Se encarga de su rama de inversiones desde hace quince años.
—¿Rama de inversiones? —suelta Cantrell. Lleva minutos sintiéndose mareado y ahora parece al borde de la náusea.
—El Ejército de Liberación Popular es un imperio económico titánico
—dice Beryl—. Controla la mayor compañía farmacéutica de China. La mayor cadena de hoteles. Muchas infraestructuras de comunicaciones.
Trenes. Refinerías. Y, evidentemente, armamento.
—¿Qué hay del señor Teléfono Móvil? —pregunta Randy.
—Sigue trabajando en él. Mi hombre en Hong Kong va a enviar la foto a un colega de Panamá.
—Creo que después de lo que vimos en el vestíbulo, podemos hacer algunas suposiciones —dice Beryl. [20]
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Asunto: Re(7) ¿Por qué?
Randy,
Me preguntas cómo conozco esos detalles acerca de ti. Podría decir muchas cosas, pero la respuesta básica es vigilancia.
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(etc.)
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Randy supone que no hay mejor momento para plantear la pregunta. Y
como conoce a Avi desde hace más tiempo que los demás, es el único capaz de salirse con la suya planteando la pregunta.
—¿Queremos realmente involucrarnos con esas personas? —dice—.
¿Es para eso Epiphyte Corp.? ¿Es eso lo que hacemos?
Avi lanza un gran suspiro y medita durante un rato. Beryl lo mira inquisitivo; Eb, John y Tom estudian sus zapatos, o buscan aves exóticas en la selva, mientras escuchan atentamente.
—Sabes, allá durante la fiebre del oro, toda ciudad minera de California tenía un cerebrín con una báscula—dice Avi—. El tasador. Pasaba todo el día sentado en una oficina. Tipos duros de aspecto feroz llegaban con bolsitas de polvo de oro. El cerebrín las pesaba, comprobaba la pureza, les decía lo que valía. Básicamente, la balanza del tasador era el punto de intercambio: el punto en el que el mineral, ese montón de tierra, se convertía en dinero que sería reconocido como tal por cualquier banco o mercado del mundo, desde San Francisco, pasando por Londres, hasta Beijing. Por los conocimientos especiales del cerebrín, podía poner su marca en la tierra y convertirla en dinero. De igual forma en que nosotros tenemos el poder de convertir los bits en dinero.
»Ahora bien, muchas de las personas con las que trataban los cerebrines eran tipos increíblemente malos. Habituales de los burdeles. Convictos huidos del mundo entero. Pistoleros psicópatas. Personas que poseían esclavos y masacraban indios. Apuesto a que durante el primer día, semana, mes o año que el cerebrín permaneció en esa ciudad minera y colgó su placa probablemente se cagaba de miedo. Probablemente también tenía problemas morales... quizá incluso muy legítimos —añade Avi, mirando de reojo a Randy—. Algunos de esos cerebrines pioneros probablemente lo dejaron y regresaron al este. Pero ¿sabes qué? En un periodo de tiempo sorprendentemente corto, todo se volvió muy civilizado, y las ciudades se llenaron de iglesias, escuelas y universidades, y los maníacos aulladores que estaban allí primero fueron asimilados, expulsados o arrojados a la cárcel, y los cerebrines acabaron con avenidas y teatros de la ópera con sus nombres. Bien, ¿está clara la analogía?
—La analogía está clara —dice Tom Howard. Es al que menos le importa, con la posible excepción de Avi. Pero claro, su hobby es coleccionar y disparar armas de fuego raras.
Nadie dice nada más; el trabajo de Randy es dar problemas.
—Eh, ¿cuántos de esos tasadores recibieron un tiro en la cabeza mientras paseaban por la calle después de haber cabreado a un minero psicópata?—pregunta.
—No tengo esas cifras —dice Avi.
—Bien, no estoy del todo convencido de que esto sea lo que me conviene —dice Randy.
—Todos tenemos que decidirlo personalmente —dice Avi.
