Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 58 de 106

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Criptonomicon

Dönitz

E n una ocasión, cuando Bobby Shaftoe tenía ocho años, fue a Tennessee a visitar a abuela y abuelo. Una tarde aburrida empezó a ojear una carta que la vieja dama había dejado en una mesilla. Abuela le dio un buen sermón y luego le contó el incidente a abuelo, quién comprendió lo que se le pedía y le dio cuarenta azotes. Eso y toda otra serie más o menos paralela de experiencias de infancia, más varios años en el Cuerpo de Marines, le han convertido en un tipo amable.

Así que no lee el correo de los demás. Eso va contra las reglas. Pero allí está. El lugar: una habitación cubierta de madera en un pub en Norrsbruck, Suecia. El pub es uno de esos sitios marineros, dirigido a los pescadores, lo que lo vuelve agradable para el amigo y compañero de copas de Shaftoe: Kapitänleutnant Günter Bischoff, Kriegsmarine del Tercer Reich (retirado).

Bischoff recibe mucho correo interesante y lo deja esparcido por toda la habitación. Parte del correo es de su familia en Alemania y contiene dinero.

En consecuencia, Bischoff, al contrario que Shaftoe, no tendrá que trabajar aunque continúe la guerra y él se quede en Suecia relajándose durante otros diez años.

Parte del correo, según Bischoff, proviene de la tripulación del U-691.

Después de que Bischoff los trajese de una pieza hasta Norrsbruck, su segundo al mando, Oberleutnantzur-See Karl Beck, llegó a un acuerdo con la Kriegsmarine por el cual se permitía a la tripulación el regreso a Alemania, sin rencores ni repercusiones. Todos ellos, excepto Bischoff, subieron a bordo de lo que quedaba del U-691 y se fueron en dirección a Kiel. Días más tarde, comenzó a llegar el correo. Cada miembro de la

tripulación, hasta el último hombre, envió a Bischoff una carta describiendo el recibimiento de héroes del que habían disfrutado. El mismo Dönitz se encontró con ellos en el puerto e hizo entrega de abrazos, besos, medallas y otros regalos en vergonzosa profusión. No dejan de hablar de lo mucho que desean que el querido Günter regrese a casa.

El querido Günter no cambia de opinión; ya lleva sentado en esa habitación un par de meses. Su mundo consiste en pluma, tinta, papel, velas, tazas de café, botellas de aquavit, el tranquilizador sonido de las olas.

Dice que el sonido de las olas chocando le recuerda que está por encima del nivel del mar, donde se supone que deben vivir los hombres. Su mente siempre está allá, a cien pies bajo la superficie gélida del Atlántico, atrapado como una rata en una alcantarilla, estremeciéndose por las explosiones de las cargas de profundidad. Así vivió durante un centenar de años, y pasó cada momento de esos cien años soñando con la Superficie.

Juró, diez mil veces, que si alguna vez regresaba al mundo de aire y luz, disfrutaría de cada aliento, se deleitaría con cada momento.

Más o menos, eso es lo que ha estado haciendo en Norrsbruck.

Conserva su diario personal, y ha estado recorriéndolo, página a página, añadiendo los detalles que no tuvo tiempo de apuntar, antes de que los olvide. Algún día, después de la guerra, escribirá un libro: uno más del millón de recuerdos de guerra que abarrotarán las bibliotecas desde Novosibirsk a Gander, desde Sequim a Batavia.

Después de la primera semana, el ritmo de correo entrante se redujo drásticamente. Varios de sus hombres le siguen escribiendo diligentemente.

Shaftoe está acostumbrado a ver, cuando viene de visita, las cartas tiradas por todas partes. En su mayoría están escritas en trozos de papel barato y grisáceo.

Desde la ventana de Bischoff entra una luz plateada y sin dirección aparente, que ilumina lo que parece una piscina rectangular de crema sobre la mesa. Es una especie de papel de carta huno, coronado por un ave de presa sosteniendo una svástica. La carta está escrita a mano, no a máquina.

Cuando Bischoff apoya encima su vaso húmedo, la tinta se disuelve.

