Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 79 de 106

Páginas del PDF

Criptonomicon

Pulso

M ientras Avi vuelve a atravesar la casa, emite en hebreo algo que suena muy bíblico que hace estallar en lágrimas a los chicos, y que sus niñeras se pongan en pie y empiecen a guardar cosas en bolsas. Devorah sale del cuarto donde ha estado durmiendo sus náuseas del embarazo. Ella y Avi se abrazan con cariño en el pasillo y Randy comienza a sentirse como un cuerpo extraño encajado en el ojo de alguien. Así que se dirige directamente a la salida, se sube al coche y empieza a conducir. Atraviesa las colinas sobre la falla de San Andrés hasta Skyline y luego se dirige al sur. Diez minutos más tarde, el coche de Avi le adelanta con estruendo por el carril izquierdo, yendo a noventa o cien millas por hora. Randy apenas tiene tiempo de leer la pegatina del parachoques: LA GENTE

DESAGRADABLE ES UN INCORDIO.

Randy busca un sitio totalmente anónimo en el que pueda conectarse a Internet. Un hotel no le sirve, porque los hoteles mantienen buenos registros de las llamadas telefónicas salientes. Lo que debería hacer es emplear el interfaz de radio por paquetes que tiene en el portátil, pero incluso esa tecnología requiere un lugar en donde pueda sentarse y trabajar tranquilo durante un rato. Lo que le hace pensar en términos de un garito de comida rápida, que no se puede encontrar en el desierto del centro de la península.

Para cuando ha llegado a las faldas norte del Valle —Menlo Park y Palo Alto— ha decidido que se jodan, simplemente irá a la escena de la acción.

Quizás allí pueda ser de alguna utilidad. Así que toma la salida de El Monte y se dirige al distrito empresarial de Los Altos, un centro urbano americano

de mediados del siglo XX bastante típico que está siendo metabolizado gradualmente por las franquicias.

Una calle principal intersecta, en algo diferente a un ángulo de noventa grados, una calle comercial más pequeña, definiendo dos (pequeños) espacios de ángulo agudo y dos (grandes) espacios de ángulo obtuso. A uno de los lados de la calle principal, el espacio de ángulo obtuso está ocupado por un edificio de oficinas de dos pisos, hogar de la sede de Ordo y Tombstone. El espacio de ángulo agudo está ocupado por el McDonald's.

En el lado opuesto de la calle principal, el espacio de ángulo agudo está ocupado, extrañamente, por un 24 Jam, el único que Randy ha visto en el hemisferio occidental. El espacio de ángulo obtuso está ocupado por un Park 'n' Lock, donde puedes aparcar para dedicarte a esa actividad pasada de moda que consiste en vagar por el distrito comercial de tienda en tienda.

El aparcamiento de McDonald's está lleno, así que Randy se mete por el McAuto, elige n, donde n es un número al azar entre uno y seis, y pide un McMenú n con patatas fritas grandes. Habiéndose asegurado la comida, dirige el Acura directamente al otro lado de la calle, entrando en el Park 'n'

Lock justo a tiempo para ver que un furgón con el logotipo de una estación de televisión de San José ocupa el último espacio disponible. Randy no planea alejarse de su coche, así que se limita a bloquear a otro. Pero mientras tira del freno de mano, nota movimiento en el interior del otro coche, y prestando algo más de atención comprende que está viendo a un hombre de pelo largo y barba cargando metódicamente una escopeta. El hombre ve por el retrovisor que Randy le está mirando y se vuelve con una expresión escrupulosamente amable de «perdóneme señor, pero parece que me ha dejado atrapado». Randy le reconoce como Mike o Mark, un hacker de tarjetas gráficas que cría avestruces en Gilroy (los hobbies raros son de rigor en el mundo de la alta tecnología). Mueve el Acura, bloqueando lo que parece una camioneta abandonada de la época de Starsky y Hutch.

Randy se sube al techo de su coche con el portátil y el McMenú n.

Hasta hace poco, jamás se habría sentado sobre su Acura porque su masa considerable hubiese abollado la chapa de metal. Pero después de que Amy lo golpease con un camión, Randy se ha vuelto mucho menos anal y ahora lo ve como una herramienta a usar hasta que se convierta en un morrena de fragmentos oxidados. Resulta que tiene un adaptador de doce voltios para el

portátil, así que lo mete en el encendedor del coche. Finalmente, se acomoda y puede dar un buen vistazo.

