El cardenal

Tom Grace · Capítulo 58 de 74

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El cardenal

Capítulo 58

–En menos de una hora. Si estuviese despierto, le pediría que rezara por que tengamos viento de cola constante.

Capítulo 58

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Woo estudió el paisaje que transcurría bajo sus pies, una mezcla de picos afilados y formas onduladas que se tornaban incluso más irreales a través de la protección de visión nocturna que le permitía volar a muy baja altura con poca luz. Su mano derecha manejaba la palanca de mando de un helicóptero de ataque Harbin WZ-9, una variante china del Eurocopter Dauphin II. Era uno de los sesenta que habían fletado las Fuerzas Aéreas del Ejército Popular de Liberación, la práctica totalidad de los cuales había sido desplegada a lo largo de la frontera occidental el día anterior.

A la derecha de Woo iba sentado su artillero, Gong. Los dos hombres se habían entrenado juntos durante tres años, en los que acumularon miles de horas de vuelo en diferentes condiciones. Conocían hasta el último sonido que emitía el WZ-9 e identificaban el rendimiento de los motores gemelos de turbopropulsión por la vibración que transmitían al armazón.

Ambos barrían el valle con la mirada en busca de tres aeronaves de bajo vuelo con alas fijas similares a las del murciélago. Woo se había reído al oír la descripción de su presa, aunque no le ocurrió lo mismo con las órdenes de localizarla: debían derribar las naves del enemigo y matar a todos sus ocupantes.

El oficial de inteligencia que instruía a las tripulaciones del escuadrón de Woo informó de que las aeronaves del enemigo estaban diseñadas para la inserción clandestina y tripuladas por agentes de las Fuerzas Especiales.

Eran aparatos ligeros y lentos, con fuselaje abierto y un diminuto radar de gran alcance. Para deleite de Woo y Gong, se sabía que la presa no iba armada.

Ambos habían partido de Tianshuihai y patrullaban el tramo de frontera que separaba China y el estado indio de Jammu y Cachemira, y que incluía la disputada región de Askai Chin, controlada por los chinos.

–¿Te imaginas estar destinado a este lugar? – preguntó Gong.

–A un chico de ciudad como tú le daría una semana, antes de que acabara mamando el cañón de la pistola.

– Qin wode pigu -replicó Gong: la propuesta profana de que Woo le besara el trasero.

Woo siguió recorriendo el valle en dirección sudoeste, desde Changmar hacia Bar, un pueblo de la orilla septentrional del lago tibetano Bangong Co. Los arroyos de las montañas desembocaban en una franja estrecha de agua salina que se extendía a lo largo de ciento treinta kilómetros. El cuarto

occidental del alargado lago se encontraba en el lado indio de la frontera, donde se llamaba Pangong Tso. Las aguas del Bangong Co se derramaban en el río Shyok, y este en el Indo, antes de virar en Pakistán al sur, en dirección al mar.

–A punto de cruzar los ochenta grados longitud este -anunció Han-; enseguida deberíamos ver el extremo oriental del Bagong Co. Mientras iniciamos el descenso hacia la India, les recordamos que no está permitido fumar en este vuelo y les rogamos que coloquen los asientos y las bandejas en posición vertical. Queremos darles las gracias una vez más por volar con Night Stalker Airlines.

Yin miró a un lado y al otro del asiento, intentando averiguar cómo se ajustaba según había pedido Han.

–Era una broma -le explicó Tao-. Es lo que se dice en todos los vuelos comerciales. Esos aviones son bastante más sofisticados y completos que nuestros BAT.

–Es posible, pero nuestras vistas son mejores -repuso Han.

Más estrellas fueron desvaneciéndose en el albor del día y la luna les envió un guiño entre los picos antes de ocultarse tras el valle. Una serie de números parpadeó en la pantalla integrada de Kilkenny: hora, velocidad de vuelo y distancia hasta el siguiente punto de la ruta. Había llegado el momento de tomar una decisión.

–Activar sistema de comunicación -dijo Kilkenny-. Malas noticias, chicos. Por lo visto vamos a tener que pasar otro día en China. El cielo está despejado y aún falta una hora de vuelo para alcanzar la frontera. El sol saldrá en veinte minutos y la luz aumenta deprisa.

Un coro de lamentos decepcionados respondió al informe de Kilkenny.

–Ya habéis oído a nuestro hombre -bramó Gates-. La misma operación de ayer: busquemos un buen lugar donde refugiarnos. No tendría sentido haber llegado hasta aquí para que nos metan una bala en el culo intentando cruzar la frontera en pleno día.

–Barramos el terreno -dijo Han.

El valle se estrechaba frente a ellos formando la cuenca del lago glacial.

