Criptonomicon
Caníbales
G oto Dengo huye atravesando el pantano. Está bastante seguro de que los caníbales le persiguen, caníbales que acaban de cocer al amigo con el que había llegado hasta la costa. Trepa por una maraña de sarmientos y se oculta a varios metros sobre el suelo; hombres con lanza examinan la zona, pero no le encuentran.
Se desmaya. Cuando despierta, está oscuro, y en las ramas cercanas se mueve un animal pequeño. Siente tal desesperación de comida que lo agarra a ciegas. La criatura tiene un cuerpo del tamaño de un gato doméstico, pero también grandes miembros correosos: una especie de murciélago enorme.
Le muerde varias veces en las manos antes de conseguir matarlo. Luego se lo come crudo.
Al día siguiente se adentra más en el pantano, intentado poner más distancia entre él y los caníbales. Alrededor de mediodía encuentra un riachuelo, el primero. En su mayor parte, el agua se escapa de Nueva Guinea por las zonas pantanosas, pero allí tiene un río real de agua fría y dulce, lo suficientemente ancho para atravesarlo de un salto.
Pocas horas después encuentra otro poblado similar al primero, pero sólo la mitad de grande. El número de cabezas colgantes es mucho menor; quizás estos cazadores de cabezas no sean tan temibles como los del primer grupo. De nuevo hay un fuego central en el que se cuece una sustancia blanca en una olla: en este caso, parece tratarse de un wok, que deben haber conseguido por medio del comercio. La gente de ese poblado no saben que un nipón hambriento está al acecho en las inmediaciones, así que no vigilan demasiado. Alrededor del crepúsculo, cuando los mosquitos salen de los
pantanos formando una neblina zumbante, todos se retiran a las chozas.
Goto Dengo corre al interior del poblado, agarra el wok y se aleja con él. Se obliga a no tomar nada de comida hasta que no está bien lejos, oculto de nuevo en el árbol, y luego se atiborra. La comida es un gel correoso de lo que parece ser fécula pura. Incluso para un hombre hambriento carece por completo de sabor. Aún así, deja el wok completamente limpio. Mientras lo hace, se le ocurre una idea.
A la mañana siguiente, cuando el sol sale burbujeando del mar, Goto Dengo está arrodillado en el lecho del río, poniendo arena a paletadas en el wok y haciéndola girar, hipnotizado por el torbellino de tierra y espuma, que lentamente desarrolla un centro reluciente.
A la mañana siguiente, Dengo está de pie muy temprano en el límite del poblado, gritando:
— Ulab! Ulab! Ulab! —Que es cómo la gente del primer poblado llamaba al oro.
Los nativos se liberan de las diminutas puertas, sorprendidos al principio, pero cuando ven su cara y el wok colgando de una mano, la furia se eleva sobre ellos como el sol que sale reluciente de detrás de una nube.
Un hombre carga portando una lanza, y atraviesa corriendo el claro. Goto Dengo se retira y medio se refugia tras un cocotero, sosteniendo el wok frente al pecho como un escudo.
— Ulab! Ulab! Ulab! —grita de nuevo.
El guerrero vacila. Goto Dengo levanta el puño, lo mueve de un lado a otro hasta que encuentra un chorro de luz solar y lo abre ligeramente. Cae una diminuta cascada de escamas relucientes, reflejando el sol, luego se hunde en las sombras, susurrando al golpear las hojas.
Llama su atención. El hombre de la lanza se detiene. Alguien detrás de él dice algo sobre patah.
Goto Dengo nivela el wok, descansándolo en el antebrazo, y deja caer en él todo el puñado de oro. El poblado observa, paralizado. Se producen muchos susurros más sobre patah. Se adentra en el claro, sosteniendo el wok frente a él como una ofrenda al guerrero, dejándoles apreciar su desnudez y su lastimosa situación. Finalmente cae de rodillas, inclina la cabeza bien abajo, y deja el wok sobre el suelo a los pies del guerrero.
