Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 17 de 106

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Criptonomicon

Metro

W aterhouse y varias docenas de extraños van de pie y sentados en una habitación extraordinariamente estrecha y larga que se balancea de un lado a otro. La habitación está llena de ventanas, pero por ellas no entra luz, sólo sonido: muchos retumbos, traqueteos y chirridos. Todos parecen pensativos y silenciosos, como si estuviesen sentados en una iglesia esperando a que empiece la misa.

Waterhouse está de pie agarrado a un protuberancia anclada en el techo que le impide balancearse dentro de la lata. Durante los últimos minutos ha estado prestando atención a un póster que explica cómo ponerse una máscara de gas. Waterhouse, como todos los demás, lleva uno de esos dispositivos dentro de una pequeña bolsa colgada al hombro. La de Waterhouse tiene un aspecto diferente porque es americana y militar. Ha llamado la atención de los demás.

En el póster hay una mujer encantadora y con estilo, de piel blanca y de pelo castaño que parece haber sido moldeado químicamente y recompuesto a su forma actual en un salón de belleza de alta categoría. Está de pie, con la columna como el asta de una bandera, la barbilla al aire, los codos doblados, las manos en postura ritual: los dedos extendidos, los pulgares en el aire justo frente a la cara. Entre sus manos cuelga una masa siniestra, sostenida en la maraña de cintas color caqui. Los pulgares levantados son los ejes de esa diminuta red.

Waterhouse lleva en Londres un par de días y conoce el resto de la historia. Reconocería esa pose en cualquier sitio. Ésa mujer está preparada para ponerse la máscara. Si el gas cae alguna vez sobre la capital, las

alarmas de gas sonarán y las partes altas de los pesados buzones, que han sido tratados con una pintura especial, se volverán negras. Veinte millones de pulgares señalarán el cielo verdoso y ponzoñoso, diez millones de máscaras de gas colgarán de ellos, diez millones de barbillas se levantarán.

Puede imaginar el exquisito sonido de la piel suave y blanca de esa mujer ajustándose entre los límites de la goma negra.

Una vez que esté completo el movimiento de barbilla, todo está bien.

Tienes que colocar correctamente las cintas sobre la permanente castaña y mantenerte a cubierto, pero lo peor del peligro ya ha pasado. Las máscaras antigás británicas tienen una zona redonda y corta en la parte delantera para permitir la exhalación, que tiene exactamente el aspecto del morro de un cerdo, y ninguna mujer aceptaría ponerse semejante cosa si las modelos de los póster no fuesen tal parangón de belleza.

Algo le llama la atención en la oscuridad más allá de las ventanas. El tren ha llegado a una de esas zonas del metro donde luces tenues se ciernen sobre ellos, traicionando los secretos estigios del metro. Todos los ocupantes del vagón parpadean, miran y toman aliento. Durante un momento el mundo se ha materializado a su alrededor. Fragmentos de una pared, apuntalamientos incrustados, haces de cables, cuelgan en el espacio, girando lentamente, como cuerpos astronómicos, mientras el tren avanza.

Los cables llaman la atención de Waterhouse: cuidadosamente fijados en paralelo a las paredes de piedra. Son como las trepadoras de una hiedra plutónica que se extiende por la oscuridad del metro cuando el personal de mantenimiento no presta atención, buscando un lugar por el que avanzar y llegar a la luz.

Cuando caminas por las calles, en el mundo superior, ves los primeros zarcillos abriéndose camino por las antiguas paredes de los edificios. Parras cubiertas de neopreno que crecen en línea recta subiendo por la piedra para infiltrarse por agujeros en las ventanas, centrándose especialmente en las oficinas. A veces están cubiertas de tubos de metal. En ocasiones sus propietarios las han pintado. Pero todos comparten unas raíces comunes que florecen en las grietas y canales no usados del metro, convergiendo en grandes estaciones de conmutación situadas en profundas bóvedas a prueba de bombas.

