El cardenal

Tom Grace · Capítulo 59 de 74

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El cardenal

Capítulo 59

turbulencias que este levantaba sacudían su nave y hacían errar los disparos.

–¡Ese malnacido está acabando con los nuestros ahí abajo! – gritó Jing.

–Y nosotros somos los siguientes -añadió Xaio con amargura-. Vamos a morir de un modo u otro, pero si abatimos a ese cabrón ahora mismo, Yin saldrá con vida.

–¡Hazlo! – respondió Jing.

De común acuerdo, Xaio hizo caer en picado al BAT-3 en dirección al Harbin.

–¡Eh, chicos! ¿Sabéis qué ruido hacen las aspas al chocar? – preguntó Xaio.

Miembros orgullosos de las Fuerzas Especiales y conocedores de aquel viejo chiste, Sung y Tsui contestaron al unísono con un grito:

– Mareeeeeene!

El BAT-3 descendió en picado como un águila a la captura de un salmón de río. Xaio apuntó al centro del rotor principal del Harbin y pidió que forzaran el motor a la máxima potencia. Los soldados a bordo del BAT-3

vivieron lo suficiente para saber que habían salvado las vidas de sus camaradas, y después su aeronave se desintegró en la vorágine de la hélice del helicóptero.

La colisión partió el eje principal del Harbin justo por debajo del cubo, e inclinó hacia delante el ensamblaje del rotor. Una tras otra, las cuatro largas palas se estrellaron contra un costado del helicóptero. Gong perdió los brazos y las piernas cuando la primera asta penetró en la cabina.

Ralentizándose a medida que seccionaban el fuselaje, las palas de cerámica se transformaron en proyectiles letales. Gong y Woo murieron en el acto; sus cuerpos quedaron despedazados.

Privados de propulsión, los dos aparatos, fatalmente enmarañados, sucumbieron a la fuerza de la gravedad y se desplomaron en picado hasta estrellarse contra la pendiente desnuda y rocosa, donde volcaron. Los motores gemelos, que seguían girando con furia, se soltaron de los soportes y sesgaron los conductos del combustible. Los gases y el líquido se inflamaron e hicieron estallar los depósitos, que estaban a la mitad de su capacidad. Una creciente bola de fuego desgarró la niebla y se alzó en el aire como la luz de un faro.

Capítulo 59

–¡Informe! – exigió Liu.

–Hemos perdido el contacto -respondió el oficial de comunicaciones-.

Todo funciona correctamente aquí. Dragón Uno Cinco no responde.

–Gou shi! Peng, ¿dónde están?

Peng estudiaba de pie un enorme mapa de pared que reproducía la región y calculaba la intersección del avistamiento del Harbin.

–La última posición que comunicaron se encuentra en la región occidental del Tíbet -contestó Peng-, cerca del Bangong Co. La población más cercana es Rutog.

–Capitán, ¿dispone de alguna otra aeronave en la zona?

El oficial comprobó la asignación de los aparatos en la misión que les ocupaba.

–Las más próximas cubren la parte final de la cordillera. No tienen suficiente combustible para ir a Rutog y volver. En estos momentos uno reposta y podría estar allí en algo más de una hora.

–Muy bien. Peng y yo iremos en él.

Han trazó un amplio arco con el BAT-1 sobre los restos de la colisión, con cautela para esquivar el viento que arrastraba el humo negro y oleaginoso. Kilkenny y Tao barrían el terreno con la mirada mientras Yin rezaba por las vidas que acababan de perderse. Dos tercios de su compañía habían muerto o bien estaban heridos alrededor del esqueleto en llamas del helicóptero chino.

–Deberíamos haber descendido antes -lamentó Kilkenny.

–No es culpa tuya -dijo Tao, intentando tranquilizarle-. Corremos peligro cada minuto que estamos en China.

–Ya, pero si hubiésemos aterrizado, no nos habrían visto.

–O tal vez nos habrían disparado en tierra, como han hecho aquí arriba.

–Creo que he encontrado un lugar donde podemos aterrizar -dijo Han, encantado de cambiar de tema.

–Pues aterriza -ordenó Kilkenny.

Este se deshizo de los arneses y del casco en cuanto el BAT tocó tierra y echó a correr pendiente abajo, hacia el enmarañado armazón. Los cuerpos de cuatro hombres yacían en el suelo; a su alrededor, el violento fuego había arrasado la tierra. Shen y Chun estaban muertos: las balas les habían perforado el cuerpo.

