Criptonomicon
Proyecto X
E s principios de abril del año 1945. Una viuda nipona de mediana edad siente cómo se agita la tierra y sale corriendo de su casita de papel temiendo un temblor. Su casa está en la isla de Kyushu, cerca del mar. Mira el océano y ve un barco negro en el horizonte, surgiendo de un sol naciente que ha provocado él mismo: porque cuando se disparan los cañones, todo el buque queda envuelto en fuego rojo durante un momento. Tiene la esperanza de que el Yamato, el mayor barco de guerra del mundo que se perdió en el horizonte hace unos días, haya regresado victorioso y esté disparando sus cañones para celebrarlo. Pero se trata de un acorazado norteamericano y arroja proyectiles sobre el puerto que el Yamato abandonó hace poco, haciendo que las entrañas de la tierra se agiten como si se preparase para vomitar.
Hasta ese momento, la mujer nipona había estado convencida de que las fuerzas armadas de su nación estaban aplastando a los norteamericanos, británicos, holandeses y chinos en todas las batallas. Esa aparición debe de ser una especie de alocado ataque suicida. Pero el barco negro se queda donde está durante todo el día, lanzando tonelada tras tonelada de dinamita sobre el suelo sagrado. No viene ningún avión a bombardearlo, ningún barco a enfrentársele, ni siquiera un submarino a torpedearlo.
Demostrando de forma aberrante sus malos modales, Patton ha atravesado el Rin antes de tiempo, para irritación de Montgomery, que había estado preparándose laboriosamente para ejecutar primero esta operación.
El submarino alemán U-234 se encuentra en el Atlántico Norte, dirigiéndose al cabo de Buena Esperanza, portando diez contenedores que conservan mil doscientas libras de óxido de uranio. El uranio va en dirección a Tokio, donde se le empleará en algunos experimentos todavía en fase preliminar, con la idea de construir un dispositivo explosivo nuevo y extremadamente potente.
La fuerza aérea del general Curtís LeMay ha pasado casi todo el último mes volando peligrosamente bajo sobre ciudades niponas arrojándoles dispositivos incendiarios. Una cuarta parte de Tokio es escombros; allí murieron ochenta y tres mil personas, y eso sin contar bombardeos similares sobre Nagoya, Osaka y Kobe.
La noche antes del bombardeo a Osaka, unos marines alzaron una bandera sobre Iwo Jima y la foto apareció en todos los periódicos.
En los últimos días, el Ejército Rojo, ahora convertido en la fuerza militar más terrible sobre la tierra, ha ocupado Viena y los campos de petróleo de Hungría, y los soviéticos han declarado que dejarán que su Pacto de Neutralidad con Nipón expire en lugar de renovarlo.
Acaban de invadir Okinawa. La lucha es la peor. La invasión tiene el apoyo de una vasta flota contra la que los nipones han lanzado todo lo que tienen. El Yamato fue tras ellos, con los cañones de dieciocho pulgadas listos, cargando con combustible sólo para un día de viaje. Pero los criptoanalistas de la Marina de Estados Unidos interceptaron y descifraron sus órdenes y la gran nave se hundió con dos mil quinientos hombres a bordo. Los nipones han lanzado el primero de sus ataques Crisantemo Flotante contra la flota de invasión: nubes de aviones kamikaze, bombas humanas, torpedos humanos, lanchas rápidas cargadas de explosivos.
Para irritación y desconcierto del alto mando alemán, el gobierno nipón le ha enviado un mensaje pidiéndoles que, en caso de que se pierdan todas las bases navales europeas de Alemania, se ordene a la Kriegsmarine que siga operando con los nipones en el Lejano Oriente. El mensaje está cifrado en Índigo. Los aliados lo interceptan y lo leen, como es su deber.
