Criptonomicon

Neal Stephenson · Capítulo 18 de 106

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Criptonomicon

Carne

V ale, así que el soldado de primera clase Gerald Hott, de Chicago, Illinois, no ascendió lo que se dice volando por el escalafón durante su estancia de quince años en el ejército de los Estados Unidos. Sin embargo, sabía trinchar de cojones un lomo asado. Era tan diestro con un cuchillo de deshuesar como Bobby Shaftoe con la bayoneta. ¿Y quién sabe si un carnicero militar, al conservar los limitados recursos de una res muerta y al seguir escrupulosamente las reglas sanitarias, no está salvando tantas vidas como un guerrero de ojos acerados? Ser militar no es sólo matar nipos, teutones e ítalos. También se trata de matar animales… y comerlos.

Gerald Hott era un guerrero del frente que mantenía su congelador tan limpio como una sala de operaciones y por tanto es adecuado que haya terminado dentro de uno.

Bobby Shaftoe compone esa pequeña elegía en su cabeza mientras se estremece en el frío subártico de lo que fue un contenedor de carne francés del tamaño y la temperatura de Groenlandia y que ahora pertenece al ejército de los Estados Unidos, rodeado por los restos terrenales de varias manadas de ganado y un carnicero. Ha asistido a más de un funeral militar durante su breve periodo en el servicio, y siempre ha admirado la habilidad del capellán para inventarse emocionantes elegías sobre el difunto. Circula el rumor de que cuando los militares admiten reclutas que no superan las pruebas físicas pero parecen tener cerebro, les enseñan a mecanografiar, los sientan frente a escritorios y escriben esas cosas, día tras día. No es mal puesto si puedes conseguirlo.

Los cuerpos congelados cuelgan de los ganchos formando largas filas.

Bobby Shaftoe se va poniendo más y más tenso mientras sube y baja por los pasillos, preparándose para ver lo que está a punto de ver. Casi es preferible cuando la cabeza de tu compañero estalla de repente justo cuando está dando vida a un cigarrillo: un montaje como éste puede volverte loco.

Finalmente rodea el final de una fila y descubre a un hombre dormitando en el suelo, abrazado a un cerdo, que aparentemente estaba a punto de desmembrar en el momento de la muerte. Lleva allí unas doce horas y su temperatura corporal ronda los menos diez grados Fahrenheit.

Bobby Shaftoe se cuadra para encararse con el cuerpo y respirar profundamente el aire helado y con olor a carne. Cruza sus manos cianóticas sobre el pecho de una forma que resulta simultáneamente devota y buena para darles calor.

—Buen Dios —dice en voz alta. La voz no resuena; la carne la absorbe

—. Perdona a este marine por este acto, su deber, que está a punto de realizar, y ya que estás en ello, perdona al superior de este marine a quien Tú en Tu infinita sabiduría has considerado dar el cargo, y perdona a todos sus superiores por iniciar este asunto.

Considera el continuar así un rato más, pero al final decide que no es peor que clavarle la bayoneta a un nipo y que adelante. Se acerca a los cuerpos abrazados del soldado de primera Gerald Hott y de Hela—dita el Cerdo e intenta separarlos sin éxito. Se agacha a su lado y mira bien al primero de ellos. Hott es rubio. Tiene los ojos medio cerrados, y cuando Shaftoe los ilumina con una linterna, por entre las rendijas se puede ver un destello de azul. Hott es un hombre grande, doscientas veinticinco fáciles en buena forma, ahora seguro que doscientas cincuenta. La vida en una cocina militar no facilita que alguien mantenga su peso, o (por desgracia para Hott) su sistema cardiovascular en algo remotamente similar a unas buenas condiciones.

Hott y su uniforme estaban secos cuando se produjo el ataque al corazón, por lo que, gracias a Dios, la tela no está congelada sobre la piel.

Shaftoe puede cortarla en su mayor parte con varios movimientos largos de su exquisitamente afilado cuchillo V-44 «Gung Ho». Pero la hoja de nueve pulgadas y media, casi un machete, del V-44 es completamente inapropiada para la lucha realmente cercana —por ejemplo, desnudar las axilas y la

ingle— y le han dicho que tenga cuidado y que no produzca rasguños, por lo que ahora debe hacer uso del estilete USMC Marine Raider, cuya esbelta hoja doble de siete pulgadas y cuarto parece haber sido diseñada expresamente para ese tipo de procedimientos, aunque el mango en forma de pez, fabricado de metal sólido, comienza a congelarse al cabo de un rato pegándose a las sudorosas palmas de Shaftoe.