Encontró a Chow junto a una roca grande y le puso dos dedos en el cuello, pero no le encontró pulso. Lo movió hacia un costado y vio sangre encharcada. Una astilla de las palas de cerámica había atravesado el cuello del joven SEAL, y el esfuerzo de correr en busca de refugio resultó mortal.

–Hemos encontrado a Max -le gritó Tao-. Está vivo.

Kilkenny corrió hacia Tao y Yin, que estaban arrodillados junto al antiguo jefe de Nolan. Le habían quitado el casco. Gates estaba consciente y atormentado por un agudo dolor.

–Sé que es una pregunta absurda -dijo Kilkenny-, pero ¿dónde te duele?

–Me resultaría más fácil decir dónde no me duele. ¿Lo consiguió alguno de mis hombres?

Kilkenny negó con la cabeza.

–Y de no haber sido por el BAT-3, estaríamos teniendo esta conversación en la otra vida.

–Lo he visto. Nuestros valientes muchachos quitaron de en medio a ese cabrón justo cuando me tenía en el punto de mira.

Gates se palpó la pantalla Kevlar que le cubría el magullado pecho y desalojó una posta chafada. Otras tantas le salpicaban el chaleco antibalas.

–Recuérdame que le envíe una carta de agradecimiento a Dupont cuando volvamos a casa.

–Asegúrate de incluir una de las postas.

–Aquí está el botiquín -dijo Han-. Voy a verificar que el RITEG del BAT-2 esté inactivo.

–Buena idea -convino Kilkenny-. Y arráncalo de cuajo, no quiero dejar dispositivos nucleares por aquí.

–¿Qué aspecto tiene? – preguntó Gates mientras Kilkenny y Tao le vendaban las heridas.

–Algunos cortes necesitarán puntos, pero la mayoría son superficiales.

Es probable que también tengas varias costillas rotas, pero nada de lo que un viejo y curtido SEAL como tú no pueda recuperarse -contestó Kilkenny-. Claro que como mínimo has duplicado tu colección de abolladuras.

–Justo lo que necesitaba -repuso Gates, decepcionado.

–No sé -comentó Tao al tiempo que remataba un vendaje-, creo que unas cuantas cicatrices confieren carácter a un hombre.

Mientras Kilkenny atendía a Gates, Yin se encaminó hasta los cadáveres de los tres soldados caídos. Tendió sus cuerpos en el suelo con cuidado y les quitó los cascos, siempre con sumo respeto. A continuación pronunció una plegaria por el reposo de sus almas, para que las tres encontraran la paz eterna. Y, aunque no pudo llegar hasta ellos, Yin ofreció las mismas oraciones por los hombres cuyos cuerpos habían quedado consumidos por el fuego.

Una vez vendadas las heridas de Gates, Kilkenny se reunió con Yin junto a la chatarra en llamas y rezó también por los hombres que se habían sacrificado por el bien del equipo.

–Eran valientes -dijo Kilkenny-. Vieron lo que había que hacer y lo hicieron sin dudar.

–Pero ¿qué hay de los otros? – preguntó Yin.

–Recibieron lo que merecían.

–¿Eso cree? De no haber nacido en algún otro lugar, ¿acaso no podrían haber sido sus hombres? ¿No compartieron muchas de las esperanzas que albergaban los suyos? No encuentro dicha en ninguna de estas muertes y perdono a los que pretendían hacernos daño.

–De todas las lecciones que mi catequista intentó inculcarme, esa sigue resultándome la más difícil.

–La verdad es como el agua -explicó Yin-: ambas son necesarias para la vida, pero ambas pueden adoptar una forma que las hace difíciles de atrapar. En ocasiones cuesta mucho perdonar, y a veces aún más aceptar disculpas, pero la verdadera paradoja es que el perdón que más necesitamos debe proceder de nosotros mismos. Es una lección con la que yo también tengo que lidiar.

–¿Por qué necesita pedir perdón? – preguntó Kilkenny-. Si se le debe algo, en todo caso es una larga disculpa.

–Todos necesitamos el perdón. Usted y sus compañeros han arriesgado la vida por mi libertad, y algunos han muerto en el empeño. – Yin se tocó la cruz oculta bajo el mono-. Y temo que algunos miembros de mi rebaño que nos ayudaron también hayan pagado un precio terrible. Todo por mí.