Permanece allí, con la cabeza inclinada, dejándoles saber que pueden matarle ahora si así lo desean.
Es decir, si quieren acabar con su recién descubierta fuente de oro.
La cuestión requerirá algo de discusión. Le atan los codos con lianas, le ponen un lazo alrededor del cuello y atan el lazo a un árbol. Todos los niños del poblado se plantan frente a él y lo miran fijamente. Tienen la piel púrpura y el pelo rizado. Las moscas vuelan alrededor de sus cabezas.
Se llevan el wok a una choza decorada con más cabezas que cualquier otra. Allí entran todos los hombres. A lo que sigue una discusión furiosa.
Una mujer pintarrajeada con fango y poseedora de largos pechos delgaduchos le trae media cáscara de leche de coco y un puñado de larvas blancas del tamaño de nudillos envueltas en hojas. Su piel es un embrollo de cicatrices en forma de anillos y lleva un collar que consiste en un único dedo humano colgando de un trozo de bramante. Las larvas lanzan un chorrito cuando Goto Dengo las muerde.
Los niños le abandonan para ver pasar sobre el océano un par de P-38
norteamericanos. Aburrido de los aviones, Goto Dengo se agacha sobre las caderas y observa el zoo de artrópodos que se han acercado a él con la esperanza de chuparle la sangre, morderle, comerle los ojos, o impregnarle con sus huevos. La posición de caderas está bien, porque cada cinco segundos más o menos tiene que aporrearse la cara contra una rodilla, luego la otra, para mantener a los bichos lejos de ojos y nariz. Un pájaro se arroja de un árbol, aterrizando con torpeza sobre su cabeza, pica algo de entre su pelo y se aleja volando. A Goto Dengo le salta sangre del ano y se acumula bajo sus pies. Criaturas de muchas patas se reúnen alrededor del charco de sangre y comienzan a comer. Goto Dengo se aparta, y dejándoles con la sangre consigue un respiro de varios minutos.
Los hombres de la choza han llegado a una especie de acuerdo. Se rompe la tensión. Incluso hay risas. Se pregunta qué considerarán gracioso esos tipos.
El tipo que antes quería empalarle atraviesa el claro, agarra la correa y obliga a Goto Dengo a ponerse en pie.
— Patah —dice.
Mira el cielo. Se está haciendo tarde, pero no se hace ilusiones de poder explicarles que deberán esperar hasta mañana. Recorre tambaleándose el
claro hasta el fuego y señala al estofado de cerebro.
—Wok—dice.
No funciona. Creen que quiere cambiar el wok por oro.
Se producen como dieciocho horas de malentendidos e intentos fallidos de comunicación. Goto Dengo casi muere; al menos siente como si debiese morir. Ahora que no está en movimiento, los días pasados empiezan a pesarle. Pero al final, a media mañana del día siguiente, hace una demostración de su magia. Agachado en el riachuelo cercano, con los codos sueltos, el wok entre las manos, rodeado por padres escépticos que todavía sostienen con fuerza su lazo, comienza a buscar oro. En unos minutos ha conseguido extraer un poco de polvo del lecho, demostrando así el concepto básico.
Quieren aprender a hacerlo ellos mismos. Lo esperaba. Intenta mostrarle a uno de ellos cómo se hace, pero (como el mismo Goto Dengo descubrió hace mucho tiempo) es una de esas cosas más difíciles de lo que parece.
De vuelta al poblado. Esa noche dispone de un sitio para dormir: le meten en un saco largo y delgado de hierba tejida y se lo atan sobre la cabeza, así es como ellos mismos evitan que los insectos los devoren cuando duermen. Ahora le ataca la malaria: oleadas alternativas de frío y calor golpean su cuerpo con la fuerza de aguas revueltas.
