Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 65 de 106

Páginas del PDF

Criptonomicon

Inri

G oto Dengo yace tendido durante seis semanas sobre un jergón tejido con juncos, bajo un cono blanco antimosquitos que se agita con la brisa que entra por las ventanas. Cuando hay un tifón, las enfermeras cierran las ventanas con postigos de madreperla, pero en general se las deja abiertas noche y día. Más allá de la ventana se ve una inmensa escalera tallada en el lateral de una montaña verde. Cuando les da el sol, el arroz nuevo de esas terrazas emite su fluorescencia; una luz verde penetra en la habitación como si se tratase de llamas. Puede ver a personitas dobladas vestidas con ropas coloridas trasplantando plántulas de arroz y manoseando el sistema de irrigación. Las paredes de su habitación son de yeso color crema atravesadas por deltas de grietas, como los vasos sanguíneos en la superficie de un globo ocular. El único elemento decorativo es un crucifijo tallado en madera de napa con una serie de detalles casi maníaca. Los ojos de Jesús son esferas lisas sin pupilas ni iris, como en las estatuas romanas.

Cuelga algo ladeado en el crucifijo, los brazos extendidos, los ligamentos probablemente ya separados de sus puntos de unión, las piernas torcidas, rotas por los golpes con los palos de las lanzas romanas, incapaces de soportar el peso del cuerpo. Un clavo triste y oxidado atraviesa cada palma, y un tercero se basta para los pies. Goto Dengo aprecia después de un rato que el escultor ha dispuesto los tres clavos en un triángulo equilátero perfecto. Él y Jesús pasan muchas horas y días mirándose el uno al otro a través del velo blanco que cuelga sobre la cama: cuando éste se agita por el impulso de la brisa de la montaña, Jesús parece moverse. Un pergamino abierto está fijado en la parte alta del crucifijo; dice I.N.R.I. Goto Dengo

pasa mucho tiempo intentado descifrarlo. ¿Inoportunamente Necesito

Rápidamente algo? ¿Iniciar de Inmediato la Retirada de Clavos?[25]

El velo se abre y una joven perfecta con un severo hábito blanco y negro se planta en el hueco, radiante bajo la luz verde que viene de las terrazas, portando un cuenco de agua vaporosa. Ella le retira la bata de hospital y comienza a lavarle con la esponja. Goto Dengo señala el crucifijo y pregunta por él: quizá la mujer haya aprendido un poco de nipones. Si le escucha, no da muestras de ello. Probablemente esté sorda o loca, o ambas cosas; los cristianos son famosos por la forma en que adoran a las personas defectuosas. Su mirada está fija en el cuerpo de Goto Dengo, que limpia con cuidado pero de forma implacable, una porción del tamaño de un sello de correos cada vez. La mente de Goto Dengo sigue jugándole malas pasadas y, al mirar su torso desnudo, por un momento cree estar mirando el cuerpo clavado de Jesús. Le sobresalen las costillas y su piel es un mapa abarrotado de llagas y cicatrices. Es imposible que ahora valga para nada;

¿por qué no le envían de vuelta a Nipón? ¿Por qué no se han limitado a matarle?

—¿Habla inglés? —dice, y los ojos castaños de la mujer saltan un poco.

Es la mujer más hermosa que ha visto nunca. Para ella, él debe ser algo repelente, un espécimen tras la tapa de cristal en un laboratorio de patología. Cuando salga de la habitación probablemente irá a lavarse meticulosamente y luego hará lo posible por eliminar de su mente limpia y virginal el recuerdo del cuerpo de Goto Dengo.

Goto Dengo cae en un estado febril, y se ve a sí mismo desde el punto de vista de un mosquito que intentara atravesar la redecilla: un cuerpo macilento y roto extendido, como un insecto de colección, sobre un caballete de madera. Lo único que te indica que se trata de un nipón es la cinta de tela blanca atada alrededor de la frente, pero en lugar del sol naranja lleva la inscripción I.N.R.I.

Un hombre vestido con una larga bata negra está sentado a su lado, sosteniendo en la mano una serie de cuentas de coral rojas de las que cuelga un crucifijo diminuto. Tiene la cabeza grande y la frente ancha de esas gentes extrañas que trabajan en las terrazas de arroz, pero el nacimiento del pelo, ya en recesión, y el pelo entre plateado y castaño son muy europeos, como lo son también sus ojos intensos.

—Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum —dice—. Es latín. Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos.

—¿Judíos? Pensaba que Jesús era cristiano —dijo Goto Dengo.