–Nada de eso es culpa suya-insistió Kilkenny, desdeñoso.

–Si hubiese escogido otra vocación, muchas personas seguirían con vida, y nosotros no estaríamos manteniendo esta conversación -repuso Yin

con voz serena-. Y, para bien o para mal, las elecciones que usted ha hecho le han traído también aquí.

–Si le sirve de consuelo, le perdono por ser un hombre digno de ser salvado.

–Todos somos dignos de ser salvados. – Yin hizo una pausa-. Hoy usted debería haber sido padre, ¿verdad?

–Sí.

–¿Qué les ocurrió a su esposa y a su hijo?

Lo descarnado de las preguntas de Yin irritó a Kilkenny, aunque le hicieron sentir una imperiosa necesidad de contestar.

–Kelsey y yo queríamos tener familia en cuanto nos casáramos y ella se quedó embarazada en febrero. En primavera supimos que padecía cáncer.

La enfermedad tenía tratamiento, pero requería un sacrificio terrible.

–La vida de su hijo.

Kilkenny asintió.

–En su estado, el cáncer era muy agresivo y precisaba un tratamiento igual de agresivo. Los médicos nos dieron tres opciones: poner fin al embarazo y combatir el cáncer; combatir el cáncer siguiendo adelante con el embarazo, a sabiendas de que mataría a nuestro hijo o le provocaría lesiones graves, o posponer el tratamiento hasta que el niño naciera sano y confiar en que la enfermedad no se hubiese extendido demasiado.

–Una decisión difícil -comentó Yin-. ¿Qué decidieron usted y su esposa?

–Los dos queríamos a Toby y no habríamos hecho nada que hubiese puesto en peligro su vida. Kelsey y yo decidimos posponer el tratamiento para dar a nuestro bebé el tiempo que necesitaba para nacer. Sabíamos que era la opción más arriesgada para ella, pero Kelsey pensaba ya como una madre y estaba dispuesta a arriesgarse a morir por nuestro hijo. Fue una carrera contrarreloj, y perdimos. Kelsey agonizaba cuando los médicos provocaron el parto. El niño era demasiado pequeño. – A Kilkenny se le quebró la voz al recordar el momento-. Cabía en la palma de mi mano. Toby murió pocas horas después que su madre.

–Y ahora carga con el dolor de esa pérdida devastadora, y también con la ira. Son sus compañeros permanentes, le acechan en la conciencia. Puede ocultarse de ellos volcándose en su trabajo, o anestesiarse con alcohol u

opio, pero el dolor y la ira seguirán corroyéndole como ratas hasta que se enfrente a su origen. Amaba a su esposa, ¿verdad?

–Por supuesto.

–Sin embargo, decidió no tratar su enfermedad, sabiendo que eso podría acarrearle la muerte. ¿Por qué?

–Porque moralmente creíamos que no estaba bien hacer algo que pudiese matar a nuestro hijo.

–Pero su hijo murió, y su esposa también. De haber conocido ese final,

¿habría tomado otra decisión?

–Kelsey y yo hablamos mucho al respecto, y llegamos a la conclusión de que no podíamos sacrificar la vida del pequeño por la de ella. Con la decisión que tomamos, seguimos albergando esperanzas.

–Entonces, hizo lo que consideraba lo correcto, actuó de acuerdo con su fe.

–Sí.

–¿Reza usted?

–De vez en cuando.

–Cerca del final, ¿ofreció su vida para salvar a su esposa y a su hijo?

–Sí -admitió Kilkenny.

–Y aun así le fueron arrebatados. ¿Quién se los arrebató?

–Nadie -espetó el joven-. Murieron porque mi esposa padecía cáncer.

–Pero cuando usted ofreció su vida a cambio de la de ellos, ¿quién creía que iba a aceptar el trato? – insistió Yin-. Y, cuando Él no lo hizo y su familia murió, ¿a quién culpó usted?

–A Dios -contestó Kilkenny.

–Pero la decisión que condujo a la muerte de su esposa y de su hijo no provino de Dios, sino de usted. – Yin mantenía un tono de voz sosegado, sin el menor atisbo de acusación-. No creo que Dios provoque terremotos ni inundaciones, ni tampoco que aflija a ciertas personas con enfermedades o permita que otras cometan actos malvados. Todo eso forma parte de Su creación, también el don del libre albedrío.