Y cuando Bischoff va a vaciar la vejiga, Shaftoe no puede evitar echarle un ojo. Sabe que son malos modales, pero la Segunda Guerra Mundial le ha obligado a todo tipo de comportamientos vulgares, y no parece haber

ningún abuelo furioso oculto en las trincheras con el cinturón en la mano; de hecho, no hay ninguna consecuencia para los malos. Quizá eso cambie en un par de años, si los alemanes y los nipos pierden la guerra. Pero ese acontecimiento será tan importante y tremebundo que probablemente nadie se dé cuenta de que Shaftoe ojeó la carta de Bischoff.

Vino en un sobre. La primera línea de la dirección es muy larga y consiste en «Günter BISCHOFF» precedido de una lista de rangos y títulos y seguido de una serie de letras. La dirección de remite ha sido destrozada por el abrecartas de Bischoff, pero es en algún lugar de Berlín.

La carta en sí es una maraña imposible de cursivas alemanas. Tiene una firma, enorme, consistente en una única palabra. Shaftoe invierte algo de tiempo en intentar descifrar la palabra; quién cono será el tipo. Debe tener un ego a la altura de un general.

Cuando Shaftoe deduce que la firma pertenece a Dönitz, siente un hormigueo. Ese Dönitz es un tío importante, Shaftoe incluso le ha visto en un noticiario en el cine, felicitando a una mugrienta tripulación de submarino, recién llegada de su paseo salado.

¿Por qué le escribe cartas de amor a Bischoff? Shaftoe no puede leerla más de lo que podría leer nipones. Pero puede ver unas cifras.

Dönitz habla de números. Quizá toneladas hundidas, o muertes en el frente oriental. Quizá dinero.

—¡Oh, sí! —dice Bischoff, habiendo reaparecido en la habitación sin hacer ruido. Cuando estás en el fondo del submarino, navegando en silencio, aprendes a andar sin hacer ruido—. Se me ha ocurrido una hipótesis para el oro.

—¿Qué oro? —dice Shaftoe. Lo sabe, claro, pero como le han pillado en un acto de flagrante mala conducta, su instinto le dice que se haga el inocente.

—El que viste en las baterías del U-553 —dice Bischoff—. Comprende, amigo mío, que cualquier otro diría que no eres más que un cabeza de correlimo loco.

—El término correcto es cabeza de chorlito.

—Dirían, primero, que el U-553 se hundió muchos meses antes de la fecha en que tú afirmas haberlo visto. Segundo, dirían que nadie hubiese cargado oro en semejante nave. Pero creo que lo viste.

—¿Y?

Bischoff mira la carta dé Dönitz, con aspecto de estar ligeramente mareado.

—Primero tengo que contarte algo de la Wehrmacht de lo que me avergüenzo.

—¿Qué? ¿Que invadieron Polonia y Francia?

—No.

—¿Que invadieron Rusia y Noruega?

—No, no es eso.

—¿Que bombardearon Inglaterra y...?

—No, no, no —dice Bischoff, el modelo ejemplar de la paciencia—.

Algo que no sabes.

—¿Qué?

—Parece que, mientras yo daba vueltas por el Atlántico, cumpliendo con mi deber... al Führer se le ocurrió un pequeño programa de incentivos.

—¿A qué te refieres?

—Parece que para ciertos oficiales de alto nivel el deber y la lealtad no son suficientes. No cumplirán sus órdenes hasta el final a menos que reciban... premios especiales.

—¿Quieres decir medallas?

Bischoff sonríe nervioso.

—A algunos generales del frente oriental les han dado terrenos en Rusia. Terrenos muy, muy grandes.

—Oh.

—Pero no es posible sobornar a todos con tierra. Algunas personas requieren una forma de compensación más líquida.

—¿Alcohol?

—No, me refiero a líquida en el sentido financiero. Algo que te puedas llevar contigo, y que sea aceptado en cualquier burdel del planeta.

—Oro —dice Shaftoe en voz baja.

—El oro bastaría —dice Bischoff. Ha pasado mucho rato desde la última vez que miró a Shaftoe a los ojos. Ahora mira por la ventana. Tiene los ojos verdes un poco húmedos. Respira hondo, parpadea, y consigue controlar la amarga ironía antes de continuar—: Desde Stalingrado, no nos

ha ido bien en el frente oriental. Digamos que unas tierras en Ucrania ya no valen lo mismo que antes, si el título de propiedad de la tierra resulta estar escrito en alemán y emitido en Berlín.

