Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 57 de 106

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Criptonomicon

Brisbane

A través de una polvorienta ventana cruzada con cinta adhesiva, Lawrence Pritchard Waterhouse mira el centro de Brisbane. De bullicioso no tiene nada. Un taxi recorre lentamente la calle y se mete en el camino de entrada del hotel Canberra, que es el hogar de muchos oficiales de media graduación. El taxi lanza humo y apesta, está impulsado por un quemador de carbón metido en el maletero. A través de la ventana se pueden oír pies marchando. No es el ritmo pesado de las botas de combate, sino el golpeteo del calzado razonable portado por mujeres razonables.

Waterhouse se inclina instintivamente hacia la ventana para mirarlas, pero malgasta el tiempo. Vestidas con esos uniformes, podrías hacer marchar todo un regimiento de chicas de calendario por los pasillos y pasarelas de un buque de batalla en activo y no obtendrían ni un silbido de lobo, ninguna proposición deshonesta ni siquiera un pellizco en el culo.

Un camión de reparto aparece por una calle lateral y petardea de forma alarmante al intentar acelerar para entrar en la calle principal. A Brisbane todavía le preocupan los ataques aéreos, y no le gustan nada los ruidos fuertes y súbitos. El camión parece sufrir el ataque de una ameba: atrás lleva un globo, hinchado, de lona recauchutada lleno de gas natural.

Se encuentra en el tercer piso de un edificio comercial tan anodino que el detalle más interesante a destacar es que tiene cuatro pisos. En la planta baja hay un estanco. El resto del edificio debía de estar vacío hasta que el General —apaleado por los nipos como si fuese un hijastro tonto— llegó a Brisbane desde Corregidor, y convirtió a la ciudad en la capital del Teatro de Operaciones del Suroeste del Pacífico. Debía de haber una buena

cantidad de espacio de oficinas libres antes de la llegada del General, porque muchos de sus habitantes habían huido al sur temiendo una invasión.

Waterhouse ha tenido mucho tiempo para familiarizarse con Brisbane y sus alrededores. Lleva allí cuatro semanas, y no le han asignado ninguna tarea. Cuando estaba en Gran Bretaña, no podían trasladarlo con la suficiente rapidez. Cualquiera que fuese su trabajo en un momento determinado, lo hacía de forma febril, hasta que recibía órdenes de máxima prioridad y alto secreto para ir corriendo, con cualquier medio de transporte disponible, hasta su próxima tarea.

Luego lo llevaron allí. La Marina lo hizo volar sobre el Pacífico, saltando desde una base en una isla hasta la siguiente empleando diversos hidroaviones y transportes. Atravesó el ecuador y la línea internacional de fecha el mismo día. Pero cuando llegó al límite entre el Teatro de Operaciones del Pacífico de Nimitz y el Teatro de Operaciones del Suroeste del Pacífico del General, fue como si hubiese chocado con un muro. Lo más que pudo fue conseguir que lo subiesen a un transporte de tropas hasta Nueva Zelanda y luego hasta Fremantle. Los transportes eran casi alucinantemente terribles: hornos de acero abarrotados de hombres, cocidos por el sol, sin permitir que nadie subiese a cubierta por el temor de que se les viese y que un submarino nipón decidiese matarlos. Ni siquiera por la noche podían permitir que entrase la brisa, porque todas las aberturas estaban cubiertas por cortinas de oscurecimiento. En realidad, Waterhouse no podía quejarse; algunos hombres habían viajado de tal guisa desde la costa este de Estados Unidos.

Lo importante es que llegó a Brisbane, como decían sus órdenes, y se presentó ante el oficial correcto, que le dijo que esperase órdenes posteriores. Lo que había estado haciendo hasta esa mañana, cuando se le había dicho que se presentase en esa oficina, sobre el estanco. Era una habitación llena de soldados mecanografiando formularios, haciéndolos rodar en bandejas de alambre, y rellenándolos. Según la experiencia de Waterhouse con los militares, ha descubierto que no es buena señal que te digan que te presentes en un sitio así.

Al final se le admite en presencia de un comandante del Ejército que mantiene otras conversaciones, y se ocupa de diverso papeleo importante, al

mismo tiempo. No hay problema; Waterhouse no precisa ser un criptoanalista para recibir el mensaje alto y claro, que es que allí no se le quiere.

—Marshall le ha enviado aquí porque cree que el General se muestra descuidado con Ultra —dice el comandante.

Waterhouse se estremece al oír esas palabras en voz alta en una oficina en la que trabajan soldados rasos y por la que van y vienen mujeres voluntarias. Es casi como si el comandante quisiese dejar claro que efectivamente el General es descuidado con Ultra, y que le gusta exactamente así, muchas gracias.

—Marshall teme que los nipos se den cuenta y cambien los códigos.

Todo es culpa de Churchill. —El comandante se refiere al general George C. Marshall y a sir Winston Churchill como si fuesen reservas de un equipo de béisbol pueblerino. Se detiene para encender un cigarrillo—. Ultra es la criatura de Churchill. Oh sí, Winnie adora tanto a su Ultra. Cree que vamos a revelar su secreto y quitarle toda efectividad porque piensa que somos idiotas. —El comandante toma una buena bocanada de humo, se sienta en su sillón y exhala con cuidado un par de aros de humo. Es una muestra bastante convincente de indiferencia—. Así que siempre le insiste a Marshall para que mejore la seguridad, y Marshall de vez en cuando le lanza un hueso, simplemente para que la Alianza se mantenga en equilibrio.

—Por primera vez el comandante mira a Waterhouse a los ojos—. Resulta que usted es el último hueso. Eso es todo.

Se produce un largo silencio, como si esperase a que Waterhouse dijese algo. Se aclara la garganta. Nunca han mandado a nadie a un consejo de guerra por seguir órdenes.