»Usted y su esposa tomaron una decisión basándose en la fe y la esperanza, aunque acabaron sufriendo una terrible tragedia. Yo creo que Dios es consciente de tal tragedia y que, a Su manera, trata de restablecer la armonía. Esto se relaciona con la creencia china de que las crisis y las oportunidades son las dos caras de una misma moneda; pero, al respetar

nuestro libre albedrío, Dios no nos impone la armonía. Por el contrario, nos ofrece oportunidades, aunque somos nosotros quienes debemos identificarlas. Para superar el dolor y la ira y sobrevivir a la pérdida que ha sufrido, debe perdonarse.

–¡Tenemos compañía! – gritó Han.

Atraídos por la inmensa columna de humo negro, cinco hombres descendían por la ladera hacia ellos. Avanzaban sobre el inestable terreno con la misma facilidad que los yaks que abundaban en aquella región.

Todos iban ataviados con chubas largas, botas de fieltro y gorros profusamente bordados. A excepción del más joven -que aparentaba rondar los veinte años-, a Kilkenny le resultó difícil calcular la edad de los hombres. Sus rostros refulgían con una rica pátina de bronce forjada por toda una vida en un clima riguroso y bajo un sol impenitente.

Kilkenny y Yin se reunieron con los demás junto al BAT-1. Los hombres se detuvieron a unos cincuenta metros; los escrutaban en silencio.

–¿Creéis que han venido para recoger los cuerpos? – preguntó Gates.

–Es más probable que les traiga la curiosidad -respondió Tao.

Los hombres hablaban entre susurros, sin dejar de observar a los cinco extranjeros que habían encontrado en sus tierras.

–Parece que llamas la atención de los más jóvenes -le dijo Kilkenny a Tao-. Estoy seguro de que vas vestida algo más provocativa de lo que están acostumbrados.

–Es la ropa que llevamos lo que les intriga -opinó Yin-. Se preguntan cómo es posible que no tengamos frío con un traje tan fino.

–¿Entiende lo que dicen?

Yin asintió.

–Aunque hace tiempo que no practico este dialecto.

Kilkenny se acercó a ellos, con una sonrisa en los labios y las manos a la vista en todo momento. Alargó un brazo y se lo frotó con la otra mano para hacerles entender que podían tocarle si querían.

En un primer momento solo uno aceptó el ofrecimiento de Kilkenny; después se le sumaron los demás. Enseguida se desató entre ellos una acalorada discusión que se zanjó con una pregunta relativa al traje por parte del que parecía el portavoz del reducido grupo.

–¿Obispo Yin? – pidió Kilkenny, en busca de ayuda.

–Nuestros trajes no parecen estar hechos con fieltro ni seda. Se preguntan si nos abrigan y de qué animal se extrae la tela.

Kilkenny sonrió.

–Dígales que son muy cómodos y que la tela se fabrica con un insecto muy pequeño llamado nanotec.

Yin tradujo la respuesta de Kilkenny y los cinco hombres asintieron, complacidos por aquel nuevo descubrimiento.

–Na-no-tec -repitió uno de los hombres para Kilkenny, pronunciando cada sílaba con atención.

Este asintió. El cabecilla formuló otra pregunta a Yin, esta vez con voz más grave.

–Tres de nosotros somos chinos y dos no -tradujo Yin-. Quiere saber de dónde somos.

Kilkenny sopesó la pregunta. Aunque todos, a excepción de Yin, eran estadounidenses, su presencia en China no estaba oficialmente autorizada y Washington probablemente no daría la cara por ellos. Diciéndoles la verdad a los tibetanos, Kilkenny temía exponerles a las represalias por parte del gobierno chino.

–Vuelvo a tener problemas con esa parte de la verdad -le dijo Kilkenny a Yin-. Si Pekín ve que estos hombres saben de dónde somos y sospecha que nos han ayudado de un modo u otro, podrían salir perjudicados.

–Creo que tengo la solución -contestó el clérigo.

Yin avanzó hasta colocarse al lado de Kilkenny y ofreció una explicación. Todos los tibetanos asintieron y hablaron excitados entre sí.

–¿Qué les ha dicho? – preguntó Kilkenny.

–Que yo soy sacerdote y que usted y sus colegas han venido a China para acompañarme en mi viaje a Occidente.

El portavoz formuló otra pregunta y Kilkenny advirtió que pronunciaba una de las palabras con particular reverencia: «Kundun». Yin unió las manos y se inclinó antes de responder. Sin duda, aquel término entrañaba un significado especial.