El tren invade una catedral de lúgubre luz amarilla y se detiene con un gemido, acaparando el espacio. Chillones iconos de la paranoia nacional brillan en los nichos y grutas. Una mujer angelical con la barbilla levantada sostiene un extremo del continuo moral. En el extremo opuesto tenemos una súcubo vestida con una falda ceñida, tendida sobre un sofá en medio de una fiesta, sonriendo afectadamente con sus pestañas postizas mientras mira de reojo al joven e ingenuo soldado que charla a su espalda.

Los carteles identifican el lugar como Euston en una elegante tipografía sans—serif que destila credibilidad oficial. Waterhouse y casi todos los demás bajan del tren.

Después de quince minutos más o menos de dar tumbos por la estación pidiendo ayuda y extrañándose ante los horarios, Waterhouse se encuentra a bordo de un tren interurbano en dirección a Birmingham. Por el camino, le han prometido, se detendrán en un lugar llamado Bletchley.

Parte del motivo de la confusión es que hay otro tren a punto de partir en el andén adyacente, que va directo a Bletchley, su destino final, sin paradas intermedias. Parece que todos los ocupantes de ese tren son mujeres con uniformes cuasi militares.

Los hombres de la RAF, con los subfusiles Sten, vigilando cada puerta del tren, comprobando papeles y pases, no le dejan subir a bordo.

Waterhouse mira por las ventanas a las muchachas Bletchley del tren, unas frente a otras en grupos de cuatro y cinco, sacando la costura de la bolsa, convirtiendo bolas de lana escocesa en pasamontañas y manoplas para los tripulantes de los convoyes del Atlántico Norte, escribiendo cartas a sus hermanos en servicio y a sus mamas y papas en casa. Los pistoleros de la RAF se quedan junto a las puertas hasta que todas están dentro y el tren ha comenzado a salir de la estación. A medida que gana velocidad, las filas y filas de chicas, tejiendo, escribiendo y charlando, se fusionan en algo que muy probablemente se parece a lo que soldados y marineros de todo el mundo ven en sus sueños. Waterhouse no será nunca uno de esos soldados, en el frente, en contacto directo con el enemigo. Ha probado la manzana del conocimiento prohibido. Tiene prohibido ir a cualquier parte del mundo donde el enemigo pueda capturarle.

El tren sale de la noche por un cauce de ladrillos, en dirección a las afueras del norte de la ciudad. Son como las tres de la tarde; ese tren especial BP

debía estar llevando a las chicas del cambio de turno.

Waterhouse tiene la sensación de que no va a trabajar en nada que se parezca, ni remotamente, a turnos regulares. Su mochila —que le prepararon— está preñada de posibilidades: gruesos jerséis de lana, uniformes de ligereza tropical del Ejército de Tierra y la Marina, pasa—

montañas negros, condones.

El tren se libera lentamente de la ciudad y penetra en un territorio parcheado de pequeñas ciudades residenciales. Waterhouse se siente pesado, y sospecha que hay una ligera tendencia colina arriba. Pasan a través de una hendidura que han abierto en una sierra, como una muesca en la parte superior de un tronco, y entran en un encantador territorio de campos verde esmeralda sutilmente hinchados, salpicados caóticamente por pequeñas cápsulas blancas que toma por ovejas.

Evidentemente, es probable que la distribución no sea en absoluto caótica… es probable que refleje las variaciones locales de la química del suelo que produce la hierba que las ovejas encuentran más o menos deseable. Por medio de un reconocimiento aéreo, los alemanes podrían dibujar un mapa de la química del suelo de Inglaterra basándose simplemente en la distribución de las ovejas.

Los campos están rodeados por viejas cercas, muros de piedra, o, especialmente en las tierras altas, largas franjas de bosque. Al cabo de más o menos una hora, el bosque aparece por la izquierda del tren, cubriendo un terraplén que se eleva suavemente desde el apartadero. Los frenos del tren resuenan gaseosos y el tren se detiene quejumbroso en la estación. Pero la línea se ha dividido y ramificado bastante, más de lo que daría a entender el tamaño de la estación. Waterhouse se pone en pie, se cuadra, se agacha en una pose de luchador de sumo, y se enfrenta a Petate. Petate parece ser el ganador cuando aparentemente empuja a Waterhouse fuera del tren y hacia la plataforma.