—Cada vez es más difícil sobornar a los generales prometiéndoles porciones de tierra en Rusia —traduce Shaftoe—. Así que Hitler necesita mucho oro.

—Sí. Ahora bien, los japoneses tienen mucho oro... piensa que saquearon China. Así como otros muchos sitios. Pero carecen de ciertas cosas. Necesitan volframita. Mercurio. Uranio.

—¿Qué es uranio?

—¿Quién cojones lo sabe? Los japoneses lo quieren, nosotros se lo damos. También les damos tecnología... planos para turbinas nuevas.

Máquinas Enigma. —En ese punto Bischoff se desmorona y ríe, una risa dolorosa y depresiva, durante un buen rato—. Así que hemos estado enviado esas cosas por medio de submarinos.

—Y los nipos les pagan en oro.

—Sí. Es una economía oscura, oculta bajo el océano, comerciando con pequeños elementos a grandes distancias. Tú entreviste un poco.

—Tú sabías que eso pasaba pero no sabías lo del U-553 —comenta Shaftoe.

—Ah, Bobby, hay muchas, muchas cosas que pasan en el Tercer Reich de las que no se entera un simple capitán de submarino. Eres un soldado, así que sabes que es verdad.

—Sí —dice Shaftoe, recordando las peculiaridades del Destacamento 2702. Mira la carta—. ¿Por qué te lo cuenta Dönitz ahora?

—No me está contando nada —dice Bischoff reprobatorio—. Lo he deducido yo solo. —Se muerde el labio durante un rato—. Dönitz me hace una oferta.

—Pensé que te habías retirado.

Bischoff lo medita.

—Me he retirado del negocio de matar gente. Pero el otro día di una vuelta a la cala.

—¿Y?

—Así que parece que no me he retirado del negocio de recorrer el mar.

—Bischoff lanza un suspiro—. Por desgracia, todos los barcos realmente interesantes son propiedad de los gobiernos importantes.

Bischoff empieza a asustarle, así que Shaftoe opta por un ligero cambio de tema.

—Eh, hablando de cosas realmente interesantes... —Y le cuenta la historia de la Aparición Celestial que vio mientras iba hasta aquí.

A Bischoff le encanta la historia, que reaviva su ansia de emociones que ha mantenido conservada en sal y alcohol después de llegar a Norrsbruck.

—¿Estás seguro de que era de fabricación humana? —pregunta.

—Zumbaba. Soltaba trozos. Pero nunca he visto hacer eso a un meteoro, así que no sé.

—¿A qué distancia?

—Se estrelló a siete kilómetros de donde me encontraba yo. Por tanto, a unos diez kilómetros de aquí.

—¡Pero diez kilómetros no es nada para un Boy Scout y un Joven de Hitler!

—Tú no estuviste en las juventudes hitlerianas.

Bischoff lo considera durante un momento.

—Hitler... tan vergonzoso. Tenía la esperanza de que si lo ignoraba desaparecería. Quizá si me hubiese unido a las juventudes hitlerianas me habrían dado una nave de superficie.

—Entonces estarías muerto.

—Cierto. —El humor de Bischoff mejora considerablemente—. Aún así, diez kilómetros no es nada. ¡Vamos!

—Ya está oscuro.

—Seguiremos las llamas.

—Ya se habrán apagado.

—Seguiremos el rastro de restos, como Hansel y Gretel.

—A Hansel y Gretel no les salió bien. ¿Leíste alguna vez la jodida historia?

—No seas tan derrotista, Bobby —dice Bischoff, metiéndose en un grueso suéter de pescador—. Normalmente no eres así. ¿Qué te preocupa?

Glory.

Es octubre y los días se acortan. Shaftoe y Bischoff, ambos enfangados en vertederos emocionales del aún por descubrir Desorden Afectivo Estacional, son como hermanos atrapados en el mismo pozo de arenas movedizas, cada uno vigilando al otro.

—¿Eh? ¿ Was ist los, amigo?

—Supongo que siento que no tengo nada que hacer.

—Necesitas una aventura. ¡Vamos!