El aparcamiento del edificio de oficinas de Novus Ordo Seclorum está lleno de coches de policías, y BMW y Mercedes Benz que Randy asume pertenecen a los abogados. El Range Rover de Avi está aparcado garboso sobre una zona ajardinada, y también hay algunos equipos de televisión.

Frente a la entrada principal del edificio hay un montón de gente ocupando el menor espacio posible y gritándose los unos a los otros. El grupo está rodeado por anillos concéntricos de policías, periodistas y adláteres de bufete —colectivamente, lo que Tolkien llamaría Hombres— y algunas pocas criaturas no-humanas o post-humanas imbuidas de peculiares fisionomías y vagos poderes mágicos: Enanos (firmes, productivos, hoscos) y Elfos (brillantes, de una forma más etérea). Randy, un Enano, ha empezado a comprender que quizá su abuelo fuese un Elfo. Avi es un Hombre con fuerte resplandor élfico. Presumiblemente, en el centro de todo se encuentra Gollum.

Hay una pequeña ventana en la pantalla del portátil de Randy que muestra una animación cutre del estilo de los noticiarios de los años cuarenta: una torre de radio, de la que radian ondas de radio conceptuales en zigzag sobre toda la Tierra, que ridículamente no aparecen a escala, el diámetro de la Tierra es más o menos igual a la altura de la torre. Que esos info-rayos jovianos sean visibles es una indicación visual de que el adaptador de radio ha conseguido conectarse a la red de radio por paquetes.

Randy abre una ventana de terminal y teclea:

telnet laundry.org

y unos segundos después, ¡bang!, tiene su petición de entrada. Randy da otro vistazo a la ventana animada y aprecia aprobador que los info-rayos han sido sustituidos por chorros de interrogaciones. Eso significa que el ordenador ha reconocido a laundry.org como una máquina S/WAN —

corriendo el protocolo Secure Wide Area Network—, lo que significa que todos los paquetes transmitidos entre el portátil de Randy y laundry.org están cifrados. Lo que indudablemente es una buena idea cuando estás a punto de hacer algo ilegal por radio.

Mike o Mark sale de su coche, recortando una dramática figura con un largo abrigo negro al estilo del Oeste, un aspecto algo mancillado por la camiseta que lleva debajo: negra con una enorme interrogación roja en medio. Se pone la cinta de la escopeta al hombro y se inclina sobre la puerta trasera para coger un enorme sombrero negro de cowboy, que coloca sobre el techo del coche. Lanza los codos al aire y reúne el pelo largo y negro tras las orejas, mirando al cielo, y luego se clava el sombrero de cowboy en la cabeza. Alrededor del cuello lleva un pañuelo de cabeza, estampado con un motivo de marcas de interrogación, que se coloca sobre el puente de la nariz, de forma que entre ella y el sombrero sólo quede una ranura para los ojos. Randy estaría realmente alarmado si no fuese porque varios de sus amigos, como John Cantrell, a menudo van por ahí con ese aspecto. Mike o Mark atraviesa el Park 'n' Lock, seguido cuidadosamente por una cámara, y corre por la calle hasta el 24 Jam.

Randy entra en laundry.org empleando ssh —«secure shell»—, una forma de cifrar aún más las comunicaciones entre dos ordenadores.

Laundry.org es un servicio anonimizador; todos los paquetes enviados a través suyo a cualquier otro ordenador pierden primero toda información identificativa, de forma que alguien que posteriormente intercepte uno de esos paquetes no tiene forma de saber dónde se originó. Una vez que ha entrado en el anonimizador, Randy teclea:

telnet cripta.kk

y le da a la tecla de retorno y luego, real y literalmente, reza. La Cripta está todavía sufriendo su periodo de torturas (que de hecho es la única razón por la que el contenido de Tombstone todavía no se ha trasladado allí).

En el parking del 24 Jam, Mike o Mark se ha unido a otros tres de aspecto élfico con sombreros negros y pañuelos de cabeza, que Randy puede identificar basándose en la longitud y color de las colas y barbas.

Está Stu, un estudiante graduado de Berkeley que de alguna forma está implicado en el proyecto PEPH de Avi, y Phil, quien hace unos años inventó un importante lenguaje de programación y que se va a esquiar en helicóptero en su tiempo libre, y Craig, que sabe todo lo que se puede saber sobre transacciones cifradas de tarjetas de crédito en la Red y que es un devoto de la arquería tradicional nipona. Algunos de ellos llevan abrigos largos y otros no. Hay mucha iconografía de los Adeptos al Secreto:

camisetas con el número 56, que es un código para Yamamoto, o simplemente imágenes de Yamamoto, o un enorme signo de interrogación.

