El cardenal
Capítulo 38
continuó Grin-, veo que el resto de los cardenales no tienen ni los medios, ni motivos ni ocasión de traicionarnos. Y si ellos no lo hicieron, y ni usted ni yo lo hicimos, o hay un micrófono oculto en la capilla o alguien de fuera vio el contenido del DVD del Papa.
[9] Navaja de Occam: principio filosófico de economía del pensamiento. (N. de la T.)
–La capilla fue registrada en busca de micrófonos y tenemos dispositivos Babble instalados en todas las ventanas para detectar posibles micrófonos láser enfocados hacia el edificio desde el exterior.
–Deben volver a registrar la capilla para descartar todas las posibilidades -aconsejó Grin.
–No habrá tiempo de hacerlo antes de la asamblea de esta tarde. Si no sale elegido un Papa, pediré que lo hagan esta noche. Pero… ahora que lo pienso, hay alguien ajeno al cónclave que podría tener conocimiento del mensaje del Papa. Por mucho que me duela, creo que deberíamos tener una conversación con él.
Capítulo 38
Chifeng (China)
Peng llegó a la prisión poco después del anochecer. El chófer detuvo el sedán junto a lo que quedaba de la entrada principal y entregó la documentación para su verificación. La mirada de Peng se paseó por la montaña negruzca de escombros que había a un lado del camino y se preguntó por la suerte de los hombres que hubieran quedado atrapados dentro del vehículo en llamas. Sus pensamientos retrocedieron después hasta el mes de agosto del año anterior, cuando estaba a bordo del Hangzbou. Allí presenció el rescate de una cápsula espacial carbonizada con los cadáveres de los tres yuhangyuans asesinados, que Nolan Kilkenny había encontrado y entregado a China.
El guardia les dejó pasar e indicó al chófer el camino hasta el edificio administrativo, donde serían recibidos. Lámparas de halogenuro metálico bañaban el terreno del complejo penitenciario y sus edificaciones con una luz blanca artificial exenta de toda calidez, y transformaba el rojo de la carrocería del sedán en granate oscuro. La disposición de los focos en el perímetro de la prisión eliminaba todas las sombras, una medida de seguridad que reforzaba el ambiente irreal de aquel escenario.
El chófer aparcó el sedán en un espacio reservado a las visitas, frente al edificio administrativo. Un guardia uniformado y un hombre de mediana edad ataviado con un traje gris les esperaban junto a la puerta. Cuando Peng se apeó del coche y cogió el maletín, el hombre se acercó a él.
–Bienvenido, señor Peng. Soy Tang, responsable del tejar de Chifeng.
–Buenas noches- contestó Peng-. ¿Dónde puedo encontrar al señor Liu?
–El señor Liu ha sufrido una demora inevitable -explicó Tang-.
Esperamos que llegue de un momento a otro. Puede esperarle en el despacho del director.
–Prefiero emplear mi tiempo en algo más útil. Dígame, señor Tang, ¿se encuentra aquí el oficial que recibió al preso extranjero anoche? Tengo que hacerle unas preguntas.
–Sí, aquí mismo. Este es el teniente Kwan -contestó Tang.
–Se me ha informado también de que uno de los guardias que presenciaron las ejecuciones sobrevivió al ataque. ¿Se encuentra aquí?
–Ningún hombre puede abandonar el recinto penitenciario sin permiso del señor Liu.
–Bien. Quiero que Kwan me acompañe al patio donde se realizaron las ejecuciones. Que el otro guardia se reúna con nosotros allí.
–Me encargaré de que así sea.
–Gracias, señor Tang. Teniente Kwan, lléveme por la misma ruta que siguió el furgón dado a la fuga.
–Por aquí, señor -obedeció Kwan.
Con el resplandor de los focos exteriores, a Peng le resultaba difícil ver el terreno que se extendía tras la verja. La noche anterior, el lugar donde se encontraba estaba siendo vigilado desde más allá del halo de la luz, aprovechando el punto ciego nocturno del complejo.
–¿Han localizado ya las posiciones desde donde dispararon? – preguntó Peng.
–Sí, encontramos cuatro lanzacohetes PF-89 usados a menos de doscientos metros de los dos accesos.
–¿Números de serie?
–Ilegibles. Hemos enviado los cohetes a un laboratorio del ejército para que los analicen.
–Describa al extranjero que ingresó anoche.
