Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 14 de 106

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Criptonomicon

Pesadilla

B obby Shaftoe se ha convertido en todo un experto en pesadillas.

Como un piloto de combate que salta de un avión en llamas, ha salido catapultado de una vieja pesadilla, para caer en una todavía mejor y totalmente nueva. Es escalofriante y tranquila; nada de lagartos gigantes.

Comienza con calor en su rostro. Si tienes combustible suficiente para mover un barco de cincuenta mil toneladas por el océano Pacífico a veinticinco nudos, lo metes todo en un tanque y, a continuación, los nipos pasan volando y lo incendian en unos segundos, mientras tú estás lo suficientemente cerca para ver las sonrisas de triunfo de los pilotos, entonces sí que consigues sentir el calor en el rostro.

Bobby Shaftoe abre los ojos, esperando que al hacerlo esté alzando el telón de otra absurda pesadilla, probablemente los momentos finales de

¡Bombarderos a las dos en punto! (su favorita) o el sorpresivo arranque de Masacrados por hombres amarillos XVII.

Pero esta pesadilla no parece tener banda sonora. Todo está tan silencioso como en una emboscada. Está sentado en una cama de hospital rodeado de un pelotón de lámparas de carbono que hacen difícil distinguir ninguna otra cosa.

Shaftoe parpadea y enfoca un remolino de humo de cigarrillo que flota en el aire, como el combustible vertido en una cala tropical. La verdad es que huele bien.

Hay un joven sentado cerca de su cama. Todo lo que Shaftoe puede ver de él es un halo asimétrico donde las luces se reflejan en el acabado oleoso de su tupé. Y el punto rojo del cigarrillo. Y si presta más atención, puede

distinguir la silueta de un uniforme militar. No es un uniforme de marine.

En sus hombros relucen barras de teniente, luz brillante entre puertas dobles.

—¿Le gustaría otro cigarrillo? —dice el teniente. Su voz es áspera, pero extrañamente amable.

Shaftoe baja la vista y ve en su mano el centímetro final de un Lucky Strike entre los dedos.

—Hágame una pregunta difícil —consigue decir. Su propia voz suena profunda y lenta, como un gramófono que va deteniéndose.

La colilla se sustituye por un nuevo cigarrillo. Shaftoe se lo lleva a los labios. Tiene un vendaje en el brazo, y bajo la tela puede sentir penosas heridas intentando causarle dolor. Pero algo bloquea las señales.

Ah, la morfina. No puede ser una pesadilla tan mala si es producto de la morfina, ¿no?

—¿Está listo? —dice la voz. Maldición, la voz le suena familiar.

—¡Señor, hágame una pregunta difícil, señor! —dice Shaftoe.

—Eso ya lo ha dicho.

—¡Señor, si le pregunta a un marine si quiere otro cigarrillo, o si está listo, la respuesta es siempre la misma, señor!

—Buen espíritu —dice la voz—. Denle a la película.

Se oyen chasquidos que vienen de la oscuridad que se encuentra más allá del firmamento de lámparas de carbono.

—Listo —responde una voz.

Algo grande desciende hacia Shaftoe. Se agacha sobre la cama, porque se parece exactamente a los huevos siniestros soltados en el aire por los bombarderos nipos. Pero se detiene y flota en el aire.

—Sonido —dice otra voz.

Shaftoe mira con mayor atención y ve que no es una bomba, sino un enorme micrófono en forma de bala al final de un brazo.

El teniente con el tupé se inclina, buscando instintivamente la luz, como un viajero en una fría noche de invierno.

Se trata de ese tipo de las películas. ¿Cuál es su nombre? ¡Oh, sí!

Ronald Reagan tiene sobre el regazo un montón de tarjetas de tres pulgadas por cinco. Coge una nueva:

—¿Qué consejo daría usted, como el americano más joven que ha obtenido la Cruz de la Marina y la Estrella de Plata, a los jóvenes marines que se dirigen a Guadalcanal?

Shaftoe no tiene que pensárselo demasiado. Los recuerdos siguen tan claros como la undécima pesadilla de la noche pasada: ¡diez valientes nipos en Carga suicida!

—Mata primero al que lleva la espada.

—Ah —dice Reagan, elevando las cejas bien perfiladas, y moviendo el tupé en dirección a Shaftoe—. Muy inteligente… a por ellos porque son los oficiales, ¿no?

—¡No, gilipollas! —aulló Shaftoe—. ¡Los matas porque tienen putas espadas! ¿Alguna vez ha visto a alguien corriendo en su dirección agitando una puta espada?