–Preguntan si soy un lama, un santo, y si voy a Occidente buscando protección, como el estimado Kundun.

–¿Kundun?

–Es un concepto tibetano -explicó Tao-. Significa «la presencia». Se están refiriendo a Tenzin Gyaltso. En Occidente se le conoce como Dalai

Lama.

–Una justa analogía -comentó Kilkenny.

Los tibetanos acogieron de muy buen grado la respuesta de Yin; acto seguido se acercaron a él y empezaron a preguntarle directamente. Ya en segundo plano, Kilkenny retrocedió y dejó a Yin con su embelesado público.

–Parece que los nativos le han cogido cariño a nuestro santo -opinó Gates.

–Es incuestionable que tiene don de gentes -observó Kilkenny.

–Pero ¿qué vamos a hacer con ellos? Sabéis que los chinos van a venir a por eso -dijo Tao, señalando con la cabeza el helicóptero en llamas.

–Apuesto a que han informado de nuestro avistamiento antes de iniciar el ataque -añadió Han.

–¿Y qué vamos a hacer con los cuerpos de los nuestros? – preguntó Gates-. No podemos permitir que los «chicom» se hagan con ellos.

–Estaba pensando en eso -respondió Kilkenny- y no tengo intención de abandonar a nuestros amigos aquí.

–Entonces, ¿vamos a llevárnoslos con nosotros? – se sorprendió Han-.

Tenemos más pasajeros que plazas.

–Paso a paso. En primer lugar, creo que debemos ofrecer una hecatombe por nuestros hermanos caídos.

–¿Una hecaqué? – exclamó Han.

–Se pone en plan griego con nosotros -respondió Gates-. Lo he visto en otra ocasión. Es lo que pasa cuando uno lee demasiado.

–¿Se ofenderán nuestros amigos tibetanos si incineramos los cadáveres de nuestros difuntos? – preguntó Kilkenny a Yin-. No queremos que los militares chinos los profanen.

Yin trasladó la duda de Kilkenny al grupo y, tras un breve intercambio, recibió una respuesta.

–Los budistas tibetanos entierran a sus muertos en la tierra o en el agua, o en el cielo.

–¿En el cielo? – repitió Kilkenny-. ¿Quiere decir que los incineran?

–No. El entierro en el cielo es una tradición ancestral y venerada en el Tíbet. Después de que el espíritu haya partido, se despedaza el cuerpo en pequeños fragmentos que se entregan como alimento a los buitres. Los huesos se machacan hasta reducirlos a polvo y se mezclan después con

harina para hacer pan, que también servirá de alimento a las aves. Así, son las aves las que llevan el cuerpo al cielo.

–No es precisamente un entierro cristiano… -comentó Gates, asqueado ante la idea.

–No, pero el simbolismo de la ceremonia es conmovedor. Refuerza la creencia de la unidad. He asistido a este tipo de entierros y me parecen de lo más poético.

–¿Y la incineración? – preguntó Kilkenny.

–Quemar los restos del difunto es una práctica aceptada, aunque apenas se practica en esta región puesto que requiere combustible y por aquí escasea.

–Pues ahora mismo disponemos de bastante. – Kilkenny se volvió hacia Han-. ¿Me echas una mano?

Kilkenny y Han se encaminaron hasta el cuerpo de Bob Shen. Con extrema delicadeza, lo trasladaron hasta el helicóptero incendiado y lo arrojaron al centro de las llamas. A continuación, hicieron lo propio con los cadáveres de Gene Chun y Jim Chow. Los cascos de los caídos y lo que quedaba del BAT-2 fueron arrojados también al fuego para impedir que la tecnología cayera en manos chinas.

Yin guió a los tibetanos en una plegaria budista por los difuntos.

Aunque no entendió una palabra, a Kilkenny le conmovieron las oraciones de Yin.

–Honramos el sacrificio de nuestros camaradas caídos -dijo Kilkenny a modo de conclusión- y les ofrecemos a los vientos para que encuentren su camino a casa.

–Hermosa hecatombe, Nolan -comentó Gates con semblante serio.

–Ya, pero ¿qué es una hecatombe? – insistió Han.

–Originalmente, se refería a la práctica de los antiguos griegos y romanos de sacrificar cien vacas o bueyes para conmemorar un acontecimiento importante y granjearse el favor de los dioses -explicó Kilkenny-. También tiene que ver con el asesinato o el sacrificio de muchas víctimas.