Kwan tardó unos instantes en poner en orden sus recuerdos.
–Un poco más alto que yo, de unos dos metros de estatura y ochenta kilos. Era pelirrojo y tenía muchas pecas en la cara y las manos. También tenía muchos hematomas en la cara, el cuello y las manos, pero he visto llegar hombres en peores condiciones. Llevaba el uniforme de la prisión.
–¿Habló?
–No emitió el menor sonido en todo el tiempo que estuve con él.
–¿Y cuánto tiempo permaneció con él?
–Menos de diez minutos, lo que tardé en escoltarle desde el furgón hasta la celda.
–¿Se le cacheó?
–No, había orden de no hacerlo.
Doblaron la esquina de un edificio y accedieron a un patio abierto al final del cual se encontraba el parque móvil.
–Aquí es donde se llevan a cabo las ejecuciones -anunció Kwan-. Se saca a los presos por esa puerta y se les escolta hasta aquí. Una vez muertos, se les suele subir a un furgón y se les lleva al crematorio de Chifeng.
Un guardia salió por la puerta que había señalado Kwan y se encaminó hacia ellos. Cuando estuvo cerca, se cuadró y saludó al teniente.
–Descansen -dijo Kwan tras devolverle el saludo-. Señor Peng, este es Au-Yang, uno de los guardias.
Au-Yang era más joven que Kwan, de unos veinte años de edad; tenía la cara chata y una complexión corpulenta.
–Esta mañana estuvo presente en la ejecución, ¿cierto? – preguntó Peng.
–Era miembro del destacamento que trajo al recluso al patio.
–¿Iba armado?
–Sí, llevaba una pistola.
–En tal caso, ¿por qué sigue con vida? – preguntó Peng con deliberación.
–¿Disculpe? – contestó Au-Yang, desconcertado.
–Tengo entendido que todos los hombres armados que estaban en el patio murieron.
–Abandoné el patio cuando los presos fueron ejecutados, no me encontraba bien -explicó Au-Yang, y se pasó una mano por el estómago.
–¿Su primera ejecución?
Au-Yang asintió, abochornado.
–¿Dónde fueron ejecutados los presos? – preguntó Peng.
Au-Yang alzó la mirada hacia el patio y vio un par de manchas negras en la grava.
–Allí y allí.
–¿Y dónde estaba aparcado el furgón que se dio a la fuga con los presos?
Au-Yang señaló hacia un punto situado a varios metros de ellos.
–¿ Ocurrió algo inusual mientras estuvo usted aquí?
–Antes de que le disparasen, el viejo dijo algo que no entendí -
respondió Au-Yang.
–¿Qué dijo?
–No estoy seguro, no era chino. Creo que era inglés, pero en realidad no lo sé.
–¿Hablaba con el extranjero? – inquirió Peng.
–Creo que no. No podía reconocer al otro hombre.
–¿Y por qué?
–Se trajo a los presos por separado y los dos iban encapuchados -
prosiguió Au-Yang-. No se vieron en ningún momento.
–¿Y todos los demás presentes eran chinos?
–Sí.
Peng trató de imaginar la escena y compadeció al joven guardia.
Aunque había matado con anterioridad, Peng únicamente lo hacía cuando era necesario y no disfrutaba de la experiencia. La pena capital, consideraba, debía reservarse a los asesinos más abyectos y le resultaba perturbadora cuando se aplicaba como castigo por crímenes políticos.
–Es todo por el momento. Puede regresar a sus obligaciones -le dijo Peng a Au-Yang. Se volvió hacia Kwan-: Quisiera ver las celdas de los dos presos.
–Por aquí -le indicó Kwan.
En el interior de la prisión reinaba el silencio: los reclusos estaban encerrados y los guardias, extraordinariamente alerta. Kwang precedió a Peng por largos y grises corredores; sus pasos resonaban en el pavimento sólido y pulido. Se detuvieron frente a una pesada puerta de acero que lucía troquelado el número 342.
–Esta es la celda donde se alojó al preso extranjero -dijo Kwan.
–Ábrala -ordenó Peng.
Kwan transmitió la orden a la central de vigilancia y la puerta se abrió.
