El cardenal

Tom Grace · Capítulo 32 de 74

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El cardenal

Capítulo 32

– Cao -maldijo Liu. La blasfemia salió de su boca con un susurro sibilante.

Capítulo 32

–¡Despiértales! – gritó Tao.

Se arrodilló entre las dos bolsas; su chaqueta, plegada, servía de almohada a Kilkenny y el anciano Yin descansaba en su regazo. Ambos tenían un aspecto cadavérico, con los labios y las uñas tiznadas de azul por efecto de la hipoxia. La huida de la prisión había transcurrido por una ruta llena de baches y ella había tratado de proteger a los dos pasajeros inconscientes de posibles magulladuras.

–Levántales la camisa -indicó Jing al tiempo que abría el botiquín.

Tao arremangó la holgada camisa de Yin hasta las axilas y dejó a la vista un torso lampiño de piel blanca y también tersa sobre una caja torácica tan claramente marcada que las fracturas podían detectarse a simple vista.

–Cielos, le dieron una buena paliza -comentó Sung al ver los hematomas y los latigazos en el pecho de Kilkenny.

–Enseguida le atenderé -aseguró Jing-. ¿Quién va primero?

–Yin -contestó Tao-. A su edad, no debería seguir inconsciente más tiempo del necesario.

–Y Kilkenny se cabrearía de lo lindo si le atendieras antes a él -añadió Sung.

Jing aplicó una loción antiséptica en el pecho de Yin; el color del ungüento causaba un fuerte contraste con el lienzo blanco que era la piel del anciano. A continuación clavó la aguja de una larga jeringuilla en el valle cóncavo que formaban dos costillas y la introdujo hasta el corazón; luego apretó el émbolo. La adrenalina sintética entró en el músculo cardíaco, que palpitaba de forma imperceptible, y detonó en él un ritmo fuerte y constante. El cuerpo de Yin se tensó de súbito; la espalda se arqueó. Los ojos saltaron dentro de sus órbitas y los primeros resuellos aterrados llegaron sofocados y rápidos, como los de un hombre a punto de ahogarse al alcanzar la superficie. Una vez inyectado el estimulante, Jing extrajo la aguja y presionó la diminuta herida con una gasa esterilizada.

Gradualmente, la respiración y el ritmo cardíaco de Yin recuperaron la normalidad. El hombre parpadeó varias veces y entornó los ojos, que no estaban habituados a la luz.

–Esto le ayudará, señor -le dijo Jing mientras le colocaba unas gafas de sol que acababa de sacar del botiquín.

Antes de partir, Jing consultó con médicos que habían tratado a prisioneros de la guerra de Vietnam acerca de las necesidades de los pacientes privados de luz durante mucho tiempo. Colocó el estetoscopio sobre el pecho de Yin y escuchó con atención, en busca de alguna anomalía o arritmia; no lo encontró.

–¿Cómo se encuentra? – le preguntó Tao en mandarín.

Yin se volvió hacia aquella voz reconfortante; luego alargó una mano y acarició el rostro de Tao,

–Como quien ha renacido a la luz tras vivir en las tinieblas y el dolor.

–¿Sabe dónde está? – le preguntó Jing.

–Fuera de los muros de la prisión -respondió Yin.

–Parece lúcido. Ahora, a por nuestro segundo fugitivo.

Jing aplicó otra inyección en el pecho de Kilkenny, quien se incorporó de un salto cuando una oleada de sangre le recorrió el cuerpo. Sentía picores e incluso en los nervios percibía los latidos de ese nuevo torrente que le inundaba hasta el más remoto de los capilares.

–¿Cómo…? – masculló Kilkenny con la respiración entrecortada-.

Inform…

–La ejecución fue bien -respondió Tao-, pero después las cosas se complicaron un poco.

Kilkenny desvió la mirada hacia el frágil hombre cuya cabeza descansaba en el regazo de Tao.

–¿Está bien?

–En mi opinión, sí -contestó Jing-. Solo muy cansado.