Reagan retrocede. Ahora está asustado, el sudor hace que se le corra el maquillaje, aunque por la ventana entra una ligera brisa fresca procedente de la bahía.

Reagan sólo desea dar media vuelta, volver a Hollywood y metérsela a alguna aspirante a estrella. Pero está atrapado aquí, en Oakland, entrevistando al héroe de guerra. Repasa el montón de tarjetas, rechazando como veinte de ellas. Shaftoe no tiene prisa, va a permanecer tendido en esa cama de hospital aproximadamente durante el resto de su vida. Incinera medio cigarrillo con una larga chupada, contiene el humo y expulsa un anillo.

Cuando luchaban de noche, los cañones de los barcos producían anillos de gas incandescente. No como rosquillas gruesas, sino delgados, que se retorcían como lazos. El cuerpo de Shaftoe está saturado de morfina. Los párpados le caen en avalancha sobre los ojos, calmando el ardor y la inflamación causados por las luces y el humo de los cigarrillos. Él y su pelotón corren desafiando la marea que se aproxima, intentando atravesar un cabo. Son marine raiders y han estado persiguiendo a una unidad nipo específica por todo Guadalcanal durante dos semanas, mermándolos.

Mientras sigan por allí, se les ha ordenado llegar a cierto punto del cabo, desde donde deberían poder bombardear con los morteros al Expreso de Tokio que se aproxima. Es una táctica algo atolondrada e imprudente, pero no lo llaman Operación Cuatro Cuartos por nada; es una absurda

improvisación desde el principio. Van retrasados porque ese pequeño grupo de nipos se ha mostrado realmente tenaz, poniendo emboscadas tras cada tronco caído, disparándoles cada vez que se acercaban a una ensenada…

Algo pegajoso le golpea en la frente: es el maquillador que le da un repaso. Shaftoe se encuentra de vuelta en la pesadilla que a su vez contenía la pesadilla del lagarto.

—¿Le he hablado del lagarto? —dice Shaftoe.

—Varias veces —responde su interrogador—. No nos llevará más que un minuto. —Ronald Reagan sostiene entre el pulgar y el índice una nueva tarjeta de tres por cinco, con una pregunta algo menos emocional—. ¿Qué hacían usted y sus compañeros por las noches cuando terminaban de luchar?

—Apilar nipos muertos con un bulldozer —dice Shaftoe—, y prenderles fuego. Luego íbamos a la playa con una botella de aguardiente y veíamos cómo torpedeaban a nuestros barcos.

Reagan hace una mueca.

—¡Corten! —dice, con tranquilidad pero con voz de mando. El sonido de la cámara se apaga.

—¿Qué tal he estado? —dice Bobby Shaftoe mientras le quitan el maquillaje de la cara y guardan el equipo. Las luces de carbono se han apagado, y la luz clara del norte de California entra por la ventana. Toda la escena parece casi real, como si no fuese una pesadilla.

—Ha estado genial —dice el teniente Reagan, sin mirarle a los ojos—.

Un buen estímulo para la moral —enciende un cigarrillo—. Ahora puede volver a dormir.

—¡Ja! —dice Shaftoe—. Hace rato que estoy dormido. ¿No?

Se siente mucho mejor cuando le dejan salir del hospital. Le dan un par de semanas de permiso, va derecho a la estación de Oakland y se mete en un tren con dirección a Chicago. Los otros pasajeros le reconocen por las fotos en los periódicos, le invitan a beber, posan con él para fotografías de recuerdo. Durante horas mira por la ventana, viendo pasar América, y ve que todo es hermoso y está limpio. Puede que haya lugares salvajes, puede que haya bosques profundos, puede que haya osos grizzly y pumas, pero

todo está bien separado, y las reglas (no juegues con los oseznos, por la noche cuelga la comida de la rama de un árbol) son bien conocidas, y han sido publicadas en el manual de los boy scouts. En las islas del Pacífico hay demasiadas cosas con vida, y todo se encuentra en el continuo proceso de comer y ser comido por otra cosa y, en cuanto pones el pie allí, estás metido en el mismo lío. El sólo hecho de estar sentado en un tren durante un par de días, con los pies metidos en calcetines limpios de algodón blanco, sin ser comido por otra cosa, ayuda mucho a aclararle la cabeza. Sólo en una ocasión, o quizás en dos o tres, siente realmente la necesidad de refugiarse en el trono e inyectarse morfina en el brazo.

Pero cuando cierra los ojos se encuentra en Guadalcanal, arrastrándose por esa última franja de tierra, corriendo frente a la marea. Las grandes olas están ya encima, atrapando a los hombres y golpeándolos contra las rocas.

