El cardenal
Capítulo 29
secreto la religión de Yin. Sin duda, muchos de ellos son también espías al servicio del Vaticano.
Para Liu, la conversación se desarrollaba como una partida de wei chi, en la que el avance de los movimientos de Tian reducía las opciones sobre el tablero.
–La situación de Yin es poco conocida fuera de China, y eso permite resolver esta situación con sigilo. – Tian le tendió una carpeta a Liu-. Esta autorización proviene del primer ministro Wen en persona.
Liu sonrió al leer la orden de ejecución, un documento que habría deseado tener en sus manos ya en agosto.
–Estaré presente en la ejecución.
–Y si halla algo anómalo, encárguese de ello. No creo que nadie fuera a echar de menos a ninguna de las personas que pueda descubrir en situación ilegal dentro de nuestras fronteras.
Capítulo 29
Chifeng (China)
La puerta de la celda de Kilkenny se deslizó, un par de guardias se precipitaron dentro y la paliza dio comienzo. Kilkenny se encogió para protegerse la cabeza y el pecho, y dejar que la espalda y las piernas recibieran el grueso de los golpes. Los atacantes alternaron patadas con latigazos y golpes con una porra de plástico flexible.
Kilkenny trató de mantener una respiración superficial, con exhalaciones intensas entre una arremetida y la siguiente. Sintió cómo la sangre le brotaba palpitante de los vasos sanguíneos rotos y le encharcaba la piel allí donde los hematomas empezaban a anegarle también los músculos.
Terminaciones nerviosas dañadas enviaban sin cesar señales de alarma a su cerebro hasta que Kilkenny fue incapaz de situar las heridas. El dolor le inundaba el cuerpo. Entonces, con la misma brusquedad con que había comenzado, el ataque cesó.
Alguien profirió gritos iracundos a los guardias que le habían golpeado y, aunque Kilkenny no entendía sus palabras, el tono y el tenor eran inconfundibles. Dirigió una mirada furtiva a la fuente de su indulto y sus ojos vidriosos le devolvieron la imagen de una figura recortada en el vano de la puerta.
Los guardias lo incorporaron, le ataron de pies y manos, y le insultaron con acritud cuando lo pusieron en pie. Sus maltrechas piernas amenazaron con ceder. El oficial bramó de nuevo una orden y los guardias obedecieron.
Sostuvieron a Kilkenny a peso muerto; el oficial entró en la celda y le cubrió la cabeza con una capucha negra. Kilkenny fue entonces conducido, casi a rastras, por el corredor.
Pese a haberse familiarizado de antemano con la distribución de los corredores, Kilkenny se desorientó apenas iniciada la rápida marcha por el complejo. Perdió la cuenta de las puertas que cruzaban, pero supo de inmediato que la última daba acceso al exterior. El sonido de furgones, maquinaria y voces inundaba el aire; la actividad en el centro penitenciario era mucho más intensa que en mitad de la noche, cuando él llegó.
Siguieron avanzando y la grava crujió bajo sus pies; Kilkenny oyó frente a sí graznidos de cuervo. La marcha se detuvo. Una voz autoritaria espetó una orden y los guardias que sostenían a Kilkenny por los brazos le obligaron a postrarse.
Kilkenny oyó el crujido de papeles y después la voz empezó a hablar con el tono oficial de un dictamen. Fuera lo que fuese lo que se estaba diciendo, a Kilkenny no le gustó el sonido. Leído el dictamen, la misma voz bramó otra orden.
Una vez más, se oyeron pasos sobre la grava, aunque en esta ocasión se alejaban de Kilkenny. Oyó lo que le pareció una pregunta dirigida a otra persona. Lo que le sorprendió fue la respuesta.
–Dios me ha perdonado -dijo Yin en un inglés impecable-, y yo os perdono a vosotros.
A las palabras de Yin siguió el sonido de un disparo amortiguado y la caída sorda de un cuerpo al suelo.
Alguien tiró hacia atrás de la capucha que le cubría la cabeza a Kilkenny y le apretó el mentón contra el pecho. A través de los pliegues de la tela, notó el cañón de una pistola presionado contra la nuca. Entre el aluvión de pensamientos que le inundaban la cabeza, Kilkenny se preguntó si acaso el gobierno chino enviaría a su padre la factura de la bala. Se rió al imaginar la respuesta de su padre a esa factura.
Como a cámara lenta, Kilkenny oyó lo que acontecía dentro de la pistola, la vibración del mecanismo contra su cráneo. Y, gracias a su larga experiencia con las armas de fuego, podía visualizar el gatillo moviéndose,