Pierde la noción del tiempo. Más tarde comprende que lleva ya mucho allí, porque el índice roto está sólido y retorcido, y los cortes del coral son ahora un campo de cicatrices delgadas y paralelas, como el grano de la madera. Tiene la piel cubierta de fango y huele a aceite de coco y al humo con el que llenan las chozas para alejar a los insectos. Su vida es simple: cuando la malaria le tiene colgando del borde de la muerte, se sienta frente a una palmera derribada y la va desconchando mecánicamente durante horas, creando lentamente un montón de material fibroso blanco que las mujeres usan para hacer fécula. Cuando se siente con más fuerzas, se arrastra hasta el río y busca oro. A cambio, hace lo que puede por evitar que Nueva Guinea le mate a él. Está tan débil que ni se molestan en enviar un vigilante cuando sale.
Sería un idílico paraíso tropical si no fuese por la malaria, los insectos, la diarrea constante y las hemorroides resultantes, y el hecho de que los habitantes estén sucios, huelan mal, se coman los unos a los otros y
empleen cabezas humanas como adorno. En lo que piensa Goto Dengo, cuando es capaz de pensar, es que hay un muchacho en el poblado que parece tener unos doce años. Recuerda al joven de doce años cuya iniciación fue atravesar el corazón de su compañero con una lanza, y se pregunta a quién van a usar para el rito de iniciación del muchacho.
De vez en cuando los ancianos de la tribu golpean un tronco hueco durante un rato, luego escuchan atentamente como otros troncos huecos son golpeados en otros poblados. Un día se produce un episodio particularmente largo de golpes, y parece que los otros poblados se sienten encantados por lo que han oído. Al día siguiente tienen visita: cuatro hombres y un niño que habla una lengua completamente diferente; su palabra para oro es gabitisa. El niño que han traído tiene unos seis años, y evidentemente es retrasado. Se produce una negociación. Parte del oro que Goto Dengo ha sacado del río se cambia por el niño retrasado. Los cuatro visitantes desaparecen en la selva con el gabitisa. Horas después, el niño retrasado es atado a un árbol y el chico de doce años lo acuchilla hasta matarlo y se convierte así en un hombre. Después de algunos desfiles y bailes, los ancianos se sientan sobre el nuevo hombre y realizan largas y complicadas cuchilladas que rellenan con tierra para que al cicatrizar queden en relieve.
Goto Dengo no puede hacer más que quedarse boquiabierto asombrado.
Cada vez que comienza a pensar más allá de los siguientes quince minutos, intenta formular un plan de acción, pero la malaria regresa, lo aplana durante una semana o dos, le cuece el cerebro y le obliga a empezar desde el principio. A pesar de todo ello, se las arregla para extraer algunos centenares de gramos de oro del riachuelo. De vez en cuando, el poblado recibe las visitas de comerciantes de piel relativamente clara que se trasladan por la costa en canoas con estabilizadores y que hablan una tercera lengua diferente. Esos comerciantes comienzan a llegar con más frecuencia, a medida que los ancianos del poblado comienzan a intercambiar el polvo de oro por nueces de betel, que mascan porque les hacen sentir bien, y la esporádica botella de ron.
Un día, Goto Dengo regresa del río, llevando en el wok una cucharada de polvo de oro, cuando oye voces desde el poblado, voces que hablan con una cadencia que le solía ser familiar.
Todos los hombres del poblado, unos veinte en total, están de pie con un cocotero a la espalda y los brazos atados tras el tronco. De esos hombres, varios están muertos, con los intestinos desperdigados por el suelo, ya ennegrecidos por las moscas. Los que no están muertos todavía los emplean algunas docenas de soldados nipones demacrados y enloquecidos para realizar prácticas de bayonetas. Las mujeres deberían andar por allí gritando, pero no las ve. Deben de estar en las chozas.
Un hombre con uniforme de teniente sale de una choza, con una gran sonrisa, limpiándose con un trapo la sangre del pene, y casi tropieza con un niño muerto.