Kilkenny asintió.

–No había estado tan resacoso desde… -Sus palabras se desvanecieron mientras recordaba las circunstancias de su última trasnochada.

–Usted es quien habló conmigo anoche, ¿verdad? – preguntó Yin en inglés.

–Sí, soy yo -confirmó Kilkenny.

Yin sonrió.

–Esa es la respuesta que siempre esperé oír al salir de la cárcel, aunque no a esa pregunta.

–¿Cuál es la pregunta que esperaba hacer?

–La que Moisés formuló a la zarza ardiente en el monte Sinaí -repuso Yin-. ¿Cómo consiguieron simular nuestra muerte?

–Maravillas de la tecnología -respondió Kilkenny.

–Las capuchas que les colocamos -explicó Tao- llevaban una cámara con sangre artificial y un falso explosivo. Su finalidad era crear la ilusión de que les habíamos disparado, porque la pistola que utilicé estaba armada con electrónica en lugar de con balas. Ambos recibieron una descarga en el sistema nervioso, cerca de la base del cerebro, que les ralentizó la respiración y el ritmo cardíaco, con lo cual simulamos su muerte.

–Sigo opinando que una falsa inyección letal habría dolido menos que esa descarga en la base del cerebro -protestó Kilkenny.

–Es probable -repuso Tao-, pero no habría funcionado sin el furgón y son muy difíciles de conseguir.

–¡Ay! – exclamó Kilkenny cuando Jing empezó a curarle las heridas.

–Lamento mucho eso -dijo Tao-. Detuve a los guardias en cuanto pude.

–Gajes del oficio -comentó Kilkenny-. Unas cuantas señales más para mi colección.

–A juzgar por lo que estoy viendo -aventuró Jing-, creo que ya debes de tenerla completa.

–Tal vez la ponga a la venta en eBay. Así, ¿qué ocurrió después de que me dispararas en la nuca?

–Llegó un hombre del Ministerio de Seguridad Estatal con órdenes para ejecutar al obispo Yin -respondió Tao.

–Entonces ha sido una suerte que usted me ejecutara antes -dijo Yin.

Tao sonrió ante la muestra de humor negro del obispo.

–El tipo insistió en inspeccionar los cuerpos…

–Ya veo por dónde fue la cosa. ¿Salimos bien parados? – preguntó Kilkenny.

–Ni un arañazo en los nuestros -contestó Jing-, pero tuvimos que cargarnos a varios de los suyos. La brigada de Gates nos cubrió al salir. No hay indicios de que nos hayan seguido.

Yin se puso tenso en el regazo de Tao. Tenía los brazos cruzados y pegados al pecho con fuerza.

–¿Está bien? – le preguntó ella.

–¿Han matado por mi libertad?

–Sí -respondió Kilkenny-. Creímos que bastaría con engañarles, pero mi equipo hizo lo necesario para salvar sus vidas y las nuestras.

–Matar en defensa propia no es pecado -replicó Yin con voz pausada-; aun así, lamento las vidas que se han perdido.

–Tuve la impresión de que Liu Shing-Li sentía lo contrario -intervino Tao.

–¿Quién? – preguntó Kilkenny.

–El hombre que enviaron para acabar con mi vida -contestó Yin.

–Un monstruo desalmado como jamás había conocido -puntualizó Tao.

–Ah, Liu tiene alma -la corrigió Yin-, pero sus actos la ponen en grave peligro.

–Dos minutos para el punto de intercambio -informó Tsui desde el asiento delantero.

Jing y Sung comprobaron sus armas y cargaron la recámara. Tao cambió su falsa pistola por una de verdad y tendió otra a Kilkenny.

–¿Te ves en condiciones de hacerlo? – le preguntó.

Kilkenny alargó una mano y notó un temblor leve.

–Hoy no ganaré ninguna medalla a la buena puntería, pero tampoco haré el ridículo en una lucha.

–¿Esperas que haya problemas? – inquirió Yin.

–No -contestó Kilkenny-, pero prefiero pecar de cauteloso.

