El cardenal
Ruta Definida Alarma Activada
trampolines. El Windrider respondió enseguida y atrapó el viento intuitivamente. El foque y la vela mayor se inflaron y la embarcación empezó a tomar velocidad. Gates se despidió de los tibetanos con la mano mientras la embarcación desaparecía engullida por la niebla.
–Mostrar GPS -ordenó Gates.
Un mapa de la zona apareció de inmediato en la pantalla integrada de su casco; en el centro, un punto indicaba su posición. En las esquinas de la imagen destellaron los datos relativos a la velocidad, la dirección y la altitud.
–Mostrar topografía.
Delgadas líneas trazaron los perfiles de las montañas, valles y cordilleras del territorio circundante.
–Identificar perímetro del lago y mostrar.
La imagen fue reduciéndose a medida que una línea de color azul brillante resaltaba el litoral de todo el lago.
–Identificar eje central del lago, de oeste a este.
Una línea fue dibujándose a lo largo de la mitad del lago, desde el Tíbet hasta Ladakh.
–Este eje define la ruta. Activar alarma cuando la posición se desvíe en cinco kilómetros de la ruta.
RUTA DEFINIDA ALARMA
ACTIVADA
–¿Sabes adónde vas? – preguntó Han.
–Sí, al menos mientras dure la batería de mi casco.
Capítulo 63
Kilkenny sobrevoló el extrarradio de Rutog a unos quince metros de altura. El ruido del motor asustó a un ganado poco habituado a los sonidos agudos y sacó a los curiosos de sus modestas moradas. Kilkenny saludó con la mano a los niños que corrían alborozados detrás del BAT, intentando alcanzar su velocidad; para muchos, aquella era la primera aeronave que veían de cerca. Kilkenny advirtió que varios adultos se precipitaban hacia el centro del pueblo, sin duda para comentar lo que acababan de ver. Su visita a Rutog fue breve, pero lo bastante espectacular para despertar la atención.
Desde Rutog, voló rumbo al noroeste, en dirección a la población de Bar, para permanecer sobre el manto de niebla que empezaba a disiparse.
Los paisajes que encontraba a lo largo del valle eran imponentes. A un lado se alzaban montañas suaves, de color chocolate, recortadas contra otros perfiles sorprendentes que el transcurso de milenios en un clima glacial había ido tallando. En la distancia descollaban los gigantes: los picos de afiladas aristas del Himalaya. Los azules y los blancos puros del granito de las montañas más altas del mundo destellaban con los primeros rayos del sol.
Cerca de Bar, Kilkenny viró hacia el oeste, siguiendo una línea que serpenteaba por el centro del angosto cañón que se extendía hasta la frontera con la India. Oyó el primer rumor de rotores en cuanto giró hacia el oeste. Miró por encima del hombro y vio al Harbin, con la cola en alto y el morro apuntado hacia él, acechándole a diez veces la velocidad máxima del BAT. Comprobó que el fardo de lona de camuflaje que llevaba en el asiento del copiloto estuviera bien plegado y asegurado. Después se dispuso a volar siguiendo una estrategia evasiva, tratando de que el BAT fuera un objetivo más esquivo para el arsenal armamentístico del helicóptero.
–¡Haz que estalle en pedazos! – ordenó Liu.
El operador de armas seleccionó los cañones fijos del Harbin y abrió fuego con ráfagas de proyectiles trazadores de 12,7 milímetros desde el morro del helicóptero, que dibujaron franjas naranjas en el cielo. El piloto redujo la velocidad para no adelantar a la aeronave enemiga y ajustó la línea de ataque, intentando seguir las maniobras irregulares de su presa.
Kilkenny imaginó el olor de la cordita mientras los proyectiles silbaban al pasar junto a él; su memoria revivía el particular hedor del combate. Hizo descender el morro del BAT y, simultáneamente, dio medio giro a la derecha. Las sencillas características de vuelo del BAT compensaban la rudimentaria destreza de Kilkenny con la palanca de vuelo, y el resultado fue una maniobra aceptable en S invertida. Cuando el BAT se internó en la niebla, el aparato viró ciento ochenta grados. Kilkenny vio pasar sobre su cabeza la sombra del Harbin, que aminoró la velocidad al alcanzar el punto por donde él había desaparecido. Alargó una mano hacia el asiento del copiloto y aflojó las cinco cinchas. Con la mano derecha aferrada a la lona, Kilkenny tiró de la palanca hacia sí y colocó la nave en un bucle. «Y mamá que creía que todas esas horas jugando con el Check Yeager's Air Combat eran una pérdida de tiempo…»
–¿Le has alcanzado? – gritó Liu.
