Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 46 de 106

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Criptonomicon

Kanfort

L os hombres que creen que consiguen algo hablando hablan de una forma diferente a la de aquellos hombres que creen que hablar es una pérdida de tiempo. Bobby Shaftoe ha adquirido muchos de sus conocimientos prácticos —cómo arreglar un coche, trocear un ciervo, lanzar una espiral, hablar con una dama, matar a un nipo— de ese segundo tipo de hombres. Para ellos, intentar hacer algo hablando es como intentar clavar un clavo con un destornillador. En ocasiones, incluso puedes ver que la desesperación se extiende sobre los rostros de hombres así, cuando se oyen hablar a sí mismos.

Los hombres del otro tipo —los que usan el habla como una herramienta de trabajo, que muestran seguridad y fluidez— no son necesariamente más inteligentes o más cultos. A Shaftoe le llevó mucho tiempo descubrirlo.

En todo caso, todo estaba perfectamente claro en la mente de Bobby Shaftoe hasta que conoció a dos de los hombres del Destacamento 2702: Enoch Root y Lawrence Pritchard Waterhouse. No sabría decir exactamente qué le incordia de esos dos. Durante las semanas que pasaron juntos en Qwghlm, invirtió mucho tiempo en oírles hablarse el uno al otro, y empezó a sospechar que podría haber una tercera categoría de hombres, un tipo tan raro que Shaftoe nunca había conocido ninguno hasta ahora.

No se anima a los oficiales a confraternizar con soldados rasos y suboficiales, lo que ha dificultado a Shaftoe el continuar con sus investigaciones. Pero en ocasiones, las circunstancias reúnen a los rangos de forma aleatoria. El ejemplo perfecto sería ese vapor de Trinidad.

¿De dónde sacan estos artefactos?, se pregunta Shaftoe. ¿Tiene el gobierno de Estados Unidos un montón de vapores de Trinidad anclados en algún sitio por si se da el caso de que uno de ellos sea necesario?

No lo cree. Ése en particular muestra señales de un cambio reciente y apresurado de propiedad. Es una mina de pornografía amarillenta, harapienta y multiétnica, alguna perfectamente normal y otra tan exótica que al principio creyó que eran textos médicos. Hay mucho papeleo perdido en el puente y en ciertos camarotes, que en su mayoría Shaftoe sólo ve por el rabillo del ojo porque esas zonas tienden a ser el domino de los oficiales.

Las literas todavía contienen el pelo púbico negro y rizado de sus predecesores, y los armarios están escasamente provistos de exóticos alimentos caribeños, que en su mayoría se están pudriendo a gran velocidad. La bodega está abarrotada con fardos y fardos de un material fibroso marrón y basto, materia prima para salvavidas o panecillos de salvado, supone él.

A ninguno de ellos les importa demasiado, porque el Destacamento 2702 se ha estado congelando el culo en el Lejano Norte desde que abandonaron Italia hace unos meses, y ahora, mira qué cosas, corren por ahí sin camisa. Bastó con un pequeño viaje en avión, y se encontraban en las balsámicas Azores. Allí nada de descanso y diversión, fueron directamente desde el campo de aviación al barco de Trinidad, en medio de la noche, ocultos bajo lonas en el camión cubierto. Pero incluso el aire cálido que entraba bajo las lonas les parecía un masaje exótico en un burdel tropical. Y

una vez que se alejaron bien del puerto, se les permitió subir a cubierta y tomar algo el sol.

Eso ofrece a Bobby Shaftoe la oportunidad de iniciar un par de conversaciones con Enoch Root, en parte porque sí y en parte para poder intentar descubrir cómo es eso de la tercera categoría de hombres. Los progresos son lentos.

—No me gusta la palabra «adicto» porque tiene connotaciones terribles

—dice Root un día, mientras toman el sol—. En lugar de asignarte una etiqueta, los alemanes te llamarían Morphiumsüchtig. El verbo suchen significa buscar. Así que podría traducirse, libremente, como «busca morfina» o de forma aún más libre «buscador de morfina». Prefiero

«buscador» porque significa que tienes la inclinación a buscar morfina.