Shen maniobró por el distrito industrial de la periferia norte de Chifeng, un paisaje urbano de calles angostas y maltrechas, y edificios achaparrados sin ventanas, con tejados de tejas y mampostería manchada de hollín.

Franqueó la entrada de un almacén alargado de una única planta. Una vez dentro del local, en desuso, la puerta fue deslizándose hasta quedar cerrada.

Kilkenny oyó una voz fuera del furgón: un hombre conversaba atropelladamente con Shen y Tsui. Miró a Tao, que alargaba el cuello para ver el intercambio, atenta a cualquier señal de alarma. Han y Sung también escuchaban, pero ambos apuntaban con las armas a la puerta trasera del vehículo.

Se formuló y se dio respuesta a una serie de preguntas, tras lo cual las voces de ambos bandos se tornaron más cordiales.

–Es nuestro contacto -dijo Tao, aliviada.

–Tsui y yo haremos un barrido de los alrededores -anunció Shen desde la cabina-. Los demás podéis bajar.

Sung fue el primero en hacerlo, con el rifle de asalto preparado. Le siguió Jing, que llenó la portezuela con su musculosa corpulencia. Los dos hombres escrutaron el almacén en busca de objetivos.

Un reducido grupo de personas se acercaron cautelosas a la parte posterior del furgón, hombres y mujeres de muy diversas edades y varios niños. Ninguno de ellos iba armado. Sung y Han bajaron el cañón de sus armas.

– Ni hao -saludó una niña de larga melena negra, rompiendo así el tenso silencio.

– Ni hao -correspondió Sung con voz tenue-. ¿Cómo te llamas?

Convertida en el centro de atención, la niña miró con timidez a su madre pidiéndole permiso para contestar. La madre asintió.

–Ke Li.

–¿Y cuántos años tienes?

–Seis -contestó la pequeña al tiempo que alzaba las manos con la cantidad correcta de dedos extendidos.

–Yo tengo un hijo de tu misma edad.

A la niña se le iluminó la cara; señaló el furgón.

–¿Está ahí dentro?

–No, está muy lejos de aquí.

–¿Es verdad? – preguntó un anciano que estaba junto a la madre de la niña-. ¿Han liberado al obispo Yin?

–Sí, es verdad -respondió Yin desde el interior del furgón.

La expectación y el nerviosismo se apoderaron de todos los congregados alrededor del furgón, la emoción palpable que se despierta cuando un deseo ferviente se hace realidad.

–¿De verdad eres cura? – preguntó la niña, escéptica.

Los rostros de los padres y los abuelos de Ke Li palidecieron al instante, pero Yin brindó una mirada cálida a la niña.

–Sí, pequeña mía, soy cura.

–Pero estás muy sucio -observó Ke Li.

–Lo sé, pero, igual que los pecados, la suciedad puede limpiarse.

Ke Li meditó estas palabras un instante; de pronto recordó algo y empezó a palparse la blusa. Cuando hubo encontrado lo que buscaba, introdujo un pulgar bajo el cordón que llevaba al cuello, tiró de él y sacó una sencilla cruz de madera que mostró a Yin henchida de orgullo.

–Me la hizo mi abuelo cuando nací. – La voz de la niña se redujo a un susurro para añadir-: Es un secreto. Tengo que guardarla en un sitio especial o si no alguien se la llevará. ¿Usted tiene una?

–Tuve una, hace mucho tiempo, pero creo que no supe guardarla en secreto.

Con la impulsividad propia de su edad, Ke Li se quitó la cruz del cuello y se la ofreció a Yin.

–Puede usar la mía hasta que tenga otra.

Yin sonrió ante la generosidad de la niña y se arrodilló para quedar más cerca de ella.

–¿Me la pones?

Ke Li asintió con entusiasmo y pasó el cordón por la cabeza de Yin; sus pequeñas manos le rozaron las mejillas. A cambio, Yin puso las suyas sobre la cabeza de la pequeña y musitó una bendición.

