Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 75 de 106

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Criptonomicon

Seattle

L a viuda de Lawrence Pritchard Waterhouse y sus cinco hijos estaban de acuerdo en que papá había hecho algo durante la guerra, y eso era todo. Cada uno de ellos parecía tener en mente una película distinta pero de serie B de los cincuenta, o un noticiario de 1940, que mostraba unos acontecimientos también completamente diferentes. Ni siquiera podían ponerse de acuerdo en si había pertenecido al Ejército de Tierra o a la Marina, lo que a Randy le parecía uno de esos detalles argumentales importantes. ¿Estaba destinado en Europa o en Asia? Las opiniones diferían. La abuela creció en una granja de ovejas de Australia. Por lo tanto, uno pensaría que en algún momento de su existencia era una tía de la tierra, el tipo de mujer que no sólo recordaría a qué cuerpo pertenecía su llorado marino sino que podría sacar su rifle del ático y desmontarlo con los ojos vendados. Pero evidentemente había pasado como un setenta y cinco por ciento de las horas que permanecía despierta en la iglesia (donde no sólo rezaba sino que iba al colegio y realizaba casi toda su vida social), o en tránsito de camino a la iglesia o de vuelta, y sus propios padres muy explícitamente no querían que acabase viviendo en una granja, metiendo el brazo en las vaginas del ganado y poniéndose un bistec crudo sobre el ojo morado cortesía de algún esposo. La agricultura podría ser una especie de premio de consolación para alguno de sus hijos varones, una especie de seguro para cualquier descendiente que sufriese un importante golpe en la cabeza o cayese en el alcoholismo crónico. Pero el propósito real de los chicos cCmndhd era restaurar las antiguas y ya pasadas glorias de la familia, cuyos miembros supuestamente habían sido importantes

intermediarios de lana en tiempos de Shakespeare y que iban de camino a vivir en Kensington y a deletrear su nombre como Smith antes de que una combinación de scrapies, cambio climático permanente, conducta nefaria por parte de qwghlmianos del exterior celosos y un cambio de moda a escala mundial que dejó de lado los suéteres de extraño olor, treinta libras de peso y con pequeños artrópodos viviendo en su interior, los había lanzado a la pobreza honrada y luego a una pobreza no tan honrada que finalmente les había llevado al traslado forzoso a Australia.

Lo importante es que la abuela fue encarnada, adoctrinada y arreglada por su madre para llevar medias, lápiz de labios y guantes en alguna gran ciudad en algún sitio. El experimento había tenido éxito hasta el punto de que Mary cCmndhd podía, en cualquier momento de su vida posterior a la adolescencia, preparar y servir un té formal a la reina de Inglaterra en menos de diez minutos, sin cometer ningún error, sin siquiera tener que mirarse al espejo, estirarse el traje, limpiar la plata o repasar la etiqueta. Un chiste común entre sus hijos varones era que mamá podía entrar completamente sola en un bar de moteros de cualquier parte del mundo y que simplemente, por su comportamiento y apariencia, haría que las peleas a puñetazos se detuviesen de inmediato, que todos los codos sucios despareciesen de la barra, que las posturas mejorasen, que se dejase de lado el lenguaje soez. Los moteros harían lo indecible por tomar su abrigo, ofrecerle la silla, llamarla señora, etc. Aunque nunca había tenido lugar, esa escena del bar de moteros era una especie de gag virtual o nocional, un momento famoso en la historia del entretenimiento de la familia Waterhouse, como los Beatles en Ed Sullivan o Belushi interpretando el número del samurai en Saturday Night Live. Los estantes de sus videocasetes mentales estaban justo al lado de las películas de serie B y noticiarios imaginarios sobre a qué se dedicaba el Patriarca durante la guerra.

La abuela era una leyenda, quizá una leyenda infame, por su habilidad para administrar una casa, para mantener el acicalamiento personal a esos niveles, para enviar algunos centenares de tarjetas de Navidad cada año, cada una dedicada con perfecta letra de pluma, etc., y quizá todos esos detalles combinados exigían tanta capacidad de su cerebro como, digamos, las matemáticas en el de un físico.

Por tanto, cuando se trataba de cualquier actividad práctica se encontraba totalmente desvalida, y probablemente así había sido siempre.