Al final gira y ve la cala: no más que una muesca en la costa de Guadalcanal. Un centenar de metros de marisma frente a un acantilado.

Tendrán que atravesar esa marisma y establecer una posición segura en la base del acantilado y si la marea no los arrastra…

Los Shaftoe son gente de las montañas de Tennessee; entre otras cosas, mineros. Cuando Nimrod Shaftoe se trasladó a Filipinas, un par de sus hermanos se fueron al oeste de Wisconsin para trabajar en las minas de plomo. Uno de ellos —el abuelo de Bobby— se convirtió en capataz. En ocasiones iba hasta Oconomowoc para visitar al dueño de la mina, que poseía una casa de verano en uno de los lagos. Salían en el bote y pescaban lucios. A menudo les acompañaban los vecinos —banqueros y dueños de fábricas de cerveza— del propietario. Así fue como los Shaftoe se trasladaron a Oconomowoc, y dejaron las minas para convertirse en guías de caza y pesca. La familia había sido muy escrupulosa en la conservación del ancestral acento sureño y algunas otras tradiciones, como el servicio militar. Una de sus hermanas y dos de sus hermanos siguen viviendo con mamá y papá, y sus dos hermanos mayores están en el ejército. Bobby no es el primero en recibir una Estrella de Plata, aunque sí es el primero en recibir una Cruz Naval.

Bobby da una charla a la tropa de boy scouts de Oconomowoc. Va en cabeza en el desfile de la ciudad. Aparte de eso, durante dos semanas apenas sale de casa. En ocasiones va al patio a jugar al «tú la llevas» con

sus hermanos más jóvenes. Ayuda a papá a arreglar un muelle podrido.

Chicos y chicas de cuando estaba en el instituto vienen continuamente a visitarle, y Bobby pronto descubre el truco que su padre, sus tíos y tíos abuelos ya conocían, que es no hablar jamás sobre los detalles concretos de lo sucedido. Nadie quiere saber cómo tuvo que sacarse de la pierna la mitad de las muelas de un compañero usando la bayoneta. Ahora esos chicos le parecen idiotas y pesos ligeros. La única persona cuya presencia puede soportar es su bisabuelo Shaftoe, de noventa y cuatro años y tan agudo como una tachuela, que estaba en Petersburg cuando Burnside abrió un buen agujero en las líneas confederadas con explosivos enterrados y envió a sus hombres corriendo al cráter donde fueron masacrados. Evidentemente, nunca habla de esa experiencia, al igual que Bobby Shaftoe nunca habla de su lagarto.

Pronto se le acaba el tiempo, y luego tiene la gran despedida en la estación de tren de Milwaukee, abraza a mamá, abraza a sus hermanas, da la mano a papá y a sus hermanos, vuelve a abrazar a mamá y parte.

Bobby Shaftoe no sabe nada del futuro. Sólo sabe que le han ascendido a sargento, le han separado de su antigua unidad (lo que no es tan raro, ya que es el único superviviente de su pelotón) y le han asignado a una rama del Cuerpo en Washington D.C. de la que nunca había oído hablar.

D.C. es un lugar bullicioso, pero la última vez que Bobby Shaftoe se había molestado en mirar los periódicos, allí no se combatía, así que evidentemente no le iban a dar un puesto de combate. De todas formas, ya ha hecho su parte, ha matado más nipos de los que le tocaban, ha ganado sus medallas, ha sufrido sus heridas. Como carece de conocimientos administrativos, espera que el nuevo puesto consista en viajar por el país siendo un héroe de guerra, elevando la moral y convenciendo a los jóvenes para que se unan al Cuerpo.

Se presenta, como le han ordenado, en Marine Barracks, Washington, D.C. Se trata del destino más antiguo del Cuerpo, una manzana entre el Capitolio y el Navy Yard, un cuadrángulo verde donde la banda de Marines se pavonea y los entrenadores entrenan. Casi espera ver reservas estratégicas de saliva y betún almacenadas en grandes tanques.

En la oficina hay dos marines: un mayor, que es su nuevo oficial al mando, y un coronel, que parece y se comporta como si hubiese nacido

aquí. Es asombroso más allá de toda descripción que dos personajes de tal calibre estén allí para recibir a un simple sargento. La Cruz Naval debe haberles llamado la atención. Pero esos marines tienen Cruces Navales propias; dos o tres cada uno.

El mayor presenta al coronel de una forma que realmente a Shaftoe no le aclara una mierda. El coronel no dice casi nada; está allí para observar. El mayor pasa algún tiempo hojeando unos documentos mecanografiados.

—Aquí dice que es un gung-ko.

—¡Sí, señor, sí!