El olor a carbón es más fuerte de lo habitual, y se oye mucho ruido proveniente de algún lugar cercano. Waterhouse mira y descubre grandes

obras industriales en los múltiples apartaderos. Se pone en pie y observa durante un par de minutos, mientras el tren se aleja en dirección al norte, y comprueba que en la estación de Bletchley se están encargando de reparar locomotoras de vapor. A Waterhouse le gustan los trenes.

Pero no ha sido por eso por lo que le han dado varios trajes gratis y un billete a Bletchley, por lo que, una vez más, Waterhouse se enfrenta a Petate y sube las escaleras del puente cerrado que vuela sobre las líneas paralelas.

Mirando hacia la estación, ve más chicas de Bletchley (miembros de la Fuerza Aérea Auxiliar de Mujeres, WAAF, y Sección Femenina de la Marina Británica, WREN) viniendo en su dirección; el turno de día, que ha terminado su trabajo, que consiste en procesar letras y dígitos claramente caóticos a escala industrial. Como no quiere tener aspecto ridículo, consigue al fin cargarse a Petate a la espalda, pasa los brazos por las cintas y permite que el peso le impulse por el puente.

Las WAAF y WREN sólo están moderadamente interesadas en ver a un oficial americano recién llegado. O quizá simplemente se muestran tímidas.

En cualquier caso, Waterhouse sabe que es uno de los pocos, pero no el primero. Petate lo arrastra por la estación como un policía gordo cargando a un borracho esposado por el vestíbulo de un hotel de dos estrellas.

Waterhouse se ve eyectado a una franja de territorio abierto junto a la carretera norte—sur. Justo frente a él se eleva el bosque. Cualquier fantasía de que podría tratarse de un bosque acogedor se disuelve con rapidez con la densa lluvia de luz gélida que brilla en el extremo del bosque a medida que el sol se pone y que indica que aquel lugar está repleto de metal afilado. En el bosque hay un orificio, que escupe WAAF y WREN como el estrecho orificio de salida de un enorme nido de avispas.

Waterhouse sólo tiene la opción de avanzar o dejarse caer de espaldas por el peso de Petate y quedarse agitando los miembros indefensos como un escarabajo patas a arriba, por lo que se tambalea hacia delante, atraviesa la calle y llega al sendero que penetra en el bosque. Queda rodeado por las chicas Bletchley. Celebran el final del turno poniéndose maquillaje. El carmín bélico es forzosamente un remiendo fabricado con los restos de cartílagos una vez que el material bueno se ha utilizado para recubrir los ejes de las hélices. Es necesario un aroma florido y empalagoso para ocultar sus atroces orígenes minerales y animales.

Es el olor de la Guerra.

Waterhouse todavía no ha visitado todo BP, pero conoce lo esencial.

Sabe que esas chicas recatadas, tecleando obedientemente hojas y hojas de galimatías en sus máquinas, turno tras turno, día tras día, han matado a más hombres que Napoleón.

Avanza lenta y penosamente enfrentándose a la oleada del turno de día que está saliendo. Llegado un momento se rinde sin más, se hace a un lado, empuja con el cuerpo a Petate hacia la hiedra, enciende un cigarrillo y espera a que pase una ráfaga de un centenar de chicas. Algo le golpea en el tobillo: una vara de frambuesas, llena de espinas. Sobre ella hay una tela de araña extraordinariamente diminuta y precisa cuyas hebras geodésicas relucen bajo un rayo de luz del atardecer. La araña situada en el centro es del tipo británico imperturbable, perfectamente tranquila frente a las torpes payasadas yanquis de Waterhouse.