Hasta tener demasiados años para conducir, había seguido recorriendo Whitman con su Lincoln Continental de 1965, el último vehículo adquirido por su marido, en el concesionario Patterson Lincoln-Mercury de Whitman, antes de su muerte. El vehículo pesaba unas seis mil libras y tenía más partes móviles que un silo repleto de relojes suizos. Cuando uno de sus descendientes venía de visita, alguien entraba furtivamente en el garaje para tirar de la varilla del aceite, que misteriosamente siempre estaba hasta el máximo con el color ámbar de la 10W40. Al final se descubrió que su fallecido esposo había convocado a todos los varones vivos del linaje Patterson —cuatro generaciones en total— en la habitación del hospital, los había reunido alrededor de su lecho mortal y había llegado a una especie de pacto indeterminado según el cual, si en algún momento del futuro la presión de las ruedas del Lincoln descendía por debajo de lo especificado o el mantenimiento del vehículo no se mantenía al día, todos los Patterson no sólo sacrificarían sus almas inmortales, sino que literalmente serían arrancados de reuniones o baños y enviados directamente al infierno, como el doctor Fausto de Marlowe. Él sabía que su esposa sólo conocía la rueda como algo causante de que de vez en cuando un hombre saltara heroicamente de su propio vehículo para cambiársela mientras ella se quedaba sentada dentro admirando el trabajo. El mundo de los objetos físicos parecía haber sido creado exclusivamente para dar a los hombres que rodeaban a la abuela algo que hacer con las manos; y no, válgame Dios, por ninguna razón práctica, sino para que la abuela pudiese ajustar los controles emocionales de esos hombres por el método de reaccionar bien o mal a lo que éstos hacían. Lo que no era mala situación siempre que hubiese hombres por los alrededores, pero no tan buena después de la muerte del abuelo. Por tanto, equipos guerrilleros de mecánicos habían estado vigilando a la abuela de Randy desde entonces y de vez en cuando tomaban el Lincoln del aparcamiento de la iglesia un domingo por la mañana y se lo llevaban a Patterson's para un cambio de aceite sub rosa. La capacidad del Lincoln para funcionar sin problemas durante un cuarto de siglo sin mantenimiento —sin ni siquiera poner gasolina en el tanque— simplemente había confirmado las opiniones de la abuela sobre las divertidas superficialidades de los intereses masculinos.

En cualquier caso, lo importante era que la abuela, cuya comprensión de los asuntos prácticos no había hecho más que descender (si tal cosa era posible) con la edad, no era el tipo de persona a la que preguntarías para informarte sobre la carrera militar de su fallecido esposo. Derrotar a los nazis entraba en la misma categoría que cambiar una rueda pinchada: un trabajo molesto que se esperaba que los hombres supiesen cómo hacer. Y no sólo los hombres de antaño, los superhombres de su generación; también se esperaba que Randy supiese esas cosas. Si mañana el Eje llegase a reconstituirse, la abuela esperaría que al día siguiente Randy se colocase tras los controles de un avión de combate a reacción. Y Randy preferiría caer en barrena al suelo el 2 de marzo a soportar los comentarios de su abuela con respecto a que no estaba capacitado para esa labor.

Por suerte para Randy, que hacía poco había empezado a sentir curiosidad con respecto al abuelo, había aparecido una vieja maleta. Se trata de un objeto de roten y cuero, una especie de artilugio enérgico que podrían haber fabricado en los Locos Años Veinte lleno de pegatinas gastadas de hotel que marcan el peregrinaje de Lawrence Pritchard Waterhouse desde el Medio Oeste hasta Princeton y vuelta, y que está lleno hasta arriba de pequeñas fotografías en blanco y negro. El padre de Randy descarga el contenido sobre la mesa de ping pong que, de forma inexplicable, ocupa el centro de la sala de recreo de la residencia de la abuela, cuyos residentes es tan probable que deseen jugar al ping pong como hacerse un piercing en los pezones. Reúnen las fotos en varios montones que luego Randy, su padre, sus tíos y tías van ordenando. La mayoría de las fotografías son de los hijos Waterhouse, así que todos se muestran fascinados hasta encontrar fotografías de sí mismos a edades diferentes. Luego el montón de fotografías empieza a parecerles deprimentemente grande. Lawrence Pritchard Waterhouse era evidentemente un fanático de la cámara y ahora sus descendientes pagan por ello.

Randy tiene motivos muy diferentes, así que se queda hasta tarde, repasando él sólo las fotografías. Noventa y nueve de cada cien son instantáneas de los mocosos Waterhouse desde los años cincuenta. Pero algunas son más antiguas. Encuentra una fotografía del abuelo en un lugar con palmeras, vestido de militar, con una enorme gorra de oficial en forma de disco en la cabeza. Tres horas más tarde, encuentra una fotografía de un

abuelo muy joven, apenas un adolescente, vestido con ropas de adulto, de pie frente a un edificio gótico acompañado de otros dos hombres: un sonriente tipo de pelo negro que le resulta vagamente familiar y un tío rubio de nariz aquilina con gafas sin montura. Los tres tienen bicicletas; el abuelo está subido a la suya, y los otros dos, considerando quizá que no es una postura demasiado digna, agarran las suyas con las manos. Pasa otra hora, y luego se encuentra al abuelo vestido con un uniforme caqui con más palmeras de fondo.

A la mañana siguiente se sienta con su abuela, después de que ella haya completado su ritual diario de una hora para salir de la cama.

—Abuela, he encontrado estas viejas fotografías. —Las distribuye frente a ella sobre la mesa y le da unos momentos para cambiar de contexto.

La abuela no cambia de tema de conversación con facilidad, y además, esas córneas rígidas de dama mayor requieren su tiempo para ajustarse.

—Sí, las dos son de Lawrence cuando estaba en el ejército. —La abuela siempre ha tenido esta habilidad para decirle a los demás lo evidente de una forma exquisitamente amable pero que hace que el receptor se sienta como un idiota por haber malgastado su tiempo. A estas alturas es evidente que está cansada de identificar fotografías, un trabajo tedioso acompañado del evidente subtexto: vas a morirte pronto y tenemos mucha curiosidad, ¿quién es la mujer junto al Buick?

—Abuela —dice Randy con alegría, intentando despertar su interés—, en esta foto de aquí viste un uniforme de la Marina. Y en esta otra, lleva un uniforme del Ejército de Tierra.

La abuela Waterhouse alza las cejas y le mira con el interés sintético que emplearía si se encontrase en algún tipo de reunión formal y un hombre intentase explicarle cómo cambiar una rueda.

