Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 38 de 106

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Criptonomicon

Cracker

W aterhouse tiene que mantener un ojo en esa caja fuerte; Shaftoe está deseando volarla con explosivos potentes, y Chattan (que se lo ha prohibido firmemente) tiene la intención de enviarla de vuelta a Londres para que la abran expertos de los Edificios Broadway. Waterhouse sólo desea que le den otra oportunidad de abrirla, sólo para comprobar si puede hacerlo.

La posición de Chattan es la correcta. El Destacamento 2702 tiene una misión clara y especializada que casi con total certidumbre no incluye abrir cajas fuertes sacadas de submarinos. Ya puestos, para empezar no incluye meterse en submarinos abandonados para recuperar cajas fuertes, o cualquier otro dato criptográfico. Lo hicieron únicamente porque eran los únicos con autorización Ultra que se encontraban cerca, y la posición precaria del U-553 no dio tiempo a Bletchley Park para enviar a sus propios expertos. '

Pero el deseo de Waterhouse de abrir la caja por sí mismo no tiene nada que ver con la misión del Destacamento 2702, o sus propios deberes personales, o incluso, en particular, con ganar la guerra. Es algo que Lawrence Pritchard Waterhouse se siente compelido a hacer. No hay porqué. Incluso cuando colgaba del cable tendido entre el U-553 y la torpedera, castigado por las olas, el viento y la lluvia, con un brazo roto y la cabeza magullada, sin saber si podría regresar al barco o se hundiría en el Atlántico, recordaba el temblor infinitesimal recogido por las neuronas medio congeladas mientras sus dedos giraban el dial sumergido de la caja fuerte. Incluso cuando Enoch Root le curaba, Waterhouse construía un

modelo mental preliminar de cómo podrían estar dispuestos los seguros de la caja, visualizándolos en su mente. E incluso mientras el resto del Destacamento 2702 se desmorona en las literas, hamacas y bolsas de dormir alrededor de la capilla del Castillo Qwghlm, el entablillado y vendado Waterhouse recorre los pasillos de las mejores esquinas de ese edificio, buscando un par de hojas de afeitar usadas y un trozo de carbono.

Las hojas las encuentra en el cubo de la basura y el carbono lo roba del armario donde Ghnxh guarda la Lucifer Galvánica. Se lo lleva, más un bloque del tamaño de un ladrillo de pegamento endurecido y un soplete, a la capilla, donde duermen todos los demás. Los soldados rasos están en la nave, como conviene a los marines que son básicamente una organización naval. Los oficiales están en el crucero: Chattan tiene el brazo sur para él solo, Waterhouse y Root y los tenientes SAS y USMC, Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, tienen camas en el norte. Una pequeña porción del asombroso suministro de lona del Destacamento 2702 ha sido empleada para dividir el presbiterio, Bendito entre los Benditos, en el que en su época se guardaba el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Ahora contiene un receptor de radio superheterodino de quince válvulas Hallicrafters modelo S—27 que emplea avanzadas válvulas de vacío, capaces de sintonizar VHF desde los 27 a los 143 megahercios y recibir AM, FM, y OC y que incluye un indicador de potencia de la señal, lo que realmente les sería útil si aquí operase una estación de huffduff, que no opera.

Las luces están encendidas tras esas lonas y uno de los marines ronca sentado en una silla frente al altar. Waterhouse lo despierta y le envía a la cama. El marine está avergonzado; sabe que se supone que debía estar despierto, moviendo la antena de forma convincente.

La radio en sí casi no ha tenido uso; sólo la conectan cuando viene alguien de visita que no conoce el Secreto. Se queda aquí, en el altar, prístina, como si acabase de salir de la fábrica Hallicrafters en Chicago, Illinois. Todos los detalles elegantes del altar (si alguna vez los tuvo) hace tiempo que sucumbieron al fuego, a la podredumbre, al saqueo y a los colmillos afilados de los eskerries preocupados por construir sus nidos. Lo que queda es un monolito rectangular de basalto, sin rasgos externos excepto por las marcas de las herramientas que en su momento fueron

empleadas para extraerlo y darle forma. Es la base perfecta para el experimento de esta noche.

Waterhouse sube la caja fuerte hasta allí a coste de los discos y ligamentos de la base de su espalda. Tiene forma tubular, como un trozo de un cañón naval. La coloca sobre la parte trasera, de forma que la portezuela redondeada, con el disco en el centro, mire al cielo como un ojo ciego, las líneas radiales del disco aparentan ser las estilaciones del iris.

Tras el disco hay un montón de material mecánico que tiene completamente frustrado a Waterhouse, lo que le ha puesto en un estado frenético. Manipulando el disco de cierta forma, debería conseguir que el mecanismo se ajustase a una configuración que le permitiese abrir la puerta.