—¿De qué coño habla? —dice Shaftoe.

—Bien, supón que tienes un tejado con un agujero. Eso significa que es un tejado con goteras, incluso si no llueve en ese momento. Pero sólo gotea cuando resulta que llueve. De la misma forma, buscador de morfina significa que siempre tienes la tendencia a buscar morfina, incluso si no la estás buscando en este momento. Prefiero esos términos en lugar de

«adicto» porque modifica a Bobby Shaftoe en lugar de un adjetivo que elimina a Bobby Shaftoe.

—¿Qué quiere decir? —pregunta Shaftoe. Lo pregunta porque está esperando que Root le dé una orden, que es normalmente lo que los hombres de tipo hablador acaban haciendo después de parlotear un rato.

Pero no parece que vaya a llegarle ninguna orden, porque ésa no es la intención de Root. A Root simplemente le apetece hablar de palabras. Los individuos del SAS llaman a esa actividad meneársela.

Shaftoe tuvo muy poco contacto directo con ese tal Waterhouse durante la estancia en Qwghlm, pero notó que los hombres que acababan de terminar de hablar con Waterhouse tendían a alejarse agitando la cabeza, no de la forma lenta para decir «no», sino de la forma convulsa de un perro que tiene una mosca en la oreja. Waterhouse nunca da órdenes directas, así que los hombres de la primera categoría no saben qué hacer con él. Pero aparentemente a los hombres de la segunda categoría no les va mucho mejor; tales hombres normalmente hablan como si tuviesen una lista en la cabeza y fuesen tachando elementos al hablar, pero la conversación de Waterhouse no se dirige a ningún lugar en particular. No habla como forma de decirte un montón de cosas que ya ha decidido, sino como forma de idear un montón de cosas nuevas mientras habla. Y siempre parece tener la esperanza de que te unas a él. Lo que nadie hace jamás, excepto Enoch Root.

Después de llevar un día en el mar, el capitán (capitán de fragata Eden, el mismo pobre hijo de puta que recibió la tarea de estrellar su buque anterior contra Noruega) sale tambaleándose de su camarote, haciendo uso de todos los agarres y barandas a mano. Anuncia tragándose las palabras que desde ese momento, según las Órdenes desde lo Alto, todos los que suban a cubierta deben vestir jerséis de cuello alto, guantes negros y pasamontañas negros bajo el resto de la ropa. Se entregan esos artículos a

los hombres. Shaftoe consigue cabrear de las buenas al capitán al preguntarle tres veces si está seguro de que ésa es la letra de la orden. Una de las razones por las que Shaftoe está tan bien considerado entre el resto de los soldados es que sabe cómo plantear esas preguntas sin violar técnicamente las reglas de la etiqueta militar. El capitán, para su crédito eterno, no se limita a hacer uso del rango y gritarle. Se lleva a Shaftoe a su camarote y le muestra un manual del Ejército cubierto de caqui, impreso en letras de molde negras.

IMITACIÓN TÁCTICA DE NEGROS

VOLUMEN III: NEGROS DEL CARIBE

Es una orden bastante interesante, incluso en lo que se refiere al Destacamento 2702. La borrachera del capitán de fragata Eden también es perturbadora —no el hecho de que esté borracho, sino ese tipo de borrachera en particular—, el tipo de borrachera de, digamos, un soldado de la Guerra Civil que sabe que el cirujano va a cortarle el fémur con una sierra.

Después de que Shaftoe haya terminado con la tarea de repartir los jerséis, guantes y pasamontañas a los hombres, y les haya dicho que se calmen y que vuelvan a realizar los ejercicios de salvamento, encuentra a Root en lo que pasa por enfermería. Porque ha llegado a la conclusión de que es hora de tener una de esas conversaciones abiertas en las que intentas descubrir un montón de cosas; Root es su hombre.