—Es, eh, creo, un poco raro —dice Randy— que un hombre pertenezca tanto al Ejército de Tierra como a la Marina durante la misma guerra.

Normalmente es un cuerpo o el otro.

—Lawrence tenía uniformes del Ejército de Tierra y de la Marina —

dice la abuela, con el mismo tono que emplearía para decir que tenía un intestino grueso y otro delgado—, y se ponía el que fuese más apropiado.

—Claro, es evidente —dice Randy.

El viento laminar se desliza sobre la autopista como una sábana almidonada que retiran de la cama, y a Randy le está resultando difícil mantener el Acura sobre el pavimento. El viento no tiene la fuerza suficiente para mover el coche, pero oscurece los bordes de la carretera; lo único que ve es un plano blanco y estriado que se desliza lateralmente allá abajo. Sus ojos le dicen que gire el volante para seguirlo, lo que sería una mala idea porque les llevaría a él y a Amy directamente a los campos de lava. Intenta fijarse en un punto lejano: el diamante blanco del monte Rainier, a un par de kilómetros al oeste.

—Ni siquiera sé cuándo se casaron —dice Randy—. ¿No es terrible?

—Septiembre de 1945 —dice Amy—. Se lo saqué.

—Guau.

—Charla de chicas.

—No sabía que fueses capaz de mantener una conversación de chicas.

—Todas podemos hacerlo.

—¿Descubriste algo sobre la boda? Como...

—¿La porcelana?

—Sí.

—Efectivamente era Lavender Rose —dice Amy.

—Así que encaja. Es decir, encaja cronológicamente. El submarino se hundió en mayo de 1945 frente a Palawan... cuatro meses antes de la boda.

Conociendo a mi abuela, en ese momento los preparativos de la boda estarían muy avanzados... definitivamente ya habrían elegido la porcelana.

—¿Y crees que tienes una fotografía de tu abuela en Manila durante esa época?

—Definitivamente es Manila. Y no fue liberada hasta marzo del 45.

—Entonces, ¿qué tenemos? Tu abuelo debió tener alguna relación con alguien de ese submarino entre marzo y mayo.

—En el submarino aparecieron un par de gafas. —Randy saca una fotografía del bolsillo de la camisa y se la pasa a Amy—. Me interesaría saber si encajan con las de ese tío. El alto y rubio.

—Lo puedo comprobar cuando regrese. El cerebrín de la izquierda es tu abuelo.

—Sí.

—¿Quién es el cerebrín de en medio?

—Creo que es Turing.

—¿Turing, como en TURING Magazine?

—Le pusieron su nombre a la revista por sus trabajos pioneros sobre el ordenador —dice Randy.

—Como los trabajos de tu abuelo.

—Sí.

—¿Qué hay del tío al que vamos a ver en Seattle? ¿Es también un informático? Oh, ya estás adoptando esa expresión de «Amy ha dicho algo tan estúpido que me ha producido dolor físico». ¿Es una expresión facial común en los hombres de tu familia? ¿Crees que es la expresión que ponía tu abuelo cuando tu abuela entraba en la casa y anunciaba que acababa de estrellar el Lincoln Continental contra una boca de incendios?

—Lo siento si en ocasiones te hago sentir mal —dice Randy—. La familia está llena de científicos. Matemáticos. Los menos inteligentes nos hacemos ingenieros. Que es más o menos lo que soy yo.

—Perdóname, ¿acabas de decir que eres uno de los menos inteligentes?

—Quizás el menos centrado.

—Hum.

—Lo que quiero decir es que la precisión y que todo sea correcto, en el sentido matemático, es lo que nos caracteriza. Todo el mundo tiene que tener alguna ventaja, ¿no? En caso contrario, acabas trabajando en McDonald's durante el resto de tu vida, o algo peor. Algunos nacen ricos.

Algunos nacen en grandes familias, como la tuya. Nuestra forma de avanzar en el mundo es saber que dos y dos son cuatro, y centrarnos en eso de una forma que parece algo excesiva y que en ocasiones hiere los sentimientos de los demás. Lo lamento.

—¿Herir los sentimientos de quién? ¿La gente que cree que dos y dos son cinco?

—La gente que da más prioridad a las habilidades sociales en lugar de asegurarse de que toda afirmación emitida en una conversación sea literalmente cierta.

—¿Como, por ejemplo... las mujeres?

Randy mantiene los dientes apretados durante una milla y luego dice:

—Si hay alguna generalización que pueda establecerse entre la forma de pensar de los hombres y de las mujeres, creo que es que los hombres pueden concentrarse hasta ser un rayo láser increíblemente estrecho apuntando a temas diminutos y no pensar en nada más.

—¿Pero las mujeres no pueden?

—Supongo que sí pueden. Pero rara vez parecen querer hacerlo. Lo que quiero decir es que el método femenino es más sano y cuerdo.

—Hum.

—Compréndeme, en este caso estás siendo un poco paranoide y te centras demasiado en lo negativo. No se trata de que las mujeres sean deficientes. Más bien se trata de en qué son deficientes los hombres.

Nuestras deficiencias sociales, falta de perspectiva, o como quieras llamarlo, es lo que nos permite estudiar durante veinte años una especie de libélulas, o sentarnos delante de un ordenador durante cien horas por semana escribiendo código. No es ése el comportamiento de una persona sana y bien equilibrada, pero evidentemente puede producir grandes avances en fibras sintéticas. O lo que sea.

