El cardenal
Capítulo 10
–¿Te jugarías la vida de Yin? – preguntó Kilkenny.
Donoher pensó en los papabili, aquellos cardenales considerados favoritos para optar al papado. Todos eran hombres buenos, de sólida fe, pero ninguno poseía la firme determinación del difunto Papa. La mayoría, si no todos, encontrarían el plan de Kilkenny provocador y excesivamente arriesgado.
–No -concedió Donoher.
Kilkenny se puso en pie y se volvió hacia él.
–La única alternativa que tenemos es ahora o nunca.
–En tal caso, no se me ocurre mayor homenaje a la memoria del papa León XIV -concluyó Donoher- que satisfacer su último deseo.
Capítulo 10
Donoher se encontraba solo en las catacumbas, en una sala de conferencias bien iluminada. La mesa a la que estaba sentado soportaba varios montones de archivos que abarcaban todos los aspectos relacionados con los preparativos del inminente funeral pontificio y el subsiguiente cónclave. Después de que el Papa le nombrara camarlengo, el predecesor de Donoher, el cardenal Mizzi, le hizo llegar un archivo con información que había ido recabando en previsión de ese día. En él había copias de cartas redactadas por anteriores camarlengos acerca de sus experiencias durante los interregnos. Donoher encontró consuelo en la sabiduría de aquellos hombres que habían soportado su misma carga antes que él.
El altavoz triangular situado en el centro de la mesa de conferencias vibró. Donoher consultó el identificador de llamadas y vio que era su secretaria, la hermana Deborah.
–¿Sí, hermana?
–Eminencia, la conexión de vídeo que solicitó ya está establecida.
–Gracias.
Dejó a un lado el documento que estaba leyendo, y en la pantalla plana que cubría gran parte de la pared que tenía frente a sí apareció el logotipo de la Santa Sede. La imagen estática se desvaneció instantes después, reemplazada por una perspectiva de otra sala de conferencias subterránea, situada a miles de kilómetros de allí. Dos hombres le devolvieron la mirada.
Ambos tenían un aire esbelto y saludable para su edad; el de la izquierda lucía una poblada cabellera plateada, mientras que el otro apenas
conservaba varios mechones grisáceos en las sienes. Llevaban trajes elegantes, con una insignia en la solapa izquierda de la bandera de Estados Unidos. Donoher conocía en persona al de la izquierda. Había solicitado la reunión por mediación del director de la CIA. Aunque reconocía al hombre sentado al lado de Jackson Barnett, aquella era la primera vez que iba a hablar con él.
–Eminencia -comenzó el presidente con el campechano y lento acento del Oeste de Texas-. En primer lugar quisiera presentar mis condolencias y las del pueblo de Estados Unidos por el fallecimiento del papa León. Tuve el privilegio de conversar con él en varias ocasiones y participar de su sabiduría. El Papa era un hombre de gran fe y piedad, sin duda uno de los líderes más carismáticos del panorama internacional. Le echaremos de menos.
–Ciertamente, señor presidente, ciertamente. Gracias por sus amables palabras.
–Las palabras amables acuden con facilidad cuando se sienten de corazón. El director Barnett me ha informado de que desea comentar con nosotros un asunto delicado.
–En efecto, señor presidente. ¿Conoce el caso de Yin Daoming, el obispo de Shangai?
–Un disidente chino -recordó el presidente-. Encarcelado desde hace décadas por el mero hecho de ser sacerdote. Tiene parientes en Connecticut.
He trabajado con uno de los senadores de ese estado en conversaciones secretas con Pekín para negociar su libertad; todas ellas han fracasado.
–También esa ha sido nuestra experiencia -dijo Donoher-. En agosto, el gobierno chino asesinó a cerca de quinientos ciudadanos de su país en una frustrada tentativa de obligar al obispo Yin a renunciar públicamente a la Iglesia católica y al Papa. Tras ese incidente, Su Santidad me ordenó estudiar la manera de liberar de forma unilateral al obispo Yin.
–Deduzco que se refiere a un rescate en toda regla -concluyó el presidente, con cierto cinismo.
–Sí, señor presidente. Hemos planeado un método, no violento, para rescatar al obispo Yin. Justo antes de morir, el papa León nos autorizó para llevarlo a término.