Mantienen una conversación enérgica y alegre —aunque parece algo forzada— porque, desde el punto de vista de un hombre, llevan armas largas a la vista. Uno de ellos lleva un rifle de caza, y cada uno de los otros carga con un arma de aspecto rudimentario con un cargador largo sobresaliendo de un lado. Randy cree, pero no está seguro, que son armas PEPH.

Esa escena, y no es sorprendente, ha llamado la atención de la policía, que ha rodeado a esos cuatro con coches patrullas, y los agentes permanecen listos con rifles y escopetas. Es una rareza de la ley en muchas jurisdicciones que llevar (digamos) una derringer calibre 22 de un solo tiro oculta requiera una licencia, y llevar (digamos) a la vista un gran rifle de caza sea perfectamente legal. Las armas ocultas son ilegales o están muy reguladas, y las que no se pueden ocultar no lo están. por tanto, muchos Adeptos al Secreto —que tienden a estar locos por las armas— han adquirido la costumbre de pasearse por ahí claramente armados como forma de señalar lo absurdo de esas reglas. Su argumento es el siguiente: ¿a quién coño le importan las armas ocultas si en realidad sólo sirven para defenderse contra el asalto de criminales comunes que casi nunca se producen? La verdadera razón por la que la Constitución da el derecho a portar armas es para defenderse uno mismo contra un gobierno opresor, y cuando se trata de eso, un arma corta es casi inútil. Por tanto (según esos tíos) si vas a hacer uso de tu derecho a poseer y llevar armas, deberías hacerlo abiertamente cargando con algo grande.

Un montón de basura atraviesa la pantalla de Randy. BIENVENIDO A LA CRIPTA, empieza, y luego hay un párrafo de información explicando lo genial que es la idea de la Cripta y como cualquiera que se preocupe por la intimidad debería abrir una cuenta aquí. Randy trunca el mensaje comercial dándole a una tecla y entra como Randy. Luego teclea el comando: telnet tombstone.epiphyte.com

y obtiene como respuesta dos gratificantes mensajes: uno dice que se ha establecido una conexión con Tombstone, y el siguiente dice que se ha negociado automáticamente un enlace S/WAN. Finalmente obtiene:

tombstone login:

lo que significa que ahora tiene total libertad para entrar en la máquina que está al otro lado de la calle. Y ahora el señor Randy debe tomar una pequeña decisión.

Hasta ahora, está limpio. Los bits que salen de su portátil están cifrados; por tanto, incluso si alguien está vigilando la red de radio por paquetes, lo único que sabe es que algunos bits cifrados están volando por ahí. No pueden seguir ninguno de esos bits hasta la máquina de Randy sin traer un elaborado equipo de detección direccional y acercarse a él de forma más que evidente. Esos bits cifrados acaban eventualmente en laundry.org, allá en Oakland, que es un sistema informático conectado a Internet en el que probablemente entran y salen miles de paquetes cada segundo. Si alguien tuviese pinchada la línea T3 de laundry.org, lo que requeriría una gran inversión en ordenadores y hardware de comunicaciones, detectaría un pequeño número de paquetes cifrados que van a crípta.kk en Kinakuta. Pero igualmente, carecerían de información identificativa, y por tanto sería incluso imposible relacionarlos con laundry.org y no digamos nada de llegar hasta el portátil de Randy.

Pero para que Randy pueda entrar en Tombstone y comenzar a alterar las pruebas, debe identificarse. Si fuese una de esas máquinas de poca seguridad que son legión en Internet, podría simplemente explotar uno de los múltiples agujeros de seguridad y abrirse paso, de forma que si se descubriesen sus actividades en la máquina podría afirmar que no era él, simplemente se trataba de un cracker que resulta que entró en la máquina justo cuando se la llevaba la policía. Pero Randy ha empleado varios años de su vida haciendo que máquinas como esa sean inexpugnables para los crackers, y sabe que es imposible.