Es así de simple. Que la puerta siga cerrada es ultrajante. ¿Por qué el pequeño volumen en el interior de esta caja fuerte —mucho menos que un pie cúbico— tendría que ser tan diferente del espacio en el que se mueve Waterhouse? ¿Qué coño hay en su interior?

El pegamento parece ámbar defectuoso, con fallos y burbujas, pero aun así hermoso. Enciende el pequeño soplete y pasa la llama por uno de sus extremos. El pegamento se ablanda, se derrite y gotea sobre la puerta de la caja, cerca del disco, formando un pequeño charco del tamaño de un dólar de plata.

Actuando con rapidez, Waterhouse sitúa en el charco dos hojas de afeitar, hojas que peligrosamente miran hacia arriba, paralelas y a algo menos de una pulgada de distancia. Las sostiene durante unos momentos mientras el metal helado de la caja fuerte absorbe el calor del pegamento y lo vuelve a endurecer. Ha usado un par de palillos de dientes para asegurarse de que los bordes romos de las hojas no tocan la puerta de la caja; no quiere que haya conexión eléctrica entre ellas.

Suelda un cable a cada una de las hojas de afeitar y lleva los cables hasta el altar, donde está la radio. Luego toma un pequeño fragmento de carbono y lo coloca sobre las hojas, formando un puente sobre ellas.

Abre la parte de atrás de la radio y cambia algunos cables. En su mayor parte, ya están configurados tal y como los necesita; básicamente busca algo que convierta impulsos eléctricos en sonido y que envíe el sonido a los auriculares» que es lo que hace una radio. Pero la fuente de la señal ya no es un transmisor a bordo de un submarino, sino la corriente que fluye por uno

de los cables de Waterhouse, hasta la hoja de afeitar izquierda, atraviesa el puente de carbono, llega a la hoja derecha y regresa por el otro cable.

Le lleva algo de tiempo que todo esté tal y como quiere. Cuando se mete en un callejón sin salida y se frustra, va y mueve la antena durante un rato, fingiendo seguir un submarino. Luego se le ocurre una idea y vuelve al trabajo.

En algún momento del alba oye un chillido por los auriculares: un par de cálices de baquelita conectados por algo parecido a un primitivo instrumento quirúrgico, unidos a la radio con un par trenzado de cables negros y rojos. Baja el volumen y se pone los auriculares.

Alarga la mano, toca la caja con la yema de un dedo y oye un ruido sordo y doloroso en los oídos. Desliza la yema sobre la superficie fría de metal y oye un sonido áspero. Cualquier vibración hace que el puente de carbono tiemble sobre las hojas de afeitar, abriendo y cerrando la conexión, modulando la corriente eléctrica. Las hojas y el carbono forman un micrófono, y el micrófono funciona, casi demasiado bien.

Aparta la mano de la caja y se sienta a escuchar durante un rato. Puede oír las pisadas de los eskerries recorriendo las raciones del destacamento.

Puede oír el impacto de las olas en la costa, a millas de distancia, y el golpe de las ruedas lisas del Taxi en los baches de la Carretera. ¡Suena a que el Taxi tiene un pequeño problema de alineación! Puede oír el restregar, restregar de Margaret limpiando el suelo de la cocina, y unas ligeras arritmias en los latidos de los soldados, y el retumbar de los glaciares que se desmoronan en la costa de Islandia, y el zumbido de ardilla de las apresuradas hélices de los convoyes que se aproximan. Lawrence Pritchard Waterhouse está conectado al Universo de un modo que excede incluso lo que Bletchley Park puede ofrecer.

El centro de ese universo en particular es la Caja Fuerte del U-553, y su eje e atraviesa el centro del Disco, y ahora Waterhouse le ha puesto la mano encima. Pone el volumen al mínimo antes de tocar nada para no hacer estallar sus oídos. El Disco gira pesado pero con facilidad, como si estuviese montado sobre cojinetes de gas. Aun así, hay una fricción mecánica que no es perceptible para los dedos congelados de Waterhouse, pero que sale de los auriculares como un deslizamiento rocoso.

Cuando el seguro se mueve, parece como si Waterhouse estuviese dándole al cerrojo principal de la Puerta del Infierno. Le lleva un poco de tiempo, y algunos comienzos en falso, descubrir dónde está; no sabe cuántos números tiene la combinación, o en qué dirección debe girar el disco. Pero experimentando un poco, comienza a aparecer una estructura, y con el tiempo deduce la siguiente combinación: 23 derecha, 37 izquierda, 7

derecha, 31 izquierda, 13 derecha y luego se produce un chasquido realmente potente y sabe hasta la médula que puede quitarse los auriculares.

Da la vuelta a una ruedecilla montada cerca del disco. Eso retira los pestillos que han mantenido cerrada la puerta. La abre, con cuidado para no cortarse la mano con las hojas de afeitar, y mira al interior.