Waterhouse alarga la mano y coge una hoja castaño dorada de olmo que cae del aire frente a él. Se agacha, se mete el cigarrillo en la boca y, empleando ambas manos para estabilizarse, pasa el borde dentado de la hoja por uno de los filamentos radiales de la red, que, ya lo sabe, no tendrá ninguna sustancia pegajosa. Como un arco de violín sobre la cuerda, la hoja produce una vibración razonablemente regular en la red. La araña se gira para encararse a ella, rotando instantáneamente, como un personaje en una película mal montada. Waterhouse se sobresalta tanto por la velocidad del movimiento que retrocede un poco, luego vuelve a pasar la hoja por la red.

La araña se tensa, atenta a la vibración.

Pasados unos segundos, vuelve a su posición original y sigue con sus asuntos, ignorando por completo a Waterhouse.

Las arañas saben por la vibración qué tipo de insecto han atrapado, y se dirigen hacia él. Hay un motivo para la disposición radial de la web, y para que la araña se sitúe justamente en la convergencia de los radios. Los hilos son extensiones de su sistema nervioso. La información se propaga por la tela hasta la araña, donde es procesada por una máquina de Turing interna.

Waterhouse ha probado con muchos trucos diferentes, pero nunca ha sido capaz de engañar a una araña. ¡No es buena señal!

La hora punta parece haber finalizado durante el experimento científico de Waterhouse. Se enfrenta a Petate una vez más. La lucha les lleva otros

cien metros, hasta el punto en que el camino se abre a una carretera cerrada por una cancela de hierro colgada entre dos estúpidos obeliscos de ladrillo rojo. Los guardias son, una vez más, hombres de la RAF con subfusiles Sten, y ahora mismo examinan los papeles de un hombre con abrigo de lona y gafas protectoras, que ha llegado en una motocicleta verde del ejército con alforjas sobre la rueda trasera.

Las alforjas no están muy llenas, pero han sido selladas cuidadosamente; contienen la munición que las chicas meten entre los dientes castañeteantes de sus hambrientas armas.

Con un gesto le indican al motociclista que entre, y éste gira inmediatamente a la izquierda por un camino estrecho. La atención se dirige hacia Lawrence Pritchard Waterhouse, quien, después de un adecuado intercambio de saludos, presenta sus credenciales.

Tiene que elegir entre las muchas que tiene, que no consigue ocultar ante los guardias. Pero a éstos no parece preocuparles o siquiera llamarles la. atención, lo que los distingue de los otros con los que Waterhouse ha tenido que tratar. Como es natural, esos hombres no se encuentran en la lista Ultra Mega, por lo que sería un grave fallo de seguridad decirles que está allí por un asunto Ultra Mega. Sin embargo, parece que han recibido a muchos otros hombres que no podían manifestar sus razones reales, y ni siquiera pestañean cuando Lawrence pretende ser uno de los enlaces de inteligencia naval del Barracón 4 o el Barracón 8.

En el Barracón 8 es donde descifran las transmisiones navales de Enigma. El Barracón 4 recibe las decodificaciones del Barracón 8 y las analiza. Si Waterhouse finge ser personal del Barracón 4 el disfraz no durará mucho porque esos tipos tienen que saber algo sobre la Marina.

Encaja perfectamente en el perfil de los hombres del Barracón 8, porque éstos no tienen que saber nada más que pura matemática.

Uno de los hombres de la RAF examina sus papeles, a continuación se mete en la garita y le da a la manivela del teléfono. Waterhouse permanece de pie, incómodo, admirando el arma colgada del hombro del soldado. No es, por lo que puede ver, nada más que un tubo de acero con un gatillo en un extremo. Una pequeña ventanita cortada sobre el tubo permite ver el muelle que hay dentro. Algunos mangos y accesorios pegados no hacen que el

subfusil Sten deje de parecer un proyecto mal ejecutado de un taller de instituto.

—¿Capitán Waterhouse? Debe dirigirse a la Mansión —dice el guardia que ha hablado por teléfono—. No tiene pérdida.