—Pero has dicho que tú mismo no estás demasiado centrado.

—Comparado con otros hombres de mi familia, eso es cierto. Por tanto, sé un poco de astronomía, un montón sobre ordenadores, algo sobre negocios, y tengo, si puedo decirlo, un nivel ligeramente superior de funcionamiento social que los otros. O quizá no sea funcionamiento, sino una idea perfecta de cuándo no estoy funcionando, de forma que al menos puedo sentirme avergonzado.

Amy ríe.

—Definitivamente eso se te da bien. Parece que pasas de un momento de sentirte avergonzado al siguiente.

Randy se avergüenza.

—Es divertido verlo —dice Amy alentadora—. Habla bien de ti.

—A lo que me refiero es que eso me hace diferente. Una de las cosas más aterradoras del verdadero empollón, para muchas personas, no es que sea un inepto social, porque todo el mundo ha sido un inepto social en algún momento, sino más bien su total falta de vergüenza con respecto a ese asunto.

—Sigue siendo patético.

—Era patético cuando estaban en el instituto —dice Randy—. Ahora es algo más. Algo muy diferente del patetismo.

—Entonces, ¿qué?

—No lo sé. No hay palabra para describirlo. Ya lo verás.

Conducir sobre las Cascadas produce una transición climática que normalmente exigiría un viaje en avión de cuatro horas. Una lluvia tibia golpea el parabrisas y suelta la corteza de hielo de los limpiaparabrisas. Las sorpresas graduales de marzo y abril vienen comprimidas en un escueto resumen de trabajo. Es tan excitante como un vídeo de striptease puesto en avance rápido. El paisaje se vuelve húmedo, y tan verde que es casi azul, y sale disparado de la tierra en el espacio como en una milla. Los carriles rápidos de la Interestatal 90 están cubiertos por cagarros marrones de nieve que se han soltado de los Broncos de los esquiadores que regresan a casa.

Los trailer los adelantan envueltos en túnicas cónicas de agua y torrente.

Randy se sorprende al ver un edificio de oficinas nuevo en la falda de la colina, mostrando sus logotipos de alta tecnología. Inmediatamente se pregunta por qué se sorprende. Amy nunca ha estado aquí, y quita los pies del panel de salida del airbag y se sienta recta para mirar, deseando en voz alta que Robín y Marcus Aurelius les hubiesen acompañado, en lugar de volverse a Tennessee. Randy se acuerda de cambiarse a los carriles de la derecha y reducir al descender los últimos mil pies de altitud en dirección a Issaquah, y por supuesto allí está la patrulla de carreteras poniendo multas a los que sobrepasan el límite. A Amy, como era de esperar, le impresiona esa muestra de perspicacia. Todavía se encuentran a varias millas del centro de la ciudad, en los suburbios medio cubiertos de árboles del East Side, donde los números de calles y avenidas alcanzan las tres cifras, cuando Randy toma una salida y conduce por una larga calle comercial que resulta no ser más que la esfera de influencia de un inmenso centro comercial. A su alrededor, han surgido del asfalto varios centros comerciales satélites, borrando los viejos elementos del terreno y jodiendo el sistema de navegación de Randy. Por todas partes hay gente, porque todo el mundo está devolviendo los regalos de Navidad. Después de conducir un poco y maldecir, Randy encuentra el centro principal, que tiene un aspecto algo

más desgarbado cuando se le compara con sus satélites. Aparca en la parte más alejada del parking, explicando que es más lógico hacerlo así y luego caminar durante quince segundos que pasar quince minutos buscando un sitio más cercano.

Randy y Amy permanecen tras el maletero abierto del Acura durante un minuto retirando varias capas de aislamiento del este de Washington que de pronto se han vuelto gratuitas. Amy se preocupa por sus primos y desea que ella y Randy les hubiesen donado toda su ropa de invierno; cuando los vieron por última vez daban vueltas al Impala como un par de naves de combate orbitando la nave nodriza preparándose para entrar, comprobando la presión de las ruedas y los niveles de fluido con una intensidad y concentración que daba la impresión de que estaban a punto de hacer algo más emocionante que sentar sus culos en los asientos y conducir en dirección este durante un par de días. Tenían un estilo valiente que debe dejar atontadas a las chicas de su ciudad. Amy los abrazó con pasión, como si no fuese a volver a verlos, y aceptaron sus abrazos con dignidad y paciencia, y luego desaparecieron, resistiendo el impulso de pisar a fondo el acelerador hasta no estar a un par de manzanas de distancia.

Entran en el centro comercial. Amy sigue preguntándose en voz alta por qué están aquí, pero sigue dispuesta. Randy está un poco confundido, pero finalmente se centra en una cacofonía electrónica apenas audible —voces digitalizadas que profetizan la guerra— y que llega desde la zona de comidas del centro comercial. Navegando ahora en parte por el sonido y en parte por el olor, llega a la esquina donde un montón de varones, entre diez y cuarenta años, están sentados en pequeños grupos, algunos extrayendo temblorosa comida china con palillos de pequeñas cajas blancas pero la mayoría concentrados en lo que, desde la distancia, parece algo relacionado con papeles. De fondo, las fauces ultravioletas de una vasta galería de videojuegos, y detonaciones, silbidos, explosiones sónicas y disparos mejorados en un laboratorio de sonido. Pero la galería no parece más que un monumento difunto alrededor del cual se ha reunido este culto intenso de aficionados al papel. Un adolescente nervudo vestido con unos tejanos ajustados y una camiseta negra se pasea por entre las mesas con la provocadora confianza de un buscavidas de sala de billar; al hombro lleva cargada una larga y delgada caja de cartón como si fuese un rifle.