—Y luego votar como corporación si queremos quedarnos o salirnos,
¿no? —dice Randy.
Avi y Beryl se lanzan miradas.
—Salirse, en este momento, sería, eh, complicado —dice Beryl. Luego, al ver la expresión de Randy, se apresura a añadir—: No para los individuos que deseasen abandonar Epiphyte. Eso es fácil. No hay problema. Pero para que Epiphyte se saliese de ésta, eh...
—Situación —le ofrece Cantrell.
—Disyuntiva —dice Randy.
Eb murmura una palabra en alemán.
—Oportunidad. —Es la contraoferta de Avi.
—... sería prácticamente imposible —dice Beryl.
—Mira —dice Avi—, no quiero que nadie se sienta obligado a permanecer en una situación sobre la que tiene dudas morales.
—O tema una ejecución sumaria inminente —añade Randy solícito.
—Exacto. Bien, hemos invertido toneladas de trabajo en esta montaña, y ese trabajo debería valer algo. Para ser totalmente claro y explícito, dejadme reiterar lo que ya está en los estatutos: cualquiera puede irse; compraremos sus acciones. Después de lo que ha sucedido aquí en los últimos días, tengo plena confianza en que podremos conseguir dinero suficiente para hacerlo. Conseguiréis al menos lo mismo que hubieseis podido ganar en casa en un trabajo normal.
Empresarios de alta tecnología más jóvenes y con menos experiencia se hubiesen burlado ante ese punto. Pero a todos les resulta extremadamente impresionante que Avi pueda formar una empresa y mantenerla con vida el tiempo suficiente para que realmente llegue a valer el trabajo invertido.
Llega un Mercedes negro. El doctor Mohammed Pragasu se acerca a recibirlo, saluda a los suramericanos con un acento español bastante bueno, y realiza un par de presentaciones. Los grupos dispersos de empresarios comienzan a acercarse, convergiendo en la entrada de la cueva. Prag cuenta cabezas, para ver quién está y quién no. Falta alguien.
Una de las asistentas del Dentista, vestida con zapatillas color lavanda, se acerca a Prag con un teléfono pegado a la cabeza. Randy se separa de Epiphyte y establece un curso de colisión, llegando a las proximidades de Prag justo a tiempo para oír como la mujer le dice:
—El doctor Kepler se unirá a nosotros más tarde... unos asuntos importantes en California. Manda sus disculpas.
El doctor Pragasu asiente sonriente, de alguna forma evita mirar a los ojos a Randy, que ya está tan cerca como para limpiar los dientes de Prag, y se da la vuelta, poniéndose el casco sobre el pelo lustroso.
—Por favor, síganme todos —anuncia—, comienza el tour.
Es un tour muy aburrido, incluso para aquellos que nunca han estado allí. Cada vez que Prag los lleva a un sitio nuevo, todos miran por ahí y se reorientan; las conversaciones se calman durante diez o quince segundos, luego vuelven a activarse; los ejecutivos de alto nivel miran sin ver la piedra cortada y murmuran entre ellos mientras los asesores de ingeniería caen sobre los ingenieros de Goto y les plantean preguntas eruditas.
Todos los ingenieros de construcción trabajan para Goto y son, por supuesto, nipones. Hay otro que permanece a un lado.
—¿Quién es ese tipo grande de pelo rubio? —le pregunta Randy a Tom Howard.
—Un ingeniero civil alemán prestado a Goto. Parece estar especializado en asuntos militares.
—¿Hay algún asunto militar?
—En algún momento, en medio de este proyecto, Prag decidió de pronto que quería que todo fuese a prueba de bombas.
—Oh, ¿se trata por casualidad de la Bomba con B mayúscula?
—Creo que está a punto de hablar de eso —dice Tom, tirando un poco de Randy.
Alguien le acaba de preguntar al ingeniero alemán si el lugar está a prueba de un ataque nuclear.