Waterhouse recorre unos quince metros y descubre que la Mansión, trágicamente, no tiene pérdida. La contempla durante un minuto, intentando imaginar en qué pensaba el arquitecto. Es una construcción abigarrada, con un número excesivo de frontones. Sólo le queda suponer que el diseñador querría construir en realidad una enorme y única morada, pero pretendió camuflarla como una hilera de al menos media docena de chalés urbanos extremadamente diferentes, inexplicablemente unidos, en medio de seiscientos acres de tierra de campo de Buckinghamshire.

Parece que el sitio ha sido bien cuidado, pero a medida que se acerca, puede ver lianas negras trepando por los muros de ladrillo. El sistema de raíces que vislumbró en el metro se ha extendido bajo el bosque y el pasto hasta allí mismo y ha empezado a lanzar hacia arriba sus trepadoras de neopreno. Pero no se trata de un organismo fototrópico: no crece hacia la luz, siempre en busca del sol. Es infotrópico. Y se ha extendido hasta ese lugar por la misma razón que ha llevado hasta allí a los humanos infotrópicos como Lawrence Pritchard Waterhouse y el doctor Alan Mathison Turing, porque Bletchley Park tiene aproximadamente la misma situación en el mundo de la información que el sol en el sistema solar.

Ejércitos, naciones, primeros ministros, presidentes y genios caen hacia él, no en seguras órbitas planetarias sino en las descontroladas órbitas elípticas e hiperbólicas de los cometas y asteroides perdidos.

El doctor Rudolf von Hacklheber no puede ver Bletchley Park, porque es el segundo secreto mejor guardado del mundo, después de Ultra Mega.

Pero desde su oficina en Berlín, repasando informes del Beobachtung Dienst, puede observar fragmentos de esas trayectorias, y concebir hipótesis de por qué son así. Si la única hipótesis lógica es que los Aliados han roto Enigma, entonces el Destacamento 2702 habrá fracasado.

Lawrence muestra más credenciales y pasa por entre un par de estatuas de grifos deterioradas. La Mansión es mucho más bonita en cuanto no puedes ver su exterior. El diseño de una falsa red de casas ofrece muchas oportunidades para la disposición de ventanales exteriores que

proporcionan una luz muy necesaria. El salón está sostenido por arcos y pilares góticos construidos con un mármol marrón claramente de baja calidad con el aspecto de desechos vitrificados.

El lugar es sobrecogedoramente ruidoso; hay un ruido estrepitoso de triquitraque, como aplausos fanáticos, permeando paredes y puertas, trayendo una corriente de aire caliente con un olor penetrante y aceitoso. Es el peculiar olor de los teletipos eléctricos… o teleimpresores, como los llaman los británicos. El ruido y el calor sugieren que debe haber docenas de ellos en las dependencias inferiores de la Mansión.

Waterhouse sube por una escalera con artesonado hacia lo que los británicos llaman primer piso y descubre que es más tranquilo y frío. El alto mandamás de Bletchley tiene allí su despacho. Si la organización es dirigida con verdadero espíritu burocrático, Waterhouse no volverá a ver esa parte una vez finalizada la entrevista inicial. Encuentra el camino hasta la oficina del coronel Chattan, quien (a la memoria de Waterhouse le ha ayudado ver el nombre en la puerta) es el tipo situado en lo alto del organigrama del Destacamento 2702.

Chattan se pone en pie para darle la mano. Es pelirrojo, de ojos azules y probablemente tendría las mejillas sonrosadas si en ese momento no tuviese un bronceado del desierto tan intenso. Viste un uniforme de gala; los uniformes de los oficiales británicos se confeccionan a mano, la única forma de obtenerlos. Waterhouse no es precisamente un experto en moda, pero aprecia a primera vista que el de Chattan no se lo cosió mamá por la noche frente a la estufa de carbón. No, Chattan tiene su propio sastre como

—dios—manda. Sin embargo, al pronunciar el nombre de Waterhouse no dice «guata jaes» como la gente de los Edificios Broadway. La R resulta dura y chisporroteante, y la parte de «house» se alarga en algo que suena como «juus». Ese Chattan tiene un cierto acento asilvestrado.