Yin se puso en pie y, a ojos de Kilkenny, dio la impresión de haber ganado estatura. Ke Li corrió hasta su madre, quien la abrazó con orgullo.

Aunque Kilkenny no había entendido ni una sola palabra de la conversación, los gestos no podían haber sido más elocuentes.

–Los niños son unos benditos -susurró Kilkenny al oído de Tao.

–La verdad es que sí.

–Por favor… -Yin pidió con un gesto a todos los presentes que se pusieran en pie-. Me honra encontrarme entre vosotros y vuestra fe me llena de humildad.

Los fieles se incorporaron y el abuelo de Ke Li se acercó a Yin. Ambos inclinaron la cabeza y después el anciano se postró sobre la rodilla izquierda, tomó una mano de Yin y le besó el dedo en el que debía haber llevado el anillo del oficio episcopal. Yin bendijo al hombre y le pidió que se levantara.

–¿Es esto obra suya? – Yin se refería a la cruz de Ke Li.

–Sí, ilustrísima.

–Es la mejor que he llevado nunca.

–Es un honor para mí.

–Que haya usted transmitido el significado de esta cruz a sus hijos y sus nietos le honra mucho más que las alabanzas de un viejo sacerdote.

Tsui y Shen regresaron con varios jóvenes ataviados con monos de trabajo.

–¿Qué tal todo ahí fuera? – preguntó Kilkenny.

–Bien -contestó Shen-. Los alrededores están limpios de enemigos, pero no puedo decir por cuánto tiempo van a seguir estándolo. Deberíamos empezar a alejarnos de este furgón. Todo cuanto necesitamos está aquí.

Kilkenny asintió. Se puso en pie y bajó del vehículo, seguido de Tao. El aspecto del occidental, alto y pecoso, sobresaltó a muchos de los que rodeaban a Yin. Aunque ya no era algo inconcebible, la presencia de un extranjero en Chifeng, en especial de un pelirrojo, seguía siendo lo bastante insólita para atraer miradas curiosas. Ke Li tiró de una pernera de su madre y señaló a Kilkenny. Yin le miró y sonrió.

–Todas estas personas son buenas, incluso el que parece un demonio extranjero.

Tao y los soldados se echaron a reír y dejaron al margen a Kilkenny, que no hablaba chino.

–¿Qué ha dicho? – preguntó Kilkenny.

–Ha respondido por ti -contestó Tao.

–Como si su presencia aquí no fuera suficiente. – Kilkenny se volvió hacia Yin-. Ilustrísima, debemos efectuar el cambio y ponernos en marcha.

–Comprendo -convino Yin.

Su contacto en el almacén, un hombre de rostro chato llamado Su, les guió hasta una pequeña oficina, donde se les proporcionó a todos ropa nueva. Tanto a Yin como a Kilkenny los desnudaron y los lavaron a conciencia un grupo de mujeres matroniles más pendientes de la higiene de los hombres que de su pudor. A medida que le retiraban las prótesis que simulaban heridas, Kilkenny deseó que las reales pudieran eliminarse con la misma facilidad.

En cuanto Kilkenny tuvo una toalla alrededor de la cintura, una de las mujeres lo acomodó en una silla y le hizo inclinar la cabeza hacia atrás. A continuación abrió una botella y vertió un líquido viscoso y acre en el cabello. Kilkenny trató de relajarse mientras ella le aplicaba un masaje en el cuero cabelludo con aquella sustancia, que tornaba rápidamente el rojo de su pelo en negro azabache.

–¿Qué aspecto tengo? – preguntó Kilkenny cuando Tao se acercó a él para inspeccionar su transformación.

Tao meditó la pregunta con detenimiento antes de ofrecer su veredicto.

–Menos llamativo.

–¿Eso es todo? ¿No resulto un moreno misterioso?

–No, solo menos llamativo.

–Bueno, supongo que puedo conformarme con eso.

–Pero cuando volvamos a casa, recupera tu color natural -le aconsejó Tao-. Este no te va.