El hombre vestido de negro le mira. Goto Dengo prueba otra vez:

—No sabía que los judíos hablasen latín.

Un día traen a la habitación una silla de ruedas; la mira con curiosidad remota. Ha oído hablar de esas cosas; se las emplea tras paredes altas para transportar personas vergonzosamente imperfectas de una habitación a otra.

¡De pronto, esas diminutas muchachas lo han levantado y lo han sentado en la silla! Una de ellas comenta algo sobre aire fresco y lo siguiente que sabe es que ¡le han sacado de la habitación hasta el pasillo! Le han atado para que no se caiga, y se remueve incómodo en la silla intentado ocultar el rostro. Las muchachas lo llevan hasta un porche que mira a las montañas.

En la pared que tiene detrás hay una pintura enorme de I.N.R.I. encadenado desnudo a un poste, sangrando por un centenar de heridas paralelas producidas por un látigo. Ante él se alza un centurión con un flagelo. Sus ojos parecen extrañamente nipones.

En el porche hay sentados otros tres nipones. Uno de ellos habla consigo mismo usando frases ininteligibles y continuamente juega con una llaga del brazo que sangra incesantemente sobre una toalla que lleva en el regazo. Otro ha sufrido quemaduras en los brazos y cara, y mira el mundo a través de un único agujero en una máscara inexpresiva de tejido cicatrizante. El tercero está atado a la silla con muchas tiras de tela porque se agita continuamente como un pez en la playa y emite gemidos ininteligibles.

Goto Dengo observa la barandilla del porche, preguntándose si podrá reunir fuerzas suficientes para acercarse a ella y lanzar su cuerpo por el borde. ¿Por qué no se le ha permitido morir con honor?

La tripulación del submarino le trató a él y a los otros evacuados con una incomprensible combinación de reverencia y asco.

¿Cuándo se le apartó de su raza? Sucedió mucho antes de su evacuación de Nueva Guinea. El teniente que le rescató de los cazadores de cabezas le trató como a un criminal y le sentenció a ser ejecutado. Incluso antes, ya era diferente. ¿Por qué no le habían comido los tiburones? ¿Huele su cuerpo de

forma diferente? Debería haber muerto con sus compañeros en el mar de Bismarck. Vivió, en parte porque tuvo suerte, en parte porque sabía nadar.

¿Por qué sabía nadar? En parte porque su cuerpo era bueno en esa actividad, pero en parte porque su padre lo educó para que no creyese en demonios.

Ríe en voz alta. El resto de los hombres en el porche se vuelven para mirarle.

Le educaron para que no creyese en demonios, y ahora se ha convertido en uno de ellos.

El del vestido negro se ríe de Goto Dengo durante su siguiente visita:

—No intento convertirle —dice—. Por favor, no le cuente sus sospechas a sus superiores. Se nos ha prohibido estrictamente ganar prosélitos, y las repercusiones serían brutales.

—No intenta convertirme con palabras —admite Goto Dengo—, sino teniéndome aquí.

—Su inglés no es del todo suficiente.

El nombre de Vestido negro es Padre Ferdinand. Es un jesuita o algo así, con suficiente inglés como para dar lecciones a Goto Dengo.

—¿De qué forma el simple hecho de tenerle aquí constituye proselitismo? —Luego, simplemente para quitar todo apoyo a Goto Dengo, repite lo mismo en un niponés medio decente.

—No lo sé. El arte.

—Si no le gusta el arte, cierre los ojos y piense en el emperador.

—No puedo mantener los ojos cerrados continuamente.

El padre Ferdinand ríe sarcástico.

—¿En serio? La mayoría de sus compatriotas no parece tener dificultad en mantener los ojos bien cerrados desde la cuna hasta la tumba.

—¿Por qué no tienen algo más alegre? ¿Esto es un hospital o una morgue?

—Aquí la Pasión es muy importante —dice el padre Ferdinand.

—¿La Pasión?

—El sufrimiento de Cristo. Está metida en el corazón del pueblo de Filipinas. Especialmente ahora.

Goto Dengo tiene otra queja a la que no puede dar forma hasta que toma prestado el diccionario japonés-inglés del padre Ferdinand y pasa algo de tiempo trabajando con él.

—Veamos si le he entendido —dice el padre Ferdinand—. Cree que cuando le tratamos con misericordia y dignidad, implícitamente intentamos convertirle al catolicismo.

—Vuelve a retorcer mis palabras —dice Goto Dengo.

—Lo que dijo estaba retorcido y yo me he limitado a enderezarlo —

responde el padre Ferdinand.

—Intentan convertirme en... uno de ustedes.

