Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 63 de 106

Páginas del PDF

Criptonomicon

Cohete

J ulieta ha retrocedido hasta un punto más allá del Círculo Ártico. Shaftoe la ha estado persiguiendo como un policía montado muy obstinado, atravesando con esfuerzo la tundra sexual sobre raquetas de nieve deshilachadas y saltando heroicamente de témpano de hielo en témpano de hielo. Pero ella permanece tan distante, y tan alcanzable, como la estrella polar. Últimamente Julieta pasa más tiempo con Enoch Root que con él, y Root es un sacerdote célibe, o algo así. ¿O no?

En las muy pocas ocasiones en las que Bobby Shaftoe ha conseguido que Julieta sonría, ella ha empezado inmediatamente a hacer preguntas difíciles: ¿mantuviste relaciones sexuales con Glory, Bobby? ¿Usaste un preservativo? ¿Es posible que ella se quedase embarazada? ¿Puedes negar con total seguridad la posibilidad de que tengas un hijo en Filipinas? ¿Qué edad tendría ahora? Veamos, te la tiraste el día de Pearl Harbor, así que el niño habría nacido a principios de septiembre 1942. Ahora mismo tu hijo tendría catorce, quince meses; ¡quizás esté aprendiendo a caminar! ¡Qué ricura!

Siempre asusta a Shaftoe que chicas duras como Julieta se agiten tanto y se dediquen a hablar de bebés. Al principio, cree que es una treta para mantenerlo controlado. Esta hija de contrabandista, esta guerrillera intelectual atea, ¿qué le importa una chica en Manila? ¡Déjalo ya, mujer!

¡Estamos en medio de una guerra!

Luego se le ocurre una explicación mejor: Julieta está embarazada.

El día se inicia con el sonido de la sirena de un barco en el puerto de Norrsbruck. El pueblo es un revoltijo de casas pulcras y anchas situadas

sobre una estribación que sale al golfo de Botnia, formando la orilla de una cala estrecha pero profunda que está llena de embarcaderos. Medio pueblo se presenta bajo un amanecer inquietante, turbulento y color melocotón-y-salmón para ver cómo ese pintoresco puerto es desflorado por un inexorable falo de acero. Hasta tiene espiroquetas: hay varias veintenas de hombres vestidos con uniformes negros encima de esa cosa, en filas cuidadosas como si fuesen puntales. A medida que se desvanece el sonido de la sirena, el eco yendo y viniendo entre las crestas de piedra, es posible oír cantar a las espiroquetas: emitiendo a todo gas un obsceno canto marinero alemán que Bobby Shaftoe escuchó por última vez en el golfo de Vizcaya.

Otras dos personas en Norrsbruck reconocerán la tonada. Shaftoe busca a Enoch Root en el sótano de la iglesia, pero no está presente; cama y lámpara fría. Quizá la rama local de la Societas Eruditorum celebra sus reuniones antes del amanecer, o quizás encontró otra cama acogedora. Pero ve al viejo y fiel Günter Bischoff, apoyándose en la ventana de su buhardilla junto al mar, con los codos al aire y sus fieles binoculares Zeiss 735 pegados al rostro, examinando las líneas de la nave invasora.

Los suecos se quedan con los brazos cruzados un minuto o dos contemplando la aparición. Luego toman la decisión colectiva de que el barco no existe, que no ha pasado nada. Se dan la vuelta, se meten malhumorados en sus casas y preparan café. Ser neutral no es menos extraño, una situación menos cargada de incómodos compromisos que ser una nación beligerante. Al contrario que la mayoría de Europa, pueden dormir tranquilos sabiendo que los alemanes no están allí para invadirles o hundir sus barcos. Por otra parte, la presencia de la nave es una violación de su territorio soberano y deberían correr hacia ella, con horcas y fusiles de chispa, para expulsar a los hunos. Además, probablemente el barco se fabricó con hierro sueco.

Shaftoe no reconoce, al principio, el buque alemán como un submarino porque la forma no es la correcta. Un submarino normal tiene la misma forma que un buque de superficie, sólo que más largo y delgado. Lo que viene a ser que tiene un casco con forma de uve y una cubierta plana, abarrotada de cañones, sobre la que se alza una gigantesca torrecilla cubierta con grandes cantidades de basura: artillería antiaérea, antenas, puntales, líneas de seguridad, protectores. Los teutones podrían relojes de

cuco allá arriba si tuviesen sitio. Cuando un submarino normal se mueve por entre las olas, sus motores diesel sueltan un espeso humo negro.

Éste es como un torpedo tan largo como un campo de fútbol. En lugar de torrecilla, tiene una protuberancia hidrodinámica en la parte alta, apenas evidente. Nada de armas, nada de antenas, ni relojes de cuco; en sí es tan liso como una piedra de río. Y no produce ni humo ni ruido, simplemente expulsa un poco de vapor. Los motores diesel no rugen. La puta cosa no parece siquiera tener motores diesel. En lugar de eso, se oye un quejido débil, como el sonido del Messerschmidt de Angelo.