—¿Qué coño significa?

—¡Señor, es una palabra china! Allí hay un comunista, de nombre Mao, y tiene un ejército. Nos enfrentamos a ellos en más de una ocasión, señor.

Gung-ho es su grito de batalla, significa «todos juntos» o algo similar; por tanto, ¡después de darles una buena zurra, señor, se lo robamos, señor!

—¿Quiere decir que se ha vuelto asiático como esos otros marines de China, Shaftoe?

¡ Señor! ¡Al contrario, señor, como creo que demuestra mi expediente!

—¿Realmente lo cree? —responde el mayor incrédulo—. Tenemos aquí un interesante informe sobre una entrevista cinematográfica que hizo con un soldado[6] llamado teniente Reagan.

—¡Señor! ¡Este marine se disculpa por su vergonzoso comportamiento durante esa entrevista, señor! ¡Este marine se desacreditó a sí mismo y a sus compañeros, señor!

—¿No va a darme ninguna excusa? Estaba herido. Conmociona—do.

Drogado. Sufría de malaria.

—¡Señor! ¡No hay excusa, señor!

El mayor y el coronel se miran y asienten aprobadores.

Todo el asunto de «señor, sí señor», que probablemente le sonaría a gilipollez a cualquier civil cuerdo, es perfectamente razonable para Shaftoe y los oficiales de un modo profundo e importante. Como muchos otros, al principio Shaftoe tuvo problemas con la etiqueta militar. La absorbió bastante bien creciendo en una familia militar, pero vivirla era un asunto diferente. Habiendo ahora experimentado todas las fases de la existencia militar excepto las terminales (muerte violenta, corte marcial, retiro), ha

acabado comprendiendo la cultura militar por lo que es: un sistema de etiqueta que hace posible que un grupo de hombres vivan juntos durante años, viajen al fin del mundo y hagan todo tipo de cosas increíbles sin matarse los unos a los otros o perder la chaveta en el proceso. La extrema formalidad con la que se dirige a esos oficiales conlleva un subtexto importante: su problema, señor, es decir qué quiere que yo haga, y mi problema, señor, es hacerlo. Mi postura gung—ho indica que en cuanto me dé una orden no voy a molestarle con los detalles… y su parte del trato es que mejor se queda en su lado de la línea, señor, y no me moleste con la mierda de politiqueo con la que usted tiene que tratar para vivir. La responsabilidad implícita colocada sobre los hombros del oficial por la voluntad total del subordinado a seguir las órdenes es una carga fulminante para cualquier oficial con medio cerebro, y Shaftoe en más de una ocasión ha visto cómo suboficiales veteranos convertían a tenientes novatos en montones de gelatina temblorosa simplemente permaneciendo frente a ellos y aceptando, con alegría, ejecutar sus órdenes.

—Ese teniente Reagan se quejó de que intentaba contarle una historia sobre un lagarto —dice el mayor.

—¡Señor! ¡Sí, señor! ¡Un lagarto gigante, señor! ¡Una historia interesante, señor! —dice Shaftoe.

—No me importa —dice el mayor—. La cuestión es si se trataba de una historia apropiada para contarla en esas circunstancias.

—¡Señor! ¡Avanzábamos por la costa de la isla, intentando situarnos entre los nipos y el punto de desembarco del Expreso de Tokio, señor!… —

empieza a decir, Shaftoe.

—¡Cállese!

—¡Señor! ¡Sí, señor!

Se produce un silencio bochornoso roto al fin por el coronel.

—Hicimos que los loqueros repasasen su declaración, sargento Shaftoe.

—¡Señor! ¡Sí, señor!

—Opinan que el asunto del lagarto es un ejemplo clásico de proyección.

—¡Señor! ¡Podría por favor explicarme qué coño significa eso, señor!

El coronel enrojece, se da la vuelta y mira por entre las persianas el ligero tráfico de Eye Street.

—Bien, lo que dicen es que no hubo lagarto gigante. Que mató a ese

japo[7] en combate cuerpo a cuerpo. Y que el recuerdo de un lagarto gigante es una manifestación de su ello freudiano.

—¡Ello, señor!

—Que ese ello está en su cerebro, tomó el control y le dio energías para matar a ese japo con las manos desnudas. Luego su imaginación conjuró toda esa mierda sobre un lagarto gigante para poder explicarlo.

—¡Señor! ¡Está diciendo que el lagarto no fue más que una metáfora, señor!

—Sí.

—¡Señor! ¡En ese caso, respetuosamente me gustaría saber cómo el nipo quedó masticado por la mitad, señor!

El coronel hace un gesto desdeñoso con la cara.