Peng se asomó a la celda; luego entró y se estremeció. El cubículo era frío; el cemento parecía succionar el calor de su cuerpo. Se sentó en el suelo y trató de ponerse en la piel del último hombre que había ocupado aquella celda. Incluso con la puerta del todo abierta, la celda le envolvía como una tumba. Peng se preguntó cómo podía nadie conservar la cordura encerrado en aquel espacio un solo minuto, y aun así Kilkenny se había prestado a hacerlo.
–¿Qué hace ahí? – exigió saber una voz irritada desde el corredor.
Peng se volvió; Kwan se había apartado de la entrada y la silueta de otro hombre llenaba el vano.
–Pensar -contestó Peng.
–A menos que prefiera quedarse mucho tiempo encerrado con sus pensamientos, le recomiendo que salga de inmediato.
–Por supuesto -repuso Peng.
Se puso en pie y salió al corredor, donde se encontró con Liu y un par de guardias. Los tres hombres parecían fatigados. Liu era un poco más alto que Peng y le miraba furibundo.
–Esta celda y la que albergó a Yin Daoming deberían ser registradas a fondo -aconsejó Peng.
–¿En busca de qué?
–De cualquier cosa que hubiese permitido a los dos presos comunicarse, algo muy pequeño que pudiesen haber introducido de forma clandestina sin despertar las sospechas del teniente Kwan. No se me ocurre otro motivo por el que Kilkenny se encerrara voluntariamente en esta celda que el de comunicar sus intenciones a Yin. Y, sin duda, esta mañana Yin sabía lo que iba a ocurrir. Pronunció sus últimas palabras en inglés, supongo que eran un mensaje para Kilkenny.
–Si el extranjero introdujo semejante artilugio de forma clandestina, ¿no se lo habría llevado consigo? – preguntó Liu con desdén.
–Tal vez, pero esa posibilidad no debería disuadirnos de buscar pruebas.
¿Están investigando el origen del programa RPG infiltrado?
–Sí, pero la prioridad es la búsqueda y captura de los hombres.
–Por supuesto -convino Peng-, pero el celo por capturar a Yin no debería hacernos sacrificar la investigación de la conspiración en su totalidad.
–Cierre la puerta -ordenó Liu a Kwan-. Que no entre nadie en esta celda ni en la de Yin hasta que un equipo científico haya efectuado un registro a fondo. Peng, acompáñeme.
De rango inferior, Peng siguió a Liu a medio paso de distancia y, con un par de guardias detrás, avanzaron en silencio por los corredores. Cuando llegaron a la oficina del director, Liu despachó a los guardias.
–Informe -exigió Liu.
–El recluso extranjero y la mujer conocida como capitana Jiao han sido identificados: Nolan Kilkenny y Roxanne Tao, ambos estadounidenses.
–¿Significa eso que Estados Unidos se ha asociado con el Vaticano en esta operación?
–Es muy probable -respondió Peng-, pero se desconoce el grado de su implicación, como también los motivos. La pregunta que se plantea Pekín es: ¿qué esperan conseguir los estadounidenses con esta acción?
–¿Ha adoptado medidas Pekín para reforzar la seguridad de las fronteras? – preguntó Liu.
–Sí. Todos los puestos fronterizos están cerrados temporalmente, hasta que se haya distribuido a suficientes soldados para registrar persona por persona y vehículo por vehículo. Unidades del ejército y las fuerzas aéreas patrullan nuestras fronteras con Corea del Norte, Rusia y Mongolia. Otras más se han destacado en todos los centros de transporte y se está exigiendo la documentación a todas las personas que viajan por el interior del país. La defensa del litoral se encuentra en estado de alerta máxima y ya hay patrullas en nuestras aguas territoriales.
Liu parecía satisfecho con el informe de Peng.
–La unidad local del ejército está trabajando con la policía de Chifeng en el acordonamiento de la ciudad, pues se cree que fue allí adonde acudieron tras fugarse de la prisión y es probable que sigan allí. Estamos registrando también la campiña del extrarradio y deteniendo a seguidores sospechosos del culto de Yin.
–Un sistema de creencias que pervive intacto desde hace dos milenios y que presume de contar con más de mil millones de seguidores difícilmente es un «culto» -opinó Peng-. Pekín ha solicitado asimismo ayuda a Mongolia para impedir la huida de Yin. A tal fin se han enviado fotografías de Yin, Tao y Kilkenny a las autoridades de Ulan Bator, junto con un listado de sus delitos. La solicitud formal de extradición inmediata de estos criminales fue