—Sé que espera que le pida morfina, pero no voy a hacerlo —dice Shaftoe—. Simplemente quiero hablar.

—Oh —dice Root—. ¿Debo ponerme entonces el sombrero de capellán?

—Soy un jodido protestante. Puedo hablar yo mismo con Dios cuando me dé la real gana.

Root está sorprendido y desconcertado por el arranque de hostilidad de Shaftoe.

—Bien, ¿de qué quieres que hablemos, sargento?

—Esta misión.

—Oh, no sé nada sobre la misión.

—Bien, entonces intentemos deducirlo —dice Shaftoe.

—Pensé que se suponía que te limitabas a seguir órdenes —dice Root.

—Las seguiré muy bien.

—Sé que lo harás.

—Pero mientras tanto tengo mucho tiempo libre, así que bien puedo usarlo para descubrir qué coño está pasando. Bien, el capitán dice que debemos vestirnos así si subimos a cubierta, donde pueden vernos. Pero ahí fuera, ¿quién cojones va a vernos?

—¿Un avión de reconocimiento?

—Los alemanes no tienen aviones de reconocimiento, no aquí.

—¿Otro barco? —pregunta retórico Root, metiéndose en el espíritu de la conversación.

—Nosotros los veremos al mismo tiempo que ellos, lo que nos daría tiempo de sobra para ponernos esta mierda.

—Entonces, al capitán deben preocuparle los submarinos.

—Bingo —dice Shaftoe—, porque un submarino podría vernos por el periscopio, y nunca sabríamos que nos observan.

Pero ese día no avanzan demasiado en el intento de descubrir las cuestiones más profundas de por qué los oficiales al mando quieren que parezcan negros a ojos de los capitanes de submarinos alemanes.

Al día siguiente, el capitán se planta en el puente, donde evidentemente desea vigilar cómo van las cosas. Parece estar menos borracho, pero no más feliz. Viste una colorida camisa de manga corta de algodón sobre un jerséi de cuello alto y manga larga, y sandalias sobre calcetines negros. De vez en cuando se pone los guantes negros y el pasamontañas y va a ojear el horizonte con los binoculares.

El barco sigue rumbo al oeste durante unas horas después de la salida del sol, luego vira al norte durante un rato, luego se dirige al este durante una hora, y luego al norte de nuevo, y al final regresa al oeste. Están buscando algo, y el capitán de fragata Eden no parece tener demasiadas esperanzas en encontrar lo que sea que están buscando. Shaftoe realiza otro ejercicio con los botes salvavidas, luego los comprueba en persona, asegurándose de que están abundantemente aprovisionados.

Como al mediodía, un vigía grita. El barco cambia de rumbo, digiriéndose más o menos hacia el noroeste. El capitán sale del puente y, con aire sepulcral de que la cosa es definitiva, le entrega a Bobby Shaftoe una caja de betún marrón y un sobre cerrado conteniendo órdenes detalladas.

Minutos más tarde, los hombres del Destacamento 2702, por orden del sargento Shaftoe, se quedan en calzoncillos y comienzan a cubrirse el cuerpo de betún. Ya tienen su propio Kanfort, que les han ordenado ponerse en el pelo si éste no es negro. Sólo un ejemplo más de cómo los militares joden a los pequeños: el Kanfort no es gratis.

—¿Ya tengo aspecto de negro? —pregunta Shaftoe a Root.

—He viajado un poco —dice Root—, y a mí no me pareces un negro.

Pero a un alemán que nunca ha visto un negro de verdad, y que mira por un periscopio... ¿qué demonios? —Luego—: ¿Debo asumir que ya has deducido de qué va la misión?

—He leído las putas órdenes —dice Shaftoe con cautela.