Con la ropa nueva, Yin, Tao y los soldados de origen asiático podían confundirse perfectamente con la población local. Siendo esto imposible para Kilkenny, Su y los demás eligieron un atuendo típico de turista estadounidense. A los consabidos Levi's los complementaban un par de botas de montaña, una sudadera gris con las palabras «Michigan college of engineering», de color plata, estampadas en la pechera, y una chaqueta L. L.

Bean de tono azul marino.

–¿Qué aspecto tengo? – preguntó de nuevo Kilkenny a Tao.

–El de alguien preparado para asistir a un partido de fútbol en el Big House un sábado por la tarde.

Mientras se vestían, la gente de Su cortó a tiras el atuendo de la prisión y los uniformes de los soldados, y los quemaron junto con las bolsas que habían albergado a los ex presos y las capuchas.

Una mujer cortó el pelo a Yin y luego le cubrió las mejillas, el bigote y el mentón con espuma jabonosa. Abordó con destreza la tarea de eliminar varias semanas de crecimiento velloso, pero pese a su delicadeza la afilada cuchilla levantó una costra en el puente de la nariz del hombre.

–Lo siento muchísimo -se disculpó la mujer, afanándose a lavar la herida-. ¡Malditas manos torpes las mías!

–La última persona que me afeitó no hizo gala ni de su habilidad ni de su cuidado, como la cuchilla acaba de confirmar -dijo Yin-. La bendigo a usted y a sus manos, y le agradezco su amabilidad.

La mujer sonrió y concluyó dichosa el trabajo, que transformó el aspecto demacrado de Yin en algo más civilizado. Su colocó después a Yin delante de una pantalla luminosa gris y le hizo una fotografía. Kilkenny fue el último fotografiado. Las imágenes aparecieron al instante en el monitor de un ordenador portátil y un joven de unos veinte años de edad elaboró rápidamente nuevos documentos de identidad.

–Buen trabajo -comentó Kilkenny al atisbar por encima de su hombro.

El chico sonrió.

–Yo hacker número uno. Próximo año, yo voy a la universidad de Michigan.

–¿Es tuya? – le preguntó Kilkenny con un dedo sobre la sudadera que llevaba puesta.

–Yo solicito por internet después gobierno dice yo puedo ir. ¿Conoce escuela?

Kilkenny asintió.

–Te encantará.

Su y Tao revisaron con sumo esmero los nuevos documentos de Yin y consideraron aceptable la falsificación.

–Son para usted, por si nos paran -le dijo Tao al entregárselos.

Yin leyó el nombre que figuraba junto a la fotografía.

–Feng Zhijian.

–¿Significa algo? – se interesó Kilkenny.

–Una interpretación aproximada sería el fénix que se mantiene fuerte de espíritu. Me pareció apropiado. – Tao se volvió hacia Yin-. En cuanto haya memorizado esta información, le proporcionaremos más detalles para que encarne su nueva identidad.

–¿Por ejemplo?

–Yo soy su hija: Feng Xiu Juan.

–En tal caso su madre debió de ser muy hermosa, porque, por suerte, no se parece en nada a mí.

Tao se ruborizó, abochornada tanto por el halago de Yin como por la facilidad con que el hombre hacía trizas su control emocional.

–Por si está preguntándoselo -le dijo Yin a Kilkenny-, su nombre significa «fénix elegante y grácil». ¿No le parece acertado?

–Sí, ciertamente.

Su convocó al grupo y todos se dispusieron a regresar al almacén.

–¿Es hora de irnos? – preguntó Kilkenny.

–Eso es justo lo que acaba de decirles -contestó Tao.

–Si no lo veo… -dijo Shen, atónito.

En apenas veinte minutos, los jóvenes ataviados con monos redujeron el furgón a sus componentes más pequeños. Los neumáticos quedaron amontonados junto con cinturones y manguitos, y cables de acero desprovistos de la cubierta aislante descansaban en rollos. El acero, aún escaso en China, fue recogido con cuidado. Un par de hombres empapados