El teniente Ethridge revolotea frente a la puerta del congelador—tumba.

Shaftoe pasa junto a él y se dirige directamente a la salida del edificio, ignorando las preguntas de Ethridge:

—¿Shaftoe? ¿Cómo ha ido?

No se detiene hasta no haber salido de la sombra del edificio. El sol del norte de África recorre su cuerpo como un baño de morfina. Cierra los ojos y orienta el rostro en su dirección, une las manos congeladas para acumular el calor y dejarlo descender por los antebrazos, caer por los codos.

—¿Cómo ha ido? —vuelve a repetir Ethridge.

Shaftoe abre los ojos y mira a su alrededor.

El puerto es una luna creciente de color azul con millas de embarcaderos entremezclados unos con otros como si se tratase de diagramas de pasos de baile. Uno de ellos está cubierto con los muñones desgastados de antiguos baluartes y junto a él yace un acorazado francés medio hundido, todavía exhalando humo y vapor al aire. A su alrededor, los barcos de la Operación Antorcha descargan mierda a un ritmo increíble. Las redes de carga se elevan de los contenedores y caen con un ruido sordo sobre los muelles como escupitajos gigantes. Los estibadores izan, los camiones transportan, las tropas desfilan, las chicas francesas fuman cigarrillos yanquis. Los argelinos proponen empresas conjuntas.

Entre esas naves y la operación cárnica del ejército, en lo alto de la roca, se encuentra lo que Bobby Shaftoe toma por la ciudad de Argel. Para el ojo discriminatorio de ese nativo de Wisconsin no parece haber sido

«construida» sino más bien arrastrada hasta la colina por la marea. Se ha dedicado mucho espacio a mantener al sol fuera así que, desde arriba, tiene un aspecto cerrado; muchas baldosas rojas, decoradas con flores y arabescos. Un par de estructuras modernas de cemento (por ejemplo, ese mismo congelador) parecen haber sido abandonadas allí por los franceses en el curso de alguna vigorosa ofensiva de limpieza de los barrios bajos.

Aún así, quedan todavía muchas zonas por limpiar: y el objetivo número uno es esa colmena humana u hormiguero justo a la izquierda de Shaftoe, la Casbah, la llaman. Quizá sea un barrio. Quizá sea un único edificio mal organizado. Hay que verlo para creerlo. Los árabes están apretujados allí como los miembros de una fraternidad en una cabina telefónica.

Shaftoe se da la vuelta y contempla de nuevo el congelador, que allí se encuentra peligrosamente expuesto a los ataques aéreos del enemigo, pero a nadie le importa un cojón, porque ¿qué más da si los teutones vuelan un montón de carne?

El teniente Ethridge, casi tan desesperadamente quemado por el sol como Bobby Shaftoe, entrecierra los ojos.

—Rubio—dice Shaftoe.

—Vale.

—Ojos azules.

—Bien.

—Oso hormiguero… no champiñón.

—¿Eh?

—No está circuncidado, ¡señor!

—¡Excelente! ¿Qué hay de lo otro?

—Un tatuaje, ¡señor!

Shaftoe está disfrutando de la lenta escalada de tensión en la voz de Ethridge:

—¡Describa el tatuaje, sargento!

—¡Señor! Es un diseño militar muy común, ¡señor! Consistente en un corazón inscrito con un nombre de mujer.

—¿Cuál es el nombre, sargento? —Ethridge está a punto de mearse en los pantalones.

—¡Señor! El nombre inscrito en el tatuaje es el siguiente nombre: Griselda. ¡Señor!

—¡Aaaah! —El teniente Ethridge deja salir el aire desde el mismo diafragma. Varias mujeres con velo se dan la vuelta para mirarles. En la Casbah, cabezas con turbante de aspecto famélico y que piden a gritos un afeitado se asoman desde torres larguiruchas desentonando la llamada a la oración.

Ethridge calla y se contenta con apretar los puños hasta que se le ponen blancos. Luego vuelve a hablar, con una voz teñida de emoción.

—¡Hay batallas que han dependido de golpes de suerte menos importantes que éste, sargento!

—¿Me lo cuenta a mí? —dice Shaftoe—. Cuanto estaba en Gua—

dalcanal, señor, quedamos atrapados en una pequeña cala…

—¡No quiero oír la historia del lagarto, sargento!

—¡Señor! ¡Sí, señor!

En una ocasión, cuando Bobby Shaftoe seguía en Oconomowoc, tuvo que ayudar a su hermano a subir un colchón por una escalera y aprendió a respetar la dificultad de manipular objetos pesados pero flexibles. Hott, que Dios tenga piedad de su alma, es un hijo de puta pesado, y por tanto es toda una suerte que esté congelado. Una vez que el sol del Mediterráneo acabe con él, sí que va a estar blando. Y luego incluso algo más.