Goto Dengo deja caer el wok y pone las manos en alto.
—¡Soy nipón! —grita, aunque lo único que desea decir en ese momento es No soy nipón.
Los soldados se sobresaltan, y algunos de ellos intentan apuntarle con los rifles. Pero el rifle nipón es algo terrible, casi tan largo como alto es el soldado medio, demasiado pesado para manejarlo con comodidad incluso cuando su propietario goza de salud perfecta. Por suerte está claro que todos los hombres se mueren de hambre, y están medio lisiados por la malaria y la pérdida de sangre, y sus mentes se mueven con mayor rapidez que sus cuerpos. El teniente aúlla: «No disparéis» antes de que cualquiera pueda hacerlo en dirección a Goto Dengo.
Lo siguiente es un largo interrogatorio en una de las chozas. El teniente tiene muchas preguntas, y algunas de ellas las plantea más de una vez.
Cuando repite una pregunta por quinta o decimotercera vez, adopta una gran magnanimidad, como si le diese a Goto Dengo la oportunidad de retractarse de sus anteriores mentiras. Goto Dengo intenta ignorar los gritos de los hombres atravesados por las bayonetas y las mujeres violadas, y se concentra en ofrecer la misma respuesta en cada ocasión sin variación.
—¿Te rendiste a estos salvajes?
—Estaba incapacitado e indefenso. Así me encontraron.
—¿Qué esfuerzos hiciste por escapar?
—He estado recuperando fuerzas y aprendiendo de ellos como sobrevivir en la selva... qué comidas comer.
—¿Durante seis meses?
—¿Perdóneme, señor? —Esa pregunta no la ha oído antes.
—Tu convoy se hundió hace seis meses.
—Imposible.
El teniente se adelanta y le golpea en la cara. Goto Dengo no siente nada pero aún así intenta parecer dolorido para no humillarle.
—¡Tu convoy venía a reforzar nuestra división! —aúlla el teniente—.
¿Te atreves a cuestionarme?
—¡Me disculpo humildemente, señor!
—¡Su fracaso en llegar nos obligó a realizar una maniobra retrógrada! [22]
¡Marchamos por tierra para reunirnos con nuestras fuerzas en Wewak!
—¿Son entonces la avanzadilla de la división? —Goto Dengo ha visto quizá dos docenas de hombres, un par de pelotones como mucho.
—Somos la división —dice el teniente con voz impersonal—. Bien, una vez más, ¿te rendiste a estos salvajes?
Cuando se marchan del poblado a la mañana siguiente, ya no queda ningún nativo con vida; todos han sido usados para prácticas de bayoneta o les han disparado cuando intentaban escapar.
Goto Dengo es un prisionero. El teniente ha decidido ejecutarle por el crimen de haberse rendido al enemigo, y estaba ya desenvainando la espada cuando uno de los sargentos consiguió convencerlo de que esperase un tiempo. Aunque pareciese imposible, Goto Dengo está en bastante mejor condición física que cualquiera de los otros y por tanto podría ser útil como animal de carga. Siempre se le podrá ejecutar como mandan los cánones frente a un público mucho más amplio en cuanto lleguen a un campamento mayor. Así que ahora marcha en medio del grupo, sin trabas, con la jungla sirviendo de cadenas y barrotes. Le han cargado con la ametralladora ligera Nambu que les queda, que es demasiado pesada para que la cargue cualquier otro, y demasiado potente para que la disparen; cualquier hombre que apretase el gatillo quedaría convertido en pedacitos muy pequeños, la carne podrida por la jungla separada de los huesos temblorosos.
Después de que hayan pasado unos días, Goto Dengo pide permiso para aprender a operar la Nambu. La respuesta del teniente consiste en darle una paliza, aunque no tiene fuerzas para azotar a nadie como dios manda, por lo que Goto Dengo debe ayudarle, gritando y doblándose cuando el teniente cree haber descargado un golpe mortal.