Shaftoe intercepta a Bischoff justo cuando éste baja las escaleras de la posada cargado con un petate del tamaño de un león marino muerto. Jadea por el esfuerzo, o quizá por la emoción.

—Ése es —dice entre jadeos. Suena como si hablase para sí mismo, pero habla en inglés, así que debe de estar dirigiéndose a Shaftoe—. Es el cohete.

—¿Cohete?

—Funciona con combustible de cohete: peróxido de hidrógeno, ochenta y cinco por ciento. ¡Nunca tiene que recargar sus verdammt baterías!

Alcanza hasta los veintiocho nudos ¡sumergido! Es mi amorcito. —Está tan agitado como Julieta.

—¿Puedo ayudarte a llevar algo?

—Cajón... arriba —dice Bischoff.

Shaftoe sube con fuerza las escaleras estrechas para encontrarse la habitación de Bischoff completamente desnuda, y un montón de monedas de oro sobre la mesa, que sirven de peso a una nota de agradecimiento dirigida a los dueños. El cajón negro descansa en medio del suelo como un ataúd infantil. Por la ventana abierta entra un viento agitado que llega a sus oídos.

Bischoff está allá abajo, dirigiéndose bajo el petate hasta el muelle, y sus hombres, en el cohete, le han visto. El submarino ha enviado un bote que se lanza hacia el muelle como un bote de carreras.

Shaftoe carga con el cajón al hombro y baja con cuidado las escaleras.

Recuerda cómo es partir a otro sitio, que se supone es lo que hacen los marines, y que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo hizo.

Descubre que la emoción experimentada por otros no es tan buena como la real.

Sigue el rastro de Bischoff sobre una delgada capa de nieve, atravesando la calle empedrada, hasta el muelle. Tres hombres vestidos de negro dejan el bote subiendo por la escalerilla y suben al muelle. Saludan a Bischoff y luego dos de ellos lo abrazan. Shaftoe está lo suficientemente cerca y la luz salmón es lo suficientemente intensa para que pueda reconocer a esos dos: miembros de la antigua tripulación de Bischoff. El tercer tío es más alto, más viejo, más lúgubre, más adusto, mejor vestido, mucho más condecorado. En conjunto, es más un nazi.

Shaftoe no puede creerse a sí mismo. Al coger el cajón, simplemente intentaba ser amable con su amigo Günter, un retirado manchado de tinta con una inclinación pacifista. Ahora, de pronto, ¡está ayudando e incitando al enemigo! ¿Qué pensarían de él sus compañeros marines si lo supiesen?

Oh, sí. Casi lo ha olvidado. Ésta participando en la conspiración que él, Bischoff, Rudy von Hacklheber y Enoch Root crearon en el sótano de la iglesia. Se detiene de golpe y deja caer el cajón justo allí mismo, en medio del muelle. Al nazi le sorprende el ruido y levanta la mirada de ojos azules en dirección a Shaftoe, que está preparado para devolvérsela.

Bischoff se da cuenta. Se vuelve hacia Shaftoe y grita algo alegre en sueco. Shaftoe tiene la presencia de animo para romper el contacto con el alemán frío. Sonríe y devuelve un saludo. Ese asunto de la conspiración va a ser un verdadero incordio si implica no poder liarse a puñetazos de vez en cuando.

Un par de marineros ya han subido a recoger el equipaje de Bischoff.

Uno de ellos recorre el muelle para recoger el cajón. Shaftoe lo reconoce, y él reconoce a Shaftoe al mismo tiempo. ¡Maldición! El tío se sorprende al verle, pero no es una sorpresa desagradable. Luego le sucede algo y su rostro se congela por el terror y sus ojos se mueven a un lado, en dirección al nazi alto. ¡Mierda! Shaftoe da la espalda a todo esto, finge que está regresando al pueblo.

—¡Jens! ¡Jens! —grita Bischoff, y luego dice algo más en sueco. Corre tras Shaftoe. Él se mantiene prudentemente de espaldas hasta que Bischoff le pasa un brazo por encima con un «¡Jens!» final. Luego, sotto voce, dice en inglés—: Tienes la dirección de mi familia. Si no vuelvo a verte en

Manila, nos pondremos en contacto después de la guerra. —Empieza a golpear a Shaftoe en la espalda, se saca algo de papel dinero del bolsillo, y se lo mete en la mano.

—Maldición, allí me verás —dice Shaftoe—. ¿Para qué es esta mierda?

—Es una propina para el amable muchacho sueco que acarreó mi equipaje —dice Bischoff.

Shaftoe se chupa los dientes y hace una mueca. Sabe que no está hecho para todas estas tonterías de capa y espada. Le vienen preguntas a la mente, entre ellas: ¿Por qué es más seguro ese enorme torpedo lleno de combustible de cohete que el otro en el que ibas antes? Pero se limita a decir:

—Buena suerte, supongo.