–Creo que no, señor -contestó el operador de armas.
–Podría estar intentando retroceder -opinó el piloto-. Mantengan todos los ojos bien abiertos.
El piloto redujo la velocidad del Harbin e inició un giro cauteloso a la derecha. Sentado detrás de este, en el costado derecho del aparato, Peng buscó la insondable neblina en busca de algún indicio de que el enemigo acechara por debajo. No había reparado en ello, pero el casco que llevaba limitaba los extremos de su visión periférica; no la anulaba, pero reducía en un diez por ciento su campo de visión. Peng no habría sabido decir si fue consecuencia de esa pequeña pérdida, pero cuando finalmente vio al BAT, este asomaba por la niebla y se alzaba en vertical como un misil.
–¡Está detrás! – gritó Peng.
El piloto tiró de la palanca hacia la derecha para apuntar al enemigo, pero el BAT ya se había colocado sobre ellos. Invertido sobre el Harbin, Kilkenny soltó la lona y la dejó ir. Los rotores principales del Harbin succionaron y devoraron el ligero fardo de tela. La lona aleteó con furia contra las palas como una bandera atrapada en un tornado y generó un halo verde de camuflaje.
–¡Hay algo en la hélice principal! – exclamó Peng.
–Lo noto -repuso el piloto-. Está afectando a los controles.
El piloto hizo virar el helicóptero, dejó atrás el punto por donde había emergido el BAT y forzó al máximo el motor. El operador de armas trató de apuntar a la forma negra que tenía frente a sí y accionó los disparadores de las armas delanteras. El Harbin destrozó las alas del frágil BAT con su impenitente descarga de artillería y arrancó el motor de sus anclajes.
El BAT se sacudió. A Kilkenny se le erizó el pelo de la nuca mientras los proyectiles zumbaban a su alrededor, a pocos centímetros de él, que seguía intentando sortearlos. Una vez alcanzado, el motor se desintegró y escupió una nube de fragmentos de cerámica. Como les había ocurrido a los ocupantes del BAT-2, Kilkenny sintió cómo una punzante lluvia de astillas le perforaba la piel. Luchó por controlar el BAT mientras seguía hundiéndose en la bruma.
La hélice principal del Harbin seguía triturando la única arma de Kilkenny y reducía la gran lona a centenares de fragmentos diminutos.
–¡Se está rompiendo! – exclamó Peng.
– Wa cao! -maldijo el piloto-. ¡Va a destrozar los motores!
Los motores gemelos de turbopropulsión succionaron los restos que volaban en todas direcciones; los fragmentos de lona empezaron a obturar los compresores y estos empezaron a fallar, desestabilizados por la entrada irregular de aire.
Mientras el piloto luchaba por salvar los motores, la cabina se llenó de un sonido rítmico similar al fuego graneado: los dos compresores se estaban autodestruyendo.
–¡Prepárense para el impacto! – gritó el piloto-. ¡Voy a intentar un aterrizaje sin motor!
El piloto desembragó el rotor de los motores averiados, dejando que las hélices se autoimpulsaran. Hizo descender el helicóptero para mantener las revoluciones por minuto del motor y pisó a fondo el pedal derecho para impedir que el fuselaje girara con el rotor. El morro del Harbin cabeceó con la pérdida de potencia y se sumergió en la niebla. El piloto tiró de la palanca para corregir el ángulo de descenso y a la hélice principal le llegara una corriente de aire estable. Sobre la cabina, la hélice siguió girando como una semilla de arce barrida por el viento para amortiguar el contacto con el suelo. El piloto emulaba con el helicóptero el planeo de una avioneta.
–Intentaré que permanezcamos en el aire el mayor tiempo posible, pero vamos a necesitar algún lugar donde aterrizar -advirtió el piloto-. ¡Busquen un rincón llano!
El BAT caía como un ganso herido, batiendo las alas impotente mientras giraba en el aire. El RITEG se había desconectado y los controles habían muerto; Kilkenny se preguntó si él también lo estaría pronto. Notaba cómo se le tensaba el cuerpo y trató de relajarse: el golpe iba a ser fuerte.