Con Chattan se encuentra un hombre más menudo vestido con el uniforme de diario británico: estrecho en muñecas y tobillos, pero por lo demás amplio, de una franela gruesa caqui que sería intolerablemente calurosa si esa gente no pudiese confiar en una temperatura ambiente fija, dentro y fuera, de unos cincuenta y cinco grados Fahren—heit. El aspecto general siempre le recuerda a Waterhouse al doctor Dentons. Se lo presentan como teniente Robson, y es el líder de uno de los dos pelotones

del 2702, el de la RAF. Tiene un bigote áspero, muy recortado, de cabellos grises y castaños. Es un tipo risueño, al menos en presencia de superiores, y sonríe con frecuencia. Los dientes se le abren radialmente desde la mandíbula, de forma que cada mandíbula tiene la apariencia de una lata de café sobre la que hubiesen detonado una pequeña granada.

—Éste es el hombre que estábamos esperando —le dice Chattan a Robson—. El que podría habernos sido muy útil en Argel.

—¡Sí! —dice Robson—. Bienvenido al Destacamento 2702, capitán Waterhouse.

—2702 —le corrige Waterhouse.

Chattan y Robson parecen ligeramente asombrados.

—No pueden usar 2702 porque es el producto de dos primos.

—¿Perdone? —dice Robson.

Una cosa que a Waterhouse le gusta mucho de los británicos es que cuando no saben de qué demonios estás hablando, al menos admiten la posibilidad de que sean ellos los equivocados. Robson tiene el aspecto de un hombre que ha ascendido en el escalafón. Un yanqui de su misma posición estaría resoplando y mostrándose desdeñoso.

—¿Cuáles? —dice Chattan. Eso le anima; al menos sabe qué es un primo.

—73 y 37 —dice Waterhouse.

La respuesta causa una gran impresión a Chattan.

—Ah, sí, comprendo. —Agita la cabeza—. Tendré que tomarle el pelo al profesor por esto.

Robson ha inclinado tanto la cabeza hacia un lado que casi descansa sobre la gruesa y lanuda boina que lleva metida en la charretera. Tiene los ojos entrecerrados y parece horrorizado. Su hipotético homólogo yanqui muy probablemente exigiría en ese momento una completa explicación de la teoría de los números primos, y cuando hubiese terminado, la acusaría de ser una chorrada. Pero Robson lo deja pasar:

—¿Debo entender que vamos a cambiar el número de nuestro Destacamento?

Waterhouse traga saliva. Por la reacción de Robson parece estar claro que eso implicará mucho trabajo duro por su parte y la de sus hombres;

semanas de repintar con plantillas y de intentar propagar el nuevo número por toda la burocracia militar. Será un coñazo.

—Será 2702 —dice Chattan con tranquilidad. Al contrario que Waterhouse, no le causa ningún problema dar órdenes difíciles e impopulares.

—Muy bien, debo ocuparme de algunas cosas. Ha sido un placer conocerle, capitán Waterhouse.

—El placer ha sido mío.

Robson vuelve a dar la mano a Waterhouse y sale.

—Tenemos alojamiento para usted en uno de los barracones situados al sur de la cantina —dice Chattan—. Bletchley Park es nuestro cuartel general nominal, pero predecimos que pasaremos la mayor parte del tiempo en las zonas donde se hace más uso de Ultra.

—Asumo que ha estado en el norte de África —dice Waterhouse.

—Sí. —Chattan alza las cejas, o más bien, las franjas de piel donde presumiblemente están localizadas las cejas; los pelos están decolorados y son transparentes, como hebras de monofilamento de nylon—. Me temo que salimos de allí por los pelos.

—Estuvo cerca, ¿no?