—Necesito una aventura tanto como Hitler necesita un horripilante bigotito en forma de cepillo de dientes —dice Bobby Shaftoe. Pero se arranca de la silla y sigue a Bischoff por la puerta.

Shaftoe y Bischoff recorren penosamente el oscuro bosque sueco como si fuesen una pareja de almas perdidas que buscan la entrada trasera del Limbo. Se turnan para cargar con la lámpara de queroseno, que tiene un rango efectivo similar al brazo extendido de un hombre adulto. A veces pasa una hora sin que se hablen, cada hombre inmerso en su propia lucha contra la depresión suicida. Luego, uno de ellos (normalmente Bischoff) se anima y dice algo como:

—Hace mucho que no veo a Enoch Root. ¿Qué ha estado haciendo desde que terminó de curarte de tu adicción a la morfina? —pregunta Bischoff.

—No lo sé. Fue tal coñazo durante el proyecto que no quiero verle más durante el resto de mi vida. Pero creo que le sacó a Otto un transmisor de radio ruso y se lo llevó al sótano de la iglesia en la que vive; desde entonces ha estado ocupado con él.

—Sí. Lo recuerdo. Cambiaba las frecuencias. ¿Consiguió que funcionase?

—Ni idea —dice Shaftoe—, pero cuando grandes trozos de mierda ardiente empiezan a caer del cielo sobre mi vecindario yo me empiezo a plantear preguntas.

—Sí. Además, va con mucha frecuencia a la oficina de correo —dice Bischoff—. En una ocasión charlé allí con él. Mantiene una gran correspondencia con gente de todo el mundo.

—¿Con quiénes?

—Eso me pregunto yo también.

Al final encuentran los restos siguiendo el sonido de una sierra de arco para metales, que reverbera por entre los pinos como el chillido de un pájaro extraordinariamente estúpido y salido. Eso les permite orientarse de forma general. Las coordenadas finales son cortesía de un súbito destello estroboscópico, un ruido devastador y una lluvia de follaje amputado con aroma a salvia. Shaftoe y Bischoff se echan ambos al suelo y allí se quedan escuchando balas de subfusil rebotando de tronco en tronco. El ruido de la sierra continúa sin cambio de ritmo.

Bischoff empieza a hablar en sueco, pero Shaftoe le hace callar.

—Eso fue un Suomi —dice—. ¡Eh, Julieta! ¡Déjalo! Somos Günter y yo.

No hay respuesta. Shaftoe recuerda que hace poco que se ha follado a Julieta y por tanto debe hacer uso de sus modales.

—Perdóneme, señora —dice—, pero deduzco por el sonido de su arma que viene usted de la nación finlandesa, para la que no albergo sino admiración sin límite, y quiero hacerle saber que yo, anteriormente sargento Robert Shaftoe, y mi amigo, el antiguo Kapitánleutnant Günter Bischoff, no pretendemos hacerle daño.

Julieta, apuntando al sonido de su voz en la oscuridad, responde con una ráfaga controlada que pasa un pie por encima de la cabeza de Bobby Shaftoe.

—¿No deberías estar en Manila? —pregunta la mujer.

Shaftoe gruñe, y se pone de espaldas como si hubiese recibido un disparo en el vientre.

—¿Qué ha querido decir? —pregunta un asombrado Günter Bischoff.

Viendo que su amigo ha quedado (emocionalmente) incapacitado, prueba con—: ¡Estamos en Suecia, un país neutral y pacífico! ¿Por qué intentas matarnos?

—¡Iros! —Julieta debe de estar con Otto, porque le oyen hablarle antes de decir—. Aquí no queremos representantes de los marines americanos y la Wehrmacht. No sois bienvenidos.

—Suena como si estuvieseis aserrando algo muy pesado —responde finalmente Shaftoe—. ¿Cómo vais a sacarlo de este bosque?

Eso provoca una animada conversación entre Julieta y Otto.

—Podéis acercaros —responde Julieta al fin.

Se encuentran a los Kivistik, Julieta y Otto, en medio de un círculo de luz de lámpara cerca del ala cortada y chamuscada de un avión. En su mayoría, es difícil distinguir a los fineses de los suecos, pero Otto y Julieta tienen los dos pelo oscuro y ojos negros, y podrían pasar por turcos. La punta del ala de avión está pintada con la cruz negra y blanca de la Luftwaffe. Hay un motor montado en el ala. Si la sierra de Otto cumple su propósito, no se quedará allí mucho tiempo. El motor se ha incendiado recientemente y luego ha sido empleado para derribar un montón de pinos.