Desde unos veinte metros de altura, alcanzó el lago en posición invertida. Las alas extendidas del aparato batieron el agua a modo de freno y lo zarandearon en su asiento. Y, de forma casi inmediata, el BAT empezó a hundirse. Con las piernas apuntaladas contra el armazón para mantenerse inmóvil, Kilkenny hizo saltar el seguro de los cinco puntos de anclaje.
Después se agarró a los segmentos tubulares en su intersección con el techo, flexionó las piernas para abandonar el asiento y saltó al lago.
La mayor parte de su cuerpo permanecía al abrigo del uniforme de vuelo, pero la gélida agua salada del lago se abrió paso por todos los diminutos cortes que le habían producido las astillas de la cubierta del motor. Y en cada una de las heridas, la solución salina disparó los iones que
recorrían su sistema nervioso, mandando señales de dolor a su cerebro. Casi con la misma rapidez, el frío entumeció las zonas que rodeaban las heridas, lo cual provocó un bloqueo neurológico en el organismo de Kilkenny, incapaz ya de discernir entre tal cúmulo de sensaciones simultáneas.
Kilkenny trató de mantenerse a flote mientras se orientaba y evaluaba la situación. La pantalla integrada del casco parpadeó cuando el agua empezó a saturar el sistema electrónico; a diferencia del uniforme, el casco no estaba diseñado para la inmersión. Sin embargo, antes de que la pantalla acabara de fundirse, Kilkenny averiguó en qué dirección se encontraba la orilla más próxima. Se quitó el casco, pues el agua le llegaba ya a la boca, y dejó que se hundiera en el lago. Comprobó que llevaba consigo la pistola y el cuchillo militar y empezó a nadar como si su vida dependiera de ello.
La superficie del Bangong Co era lisa como el cristal y de un azul intenso incluso bajo el manto de niebla. Mientras Kilkenny nadaba, el movimiento constante de los brazos proporcionaba un flujo de sangre oxigenada a sus extremidades. La elevada salinidad del lago facilitaba el esfuerzo, pues le hacía flotar más, pero la clave de su supervivencia en el agua fue el traje. Sin él, Kilkenny habría sucumbido a la hipotermia mucho antes de alcanzar la orilla.
«Me pregunto qué diría Gates -pensó Kilkenny- si mencionase a Icaro cuando cuente esta historia.»
El Harbin planeó mudo hasta la orilla; el piloto luchaba por conservar altura. Los cuatro hombres a bordo escrutaban ansiosos por las ventanillas como si solo bastase su fuerza de voluntad para hacer desaparecer la niebla y dar con algún lugar seguro donde aterrizar. La bruma fue tornándose más rala a medida que se aproximaban a tierra por efecto de la combinación del sol y del viento que soplaba desde las montañas; alrededor del mediodía, se habría desvanecido por completo.
–No veo nada -dijo el artillero.
Frente a ellos se alzaba una colina y el piloto viró en paralelo con la orilla. Las laderas caían casi en perpendicular al agua, que ganaba profundidad rápidamente: treinta metros a tan solo un tiro de piedra de la orilla.
El piloto siguió el contorno del lago; el agua bordeaba las montañas, fluyendo por el sendero que menos resistencia le oponía. En el extremo
final de la montaña, la curva que dibujaba la orilla daba paso a uno de los segmentos más rectos del lago.
–Busquen algún valle o una ensenada -ordenó el piloto.
Casi en el mismo instante en que lo dijo, se hizo visible un claro entre las montañas. El piloto hizo virar el Harbin, que describió un amplio arco hasta quedar perpendicular a la tierra y el morro contra el viento de cara. A continuación desplegó el tren de aterrizaje. Utilizando la hélice de popa, intentó reducir la velocidad de descenso y la propulsión al frente. El Harbin pareció flotar unos instantes, pero la tierra se aproximó rápidamente. El piloto niveló el aparato y tomó tierra con brusquedad, se zarandeó hacia delante y acabó ladeado diez grados hacia la izquierda.
–¡Bajen todos! – ordenó el piloto.
La tripulación y los pasajeros se apearon por el lado derecho del helicóptero. Los catalizadores desprendían bocanadas de humo y el aire se tiñó de un olor cáustico. El piloto saltó a tierra para comprobar el estado del aparato. El Harbin estaba dotado de un triple tren de aterrizaje retráctil; el anclaje de la rueda trasera se había quebrado al impactar contra una roca grande.