—Resistir una explosión nuclear no es lo importante —dice desdeñoso
—. Obtener resistencia nuclear es fácil: significa que la estructura puede soportar un breve exceso de presión de tantos megapascales. Comprenda, la mitad de los búnkeres de Saddam eran nominalmente resistentes a un ataque nuclear. Pero eso no sirve de nada contra munición penetrante con guía de precisión, como han demostrado los norteamericanos. Y es mucho más probable que esta estructura sea atacada de esa forma que por medio de un arma nuclear; no creemos que el sultán tenga planeado participar en una guerra nuclear.
Es lo más gracioso que alguien haya dicho en todo el día, y consigue algunas risas.
—Por suerte —sigue diciendo el alemán—, la piedra que tenemos encima es bastante más efectiva que el hormigón reforzado. No conocemos ningún arma penetrante que pueda atravesarla.
—¿Qué hay de la investigación que los norteamericanos han realizado en la instalación de Libia? —pregunta Randy.
—Ah, se refiere a la planta de gas en Libia, enterrada bajo una montaña
—dice el alemán, algo incómodo, y Randy asiente.
—La piedra en Libia es tan quebradiza —dice el alemán— que podrías romperla con un martillo. Aquí trabajamos con una piedra muy diferente, en muchas capas.
Randy intercambia una mirada con Avi, que tiene aspecto de estar a punto de concederle otra medalla por astucia. Justo cuando Randy ríe siente la mirada de alguien. Se vuelve y ve los ojos de Prag, que tiene aspecto inescrutable, al borde del cabreo. Muchas personas en esa parte del mundo se encogerían y marchitarían bajo la mira del doctor Mohammed Pragasu, pero todo lo que Randy ve es a su viejo colega, el hacker comepizzas.
Así que Randy devuelve la mirada y sonríe.
Prag se prepara para la mirada de ataque. Tú, cabrón, has engañado a mi alemán... ¡por esto morirás! Pero no puede sostenerla. Rompe el contacto visual, se vuelve y lleva una mano a la boca fingiendo atusarse la
perilla. El virus de la ironía está tan extendido en California como el herpes, y en cuanto estás infectado se queda en tu cerebro para siempre. Un hombre como Prag puede volver a casa, arrojar sus Nikes y rezar en dirección a La Meca cinco veces al día, pero nunca podrá erradicarlo de su cuerpo.
El tour dura un par de horas. Cuando salen, la temperatura se duplica.
Dos docenas de teléfonos y buscas se ponen a cantar en cuanto salen del silencio de radio de la caverna. Avi mantiene una breve y entrecortada conversación con alguien, luego cuelga y lleva a todo Epiphyte Corp. hacia el coche.
—Un pequeño cambio de planes —dice—. Tenemos que mantener una pequeña reunión. —Le da al chófer un nombre desconocido.
Veinte minutos más tarde, entran en el cementerio nipón estrujados entre dos autobuses de plañideras ancianas.
—Interesante lugar para una reunión —dice Eberhard Föhr.
—Considerando la gente con la que tenemos que tratar, debemos asumir que todas nuestras habitaciones, el coche y el hotel del restaurante están llenos de micrófonos —responde Avi.
Nadie habla durante un minuto, mientras Avi les guía por un sendero de gravilla hacia una esquina aislada del jardín.
Acaban en la esquina de dos altas paredes de piedra. El bambú los aísla del resto del jardín, y cruje balsámico bajo una brisa marina que hace poco por enfriar sus rostros sudorosos. Beryl se abanica con un mapa callejero de Kinakuta.
—Acabo de recibir una llamada de Annieen-San-Francisco —dice Avi.
Annieen-San-Francisco es su abogada.
—Son, eh... las siete de la tarde allí. Parece que después de que acabase la jornada, un mensajero entró en la oficina, recién bajado de un avión de Los Ángeles, y le entregó una carta de la oficina del Dentista.
—Nos demanda por algo —dice Beryl.
—Está a esto de demandarnos.
—¿Por qué?—grita Tom Howard.