–Pues yo creo que nuestros chicos merecen mucho más que un centenar de cabezas de ganado -añadió Gates.

–Después de su victoria en Troya -prosiguió Kilkenny-, muchos aqueos, impacientes por regresar a su hogar, olvidaron realizar un sacrificio

apropiado. Sus dioses se enojaron y los aqueos jamás consiguieron volver a casa.

Gates se inclinó hacia Han.

–Como ya he dicho, se pone en plan griego con nosotros.

–Como sigas hablando así, voy a ponerme en plan medieval con vosotros -amenazó Kilkenny.

–¡Eh! – exclamó excitado Gates-. ¡Conozco esa película!

–Lo suponía. Y ahora, solucionemos el resto de problemas.

Kilkenny se reunió con Yin y los tibetanos que charlaban animadamente.

–Obispo Yin, quisiera pedir varias cosas a nuestros nuevos amigos.

–Usted dirá -invitó Yin.

–En primer lugar, cuando el fuego se consuma, ¿serían tan amables de moler los huesos de los nuestros y transformarlos en polvo? En segundo lugar, tenemos que partir cuanto antes. ¿Tienen alguna barca que podamos usar? Por desgracia, no podremos devolverla.

Yin asintió.

–Y no quiero que tengan problemas por habernos ayudado, de modo que cuando lleguen los chinos quisiera que respondieran con sinceridad a sus preguntas… pero no con «demasiada» sinceridad.

Yin trasladó las peticiones de Kilkenny a los tibetanos, quienes tardaron unos instantes en llegar a un consenso.

–Norbu, el mayor, dice que será un honor para ellos esparcir los restos de nuestros amigos. También dice que podemos usar una barca que un turista abandonó aquí en verano. Sus hijos nos mostrarán dónde se encuentra.

–Son muy amables.

–Las relaciones entre los chinos y los tibetanos no siempre son buenas -

explicó Yin-. Norbu dice que él y sus hermanos les dirán lo mínimo posible a quienes vengan.

–Perfecto. Pueden decir que los supervivientes arrojaron al fuego los cuerpos de los nuestros, y que solo vieron a dos personas en la aeronave cuando esta despegó: usted y yo.

–¿Y los demás?

–Confiaba en que sencillamente «olviden» mencionarlos.

Yin tradujo los comentarios de Kilkenny, dando inicio con ello a otra ronda de conversaciones que concluyó con una última pregunta de Norbu a Yin.

–Harán lo que les hemos pedido, pero, a cambio, tienen una petición para nosotros.

–Haré todo cuanto pueda -prometió Kilkenny.

–La petición es para mí. Piden que cuando lleguemos a Occidente, transmita sus respetos a Kundun.

Kilkenny reflexionó unos instantes.

–Creo que podré organizarlo.

Kilkenny dejó a Yin con los tibetanos y se reunió con el resto del equipo junto a las llamas.

–¿Cuál es el plan? – preguntó Gates.

–Vosotros tres y Yin proseguiréis el viaje en barca. Yo haré de señuelo en el BAT.

–Nolan, no puedes hablar en serio -exclamó Tao.

–No es buena idea -convino Gates-. En las películas de terror, siempre que alguien se separa del grupo acaba muerto.

–Los chinos saben que estamos intentando salir del país por aire. Y, habiendo abatido uno de sus helicópteros, deben imaginar que seguimos volando. No cabemos todos en el BAT-1, y si lo dejamos aquí sabrán que tratamos de salir por otros medios. Si tienen algo que perseguir, habrá más oportunidades de que consigáis cruzar la frontera.

–Yo soy el piloto -reclamó Han-. Yo debería pilotar el BAT.

–Tú tienes esposa e hijos, ¿cierto? – preguntó Kilkenny.

–Sí.

–Yo no, y creo que esta expedición ya ha dejado a demasiadas viudas y huérfanos.

–Si tu criterio se basa en ser padre de familia, déjame volar a mí -

intervino Gates-. Aún hay esperanzas para ti.

–Gracias, Max, pero prefiero que vayas en la barca. Mirad, no voy a hacer de kamikaze. Tengo la intención de salir de China con vida. El BAT

es solo una distracción para cubrir vuestra huida.

–Entonces, ¿por qué tú? – insistió Han.

–Para tener la conciencia tranquila. Si las cosas van mal, es mejor que sea yo y no ninguno de vosotros. Y dado que soy el jefe, la orden sigue en