Una niebla densa flotaba sobre la superficie calma del lago como una nube caída del cielo.

–Lo sobrevolaremos y buscaremos un LZ en la orilla meridional -indicó Kilkenny.

–Tú mandas, jefe.

Al llegar a Bar, Woo hizo virar el helicóptero hacia el sudeste para internarse en el cañón que albergaba el estrecho lago. Volaba sobre la niebla; la estela de las cuatro palas rotoras principales arremolinaba las capas superiores de la bruma. El cañón se ensanchó en forma de cuenco en el extremo oriental del lago y la niebla se extendió como un manto sobre el agua.

–Veo algo -dijo Woo.

–¿Dónde? – preguntó Gong.

–A la una en punto. Voy a interceptarlo.

Gong oteó el horizonte y divisó tres formas deslizándose sobre la neblina.

–Demasiado rígidas para ser una bandada de pájaros. – Gong conectó el radio-. Dragón Uno Cinco a base.

–Aquí base. Adelante Dragón Uno Cinco.

–Informamos de posible contacto. Cero tres tres punto cinco norte y cero ocho cero punto dos este. Vamos a interceptarlo.

–Recibido, Dragón Uno Cinco.

–Creo que oigo un helicóptero -dijo Han-. ¡Y viene pisándonos los talones!

–Enemigo a las tres en punto -informó Gates desde el BAT-2.

–Eso cancela el aterrizaje -indicó Kilkenny con voz potente-. Internaos en la niebla y corred como el demonio hacia la frontera.

Han sumergió el BAT-1 en la blanca nube de bruma. Los demás le siguieron mientras el Harbin acortaba distancias a toda prisa.

–¡Maldita sea! – exclamó Gates. Acto seguido abrió el cierre de velero de la bolsa que llevaba bajo el asiento y sacó una pistola.

–¿Qué crees que vas a hacer con eso? – le preguntó Shen con las dos manos firmes alrededor de la palanca de vuelo. – Eh, con un poco de suerte, igual le acierto.

–Base, confirmamos identificación positiva del objetivo. Nos preparamos para entablar combate.

–Recibido, Dragón Uno Cinco. Suerte en la caza.

Una vez situado en su cola, Gong activó el sistema de armas e intentó fijar un objetivo.

–No hay nada en lo que fijar el disparador -comentó Gong-. Tendré que hacerlo manualmente.

–Haremos estallar el de en medio en pleno vuelo para que alcance a los otros dos.

Woo descendió; el vientre del Harbin acarició la niebla. Gong seleccionó los cañones fijos de 23 milímetros del Harbin y abrió fuego.

Ráfagas de proyectiles trazadores dibujaron líneas brillantes en el aire y permitieron a Woo ajustar el ángulo de ataque.

El BAT-2 se zarandeó cuando las primeras balas perforaron sus alas.

Con la pistola fuertemente sujeta con las dos manos, Gates apuntó y apretó el gatillo. Su contraataque de 9 milímetros rebotó en el armazón del Harbin sin ocasionarle daño alguno: la desigualdad del combate resultaba incluso cruel.

El Harbin redujo la velocidad al máximo y Gong volvió a disparar. Un proyectil horadó la cubierta del rotor e hizo añicos el motor ligero a propulsión. Del tanque salieron disparadas en todas direcciones infinidad de astillas de las palas de cerámica y el compartimiento de la tripulación quedó engullido por un halo de metralla.

–¡Hijo de puta! – maldijo Chun mientras fragmentos afilados se le clavaban en las pocas partes desprotegidas del uniforme.

Varios fragmentos se les clavaron en piernas y brazos, otros se alojaron en los cascos y el chaleco antibalas. Sentados en la parte frontal, Shen y Gates se llevaron la peor parte: tenían el cuerpo acribillado por docenas de heridas diminutas. Privado de potencia, el BAT-2 empezó a caer. Shen trataba de combatir el dolor y el daño sufrido por las alas, intentando con grandes esfuerzos maniobrar el aparato para que tomara tierra sin excesivo peligro.

–¡Atentos, chicos! – gritó Gates-. En cuanto alcancemos el punto de aterrizaje, corred en busca de refugio.

El BAT-2 tocó tierra bruscamente justo cuando los primeros rayos del sol encendían las cumbres de las montañas. Aterrizaron sobre una pendiente rocosa y los cuatro soldados se soltaron los arneses y corrieron hacia la niebla. El Harbin descendió en picado para impedirles el paso; Gong seleccionó la ametralladora de 12,7 milímetros y empezó a disparar.

Xaio hizo girar el BAT-3 para abordar al helicóptero por detrás. Los tres hombres que le acompañaban apuntaron al rotor de cola del Harbin, pero las