—Éste es mi grupo étnico —le explica Randy en respuesta a la expresión de la cara de Amy—. Jugadores de juegos de rol de fantasía.

Éstos somos Avi y yo hace diez años.

—Parece que están jugando con cartas. —Amy vuelve a mirar y arruga la nariz—. Cartas raras. —Amy irrumpe con curiosidad en medio de una partida entre cuatro fanáticos. Casi en cualquier otro sitio, la aparición de una mujer con una cintura evidente causaría alguna conmoción. Sus ojos vagarían groseramente por todo su cuerpo. Pero esos tipos piensan sólo en una cosa: las cartas que tienen entre las manos, cada una contenida en una funda de plástico transparente para mantenerla en las mejores condiciones, cada una decorada con la imagen de un troll, un mago o alguna otra hoja del árbol evolutivo post-Tolkien, y en el reverso llevan impresas reglas complejas. Mentalmente, esos tipos no están en un centro comercial en el East Side del gran Seattle. Se encuentran en un paso montañoso intentando matarse unos a otros con armas afiladas y fuegos numinosos.

El joven buscavidas está evaluando a Randy como cliente potencial. La caja es lo suficientemente larga como para contener algunos cientos de cartas, y parece pesada. A Randy no le sorprendería descubrir algo deprimente sobre ese chico, como que gana tanto dinero comprando cartas baratas y vendiéndolas caras que posee un Lexus nuevecito que no tiene edad para conducir. Randy le mira a los ojos y pregunta:

—¿Chester?

—Baño.

Randy se sienta y observa cómo Amy observa jugar a los fanáticos.

Pensaba que había llegado a lo más bajo en Whitman, allá en el aparcamiento, estaba seguro de que ella se asustaría y huiría. Pero esto es potencialmente peor. Un montón de tipos rechonchos que nunca salen al exterior, llegando al frenesí por juegos complejos en los que personajes inexistentes salen y fingen hacer cosas que en su mayoría no son tan interesantes como las que Amy, su padre y algunos otros miembros de su familia hacen continuamente sin causar el más mínimo alboroto. Es casi como si Randy estuviese golpeando a Amy deliberadamente para descubrir cuándo va a romperse y huir. Pero sus labios no han empezado a retorcerse todavía por la náusea. Observa la partida con imparcialidad, mirando sobre

los hombros de los fanáticos, siguiendo la acción, entrecerrando ocasionalmente los ojos ante alguna abstracción de las reglas.

—Eh, Randy.

—Eh, Chester.

Así que Chester ha regresado del baño. Tiene exactamente el aspecto del antiguo Chester, excepto que se extiende sobre un volumen mayor, como la demostración clásica del universo en expansión en la que un rostro, o alguna otra figura, dibujada sobre un globo hinchado parcialmente se infla aún más. Los poros son aún mayores, y los pelos se han distanciado, lo que produce la ilusión de una calvicie incipiente. Parece incluso como si sus ojos se hubiesen separado aún más y los puntos de color en el iris se hubiesen tornado en manchas. No es que esté gordo, sigue conservando la robustez desgarbada de antaño. Como la gente en realidad no crece después de la adolescencia, debe tratarse de una ilusión. Las personas mayores parecen ocupar más espacio. O quizá la gente mayor ve más cosas.

—¿Cómo está Ávido?

—Tan ávido como siempre —dice Randy, lo que es una respuesta tonta pero casi obligada. Chester lleva una especie de chaleco de fotógrafo con un número gratuitamente grande de pequeños bolsillos, y cada uno de ellos está lleno de cartas. Quizás es por eso que parece tan grande. Lleva como unas veinte libras de cartas pegadas al cuerpo—. Observo que has realizado la transición a los RPG de cartas —dice Randy.

—¡Oh, sí! Es mucho mejor que el viejo método del lápiz y el papel. O

incluso que los RPG asistidos por ordenador, con todos los respetos al buen trabajo que Avi y tú hicisteis. ¿En qué trabajas ahora?

—En algo que podría tener su importancia para los juegos con carta —

dice Randy—. Acabo de darme cuenta de que si tienes un conjunto de protocolos criptográficos para emitir una moneda electrónica que no se pueda falsificar, que lo tenemos, podrías adaptar esos mismos protocolos para los juegos de cartas. Porque cada una de esas cartas es como un billete.

Algunas tienen más valor que otras.

Chester asiente durante toda la explicación, pero no interrumpe a Randy con malos modos como haría un empollón más joven. El empollón más joven típico se ofende con rapidez cuando alguien en su proximidad comienza a emitir frases declarativas, porque lo entiende como una

afirmación de que él, el empollón, no conocía la información que se está comunicando. Pero el empollón mayor típico posee más confianza en sí mismo, y además comprende que es normal que la gente piense en voz alta.

Y los empollones muy avanzados comprenderán aún más que emitir frases declarativas cuyo contenido ya conocen todos los presentes es parte del proceso social de mantener una conversación y por tanto no debería entenderse bajo ninguna circunstancia como una agresión.