Todos los hombres de Shaftoe se encuentran en la zona de montaje del destacamento. Se trata de una cueva construida en un acantilado completamente artificial que se eleva sobre el Mediterráneo justo sobre los muelles. La cuevas tienen kilómetros de longitud y hay un bou—levard que discurre sobre todas ellas. Pero incluso los alrededores de esa caverna en particular han sido cubiertos con tiendas y lonas para que nadie, ni siquiera las tropas aliadas, puedan ver a qué se dedican: básicamente, buscar todo equipo que tenga un 2701 pintado, pintar sobre el último dígito y cambiarlo a un 2. La primera operación la realizan hombres con pintura verde y la segunda hombres con pintura blanca o negra.

Shaftoe elige a un hombre de cada grupo de color para que la operación total no se vea afectada. Allí el sol es asombrosamente potente, pero en la cueva, con la fresca brisa marina que sopla en su interior, tampoco se está tan mal. Todas las superficies pintadas desprenden un intenso olor a derivados del petróleo. Para Bobby Shaftoe resulta un olor tranquilizador, porque no te dedicas a pintar cosas cuando estás combatiendo. Pero el olor también le produce un ligero estremecimiento, porque a menudo pintas cosas justo antes de entrar en combate.

Shaftoe está a punto de aleccionar a los tres marines elegidos a dedo sobre lo que va a pasar cuando el soldado con la pintura negra en las manos, Daniels, mira tras él y sonríe.

—¿Qué supone que busca ahora el teniente, sargento? —dice.

Shaftoe, el soldado Nathan (pintura verde) y Branph (blanca) miran y ven que Ethridge se ha parado a un lado. Está examinando los cubos de basura, otra vez.

—Todos nos hemos dado cuenta de que el teniente Ethridge parece considerar que su misión en la vida es examinar los cubos de basura —dice el sargento Shaftoe con una voz baja llena de autoridad—. Es un licenciado de Annapolis.

Ethridge se pone recto y, de la forma más acusatoria posible, levanta un montón de láminas de madera de roble perforadas y agujereadas.

—¡Sargento! ¿Podría identificar este material?

—¡Señor! Son plantillas militares normales, ¡señor!

—¡Sargento! ¿Cuántas letras hay en el alfabeto?

—¡Veintiséis, señor! —responde Shaftoe inmediatamente.

Los soldados Daniels, Nathan y Branph se silban los unos a los otros…

ese sargento Shaftoe es listo como un demonio.

—Bien, ¿y cuántos números?

—¡Diez, señor!

—Y de los treinta y seis letras y números, ¿cuántos están representados en el cubo de basura por plantillas no utilizadas?

—¡Treinta y cinco, señor! Todos excepto el número 2, que es el único necesario para cumplir la orden, ¡señor!

—¿Ha olvidado la segunda parte de mi orden, sargento?

—¡Señor, sí, señor! —No tiene sentido mentir. En realidad, a los oficiales les gusta cuando te olvidas de las órdenes porque eso les recuerda que son mucho más inteligentes que tú. Les hace sentirse necesarios.

—¡La segunda parte de mi orden era tomar medidas estrictas para no dejar ningún rastro del cambio!

—¡Señor, sí, ahora lo recuerdo, señor!

El teniente Ethridge, que al principio se mostraba algo malhumorado, ya se ha calmado un poco, lo que habla en su favor y por tanto es debidamente

anotado en silencio por todos los hombres, que le conocen desde hace menos de seis horas. Ahora habla con calma y en tono de conversación, como un amable profesor de instituto. Lleva las gafas militares negras de grandes monturas que se conocen como GPV, o Gafas para Prevenir Violaciones. Las lleva atadas a las cabeza por un pedazo de elástico negro.

Le dan aspecto de retrasado mental.

—Si algún agente enemigo repasase el contenido del contenedor de basura, cosa que sabemos que hacen, ¿qué encontraría?

—¡Plantillas, señor!

—Y si contase los números y letras, ¿encontraría algo raro?

—¡Señor! Todas estarían limpias excepto las del número dos que no estarían o estarían cubiertas de pintura, ¡señor!

El teniente Ethridge no dice nada durante unos minutos, dejando que el mensaje penetre. En realidad, nadie sabe de qué coño habla. La atmósfera se vuelve tensa hasta que finalmente el sargento Shaftoe intenta algo desesperado. Se vuelve, deja a Ethridge a su espalda, y se dirige a los hombres:

—¡Quiero que pintéis todas esas putas plantillas!

