El cardenal

Tom Grace · Capítulo 41 de 74

Páginas del PDF

El cardenal

Capítulo 41

–Pero ¿adónde? – preguntó Donoher-. Ya ha descartado el norte y el este, y el sur resultaría igual de peligroso porque les obligaría a volar sobre regiones de China densamente pobladas, y después… ¿adónde? Vietnam, Laos o Myanmar.

–Oh, qué horror -exclamó Grin con un gruñido-. Se dirigen al oeste.

–¿Está seguro? – insistió Barnett.

–Nolan lo escribió dos veces para asegurarse de que lo captaba. Me envió la referencia a Los siete samurais porque yo sabía que era imposible que intentaran llegar volando a Japón. Pero El hijo de los siete samurais es otra historia. Se han hecho una docena de refritos de la película original; los conozco casi todos, también el de animación: Bichos. Una de las mejores versiones de la obra maestra de Kurosawa es Los siete magní ficos, y la

«ambientación» de este «hijo» en particular de los «siete samuráis» es el Viejo Oeste.

–¿Se dirigen al oeste? – dedujo Donoher.

–Bien, considerando las opciones posibles, la ruta oeste les llevaría por las zonas menos pobladas de China -comentó Barnett-. La pregunta sigue siendo por dónde intentarán cruzar.

–Estoy seguro de que Nolan nos lo hará saber en cuanto lo decida -

contestó Grin.

–Sin duda -convino Barnett-. ¿Qué hay del topo? ¿Han hecho algún avance al respecto?

–Es probable -respondió Donoher-. Creo que esta noche sabré algo más.

–En fin, eso era todo cuanto tenía que comunicarles, de modo que no les entretengo.

–Gracias por su ayuda -dijo Donoher.

–Ambos tenemos interés en esto -replicó Barnett antes de cortar la conexión.

–Así, ¿qué es lo que va a pasar esta noche? – inquirió Grin.

–Muchas cosas -contestó Donoher-, pero antes tenemos que hablar con un viejo amigo de confianza.

Capítulo 41

OceanofPDF.com

Donoher y Grin encontraron a Sikora en la capilla Redemptoris Mater.

Estaba sentado cerca del trono del difunto Papa, sumido en sus reflexiones.

Una cámara de vídeo digital acoplada a un trípode enfocaba al solio pontificio.

–Arzobispo, gracias por recibirnos -dijo Donoher con voz tenue para anunciar su llegada.

Sikora se puso en pie y se acercó a ellos para saludarles. Donoher tuvo la impresión de que el hombre había envejecido desde la muerte del papa León.

–Eminencia -repuso Sikora con sumo respeto.

–Este es mi colega, el señor Grinelli.

Grin le tendió una mano.

–Excelencia.

–Encantado. – Sikora le estrechó la mano entre las suyas con gran cordialidad.

–He pedido al señor Grinelli que nos acompañe porque me está ayudando en un asunto que quisiera comentarle. Veo que ha traído la cámara.

–Sí, aunque confieso que siento curiosidad por conocer su función.

¿Vamos a grabar esta conversación?

–No -contestó Donoher-. Solo queríamos ver el aparato.

Grin se acercó a la cámara y empezó a examinarla. Donoher pasó lentamente junto al trono vacío del Papa y recordó la última ocasión en que le había visto sentado en él. Le indicó con un gesto a Sikora que volviera a tomar asiento y colocó una silla frente a él.

–¿Cómo se encuentra, Michal? – le preguntó Donoher.

–Bien, supongo. Me ha producido gran alivio que el sufrimiento del Papa cesara al fin. Los últimos años fueron los más difíciles para Su Santidad.

–Su enfermedad resulta especialmente cruel cuando la padece una persona tan activa como él -convino Donoher-. Gracias a Dios, no le afectó a la cabeza. Pero ¿y usted? ¿Sabe ya qué va a hacer?

–No tengo la menor idea. He estado al servicio de Su Santidad desde que me ordené y él era el arzobispo de Cracovia.

–En más de una ocasión me confesó que se habría sentido perdido sin usted -le halagó Donoher con amabilidad.

–Era un hombre de mente clara -objetó Sikora-. Yo solo supervisaba los detalles. Y ahora soy uno de esos detalles, algo de lo que encargarse cuando se haya elegido a un nuevo Papa. ¿Qué se hace con un viejo arzobispo sin diócesis?

–Yo siempre he soñado con encontrar una pequeña parroquia necesitada de un sacerdote, una iglesia en el campo donde conozca a todos los feligreses por su nombre. Un reducido rebaño del que cuidar en mis últimos años de vida.

–Sería hermoso -convino Sikora.

–Todo se irá viendo cuando Dios disponga, pero ahora debemos abordar el asunto que nos ocupa. El disco que me entregó antes de la sesión inaugural, ¿se grabó con esta cámara?

–Sí.

–¿Estuvo usted presente cuando Su Santidad grabó el mensaje dirigido a los cardenales?

–No, el Papa lo hizo a solas.

–¿A solas? ¿Quién manejó la cámara?

–Su Santidad, con un mando a distancia.

Donoher miró a Grin.

–Los mandos a distancia se usan con frecuencia -confirmó Grin-.

Permiten salir en escena con el resto de la familia.