Cada par de días, al salir el sol por la mañana, se descubre que este o aquel soldado tiene más bichos encima de los habituales. Eso significa que está muerto. Como no tienen palas ni fuerzas para cavar, lo abandonan allí donde ha quedado tendido y siguen marchando. En ocasiones se pierden, vuelven al mismo territorio, y se encuentran a esos cadáveres hinchados y ennegrecidos; cuando empiezan a oler a carne humana podrida, ya saben que han malgastado los esfuerzos de un día. Pero en general, van ganando altitud, y hace más fresco. Frente a ellos, la ruta está bloqueada por una cordillera montañosa de picos cubiertos por la nieve que llega justo hasta el mar. Según los mapas del teniente, tendrán que trepar por un lado y bajar por el otro para llegar a territorio bajo control nipón.
Allí arriba las plantas y los pájaros son diferentes. Un día, mientras el teniente orina contra un árbol, el follaje se agita y un pájaro enorme sale corriendo. Se parece vagamente a un avestruz, pero más compacto y más colorido. Tiene el cuello rojo, y una cabeza de color azul cobalto terminada en un enorme hueso en forma de casco que sobresale del cráneo, como la punta de una bala de cañón. Brinca directamente en dirección al teniente y le da un par de patadas, dejándole tendido de culo, luego inclina el largo pico, le lanza un chillido a la cara y se oculta en la selva, empleando el hueso de la cabeza como una especie de ariete para abrirse camino entre la maleza.
Aunque los hombres no se hubiesen estado muriendo de pie, habrían estado demasiado sorprendidos para levantar las armas y disparar. Ríen con algo de vértigo de las alturas. Goto Dengo ríe hasta que empieza a llorar. El golpe del pájaro debe haber sido bien potente, porque el teniente se queda tendido un buen rato, agarrándose el estómago.
Al final, uno de los sargentos recupera la compostura y se dirige a ayudar al pobre hombre. Al acercarse, de pronto se da la vuelta y mira al resto del grupo. El rostro es todo preocupación.
La sangre sale a borbotones de un par de cortes profundos en el vientre del teniente, y el cuerpo ya está quedándose fláccido cuando el resto del grupo se arremolina a su alrededor. Se sientan y miran hasta asegurarse de que está bien muerto, y luego siguen marchando. Esa tarde, el sargento le enseña a Goto Dengo a desmontar y limpiar la ametralladora ligera Nambu.
Ya son sólo diecinueve. Pero parece que todos los hombres proclives a morir allí donde estaban ya lo han hecho, porque pasan dos, tres, cinco, siete días sin perder a ninguno más. Eso a pesar de, o quizá por, el hecho de estar subiendo las montañas. Es un esfuerzo brutal, especialmente para el muy cargado Goto Dengo. Pero el aire frío parece limpiarles de la jungla y calmar los feroces fuegos internos de la malaria.
Un día interrumpen pronto la marcha al borde de un campo de nieve y el sargento ordena raciones dobles para todos. Picos de piedra negra se alzan sobre sus cabezas, y entre ellos hay zonas de hielo. Duermen todos juntos, lo que no les impide despertarse con los dedos de los pies congelados. Comen casi todo lo que queda de los suministros de comida y luego se dirigen hacia el paso de montaña.
El paso de montaña resulta ser casi decepcionantemente fácil; la pendiente es tan suave que realmente no son conscientes de haber llegado a lo más alto hasta que se dan cuenta de que bajo sus pies la nieve cae hacia abajo. Están sobre las nubes, y las nubes cubren el mundo.