—¿Uno de nosotros? ¿Qué quiere decir?

—Una persona inferior.

—¿Por qué querríamos hacer tal cosa?

—Porque tienen una religión de personas inferiores. Una religión de perdedores. Si me convierten en una persona inferior, eso hará que quiera profesar esa religión.

—¿Y al tratarle con decencia intentamos convertirle en una persona inferior?

—En Nipón, no se trataría tan bien a un enfermo.

—No es necesario que nos lo aclare —dice el padre Ferdinand—. Se encuentra en medio de un país en el que la mitad de las mujeres han sido violadas por soldados nipones.

Hora de cambiar de tema.

—«Ignoti et quasi occulti... Societas Eruditorum» —dice Goto Dengo, leyendo la inscripción en el medallón que cuelga del cuello del padre Ferdinand—. ¿Más latín? ¿Qué significa?

—Es una organización a la que pertenezco. Ecuménica.

—¿Qué significa eso?

—Cualquiera puede formar parte de ella. Incluso usted, después de que se recupere.

—Me recuperaré —dice Goto Dengo—. Nadie sabrá que he estado enfermo.

—Excepto nosotros. ¡Oh, comprendo! Quiere decir que ningún nipón lo sabrá. Eso es cierto.

—Pero los otros no se pondrán bien.

—Es cierto. El pronóstico para usted es el mejor de todos.

—Reciben en su seno a esos nipones enfermos.

—Sí. Más o menos se trata de una exigencia de nuestra religión.

—Ahora son personas inferiores. Quieren que se unan a su religión de inferiores.

—Sólo en la medida en que es bueno para ellos —dice el padre Ferdinand—. No es como si fuesen a salir corriendo para construir una nueva catedral o algo similar.

Al día siguiente, se considera que Goto Dengo está curado. Él no se siente curado en absoluto, pero hará lo que sea por salir de la rutina: perder un combate de miradas tras otro contra el Rey de los Judíos.

Espera que le entreguen un petate y le envíen a la estación de autobuses para defenderse por sí mismo, pero en lugar de eso viene un coche a buscarle. Y como si tal acontecimiento no fuese suficiente, el coche le lleva a un campo de aviación donde le espera un avión ligero. Es la primera vez que vuela en avión, y la emoción lo reactiva más que seis semanas en el hospital. El avión despega entre dos montañas verdes y se dirige al sur (a juzgar por la posición del sol) y por primera vez comprende dónde ha estado: en el centro de la isla de Luzón, al norte de Manila.

Media hora más tarde, se encuentra sobre la capital, sobrevolando el río Pasig y luego la bahía, atestada de transportes militares. La cornisa está protegida por una empalizada formada por palmeras. Vistas desde arriba, las palmas se agitan movidas por la brisa marina como colosales tarántulas empaladas. Al mirar por encima del hombro del piloto, distingue un par de pistas de aterrizaje pavimentadas sobre la tierra plana de arrozal al sur de la ciudad, cruzándose en ángulo agudo para formar una X estrecha. El avión ligero vuela con dificultad por entre las ráfagas. Rebota sobre la pista como una pelota de fútbol demasiado hinchada, dejando atrás la mayor parte de los hangares y deteniéndose finalmente cerca de un barracón de guardia aislado donde aguarda un hombre subido a una motocicleta con un sidecar vacío. A Goto Dengo se le indica con gestos que baje del avión y se suba al sidecar; nadie le habla. Va vestido con un uniforme del Ejército de Tierra sin insignia ni rango.

Hay un par de gafas protectoras en el asiento, y se las pone para evitar que los bichos se le metan en los ojos. Se siente un poco nervioso porque no tiene papeles ni órdenes. Pero se les permite salir de la base y llegar a la carretera sin ninguna comprobación.

El motorista es un joven filipino que mantiene continuamente una amplia sonrisa, a riesgo de que los insectos se le metan entre los grandes dientes blancos. Parece creer que tiene el mejor trabajo del mundo entero, y quizá sea así. Vira al sur metiéndose en una carretera que muy probablemente por allí se considera una gran autopista, y comienza a esquivar el tráfico. En su mayor parte está formado por carros tirados por carabaos, enormes animales similares a bueyes con impresionantes cuernos en forma de luna creciente. Hay pocos automóviles, y algún esporádico camión militar.

Durante el primer par de horas la carretera sigue recta y atraviesa la tierra húmeda empleada para cultivar arroz. Goto Dengo entrevé una masa de agua a la izquierda, pero no está seguro si es un lago grande o parte del océano.