Avi suspira.
—En cierta forma, Tom, eso es lo de menos. Cuando Kepler considera que es mejor para él presentar una demanda táctica, ya encontrará un
pretexto. No debemos olvidar que no se trata de asuntos legales legítimos, sino de táctica.
—Rotura de contrato, ¿no?—dice Randy.
Todos miran a Randy.
—¿Sabes algo que los demás debiésemos saber? —pregunta John Cantrell.
—No es más que una suposición —dice Randy negando con la cabeza
—. Nuestro contrato con él estipula que debemos mantenerle informado de cualquier cambio en las condiciones que pudiesen alterar materialmente el clima empresarial.
—Es una cláusula horriblemente vaga —dice Beryl como reproche.
—No es más que una paráfrasis.
—Randy tiene razón —dice Avi—. El sentido general es que debíamos haberle contado al Dentista lo que pasaba en Kinakuta.
—Pero nosotros no lo sabíamos —dice Eb.
—Eso no importa... recuerda, se trata de una demanda táctica.
—¿Qué quiere?
—Asustarnos —dice Avi—. Ponernos nerviosos. Mañana o al día siguiente traerá a otro abogado para jugar al policía bueno... o para hacernos una oferta.
—¿Qué tipo de oferta? —pregunta Tom.
—No lo sabemos, claro —dice Avi—, pero supongo que Kepler quiere un trozo de nuestro pastel. Quiere poseer parte de la empresa.
Se hace la luz en el rostro de todos excepto en el del mismo Avi, quien mantiene su casi perpetua máscara de autocontrol.
—Así que es mala noticia, buena noticia, mala noticia. Mala noticia número uno: la llamada de teléfono de Anne. Buena noticia: por lo que ha sucedido aquí en los últimos dos días, Epiphyte Corp. es de pronto tan deseable que Kepler está dispuesto a jugar duro por conseguir parte de nuestras acciones.
—¿Cuál es la segunda mala noticia? —pregunta Randy.
—Es muy simple. —Avi les da la espalda durante un momento, recorre un par de pasos hasta que le bloquea un banco de piedra y luego se vuelve para encararse con ellos—. Esta mañana os dije que Epiphyte valía ahora lo
suficiente como para que la gente pudiese irse a un precio razonable.
Probablemente lo interpretasteis como algo positivo. En cierta forma, así era. Pero una compañía pequeña y valiosa en el mundo empresarial es como un pájaro brillante y hermoso posado en una rama, cantando una canción feliz que puede escucharse a millas de distancia. Atrae pitones. —Avi se detiene un momento—. Normalmente, el periodo de gracia es mayor. Te vuelves valioso, pero luego dispones de algo de tiempo, semanas o meses, para establecer una posición defensiva antes de que las pitones puedan empezar a trepar por el tronco. En esta ocasión, lo que sucedió es que nos volvimos valiosos mientras nos encontrábamos justo encima de la pitón.
Ahora ya no valemos nada.
—¿Qué quieres decir? —replica Eb—. Tenemos tanto valor como esta mañana.
—Una compañía pequeña demandada por una gran cantidad de dinero por el Dentista ciertamente no vale nada. Probablemente posee un enorme valor negativo. La única forma de que vuelva a tener valor positivo es hacer que la demanda desaparezca. Por tanto, Kepler tiene todas las cartas.
Después de la increíble actuación de Tom ayer, probablemente todos los que estaban sentados a la mesa querían una parte de nosotros con tanto ahínco como Kepler. Pero Kepler tenía una ventaja: ya tenía negocios con nosotros. Lo que le dio un pretexto para presentar una demanda.
»Por tanto, espero que hayáis disfrutado de nuestra mañana al sol, aunque la pasásemos en una cueva —concluye Avi. Mira a Randy y baja la voz como muestra de remordimiento—. Y si alguno de vosotros estaba pensando en vender su parte para irse, que esto sea una lección para vosotros: sed como el Dentista. Decidios y actuad rápido.
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