Los marines cargan sobre los contenedores de basura como si fuesen fortines nipos, y el teniente Ethridge parece aplacado. Bobby Shaftoe, habiendo ganado un buen montón de puntos, lleva a los soldados Daniels, Nathan y Branph a la calle antes de que el teniente Ethridge se dé cuenta de que no fue más que una conjetura. Se dirigen al contenedor de carne situado en lo alto de la cresta, a paso ligero.

Esos marines son todos letales veteranos del combate o en caso contrario no se habrían metido en un asunto tan feo: atrapados en un continente tan gratuitamente peligroso (África), rodeados por el enemigo (tropas del Ejército de Tierra de los Estados Unidos). Aun así, cuando entran en el congelador y echan su primer vistazo al soldado de primera Hott, quedan todos en silencio.

El soldado Branph junta las manos, rozándolas furtivamente.

—Buen Dios…

—¡Cállese, soldado! —dice Shaftoe—. Ya lo he hecho yo.

—Vale, sargento.

—¡Vaya a buscar una sierra para carne! —dice Shaftoe al soldado Nathan.

Los soldados se quedan boquiabiertos.

—¡Para el puto cerdo! —aclara Shaftoe. A continuación se vuelve hacia el solado Daniels, que lleva un fardo informe, y dice—: ¡Ábralo!

El fardo (que Ethridge le había dado a Shaftoe) resulta que contiene un traje de buceo negro. No es el modelo militar, sino algún tipo de modelo europeo. Shaftoe lo despliega y examina sus distintas partes mientras los soldados Nathan y Branph desmiembran a Heladito el Cerdo con golpes potentes de la enorme sierra.

Trabajan todos en silencio cuando les interrumpe una nueva voz.

—Buen Dios —empieza a decir la voz, y todos levantan la vista para ver a un hombre cerca con las manos unidas en oración.

Sus palabras, sacramentalmente condensadas en una visible y saliente nube de vapor, le velan la cara. El uniforme y rango están oscurecidos por una manta del ejército que lleva sobre los hombros. Tendría el aspecto de un profeta de tierra santa de los que van a camello si no estuviese tan bien afeitado y llevase Gafas de Prevención de Violaciones.

—¡Maldición! —dice Shaftoe—. Ya he dicho una puta oración.

—Pero ¿rezamos por el soldado Hott o por nosotros? —pregunta el hombre.

Pregunta difícil. Todos se callan y la sierra deja de moverse. Shaftoe suelta el traje de buceo y se pone en pie. El Hombre de la Manta tiene el pelo muy corto y gris, o quizá sea que se le está empezando a acumular escarcha. Sus ojos color hielo miran a Shaftoe a través de los cristales de varios kilómetros de espesor de sus GPV, como si realmente esperase una respuesta. Shaftoe se acerca y ve que el hombre lleva un alzacuellos.

—Dígamelo usted, reverendo —dice Shaftoe.

Y entonces reconoce al Hombre de la Manta. Está a punto de soltar un sonoro «¿Qué coño estás haciendo aquí'?», pero algo le hace contenerse. La mirada del capellán se dirige a un lado, en un movimiento tan rápido y ligero que sólo Shaftoe, quien prácticamente lo tiene cara a cara, puede ver.

El mensaje es: «Calla, Bobby, hablaremos después.»

—El soldado Hott está ahora con Dios… o adonde vaya la gente cuando muere —dice Enoch—. Podéis llamarme Hermano Root.

—¿Qué actitud es ésa? Claro que está con Dios. ¡Jesús! «Adonde vaya la gente cuando muere.» ¿Qué clase de capellán es usted?

—Supongo que soy un capellán estilo Destacamento 2702 —dice el capellán. Finalmente, el teniente Enoch Root deja de mirar a Shaftoe, y vuelve la vista hacia la acción—. Sigan con lo suyo, amigos —dice—.

Parece que esta noche comeremos beicon.

Los hombres ríen nerviosos y vuelven a cortar.

Una vez que consiguen separar el cuerpo del cerdo del de Hott, cada uno de los marines agarra un miembro. Llevan a Hott a la carnicería, que ha sido evacuada temporalmente para poder realizar esa operación, de forma que los antiguos camaradas—en—la—carne de Hott no vayan extendiendo rumores por ahí.