–Piloto -gruñó Liu-, informe de nuestra situación y solicite ayuda inmediata.
–Lo haré enseguida -contestó el piloto-, en cuanto verifique el estado del aparato.
Peng se quitó el casco, lo dejó en el suelo y se acercó a la orilla. La calma y el silencio reinaban en el lago. Se agachó, cogió una piedra plana y la lanzo de lado al agua. Esta rebotó dos veces antes de sumergirse, y el sonido que produjo al hacerlo resonó de forma extraña. Cogió otra piedra y, cuando estaba a punto de repetir el lanzamiento, oyó una especie de chapoteo. Era un ruido débil, pero rítmico y de creciente intensidad.
–¿Oyen eso? – preguntó Peng.
–¿El qué? – se interesó Liu.
–Escuchen.
Liu se quitó el casco y aguzó el oído frente al lago.
–Deben de ser pájaros.
–No lo creo -repuso Peng-. Es demasiado regular.
Liu escuchó con mayor atención y captó el ritmo constante de las brazadas.
–¿Cree que ha sobrevivido alguien?
Peng introdujo una mano en el agua y la sacó a toda prisa.
–Está helada. No creo que nadie más se animara a nadar; además, Kilkenny fue en el pasado un SEAL y como tal se entrenó en agua fría.
– Cao! -espetó Liu, con la mirada clavada en la niebla-. Si es un nadador, ¿dónde está?
–Es difícil saberlo. El sonido provoca eco en las montañas, pero sin duda se acerca a la orilla.
–Usted vaya por ahí -ordenó Liu, señalando al este-. Si encuentra a alguien, mátele.
Peng asintió. Los dos hombres desenfundaron las pistolas y se alejaron.
Liu avanzó cauteloso por la orilla pedregosa, tratando de atisbar el origen de aquel sonido esquivo, que variaba en intensidad pero que parecía ir aproximándose. Transcurrieron diez minutos y Liu calculó que había cubierto unos cincuenta metros de difícil terreno. Y el sonido estaba cerca.
A través de la bruma, distinguió a un nadador solitario que nadaba con brazadas limpias y largas en las plácidas aguas. Liu miró a su alrededor y encontró un peñasco tras el que esconderse hasta que el nadador hubiese salido del agua. El hombre estaría cansado y aterido: una presa fácil de matar.
Las brazadas se hicieron más lentas y cuando la profundidad del agua disminuyó se detuvieron. De ella asomaba solo la mitad superior de la cabeza del hombre y el cañón de una pistola, lo exclusivamente necesario para inspeccionar la orilla. Al no ver peligro, el hombre emergió y se quitó el pasamontañas mientras se acercaba a la orilla. Era Kilkenny. Liu disparó al agua, cerca de los pies de Kilkenny.
–¡Tire el arma al agua! – gritó Liu al tiempo que asomaba de detrás del peñasco.
Kilkenny se detuvo y sacudió la cabeza, perplejo.
–No es mi día.
–¡El arma! – volvió a gritar Liu.
Kilkenny arrojó el arma a sus espaldas y la oyó estrellarse contra el agua.
–Y ahora el cuchillo -ordenó Liu.
Con las manos a la vista, Kilkenny desenvainó el cuchillo que llevaba ajustado a la pierna y lo lanzó también al agua.
–¡Las piernas separadas! ¡Las manos en la cabeza! ¡Ya!
Kilkenny obedeció: separó los pies a la altura de los hombros y flexionó levemente las rodillas.
Liu se acercó a él.
–¿Dónde está Yin Daoming?
Kilkenny meditó la pregunta y concluyó que estaba demasiado cansado y dolorido para andarse con evasivas.
–Se ha ido.
–¿Quién se ha ido? – repitió Liu, iracundo-. ¿Adónde?
Kilkenny ladeó la cabeza hacia el agua.
–Está en el lago.
–¿Está muerto?
–No creo que haya conseguido llegar a la orilla -respondió Kilkenny.
La imagen del cuerpo de Yin hundiéndose en las gélidas profundidades del lago dibujó una sonrisa en los labios de Liu, que se acercó un poco más a Kilkenny.
–Debería haberte matado en Roma.
–Estaba pensando lo mismo.
–¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué era tan importante ese cura?
–¿Hablaste alguna vez con él? – preguntó Kilkenny.