La pendiente suave termina de pronto al borde de un acantilado que cae casi en vertical al menos durante mil pies; en ese punto atraviesa la cubierta de nubes y no hay forma de saber su altura real. Encuentran el recuerdo de un sendero que atraviesa la pendiente. Parece ir hacia abajo con mayor frecuencia que hacia arriba, así que lo siguen. Al principio es algo nuevo y emocionante, pero luego se vuelve tan brutalmente monótono como cualquier otro paisaje por el que hayan marchado soldados. Al pasar las horas, la nieve se va volviendo más escasa, y las nubes se acercan. Uno de los hombres se queda dormido de pie, tropieza y cae rodando pendiente abajo, saltando ocasionalmente en caída libre durante varios segundos. Para cuando se pierde entre la cubierta de nubes, está demasiado lejos para distinguirlo.
Finalmente, los dieciocho descienden hasta una niebla bochornosa.
Cada uno ve al que tiene enfrente sólo cuando están muy cerca, y aún entonces no más que como una forma gris y borrosa, como un demonio de hielo en una pesadilla infantil. El paisaje se ha vuelto irregular y peligroso y el guía tiene que avanzar prácticamente a cuatro patas.
Están dando la vuelta trabajosamente a una formación rocosa que sobresale y está cubierta por la niebla cuando el guía grita:
—¡Enemigo!
Algunos de los dieciocho se ríen, pensando que es un chiste.
Goto Dengo oye claramente a un hombre que habla en inglés, con acento australiano. El hombre dice:
—A joderles.
Luego se inicia un ruido que parece tan potente como para partir la montaña por la mitad. Al principio cree que es una avalancha de roca hasta que el oído se ajusta y comprende que es un arma: algo grande y muy automático. Los australianos les están disparando.
Intentan retirarse, pero sólo pueden moverse unos cuantos pasos por minuto. Mientras tanto, a su alrededor vuelan gruesas balas de plomo atravesando la niebla, astillando las piedras, lanzándoles fragmentos de roca contra los cuellos y las caras.
—La Nambu —grita alguien—. ¡Dispara la Nambu! —Pero Goto Dengo no puede hacerlo hasta que no encuentre un sitio decente para apoyarla. Y lo único que puede ver es niebla.
Se produce una tregua durante unos minutos. Goto Dengo grita los nombres de sus camaradas. Los tres que están detrás de él responden. Los otros no parecen hacerlo. Finalmente, un hombre llega por el sendero.
—Los otros están todos muertos —dice—, puedes disparar a voluntad.
Así que comienza a disparar la Nambu hacia la niebla. El retroceso casi le hace caer desde la montaña, así que aprende a sujetarse contra un saliente. Luego barre con ella. Sabe cuando da a las piedras porque el sonido es diferente que cuando da a la niebla. Apunta a la niebla.
Gasta varios cargadores sin obtener resultado. Luego comienza a avanzar por el sendero.
Sopla el viento, la niebla se agita y se abre durante un momento. Ve un sendero cubierto de sangre que lleva directamente hasta un australiano alto con un bigote pelirrojo que porta un subfusil. Se miran a los ojos. Goto Dengo está en mejor posición y dispara primero. El hombre del subfusil cae por el acantilado.
Otros dos australianos, ocultos al otro lado de la formación rocosa, ven lo que sucede y comienzan a lanzar maldiciones.
Uno de los camaradas de Goto Dengo corretea por el sendero, grita
«¡Banzai!» y desaparece por el recodo, con la bayoneta calada. Se oye un disparo y dos hombres gritan al unísono. Y luego se produce el sonido ya familiar de cuerpos cayendo por la pared de roca.
—¡Maldición! —grita uno de los australianos restantes—. Jodidos nipos.
Goto Dengo sólo tiene una forma honorable de salir de la situación.
Sigue a su camarada por el recodo y dispara con la Nambu, metiéndola entre la niebla, barriendo con plomo la pared de roca. Se detiene cuando se vacía la recámara. Después de eso no sucede nada. O el australiano ha retrocedido por el sendero o Goto Dengo lo ha lanzado a tiros por el acantilado.
Al anochecer, Goto Dengo y sus camaradas supervivientes vuelven a encontrarse en la selva.
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