La evacuación apresurada de la carnicería después de que uno de sus operarios fuese hallado muerto en el suelo podría provocar algunos rumores de por sí. Por lo que la versión oficial, recién inventada por el teniente Ethridge, consiste en que el Destacamento 2702 es (al contrario de toda apariencia externa) un equipo médico de élite preocupado de que Hott haya sido infectado por una forma rara de envenenamiento alimenticio del norte de África. Incluso algo que los franceses dejaron deliberadamente, ya que, por lo que se sabe, están un poco enfadados por el hundimiento de su acorazado. En cualquier caso, hay que cerrar la carnicería (dice la historia) durante un día para revisarla detenidamente. El cuerpo de Hott será cremado antes de enviárselo a su familia, simplemente para asegurarse de que la terrible enfermedad no se extienda por Chicago —la capital planetaria de los mataderos— donde sus incalculables consecuencias podrían alterar el resultado de la guerra.

Sobre el suelo hay un ataúd militar, simplemente para preservar la ficción. Shaftoe y sus hombres lo ignoran por completo y comienzan a vestir el cuerpo, primero con un horrendo bañador y a continuación con los diversos elementos del traje de buceo.

—¡Eh! —dice Ethridge—. Pensé que los guantes se ponían al final.

—¡Señor, los pondremos primero, con su permiso, señor! —dice Bobby Shaftoe—. Porque sus dedos se descongelarán primero, y cuando eso suceda estaremos jodidos, ¡señor!

—Bien, colóquenle esto primero —dice Ethridge, y les pasa un reloj. Es una belleza: un cronómetro suizo de uranio sólido, su corazón envuelto enjoyas palpita como el latido de un pequeño mamífero. Lo agita por el extremo de la correa, fabricada con eslabones metálicos unidos con pericia.

Es tan pesado que podría aturdir a un lucio.

—Bonito —dice Shaftoe—, pero no da la hora con demasiada precisión.

—Sí que lo hace —dice Ethridge— en la zona horaria a la que vamos.

El escarmentado Shaftoe vuelve a trabajar. Mientras tanto, el teniente Ethridge y Root ayudan. Traen los restos torpemente aserrados de Heladito el Cerdo a la carnicería y los suben a una balanza enorme. Pesa como treinta kilos, lo que coño signifique eso. Enoch Root, mostrando un apetito por el trabajo físico que es debida y silenciosamente anotado por los hombres, trae otro cerdo, tan rígido como un Radio Flyer, y lo pone en la báscula, por lo que el total es de setenta. Ethridge aparta las moscas y coge los trozos de carne que estaban sobre los bloques cuando se evacuó el lugar.

Los arroja a la báscula y la aguja alcanza unos cien kilos. A partir de ese punto, alcanzan los ciento treinta con jamones y trozos de carne para asar que traen uno a uno del congelador. Enoch Root —quien parece un buen conocedor de exóticos sistemas de medida— ha hecho sus cálculos, comprobándolos dos veces, y ha establecido que el peso de Gerald Hott, convertido a kilogramos, es de ciento treinta.

Toda la carne acaba en el ataúd. Ethridge cierra la tapa de un golpe, atrapando en su interior algunas moscas que no tienen ni idea de lo que les espera. Root lo rodea con un martillo en la mano, clavándole doce clavos con golpes seguros y potentes al estilo carpintero—de—Nazaret.

Mientras tanto, Ethridge ha sacado un manual militar de su cartera.

Shaftoe está cerca y puede leer el título, impreso en letras mayúsculas sobre una tapa verde oliva:

PROCEDIMIENTOS DE SELLADO DE ATAÚDES

III PARTE: AMBIENTES TROPICALES

VOLUMEN II: SITUACIONES DE ALTO RIESGO DE

ENFERMEDADES (PESTE BUBÓNICA. ETC.)

Los dos tenientes dedican una buena hora a seguir las instrucciones del manual. No son complicadas, pero Enoch encuentra continuamente ambigüedades sintácticas y quiere explorar sus ramificaciones. Al principio,

eso pone nervioso a Ethridge, luego sus emociones tienden a la impaciencia y, al fin, al pragmatismo extremo. Para hacer que el capellán se calle, Ethridge confisca el manual y hace que Root pinte el nombre de Hott en el ataúd y lo cubra de pegatinas rojas llenas de advertencias sanitarias tan horrorosas que tan sólo los encabezados de los textos inducen una ligera náusea. Para cuando Root termina, la única persona que puede legalmente abrir el ataúd es el general George C. Marshall en persona e incluso él tendría que obtener primero un permiso especial del Director General de Salud Pública y evacuar a cualquier ser vivo en un radio de cien millas.

—El capellán habla raro —dice en un momento dado el soldado Nathan, escuchando, boquiabierto, uno de los debates Root/Ethridge.