—Próspero viaje, amigo mío —dice Bischoff—. Esto te recordará comprobar tu correo. —Luego golpea a Shaftoe en el hombro con tanta fuerza como para producirle un verdugón de tres días, se vuelve y comienza a caminar hacia el agua salada. Shaftoe camina hacia árboles y nieve, envidiándole. Cuando vuelve a mirar el puerto, quince minutos más tarde, el submarino ha desaparecido. De pronto el pueblo le parece tan frío, vacío y en medio de ninguna parte como realmente es.

Ha estado recibiendo el correo en la oficina de Norrsbruck, entrega general. Cuando abre la oficina un par de horas más tarde, Shaftoe espera en la puerta, expulsando vapor por la nariz, como si usase combustible de cohete. Recibe una carta de su familia en Wisconsin, y un enorme sobre, enviado ayer desde algún punto de Norrsbruck, Suecia, sin dirección de remitente pero escrito con la letra de Günter Bischoff.

Está lleno de notas y documentos relativos al nuevo submarino, e incluye un par de cartas firmadas personalmente por el mandamás en persona. El alemán de Shaftoe es ligeramente mejor que cuando él mismo montó por primera vez en un submarino, pero sigue sin poder entenderlo todo. Hay muchos números y lo que parece mucho material técnico.

Es la inteligencia naval básica a la que es imposible fijar precio. Shaftoe dobla cuidadosamente los papeles, se los mete en los pantalones y comienza a caminar por la playa hacia la residencia Kivistik.

Es un duro paseo largo, frío y húmedo. Tiene tiempo de sobra para valorar su situación: atrapado en un país neutral en el otro extremo del

mundo, lo más lejos posible de donde realmente quiere estar. Alienado del Cuerpo. Unido a una conspiración vaga.

Hablando técnicamente, ha estado ausente sin permiso durante varios meses. Pero si se presentase de pronto en la embajada norteamericana de Estocolmo llevando esos documentos todo quedaría olvidado. Así que se trata de su billete de vuelta a casa. Y «casa» es un país muy amplio que incluye lugares como Hawai, y que está más cerca de Manila que Norrsbruck, Suecia.

El bote de Otto acaba de llegar de Finlandia, agitándose en la marea entrante, atado al nido que le sirve de embarcadero. El bote, ya se sabe, todavía sigue cargado con lo que sea que los fineses cambian en ese momento por café y balas. El mismo Otto está sentado en la cabaña, naturalmente bebiendo café, con los ojos rojos y cansado.

—¿Dónde está Julieta? —dice Shaftoe. Empieza a preocuparle la posibilidad de que haya regresado a Finlandia o algo así.

Otto se vuelve un poco más gris cada vez que atraviesa el golfo de Botnia con la bañera. Hoy tiene un aspecto especialmente gris.

—¿Ves a ese monstruo? —dice; luego agita la cabeza en una combinación de asombro, asco y cansancio total que sólo los fineses veteranos pueden conseguir—. ¡Esos cabrones alemanes!

—Pensaba que os protegían de los rusos.

Eso provoca una risa larga y ruidosa como un trueno por parte de Otto.

— Zdrastuytchye, tovarishch! —dice al final.

—¿Cómo?

—Significa «Bienvenido, camarada» en ruso —dice Otto—. He estado practicando.

—Deberías estar practicando el juramento de la bandera —dice Shaftoe

—. Pronto acabaremos con los alemanes, y supongo que ya puestos a ello derrotaremos a los rusos hasta la misma Siberia.

Otto vuelve a reír, como quien reconoce la ingenuidad cuando la ve, pero que no por ello deja de encontrarla encantadora.

—He enterrado la turbina alemana en Finlandia —dice—. Se la venderé a los rusos o a los norteamericanos; al que llegue primero.

—¿Dónde está Julieta? —vuelve a preguntar Shaftoe. Hablando de ingenuidad...

—En el pueblo —dice Otto—. De compras.

—Así que tienes dinero.

Otto parece mareado. Mañana es día de paga.

Luego Shaftoe se subirá a un autobús, en dirección a Estocolmo.

Se sienta frente a Otto, bebiendo café, y hablan un rato del tiempo, del contrabando, y de los méritos relativos de diversas armas automáticas. En realidad, de lo que hablan es de si Shaftoe cobrará y cuánto.

Al final, Otto emite una promesa cautelosa de pagarle, siempre que Julieta no se gaste todo el dinero en su expedición de «compra», y siempre que Shaftoe descargue el bote.

Así que Bobby Shaftoe se pasa el resto del día cargando argamasa rusa, latas oxidadas de caviar, bloques de té negro de China, arte popular lapón, un par de iconos, cajas de schnapps finés con aroma a pino, ristras de salchichas asquerosas y montones de pieles desde la bodega del bote de Otto al muelle y de éste a la cabaña.

Mientras tanto, Otto va al pueblo, y no regresa hasta mucho después de que caiga la noche. Shaftoe se mete en el saco de dormir de la cabaña, se sacude y da vueltas durante cuatro horas, duerme como diez minutos y luego una llamada a la puerta le despierta.