La sensación de decepción que acompaña a ese acto no tiene nada que ver con el contenido de la caja. Siente decepción porque ha resuelto el problema, y ha regresado al estado base de aburrimiento e irritación de bajo nivel que siempre le asalta cuando no está haciendo algo que es preciso hacer intrínsecamente, como abrir una combinación o romper un código.

Mete el brazo hasta el fondo de la caja y encuentra un objeto de metal como del tamaño de un panecillo de perrito caliente. Sabía que estaría allí, porque, como niños que investigasen un regalo envuelto los días previos a Navidad, han estado agitando la caja de un lado a otro, y al hacerlo oyeron algo deslizándose de un lado a otro —haciendo tin, ton, tin, ton— y se preguntaron qué sería.

El objeto está tan frío, y absorbe con tanta eficacia el calor de su mano, que le duele al tocarlo. Agita la mano para recuperar la circulación, luego agarra el objeto, lo saca con rapidez y lo tira sobre el altar. Rebota una vez, dos, con un movimiento oscilante, y tañe al hacerlo; lo más cercano a un sonido musical que ha agitado el aire de la capilla desde hace siglos. Reluce llamativamente bajo las luces eléctricas que han montado alrededor del presbiterio. La luz brillante llama la atención de Waterhouse, que ha estado viviendo en el gris y nublado Qwghlm durante semanas, vistiendo y durmiendo en cosas que son negras, caqui J verde oliva.

El objeto le hipnotiza, simplemente por su brillo y belleza frente al apagado y basto basalto, incluso antes de que su mente lo identifique como un lingote de oro sólido.

Es un pisapapeles cojonudo, lo que está bien, porque si la capilla tiene algo son corrientes de aire, y el contenido importante de la caja consiste en hojas de papel cebolla que salen volando bajo la brisa más tenue. Las páginas están pautadas con pálidas líneas horizontales y verticales, que dividen cada una de las hojas en una rejilla, y las rejillas están llenas de letras escritas a mano en grupos de a cinco.

—¡Bien, mira lo que ha encontrado! —dice una voz tranquila.

Waterhouse levanta la vista para enfrentarse a la inquietante mirada de calma y tranquilidad de Enoch Root.

—Sí. Mensajes cifrados —dice Waterhouse—. No es Enigma.

—No —dice Root—. Me refería a la Raíz de Todos los Males, esto. —

Intenta coger el lingote de oro, pero se le resbala entre los dedos. Lo coge con mayor firmeza y lo separa del altar. Algo le llama la atención y lo mueve bajo una de las luces eléctricas, frunciendo el ceño al mirarlo con la concentración crítica de un cortador de diamantes.

—Tiene grabados caracteres Hanzi —dice Root.

—¿Perdone?

—Chinos o japoneses. No, chinos, aquí está la marca de un banco en Shanghái. Y hay algunas cifras, la pureza y el número de serie. —

Demuestra un inesperado conocimiento sobre esas cosas tratándose de un sacerdote misionero.

Hasta este momento, el lingote de oro no ha significado nada para Waterhouse; no es más que una muestra grande de un elemento químico, como una plomada o un frasco de mercurio. Pero el hecho de que pueda transmitir información es bastante interesante. Definitivamente tiene que ponerse en pie y echarle un vistazo. Root tiene razón: el lingote ha sido cuidadosamente marcado con pequeños caracteres orientales, aplicados con un sello. Las diminutas facetas de los ideogramas relucen bajo la luz, y hacen destellar el hueco entre las dos mitades del eje.

Root deja el lingote sobre el altar. Se dirige a la mesa donde tienen el papel y coge una hoja de papel cebolla y un lápiz. De nuevo en el altar, pone la frágil página sobre el lingote y luego le pasa por encima el lápiz, volviéndola completamente negra excepto allí donde hay números y caracteres. En unos momentos tiene una muestra perfecta de la inscripción

en todo detalle. Dobla la hoja y se la mete en el bolsillo, devuelve el lápiz a la mesa.

Waterhouse hace tiempo que ha vuelto al examen de las hojas de la caja.

Los números han sido escritos todos por la misma mano. Ahora bien, como sacaron muchos otros papeles de entre las aguas que anegaban el camarote del capitán del submarino, Waterhouse puede reconocer su letra con facilidad: otra persona escribió las hojas.

El formato del mensaje deja bien claro que no se cifró con una máquina Enigma. Los mensajes Enigma siempre se inician con dos grupos de tres letras cada uno, que le indican al receptor cómo situar los rotores de su máquina. Esos grupos faltan en todas las hojas, así que debe haberse usado algún otro sistema de cifrado. Como cualquier otra nación moderna, Alemania dispone de una plétora de sistemas de cifrado diferentes, algunos basados en libros y otros en máquinas. Bletchlev Park ha roto la mayoría de ellos.