—¡Sí! —exclama el soldado Branph, como si el acento sólo fuese apreciable para un oyente especialmente experto—. ¿Qué acento es ése?

Todos los ojos se vuelven hacia Bobby Shaftoe, que finge escuchar durante un rato y luego dice:

—Bien, amigos, creo que ese Enoch Root es el descendiente de un largo linaje de misioneros holandeses, y posiblemente alemanes, en las islas de los mares del sur, mezclado con australianos. Y además, yo diría, ya que creció en territorio controlado por los británicos, que posee pasaporte británico y fue reclutado cuando empezó la guerra y ahora forma parte de las Fuerzas Armadas de Australia y Nueva Zelanda, ANZAC.

—¡Ja! —ruge el soldado Daniel—, si todo eso es cierto, te doy cinco dólares.

—Hecho —dice Shaftoe.

Ethridge y Root terminan de sellar el ataúd más o menos cuando Shaftoe y sus marines terminan de colocar el último elemento del traje.

Necesitan un buen cargamento de polvos de talco, pero lo consiguen.

Ethridge le ha proporcionado el talco, que no es militar, sino de algún lugar de Europa. Algunas de las letras en la etiqueta tienen encima parejitas de puntos, que Shaftoe sabe que son una característica de la lengua alemana.

Un camión, que huele a pintura fresca (es un camión del Destacamento 2702) llega hasta la zona de carga. Recibe el ataúd sellado y el carnicero muerto ahora vulcanizado.

—Voy a quedarme por aquí y comprobar los cubos de basura —le dice el teniente Ethridge a Shaftoe—. Nos veremos en el campo de aviación en

una hora.

Shaftoe se imagina una hora en la parte de atrás de un camión caliente con esa carga.

—¿Quiere que lo mantenga en hielo, señor? —pregunta.

Ethridge lo medita durante un buen rato. Se chupa los dientes, comprueba la hora, refunfuña. Pero cuando al fin contesta parece bastante seguro:

—Negativo. Es imperativo para los propósitos de esta misión que ahora lo mantengamos en modo de descongelación.

El soldado de primera Hott y el ataúd lleno de carne ocupan el centro de la plataforma del camión. Los marines se sientan a un lado, dispuestos como portadores de féretro. Shaftoe se descubre a sí mismo contemplando el rostro de Enoch Root, que mantiene una expresión de indiferencia forzada.

Shaftoe sabe que debería esperar, pero no puede soportarlo.

—¿Qué hace aquí? —dice al fin.

—El destacamento se traslada —dice el reverendo—. Más cerca del frente.

—Acabamos de bajar del puto barco —dice Shaftoe—. Claro que vamos a acercarnos al frente… no podemos alejarnos a menos que nademos.

—Durante el traslado —dice Root con serenidad—, yo iré también.

—No me refiero a eso —dice Bobby Shaftoe—. Lo que quiero decir es

¿por qué necesita el destacamento un jodido capellán?

—Ya conoces a los militares —dice Root—. Toda unidad debe tenerlo.

—Da mala suerte.

—¿Da mala suerte tener un capellán? ¿Por qué?

—Quiere decir que los de arriba esperan muchos funerales, por eso.

—Por tanto, está asumiendo que lo único que puede hacer un clérigo es oficiar funerales. Interesante.

—Y bodas y bautizos —dice Shaftoe. Y todos los demás marines ríen con ganas.

—¿Podría ser que se siente un poco ansioso por la naturaleza de la primera misión del Destacamento 2702? —pregunta Root, mirando al

fallecido Hott y luego directamente a los ojos de Shaftoe.

—¿Ansioso? Escuche, reverendo, he hecho cosas en Guadalcanal que hacen que esto parezca una jodida reunión social.

Los demás marines la consideran una gran respuesta, pero Root no parece sentirse afectado.

—¿Sabía por qué hacía esas cosas en Guadalcanal?

—¡Claro! Para permanecer con vida.

—¿Sabe por qué hace esto?

—Claro que no.

—¿No le irrita ni un poquito? ¿O es demasiado estúpido para que le importe?

—Bien, ha conseguido ponerme contra las cuerdas, reverendo —dice Shaftoe. Después de una pausa sigue hablando—. Admito que siento un poco de curiosidad.

—¿Sería útil que hubiese en el Destacamento 2702 alguien que pudiese contestar a sus preguntas?

—Supongo que sí—refunfuña Shaftoe—. Simplemente, parece raro tener un capellán.

—¿Por qué parece raro?

—Por el tipo de unidad.

—¿De qué tipo es esta unidad? —pregunta Root. Hace la pregunta con cierto placer sádico.