Más aún, no tiene sentido identificarse como cualquier usuario, como por ejemplo, empleando una cuenta de invitado. A los invitados no se les permite alterar archivos de sistema. Para poder alterar realmente las pruebas, Randy tiene que entrar como superusuario. El nombre de la cuenta de superusuario es, inconvenientemente, «randy» y no puedes entrar como

«randy» sin meter una clave que sólo Randy conocería. Por tanto, después de emplear lo último en tecnología criptográfica y comunicación

transoceánica por paquetes para ocultar su identidad, Randy se encuentra ahora ante la necesidad de teclear su nombre en la puta máquina.

Se le ocurre un pequeño plan consistente en enviar un mensaje anónimo a todos los usuarios de laundry.org diciéndoles que la clave de la cuenta

«randy» en «tombstone.epiphyte.com» es tal y tal e instándoles a difundir esa información por toda Internet tan rápido como puedan. Podría haber sido una idea decente si se le hubiese ocurrido hace una hora. Ahora es demasiado tarde; cualquier fiscal con medio cerebro siguiendo la indicación de tiempo del mensaje podría demostrar que no era más que un subterfugio.

Además, se le está acabando el tiempo. La discusión al otro lado de la calle, que a esa distancia no es más que un alboroto chillón, está llegando a algún climax.

Randy mientras tanto ha lanzado su navegador y ha ido a la página de ordo.net. Normalmente, es una página corporativa bastante aburrida, pero hoy todas las citas y notas de prensa han sido sustituidas por una ventana que muestra un vídeo en color en directo de lo que sucede frente al edificio (o más bien, lo que sucedía hace unos segundos; como viene por un triste enlace de radio, el vídeo cambia una vez cada tres segundos). El vídeo se origina en la misma Ordo, donde evidentemente han dirigido una cámara por la ventana y están enviando las imágenes directamente por su propia línea T3.

Randy levanta la vista justo a tiempo para ver al tipo que inventó el término «realidad virtual» atravesar el parking en animada conversación con el editor ejecutivo de TURING Magazine. No muy detrás está Bruce, una ingeniero de sistemas operativos que, en su tiempo libre, graba música tradicional de Tierra del Fuego y la pone gratis a disposición de todos en Internet.

—¡Bruce! —grita Randy.

Bruce vacila y mira en dirección a Rahdy.

—Randy —dice.

—¿Por qué estás aquí?

—Los rumores son que los federales están asaltando Ordo —dice Bruce.

—Interesante... ¿Algún federal en particular?

—Comstock —dice Bruce. Se refiere a Paul Comstock, quien, en virtud de ser fiscal general de los Estados Unidos, dirige el FBI. Randy no cree ese rumor, pero a pesar de ello examina la zona en busca de personas que encajen en el perfil general de agentes del FBI. El FBI odia y teme la criptografía potente. Mientras tanto, otro tipo de los Adeptos al Secreto grita:

—¡Yo he oído que era el Servicio Secreto!

Lo que en cierta forma da más miedo, porque el Servicio Secreto es parte del Departamento del Tesoro, y se ocupa de combatir el fraude electrónico y proteger la moneda de la nación.

Randy dice:

—¿Estarías abierto a considerar la posibilidad de que todo sean rumores de la Red? ¿Que lo que realmente sucede es que un equipo en el interior de las oficinas de Ordo está siendo retirado como parte de una disputa legal?

—Entonces, ¿qué hacen aquí todos esos policías? —dice Bruce.

—Quizá los atrajeron los hombres enmascarados con rifles de asalto.

—Bien, ¿por qué se iban a presentar los Adeptos al Secreto si no fuese un asalto del gobierno?

—No lo sé. Quizá sea algún fenómeno espontáneo de autoorganización... como el origen de la vida en la sopa primordial.

Bruce dice:

—¿No es igualmente posible que la disputa legal sea un pretexto?

—En otras palabras, ¿que la disputa sea como un caballo de Troya construido por Comstock?

—Sí.

—Conociendo a las partes implicadas, lo consideraría improbable —

dice Randy—, pero déjame pensarlo.

El ruido y la intensidad de la discusión en el aparcamiento de Ordo se incrementa. Randy mira la ventana de vídeo, que por desgracia no tiene banda sonora. Las transiciones entre fotogramas llegan como bloques aislados de píxeles nuevos que se superponen uno a uno sobre los viejos, como un gigantesco cartel de carretera pegado a trocitos. No es televisión en alta resolución. Pero Randy reconoce claramente a Avi, alto, pálido y tranquilo, flanqueado por un tipo que probablemente sea Dave, el

presidente de Ordo, y otro tío que evidentemente es un abogado.