–Sí. Era un viejo idiota.
–Entonces es que no le escuchaste.
–Creo que ya he escuchado suficiente. Tú y esos a quienes enviaste también sois unos idiotas, engañados por vuestra religión.
Liu se plantó directamente frente a Kilkenny y presionó el cañón de la pistola contra el abdomen del cautivo. Los dos hombres se miraron a los ojos, y lo que Kilkenny vio le provocó náuseas.
–Miráis al cielo y veis algo que no existe -prosiguió Liu-. Vuestra religión no es más que una demencia colectiva. No hay ningún dios y voy a demostrártelo.
Con un movimiento ágil e imprevisto, Kilkenny se volvió a la derecha y barrió el aire con la mano izquierda como el asta de un molino. La palma de su mano golpeó el reverso de la de Liu, con la que sostenía el arma. La fuerza del impacto alejó la pistola del torso de Kilkenny y quebró tres dedos de Liu. Pese a ello, este consiguió disparar; la bala penetró en el costado
derecho de Kilkenny antes de que el arma volara de su mano y cayera al lago.
Kilkenny se volvió en redondo para devolver el golpe, pero la herida mermó fuerza y velocidad a su agresión. Liu se inclinó hacia atrás y empleó el brazo derecho para desviar sin dificultad el codo y el antebrazo de Kilkenny. Liu giró con su oponente para hacerse con el control del combate.
Bloqueó el puño derecho de Kilkenny con la palma de la mano izquierda, le agarró por la muñeca y le clavó la rodilla en el costado ya herido.
El dolor cegó a Kilkenny, quien, encogido, apenas fue consciente de que Liu le retorcía el brazo contra la espalda y le obligaba a darse la vuelta hacia el lago, con el antebrazo atrapado entre los omóplatos.
–¡Camina! – gritó Liu, clavándole el pulgar de la mano magullada en la herida abierta por la bala.
Kilkenny sentía las rodillas debilitadas; el dolor le perforaba el cuerpo y le embotaba los sentidos. Se tambaleó hacia delante; acto seguido avanzó el pie derecho, descargó el peso de su cuerpo sobre él, elevó la rodilla izquierda a la altura del pecho y giró sobre sí mismo con todas las fuerzas que le quedaban. Al volverse, Kilkenny consiguió zafarse de Liu y le agarró por una muñeca. Con el centro de gravedad desplazado sobre el pie derecho, Kilkenny utilizó a Liu como contrapeso. Notó que el asiático trataba de apartarse para evitar el impacto del puño; cuando casi había completado el giro, Kilkenny le soltó. Liu se inclinó hacia atrás y consiguió esquivar el puño, pero no el pie.
El pie de Kilkenny le impactó de pleno como una cuchilla en el centro del pecho y le fracturó el esternón. Liu cayó de espaldas contra la rocosa orilla y Kilkenny aterrizó en un palmo de agua. Liu apenas podía respirar, pero sabía que la siguiente embestida no tardaría en llegar. Extrajo de una bota el cuchillo militar y lo abrió con un movimiento seco y hábil de la muñeca; como buen luchador, Liu era ambidiestro.
Los dos hombres se pusieron en pie renqueantes. Liu resollaba y Kilkenny experimentaba un grado de dolor desconocido mientras el agua le bañaba la herida. Liu arremetió y Kilkenny reculó en el agua. El traje de vuelo del SEAL le mantenía los pies calientes, pero el agua gélida empezó a calar las botas de cuero negro de Liu. Kilkenny se apostó de perfil frente a Liu, con el brazo izquierdo en alto para repeler la agresión y la mano
derecha sobre la herida. Liu imitó la postura de Kilkenny: con la mano herida se protegía el pecho y con la otra blandía el cuchillo frente a sí.
Al igual que en la orilla, la superficie que pisaban era pedregosa e inestable, y con cada segundo que pasaba Liu iba perdiendo sensibilidad en los pies. Atacó con el cuchillo y Kilkenny lo sorteó con destreza. Heridos y sin apoyo en suelo firme, ninguno de dos podía asestar un golpe lo bastante fuerte.
Liu intentó una segunda arremetida; Kilkenny aprovechó el movimiento elusivo para agarrarle la muñeca y volver el cuchillo hacia abajo. La hoja se le clavó en un muslo. Kilkenny lanzó un gancho que fue a dar en el mentón de Liu, que replegó el cuchillo al trastabillar hacia atrás por efecto del golpe, aunque consiguió equilibrarse y atacar de nuevo. Lo hizo con todo el cuerpo, pero Kilkenny hizo girar la afilada hoja y esta solo perforó el aire.