—Ya se hace —dice Chester, una vez que Randy ha terminado—. De hecho, la compañía para la que tú y Avi trabajasteis en Minneapolis es una de las líderes...

—Me gustaría que conocieses a mi amiga, Amy —le interrumpe Randy, aunque Amy está a una buena distancia y no le presta atención. Pero Randy teme que Chester esté a punto de decirle que las acciones de esa compañía de Minneapolis tienen ahora tal valor que su capitalización bursátil supera a la de General Dynamics, y que Randy debería haber conservado las suyas

—. Amy, éste es mi amigo Chester —dice Randy, arrastrando a Chester por entre las mesas. En ese punto los jugadores efectivamente levantan la cabeza interesados... no por Amy, sino por Chester, quien (infiere Randy) probablemente tiene algunas cartas únicas metidas en su chaleco, como ARSENAL TERMONUCLEAR DE LA UNIÓN DE REPÚBLICAS

SOCIALISTAS SOVIÉTICAS O YHWH. Chester manifiesta una destacable mejora en habilidades sociales, dándole la mano a Amy sin ninguna muestra de incomodidad y adoptando con facilidad una imitación bastante decente de un individuo maduro y equilibrado capaz de mantener una charla intranscendente. Antes de que Randy pueda darse cuenta, Chester les ha invitado a su casa.

—He oído que todavía no está terminada —dice Randy.

—Debes haber leído el artículo en The Economist —dice Chester.

—Ese mismo.

—Si hubieses leído el artículo de The New York Time, sabrías que el artículo de The Economist se equivocaba. Ya vivo en la casa.

—Bien, será divertido verla —dice Randy.

—¿Os fijáis lo bien pavimentada que está mi calle? —dice Chester con amargura, media hora más tarde. Randy ha aparcado el Acura maltratado y raspado en el aparcamiento de invitados de la casa de Chester y Chester ha aparcado su Dusenberg de 1932 en el garaje, entre el Lamborghini y algún otro vehículo que parece ser literalmente un avión, construido para deslizarse sobre ventiladores.

—Eh, no me he dado cuenta, la verdad —dice Randy, intentando no quedarse boquiabierto ante nada. Incluso el pavimento bajo sus pies es un mosaico, fabricado por encargo, de la teselación de Penrose—. Recuerdo vagamente que era ancha, plana y no tenía ningún bache. En otras palabras, bien pavimentada.

—Ésta—dice Chester, moviendo la cabeza en dirección a su casa—, fue la primera casa en disparar la OCRG.

—¿OCRG?

—La Ordenanza de Casas Ridiculamente Grandes. Algunos descontentos forzaron su aprobación en el consejo municipal. Tienes a cirujanos cardiovasculares y parásitos de los fondos de inversión a los que les gusta tener grandes y bonitas casas, pero Dios no permita que un sucio hacker quiera construirse una casa propia, y pase ocasionalmente algunos camiones de cemento por sus calles.

—¿Te obligaron a repavimentar la calle?

—Me obligaron a repavimentar media puta ciudad —dice Chester—. Es decir, algunos de los vecinos se quejaban diciendo que la casa era una monstruosidad, pero después de que empezáramos con mal pie mi actitud fue que les jodan. —Ciertamente, si la casa de Chester se parecía a algo era a un garaje regional de camiones con un techo completamente de cristal.

Dirige el brazo hacia un capa de barro ligeramente cubierta de hierba que desciende en dirección al lago Washington—. Evidentemente, las labores de paisajismo no han empezado todavía. Así que tiene el aspecto de un proyecto científico escolar sobre la erosión.

—Yo iba a decir la batalla del Somme —dice Randy.

—No es una analogía tan buena porque aquí no hay trincheras —dice Chester. Sigue apuntando en dirección al lago—. Pero si miras cerca del

agua podrás ver algunas traviesas de ferrocarril medio enterradas. Ahí es donde hemos colocado los raíles.

—¿Raíles? —dice Amy, la única palabra que ha podido formar desde que Randy metió el Acura por la entrada principal. Randy le dijo, de camino, que si él, Randy, tuviese cien mil dólares por cada orden de magnitud por el que el valor neto de Chester superaba en estos momentos al suyo, entonces él (Randy) no tendría que trabajar nunca jamás. Eso resultó ser un comentario más ingenioso que informativo, y por tanto Amy no estaba preparada para lo que se habían encontrado y todavía va con las cejas arqueadas.

—Para la locomotora —dice Chester—. No hay líneas de ferrocarril cerca, así que trajimos la locomotora por agua y luego encajamos algunas vías en el vestíbulo.

Amy se limita a contraer el rostro en silencio.

—Amy no ha visto el artículo —dice Randy.

—¡Oh! Lo lamento —dice Chester—. Me dedico a la tecnología obsoleta. La casa es un museo a la tecnología muerta. Meted una mano en estas cosas.

Alineados frente a la entrada principal hay cuatro pedestales que llegan hasta la cintura y engalanados con el logotipo del ojo y la pirámide de Novus Ordo Seclorum, con manos dibujadas sobre la parte superior y botones en el espacio entre los dedos. Randy coloca su mano y siente que los botones se mueven, leyendo y memorizando la geometría de su mano.