—Se supone que no debemos hablar de ello —dice Shaftoe—. Y en todo caso, no lo sabemos.

Colina abajo, inmensas rampas descienden con pompa en zigzag sobre filas de arcos rayados hasta llegar a la ramificación de líneas ferroviarias que alimentan el puerto desde el sur.

—Es como encontrarse en el punto de salida de una jodida máquina de pinball —dice B. Shaftoe, mirando el camino que acaban de recorrer, pensando en lo que podría salir rodando de la Casbah.

Se dirigen hacia el sur por la línea ferroviaria y llegan a una zona de depósitos de minerales, pilas de carbón y chimeneas, fácilmente identificables para el Scout de los Grandes Lagos Shaftoe, pero aquí son operadas por una especie de dispositivo multicultural de más de un millón

de engranajes de profundidad. Paran frente a la Société Algérienne d'Eclairage et de Forcé, un monstruo de dos chimeneas con la pila de carbón más grande de todas. Se encuentran en mitad de ninguna parte, pero es más que evidente que les esperan. Se produce —como allí a donde va el Destacamento 2702— un extraño Efecto de Inflación de Rango. Dos tenientes, un capitán y un mayor introducen el ataúd en la SAEF, ¡vigilados por un coronel! No hay ni un solo soldado raso a la vista, y Bobby Shaftoe, un simple sargento, se pregunta por el trabajo que le asignarán a él.

También se produce un Efecto de Negación de Papeleo; cuando Shaftoe espera que le sometan a la media hora habitual de burocracia, un oficial ansioso se acerca corriendo, agita las manos con furia y les permite pasar.

Un árabe, que lleva en la cabeza lo que parece una lata roja de café, abre tirando una puerta de hierro; las llamas le atacan y las derrota con una barra de hierro ennegrecida. Los portadores del féretro lo centran en la abertura y lo meten dentro, como si metiesen un enorme proyectil en un cañón de dieciséis pulgadas, y el hombre con la lata en la cabeza cierra la puerta de un golpe, lo que hace que la borla de la lata se agite como loca. Antes siquiera de haber asegurado la puerta ya está aullando como uno de los tipos de la Casbah. Los oficiales se quedan por los alrededores, poniéndose de acuerdo y firmando con sus nombres en un documento.

De esta forma, con una ausencia de complicaciones que un veterano del combate como Bobby Shaftoe sólo puede considerar extraña, el camión abandona la Société Algérienne d'Echirage et de Forcé y enfila por esas condenadas rampas en dirección a Argel. El camino es muy inclinado: una trayectoria continúa en primera. Los vendedores con los carritos llenos de aceite hirviendo no sólo se mantienen a su lado, sino que fríen cosas por el camino. Los perros de tres patas corren y luchan justo debajo del camión. El Destacamento 2702 también se ve tercamente seguido por nativos ataviados con latas de café que les amenazan con tocar guitarras fabricadas con latas alemanas, y por vendedores de naranjas, encantadores de serpientes y algunos tipos de ojos azules en albornoz que ofrecen porciones de un material oscuro sin envoltorio ni identificación. Como las piedras, es posible clasificarlos por analogía con las frutas y con elementos deportivos.

Generalmente van desde las uvas a las pelotas de béisbol. En cierto

momento, el capellán cambia impulsivamente una chocolatina por una pelota de golf de esa sustancia.

—¿Qué es? ¿Chocolate? —pregunta Bobby Shaftoe.

—Si fuese chocolate —dice Root—, ese tipo no me lo hubiese cambiado por una chocolatina.

Shaftoe se encoge de hombros.

—A menos que sea una mierda de chocolate.

—¡O mierda auténtica! —suelta el soldado Nathan provocando carcajadas.

—¿Has oído hablar de la María? —pregunta Root.

Shaftoe —modelo a seguir y líder de hombres— contiene el impulso de soltar: «¿Oír hablar de ella? ¡Me la he follado!»

—Esta es su esencia concentrada —dice Enoch Root.

—¿Cómo lo sabe, reverendo? —pregunta el soldado Daniels.

El reverendo no se muestra afectado.

—Aquí soy el hombre de Dios, ¿no? ¿Conozco el aspecto religioso'.'

—¡Sí, señor!

—Bien, una vez hubo un grupo de musulmanes llamado hashishin que se comían esa cosa y luego iban a matar gente. Eran tan buenos que se volvieron famosos por infames. Con el tiempo la pronunciación del nombre ha cambiado: los conocemos como asesinos.

Se produce un silencio adecuadamente respetuoso. Al final, el sargento Shaftoe dice.

—¿A qué coño esperamos?

