El cardenal
Capítulo 43
–Yo no estoy tan seguro. La historia de esta religión abunda en mártires venerados, empezando por el que creen que era hijo de su dios.
–¡Dementes! – exclamó Liu-. Él me dirá lo que quiero saber.
–Partiendo de la base de que sepa algo.
–Sabe algo. Prosiga.
–Se sigue peinando el extrarradio de Chifeng, los soldados están interrogando a los pastores. No hemos encontrado rastro de los fugados.
–Mayor motivo para seguir con el viejo.
–Está agotado. ¿No sería más sensato descansar y dejar que lo haga otro interrogador? Quizá un cambio de táctica desorientaría al hombre.
–¡Tenemos que exprimirles hasta la última gota de vida! Si no hay nada más…
–No -contestó Peng.
–¿Le gustaría ayudarme con la niña? – preguntó Liu, entre la provocación y la mofa.
Peng sintió que se le revolvía de nuevo el estómago con la mera idea de torturar a una niña.
–Creo que será mejor que siga tanteando nuevas vías de investigación.
–Muy bien. Vuelva a informarme en unas horas.
Peng se inclinó con cortesía mientras Liu se alejaba y se preguntó cómo era posible que la religión hubiese arraigado de aquel modo en la familia de Ke. ¿Qué tenía su fe que les permitía morir por un hombre al que, obviamente, no conocían, sacrificarse como haría un padre para proteger a un hijo? Peng notó que le temblaban las manos.
Capítulo 43
Yin despertó de un sueño agitado. Era mediodía y estaba tendido bajo el ala del BAT que le había llevado algo más de mil kilómetros al oeste de Chifeng. Habían aterrizado antes del anochecer junto a una escarpa que prometía proyectar una buena sombra sobre su escondite. Una vez en tierra, los soldados se habían apresurado a cubrir con malla de camuflaje las tres naves, bajo la que pasarían inadvertidas incluso a la más rigurosa inspección visual. Kilkenny y los pilotos dormían cerca, exhaustos tras un largo vuelo y recuperándose para el siguiente. Otros soldados, algunos de ellos ocultos a la vista, protegían el campamento clandestino. Tao vio que Yin se incorporaba y se acercó a él.
–Buenas noches -le saludó con voz tierna-. ¿Ha dormido bien?
–He tenido pesadillas.
–No es de sorprender. Ha pasado todo un calvario.
–Sí, tal vez sea eso -repuso Yin.
Tao observó que Yin se frotaba con una mano el pecho, cerca del corazón.
–¿Se encuentra bien? – le preguntó Tao.
–Me pesa el corazón. Creo que algo va mal.
–No se mueva -le indicó Tao, severa-. Iré a buscar ayuda.
Tao regresó enseguida con Jing, el médico del equipo, y con Kilkenny.
–¿Podría describir qué siente? – le preguntó Jing mientras abría el botiquín.
–Cierta pesadez aquí -respondió Yin, con la mano en el pecho.
–¿Siente algún dolor o cosquilleo?
–No.
–¿Mareo?
–No.
–Debo examinarle, señor. Roxanne, ayúdame a abrirle la pechera del traje.
Jing y Tao abrieron con cuidado la mitad superior del mono de Yin y dejaron a la vista un magro torso de piel y huesos. La cruz de Ke Li colgaba del cuello del obispo: llevaba el símbolo de su fe cerca del corazón.
–Deberá quitársela un momento -le indicó Jing señalando la cruz.
Yin asintió y obedeció con movimientos pausados. Besó la cruz y se la tendió reverentemente a Kilkenny.
–Guárdemela un momento, por favor -le pidió Yin.
Kilkenny tomó la cruz y se retiró para no estorbar. Han tomó el pulso y la tensión al anciano, le auscultó y conectó al obispo a un pequeño monitor electrónico.
–Puede volver a vestirse si tiene frío -le dijo Jing a Yin-, pero procure que las ventosas del pecho no se suelten. Quiero mantenerle en observación un rato para hacerme una idea de su estado general.
–Gracias por sus atenciones -respondió Yin.
Mientras Tao ayudaba a Yin con el traje, Kilkenny llamó aparte a Jing.
–¿Qué opinas? – le preguntó Kilkenny.
–No soy cardiólogo, pero de momento todo parece en orden. Tiene un corazón fuerte y los pulmones sanos.
–Entonces, ¿no está sufriendo un infarto?
–Que yo sepa no. Al margen de la sensación de pesadez en el pecho, no tiene ninguno de los síntomas habituales. El monitor me dará más información dentro de un rato, pero por el momento me decanto hacia el estrés. Basta con pensar en todo lo que ha vivido en las últimas veinticuatro horas.
–Y en los últimos treinta años. Gracias, Chuck. Infórmame cuando acabes de examinarle.
Jing regresó con el paciente y Gates ocupó su lugar junto a Kilkenny.
–¿Está bien el obispo?
–Lo sabremos enseguida -contestó Kilkenny-, pero ahora mismo Chuck opina que es estrés.
–Todos lo estamos sufriendo un poco.
–Solo espero que en su caso no sea suficiente para matarle. Después de todo lo que ha padecido este hombre, no soportaría pensar que murió a consecuencia de nuestro rescate.
Cuando Jing acabó de examinar a Yin, Kilkenny se reunió de nuevo con el obispo, que empezaba a degustar una comida ligera.
–Le traigo su cruz -le dijo Kilkenny.
–Gracias.
Al volver a colgársela, Yin repitió el sencillo ritual de reverencia.
–¿Cómo se encuentra, ilustrísima? – se interesó Kilkenny.
–Mejor. ¿Y usted?
–Estoy bien -respondió Kilkenny, sorprendido-. ¿Por qué lo pregunta?
–La carga que transporta es muy pesada. Semejante peso puede agotar a un hombre.
–He oído a menudo que el Señor no nos impone cargas mayores que las que podemos soportar.
–Una reflexión interesante. ¿Lo cree?
–No lo sé, pero si es cierto, ha habido momentos en que el Señor me ha sobrevalorado.
–¿Es este uno de esos momentos? – preguntó Yin.
Kilkenny meditó la pregunta unos instantes y se preguntó si los síntomas de Yin podrían deberse al miedo de volver a ser capturado.