Literalmente están de pie en la entrada del edificio y mirando a dos policías y a otro tipo que no es más que Andrew Loeb, que se encuentra en rápido movimiento y por tanto impone una carga insuperable al ancho de banda. El sistema de vídeo para Internet es lo suficientemente inteligente como para no molestarse con las partes de una imagen que no cambian demasiado, y por tanto, los policías inmóviles se refrescan, digamos, un par de veces por minuto, y aun así no son más que un par de fragmentos rectangulares. Pero Andrew Loeb agita los brazos, salta arriba y abajo, se lanza contra Avi de vez en cuando, se retira y habla por su teléfono móvil, y agita documentos en el aire. El ordenador le ha identificado como un montón de píxeles que exigen gran atención, y por tanto, en algún lugar, un pobre algoritmo está batiéndose con la mancha de gran presión formada por píxeles comprimidos que es la imagen de Andrew Loeb, y está haciendo lo que puede por congelar las partes que se mueven con mayor rapidez para formar fotogramas discretos y dividirlos en cuadraditos que puedan enviarse por la Red. Esos paquetes llegan al ordenador de Randy a medida que los entrega la red de radio, es decir, de forma esporádica y en el orden incorrecto. Por tanto, Andrew Loeb se presenta como un artefacto de vídeo digital cubista, una ameba rectilínea formada en su mayoría por píxeles del color beige de los abrigos de trinchera. De vez en cuando súbitamente aparecen su boca y sus ojos, incorpóreos, en el centro de un bloque de imagen, y allí permanecen durante unos segundos, cristalizados en un momento de furia aulladora.

Las imágenes son extrañamente hipnóticas hasta que un golpe saca a Randy de su ensueño. Levanta la vista para comprobar que el furgón que había bloqueado no estaba, después de todo, abandonado; estaba lleno de Enanos, que acaban de abrir las portezuelas traseras de un golpe para mostrar un montón de cables y conexiones. Un par de Enanos suben un gran aparato al techo del furgón. Hay cables que llegan hasta otro aparato que queda abajo. Son aparatos eléctricos —y no parecen capaces de disparar proyectiles—, así que Randy decide no prestarles demasiada atención por el momento.

Al otro lado de la calle las voces suben de intensidad. Randy ve algunos policías bajando de un furgón policial cargando con un ariete. Randy teclea:

randy

y pulsa la tecla de retorno. Tombstone responde:

password:

y Randy la teclea. Tombstone le informa de que está conectado, y que tiene correo.

El hecho de que Randy acabe de conectarse ha quedado registrado en varios puntos del disco duro. En otras palabras, acaba de dejar un montón de huellas digitales grasientas sobre el arma que la policía está a punto de requisar como prueba. Si apagan Tombstone y se lo llevan antes de que Randy tenga tiempo de borrar sus huellas, sabrán que se conectó justo en el mismo momento en que se confiscaba Tombstone y le mandarían a chirona por alterar pruebas. Le gustaría mucho que Douglas MacArthur Shaftoe fuese de alguna forma consciente de esta operación que exige cojones y que está realizando ahora mismo. Pero claro, Doug probablemente haya hecho muchas cosas que exigían cojones y que Randy nunca sabrá, y Randy le respeta igualmente por su porte. Quizá la forma de conseguir semejante porte sea ir por ahí haciendo en secreto cosas que exigen cojones, actividades que de alguna forma se filtran hasta la superficie de tu personalidad.

Randy podría limitarse a reformatear el disco duro con una única orden, pero (1) llevaría varios minutos completar la operación y (2) no borraría del todo los bits incriminatorios, que un técnico decidido podría recuperar del disco duro. Como sabe qué archivos han registrado su entrada, ejecuta un comando que encuentra esos archivos en el disco duro. Luego teclea otro comando que escribe números aleatorios sobre esas zonas del disco siete veces seguidas.

Los policías están golpeando el ariete contra la puerta lateral del edificio cuando el meñique de Randy golpea la tecla de retorno y ejecuta el comando. Casi con toda seguridad ahora está a salvo de la acusación de alterar pruebas. Pero ciertamente todavía no ha alterado nada, que es en realidad el sentido de todo este ejercicio. Necesita encontrar todas las copias del mensaje de correo que especifica la latitud y la longitud del naufragio, y ejecutar en ellas el mismo truco de escribir varias veces. Si las malditas copias no estuviesen cifradas podría buscar la cadena de dígitos en

cuestión. Tal y como están las cosas, tendrá que buscar archivos que se crearon durante cierto periodo de tiempo, más o menos cuando Randy estaba en el Glory, atracado justo encima del naufragio. Randy sabe más o menos cuándo fue, así que establece los parámetros de la búsqueda para que le dé cualquier archivo creado cinco días antes y cinco días después, para estar seguros, y la limita a aquellos directorios empleados para el correo electrónico.