Se acerca a la puerta a cuatro patas, saca el Suomi de su escondrijo y luego va al extremo opuesto de la cañaba y sale en silencio por la trampilla del suelo. Las piedras están cubiertas de hielo, pero sus pies desnudos le ofrecen tracción suficiente para trepar y ver quién anda por ahí, dando golpes en la puerta.

Se trata de Enoch Root en persona, al que no se ha visto durante una semana.

—¡Eh! —dice Shaftoe.

—Bobby —contesta Root, volviéndose—. Asumo que te has enterado.

—¿Enterarme de qué?

—De que estamos en peligro.

—No —dice Shaftoe—, siempre respondo así a la puerta.

Entran en la cabaña. Root no da a las luces y mira continuamente por la ventana como si esperase a alguien. Huele ligeramente al perfume de Julieta, un aroma inconfundible que Otto ha estado llevando de contrabando a Finlandia en barriles de cincuenta y cinco galones. En cierta forma, a Shaftoe no le sorprende. Se pone a preparar café.

—Se ha producido una situación muy compleja —dice Root.

—Eso ya lo veo.

Root se sobresalta al oírlo, y dirige a Shaftoe una mirada vacía, con ojos estúpidos que relucen bajo la luz de la luna. Puedes ser el hombre más inteligente del mundo, pero cuando una mujer entra en escena, eres como cualquier otro bobo.

—¿Has venido hasta aquí para decirme que te estás tirando a Julieta?

—¡Oh, no, no, no! —dice Root. Se detiene un momento, arruga la frente

—. Quiero decir, que sí. E iba a decírtelo. Pero no es más que la primera parte de un asunto muy complicado. —Root se pone en pie, se mete las manos en los bolsillos, vuelve a andar por la cabaña mirando por la ventana

—. ¿Tienes más de esas armas finlandesas?

—En esa caja a tu izquierda —dice Shaftoe—. ¿Por qué? ¿Vamos a tener un tiroteo?

—Quizá. ¡No entre tú y yo! Pero puede que lleguen otros visitantes.

—¿Policías?

—Peor.

—¿Fineses? —Porque Otto tiene sus rivales.

—Peor.

—¿Quién entonces? —Shaftoe no se puede imaginar nada peor.

—Alemanes. Alemanes.

—¡Oh, coño! —grita Shaftoe disgustado—. ¿Cómo puedes decir que son peores que los fineses?

Root parece perplejo.

—Si vas a decir que los fineses son peores, libra a libra, que los alemanes, entonces estoy de acuerdo contigo. Pero el problema con los alemanes es que suelen estar en comunicación con millones de otros alemanes.

—Vale —murmura Shaftoe.

Root levanta la tapa del cajón, saca un arma automática, comprueba la recámara, apunta a la luna y mira como si fuese un telescopio.

—En cualquier caso, algunos alemanes vienen a matarte.

—¿Por qué?

—Porque sabes demasiado sobre ciertas cosas.

—¿Qué ciertas cosas? ¿Günter y su nuevo submarino?

—Sí.

—¿Y cómo, si puedo preguntar, sabes todo esto? Está relacionado con el hecho de que te tires a Julieta, ¿no? —sigue diciendo Shaftoe. Se siente más aburrido que molesto. Para él, todo este asunto sueco es viejo y le cansa. Debería estar en Filipinas. Todo lo que no le acerca a Filipinas le irrita.

—Exacto. —Root lanza un suspiro—. Te tiene en muy buena consideración, Bobby, pero después de que viese la foto de esa novia tuya...

—¡Déjalo ya! A ella ni tú ni yo le importamos un carajo. Simplemente quiere todo lo bueno de ser finlandesa sin los aspectos negativos.

—¿Cuáles son los aspectos negativos?

—Tener que vivir en Finlandia —dice Shaftoe—. Así que tiene que casarse con alguien que disponga de un buen pasaporte. Lo que hoy en día significa norteamericano o británico. Habrás notado que no se folló a Günter.

Root parece un poco mareado.

—Bien, quizá sí lo hizo —dice Shaftoe, lanzando un suspiro—.

¡Mierda!

Root ha pescado un cargador de otra caja y ha descubierto como fijarlo al Suomi. Dice:

—Probablemente sabes que los alemanes tienen un acuerdo tácito con los suecos.

—¿Qué significa «tácito»?

—Digamos simplemente que tienen un acuerdo.

—Los suecos son neutrales, pero dejan que los teutones los intimiden.

—Sí. Otto tiene que tratar con alemanes a cada extremo de su ruta de contrabando, en Suecia y en Finlandia, y tiene que tratar con su Marina cuando está en el mar.

—Soy consciente de que los putos alemanes están por toda Europa.

—Bien, resumiendo, los alemanes locales han conseguido que Otto nos traicione —dice Root.

—¿Lo ha hecho?

—Sí. Nos ha traicionado...