–¿Por eso Kilkenny se encuentra en Roma? – preguntó Barnett.
Donoher asintió.
–Necesito a alguien de su perfil profesional para que estudie el problema y certifique si nuestro propósito es factible.
–Kilkenny… -musitó el presidente, y luego se volvió hacia Barnett-:
¿Es el mismo tipo que destapó a los autores de los ataques contra la lanzadera Liberty y la nave espacial china?
–La Shenzhou-7, señor presidente -especificó Barnett-. Sí, el caballero que trabaja con el cardenal Donoher es el mismo hombre que usted recuerda de aquel incidente.
–Sin duda es la persona idónea -comentó el presidente, y dejó escapar una leve risa-. El trabajo que Kilkenny hizo el año pasado contribuyó al deshielo de nuestras relaciones con los chinos; no del todo, claro está, pero el tono mejoró.
–Lo que se proponen enfurecerá a Pekín -dijo Barnett a Donoher.
–La mera existencia de la Iglesia católica en China enfurece a Pekín.
Desde el punto de vista de la Santa Sede, no tenemos nada que perder liberando al obispo Yin.
–Pero Estados Unidos sí perdería mucho si participara en un sentido u otro -consideró Barnett.
–Cardenal, si dispone ya de un plan y cree que saldrá bien, ¿por qué recurre a nosotros? – preguntó el presidente-. Debe saber que incluso la menor implicación por nuestra parte ocasionaría dificultades políticas en nuestro país.
–La muerte del Papa ha convertido el tiempo en un problema grave para nosotros. En un plazo tan breve como quince días, la Iglesia podría tener ya un nuevo Papa; para entonces, las directrices que recibí del papa León con toda probabilidad serán anuladas. No podemos, pues, adiestrar a los nuestros, llevarlos allí y liberar al obispo Yin en tan poco tiempo.
–¿Qué le hace estar tan seguro de que el nuevo Papa no concluirá lo que el papa León comenzó?
–Señor presidente, usted sabe lo difícil que resulta tomar una decisión que colocará a seres humanos en una situación de riesgo. El papa León pasó años pensando qué podía hacer por el. obispo Yin, pero, después de lo ocurrido el pasado agosto, se le agotó la paciencia. Temo que el nuevo Papa, sea quien sea, tarde mucho tiempo en llegar a la misma conclusión…, un tiempo del que ya no dispone el obispo Yin.
–¿Qué necesitan? – preguntó el presidente.
–Necesitamos apoyo logístico y recursos humanos. Kilkenny tiene intención de encabezar el equipo en persona. Quiere reunir un reducido grupo de voluntarios, a quienes se proporcionaría una identidad nueva para ocultar su relación con Estados Unidos.
–Fuerzas especiales -intervino Barnett-. Kilkenny fue un SEAL y sigue teniendo contactos en el servicio, entre ellos el almirante Dawson.
–Creí haber entendido que era un plan exento de violencia -recordó el presidente.
–Lo es, señor presidente -confirmó Donoher-. Si todo marcha como tenemos previsto, Pekín no reparará en la desaparición de Yin hasta mucho después de que Kilkenny y su equipo le hayan sacado clandestinamente del país.
–Y si ocurre lo contrario, un puñado de soldados de élite estadounidenses podrían morir o ser capturados en China. – Barnett sacudió la cabeza-. Señor presidente, se trata de una misión extremadamente peligrosa.
–¿Y dice que este rescate fue el último deseo del papa León? – preguntó el presidente.
–En efecto -contestó Donoher.
El presidente reflexionó unos instantes antes de volver a hablar.
–Si bien es cierto que la liberación del obispo Yin tendría gran valor simbólico, lo primordial es que es nuestro deber llevarla a cabo. Y si esto cabrea a Pekín, bien, ya lo solucionaremos. Jackson, quedas al cargo de nuestra participación en esta operación. Quiero que proporciones al cardenal Donoher cuanto necesite, pero asegúrate de abrir un buen paraguas sobre nuestra intervención.
–Sí, señor presidente -respondió Barnett.
–Y, eminencia, le deseo mucha suerte en este encomiable cometido. Tal vez tengamos ocasión de charlar con mayor detenimiento sobre el legado del papa León en Roma tras el funeral.
–Confío en ello, señor presidente.
OceanofPDF.com