Comen un poco. Shaftoe, al ser el soldado de mayor rango de los presentes, come más que los demás. No pasa nada.

—Sólo tengo ganas de asesinar al tío que nos la vendió —dice.

El campo de aviación, a once millas de la ciudad, se usa más de lo previsto durante su construcción. Se trata de un buen terreno para las uvas y las aceitunas, pero hacia el interior pueden verse montañas rocosas, y detrás de ellas hay una franja de arena del tamaño de Estados Unidos, que en su mayoría parece estar en el aire y en dirección hacia el campo de aviación.

Incontables aeroplanos —en su mayoría cargueros Dakota, también conocidos como Gooney Birds— levantan enormes nubes de polvo que se te meten en la boca y la nariz. Shaftoe tarda un buen rato en pensar que la sequedad de sus ojos y boca podría no ser debida únicamente al polvo en el aire. Su saliva tiene la consistencia del pegamento.

El destacamento es tan secreto que nadie en el campo de aviación conoce su existencia. Allí hay muchos británicos y, en el desierto, los británicos llevan pantalones cortos, lo que hace que Shaftoe desee pegarles un puñetazo en la nariz.

Controla el impulso. Pero su evidente hostilidad hacia los hombres con pantalones cortos combinada con el hecho de que exige que se le indique la dirección de una unidad tan secreta que no puede especificar su nombre o siquiera describirla, produce mucha perplejidad, mucha incredulidad y en general hace que la alianza anglo—americana empiece con muy mal pie.

Sin embargo, el sargento Shaftoe comprende a estas alturas que cualquier cosa relacionada con su destacamento es muy probable que esté muy apartada, envuelta en lonas y toldos negros. Como cualquier otra unidad militar, el Destacamento 2702 posee mucho de ciertos suministros y muy poco de otros, pero parece controlar como el cincuenta por ciento de la producción total de lona de los Estados Unidos durante el año pasado. En cuando Shaftoe comenta ese hecho y lo describe durante un buen rato, algunos de los hombres le dirigen miradas algo extrañas. Es Enoch Root el que debe decir:

—Entre lagartos gigantes y lonas negras algunas personas podrían opinar que se está volviendo un poco paranoico.

—Déjeme que le cuente algo sobre paranoia —responde Shaftoe, y así lo hace, sin olvidar mencionar al teniente Ethridge y sus contenedores de desechos. Para cuando ha terminado, todo el destacamento se ha acurrucado en el extremo opuesto de esas lonas, y todos se portan bien y están tensos, exceptuando su recluta más reciente que, percibe Shaftoe con aprobación, está empezando a relajarse. Tendido sobre la superficie del camión con su traje de submarinista, se «amolda» más que salta cuando pillan un bache.

Aun así, sigue lo suficientemente rígido como para simplificar el problema de sacarlo del camión y meterlo en el Gooney Bird que tiene asignado: una variante del DC—3, militarizado y (a los ojos escépti—cos

de Shaftoe) cuya aerodinámica ha quedado reducida por un par de inmensas puertas de carga a un lado que casi cortan la estructura por la mitad. Ese Dakota en particular lleva tanto tiempo volando por el jo—dido desierto que la arena ha eliminado la pintura de las hélices, de la cubierta del motor y del borde de las alas, dejando a la vista un metal pulido que producirá un incitador destello plateado para cualquier piloto de la Luftwaffe a trescientas millas. Peor aún: varias antenas surgen de la piel del fuselaje, la mayoría sobre la carlinga. No sólo antenas de barra, sino también enormes parrillas de barbacoa que hacen que Shaftoe desee tener una sierra. Se parecen muchísimo a las que Shaftoe bajó por la escalera de la Estación Alfa en Shanghai: un recuerdo que de alguna forma se ha entremezclado con otros en su cabeza. Cuando intenta recuperarlo, todo lo que ve es un Jesucristo ensangrentando portando una dipolo de doble banda y alta frecuencia por una escalera de piedra en Manila, y sabe que eso no puede ser.

Aunque se encuentran en las instalaciones de un campo de aviación muy activo, Ethridge se niega a proseguir la operación mientras haya un solo avión en el cielo. Al fin dice:

—Vale, ¡AHORA!

En el camión levantan el cuerpo, justo a tiempo para oír cómo Ethridge grita:

—No, ¡ESPERAD! —Y lo vuelven a dejar en el suelo.

Mucho después de que la situación haya dejado de ser ligeramente divertida, cubren a Gerald Hott con una lona y lo llevan a bordo, y muy poco después están en el aire. El Destacamento 2702 va al encuentro de Rommel.

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