—Ahora la casa sabe quiénes sois —dice Chester, tecleando sus nombres en un teclado robusto y a prueba de agua—, os estoy dando cierto conjunto de privilegios que empleo para los invitados personales... Ahora podéis venir por la entrada principal, aparcar el coche y recorrer los terrenos tanto si estoy en casa como si no. Y podéis entrar en la casa si estoy en ella, pero si no lo estoy, estará cerrada. Y podéis moveros con libertad por la casa excepto en ciertas oficinas donde guardo documentos corporativos importantes.

—¿Tienes tu propia compañía o algo así? —dice Amy en voz baja.

—No. Después de que Randy y Avi se fuesen de aquí, dejé la universidad y conseguí un trabajo con una compañía local, que todavía conservo —dice Chester.

La puerta principal, una losa móvil de cristal traslúcido, se abre. Randy y Amy siguen a Chester al interior de la casa. Como ya había anunciado, hay una locomotora de vapor de verdad en el vestíbulo.

—La casa está distribuida en espacio flexible —dice Chester.

—¿Qué es eso? —pregunta Amy. La locomotora no le interesa en absoluto.

—Un montón de compañías de alta tecnología empezaron a usar el espacio flexible, que simplemente se refiere a un gran espacio abierto sin paredes internas o particiones... sólo algunas columnas para sostener el techo. Puedes mover algunas particiones para dividirlo en habitaciones.

—¿Como cubículos?

—La misma idea, pero las particiones llegan más alto por lo que tienes la sensación de estar en una habitación de verdad. Claro está, no llegan hasta el techo en sí. En ese caso, no quedaría sitio para el TWA.

—¿El qué? —pregunta Amy. Chester, quien les guía por entre el laberinto de particiones, contesta la pregunta echando atrás la cabeza y mirando directamente hacia arriba.

El techo de la casa es completamente de cristal, sostenido por un entramado de tubos de acero pintados de blanco. Está como a unos cuarenta o cincuenta pies de altura. Las particiones se elevan como a una altura de unos doce pies. En el espacio sobre las particiones y debajo del techo, se ha construido una rejilla, un andamiaje de tuberías rojas, casi tan grande como la casa en sí. Miles, millones, de fragmentos de aluminio están atrapados en esa rejilla espacial, como penachos arrancados y aprisionados en una pantalla tridimensional. Tiene el aspecto de un proyectil de artillería del tamaño de un campo de fútbol que hubiese estallado en fragmentos hace un microsegundo y se hubiese quedado congelado allí donde estaba; la luz se filtra por entre los fragmentos de metal, desciende por entre manojos de cables desnudos y se refleja sobre la superficie de tapicería fundida y endurecida. Es tan grande y parece estar tan cerca que cuando Amy y Randy lo miran por primera vez se echan atrás, esperando que se les caiga encima. Randy ya sabe lo que es. Pero Amy tiene que mirarlo durante mucho tiempo, y pasar de habitación en habitación, para verlo desde ángulos diferentes, antes de que adopte una forma en su mente, y se haga reconocible como algo familiar: un 747.

—La FAA y la NTSB se mostraron sorprendentemente encantados por el asunto —comenta Chester—. Lo que no deja de tener sentido. Es decir, lo han reconstruido en un hangar, ¿no? Trajeron todas las piezas, descubrieron dónde encajaban y las colgaron en la rejilla. Lo han examinado y han recogido todas las pruebas forenses que pudieron encontrar, sacaron todos los restos humanos y se deshicieron de ellos de la forma adecuada, esterilizaron los restos para que los investigadores de accidentes no tuviesen que preocuparse de pillar el sida al tocar un reborde ensangrentado o algo así. Y ya han terminado. Tienen que seguir pagando el alquiler del hangar. No pueden tirarlo. Tienen que guardarlo en algún sitio.

Así que lo único que tuve que hacer fue conseguir que certificasen la casa como un almacén federal, lo que fue un truco legal bastante fácil de ejecutar. Y si hay alguna demanda, haré que vengan los abogados a encargarse de ella. Pero en realidad no hubo ningún problema. A los chicos de Boeing les encanta, se pasan por aquí continuamente.

—Para ellos es como un recurso —es la suposición de Randy.

—Exacto.

—Te gusta ese papel.

—¡Claro! He definido un conjunto de privilegios específicamente para que los ingenieros puedan venir siempre que deseen acceder a la casa como un museo de la tecnología muerta. A eso me refería con la analogía del espacio flexible. Para mí y mis invitados es un hogar. Para los visitantes...

Allí mismo hay uno. —Chester agita el brazo al otro lado de la habitación (se trata de una habitación central de como unos cincuenta metros de lado) en dirección a un ingeniero que ha montado una cámara Hasselblad sobre un enorme trípode y la orienta directamente a un puntal doblado del tren de aterrizaje—. Para ellos es exactamente como un museo en el que hay sitios a los que puedes ir y sitios en los que si ponen el pie dispararán las alarmas y se meterán en problemas.

—¿Hay tienda de regalos? —bromea Amy.

—La estamos terminando, pero todavía no está lista... la OCRG puso todo tipo de impedimentos —rezonga Chester.

