El cardenal
Capítulo 37
cuando menos, medio lleno en todo momento. Tras varias rondas, el patriarca pidió silencio y se acercó a Yin. Tao fue traduciendo sus palabras al oído de Kilkenny.
–Obispo Yin, nos ha honrado a mi familia y a mí con su presencia.
El hombre hizo una marcada reverencia mientras hablaba, dando muestra con ello tanto de humildad como de un profundo respeto.
–Y nos sentimos muy agradecidos de que Dios nos haya otorgado un regalo semejante. Hemos rogado durante muchos años que llegara el día en que usted fuera libre.
–Dios atiende todos los ruegos a su debido tiempo, incluso los de un sacerdote testarudo.
–Espero que disculpe mi grosería, pero desearía pedirle algo… -El hombre temblaba-. El año pasado detuvieron al sacerdote que solía visitarnos, no sabemos qué ha sido de él. Seguimos rezando por que esté bien, pero sin él no tenemos misas ni sacramentos. ¿Oficiaría una misa para nosotros?
Las lágrimas asomaron a los ojos de Yin; la voz se le quebró y durante unos instantes fue incapaz de hablar. Cuando recuperó la compostura, se volvió hacia Kilkenny.
–¿Disponemos de tiempo? – le preguntó.
–Creo que el justo para una misa, pero ¿se siente en condiciones? Hace treinta años…
–He celebrado una misa a diario durante esos treinta años -explicó Yin-, excepto hoy.
–Aún no se ha acabado el día -repuso Kilkenny.
Capítulo 37
Ciudad del Vaticano
En la mal iluminada sala de trabajo de las catacumbas, Grin cabeceaba ante los monitores; los diez días que llevaba sin apenas dormir le habían dejado exhausto. Le bañaba el reflejo de las numerosas pantallas con las que trabajaba, un abrumador flujo de electrones que contenían fragmentos de información recabada por ordenadores que se encontraban a medio mundo de allí. Varias de ellas emitían imágenes en movimiento, mientras que en otras se sucedían listados interminables de símbolos crípticos: la poesía de las máquinas.
La cuenta atrás que iba marcando un reloj en una de las ventanas llegó a cero, y Bing Crosby arrancó su versión del clásico de los años veinte «The Red Red Robin». Los ojos de Grin pestañearon cuando la aguda voz del pelirrojo le sacó de la semivigilia con su fraseo dulce e impecable de barítono.
Despierta, despierta, cabeza adormilada. Levántate, levántate, sal de la cama.
–Vale, vale. Ya me he despertado -dijo con un bostezo.
Alargó una mano y pulsó una tecla que cortó a Crosby en mitad de la segunda estrofa. Trató de ahuyentar el sueño parpadeando y contactó con el código furtivo que había dejado bien oculto en el servidor principal de la prisión de Chifeng. Pese a que los técnicos informáticos de la prisión habían adoptado la drástica medida de borrar los discos duros del servidor y volver a instalar los programas uno por uno, el de Grin había sobrevivido.
Accedió al circuito cerrado de las cámaras de seguridad y vio guardias armados patrullando por corredores desiertos y el desierto tejar: el complejo penitenciario estaba cerrado a cal y canto y en estado de alerta máxima.
Barricadas levantadas con precipitación protegían las dos entradas principales y cerca se amontonaban los restos quemados y retorcidos de las verjas originales, junto con los esqueletos de los vehículos destrozados durante la persecución.
–Ahora veamos qué traman esos polis -dijo para sí.
Los monitores conectados al servidor central del Ministerio de Seguridad Pública de Chifeng revelaron un notable aumento en la actividad.
Grin seleccionó varias páginas del torrente de datos que apareció ante él y las sometió a un programa de traducción del chino al inglés.
«Instalan controles, cubren el aeropuerto y la estación de tren -caviló mientras leía por encima la rudimentaria traducción-. Detienen a los sospechosos habituales de la comunidad de católicos subversivos.»
–¿En qué se entretiene, señor Grinelli? – preguntó Donoher al entrar en la sala de trabajo.
–Leo informes del cuerpo de seguridad de Chifeng -respondió Grin sin despegar la mirada de la pantalla.
–¿Qué ha averiguado?
–Que no volveré a quejarme de aquellos contadores de metros con botas altas de Ann Arbor. Las palabras «Servir y proteger» deberían estar
impresas en los vehículos policiales de Chifeng, pero la pregunta es: ¿a quién sirven y protegen? Véalo usted mismo.
Grin tecleó con destreza varias instrucciones que activaron ventanas vinculadas a las cámaras de vigilancia repartidas por la ciudad de Chifeng.
Un denso tráfico atascaba las calles principales mientras agentes de la policía uniformados registraban los coches uno por uno e interrogaban a sus ocupantes.
–Los chinos están llevando a cabo toda una redada -dijo Donoher.
–Ajá, y mire esto. – Grin señaló un par de ventanas que mostraban un listado de información sobre llegadas y partidas-. Han desviado todos los aviones con destino a Chifeng y han dejado en tierra a los que tenían previsto despegar. También han paralizado el servicio ferroviario. Espero de corazón que nuestros chicos salieran de la ciudad antes de que se organizara esta encerrona, porque tienen fotografías de Nolan y de Roxanne para los carteles de «Se busca».
–Al menos esto nos informa de que aún no les han apresado.
–¿Es usted de los que tiene el estómago de acero? – le preguntó Grin.
–Exigencias del oficio.