Pero incluso Shaftoe comprende que no se trata de un motor como otro que haya visto antes. No hay hélice, sino un montón de hojas como de ventilador.

—Parece una turbina —dice Bischoff—, pero para aire en lugar de agua.

Otto se endereza, se aprieta la parte baja de la espalda de forma teatral, y le pasa la sierra a Shaftoe. Luego le pasa también una botella de tabletas de bencedrina por si acaso. Shaftoe se traga unas pocas, se quita la camisa para revelar una espléndida musculatura, realiza un par de ejercicios de estiramiento aprobados por el Cuerpo de Marines de Estados Unidos, agarra la sierra y se pone a trabajar. Después de un par de minutos dirige una mirada despreocupada en dirección a Julieta, que está de pie sosteniendo el subfusil y le observa con una mirada a partes iguales helada y ardiente, como un postre Alaska. Bischoff se mantiene apartado, disfrutando del espectáculo.

El amanecer abofetea con dedos agrietados y rojos el cielo helado, intentando restaurar la circulación, cuando los restos de la turbina caen al fin del ala. Inflado de bencedrina, Shaftoe lleva seis horas manejando la sierra; Otto se ha acercado varias veces para cambiar de hoja, una importante inversión de capital por su parte. A continuación, dedican la mitad de la mañana a sacar a rastras el motor del bosque, atravesando el lecho de un arroyo, hasta el mar, donde aguarda el bote de Otto, y Otto y Julieta se alejan con su premio. Bobby Shaftoe y Günter Bischoff regresan al lugar del desastre. No lo han discutido en voz alta —sería innecesario—

pero tienen la intención de encontrar la parte del avión que contiene el cuerpo del piloto y asegurarse de que reciba un entierro como es debido.

—¿Qué hay en Manila, Bobby? —pregunta Bischoff.

—Algo que la morfina me hizo olvidar —responde Shaftoe—, y que Enoch Root, el muy cabrón, me hizo recordar.

Ni quince minutos después llegan a la herida del bosque producida por el avión, y oyen la voz de un hombre quejándose y llorando, completamente trastornado por la pena.

— Angelo! Angelo! Angelo! Mein liebchen!

No pueden ver al hombre que llora de semejante forma, pero ven a Enoch Root, allí de pie reflexionando. Levanta la vista alerta al oírles aproximarle, y saca una semiautomática de la chaqueta de piel. Les reconoce y se relaja.

—¿Qué cono pasa aquí? —pregunta Shaftoe... nunca muy dispuesto a buscar entre la maleza—. ¿Tienes ahí a un alemán?

—Sí, estoy con un alemán —dice Root—, y tú también.

—Bien, ¿por qué está dando ese alemán semejante espectáculo?

—Rudy llora sobre el cuerpo de su amante —dice Root—, que murió en un intento de reunirse con él.

—¿Una mujer pilotaba ese avión? —dice el atónito Shaftoe.

Root pone los ojos en blanco y lanza un suspiro.

—Se te ha olvidado considerar la posibilidad de que Rudy sea homosexual.

Le lleva a Shaftoe mucho tiempo extender la mente alrededor de ese concepto tan grande y de forma tan inconveniente. Bischoff, con la típica naturalidad europea, parece completamente sereno. Pero aún así tiene una pregunta.

—Enoch, ¿qué haces... aquí?

—En general, ¿por qué mi espíritu se ha encarnado en un cuerpo físico en este mundo? O específicamente, ¿por qué me encuentro aquí, en un bosque sueco, junto a los restos de un misterioso avión cohete alemán mientras un homosexual alemán llora sobre los restos cremados de su amante italiano?

«Extremaunción. —Root contesta su propia pregunta—. Angelo era católico. —Entonces, después de un rato, nota que Bischoff le mira fijamente, completamente insatisfecho—. Oh. Estoy aquí, en un sentido

más amplio, porque la señora Tenney, la mujer del vicario, se ha vuelto muy descuidada, y ha olvidado cerrar los ojos cuando saca las bola del bombo de bingo.

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