Se dirigen hacia un barco. A medida que se acercan, Shaftoe lo examina con un catalejo prestado, y se queda perplejo, pero no demasiado sorprendido, al comprobar que no es un barco sino dos barcos uno al lado del otro. Los dos barcos tienen las largas líneas fatales de los submarinos pero uno de ellos es más ancho, y supone que es un submarino nodriza.

Bajo los pies, siente que el motor va parándose. La quietud súbita, y la pérdida palpable de momento y potencia, no son nada tranquilizadoras.

Tiene la misma sensación de mareo, eléctrica, nauseabunda y hiperactiva que siempre convierte el combate en una experiencia tan estimulante.

Durante la guerra el vapuleado vapor de Trinidad ha navegado hasta ahora por las aguas del Atlántico sin incidentes, corriendo entre puertos africanos y caribeños, y en ocasiones aventurándose hasta las Azores. Quizá de vez en cuando lo haya visto algún submarino de patrulla y no lo ha considerado digno de malgastar un torpedo. Pero hoy le ha cambiado la suerte, para mal.

Ha conseguido, por pura suerte, colocarse frente a un nodriza, un submarino de suministro de la Kriegsmarine del Tercer Reich. La tripulación habitualmente garbosa de negros color betún del vapor se ha reunido en las

barandas para admirar esa visión peculiar: dos naves atadas juntas en medio del océano, sin ir a ninguna parte. Pero a medida que se acercan, comprenden que una de las naves es un asesino y que la otra exhibe la bandera de batalla de la Kriegsmarine. Demasiado tarde, apagan los motores.

Durante más o menos un minuto estalla la confusión —puede que para los negros de baja graduación se trate de un espectáculo, pero los negros inteligentes en el puente saben que tienen problemas—, han visto algo que no deberían haber visto. ¡Viran al sur e intentan huir! Durante una hora surcan desesperados los mares. Pero les persigue implacable un submarino, cortando las olas como un cuchillo. El submarino tiene la antena desplegada, escuchando las frecuencias habituales, y oye al vapor de Trinidad activar la radio y enviar un SOS. Es un flujo corto de puntos y rayas, el vapor emite su posición, y también la del nodriza, y al hacerlo envía también su propia sentencia de muerte.

¡Molestos untermenschen! ¡Ahora sí que la han fastidiado! No pasarán ni veinticuatro horas antes de que los aliados encuentren y hundan el nodriza. Hay también buenas posibilidades de que en el follón caigan también algunos submarinos alemanes. No es una buena forma de morir, perseguido por el océano durante varios días, sufriendo la muerte por un millar de cortes por los bombardeos. Cosas como ésas son las que hacen comprender al Obertorpedomaat normal y corriente la sabiduría del plan del Führer de correr por ahí matando a todos los que no sean alemanes.

Mientras tanto, el típico Kapitänleutnant debe estar preguntándose:

¿cuáles son las putas probabilidades de que un vapor de Trinidad encuentre por casualidad un nodriza en la inmensidad del océano Atlántico?

Probablemente podamos deducirlo, dados los datos correctos: N = número de negros por kilómetro cuadrado

n

N = número de submarinos nodrizas

s

A = Área del océano Atlántico

A

... y demás. Pero aguarda un momento, ni los negros ni los nodrizas se distribuyen al azar, así que el cálculo se vuelve inmensamente más complicado. Demasiado complicado para que se preocupe de él un

Kapitänleutnant, especialmente cuando está muy ocupado intentando causar una reducción dramática de N .n

Un disparo desde la cubierta del submarino atraviesa la proa del vapor de Trinidad y lo detiene. Los negros se reúnen en cubierta, pero vacilan, sólo por un momento, en lanzar los botes salvavidas. Quizá los alemanes les den un respiro.

La típica idea sentimental y chapucera de los untermenschen. Los alemanes los han detenido, por lo que deberían esperar recibir un torpedo.