–Las instrucciones que me dio el Papa fueron muy claras: solo debían recibir el mensaje los cardenales electores. Yo coloqué la cámara, me aseguré de que todo estuviese en orden y entregué al Papa el mando a distancia. Luego me marché. El utilizaba la cámara a menudo para enviar mensajes de felicitación, por ejemplo, a amigos y parientes. Sabía conectarla y desconectarla. Me avisaba cuando acababa.

–¿Qué ocurrió después?

–Saqué el disco de la cámara y lo guardé en una funda de plástico.

–El disco que me dio solo contenía una grabación -explicó Donoher-.

Yo necesito varios intentos para grabar incluso el mensaje del contestador automático. ¿Editó usted las secuencias que grabó el Papa y desechó las demás cuando encontró la mejor versión?

–No, le entregué el disco tal y como salió de la cámara. Rara vez precisaba el Papa más de una grabación para transmitir un mensaje.

Donoher asintió: conocía esa faceta del difunto pontífice.

–¿A qué se deben todas estas preguntas? – se extrañó Sikora-. ¿Ha habido algún problema con el disco?

–Alguien desveló el contenido del mensaje del Papa a un público al que no se dirigía Su Santidad -contestó Donoher-. ¿Qué ocurrió tras la grabación del disco?

–El Santo Padre firmó una enmienda a la Constitución Apostólica en presencia del cardenal Cain. Yo también estuve presente. El documento y el disco fueron introducidos en un sobre que el Papa lacró.

–¿Y todo eso ocurrió aquí, en la capilla?

–Sí. El cardenal Cain aguardó conmigo fuera de la capilla mientras el Papa grababa el mensaje. Después de que lacrara el sobre, el cardenal Cain y yo lo guardamos en una caja fuerte, en el IOR.

La Banca Vaticana guardaba en sus cámaras tantos secretos como billetes y valores. Como responsable del servicio de inteligencia del Vaticano, Donoher sabía que ambas cosas eran valiosas divisas. Que el Papa guardara su secreto en la caja fuerte del banco tenía perfecta lógica.

–¿Cuáles fueron sus instrucciones con respecto al sobre? – preguntó Donoher.

–El IOR solo podría entregárselo al Papa en persona o, de haber fallecido este, al cardenal camarlengo en la mañana de la sesión inaugural del cónclave. Mis instrucciones eran llevarle a usted al IOR para recuperarlo. De resultarme imposible cumplir con este deber, el IOR tendría que comunicárselo directamente al cardenal camarlengo.

Sikora hablaba con fluidez, sin el menor atisbo de nerviosismo, y Donoher advirtió que le miraba a los ojos en todo momento.

–De modo que, desde que extrajo el disco de la cámara hasta que lo depositó en la caja fuerte -expuso Donoher- no lo perdió de vista un solo instante.

–Correcto -confirmó Sikora.

–¿Y nunca se quedó a solas con él?

–No. El cardenal Cain y yo dejamos juntos el sobre en el IOR.

–¿Tiene alguna pregunta que hacerle al arzobispo? – preguntó Donoher a Grin.

–Solo una: ¿programó la cámara para que saliera impresa la fecha y la hora en el disco?

–Siempre lo hago, para la posteridad.

Grin miró a Donoher y con un gesto afirmativo de la cabeza le indicó que había acabado de inspeccionar la cámara.

–Gracias, Michal. Esto es todo por el momento.

Donoher precedió a Grin hasta la salida del Palacio Apostólico y después por el largo sendero que rodeaba la basílica. Sobre ellos, la cúpula refulgía cubierta por un aura de luz artificial que empañaba las estrellas.

–Y bien, ¿qué opina? – preguntó Donoher.

–Creo que ha sido franco con usted. ¿Piensa comparar su versión con la del cardenal Cain?

–Por descontado, pero estoy seguro de que obtendré las mismas respuestas.

–¿Creía que Sikora era el topo?

–No, en realidad no. Tal vez creía que en algún momento el disco estuvo desatendido o que alguien copió la grabación en un disco duro.

Confiaba en encontrar la ocasión en que alguien pudiera haber visto de antemano el mensaje del Papa.

–En las novelas policíacas que a mi chica le gusta leer a eso se le llama

«cadena de pruebas», y aquí la cadena parece bastante sólida. Supongo que Sikora y Cain podrían haber curioseado en el disco, pero eso dependería del tiempo que hubiese transcurrido entre la grabación y el depósito en el banco. El IOR debe de tener un registro de admisiones y la cámara imprimió los datos en el disco.

–Aunque el oportunismo y la curiosidad llevaran de un modo u otro a un par de prelados a la conspiración, olvida que el sobre estaba lacrado. Si hubiesen abierto el sobre, habrían roto el sello del Papa, y para volver a cerrarlo habrían necesitado un nuevo sello, para lo cual se precisa a su vez el Anillo del Pescador.

–¿Se lo quitaba alguna vez?

–No, que yo sepa -respondió Donoher-. Y cuando me entregaron el sobre en el IOR, el sello estaba intacto.

–Barnett nos dijo que Pekín recibió la información procedente de la embajada en Roma hacia las cuatro de la madrugada, es decir, a las ocho de la noche de ayer, hora local. Si Sikora y Cain son los topos, esperaron a que el cónclave comenzara para filtrar la información, lo cual pide a gritos un porqué. Si no son ellos, volvemos a las dos posibilidades: o alguien escucha