En ese instante se abrió una nueva ventana en el monitor central de la estación de trabajo: un recuadro blanco que contenía una colorida versión del famoso logotipo de Warhol de los Rolling Stones.
–¿Puedo preguntar?
–Operación Rolling Stone -contestó Grin al tiempo que tecleaba una nueva orden. El punto situado en el centro de la ventana se abrió en espiral como el diafragma de una cámara fotográfica y dejó a la vista un mensaje de tres palabras.
–¿«Gandalf Isengard Águila»? – leyó en voz alta Donoher, desconcertado.
–Es un mensaje de Nolan -explicó afectuoso Grin-. Un mensaje bueno.
–¿Qué significa, al margen de la referencia literaria a la obra de Tolkien?
–Yin es Gandalf -especificó Grin-; el parecido es incuestionable. Al principio de la historia, el mago Saruman apresa a Gandalf en la torre de Isengard.
–De modo que por Isengard debemos entender la prisión de Chifeng.
–Exacto. El rey de las águilas rescata a Gandalf de la torre y se lo lleva hacia la libertad. Han sacado a Yin de la prisión y… -prosiguió Grin comprobando la hora impresa en el mensaje-… hace varios minutos, cuando Nolan envió esto, aún no los habían atrapado.
Donoher unió las manos e inclinó la cabeza para ofrecer una breve plegaria de agradecimiento.
–¿Eminencia? – le llamó una joven monja desde el vano de la puerta.
–¿Sí, hermana? – contestó Donoher. Aún conservaba en los labios la sonrisa que le había arrancado el mensaje de Kilkenny.
–Confiaba en encontrarle antes de que regresara al cónclave. Se ha establecido una conexión por vídeo con Estados Unidos. Es Jackson Barnett. Desea hablar con ustedes dos.
–¿Podría pasárnosla aquí, si es tan amable?
Grin despejó el más grande de los monitores, en el que instantes después apareció Jackson Barnett.
–Eminencia -saludó Barnett mostrando el debido respeto-, señor Grinelli, me complace encontrarles juntos. Sin duda han seguido de cerca el desarrollo de la misión en China.
–Como una agencia de noticias sigue un escándalo sexual en política -
confirmó Grin.
–Hemos detectado un significativo aumento en la actividad de la región autónoma de Mongolia Interior -explicó Barnett-, sobre todo en los alrededores de la ciudad de Chifeng y a lo largo de un tramo considerable de la cercana frontera entre Mongolia y China. Deduzco que esto significa que nuestros amigos han logrado sacar al obispo Yin del laogai.
–Esa es también la conclusión a la que hemos llegado nosotros -convino Donoher-. Por lo visto, los oficiales del centro descubrieron el subterfugio de Nolan, pero, a pesar de este contratiempo, él y su equipo consiguieron escapar con el obispo Yin.
–Ya veo. – Barnett hizo una pausa para considerar con calma las palabras que iba a pronunciar a continuación-. Cardenal, ¿puedo ser franco?
–Por favor.
–Una fuente del Ministerio de Asuntos Exteriores de China nos ha comunicado que alrededor de las cuatro de la madrugada del 29 de octubre, Pekín recibió un mensaje codificado procedente de su embajada en Roma.
El mensaje informaba a Pekín de la condición de Yin como cardenal secreto
y candidato al papado, y de una operación organizada por el Vaticano para liberarle. Cardenal, ha habido una filtración.
Donoher notó que se ponía tenso y que un acceso de náuseas le atenazaba el estómago. Se desplomó en una silla como un boxeador aturdido por una retahíla de golpes e intentó recuperar el control de los sentidos.
–¿Alguien se ha ido de la lengua con Nolan y Roxanne? – preguntó Grin.
–Sí -confirmó Barnett-. Nuestra fuente solo tuvo acceso a la versión censurada del mensaje, que no proporcionaba claves sobre su procedencia.
En cuanto recibimos esta información, consideré importante alertarles al respecto.
–Gracias, Jackson -dijo Donoher con solemnidad-. Le aseguro que actuaremos en consecuencia para traer de vuelta a los nuestros sanos y salvos.
–Un propósito que compartimos. ¿Deberíamos volver a hablar luego?
–El cónclave se reúne esta tarde y después se celebrará una reunión para discutir cuestiones de Estado. – Donoher consultó el reloj-. ¿Le iría bien a las dos, hora de su país?
–Perfecto. Que tengan un buen día, caballeros.
Barnett desconectó y la pantalla quedó en negro.
–¡Maldita sea! ¡Por todas las llamas del infierno! – rugió Donoher-. ¡Un Judas Iscariote entre nosotros! Solo los presentes en la Capilla Sixtina tenían la información del mensaje enviado a Pekín. Pero ¿cómo demonios consiguió ese hijo de…? ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo informó a los chinos?
–Retrocedamos y pensemos todo esto con calma. De las ciento y pico personas que conocen nuestro secretillo, solo usted y yo tenemos acceso al mundo exterior. Todos los demás permanecen incomunicados, ¿cierto?
–Cierto.
–¿Qué hay del cardenal Gagliardi? – preguntó Grin-. Él asistió a la sesión inaugural.
Donoher negó con la cabeza.
–Ha sufrido un infarto y está grave. Con la muerte tan cerca, dudo que se pusiera en contacto con los chinos y traicionara a la Iglesia.
–De todos modos comprobaré las grabaciones telefónicas del hospital, solo para estar seguros. Y, aplicando mi particular navaja de Occam[9] -