—Laguna de Bay —dice el motorista, cuando ve que Goto mira__

Muy hermoso.

Se apartan del lago y se meten en una carretera que sube lentamente por el territorio de la caña de azúcar. De pronto, Goto Dengo ve un volcán: un cono simétrico, oscurecido por la vegetación, cubierto de niebla como si estuviese protegido por una red contra los mosquitos. La gran densidad del aire hace imposible calcular el tamaño o la distancia; podría tratarse de un pequeño cono de cenizas a un lado de la carretera o un inmenso estratovolcán a cincuenta millas de distancia.

Empiezan a aparecer bananos, cocoteros, palmas de aceite, datileras, primero en número reducido, transformando el paisaje en una especie de sabana húmeda. El motorista se mete en un establecimiento de carretera de aspecto desastroso para comprar gasolina. Goto Dengo despliega su cuerpo magullado por el sidecar y se sienta frente a una mesa bajo una sombrilla.

Se limpia la capa de suciedad y sudor de la frente con un pañuelo limpio que esa mañana se encontró en el bolsillo y pide algo de beber. Le traen un vaso de agua helada, un cuenco de azúcar local sin refinar y un plato de

calamansis del tamaño de bolas de pinball. Aprieta los calamansis sobre el agua, lo mezcla con azúcar y lo bebe convulsivamente.

El motorista se une a él; le ha gorroneado un vaso de agua gratis a los propietarios. Siempre lleva una sonrisa traviesa, como si él y Goto Dengo compartiesen alguna broma privada. Se lleva un rifle imaginario a la cara y produce un ruido de rasgar con el dedo del gatillo.

—¿Es soldado?

Goto Dengo medita la pregunta.

—No —dice—, no merezco llamarme soldado.

El motorista se muestra asombrado.

—¿No soldado? Pensé que era soldado. ¿Qué es?

Goto Dengo considera decir que es un poeta. Pero tampoco se merece ese título.

—Soy un excavador —dice al fin—. Excavo agujeros.

—Ahh —dice el motorista, como si comprendiese—. Eh, ¿quiere? —Se saca dos cigarrillos del bolsillo.

Goto Dengo se ríe ante la perfección de la estratagema.

—Aquí —le dice al dueño—. Cigarrillos. —El motorista sonríe y devuelve los cigarrillos a su sitio.

El dueño regresa y le entrega a Goto Dengo un paquete de Lucky Strike y una carterita de cerillas.

—¿Cuánto? —dice Goto Dengo, y saca un sobre de dinero que esa misma mañana se encontró en el bolsillo. Saca los billetes y los mira: cada uno está impreso en inglés con las palabras EL GOBIERNO JAPONÉS y luego la cantidad de pesos. En medio se encuentra la imagen de un obelisco achaparrado, un monumento a José P. Rizal situado cerca del Hotel Manila.

El dueño hace una mueca.

—¿Tiene plata?

—¿Plata? ¿El metal?

—Sí —dice el motorista.

—¿Es lo que usa la gente?

El motorista asiente.

—¿Esto no vale? —Goto Dengo sostiene los billetes nuevos y perfectos.

El dueño coge el sobre de la mano de Goto Dengo y cuenta algunos de los billetes de mayor valor, se los mete en el bolsillo y se va.

Goto Dengo rompe el sello del paquete de Lucky Strike, lo golpea un par de veces contra la mesa y abre la cubierta. Además de los cigarrillos, en el interior hay una tarjeta impresa. Puede ver la parte superior: es el dibujo de un hombre con una gorra militar de oficial. La saca lentamente, mostrando la insignia de un águila en la gorra, un par de gafas de sol de aviador, una enorme pipa, una insignia en el pecho con cuatro estrellas y finalmente, en letras mayúsculas, la palabra VOLVERÉ.

El motorista mantiene con toda su voluntad un aire de indiferencia.

Goto Dengo le muestra la tarjeta y aquél arquea las cejas.

—No es nada —dice el motorista—. Japón muy fuerte. Japoneses se quedarán por siempre. MacArthur sólo bueno para vender cigarrillos.

Cuando Goto Dengo abre las cerillas, se encuentra con la misma imagen de MacArthur, y la misma palabra, impresa en el interior.