—Vale. Sigue hablando, te escucho —dice Shaftoe. Comienza a montar una escalera al ático.

—Pero luego se lo pensó mejor. Supongo que podríamos decir que se arrepintió —dice Root.

—Hablas como un verdadero miembro del clero —murmura Shaftoe.

Ahora se encuentra en el ático, recorriendo las vigas a cuatro patas. Se detiene y enciende el Zippo. La mayor parte de la luz es absorbida por una losa color verde oscuro: un cajón rudimentario de madera con letras cirílicas pintadas a un lado.

Desde abajo se filtra la voz de Root:

—Vino a, eh, el lugar donde Julieta y yo, eh, nos encontrábamos.

Follábamos.

—Pásame la palanca —grita Shaftoe—. Está en la caja de herramientas de Otto, bajo la mesa.

Un minuto más tarde, la palanca aparece por la abertura, como una cabeza de cobra saliendo de una cesta. Shaftoe la coge e inicia el asalto al cajón.

—Otto estaba destrozado. Tuvo que hacer lo que hizo, o los alemanes podrían haberle impedido ganarse la vida. Pero te respeta. No podía soportarlo. Tenía que hablar con alguien. Así que vino a nosotros, y le contó a Julieta lo que había hecho. Julieta lo comprendió.

—¿Comprendió?

—Pero al mismo tiempo estaba horrorizada.

—Qué conmovedor.

—Eh, en ese punto, los Kivistik abrieron una botella de schnapps y se pusieron a discutir la situación. En finés.

—Comprendo —dice Shaftoe. Dale a esos fineses un dilema moral serio, desolador, terrible y una botella de schnapps y poco más y puedes

olvidarte de ellos durante cuarenta y ocho horas—. Gracias por tener el valor de venir.

—Julieta lo comprenderá.

—No me refiero a eso.

—Oh, no creo que Otto me hiciese daño.

—No, me refiero...

—¡Oh! —exclama Root—. No, tenía que contarte lo de Julieta tarde o temprano...

—No, maldición, me refiero a los alemanes.

—Oh. Bien, no empecé a pensar en ellos hasta que casi había llegado.

No fue tanto valor como falta de previsión.

Shaftoe es muy bueno con la previsión.

—Toma esto. Le pasa un tubo de acero pesado del diámetro de una lata de café, de unos pies de largo—. Es pesado —añade cuando a Root le fallan las rodillas.

—¿Qué es?

—Un mortero soviético de ciento veinte milímetros —dice Shaftoe

—Oh. —Root permanece en silencio durante un rato, mientras deja el mortero sobre la mesa. Cuando vuelve a hablar, su voz suena diferente—.

No era consciente de que Otto tuviese este tipo de cosas.

—El radio letal de esta cosa es de unos buenos sesenta pie —dice Shaftoe. Está sacando proyectiles de mortero del cajón y amontonándolos cerca de la abertura—. O quizá sean metros, no puedo recordarlo. —Las bombas tienen el aspecto de pelotas de rugby gordas con aletas en un extremo.

—Pies, metros... la diferencia es importante —dice Root.

—Quizá sea una exageración. Pero tenemos que regresar a Norrsbruck y ocuparnos de Julieta.

—¿Qué quieres decir con ocuparnos? —dice Root con cautela.

—Casarse con ella.

—¿Qué?

—Uno de los dos tiene que casarse con ella, y rápido. No sé a ti, pero a mí me gusta, sería una pena que se pasase el resto de su vida chupando

pollas rusas a punta de pistola —dice Shaftoe—. Además, puede que esté embarazada con un hijo nuestro. Tuyo, mío o de Günter.

—Nosotros, la conspiración, tenemos la obligación de cuidar de nuestros hijos —admite Root—. Podríamos establecer un fondo de fideicomiso para ellos en Londres.

—Debería haber dinero de sobra para eso —admite Shaftoe—. Pero no puedo casarme con ella, porque debo estar disponible para casarme con Glory cuando llegue a Manila.

—Rudy no puede —dice Root.

—¿Porque es marica?

—No, se casan con mujeres continuamente —dice Root—. No puede porque es alemán, ¿y qué va a hacer ella con un pasaporte alemán?

—No sería muy inteligente —admite Shaftoe.

—Eso me deja a mí—dice Root—. Me casaré con ella y tendrá pasaporte británico. El mejor del mundo.

—Eh —dice Shaftoe—, ¿cómo cuadra eso con que seas un monje o sacerdote, o lo que coño seas, célibe?

Root dice:

—Se supone que debo permanecer célibe...

—Pero entonces...

—Pero el perdón de Dios es infinito —responde Root, ganado el tanto

—. Bien, como iba diciendo, se supone que eso no implica que no pueda casarme. Siempre que no consume el matrimonio.

—¡Pero si no lo consumas no cuenta!

—Pero la única persona, además de mí, que sabría que no lo hemos consumado es Julieta.

—Dios lo sabrá —dice Shaftoe.