—Eh, no me refiero a eso —dice Chattan—. Hablo de la integridad del secreto Ultra. No estamos todavía seguros de que hayamos escapado. Pero el profe ha realizado algunos cálculos que sugieren que es posible que no haya peligro.

—¿Profe es el nombre que utiliza para referirse al doctor Turing?

—Sí. Ya sabe que le recomendó personalmente.

—Es lo que supuse cuando llegaron las órdenes.

—Turing está en estos momentos ocupado en otros dos frentes de la guerra de la información, y no pudo participar en nuestro alegre encuentro.

—¿Qué sucedió en el norte de África, coronel Chattan?

—Sigue sucediendo —dice Chattan con perplejidad—. Nuestro equipo de marines sigue en la zona, ampliando la curva de campana.

—¿Ampliando la curva de campana?

—Bueno, usted sabe mejor que yo que las cosas que suceden al azar normalmente tienen una distribución en forma de campana. Alturas, por

ejemplo. Acerqúese a la ventana, capitán Waterhouse.

Waterhouse se une a Chattan frente al ventanal, desde donde se ven los acres que antes solían ser terreno agrícola. Mirando más allá del cin—turón boscoso a las tierras altas situadas a varios kilómetros de distancia, puede ver el aspecto que probablemente tenía Bletchley Park: campos verdes salpicados con grupos de pequeños edificios.

Pero ése no es el aspecto que tiene ahora. Apenas queda un trozo de tierra en un radio de un kilómetro que no haya sido pavimentado y sobre el que no hayan construido. Una vez que dejas atrás la Mansión y sus singulares dependencias, el parque consiste en estructuras de ladrillo de un piso, nada más que largos pasillos con múltiples cruces: +++++++, y se añaden más + tan rápido como los albañiles pueden poner el barro en los ladrillos (Waterhouse se pregunta, divagando, si Rudy no habrá visto fotografías aéreas de ese lugar y habrá deducido a partir de todas esas cruces la naturaleza matemática de sus actividades). Los tortuosos corredores que conectan los edificios son estrechos, y cada uno se reduce a la mitad por medio de un muro de impacto de metro y medio de alto que los atraviesa por el medio, de forma que los germanos tengan que gastar al menos una bomba por edificio.

—En ese edificio de ahí —dice Chattan, señalando una pequeña construcción no muy alejada, un tugurio de ladrillo de aspecto muy feo—, están las bombes de Turing. Es «bombe», con e al final. Son las máquinas de calcular inventadas por el profe.

—¿Son máquinas universales de Turing de verdad? —suelta Waterhouse. Está dominado por una asombrosa visión sobre la verdadera naturaleza de Bletchley Park: un reino secreto en el que Alan ha encontracto los recursos para dar forma a su gran sueño. Un reino que no está dirigido por hombres sino por la información, donde humildes edificios con forma de signos de sumar contienen Máquinas Universales que pueden configurarse para realizar cualquier operación compu—table.

—No —dice Chattan, con una amable y triste sonrisa.

Waterhouse deja escapar un suspiro prolongado.

—Ah.

—Quizás el año que viene, o el siguiente.

—Quizá.

—Las bombes fueron adaptadas, por Turing, Welchman y otros, a partir de un diseño de criptoanalistas polacos. Consisten en tambores rotatorios que prueban muchas de las posibles claves Enigma a gran velocidad. Estoy seguro de que el profe podrá explicárselo. Pero lo importante es que tienen esos enormes tableros perforados por detrás, como centralitas telefónicas, y algunas de nuestras chicas tienen como trabajo introducir las clavijas correctas en los huecos correctos y reconectarlas cada día. Requiere buena vista, atención cuidadosa y altura.

—¿Altura?—Apreciará que las chicas a las que se les ha asignado ese trabajo son excepcionalmente altas. Si los alemanes llegasen a obtener los registros de personal de Bletchley Park, y dispusiesen las alturas en un histograma, verían una curva de campana normal, representando a la mayor parte de los trabajadores, con una protuberancia anormal, que representa a la población excepcional de chicas altas que hemos traído para operar las clavijas.