—Mis órdenes dicen que...

—Que se jodan sus órdenes, capitán Waterhouse —dice el comandante.

Se produce un largo silencio. El comandante atiende a un par de otras obligaciones. Luego mira por la ventana durante unos momentos, intentando componer sus ideas. Al final dice:

—Que se le meta esto en la cabeza. No somos idiotas. El General no es un idiota. El General aprecia Ultra tanto como sir Winston Churchill. El General usa Ultra tan bien como cualquier otro en esta guerra.

—Ultra no vale nada si los japoneses lo descubren.

—Como puede apreciar, el General no tiene tiempo para reunirse con usted en persona. Ni tampoco lo tiene su personal. Así que no tendrá ninguna oportunidad para instruirle en cómo mantener Ultra en secreto —

dice el comandante. Mira un par de veces una hoja sobre el papel secante, y la verdad es que ahora habla como un hombre que leyese una declaración preparada de antemano—. De vez en cuando, desde que supimos que se le había enviado, se ha comunicado al General su existencia. Durante breves periodos de tiempo, cuando no está ocupado por asuntos más importantes, ocasionalmente manifiesta algunas ideas concisas sobre usted, su misión y las mentes maestras que le han enviado aquí.

—Sin duda —dice Waterhouse.

—El General sostiene que personas no familiarizadas con las características distintivas del Teatro de Operaciones del Suroeste del Pacífico podrían no ser del todo competentes para juzgar su estrategia —

dice el comandante—. El General opina que los nipos nunca sabrán de Ultra. Nunca. ¿Por qué? Porque son incapaces de comprender lo que les ha sucedido. El General ha comentado que podría ir a una estación de radio mañana mismo y anunciar al mundo que hemos roto los códigos nipones y que leemos todos sus mensajes, y no sucedería nada. Las palabras del General vienen a decir que los nipos nunca creerán que los hemos jodido de verdad, porque cuando te joden tanto, es tu jodida culpa y te hace parecer un jodido gilipollas.

—Comprendo —dice Waterhouse.

—Pero el General dijo todo eso con muchas más palabras y sin usar ni una sola palabra malsonante, porque así es como se expresa el General.

—Gracias por resumírmelo —dice Waterhouse.

—¿Sabe esas bandas blancas que los nipos se atan alrededor de la frente? ¿Con la albóndiga y los signos nipones?

—He visto fotografías.

—Yo las he visto de verdad, atadas alrededor de las cabezas de pilotos de caza nipones que se encontraban a cincuenta pies y disparaban la ametralladora contra mis compañeros y yo —dice el comandante.

—¡Oh, sí! Yo también. En Pearl Harbor—dice Waterhouse—. Lo había olvidado.

Parece que ése es el comentario más irritante que Waterhouse ha expresado en todo el día. El comandante debe invertir un momento en tranquilizarse.

—Esa banda se llama bachimaki.

—Oh.

—Imagínese esto, Waterhouse. El emperador se reúne con sus generales. Todos los generales superiores y almirantes de Nipón entran en la sala vestidos con los uniformes de gala y se inclinan solemnes ante el emperador. Han venido a informar sobre el progreso de la guerra. Cada uno de esos generales y almirantes lleva una hachimaki nueva sobre la frente.

Esas bachimaki llevan frases como «Soy un mierda» y «Como resultado de mi incompetencia personal han muerto doscientos mil de nuestros propios hombres» y «Le entregué a Nimitz los planes de Midway en bandeja de plata».

El comandante se detiene y atiende una llamada de teléfono para que Waterhouse pueda saborear esa imagen. Luego cuelga, enciende otro cigarrillo y continúa.

—Así es como sería para los nipos admitir en este punto de la guerra que tenemos Ultra.

Más anillos de humo. Waterhouse no tiene nada que decir. Así que el comandante sigue hablando.

—Compréndalo, hemos superado la línea divisoria de la guerra.

Ganamos Midway. Ganamos el norte de África. Stalingrado. La batalla del Atlántico. Todo cambia cuando superas la línea divisoria. Los ríos fluyen en dirección contraria. Es como si la misma fuerza de gravedad hubiese cambiado y ahora actuase a nuestro favor. Nos hemos adaptado a la situación. Marshall y Churchill y todos los demás siguen atrapados en una mentalidad obsoleta. Son defensores. Pero el General no es un defensor. De hecho, entre usted y yo, El General es terrible en la defensa, como demostró en Filipinas. El General es un conquistador.

—Bien —dice al fin Waterhouse—, ¿qué sugiere que haga con mi persona, dado que ya estoy en Brisbane?

—Estoy tentando de decirle que entre en contacto con el resto de los expertos en seguridad Ultra que Marshall envió antes que usted y formen un grupo de bridge —dice el comandante.

—No me gusta el bridge —contesta con amabilidad Waterhouse.

—Se supone que es un experto rompiendo códigos, ¿no?

—Exacto.

—Por qué no va a la oficina central. Los nipos tienen un billón de códigos diferentes y no los hemos roto todos.

—Ésa no es mi misión.

—No tiene que preocuparse de su jodida misión —dice el comandante

—. Me aseguraré de que Marshall crea que está cumpliendo su misión, porque si cree lo contrario, no nos dejará en paz. Así que está libre en lo que respecta a los de arriba.

—Gracias.

—Puede considerar que su misión está cumplida —dice el comandante

—. Felicidades.

—Gracias.

—Mi misión es dar una buena paliza a esos cabrones nipos, y todavía no se ha cumplido esa misión, y por tanto tengo otras cosas de qué ocuparme —responde el comandante.

—Entonces, ¿me acompaño yo mismo hasta la puerta? —pregunta Waterhouse.

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