En el Reino Unido, el doctor Alan Mathison Turing, al considerar que la guerra a todos los efectos ha terminado, hace ya tiempo que ha dedicado su atención al problema del cifrado de voz y a la creación de máquinas pensantes. Durante diez meses —desde que el Colossus Mark II se entregó
a Bletchley Park— ha tenido la oportunidad de trabajar con una máquina computadora verdaderamente programable. Alan inventó esas máquinas mucho antes de que se construyesen, pero sus experiencias con el Colossus Mark II le han ayudado a solidificar algunas ideas sobre cómo habría que diseñar la siguiente máquina. Piensa en ella como una máquina posterior a la guerra, pero eso se debe exclusivamente a que él es europeo y no le preocupa el problema de conquistar Nipón como a Waterhouse.
—He estado trabajando en ENTERRAR y DESENTERRAR—dice una voz que surge de unos agujeritos en un auricular de baquelita colocado sobre la cabeza de Waterhouse. La voz llega extrañamente distorsionada, casi oscurecida por el ruido blanco y un zumbido enloquecedor.
—Por favor, repite —dice Lawrence, apretándose el auricular sobre el oído.
—ENTERRAR y DESENTERRAR —dice la voz—. Son conjuntos de instrucciones que la máquina debe ejecutar, para realizar ciertos algoritmos.
Son programas.
—¡Vale! Lo lamento, no pude oírte la primera vez. Sí, yo también he estado trabajando en ellos —dice Waterhouse.
—La siguiente máquina tendrá un sistema de almacenamiento de memoria, Lawrence, en forma de ondas de sonido viajando por el interior de cilindros llenos de mercurio... robamos la idea de John Wilkins, fundador de la Royal Society, a quien se le ocurrió hace trescientos años, excepto que él iba a usar aire en lugar de mercurio. Eh... perdóname, Lawrence, ¿dices que has estado trabajando en ellos?
—Hice lo mismo con tubos. Válvulas, como las llamarías tú.
—Bien, eso está muy bien para los yanquis —dice Alan—. Supongo que si eres infinitamente rico podrías crear un sistema ENTERRAR/
DESENTERRAR con locomotoras de vapor, o algo así, y tener un equipo de mil personas para correr por ahí poniendo aceite en las partes que crujan.
—La línea de mercurio es una buena idea —admite Waterhouse—. Muy ingeniosa.
—¿Has conseguido realmente que ENTERRAR y DESENTERRAR
funcione con válvulas?
—Sí. Mi DESENTERRAR funciona mejor que nuestras expediciones con palas —dice Lawrence—. ¿Llegaste a encontrar los lingotes de plata
que enterraste?
—No —dice Alan ausente—. Se perdieron. Se perdieron en medio del ruido del mundo.
—Sabes, lo que acabo de administrarte ha sido un test de Turing —dice Lawrence.
—Perdona.
—Esta maldita máquina altera tanto la voz que no puedo distinguirte de Winston Churchill —dice Lawrence—. Así que la única forma que tengo de verificarlo es hacerte decir algo que sólo Alan Turing podría decir.
Oye la risa aguda de Alan al otro lado de la línea. Efectivamente es él.
—Esto del Proyecto X es malísimo —dice Alan—. Delilah es infinitamente superior. Me gustaría que pudieses verlo por ti mismo. O
oírlo.
Alan está en Londres, en un búnker de mando en algún sito. Lawrence está en la bahía de Manila, en la Roca, la isla de Corregidor. Les une una hebra de cobre que da toda la vuelta al mundo. Ahora hay muchas hebras similares que atraviesan el fondo de los océanos del mundo, pero sólo unas pocas muy especiales llegan a cuartos como éste. Esos cuartos se encuentran en Washington, Londres, Melbourne y, ahora, Corregidor.
Lawrence mira más allá de una gruesa ventana de vidrio hacia la cabina del ingeniero, donde un disco fonográfico está reproduciéndose en el tocadiscos más preciso y caro del mundo. También es, igualmente, el disco más valioso jamás estampado: está lleno con lo que se pretende que sea ruido blanco perfectamente aleatorio. El ruido se combina electrónicamente con la voz de Lawrence antes de ser enviada por el cable. Una vez que llega a Londres, el ruido (que es eliminado empleando un disco fonográfico exactamente idéntico) se sustrae de la voz, y el resultado se envía al auricular de Alan Turing. Todo depende de que los dos fonógrafos estén perfectamente sincronizados. La única forma de sincronizarlos es transmitir ese zumbido enloquecedor, una onda portadora, junto con la señal de voz.