Liu chocó contra Kilkenny y ambos cayeron a las heladas aguas.
Un puño de Liu acuchilló el agua y se estrelló contra una roca irregular.
El cuchillo resbaló de su mano y desapareció. Kilkenny aterrizó de lleno sobre él. Al constatar la ventaja de su enemigo, Liu se sentó y le hincó una rodilla en el costado herido. A Kilkenny se le vaciaron los pulmones en una explosión; intentó no perder el conocimiento, mantener la cabeza sobre el agua. Liu inhaló una bocanada de aire y se la hundió en el lago.
El agua salada le quemó los orificios nasales; el agua se le introdujo en la boca y le entumeció la cara. Liu le sacó la cabeza del agua y le permitió respirar una vez más para prolongar el final.
– Wo xi wang ni man man si, dan kuai dian xia di yu! -bramó Liu.
La cadencia de su voz perforó los oídos de Kilkenny como el aullido de un lhasa apso rabioso.
Liu volvió a sumergirle en el agua y le presionó la cara contra las rocas.
Kilkenny perdió el poco aire que había inhalado y, cuando sentía que empezaba a ahogarse, Liu tiró de él hasta la superficie una vez más.
–En tu lengua bastarda -le susurró Liu-: te deseo una muerte lenta, pero una carrera rápida al infierno.
La gélida agua envolvió de nuevo la cabeza de Kilkenny, quien en ese instante supo que Liu no volvería a sacarle. Tanteó el aire, en busca de algo a lo que agarrarse para zafarse de su agresor, pero Liu se desplazó un poco y descargó todo su peso sobre la rodilla que mantenía clavada en el costado de Kilkenny.
El poco aire que contenían sus pulmones brotó por su boca y en el espasmo resollante gotas de agua salobre empezaron a filtrarse por su garganta. Introdujo ambas manos hasta el fondo del lago y trato de incorporarse, pero las inestables rocas cedieron, incapaces de sostenerle. Le resbalaron las manos y cayó de bruces sobre las rocas. Más burbujas salieron de entre sus labios: el agua del lago le alcanzaba los pulmones.
La conciencia de Kilkenny fue cerrándose a su alrededor y sus pensamientos se aferraron a Kelsey, al hijo que ambos perdieron y a la familia que jamás tendrían. No vio tanto la luz como la sintió, y todo se tornó negro.
Al oír el disparo, Peng retrocedió a toda prisa por la pedregosa orilla en dirección a Liu. Le alcanzó cuando soltaba una imprecación al oído de Kilkenny, antes de sumergir por última vez la cabeza de su cautivo en el agua. Peng se plantó firme en el suelo, apuntó con las dos manos y disparó.
Fragmentos de hueso y sangre saltaron del codo izquierdo de Liu: la articulación al completo se desintegró con el impacto de dos proyectiles de 9 milímetros. Instintivamente, Liu se llevó el brazo herido al pecho, soltando con ello la cabeza de Kilkenny. Miró, colérico, en dirección al origen del disparo y vio a Peng.
–¡Imbécil! ¿Qué está haciendo? – aulló.
–Acabar con esta locura -respondió Peng con voz serena.
Con las imágenes de la familia torturada en Chifeng abrasándole la memoria, Peng siguió disparando hasta vaciar la recámara de la pistola. En la frente y el pecho de Liu se fueron abriendo heridas a medida que Peng centraba los disparos con intención letal. Liu se desplomó muerto en el agua.
Peng enfundó la pistola y corrió hacia los dos cuerpos que flotaban inertes. Arrancó a Liu de la espalda de Kilkenny y lo arrojó hacia el interior del lago. Kilkenny no emergía. Peng se colocó a horcajadas sobre sus piernas, sumergió los brazos en el agua, rodeó con ellos su abdomen y lo arrastró hasta la orilla.
El cuerpo de Kilkenny se dobló sobre los antebrazos de Peng; la cabeza y los hombros colgaban laxos sobre las piernas fuera del agua. Inclinado hacia atrás, con las rodillas flexionadas, Peng bregó para llevar el peso muerto a tierra firme. Con cada paso cauteloso, aferraba con mayor fuerza el abdomen de Kilkenny. De la boca y la nariz de Kilkenny brotaba agua
salobre en forma de gotas que fueron transformándose en hilillos cuando Peng consiguió depositarlo en la orilla.