—Dios no expide pasaportes —dice Root.

—¿Qué hay de la Iglesia? Te echarán.

—Quizá me lo merezca.

—Déjame ver si lo he entendido —dice Shaftoe—. Cuando te tirabas de verdad a Julieta, decías que no lo hacías y así podías seguir siendo cura.

Ahora vas a casarte con ella y no tirártela y decir que sí lo haces.

—Si intentas decir que mi relación con la Iglesia es muy complicada, ya lo sabía, Bobby.

—Entonces, vamos —dice Shaftoe.

Shaftoe y Root llevan el mortero y una caja completa de bombas hasta la playa, donde pueden protegerse tras un muro de retención de piedra de unos buenos cinco pies de alto.

Pero las olas hacen que sea imposible oír nada, así que Root va y se oculta tras los árboles de la carretera, y deja a Shaftoe jugueteando con el mortero soviético.

Resulta que no hay que juguetear mucho. Un granjero analfabeto de la tundra con congelación bilateral podría montar y dejar en funcionamiento esa cosa en diez minutos. Si se hubiese quedado despierto la noche antes —

celebrando el cumplimiento del último plan quinquenal con un cántaro de madera lleno de alcohol— quizá serían quince.

Shaftoe consulta las instrucciones. No importa que estén impresas en ruso, porque en realidad están hechas para analfabetos. Hay impresa una serie de parábolas, el mortero en un extremo y alemanes estallando al otro.

Pídele a un ingeniero soviético que diseñe un par de zapatos y se le ocurrirá algo que tendrá el aspecto de las cajas de zapatos; pídele que diseñe algo para masacrar alemanes y se convertirá en el puto Thomas Edison. Shaftoe examina el terreno, elige la zona de muerte, luego sube y recorre la distancia, asumiendo un metro por paso.

Vuelve a estar en la playa, ajustando el ángulo del tubo, cuando le sorprende una forma enorme que salta sobre el muro, tan cerca que casi le derriba. Root respira con rapidez.

—Alemanes —dice—, vienen por la carretera principal.

—¿Cómo sabes que son alemanes? Quizá sea Otto.

—Los motores suenan a diesel. A los hunos les encantan los motores diesel.

—¿Cuántos motores?

—Probablemente dos.

Resulta que Root acierta de lleno. Dos enormes Mercedes negros salen del bosque como salen las malas ideas de la cabeza espesa de un teniente novato. No llevan los faros encendidos. Se detienen y permanecen allí durante un momento, luego se abren las puertas en silencio, salen los

alemanes y se quedan en pie. Algunos de ellos visten largos abrigos negros de piel. Varios portan esas ametralladoras fúnebres que son la marca distintiva de la infantería alemana, y la envidia de los yanquis y británicos, que deben entrar en combate armados con primitivos rifles de caza.

Ya está, es el momento. Los nazis están en su sitio y es labor de Bobby Shaftoe, y en menor medida de Enoch Root, matarlos a todos. No sólo una tarea, sino una exigencia moral, porque son los representantes de Satanás, que reconocen públicamente ser tan malos y crueles como lo son en realidad. Se trata de un mundo y una situación a la que Shaftoe y otro montón de gente están perfectamente adaptados. Saca una bomba de la caja, la introduce en la boca del tubo, la suelta y se tapa los oídos.

El mortero tose como una tetera. Los alemanes miran en su dirección.

Bajo la luz de la luna destella el monóculo de un oficial. En total, del coche han salido ocho alemanes. Tres de ellos deben ser veteranos del combate porque en un microsegundo están tendidos en el suelo. Los oficiales vestidos con trincheras permanecen de pie, como también un par de zoquetes vestidos de civil, que inmediatamente abren fuego más o menos en su dirección usando las subametralladoras. Causan mucho ruido, pero sólo impresiona a Shaftoe en la medida en que se trata de una muestra impresionante de estupidez. Las balas pasan muy por encima de sus cabezas. Antes de que tengan tiempo de llegar al golfo de Botnia la bomba estalla.

Shaftoe mira por encima del muro. Más o menos como esperaba, todas las personas que antes estaban en pie están ahora caídas sobre el Mercedes más cercano, habiendo sido elevadas y apartadas por una cortina de metralla en movimiento. Pero dos de los supervivientes — los veteranos—

se arrastran sobre el vientre hacia la cabaña de Otto, cuyas gruesas paredes de tronco, ante las circunstancias, parecen muy protectoras. El tercer superviviente dispara con la subametralladora, pero no tiene ni idea de dónde están.

El suelo es convexo, de forma que es difícil ver a los alemanes que se arrastran. Shaftoe dispara un par de bombas más sin demasiado efecto. Oye a los dos alemanes abrir a patadas la puerta de la cabaña de Otto.

Como sólo es una cabaña de una habitación, sería un momento genial para estar armados con granadas. Pero Shaftoe no tiene ni una, y en realidad

no quiere volarla.