Aun así, parece un ejercicio interesante. Ahora que ha llegado el resto del Destacamento 2702, lo que hace imposible posteriores citas con Margaret, Waterhouse no tiene nada que hacer. Intentar romper el código empleado en esas hojas será el puzzle perfecto para llenar el amplio vacío abierto tan pronto como Waterhouse rompió la combinación de la caja.

Roba un poco de papel para sí, se sienta frente al escritorio y se ocupa durante una o dos horas en copiar el texto cifrado de las páginas del capitán, comprobando por duplicado y triplicado cada uno de los grupos para asegurarse de que tiene una copia exacta.

Por una parte, es un verdadero incordio. Por otra, le da una oportunidad de repasar a mano el texto cifrado, en el nivel más bajo posible, lo que podría serle útil luego. El talento inefable de encontrar estructuras en el caos no puede actuar a menos que se sumerja primero en el caos. Si contiene ciertas estructuras, no las aprecia ahora mismo, por cualquier método racional. Pero puede que haya alguna parte subracional de su mente que se pueda poner a trabajar, ahora que las letras han pasado frente a sus ojos y a través del lápiz, y puede que, de pronto, le presente una pista envuelta para regalo —o incluso una solución— dentro de unas semanas cuando se esté afeitando o esté moviendo la antena.

Desde hace un rato es ligeramente consciente de que Chattan y los otros están despiertos. No se permite la entrada de soldados en el presbiterio, pero los oficiales se reúnen allí para admirar el lingote de oro.

—¿Rompiendo el código, Waterhouse? —dice Chattan, acercándose tranquilamente al escritorio mientras se calienta las manos con una taza de café.

—Haciendo una copia en limpio —dice Waterhouse y luego, porque no carece de algo de astucia, añade—: por si el original resulta destruido en el trayecto.

—Muy prudente —admite Chattan—. Dígame, no escondería un segundo lingote de oro, ¿verdad?

Waterhouse lleva el tiempo suficiente entre militares para no morder el anzuelo.

—La serie de sonidos emitidos cuando agitamos la caja de un lado a otro indicaba que no había más que un objeto pesado en su interior, señor.

Chattan ríe y toma un sorbo de café.

—Me interesará ver si puede romper el cifrado, teniente Waterhouse.

Estoy tentado de apostar dinero.

—Se lo agradecería, pero sería una mala apuesta, señor —contesta Waterhouse—. Es muy probable que Bletchley Park ya haya roto este código, sea cual sea.

—¿Qué le hace decir tal cosa? —pregunta Chattan con voz ausente.

La pregunta es tan tonta viniendo de un hombre en la posición de Chattan que Waterhouse se queda desorientado.

—Señor, Bletchley Park ha roto casi todos los códigos militares y gubernamentales de los alemanes.

Chattan adopta una expresión de decepción fingida.

—¡Waterhouse! Qué poco científico. Está haciendo suposiciones.

Waterhouse se lo piensa e intenta desentrañar el sentido de ese comentario.

—¿Cree que el cifrado podría no ser alemán? ¿O que podría no pertenecer al gobierno o los militares'?

—Simplemente le prevengo contra las suposiciones —dice Chattan.

Waterhouse sigue pensando en esto último cuando se les acerca el teniente Robson, el oficial al mando del pelotón SAS.

—Señor —dice—, para beneficio del personal en Londres, nos gustaría saber la combinación.

—¿La combinación? —pregunta Waterhouse en blanco. Esa palabra, fuera de contexto, podría significar casi cualquier cosa.

—Sí, señor —dice Robson con precisión—. La de la caja.

—¡Oh! —dice Waterhouse. Le irrita ligeramente que le planteen semejante pregunta. No parece tener demasiado sentido apuntar la combinación cuando el equipo necesario para romper la caja está justo allí.

Es mucho más importante disponer de un algoritmo para romper cajas fuertes que disponer de una solución en particular al problema de abrir la caja—. No la sé —dice—. La olvidé.

—¿La olvidó? —dice Chattan. Lo dice en beneficio de Robson quien parece morderse la lengua de forma violenta—. ¿Por casualidad no la escribiría antes de olvidarla?

—No —dice Waterhouse—. Pero recuerdo que estaba compuesta por completo de números primos.

—¡Bien! ¡Eso restringe el problema! —dice Chattan con alegría. Pero Robson no parece aliviado.

—Y en total había cinco números, lo que es interesante porque…

—¡Porque cinco es un número primo! —dice Chattan. Una vez más, a Waterhouse le alegra ver que el oficial al mando muestra señales de una adecuada y cara educación.

—Muy bien —anuncia Robson por entre los dientes apretados—.

Informaré a los destinatarios.

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