Si todo sale bien, el tocadiscos al otro lado puede ajustarse al zumbido y hacer girar el disco siguiendo la señal.
El disco fonográfico es, en otras palabras, un cuaderno de uso único. En algún lugar de Nueva York, en las entrañas de Bell Labs, tras una puerta cerrada y protegida por guardias que lleva el cartel PROYECTO X, hay
técnicos produciendo más discos, los últimos grandes éxitos del ruido blanco. Estampan algunas copias, las envían por valija a las ubicaciones del Proyecto X alrededor del globo y luego destruyen los originales.
No estarían manteniendo esta conversación en absoluto si no fuese porque hace un par de años Alan fue a Greenwich Village y trabajó en Bell Labs durante unos meses, mientras Lawrence se encontraba en Qwghlm. El gobierno de Su Majestad le envió allí para evaluar ese Proyecto X y decidir si era realmente seguro. Alan decidió que sí lo era; luego regresó a casa y comenzó a trabajar en uno mucho mejor, llamado Delilah.
¿Qué tiene todo esto que ver con los esclavos chinos muertos? Para Lawrence, que mira a través del vidrio el disco de ruido blanco que gira, la conexión no podría ser más clara.
—La última vez que hablé contigo —dice Lawrence—, trabajabas en la forma de generar ruido aleatorio para Delilah.
—Sí —dice Alan ausente. Eso fue hace mucho tiempo y todo ese proyecto quedó ENTERRADO en su sistema de almacenamiento de memoria; le llevará un minuto o dos DESENTERRARLO.
—¿Qué clase de algoritmos consideraste para crear el ruido?
Se produce otra pausa de cinco segundos, luego Alan se lanza a una disquisición sobre funciones matemáticas para generar secuencias de números pseudoaleatorios. Alan es poseedor de una buena educación de colegio inglés, y sus comentarios tienden a estar bien estructurados, en forma de esquemas, frases clave y todo lo demás:
NÚMEROS PSEUDOALEATORIOS
I. Advertencia: evidentemente, en realidad no son aleatorios, simplemente lo parecen, y de ahí el pseudo...
II. Visión del Problema:
A. Parece como si fuese fácil.
B. En realidad resulta ser muy difícil.
C. Consecuencias del fracaso: los alemanes descifran nuestros mensajes secretos, mueren millones de personas, la humanidad es esclavizada, el mundo se hunde en una Edad Oscura eterna.
D. Cómo saber si una serie de números es aleatoria 1, 2, 3... (Una lista de diferentes pruebas estadísticas de aleatoriedad, ventajas y desventajas de cada una.)
III. Un montón de cosas que yo, Alan Turing, he probado.
A, B, C... (Una lista de diferentes funciones matemáticas que Alan empleó para generar números aleatorios; como casi todas ellas fallaron miserablemente, la confianza inicial de Alan queda reemplazada por la sorpresa; luego la exasperación, a continuación la desesperación, y luego una confianza cauta al encontrar al fin algunas técnicas que funcionan.) IV. Conclusiones:
A. Es más difícil de lo que parece.
B. No es para los que se asustan fácilmente.
C. Puede hacerse si tienes inteligencia.
D. En retrospectiva, se trata de un interesante problema matemático que merece mayores investigaciones.
Cuando Alan termina con ese viaje en remolino perfectamente estructurado por el Sorprendente Mundo de la Pseudoaleatoriedad, Lawrence dice:
—¿Qué hay de las funciones zeta?
—Ni siquiera las tuve en cuenta —dice Alan. Lawrence se queda boquiabierto. Puede ver su propio reflejo semitransparente superpuesto sobre el disco giratorio, y ve que tiene en el rostro una expresión de ligero ultraje. Debe de haber algo evidentemente no aleatorio en el núcleo de la función zeta, algo tan evidente que Alan tuvo que rechazarla sin pensarlo.