La búsqueda lleva una eternidad, o quizá lo parezca así porque los policías han conseguido arrancar la puerta lateral de sus bisagras y han entrado en el edificio. La ventana de vídeo llama la atención de Randy al cambiar de improviso; recibe un montaje torcido de imágenes congeladas de una habitación: una entrada, un pasillo, una sala de recepción, finalmente una barricada. Los chicos de Ordo han sacado la cámara de vídeo de la ventana y la han situado en el mostrador principal, grabando una barrera construida con mobiliario de oficina modular apilado contra la entrada de vidrio de la recepción. La cámara se gira para mostrar que una de las cuatro láminas de vidrio ya ha sido astillada por (hay que suponer) el impacto del ariete.

La «búsqueda» de Randy le devuelve una lista como de un centenar de archivos. La media docena, más o menos, importante está en algún lugar de esa lista, pero Randy no tiene tiempo de repasarla decidiendo cuál es cuál.

Hace que el sistema genere una lista de los bloques de disco ocupados por esos archivos, de forma que luego pueda realizar un superborrado. Una vez que tiene esa información, ejecuta un «rm» o comando de «borrado» sobre todos ellos. Es una forma pobre e insignificante de eliminar secretos de un disco duro, pero Randy teme que no tendrá tiempo de hacerlo más a fondo.

El «rm» no lleva más que unos momentos, y luego Randy hace que el sistema escriba números aleatorios sobre esos bloques de disco siete veces seguidas, como ya hizo antes. Para entonces, la barricada está dispersa por toda la recepción de Ordo y los policías han entrado. Han sacado las armas y las mantienen apuntadas al techo con cara de no estar pasándoselo demasiado bien.

Queda una cosa por hacer. En realidad, es muy importante. La gente de Epiphyte emplea Tombstone para todo tipo de tareas, y no hay forma de saber si en algún otro lugar existen copias de la latitud y la longitud. Casi

toda Epiphyte está formada por empedernidos usuarios del ordenador, el tipo de persona con tendencia a escribir un pequeño script para realizar copias de seguridad y archivarlas semanalmente. Así que escribe su propio script que escribirá información aleatoria sobre todos los sectores de todo el disco duro, y luego lo hará de nuevo, y de nuevo, y de nuevo, por siempre...

o hasta que los policías tiren del cordón de corriente. Justo después de que pulse la tecla de retorno para enviar su comando a Tombstone, oye un zumbido eléctrico que proviene del furgón y que por un momento le pone los pelos de punta. Ve un policía en su ventana de vídeo, congelado. Luego la pantalla del ordenador se apaga.

Randy mira el viejo furgón. Los Enanos se felicitan unos a otros.

Se oye el silbido de las ruedas y el sonido de una colisión a baja velocidad en la calle. Como media docena de coches se han detenido lentamente, y algunos han golpeado por detrás a otros que todavía funcionan. El McDonald's ha quedado a oscuras. Los técnicos de televisión maldicen en el interior de sus unidades móviles. Los agentes de policía y los abogados están golpeando con las manos los walkie-talkies y los teléfonos móviles.

—Perdónenme —le dice Randy a los Enanos—, caballeros, ¿hay algo que les gustaría compartir conmigo?

—Acabamos de cargarnos todo el edificio —dice uno de los Enanos.

—¿Cargárselo en qué sentido?

—Le hemos enviado un enorme pulso electromagnético. Hemos freído todos los chips de los alrededores.

—¿Así que ahora no es más que tierra quemada? ¿Una de esas cosas de confiscadlo si queréis malditos federales, ahora no es más que un montón de basura inútil?

—Sí.

—Bien, ciertamente produjo su efecto en esos coches —dice Randy—, y definitivamente produjo efecto en este montón de basura que solía ser mi ordenador.

—No se preocupe... no afecta a los discos duros —dice el Enano—, así que todos sus archivos están intactos.

—Sé que espera que considere esa información como una buena noticia

—dice Randy.

OceanofPDF.com