—Por qué no matas a ese alemán de ahí —le dice a Root, y luego se dirige hacia la playa, bien pegado al muro por si los alemanes están mirando por la ventana.

En realidad, casi ha llegado cuando los alemanes rompen las ventanas y comienzan a disparar en dirección a Enoch Root. Shaftoe se arrastra bajo el suelo de la cabaña, abre la trampilla y emerge en el centro de la habitación.

Los alemanes le dan la espalda. Les dispara con el Suomi hasta que dejan de moverse. Luego los arrastra hasta la trampilla y los arroja a la playa para que no se desangren sobre el suelo. La próxima marea alta se los llevará, y con suerte, en un par de semanas arribarán a la costa de la Patria.

Ahora hay silencio, como se supone que debe estar una cabaña aislada junto al mar. Pero eso no significa nada. Shaftoe se dirige con cuidado a los árboles y da una vuelva alrededor de la acción, observando la zona de muerte desde arriba. El alemán que queda sigue arrastrándose sobre los codos, intentando comprender la situación. Shaftoe lo mata. Luego regresa a la playa y se encuentra a Enoch Root sangrando sobre la arena. Ha recibido una bala justo bajo la clavícula y hay mucha sangre, tanto de la herida como de la boca de Root cuando exhala.

—Me siento como si fuese a morirme —dice.

—Bien —responde Shaftoe—, eso significa que probablemente no te morirás.

Uno de los Mercedes sigue operativo, aunque tiene muchos agujeros de metralla y una rueda pinchada. Shaftoe la saca y le coloca una de las ruedas supervivientes del otro Mercedes, luego arrastra a Root y lo tiende en el asiento trasero. Conduce a Norrsbruck, rápido. El Mercedes es realmente un coche genial, y quiere conducirlo hasta Finlandia, Rusia, Siberia, incluso China —quizá parándose para tomar un poco de shushi en Shanghai—, luego bajando por Siam y luego Malaya, donde podría subirse a un barco en dirección a Manila, encontrar a Glory, y.

El ensueño erótico posterior se ve interrumpido por la voz de Enoch Root, burbujeando por entre la sangre o algo.

—Ve a la iglesia.

—Padre, de verdad, éste no es momento de intentar convertirme en un fanático religioso. Tómatelo con calma.

—No, ve ahora. Llévame.

—¿Qué, para que puedas hacer las paces con Dios? Cojones, reverendo, no vas a morirte. Te llevaré al médico. Luego podrás ir a la iglesia.

Root entra en coma, murmurando algo sobre puros.

Shaftoe ignora los desvarios, quema las ruedas en dirección a Norrsbruck, y despierta al médico. Luego va en busca de Otto y Julieta y los lleva a la consulta del médico. Al final, va a la iglesia y despierta al pastor.

Cuando regresa a la clínica, se encuentra a Rudolf von Hacklheber discutiendo con el médico: Rudy (quien aparentemente habla en nombre de Enoch, que apenas puede hablar) quiere que la boda de Enoch con Julieta se celebre ahora mismo, en caso de que a Enoch le suceda algo durante la intervención. A Shaftoe le sorprende que, de pronto, el paciente tenga tan mal aspecto. Pero al recordar lo que él y Enoch discutieron antes, apoya los argumentos de Rudy e insiste en que el matrimonio se realice antes que la cirugía.

Otto se saca un anillo de diamante literalmente del culo —lleva objetos valiosos guardados en un tubo de metal pulido que se mete por el recto— y Shaftoe actúa de padrino, sosteniendo algo inquieto ese anillo, todavía caliente del agujero de Otto. Root está demasiado débil como para deslizado por el dedo de Julieta así que Rudy le guía la mano. Una enfermera sirve como dama de honor. Julieta y Enoch se unen en santo matrimonio. Root emite las palabras del juramento una a una, deteniéndose tras cada una de ellas para toser sangre en un cuenco de acero inoxidable. A Shaftoe se le hace un nudo en la garganta, y llega incluso a lloriquear.

El doctor administra éter a Root, le abre el pecho y se dedica a reparar los daños. La cirugía de combate no es su fuerte, y comete un par de errores y en general realiza con excelencia la labor de mantener alta la tensión. Una de esas arterias importantes cede, y es necesario que Shaftoe y el pastor salgan, cojan a algunos suecos de la calle y les persuadan para que donen sangre. Rudy ha desaparecido, y Shaftoe sospecha durante unos minutos que ha huido del pueblo. Pero de pronto aparece junto a Root sosteniendo una vieja caja de puros cubanos, toda cubierta de palabras en español.

Cuando Enoch Root muere, las únicas personas en la sala son Rudolf von Hacklheber, Bobby Shaftoe y el médico sueco.

El doctor mira la hora y sale de la estancia.

Rudy alarga la mano y cierra los ojos de Enoch, luego se queda de pie apoyando las manos sobre el rostro del difunto padre y mira a Shaftoe.

—Ve —dice— y asegúrate de que el doctor presenta el certificado de defunción.