—Sí, comprendo —dice Waterhouse—, y alguien como Rudy, el doctor von Hacklheber, notaría la anomalía y se preguntaría la causa.

—Exacto —dice Chattan—. Y entonces sería parte del trabajo del Destacamento 2702, el grupo Ultra Mega, sembrar información falsa que alejase a su amigo Rudy del rastro. —Chattan se aparta de la ventana, camina hasta el escritorio y abre una gran caja de cigarrillos llena de munición fresca. Le ofrece uno a Waterhouse con un gesto diestro de la mano, y éste lo acepta, sólo por educación. Mientras Chattan se lo enciende, mira por entre la llama a los ojos de Waterhouse y dice—: Se lo pregunto a usted. ¿Qué haría para ocultarle a su amigo Rudy que aquí tenemos a muchas chicas altas?

—¿Dando por supuesto que ya tiene los registros de personal?

—Sí.

—En ese caso, es demasiado tarde para ocultar nada.

—Concedido. Asumamos en su lugar que tiene algún canal de información que le está pasando esos registros, unos pocos cada vez. Ese canal todavía está abierto y en funcionamiento. No podemos cerrarlo. O

quizá decidimos no cerrarlo, porque incluso la ausencia de ese canal podría indicarle a Rudy algo importante.

—Bueno, entonces —dice Waterhouse— creamos algunos registros de personal falsos y los introducimos en el canal.

Hay una pequeña pizarra colgada de la pared de la oficina de Chat—tan.

Es un palimpsesto no muy bien borrado; el personal de limpieza debe tener órdenes estrictas de no limpiarla nunca para evitar que se pierda algo importante. Mientras se acerca, puede ver restos de cálculos viejos amontonados unos sobre otros, desvaneciéndose en el negro como transmisiones de luz blanca que se propagan en el espacio profundo.

Reconoce la letra de Alan por todas partes. Debe hacer un esfuerzo físico para no detenerse y reconstruir los cálculos de Alan a partir de los fantasmas que quedan sobre la pizarra. Escribe encima con renuencia.

Waterhouse marca una abscisa y una ordenada sobre la pizarra, y luego, con un movimiento amplio, una curva de campana. Sobre la curva, a la derecha del pico, añade una pequeña protuberancia.

—Las chicas altas —explica—. El problema es esta muesca. Señala el valle entre el pico principal y la protuberancia. Luego dibuja un nuevo pico lo suficientemente alto y ancho para cubrirlos a los dos:

—Podemos hacerlo sembrando registros personales falsos en el canal de Rudy, dando alturas que son mayores que la media total, pero más cortas que las chicas bombe.

—Pero ahora se ha metido en otro atolladero —dice Chattan. Está recostado sobre la silla giratoria, sosteniendo el cigarrillo frente a la cara, mirando a Waterhouse por entre una nube de humo inmóvil.

Waterhouse dice:

—La nueva curva tiene mejor aspecto porque he rellenado el hueco, pero realmente no tiene forma de campana. No termina bien, en los bordes.

El doctor von Hacklheber se dará cuenta. Comprenderá que alguien ha estado alterando el canal. Para evitar que eso suceda, tendría que sembrar más datos falsos, dando algunos valores inusualmente grandes y pequeños.

—Inventar chicas falsas que sean excepcionalmente altas o bajas —dice Chattan.

—Sí. Eso haría que la curva de campana terminase correctamente.

Chattan sigue mirándole expectante.

Waterhouse dice:

—Por tanto, añadir un pequeño número de lo que en otras circunstancias serían extrañas anomalías hace que todo parezca perfectamente normal.

—Como le he dicho —dice Chattan—, nuestro equipo se encuentra en el norte de África, incluso mientras hablamos, ensanchando la curva de campana. Haciendo que todo parezca perfectamente normal.

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