Tan pronto como lo comprenden, los negros ejecutan un descenso impresionante de los botes salvavidas. Y es todavía más impresionante que tengan botes salvavidas para todos, pero la facilidad tranquila y práctica con la que los lanzan y se suben a ellos es fenomenal. Es suficiente para que un oficial naval alemán reconsidere, durante un momento, su opinión sobre las limitaciones de los negritos.

¡Es un ataque con torpedo de libro de texto! El torpedo se envía por debajo y al pasar bajo el barco, el circuito de detonación detecta un cambio en el campo magnético y dispara el explosivo, rompiendo limpiamente la quilla, partiéndolo, y mandándolo al fondo a una velocidad increíble.

Durante cinco o diez minutos; fardos de material marrón saltan del agua, saliendo de la bodega de carga mientras el barco se hunde. Dota a la escena de un aire inesperadamente festivo.

Algunos capitanes de submarinos no tendrían demasiados reparos en ametrallar a los supervivientes, sólo por liberar tensiones.

Pero al mando está el Kapitänleutnant Günter Bischoff, que todavía no es miembro del Partido Nazi y probablemente nunca lo será.

Por otra parte, Bischoff está metido en una camisa de fuerza y completamente drogado.

Al mando en funciones del submarino se encuentra el Oberleutnant zur See Karl Beck. Es miembro activo del Nacional Socialismo y, en otras circunstancias, podría estar a favor de un poco de ametrallamiento punitivo, pero ahora mismo está agotado y bastante conmocionado. Es extremadamente consciente de que es muy probable que no viva demasiado ahora que se ha informado de su posición.

Así que no lo hace. Los negros saltan de los botes salvavidas y nadan hacia los fardos, y se agarran a ellos dejando sólo la cabeza fuera del agua,

conscientes de que llevará una eternidad cazarlos a todos. OL Beck sabe que los Liberators y los Catalinas ya están en el aire y vienen en dirección a ellos, así que tiene que alejarse a toda prisa. Como tiene combustible de sobra, decide dirigirse al sur durante un tiempo, planeando volver al norte en un día o dos, cuando es posible que la costa esté un poco más despejada.

Es la jugada que ejecutaría KL Bischoff si no se hubiese vuelto loco, y a bordo todos respetan al viejo hasta el infinito.

Salen a la superficie, lo que hacen siempre que no están intentado hundir un convoy, para poder enviar y recibir mensajes de radio. Beck le pasa uno al Oberfunkmaat Huffer, explicando lo que acaba de suceder, y Huffer se lo pasa a uno de sus Funkmaats, que se sienta frente a la máquina Enigma del U-691 y lo cifra usando la clave del día; luego lo envía por radio.

Una hora más tarde, reciben respuesta, directamente desde el Mando de Submarinos en Wilhelmshaven y cuando el Funkmaat lo pasa por la Enigma, lo que sale es: CAPTURE A LOS OFICIALES

SUPERVIVIENTES.

Es el típico ejemplo de orden militar: si hubiese llegado en su momento habría sido muy fácil obedecerla, pero ahora que están a una hora de distancia será extremadamente difícil y peligrosa. La orden no tiene mayor sentido y no se hace ningún intento de aclararla.

Dado el retraso de tiempo, Beck asume que puede salir de ésta esforzándose a medias. Realmente debería darse la vuelta y acercarse a los restos que flotan sobre la superficie, lo que sería más rápido, pero también sería prácticamente un suicidio. Por tanto, en lugar de eso, cierra las escotillas y desciende a profundidad de periscopio a medida que se acercan.

Reduce la velocidad del submarino a siete nudos, así que les lleva tres horas regresar al atolón de fardos marrones flotantes que marcan el punto de hundimiento.

Bien hecho, la verdad, porque allí hay otro puto submarino, recogiendo supervivientes. Es un submarino de la Marina Real.