Acaban en una habitación relativamente confortable de paredes de vidrio con vistas al trazo embarrado del lago. Chester conecta una cafetera exprés que tiene el aspecto de un modelo a escala de una refinería de

petróleo y genera un par de cafés latte. Resulta que esa habitación está bajo el extremo, relativamente intacto, del ala izquierda del TWA. Randy aprecia en ese momento que todo el avión cuelga en una ligera posición virada, como si estuviese realizando un cambio de rumbo imperceptible, lo que en realidad no es lo apropiado; una inclinación vertical tendría mucho más sentido, pero en ese caso la casa debería tener cincuenta pisos de alto para contenerlo. Puede ver un patrón de grietas que se repiten sobre la superficie del ala, grietas que parecen ser la manifestación de la misma matemática subyacente que genera remolinos en una estela, o espirales en un conjunto de Mandelbrot. Charlene y sus amigos solían meterse con él por ser un platónico, pero allí donde va ve las mismas formas ideales proyectando sombras sobre el mundo físico. Quizá simplemente sea un estúpido.

La casa carece del toque femenino. Randy ha deducido, por los comentarios hechos por Chester, que el TWA no ha resultado ser el tema de conversación que él había esperado. Está considerando construir techos falsos sobre algunas de las particiones de la casa para que tengan más aspecto de habitaciones, que, admite, podría hacer que «algunas personas»

se sintiesen más cómodas y considerasen una «estancia permanente». Por tanto, es evidente que se encuentra en las primeras fases de negociación con algún tipo de mujer, lo que son buenas noticias.

—Chester, hace dos años me enviaste un correo sobre un proyecto que ibas a lanzar para construir réplicas de viejos ordenadores. Querías información sobre el trabajo de mi abuelo.

—Sí—dice Chester—. ¿Quieres verlo? No le he prestado mucha atención últimamente, pero...

—Acabo de heredar algunos de sus cuadernos de notas —dice Randy.

Las cejas de Chester se alzan. Amy mira por la ventana; su pelo, piel y ropas adoptan un pronunciado tono rojo debido al efecto Doppler al abandonar la conversación a velocidades relativistas.

—Me gustaría saber si tienes un lector de tarjetas ETC que funcione.

Chester gruñe.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—¿Quieres el Mark III de 1932? ¿O el Mark IV de 1938? ¿O...?

—¿Son diferentes? Todos leen las mismas tarjetas, ¿no?

—Sí, básicamente.

—Tengo algunas tarjetas de más o menos 1945 y me gustaría trasladarlas a un disco flexible que me pudiese llevar a casa.

Chester coge un teléfono móvil del tamaño de un pepinillo y comienza a marcar.

—Llamaré a mi hombre de las tarjetas —dice—. Un ingeniero de la ETC retirado. Vive en la isla Mercer. Viene aquí en bote un par de veces por semana y juguetea con esas cosas. Le encantará conocerte.

Mientras Chester habla con el hombre de las tarjetas, Amy mira a Randy a los ojos y le ofrece una expresión prácticamente ilegible. Parece un poco desalentada. Cansada. Lista para regresar a casa. Sus pocos deseos de mostrar sus sentimientos lo confirman. Antes del viaje, Amy hubiese estado de acuerdo en que de todo debe haber en la viña del señor. Ahora mismo seguiría afirmándolo. Pero Randy, en los últimos días, le ha estado mostrando algunas aplicaciones prácticas de ese concepto, y le va a llevar un tiempo encajarlas en su visión del mundo. O, lo que es más importante, en su visión de Randy. Y sí, efectivamente, justo cuando Chester deja de hablar, ella le pregunta si puede usar el teléfono para llamar a las compañías aéreas. Sólo hay un momentáneo vistazo al TWA. Y una vez que Chester se recupera de su asombro ante la idea de que alguien en esta época todavía use tecnología de voz para realizar reservas de avión, la lleva hasta el ordenador más cercano (hay una máquina UNIX completamente equipada en cada habitación) y conecta directamente con las bases de datos de líneas aéreas y comienza a buscar la ruta óptima de regreso a casa. Randy se acerca a la ventana y mira las frías olas que golpean la costa de barro y lucha contra el impulso de quedarse en Seattle, una ciudad en la que podría ser muy feliz. Tras él, Chester y Amy dicen continuamente «Manila», y suena ridículamente como un lugar exótico al que es difícil llegar. Randy piensa que es marginalmente más inteligente que Chester y que sería aún más rico si se hubiese quedado aquí.

Una lancha rápida de color blanco se acerca a toda velocidad virando la punta en la dirección de la isla Mercer y se dirige hacia él. Randy deja el café frío y va al coche para recoger cierto baúl, un regalo amable de una encantada tía Nina. Está lleno de ciertos viejos tesoros, como los cuadernos de física de instituto de su abuelo. Deja a un lado (por ejemplo) una caja

con la etiqueta DESAFÍO HARVARD-WATERHOUSE DE BÚSQUEDA DE FACTORES PRIMOS 1949-1952 para revelar un montón de ladrillos, cada uno cuidadosamente envuelto en papel amarillento por el tiempo, cada uno formado por un montón corto de tarjetas ETC y cada uno con la inscripción INTERCEPTACIONES ARETUSA con fechas de 1944 a 1945.

Llevan más de cincuenta años en animación suspendida, almacenados en un medio físico ya muerto, y ahora Randy va a devolverles la vida, y quizá enviarlos a la red; algunas hebras de ADN fósil arrancadas de su cascarón fósil de ámbar y entregadas de nuevo al mundo.

Probablemente fracasen y mueran, pero si florecen harían que la vida de Randy fuese un poco más interesante. No es que ahora mismo carezca de interés, pero es más fácil introducir complicaciones nuevas que resolver las antiguas.

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