—Bien, para cuando fue rescatado por la vigilancia costera, sargento, llevaba tres días en esa cala junto con todos aquellos cadáveres. Y bajo ese calor tropical, y con los bichos y animales carroñeros, no había forma de saber sólo mirándolo si el japo había sido comido por un lagarto gigante o lo habían pasado por una trituradora de madera, si me entiende.

—¡Señor! ¡Le entiendo, señor!

El mayor vuelve al informe.

—Ese tipo Reagan dice que repetía continuos comentarios desdeñosos hacia el general MacArthur.

—¡Señor, sí señor! ¡Es un hijo de puta que odia al Cuerpo de Marines, señor! ¡Intenta matarnos a todos, señor!

El mayor y el coronel se miran. Está claro que, sin hablar, han llegado a la misma decisión.

—Como insiste en alistarse de nuevo, lo normal sería pasearle por el país mostrando sus medallas y reclutando jóvenes para el Cuerpo. Pero esa historia del lagarto no lo permite.

—¡Señor! ¡No comprendo, señor!

—La Oficina de Reclutamiento ha repasado su expediente. Han visto el informe de Reagan. Les pone nerviosos que se encuentre en West Bumfuck, Arkansas, en el desfile del día de los caídos vestido con su reluciente

uniforme y que de pronto se ponga a soltar tonterías sobre lagartos y todos se caguen de miedo y eso afecte el esfuerzo bélico.

—¡Señor! ¡Respetuosamente…!

—Denegado el permiso para hablar —dice el mayor—. Ni siquiera comentaré esa obsesión con el general MacArthur.

—¡Señor! ¡El general está asesinando…!

—¡Cállese!

—¡Señor! ¡Sí, señor!

—Tenemos otro trabajo para usted, marine.

—¡Señor! ¡Sí, señor!

—Va a ser parte de algo especial.

—¡Señor! ¡Los marine raiders ya son una parte muy especial de un Cuerpo muy especial, señor!

—No me refiero a eso. Me refiero a que el puesto es… inusual. —El mayor mira al coronel. No está seguro de cómo seguir.

El coronel mete la mano en el bolsillo, agita las monedas, la levanta y comprueba su afeitado.

—No es exactamente un puesto en el Cuerpo de Marines —dice al fin

—. Formará parte de un destacamento internacional especial. Un pelotón de marine raiders americanos y un escuadrón del Servicio Especial de la Aviación Británica, SAS, operando bajo un único mando. Un montón de hombres duros que han demostrado que pueden soportar cualquier misión, bajo cualquier condición. ¿Es una descripción adecuada de usted, marine?

—¡Señor! ¡Sí, señor!

—Se trata de una situación muy especial —reflexiona el coronel—, para nada algo que hubiesen concebido los militares. ¿Sabe a qué me refiero, Shaftoe?

—¡Señor, no señor! ¡Pero ahora detecto un fuerte olor a política en la habitación, señor!

Al coronel le tiembla ligeramente un párpado y mira por la ventana hacia el Capitolio.

—Los políticos pueden ponerse muy tontos con su forma de hacer las cosas. Todo tiene que hacerse de cierta forma. No les gustan las excusas.

¿Me comprende, Shaftoe?

—¡Señor! ¡Sí, señor!

—El Cuerpo tuvo que luchar para conseguir esta oportunidad. Iban a dárselo al Ejército de Tierra. Hicimos uso de algunos contactos con viejas personas de la Marina en puestos importantes. Ahora la operación es nuestra. Algunos dirían que es nuestra para cagarla.

—¡Señor! ¡No cagaremos la operación, señor!

—La razón por la que ese cabrón de MacArthur mata marines como moscas en el Pacífico sur es porque en ocasiones no jugamos demasiado bien el juego político. Si usted y su nueva unidad no tienen un comportamiento brillante, la situación sólo podrá empeorar.

—¡Señor! ¡Puede confiar en este marine, señor!

—Su oficial al mando será el teniente Ethridge. Un hombre de Annapolis. No tiene demasiada experiencia en combate, pero sabe cómo moverse en los círculos importantes. Puede intervenir por usted a nivel político. Sobre el terreno, la responsabilidad de que las cosas se hagan es totalmente suya, sargento Shaftoe.

—¡Señor! ¡Sí, señor!

—Trabajará muy de cerca con el Servicio Especial de la Aviación Británica. Hombres muy buenos. Pero queremos que usted y sus hombres los eclipsen.

—¡Señor! ¡Puede contar con ello, señor!

—Bien, entonces, prepárese para embarcar —dice el mayor—. Está de camino al norte de África, sargento Shaftoe.

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