Es tan extraño que pone de punta el vello de la nuca de Beck; y allí tiene mucho pelo, porque, como la mayoría de los marinos de submarinos, Beck lleva semanas sin afeitarse. Pero no es tan extraño que no pueda arreglarse con un torpedo en el sitio justo. Segundos más tarde el submarino

explota como una bomba; el torpedo debe de haber dado en la santabárbara.

La tripulación y la mayoría de los negros rescatados están atrapados en su interior, y no tienen ninguna posibilidad de salir incluso si han sobrevivido a la explosión. El submarino desaparece de la superficie del océano como los restos del Hindenburg cayendo sobre New Jersey.

— Gott in Himmel —murmura Beck, observando la escena por el periscopio. Ha estado encantado por el éxito, hasta recordar que tiene órdenes específicas, y que matar a todos los que viese no era una de ellas.

¿Habrá supervivientes que pueda recoger?

Lleva el submarino a la superficie y sube a la torrecilla con sus oficiales. Lo primero que hace es observar el cielo en busca de Catalinas.

No encuentra ninguno, sitúa un vigía y comienza a dirigir el submarino por entre el mar de fardos, que a estas alturas se ha dispersado hasta ocupar al menos un kilómetro cuadrado. Está oscureciendo y tienen que usar los reflectores.

Las perspectivas parecen deprimentes hasta que el reflector encuentra un superviviente, no más que una cabeza, hombros y un par de brazos agarrados a la cuerda de un fardo. El superviviente no se mueve o responde al acercarse, y no es hasta que una ola vira el fardo que queda claro que los tiburones se han comido lo que quedaba por debajo del plexo solar del hombre. La visión amordaza incluso a esa tripulación de duros asesinos. En el silencio subsiguiente, oyen una conversación en voz baja. Buscando un poco más, encuentran a dos hombres, evidentemente tipos parlanchines, que comparten un fardo.

Cuando la luz llega a ellos, uno de los negros se suelta del fardo y se sumerge bajo la superficie. El otro se limita a mirar expectante y con calma a la luz. Los ojos de ese negro son pálidos, casi incoloros, y también tiene problemas de piel: algunas zonas se están volviendo blancas.

Al acercarse, el negro de ojos pálidos le habla en un alemán perfecto:

—Mi camarada intenta ahogarse por su propia voluntad —explica.

—¿Es posible tal cosa? —pregunta el Kapitänleutnant Beck.

—Él y yo estábamos planteándonos esa misma pregunta.

Beck mira el reloj.

—La verdad es que debe de tener muchas ganas de morir —dice.

—El sargento Shaftoe se toma sus obligaciones muy en serio. Es irónico. Su cápsula de cianuro se ha disuelto en el agua.

—Me temo que para mí toda ironía se ha vuelto tediosa y deprimente —

dice Beck, mientras un cuerpo llega a la superficie. Es Shaftoe y parece estar inconsciente.

—¿Usted es?—pregunta Beck.

—Teniente Enoch Root.

—Se supone que sólo debo capturar a los oficiales —dice Beck, mirando con ojos fríos la espalda de sargento de Shaftoe.

—El sargento Shaftoe tiene responsabilidades excepcionalmente amplias —dice el teniente Root con calma—, en muchos aspectos superando a los oficiales de menor rango.

—Cogedlos a los dos. Traed la caja de medicinas. Revivid al sargento

—dice Beck—. Hablaré con usted más tarde, teniente Root. —Y a continuación da la espalda a los prisioneros, y se dirige a la escotilla más cercana. Va a pasar la siguiente semana poniendo todo su empeño en sobrevivir, a pesar de los mejores esfuerzos de la Marina Real y de la Marina de Estados Unidos. Va a ser un desafío más que interesante. Debería estar pensando en una estrategia. Pero no puede sacarse de la cabeza la imagen de la espalda del sargento Shaftoe. ¡Seguía teniendo la puta cabeza bajo el agua! Si no lo hubiesen sacado, habría conseguido ahogarse. Así que era posible. Al menos en el caso de una persona en particular.

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