Después de fumar, vuelven a la carretera. Aparecen más conos negros, alrededor, y la carretera empieza a trepar por las colinas y a descender a los valles. Los árboles se van acercando más y más hasta que circulan a través de una especie de jungla cultivada y habitada: piñas cerca del suelo, arbustos de café y cacao en medio, plátanos y cocos en lo alto. Atraviesan un poblado tras otro, cada uno de ellos un conjunto de chozas dispersas reunidas alrededor de una inmensa iglesia blanca, achaparrada y fuerte para sobrevivir a los terremotos. Esquivan en zigzag pilas de cocos dispuestas en los laterales de la carretera principal y penetran en un camino de tierra que serpentea entre los árboles. El sendero ha sido marcado por las ruedas de camiones demasiado grandes para ese camino. El suelo está cubierto de ramas recién cortadas.

Atraviesan un poblado desierto. Perros vagabundos entran y salen de las casas, cuyas puertas bailan sin impedimento. Pilas de cocos verdes y maduros se pudren bajo oleadas de moscas negras.

Una milla más adelante, el bosque cultivado da paso al salvaje y un control militar interrumpe la carretera. Del rostro del motorista desaparece la sonrisa.

Goto Dengo da su nombre a uno de los guardas. Al no saber por qué está allí, no puede decir nada más. Por ahora está bastante seguro de

encontrarse en un campo de prisioneros y de que pronto se convertirá en uno de ellos. A medida que su visión se ajusta, puede ver una barrera de alambre de espinos que salta de árbol en árbol, y una segunda barrera en el interior de la primera. Mirando con atención, puede ver dónde han cavado búnkeres y han edificado fortines y puede realizar un mapa mental de los campos de fuego superpuestos. Ve cuerdas colgando de las copas de árboles altos, de forma que los francotiradores puedan atarse allá arriba si fuese necesario. Todo se ha realizado siguiendo fielmente la doctrina, pero con una perfección que nunca se encuentra en un campo de batalla real, sólo en los campamentos de entrenamiento.

Se asombra al comprender que todas esas fortificaciones tienen como propósito mantener a la gente fuera, no dentro.

Llega una llamada por uno de los teléfonos del campo, se levanta la barrera y se les indica que pasen. Media milla en el interior de la jungla llegan hasta un grupo de tiendas montadas sobre plataformas fabricadas con los troncos de los árboles recién talados para crear el claro. Un teniente les espera a la sombra.

—Teniente Goto, soy el teniente Morí.

—¿Ha llegado hace poco a la Zona de Recursos del Sur, teniente Morí?

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

—Está de pie justo debajo de un cocotero.

El teniente Mori mira directamente hacia arriba y ve que sobre su cabeza cuelgan varías bolas de cañón de color marrón.

—¡Ah, vaya! —dice, y se aparta—. ¿Ha conversado con el motorista?

—Sólo unas palabras.

—¿De qué han hablado?

—Cigarrillos. Plata.

—¿Plata? —El teniente Mori se muestra muy interesado, por lo que Goto Dengo narra toda su conversación.

—¿Le ha dicho que era un excavador?

—Algo así, sí.

El teniente Mori retrocede un paso, se vuelve hacia un soldado que ha estado esperando a un lado y asiente. El soldado levanta la culata del rifle del suelo, coloca el arma en posición horizontal y apunta al motorista.

Cubre la distancia en unos seis pasos acelerando hasta correr y lanza un rugido al clavar la bayoneta en el cuerpo delgado del motorista. La víctima pierde el equilibrio y cae de espaldas emitiendo un gemido casi inaudible.

El soldado le hunde la bayoneta en el torso varias veces más, provocando con cada golpe un húmedo sonido silbante allí donde el metal se desliza entre paredes de carne.

El motorista acaba tendido inmóvil sobre el suelo, soltando sangre en todas dirección.

—La indiscreción no se le tendrá en cuenta —le dice el teniente Mori con una sonrisa—, porque no conocía la naturaleza de su nueva tarea.

—¿Perdón?

—Excavar. Ha venido aquí a excavar, Gotosan. —Se coloca firme y le saluda inclinándose mucho—. Permítame ser el primero en felicitarle. Su misión es muy importante.

Goto Dengo devuelve el saludo, sin saber hasta qué punto inclinarse.

—Así que no... —Busca palabras. ¿No estoy en problemas? ¿No soy un paria? ¿No estoy condenado a muerte?— Aquí no soy un inferior.

—Aquí es usted una persona muy superior, Gotosan. Por favor, acompáñeme. —El teniente Mori hace un gesto hacia una de las tiendas.

Mientras Goto Dengo se aleja, oye que el joven motorista murmura algo.

—¿Qué ha dicho? —pregunta el teniente Mori.

—Ha dicho «Padre, a ti te encomiendo mi espíritu». Es algo religioso

—le explica Goto Dengo.

OceanofPDF.com