Peng eligió para ello un tramo relativamente llano de la orilla y, recordando su adiestramiento, inclinó hacia atrás la cabeza de Kilkenny y le aplicó la respiración boca a boca. Vacío al fin de agua, el pecho de Kilkenny se hinchó. Peng apartó la boca para dejar que sus pulmones se desinflaran y comprobar si recuperaba una respiración normal.
Nada.
Le palpó el cuello y percibió un pulso mortecino. Repitió el boca a boca y, con la tercera inhalación, Kilkenny tosió y carraspeó.
–Tranquilo, amigo -dijo Peng, tratando de animarle.
Colocó con cuidado a Kilkenny de medio lado; el maltrecho hombre resollaba y sufría espasmos y tos asfixiante. Cuando finalmente comenzó a respirar con normalidad, Kilkenny se tendió de espaldas, exhausto.
–Abra los ojos -le indicó Peng.
Kilkenny trató de enfocar la mirada. La voz de Peng le llegaba distante, ajena a todo.
–¿Puede oírme? – preguntó el asiático-. Míreme.
Kilkenny parpadeó, esforzándose por obedecer. Sentía los ojos arenosos y descarnados. La luz le quemaba, era demasiado intensa. Siguió pestañeando.
–Eso es. Debe intentar permanecer despierto. ¿Cómo se siente?
Tenía la boca reseca; le dolía la garganta y las diversas heridas que había sufrido volvían a cobrar sensibilidad.
–¿Herido de bala? – masculló con voz rasposa.
Peng se apresuró a examinar a Kilkenny y encontró en él varias magulladuras de distinta gravedad. Kilkenny se estremeció cuando Peng le extrajo una astilla de cerámica que asomaba del chaleco antibalas.
–Sí, le han disparado. Y apuñalado, y perforado incontables y diminutas cuchillas. – Peng se rió-. Usted debe de ser un auténtico Wile E. Coyote.
Kilkenny también se rió. Sintió punzadas de dolor.
–Hay una canción de Tom Smith que se refiere a Wile E. y que dice: «Si la ley de Murphy es una religión, yo debo de ser un santo».
–Un chiste. Bien. Creo que sobrevivirá.
Kilkenny empezó a recuperar la claridad de visión. Incorporó levemente la cabeza, se mareó y volvió a recostarla en el suelo, mirando hacia el lago.
Una forma oscura flotaba en las plácidas aguas: el cuerpo de un hombre.
–¿Qué ha ocurrido? – preguntó.
–Lucharon.
–Y perdí yo -se adelantó Kilkenny; los detalles, si bien vagos, empezaban a aflorar en su conciencia-. Me ahogué.
–Liu intentaba matarle cuando llegué.
Kilkenny se volvió hacia el hombre, su voz le resultaba familiar.
Kilkenny buceó en sus recuerdos.
–¿Peng?
El hombre asintió.
–¿Usted me ha salvado?
–Se me disparó el arma -explicó Peng con una leve sonrisa en los labios-. Un accidente. Ya me sucedió en otra ocasión, como usted debe de recordar, en Kiritimati. Me parece que voy a tener que llevar a reparar esta arma.
–Pues yo creo que funciona perfectamente. ¿Por qué ha matado a ese hombre?
–Por honor.
–¿El suyo?
Peng asintió.
–Y el de mi país. El año pasado usted desenmascaró a un asesino y nos devolvió a nuestros héroes caídos. Restituyó el honor de China. Permitir que muriera a manos de ese monstruo… No es esa la China en la que yo creo.
–Pero en esta ocasión he violado más leyes de las que me atrevo a contar.
–¿Y por qué lo ha hecho?
Kilkenny cerró los ojos y pensó en todo cuanto había sucedido, todo lo que le había conducido hasta aquel lugar y aquel momento.
–Por la fe.
–¿La suya? – preguntó Peng.
–Y la de Yin -contestó Kilkenny-. Ese hombre merecía ser libre.
–Lo sé. Mis padres y mis abuelos compartían su fe.
–¿Usted no?
–Yo era un niño cuando se llevaron a mis padres. Su fe no los salvó. O, al menos, eso era lo que creía… hasta ahora.