Pero Lawrence no ha visto tal cosa. Sabe que Alan es más listo que él, pero no está acostumbrado a quedarse tan desesperadamente atrás.
—¿Por qué... por qué no? —consigue soltar al final.
—¡Por Rudy! —grita Alan—. ¡Tú, Rudy y yo trabajamos en esa maldita máquina en Princeton! Rudy sabe que tú y yo tenemos los conocimientos para construir tal dispositivo. Así que es lo primero que asumiría que emplearíamos.
—Ah. —Lawrence suspira—. Pero dejando eso de lado, la función zeta parece una buena forma de conseguirlo.
—Podría ser —dice Alan a la defensiva—, pero no lo he investigado.
No estarás pensando en usarla, ¿verdad?
Lawrence le cuenta a Alan lo de los ábacos. Incluso a través del ruido y el zumbido le queda claro que Alan está estupefacto. Se produce una pausa mientras los técnicos a cada lado dan la vuelta a los discos. Cuando se reestablece la conexión, Alan sigue muy emocionado.
—Deja que te cuente algo más —dice Lawrence.
—Sí, adelante.
—Sabes que los nipones usan una plétora de códigos diferentes, y que todavía no hemos roto muchos de ellos.
—Sí.
—Hay un sistema de cifrado que todavía no hemos roto que la Oficina Central llama Aretusa. Es increíblemente escaso. Sólo se han interceptado unos treinta y tantos mensajes Aretusa.
—¿El código de alguna empresa? —pregunta Alan. Es una buena suposición; cada corporación nipona importante tenía su propio código antes de la guerra, y se habían dedicado muchos esfuerzos para robar los libros de códigos, y por tanto romper el código de Mitsubishi, por nombrar un ejemplo.
—No podemos descubrir la fuente y los destinos de los mensajes Aretusa —sigue diciendo Lawrence—, porque emplean un sistema de código único para las ubicaciones. Sólo podemos suponer sus orígenes empleando huffduff. Y huffduff nos dice que la mayoría de los mensajes Aretusa han tenido su origen en submarinos. Posiblemente un único submarino, navegando por la ruta entre Europa y el sudeste asiático.
También los hemos visto desde Suecia, Londres, Buenos Aires y Manila.
—¿Buenos Aires? ¿Suecia?
—Sí. Y por tanto, Alan, me interesé por Aretusa.
—Bien, ¡no te lo discuto!
—El formato de mensajes encaja con el de Azur/Tetraodóntido.
—¿El sistema de Rudy?
—Sí.
—Por cierto, buen trabajo con eso.
—Gracias, Alan. Como ya habrás oído, se basa en funciones zeta. Que tú ni consideraste para usar en Delilah porque temías que Rudy pensase en ellas. Y eso saca la cuestión de si Rudy pretendió siempre que rompiésemos Azur/Tetraodóntido.
—Sí, así es. Pero ¿por qué querría que lo hiciésemos?
—No tengo ni idea. Puede que los viejos mensajes Azur/Tetraodóntido contengan algunas claves. Estoy haciendo que mi Computador Digital genere cuadernos de uso único retroactivos para descifrar esos mensajes y leerlos.
—Bien, entonces haré que Colossus haga lo mismo. Ahora mismo está ocupado —dice Alan— trabajando para descifrar mensajes Fish. Pero la verdad es que no creo que a Hitler le quede mucho tiempo. Cuando haya desaparecido, probablemente podré ir a Bletchley Park y descifrar esos mensajes.
—También estoy trabajando en Aretusa —dice Lawrence—. Mi suposición es que está relacionado con el oro.
—¿Por qué lo dices? —pregunta Alan. Pero en ese punto la aguja del fonógrafo llega al final de la espiral y se aleja del disco. El tiempo se ha agotado. Bell Labs, y los poderes de los gobiernos aliados, no instalaron la red Proyecto X para que los matemáticos se dedicasen a charlas intrascendentes sobre funciones oscuras.
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