En la guerra, es bastante frecuente que uno de tus colegas muera, y tú tienes que entrar inmediatamente en acción, así que dejas los llantos para más tarde.

—Bien —dice Shaftoe, y sale de la sala.

El doctor está sentado en su pequeño despacho, cubierto en todas las paredes por diplomas llenos de diéresis, rellenando el certificado de defunción.

En una esquina cuelga un esqueleto. Bobby Shaftoe permanece firme en el lado opuesto, como si él y el esqueleto estuviesen triangulando la posición del médico y le observasen escribir la fecha y la hora del fallecimiento de Enoch Root.

Cuando el médico termina, se reclina sobre la silla y se frota los ojos.

—¿Puedo invitarle a una taza de café? —pregunta Bobby Shaftoe.

—Gracias —dice el médico.

La joven novia y su padre están tumbados con aspecto legañoso en la sala de espera del médico. Shaftoe se ofrece también a invitarles a café.

Dejan a Rudy que vele el cadáver del difunto amigo y coconspirador, y bajan por la calle mayor de Norrsbruck. Los suecos empiezan a salir de sus casas. Tienen exactamente el mismo aspecto que norteamericanos del Medio Oeste, y Shaftoe siempre se sorprende al darse cuenta de que no hablan inglés.

El médico se detiene en el juzgado para entregar el certificado de defunción. Otto y Julieta se adelantan al café. Bobby Shaftoe se rezaga en el exterior, mirando calle arriba. Después de un minuto o dos ve a Rudy sacar la cabeza, por la puerta de la consulta del médico y mirar a un lado, luego al otro. Mete dentro la cabeza durante un momento. Luego él y otro hombre salen de la consulta. El otro hombre está envuelto en una manta que le cubre incluso la cabeza. Se suben al Mercedes, el Hombre de la Manta se tiende en el asiento trasero y Rudy conduce en dirección a su casa de campo.

Bobby Shaftoe se sienta en el café con los finlandeses. —Al final del día me voy a meter en ese puto Mercedes y voy a conducir hasta Estocolmo como un puto murciélago salido del infierno —dice Shaftoe. Aunque los fineses nunca lo entenderán, ha elegido la expresión «murciélago salido del infierno» por una buena razón. Ahora comprende por qué desde Guadalcanal se ha considerado un hombre muerto—. En cualquier caso, espero que vosotros tengáis un buen viaje en barco.

—¿En barco? —dice inocente Otto.

—Os he denunciado a los alemanes, como vosotros hicisteis conmigo.

—Es la mentira de Shaftoe.

—¡Cabrón! —empieza a decir Julieta. Pero Bobby la corta:

—Tienes lo que querías y un poco más. Un pasaporte británico y... —

dice mirando por la ventana para ver al médico salir del juzgado— además, la paga de viuda de Enoch. Y quizá más, más tarde. En cuanto a ti, Otto, se ha acabado tu carrera de contrabandista. Te sugiero que salgas cagando leches.

Otto sigue demasiado atónito como para enfadarse, pero está claro que muy pronto se cabreará de cojones.

—¿Y a dónde iremos? ¿Te has molestado en mirar un mapa? —Muestra algo de jodida adaptabilidad —dice Shaftoe—. Seguro que se te ocurre una forma de llevar esa bañera tuya hasta Inglaterra. Se pueden decir muchas cosas malas de Otto, pero al hombre le gustan los desafíos.

—Podría atravesar el canal Göta desde Estocolmo hasta Göteborg, allí no hay alemanes, lo que me llevaría casi hasta Noruega... ¡Pero Noruega está llena de alemanes! Incluso si atravieso el Skagerrak... ¿esperas que atraviese el mar del Norte? ¿En invierno? ¿En medio de una guerra?

—Si te hace sentir mejor, después de que llegues a Inglaterra tendrás que navegar hasta Manila.

—¿¡Manila!?

—¿A que ahora Inglaterra te parece fácil?

—¿¡Crees que soy un aficionado a la vela que navega por el mundo por diversión!?

—No, pero Rudolf von Hacklheber sí que lo es. Tiene dinero, tiene contactos. Tiene disponible un buen yate que hace que tu queche parezca una lancha neumática —dice Shaftoe—. Vamos, Otto. Deja de quejarte,

sácate algunos diamantes del culo y hazlo. Es mejor que dejar que los alemanes te torturen. —Shaftoe se pone en pie y tira del hombro de Otto para darle ánimos, cosa que a Otto no le gusta nada—. Nos vemos en Manila.

El médico está entrando por la puerta. Bobby Shaftoe deja algo de dinero sobre la mesa. Mira a Julieta a los ojos.

—Tengo que recorrer algunas millas —dice—. Glory me espera.

Julieta asiente. Por tanto, al menos en los ojos de una chica finlandesa, Shaftoe no es tan mal tipo. Shaftoe se inclina y le da un potente y suculento beso, luego se endereza, saluda al asombrado médico y sale a la calle.

OceanofPDF.com